Gracias por sus comentarios y por tener el tiempo de leer esta historia

Aqui les dejo un capi cortico pero sustancioso!

besos

Nessa


Capítulo 10

Los labios de Edward eran cálidos y estaban hambrientos… y su cuerpo estaba duro.

—¡Edward! —gimió Bella en su boca, agarrando los anchos hombros de él.

—Lo deseas —dijo él.

Pero entonces se apoderó de ella un último vestigio de cordura.

—El personal de servicio…

—En un lugar como éste les enseñan a mirar para otro lado, cara —dijo él.

Ella se preguntó si era así como la veía él… en Londres. En más de una ocasión había tenido que prepararle el desayuno a la mujer que había compartido su cama y después había tenido que desaparecer de su vista cuando su presencia ya no era requerida.

Recordar aquello la alteró… pero no lo suficiente como para detenerla, no lo suficiente como para que dejara de agarrar aquellos musculosos hombros ni para que dejara de suspirar cuando él la atraía aún más hacia sí.

Era como si ella hubiese nacido para ser abrazada por él, para que la abrazara y así pudiera sentir cómo le latía el corazón contra sus pechos. Cerró los ojos al acariciarle él el trasero por encima del vestido, permitiéndole sentir cuánto la deseaba…

—Edward —dijo ella, temblorosa.

—Nuestros cuerpos se complementan, ¿si?—murmuró él—. Y lo hacen a la perfección.

—Como un puzzle —susurró ella.

—Pero como un puzzle al que le falta una parte esencial —dijo Edward, riendo de placer.

Su voz parecía diferente, más profunda y con un propósito. Pero Bella no tuvo tiempo para ponerse nerviosa ya que un duro muslo estaba separando los suyos… aunque parecía que, en vez de aliviar las ansias de ella, las estaba aumentando.

—¿Te gusta? —quiso saber él mientras le besaba la garganta.

—¡Sí!—exclamó ella, tragando saliva.

Edward le acarició un pecho en ese momento, incitando el endurecido pezón de ella con su dedo pulgar a través de la tela del vestido y sintiendo cómo se estremecía de placer.

—¿Y esto también te gusta?

—¡Sí!—volvió a exclamar ella, que sabía adonde les iba a llevar aquello… y lo estaba deseando.

Había algo en la manera en la que él le tocaba que la incitaba al mismo tiempo que la excitaba… y, repentinamente, ella sintió el urgente deseo de tocarlo a él. Deseaba atreverse a sentirlo de la manera en la que él la estaba sintiendo a ella. Entonces le acarició el pecho, el tenso torso, y él gimió en señal de aprobación.

Ancora dipiu. ¡Más! —tradujo Edward con voz ronca.

Volvió a gemir al sentir los dedos de ella bajar hacia su sexo… dudando antes de tomarlo entre sus manos, como si estuviera evaluando su cuerpo. Era una situación tan extraña que ella estuviera haciendo aquello… que estuviera tocándolo de tal manera que había provocado que él tuviera el pene tan erecto como nunca lo había tenido antes… Casi explotó allí mismo…

Acercó la boca al oído de ella, a su brillante pelo perfumado.

—Quítate las bragas —murmuró.

Como loca, ella negó con la cabeza.

—¿No?

—Es…

—¿Qué? —provocó él con la voz ronca.

—Está mal… No… no… deberíamos.

—¿No deberíamos?

—¡N… no!

Pero las acciones de Bella estaban contradiciendo sus palabras y, sonriendo, él se agachó para subirle el vestido, acariciándole el muslo al hacerlo. Para él, hacer aquello era tan natural como respirar, como también lo era la reacción de ella; Bella se estremeció, gritó levemente al tocar él con sus dedos la parte más vulnerable y femenina de su cuerpo.

—¿Estás segura de que no debemos? —instó él mientras apartaba sus dedos.

Entonces oyó el pequeño sonido de queja que emitió ella.

—No… quiero decir que sí… quiero decir…

Pero Edward sabía perfectamente lo que ella quería decir y comenzó a quitarle las bragas. Estaba tan erecto que le estaba doliendo el sexo.

En ese momento un leve timbre comenzó a sonar.

Ambos se quedaron paralizados, y Bella fue la primera en reaccionar… tratando de apartarse de él. Pero Edward la sujetó con fuerza.

—¡Suéltame!

Él podía oler el embriagador aroma del deseo que sentía ella y acercó los labios a su lóbulo de la oreja.

—Permíteme que primero te haga mía.

Era tan indignante que parte de ella se excitó ante la vergonzosa exigencia de él… pero quizá era natural al haberle susurrado él con aquella voz tan aterciopelada. Quizá incluso debería estar agradecida de que él se lo hubiese dicho… porque, aunque estaba increíblemente excitada, la manera tan sexy y tan casual en la que él había dejado claras sus intenciones le hizo recobrar la cordura.

—¡Edward! Tenemos que dejarlo —instó, furiosa. Comenzó a ponerse la ropa en su sitio. Se llevó las manos a las mejillas para tratar en vano de calmarse.

—¿Por qué? —exigió saber él, levantando las cejas imperiosamente.

—¿Por qué crees? ¡Porque nuestro anfitrión nos está llamando para la cena y nos estará esperando!

—Carlisle lo comprenderá —dijo él, encogiéndose de hombros.

Aquella excusa ofendió aún más a Bella.

—Bueno, quizá él lo entienda, pero sería de muy mala educación y yo no lo toleraría.

Edward se quedó mirándola, tratando de ver la situación desde el punto de vista de ella. Y entonces comprendió. Ella no sólo estaba pensando en su reputación… y tenía que admitir que él mismo no había pensado con claridad. Bella estaba preocupada por toda la gente que estaría esperando para servirles lo que, sin duda, sería una cena maravillosa.

El estaba acostumbrado a que la gente esperara por él,pero para Bella la situación era la contraria. Ella siempre estaba esperando para cumplir sus deseos y órdenes. Pero aquel fin de semana era distinto. ¡Él le había dicho que fingiera ser otra persona, y ella estaba obedeciendo al pie de la letra!

No sabía dónde, pero ella había adquirido todos los altivos atributos que la convertían en alguien creíble como su novia. Le estaba diciendo lo que tenía que hacer y, por la expresión de su cara, supo que no sería capaz de hacerle cambiar de idea. Por lo menos no en aquel momento.

Asintió con la cabeza y salieron de nuevo al patio, pero la frustración se había apoderado de su sangre… y algo sobre la manera en la que ella le había reprendido le perturbaba.

Había pensado que no estaban al mismo nivel… pero Bella le acababa de demostrar lo contrario. Él ni siquiera recordaba la última vez que una mujer le había dicho lo que tenía que hacer. Desde luego que no había ocurrido mientras él había sido adulto.

Y jamás una mujer le había impedido hacerle el amor.

El timbre sonó de nuevo y ambos anduvieron en la dirección de donde lo habían oído. Pero justo antes de hacerlo, él la había tomado del brazo… habiendo oído la profundidad de la respiración de ella.

—Muy bien —susurró, dándose cuenta del poder que ejercía sobre ella con una silenciosa satisfacción—. Cenaremos y jugaremos a ser unos huéspedes muy atentos… pero no dudes ni por un minuto lo que pretendo que hagamos más tarde, una vez nos podamos excusar. Tendré que pasar la noche regalándome la vista al ver tus labios, enrojecidos de tanto besarme, mia bella. Tendré que imaginarme el sentir tu piel desnuda contra la mía y maldeciré a ese maldito timbre por no haber sonado unos pocos minutos después, ¡cuando yo debería haber estado dentro de ti y ningún poder sobre la tierra podría habernos separado!

Aquel alarde sexual debería haber horrorizado a Bella, pero no lo hizo. Lo que ocurrió fue que se le aceleró el pulso y que sintió cómo se derretía, pero lo escondió tras una atroz mirada. El enfado era mucho más seguro que mostrar lo vulnerable que se sentía por dentro.

—¿Me llevas a cenar? —dijo en voz baja.

Él vio reflejada en la mirada de ella una expresión que ya había visto antes… la noche que la había conocido. Era una mezcla de desafío y orgullo.

—Sí, te voy a llevar a cenar —respondió—. ¡Pero no puedo esperar a que termine! Porque una vez cenemos, ambos sabemos lo que ocurrirá.

Bella no se atrevió a desafiarle debido a la tensión que reflejaba la poderosa figura de él. Por no hablar de que temía que él tuviera razón y que ella no fuese capaz de resistírsele.

Se preguntó si, aparte de su corazón, también había perdido la razón…

—¿Cómo se supone que debo referirme al jeque? —preguntó con preocupación, tocándose el pelo y preguntándose si lo tenía muy despeinado.

—Puedes llamarle por su primer nombre… una vez que él te dé permiso para hacerlo —dijo Edward, haciendo una pausa—. Y tienes el pelo muy bien.

En ese momento apareció un miembro del personal de servicio que les indicó que debían seguirlo. Bella se preguntó cuánto habría oído el hombre pero, al llegar a la azotea de la casa y ver la maravillosa escena que tenía delante, se olvidó de todas sus dudas.

Elegantes lámparas iluminaban el ambiente mientras unas preciosas mesas bronceadas invitaban a sentarse a ellas en unos divanes no muy altos. Se podía ver toda la ciudad y, sobre ella, un cielo azul índigo plagado de estrellas e iluminado por la luna. Se quedó deslumbrada ante tanta belleza.

Entonces oyó el susurro de alguien que se aproximaba y se percató del aumento de actividad del personal de servicio. En ese momento llegó el jeque, vestido con un brillante traje y peinado con un tocado. Miró a Bella con mucha curiosidad.

Instintivamente ella hizo una reverencia y levantó la mirada a continuación, esperando que el jeque le dijera algo.

—¿Quién es ella? —preguntó el autocrático hombre, despidiendo al personal de servicio con la mano.

Se había dirigido a Edward… como si ella no pudiese hablar.

—Ésta es Bella.

—Ah —dijo el jeque, cuyos ojos eran como dos ascuas de azabache—. ¿Es tu novia?

—Sí.

El jeque la examinó pensativamente, ¡como si ella fuese un objeto en venta en el mercado!

—¿Te das cuenta de cuántas mujeres desearían estar en tu lugar? —preguntó por fin.

—Todos los días doy gracias por mi suerte —dijo ella recatadamente.

Ante la sorpresa de Bella, el jeque se rió y ella pudo ver cómo Edward fruncía el ceño.

—¿Qué tal está tu hermana? —preguntó el jeque con un inesperado dulce tono de voz—. Tengo entendido que está un poco enferma.

Edward asintió con la cabeza.

—Está recibiendo el mejor tratamiento posible… y los médicos me han informado de que se está recuperando bien. Hablé con ella esta mañana, y desde hacía mucho no la había sentido tan optimista.

—Es excelente. Bella… llámame Carlisle. Y ahora… sentémonos. No podemos comenzar a cenar hasta que no llegue nuestro último invitado, pero bebamos algo entre tanto. ¿Quieres champán?

Bella agitó la cabeza. Le tentaba, pero sabía que no debía… ya que necesitaba tener la cabeza despejada si pretendía resistirse a Edward… y era vital para su salud mental que lo hiciera.

—Preferiría beber algo suave, si tenéis… Carlisle —dijo vergonzosamente.

Edward observó cómo Carlisle dejó claro su aprobación ante aquello y dio una palmada autoritariamente. El personal de servicio apareció de nuevo, llevando una bandeja con copas rojas y otra con frutos secos. Se quedó mirando con una mezcla de desconcierto y frustración cómo ella comenzó a abrirse ante el jeque, ante las inusitadas amables preguntas de éste…

Nunca antes la había visto bajo aquella luz, pero claro, hasta hacía poco ni siquiera la había mirado con detenimiento, hecho que en aquel momento parecía inconcebible. Con su largo vestido, ella lograba parecer a la vez modesta y extremadamente sexy, pero eso tampoco debería sorprenderle. Ella era una mujer joven, con piel clara y ojos brillantes… y con una figura firme y fértil.

Las ansias que le estaban devorando por dentro se intensificaron y, repentinamente, sintió no sólo ardiente deseo sexual, sino también algo muy parecido a los celos al ver a Bella sonriendo ante un comentario que había hecho Carlisle. Se preguntó si el príncipe del desierto estaba coqueteando con ella.

Pero en ese momento el cuarto invitado llegó y Edward se levantó, percatándose de que Carlisle no lo hizo… que, de hecho, apenas le dirigió una mirada a la recién llegada.

La mujer que llegó sin apenas hacer ruido no era el prototipo de diosa rubia que le gustaba al jeque. Tenía el pelo marrón oscuro y la cara pálida.

—Llegas tarde —le dijo Carlisle.

—Perdóname —se disculpó la mujer, mirándolo con recriminación—. Carlisle… ¿no nos vas a presentar?

—Éste es Edward Cullen, un colega de negocios, y ésta es su novia, Bella…

—Swan —introdujo Bella al darse cuenta de que seguramente Edward no lo sabía.

—Ésta es Jane —continuó Carlisle.

—Hola —dijo la mujer, sonriendo.

Bella se percató de que no les dijo quién era Jane ni qué relación les unía. ¡Ni siquiera les había dicho el apellido de la mujer! Lo que estaba claro era que aquella mujer hacía caso omiso del silencioso enfado de Carlisle.

Mientras hablaba con el jeque y con la enigmática Jane, con quienes era muy fácil conversar, notó cómo Edward la estaba mirando. Y, aunque lo intentó, no pudo evitar que su cuerpo reaccionara ante aquel escrutinio.

Se preguntó si él se estaría dando cuenta de que le estaba poniendo la carne de gallina y de que sus pechos estaban ardientes de deseo, como si no quisiesen otra cosa que ser tocados y besados por él. Pero, aunque lo supiera, lo que no sabía era cómo le había robado el corazón…

Sintió que su amor por él era más fuerte que nunca, y se sintió debilitada ante el deseo que le recorría el cuerpo. Era como si quisiera hacer desaparecer a todos los demás que allí había y quedarse a solas con Edward para que la tumbara en el suelo y… y…

Pero supo que él se había percatado de lo inquieta que estaba ella ya que la estaba mirando de manera provocadora…

—¿Bella? ¿Quieres probar este sorbete de mango? —preguntó Jane—. Apenas has comido nada.

—Bella no tiene mucho apetito —dijo Edward con un travieso brillo en los ojos—. Me pregunto por qué.

Consciente de que todos la estaban mirando, Bella aceptó lo que le ofrecían. Por lo menos el sorbete estaba deliciosamente helado…

No dejaba de pensar en que el tiempo estaba pasando y que en poco rato tendría que volver a la enorme suite que compartía con Edward. ¿Y entonces qué…?

Tras probar un poco de los deliciosos manjares que les ofrecieron, observó cómo el jeque cerraba los ojos y pensó que tenía aspecto de estar muy cansado.

—Me vais a perdonar si me retiro —dijo Carlisle. Entonces miró a Jane—. Vamos.

Jane vaciló un poco antes de levantarse. Entonces sonrió forzadamente a Edward y a Bella.

—Perdonadme —murmuró antes de marcharse.

El silencio que se creó pareció inmenso.

Bella no sabía qué hacer, dónde mirar, cómo comportarse… pero parecía que Edward no tenía tantas reservas… sus movimientos fueron decisivos.

Se acercó a ella y le tomó la mano, llevándosela a la boca y besándole los dedos sin dejar de mirarle a la cara.

—¿Vamos a la cama, Bells? —preguntó suavemente.

A ella se le revolucionó el corazón al levantarla él. A no ser que decidiera dormir allí mismo, parecía que no tenía más alternativa.

—Está bien —dijo, tratando de mostrar una renuencia que en realidad no podía sentir.

Mientras seguía a Edward hacia la suite, se dijo a sí misma que no tenía que hacer nada.

Pero, una vez dentro, la puerta se cerró con suavidad tras ellos…