Disclaimer: Todo lo que reconozcan, no es mío.
Capitulo nueve: Todo.
Saber lo que necesitas, no implica que sepas cómo conseguirlo.
(Megan Hart)
Entre las brumas del sueño Edward Masen notó un bulto cálido presionando parte de su torso.
Gimió estirando las piernas y se acurrucó en torno al tibio cuerpo. El sol se filtraba por los agujeritos de la persiana grises, arrojando haces de luz sobre las sabanas y la piel expuesta.
Estaba tan a gusto en la cama que decidió regalarse al menos media hora más, lo suficiente como para despejarse poco a poco sin tener que recurrir al café. Sin embargo pronto notó un olor extraño en el aire. Una mezcla de sucia humedad, pelo mojado y algo más fuerte, casi agrio. Arrugó la nariz y se llevó la mano a la frente tratando de bloquear la luz.
En cuando abrió los ojos Ventosa despertó y se removió hasta colocar el hocico contra el hombro de Edward.
—No puede ser…—Masculló irritado.
Se incorporó en la cama, apoyando la espalda contra el somier.
—Esto no entraba en el trato ¿eh?—Discutió señalándolo con un dedo. Ventosa ladró despacito, como si estuviera dispuesto a discutir. Edward aplacó un bostezo y se frotó los ojos—Nada de ladridos bicho. Voy a explicarte unas cositas—Se puso en pie torpemente, acomodándose los boxer en torno a la erección matutina—La cama es para mí, el suelo para ti. ¿Lo captas?—Ventosa se irguió sobre sus peludas cuatro patas y ladró un poquito más fuerte ésta vez—No, obviamente no lo captas—Se quejó por lo bajo, mientras el perrazo empezaba a mover el rabo de lado a lado.
Decidió que, ya que el animal había dejado todo su aroma en las sabanas, podría dejarlo disfrutar un rato más, pues de todas maneras tendría que cambiarlas. Entró al baño y se lavó los dientes mientras escuchaba correr el agua de la ducha. En la radio sonaba una recopilación de música ochentera y se dedicó a cantar mientras se preparaba para empezar el día.
La visita-y para qué mentir, los besos-del día anterior habían insuflado una dosis de adrenalina a su sistema. Edward se sentía exultante y no planeaba hacer otra cosa que rememorar las horas pasadas una y otra vez hasta el hartazgo. Pero no contaba con que su nueva mascota también tenía planes.
Estaba repartiendo una espesa capa de jabón líquido sobre su torso cuando un hocico peludo abrió las cortinas plásticas de la bañera. Edward tardó un par de minutos en darse cuenta de su espía-canino-personal, que lo miraba con una sonrisa perruna un tanto desconcertante.
—Mierda—Se quejó respingando al descubrir ese par de ojillos negros y vidriosos casi escondidos detrás de la cortina—Genial, tengo un perro voyeur—Murmuró colocándose bajo el grifo.
Esperaba, sinceramente, que el perro se marchara de allí. Porque joder ¿qué mascota te observa semi escondida mientras te bañas? Él no conocía de ningún caso la verdad. Pero Ventosa permaneció atento a cualquier movimiento, con la mitad de la lengua colgando de sus peludos labios y las orejas de punta.
Cada vez más incomodo, Edward se terminó de lavar y se colocó el albornoz mullido que su madre le había regalado y que antes de ese día, había permanecido intacto en el perchero del cuarto de baño.
Cabe mencionar que su perro-voyeur le dio espacio suficiente para poder maniobrar dentro de la pequeña estancia, aunque no se marchó. En cuanto Edward salió de la habitación y se encaminó hacia su dormitorio, sintió la presencia peluda detrás de él, como una sombra.
Paró en seco y observó al can por encima de su hombro.
—¿Qué?—Inquirió batallando con la diversión y la irritación por partes iguales.
Ventosa volvió a ladrar, dando un pequeño saltito por el impulso.
Edward suspiró y entró en el dormitorio. Silbando y aún de muy buen humor, escogió la ropa del día y comenzó a vestirse.
Estaba abrochándose el botón del pantalón vaquero cuando escuchó el timbre de la puerta. Los ladridos de su mascota resonaron por toda la casa. Ese perro extraño parecía haberse vuelto loco. Corría por el pasillo como un demente, moviendo el rabo con un frenesí tal que cuando golpeaba la pared parecían latigazos. En la puerta de la entrada, empezó a gemir y a arañar la madera y Edward tuvo que apartarlo para poder abrir.
—Buenos días—Sonrió Bella en el pasillo.
Edward había salido a recibirla sin camisa, con la cremallera del pantalón desabrochada y sólo un calcetín. Ventosa se le lanzó encima de un salto mortal que la hizo trastabillar.
—Wow, sí que te alegras de verme ¿eh bonito?—Canturreó agachándose a la altura del perro. Desde su posición levantó la mirada y le guiñó un ojo a Edward, que continuaba mudo y estático en su posición—Pensé que te gustaría que viniera a sacar a Ventosa—Explicó, aunque ahora que lo pensaba bien, más que un paseo, ese animal necesitaba un baño urgente.
Apestaba.
—Ehm si, si y me gusta. Sólo que no te esperaba. Lo siento, pasa—Balbuceó Edward peinándose el cabello empapado con los dedos. Con una torpeza nada propia en él, abrió un poco más la puerta y se hizo a un lado.
Tener a Bella de vuelta en su casa tan pronto había sido, como poco, una sorpresa. Francamente, había pensado que después del día anterior y de su nuevo huésped, ella volvería a desaparecer por una temporada. Y casi no podía sostenerse del enorme subidón de energía que estaba experimentando. Porque haber, el hecho de que apareciera así tan pronto y con esa preciosa sonrisa debía significar algo. Por un lado incluso se le antojaba algo incomodo, como irreal, y malditamente genial tenerla de vuelta en su casa.
Como si nunca se hubiera ido.
Tuvo tantas ganas de abrazarla y besarla…de darle los buenos días como se los daría una pareja de verdad, que necesitó esconder las manos dentro de los bolsillos de su pantalón para detenerse a sí mismo.
Cuando Bella pasó a su lado, captó un poco de ese aroma fresco que la caracterizaba. Un olor muy suave, como a algún tipo de flor, mezclado con algo dulce y una pequeña nota de cítrico. Exquisito y especial, como ella.
—¿Cómo ha sido su primera noche aquí? ¿Te ha molestado mucho?—Preguntó Bella dejando las bolsas que había traído encima del sofá. Se desabrochó la chaqueta y la colgó en el respaldo de una silla.
Edward sonrió extasiado mientras la observaba atentamente.
—¿Edward?—Insistió ella dándose cuenta de que él no le había prestado ninguna atención, al menos no a sus palabras.
—Si, si se ha portado bien. Es muy tranquilo…ya sabes—Omitió la parte del baño y el posterior seguimiento a través de todo su departamento, se agachó y trató de acariciar al animal, pero su mano estirada quedó en el aire, pues Ventosa se apartó de él y continuó tratando de captar la atención de Bella—Traidor—Le susurró por debajo de su aliento.
—Me alegro. Estaba un poco preocupada—Admitió ella. Aunque se quedaba corta. Decir que había pasado toda la noche en vela pensando en los dos-un poco más en Edward que en Ventosa, claro-se ajustaba más a la realidad.
—¿Ya has desayunado?—Inquirió Edward. Bella negó con la cabeza.
—No, pero traje algunas cosas para que él desayune—Dijo, señalando al animal. Acto seguido comenzó a sacar lo que parecía un arsenal de comida para perros. Había comprado una bolsa gigantesca de pienso, bolsitas metálicas con carne triturada, huesos sintéticos que además de entretenerlo, le ayudarían a limpiarse los dientes; galletas de hígado y jengibre-para una buena digestión-, paté de ternera y un montón de jabones especiales para el baño. Además de un par de esponjas, dos cepillos, una correa y un collar.
—Bien, oh mira cuántas cosas…Ehm, prepararé algo para humanos—Comentó Edward para nadie en especial, pues Bella no le prestaba atención y el perro traidor menos.
Se fue a la cocina un poquito celoso. Era ridículo sí pero tenía que admitir que compartir la atención de su chica le crispaba los nervios.
Cállate imbecil, al menos no se trata de otro tipo.
Se retó entre murmullos y encendió la cafetera. Comenzó a cortar pan para preparar tostadas, puso la mesa y abrió un bote nuevo de mermelada de fresa. Mientras el pan se doraba y el café se hacia, fue a su habitación y terminó de vestirse. Desde el salón llegaban las risitas de Bella y los ladridos juguetones del perro y Edward no podía olvidar que ella ni siquiera le había dado un beso al verlo, ni un abrazo. Nada de nada.
¿Quizás lo de ayer había sido un calentón? ¿Un lapsus de los que al día siguiente te arrepientes?
Esperaba que no porque, sinceramente de ser así, lo mataría.
Se peinó con un poco de gomina y revisó el móvil para hacer tiempo mientras el desayuno estaba listo. Estaba algo preocupado por Jasper y tenía ganas de llamarlo para saber qué tal seguía. Por otro lado, conocía demasiado bien a su amigo y sabía que le costaría muchísimo sacarle algún tipo de información.
Hombre, Jazz era todo empatía hacía los demás pero cuando se trataba de sí mismo, se encerraba en su casa, se convertía en basura humana y se negaba a cooperar.
Frunció el ceño y comenzó a teclear un sms para su mejor amigo.
Así lo encontró Bella.
A través del espejo observó la pequeña arruguita en su frente, el cabello húmedo por el agua y el fijador, la camisa levantada por detrás y los zapatos sin atar. Y pensó que no había nada más sexy que él.
Se acercó despacio, casi de puntillas, y cuando estuvo lo suficientemente cerca como para poder tocarlo, no se resistió y pasó las yemas de los dedos por su nuca tersa y varonil.
—¿Todo bien?—Le preguntó aguantando la risa cuando él se estremeció con la caricia y se giró lentamente hacía ella.
—Muy bien—Sonrió pícaramente y permaneció quieto, tan cerca de ella como podía.
Bella se sonrojó y sonrió también, balanceándose adelante y atrás sobre sus pequeños pies. Casi parecían dos adolescentes esperando el primer beso en el porche de casa.
—¿Y ese sonrojo?—Preguntó Edward burlón, haciendo que el rubor creciera en intensidad. Secretamente amaba esas muestras de timidez en ella. Rió roncamente cuando la espesa mata de cabello caoba cayó en cascada sobre el rostro de ella, en un gesto tan ensayado que no pudo pasar desapercibido.
Bella bufó, sofocada. Odiaba las reacciones de su cuerpo. Rodó los ojos tratando de parecer despreocupada y dijo:
—Venía a avisarte de que el café está listo.
Edward se mordió el labio inferior sonriente y en cuanto ella comenzó a girarse para volver al salón, la sujetó por las caderas y la besó en el cuello profundamente.
—¿No me vas a besar?—Soltó descarado contra la piel cálida de su clavícula. Casi podía sentir el latido desbocado del corazón de Bella sobre los labios.
—No—Murmuró ella enfurruñada con el estomago pesado y la sangre ardiéndole en las venas.
Estaba comportándose como una quinceañera primeriza. Por supuesto que deseaba besarlo una y otra vez, pero que él se hubiera burlado de ella la hacía cohibirse, incluso enfadarse, al igual que le pasaba cuando era mucho más joven y las emociones eran tan intensas que la hacían parecer un poco bipolar.
Edward continuó dejando besos en su cuello y hombros, hasta que al final ella se relajó y soltó una risita tonta.
—¿Sabes una cosa?—Inquirió al final, abrazándole. Edward negó con la cabeza y aspiró con intensidad el aroma de su cabello—Estoy un poco arrepentida—Continuó ella, sin darse cuenta de que había puesto el dedo en la llaga, pues en cuanto esas palabras abandonaron sus labios él se tensó.
—¿Ah si?—Preguntó tratando de mantener la sonrisa, aunque le costó—Perdón, voy a…—Masculló soltándola algo bruscamente y dando un paso atrás.
Genial, por una vez deseaba no tener razón sobre algo.
Ella está arrepentida. Arrepentida…Se repitió torturador en su mente. Menuda manera de empezar el día. Con un perro voyeur y la mujer que quería pateándole el culo abiertamente.
Se pasó la mano por el cabello y señaló a la cocina con el pulgar mientras gruñía algo así como que iba por el café.
Bella no sabía a qué atenerse. Había querido jugar un poco y decirle de forma sutil que no haber terminado donde ambos deseaban, o sea en la cama, la tenía algo sensible. Porque lo cierto era que cuando llegó a su casa, sola, y se dio cuenta de que no podía sacarse a Edward de la cabeza, se arrepintió de no haberse quedado a pasar la noche con él.
Suspiró nerviosa sin entender muy bien la reacción de Edward y volvió al salón, donde Ventosa mordisqueaba uno de los huesos.
Después de unos minutos lo vio volver de la cocina con una bandeja plateada y un plato lleno de tostadas, mermelada, mantequilla, café y leche. Y con el rostro tan serio como el de la misma parca.
Se estrujó los dedos desmoralizada y carraspeó un poco.
Ambos estaban incómodos y callados. Ella sin entender el cambio de él, y él pensando que acababa de ser rechazado. El único normal era el perro, que seguía batallando con el hueso gigante y rascándose cada poco rato.
—Muy buena la mermelada—Balbuceó Bella tratando de cortar el áspero silencio.
—Si.
Se sonrieron forzadamente y volvieron a quedarse callados.
—¿Me pasas el azúcar por favor?
—Si—Repitió Edward entregándole el bote de cristal. Al pasar el azucarero de mano a mano terminaron rozándose los dedos levemente y la reacción de la pareja fue idéntica, se estremecieron como si hubieran recibido una descarga eléctrica y apartaron las manos con exagerada rapidez.
—Estaba pensando que…
—Quizás podríamos ir…
Rieron sofocados y negaron con la cabeza señalándose el uno a otro.
—Tú primero…
—Dime…
Ésta vez no rieron cuando hablaron los dos a la vez. La verdad es que se sentían algo violentos.
—Iré a pasear a Ventosa—Soltó Bella de pronto, se puso en pie, buscó la cadena y ató la correa al cuello peludo del animal. Luego, sin apenas mirar atrás, salió de la casa.
Caminó directamente hacía el parque cercano, con el perro dando tirones para hacerla caminar más rápido y el sol bañándola de cálidos rayos.
¿Se habría equivocado con las intenciones de él? Se preguntaba ansiosa. Quizás lo suyo sólo había sido algo puntual, un rollo de una tarde, una tanda de besos sin compromiso. Y ella, con esa vena romántica empedernida que tenía, había oído campanas de boda donde sólo habían intenciones de chirriar de muelles de cama.
Suspiró con fuerza y soltó a Ventosa para que corriera un rato a sus anchas.
Mientras, Edward no paraba de comer pan tostado y gruñir. Y es que él sabía que todo había sido demasiado bueno para ser real. ¿Qué la chica que más le había gustado jamás le correspondiera en veinticuatro horas y con tanta intensidad? Imposible.
Él no era de los que tenían tanta suerte.
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Por eso, cuando una larga media hora después, Bella regresó al departamento con un muy feliz Ventosa correteando a su lado, Edward se puso en pie sin mirarla y huyó hasta su cocina, con la excusa de que recogería el desayuno y haría un poco más de café.
Bella se sentó en el sofá y observó las huellas negruzcas de tierra que el perro había dejado por toda la casa, mientras que escuchaba los tintineos de platos chocando contra más platos que venían de la cocina. La idea, esa mañana, había sido pasear al animal, bañarlo y en el trayecto pasar todo el día con Edward. Obtener un poco más de esos besos ardientes que ya habían disfrutado juntos sólo fue un plus a tener en cuenta. Lo que jamás pensó era que él no tuviera los mismos planes. Aún así decidió llevar a cabo las tareas iniciales.
Se puso en pie y fue hasta la cocina, donde Edward estaba de pie frente al lavaplatos.
—¿Te importa si baño a Ventosa?—Inquirió. Sin permiso, sus ojos vagaron hacía la zona sur del cuerpo masculino, donde la tela vaquera se ajustaba perfectamente a un par de nalgas redondas y estrechas. Bella se sonrojó cuando Edward, aún de espaldas, negó con la cabeza y contestó:
—Adelante—Y aunque la respuesta fue algo sombría y muy seca para su gusto, asintió y llevó al perro hacía el baño.
La bañera era lo suficientemente grande como para que ingresaran dos adultos sin esfuerzo; blanca y rodeada de losetas celestes y marrones. Abrió el grifo del agua caliente y dejó que se llenara hasta un poco menos de la mitad, luego vertió un poco de champú anti-parásitos y metió a Ventosa. Al animal no le hizo mucha gracia eso del baño y en cuanto sintió la humedad en sus patas traseras comenzó a revolverse con fuerza, gimiendo y ladrando asustado. Poco después comenzó a temblar con tal fuerza que Bella era incapaz de sujetarlo.
—¡Edward!—Llamó batallando contra las embestidas del perrazo—¡Edward!
—¿Qué…? Mierda—Él llegó corriendo al baño y resbaló al entrar, derrapando en el suelo marmóreo, mientras veía cómo Bella forcejeaba en vano con Ventosa. Se agachó tratando de ayudarla, sujetó el torso del perro con los dos brazos y comenzó a acariciarle para que se tranquilizara—¡Ponle el jabón ya y enjuágale!—Chilló, un poco antes de que el grueso rabo del animal le diera de lleno en la nariz. Con la punzada de dolor, lo soltó y se llevó las manos a la zona adolorida.
Bella chilló también, sujetando al animal por el collar. Y Ventosa se revolvió de tal manera que terminó por arrastrarla a ella dentro de la bañera.
Después de apartarse los húmedos cabellos del rostro, miró a Edward compungida. Él le devolvió la mirada. Y no tardaron mucho en soltarse a reír.
—Este perro…es una bestia…—Musitó sujetándose las costillas adoloridas por las carcajadas.
—…Más que un perro…ahora…parece una rata mu…mutante—Continuó Edward ahogado. Y tenía razón. Con el agua, el cuerpo huesudo de Ventosa había surgido en todo su esplendor, pues todo su cabello oscuro y esponjoso se le había pegado contra la piel. Ahora que había dejado de forcejear contra ellos, tenía la lengua fuera y las orejas tiesas y trataba de lamer el rostro de sus dueños.
Edward y Bella no podían dejar de reír.
Después de varios intentos más consiguieron asearlo y secarlo. Resultó que Ventosa era bastante atractivo una vez bañado. En cuanto lo soltaron, corrió al salón y se tumbó sobre la alfombra mullida, dejando a sus amos solos.
Bella, completamente mojada, comenzó a secar el suelo del baño con una fregona. Edward fue a buscar un poco de ropa seca para ellos.
—Toma—Le ofreció un pantalón de chándal y una camiseta de manga corta que él usaba para dormir. Ella sonrió y estrujó la fregona con fuerza una última vez.
—Gracias—Aceptó la ropa y se la colocó bajo un brazo, mientras con el otro recogía los útiles del limpieza y los llevaba a la cocina—Me cambiaré en tu habitación—Informó digiriéndose hacía allí.
La tensión anterior parecía haberse diluido entre ambos y eso era bueno. Los dos tenían una especie de química especial, algo nunca antes experimentado por ninguno de ellos. Se sentían bien el uno con el otro, hacían un buen equipo. Y Ventosa los necesitaba a ambos.
O eso se decía Bella mientras se deslizaba las bragas húmedas por sus muslos congelados.
La camiseta de él le quedaba enorme, caía por encima de sus rodillas y bailaba en torno a su torso y cintura. Las mangas-supuestamente cortas-le llegaban más abajo de los codos y el cuello le quedaba tan ancho que dejaba expuesta su clavícula. El pantalón era caso aparte. En cuanto lo subió hasta sus caderas y lo soltó para ponerse un par de calcetines, se le bajó a la altura de los tobillos. Se mordió el labio inferior tratando de encontrar algo para anudárselo pero no encontró nada. Y finalmente decidió quitárselo y quedarse sólo con la camiseta.
Hizo varias poses frente al espejo, asegurándose que no se notara la falta de ropa interior y después de estar completamente segura, volvió al salón.
Edward ya se había cambiado de ropa, optando por un pantalón corto y una sudadera que le habían regalado con la compra de los neumáticos de su Volvo. Se giró sonriente cuando escuchó los pasos suaves de Bella sobre el suelo del salón, con la idea de seguir bromeando un poco más sobre el baño forzoso que ambos habían disfrutado, pero en cuando la vio, se quedó congelado en su lugar, con la respiración atascada en la garganta.
Las piernas de ella parecían estar hechas de crema y miel, de un color tan pálido y aparentemente suave como el algodón. Su camiseta le quedaba demasiado grande, pero en la posición donde ella había quedado y con el sol iluminándola desde atrás, pudo ver todo el contorno de un cuerpo hecho para el pecado. La estrecha cintura se juntaba con un par de redondas caderas estilizadas. Los pechos, algo más grandes de lo que el había pensado, se dibujaban sobre la delgada tela blanca y el contorno creaba dos triángulos torcidos justo donde se juntaban con las costillas. Bella tenía las piernas algo separadas, dándole así una visión espectacular de los muslos y Edward deseó enterrar los dedos en esa piel exquisita.
Ante el escrutinio, ella se sonrojó y trató de bajarse la camiseta un poco más y él finalmente reaccionó ante el gesto.
—Mmm ¿Te apetece si vemos una película?—Preguntó completamente nervioso—Creo que ponían una comedia de Jim Carrey—Explicó haciendo malabares con el mando de la televisión, que por una extraña razón se le escurría entre los dedos cada vez que él trataba de sujetarlo.
Bella, que no parecía mucho más relajada, asintió roja como la grana. Avanzó hasta sentarse en el sofá de tres plazas y cruzó las piernas a la altura de las rodillas, colocando las manos abiertas sobre su regazo rápidamente.
Cuando él por fin encendió la tele dio un vistazo disimulado al espacio libre que quedaba en el sofá. Se le hacía demasiado pequeño ahora, muy íntimo teniendo en cuenta que ella quería que fueran sólo amigos…
—Bien—Sonrió falsamente despreocupado y se sentó en el incómodo suelo, justo al lado de Ventosa.
La película avanzaba en la pantalla de plasma y era lo suficientemente buena como para que ambos hubieran estado relajados. Pero lo cierto era que no podían lucir más ansiosos. Él con un cojín sobre el regazo, tratando de ocultar la escandalosa erección que punzaba dentro de su pantalón corto y ella con el corazón en la garganta, temiéndose que Edward ya se había dado cuenta de que no tenía la ropa interior puesta.
¿Acaso él pensaría que era una táctica para seducirlo o algo así?
El silencio era tan pesado como tenso. La expresión de que podría cortarse el aire con un cuchillo les quedaba bastante ajustada.
Además, Edward estaba teniendo serios problemas con la dureza y la temperatura del suelo.
Vamos que se le estaba quedando el culo helado.
Se removió tratando se ponerse cómodo aunque no funcionó. Cruzó las piernas y volvió a descruzarlas. Colocó un brazo sobre el sofá y lo volvió a bajar con un bufido mental, trató de ponerse de lado y fue peor.
—Deberías sentarte conmigo, no pareces nada a gusto—Apuntó Bella con la mirada clavada en la televisión.
—Estoy bien—Contestó él, mohíno, aunque poco después volvió a moverse tratando de no apoyar nada de peso en su congelado trasero.
Finalmente desistió sabiendo que se estaba comportando como un adolescente inmaduro en vez de como el hombre hecho y derecho que era. Sin mediar palabra se puso en pie y tomó asiento lo más lejos posible de ella, volviendo a posicionar estratégicamente el cojín sobre su entrepierna.
Bella estiró un poco las piernas, pues con la tensión había comenzado a sentir el característico hormigueo molesto de la falta de riego sanguíneo. Y Edward siguió el movimiento con afán pensando en que si estiraba la mano un poquito, podría saber a qué temperatura estaría esa piel deliciosa.
Carraspeó apartando la vista y tratando así de tranquilizarse. Cada vez estaba más duro, más excitado y más ansioso.
—Me encanta esa parte—Murmuró ella de pronto, señalando a la tele con la cabeza. Cuando se giró para mirar a Edward, frunció el ceño alarmada. Él no tenía muy buena cara, es más parecía estar soportando varias toneladas de peso sobre los hombros—¿Estás bien?—Inquirió preocupada.
—No, no estoy bien—Admitió ronco—Creo que lo que hablamos antes no va a poder ser. Al menos no por mi parte—Explicó entre dientes.
—No entiendo…—Musitó Bella inclinándose inconcientemente hacía él.
—Que no puedo ser tu jodido amigo Bella—Espetó—Yo quiero más, mucho más. Así que por el bien de mi salud mental es mejor que te vayas—Añadió. Quiso agregar que no sólo era por su bienestar psíquico, sino que además sus bolas estaban sufriendo un serio caso de estrangulamiento, aunque no dijo nada más y se limitó a apretar los dientes y a no respirar demasiado, pues con cada bocanada de aire el aroma de Bella se hacia más intenso, casi palpable.
Ella bufó sin comprender muy bien.
—¿Me puedes explicar qué te pasa? ¡Enserio no entiendo nada! Primero te pones todo tenso cuando te digo que me arrepiento de no haber pasado la noche contigo, ahora dices que no quieres ser mi amigo…
Edward se giró hacía ella con tanta rapidez que vio parte de su salón borroso.
—Tú no dijiste eso—Atizó con los ojos muy abiertos.
—Sí lo dije—Insistió Bella y se cruzó de brazos completamente sonrojada—Pero ya da igual, mejor dime qué quieres de mí y terminemos con esto.
Él no dudo ni un instante antes de arrojar lejos el cojín que ocultaba su miembro erecto. Después usó todas sus fuerzas para tirar de Bella hacía él, dejándola sentada a horcadas sobre su regazo. Ella jadeó sorprendida, incluso se resistió un poco.
—Voy a demostrarte lo que quiero de ti—Susurró él impidiéndole la huida.
Entonces la besó. Primero en el cuello, con la boca semi abierta. Lamió la piel y la besó una y otra vez hasta que ésta quedó roja y sensible. Luego enterró una mano entre los cabellos de ella y succionó su labio inferior con deleite. Bella se estremeció y se sujetó con fuerza de su cuello, sintiendo cómo sus pezones duros por el deseo acariciaban el torso recio de Edward. Y él los sintió también, como dos piedrecillas juguetonas pidiendo por sus caricias.
No tardó en meter las manos dentro de la camiseta que ella estaba usando y abarcar los pechos completamente, dejando los pulgares contra los pezones y las palmas sobre el resto de la cálida piel. Masajeó en círculos mientras continuaba besándola en la boca, chupándole la piel húmeda de la lengua y tragándose todos los gemidos, jadeos y suspiros que ella le otorgaba. Pronto sintió cómo ella comenzaba a moverse de arriba abajo. Pequeños y casi inocentes roces que lo estaban volviendo loco.
—Más fuerte cariño—Pidió antes de deslizar las manos abajo hasta el vientre y rodear en las caderas sólo para sujetarle las nalgas con fuerza y atraerla más cerca. Con un gemido gutural, la movió sobre sí mismo con la fuerza y la intensidad que él necesitaba y ella jadeó enfebrecida, sintiendo la erección dura y larga deslizarse entre sus pliegues. Aún por encima de la tela, el roce fue demoledor y cuando él volvió a su inicial posición, acariciándole los pechos, ella repitió los movimientos con maestría—Así, sí, no pares—Halagó Edward con la cabeza inclinada hacía atrás y los ojos en blanco por el inmenso placer.
Bella sonrió sabiéndose poderosa. Era ella la que controlaba la situación y eso le gustaba. Dejó de abrazarle y sin más dilación lo despojó de la sudadera. Él siseó cuando ella abandonó el balanceo de caderas e inclinó la cabeza para meterse uno de los pezones masculinos en la boca. Edward notó los dientes de ella rasgar la piel sensible, la lengua mojada y caliente acariciando después, con una lentitud perturbadora.
Con un gruñido levantó la tela de la única prenda que Bella llevaba y se la sacó por la cabeza, mirando extasiado cómo la suave cortina de cabello caoba volvía a su lugar, cayendo en ondas suaves sobre los senos prietos.
La sujetó por las caderas y volvió a posicionarla justo sobre su pelvis, luego le colocó una mano sobre la nuca y la besó en la boca con fuerza, penetrándola con la lengua una y otra vez mientras que ella seguía frotándose contra su erección.
—Quítatelos—Exigió Bella finalmente, tirando de la cinturilla elástica del pantalón corto—Te quiero dentro de mí—Insistió.
Y él no necesitó mucho más para bajarse la prenda a tirones y quedar completamente desnudo. Con una mano se rodeó la pesada elevación y comenzó a masturbarse ante la atenta mirada de ella. Rozó, con la punta del miembro, los pliegues mojados y desgarradoramente tiernos, empapándose con la densa lubricación femenina.
Bella buscó su bolso a tientas, manipuló el contenido hasta dar con la caja de cartón blando y extraer un preservativo. Se llevó el sobre a los labios, deliberadamente despacio sin apartar la vista de los ojos de Edward, que lucían casi negros por la dilatación de la pupila; rasgó el material con los dientes y sujetó el círculo de látex entre el pulgar y el índice.
—Son de fresa—Dijo con una sonrisa pícara bailando en sus labios carnosos.
Hizo el ademán de ponérselo ella misma, pero Edward, al notar el roce de los dedos contra su sexo negó frenéticamente con la cabeza y la detuvo.
—No. Yo lo haré. No quiero terminar antes de empezar ¿sabes?—Explicó haciéndola reír roncamente—Ven aquí—Apremió y ella correspondió al instante, abrazándolo con fuerza mientras lo besaba. Cuando estuvo listo, Edward no se lo pensó ni un instante antes de posicionarse correctamente y embestir, penetrándola completamente. Ambos gritaron, sabiendo que estaban al borde de un desgarrador orgasmo.
Mientras que Bella le clavaba las uñas en los omóplatos, Edward empezó a moverse despacio, disfrutando de la presión caliente y del roce exquisito. La sentía por todos lados, rodeándole y envolviéndole, tensándole y sirviéndole de apoyo, exprimiéndole hasta resultar casi doloroso.
—Esto es lo que quiero cariño—Le susurró al oído durante una embestida profunda—Lo quiero todo Bella. Todo…—Añadió antes de besarla y abrazarla como si la vida le fuera en ello.
.
..
…
Continuará…
N/a: Bien, como dije estos dos no tendrían problemas. Aunque claro sí malos entendidos porque ya sabemos lo dramáticos que pueden ser. Espero que les haya gustado. Próximo cap el desenlace de Emmett&Rosalie.
