Noviembre: parte 2.

Encontrar a Arthur en el bosque nunca había sido tan difícil. Seguro haber entrado al colegio y estar alejado de la ciudad casi todo el tiempo era la principal razón.

El sol se estaba ocultando, y Francis se empezaba a impacientar; le parecía haber recorrido más de lo que debía y quizá Arthur ni siquiera estaba en el bosque. Cuando sintió el teléfono vibrar en su bolsillo, por un mensaje sin sentido de Gilbert, a Francis le golpeó una repentina idea. Llamar a Arthur, ¿cómo no se le había ocurrido? El muchacho normalmente llevaba el teléfono a todo volumen con una melodía estridente (pues le costaba mucho escuchar cuando alguien le llamaba), así que seguro lo tomaría por sorpresa y le daría tiempo suficiente a Francis para escuchar dónde estaba. Marcó el número, y agudizó el oído. A lo lejos, muy despacio, escuchó el eco de un tono de llamada muy familiar que fue rápidamente apagado, y se puso en marcha sin pensarlo dos veces a pesar de que el sonido provenía desde muy profundo en el bosque.

Como estaba oscureciendo, de repente algunas ramas que no alcanzaba a esquivar lo golpeaban por ir casi corriendo y se tropezó montones de veces con raíces y rocas. Pero no dejó de andar en ningún momento. Una vez estuvo muy lejos de cualquier lugar que pudiera reconocer en el bosque, empezó a llamar en voz alta a Arthur.

― ¡Vamos, cejas, ya estoy cansado!―dijo sin aliento― Lo siento, ¿sí? No quería decir algo tan grosero…

No había respuesta; solo ruidos de hojas y el susurro del viento. No tenía ni idea de qué tanto había caminado, pero ya había pasado el río y no se escuchaban más sus aguas. Se recargó en un frondoso árbol, y escuchó un susurro muy cerca.

―No, silencio…―decía Arthur, y sin escuchar respuesta, continúo más despacio aún. Francis apenas pudo entender― ¡Claro que no! ¿Por qué querría que me encuentre?

―Cuando alguien se esconde―dijo Francis mientras movía unas ramas, y vio a Arthur en cuclillas―Es porque quiere que lo encuentren, ¿no es cierto?

― ¿Qué haces aquí?―se sorprendió Arthur y perdió el equilibrio.

―Tu sabías que estaba aquí, ¿hablaste para que te encontrara, no?―le tendió una mano para ayudarlo a levantarse, pero el otro joven hizo caso omiso de ella.

―No estaba hablando contigo―dijo, desafiante.

―Ah, ya veo. Estabas hablando con tus amigos―respondió Francis sin intención de molestar.

― ¿Amigos?―rió con ironía― ¿Qué amigos?

―Oh, lo siento, yo…―dijo por reflejo.

―Ya no importa. ¿Qué quieres?

― ¿Qué quiero? Pues, pedirte disculpas, pero no me dejas terminar―dijo Francis, mientras buscaba hacer contacto con la mirada de Arthur.

―Odio esa actitud―bufó el muchacho, y desde el suelo, devolvió la mirada―Piensas que solo con tu cara bonita vas a solucionar todo, siempre.

―Oh, vaya―Francis hizo ademanes afeminados―Hace mucho que no me dices algo tan lindo, cariño.

Arthur estuvo a punto de responder, pero Francis se agachó y lo tomó de la mano. ―Debemos irnos, pronto no podremos ver por dónde caminar―dijo mientras ayudaba a que el muchacho se levantara y se abrió camino entre las ramas. Al principio, Arthur forcejeó un poco, pero en un momento apretó la mano de Francis con fuerza.

―Antonio está más entusiasmado de lo que esperaba―dijo Arthur, y tomó por sorpresa a Francis―Sobre el concurso.

―Ah, claro, ¿ustedes están escogiendo las canciones, verdad?

―Sí… creo que le pediré a la directora presentarnos como dijo Lovino.

―Eso los pondrá muy felices―sonrió Francis.

En el camino, Arthur contó todo tipo de anécdotas. Sobre las quejas de su mamá, las burlas de sus hermanos, el tiempo en casa de Lukas y sus pláticas con Kiku sobre Alfred. En unas ocasiones el muchacho incluso rió, y no le soltó la mano ni siquiera cuando salieron del bosque, así que Francis estaba algo desconcertado por el repentino cambio de actitud. Para cuando llegaron a la casa de Arthur, ya no iban de la mano.

―Por fin he entendido―dijo Arthur cuando volteó hacia Francis antes de abrir la puerta del cerco de su casa―…lo que insinuabas.

Francis no pudo reaccionar rápido, y no comentó nada.

―Pero… no te creo―con ese último comentario, Arthur entró a su casa sin voltear atrás.

Al día siguiente, Francis había quedado con Antonio y Gilbert por la mañana para ir a comprar algunas cosas que les faltaban en el colegio. Luego de dar una vuelta por la ciudad, regresaron a sus casas para ir a tomar el autobús de la tarde. Francis fue a la casa de Arthur, pues el día anterior prácticamente no durmió pensando en lo que diría, pero se encontró con que el muchacho había tomado el autobús matutino.

― ¿Qué pasó con el cejas, Francis?―preguntó Gilbert mientras iban rumbo a la escuela.

― ¿Cómo se supone que yo lo sepa?―respondió de mal humor.

―Antonio me dijo que fuiste a su casa…

― ¡Hey! No me metas en eso, yo no te dije nada.

―Seguro discutieron de nuevo―dijo Lovino― ¿No te das cuenta? Le preguntaste por él y respondió con cara de "me mandó a la mierda mi nueva conquista".

― ¿Disculpa?―comentó Francis, indignado―Discutir es normal, pero a mí nadie me rechaza.

―Tienes mucha confianza, para ser alguien tan simple―sonrió Yao.

― ¡Lo sabía!―dijo Gilbert, en tono triunfal―Sabía que intentabas seducir al cejas; así que, ¿te rechazó?

― ¿Por qué lo haces, Francis?―intervino Antonio― ¡Debes ser más honesto!

― ¿Podrían callarse los dos?―dijo Francis en un tono de voz elevado, y severo. Todos alrededor guardaron silencio por la sorpresa.

―Vamos, amigo, ¿ahora no soportas bromas?―Antonio golpeó a Gilbert antes de que dijera algo más.

Francis suspiró e intentó fingir una sonrisa, arrepentido por perder la compostura, pero sus amigos entendieron la situación en ese instante de vacilación.

Francis no solamente intentaba seducir al cejas; estaba completamente enganchado a él. Sin embargo no fue un gran shock para Antonio o Gilbert, sino un momento para entender la situación.

El resto del viaje fue placentero, pero Francis no pudo pensar en nada más que en Arthur y su conversación del día anterior. Una vez el autobús los dejó frente a la puerta de la escuela, Francis ni siquiera se molestó en arreglar su cabello alborotado y se apresuró a sacar el equipaje para entrar al pasillo principal. Mientras iba rumbo a la sala del consejo, se encontró con una de las chicas de primer año que estaban presentando su servicio social como ayudantes del consejo estudiantil.

― ¡Yiling!―dijo Francis, intentando alcanzar a la muchacha― ¿Está Arthur en la sala?

―Bienvenido de vuelta, Francis―la muchacha le prestó poca atención, pues estaba más interesada en acomodar el broche de flor que usualmente llevaba en el cabello. ―Fui a buscarlo para que me firmara los reportes del servicio, pero ya se había ido.

― ¿Sabes a dónde?

―No estoy segura; últimamente la directora lo trae de aquí para acá con los preparativos de… lo que sea que pasará este mes.

Francis iba a agradecerle, pero Yiling divisó a Yao entrando al recibidor y se apresuró a saludarlo, así que Francis simplemente siguió su camino.

Fue a la sala del consejo, y efectivamente, Arthur no estaba ahí. Solo había un desastre de papeles y Alfred dormido en el sillón. Sin saber por qué, Francis sentía la necesidad de rápidamente encontrar a Arthur, así que se dirigió a los dormitorios sin perder el tiempo.

En su habitación no había nadie. Arthur se había ido en el autobús matutino, y a pesar de probablemente haber llegado temprano al campus, sus maletas aún estaban llenas junto a la cama de forma descuidada. Era evidente que, en efecto, la directora estaba presionando mucho a Arthur ese día.

Francis dejó sus cosas en su propia cama, y de nuevo salió de la habitación. Se había decidido a buscar calmadamente en donde el muchacho quizá se encontraba, cuando se topó con el subdirector cerca de la sala de maestros.

―Bonnefoy, ¿qué tal el fin de semana?― saludó el profesor, pero no permitió que Francis respondiera― ¿Sabes dónde está Kirkland? Llevo un buen rato buscándolo…

―Lo estaba buscando―dijo Francis algo intrigado, ¿por qué estarían los profesores tan desesperados por el concurso de talentos? Aún faltaban al menos dos semanas para que se llevara a cabo―Pero no he tenido suerte. ¿Qué le ha pedido la directora?

―No, nada, es solo que…―el hombre se veía muy cansado y enfadado de todo ese asunto―Parece que Kirkland ha pedido un cambio en los planes originales, y la directora fue muy reluctante respecto a eso.

― ¿Entonces?

―El muchacho se ha enojado un poco, y amenazó con no apoyar más con los preparativos. Después de eso he convencido a la directora de que permita hacer el cambio, pero no encuentro a Kirkland por ningún lado.

Francis no podía creerlo. Arthur, el presidente del consejo estudiantil, siempre fiel a las reglas y reacio a no acatarlas, ¿había amenazado a la directora? ¿Había comprometido su puesto en el consejo por una de sus rabietas de siempre?

"Sí… creo que le pediré a la directora presentarnos como dijo Lovino."

¿De verdad había llegado a tal extremo solo con la finalidad de satisfacer las ideas locas de Antonio y Gilbert?

Sin esperar más, Francis se alejó a toda prisa rumbo a los invernaderos. Más allá, en el club de jardinería, estaba Arthur sentado en la hierba entre todas las pequeñas plantas. Lo vio sonreír un poco y hacer ademanes al aire. Ahí era donde Arthur acostumbraba a ir cuando se veía acorralado, y donde hablaba con lo desconocido.

―Arthur.

El muchacho se volvió bruscamente, pero su mirada no era tan severa como acostumbraba. Francis pudo verlo fácilmente. Todos los sentimientos de Arthur estaban retratados en sus ojos verdes, a completa disposición de Francis.

―El subdirector te está buscando.

No hubo respuesta. Solo un puchero, una mueca infantil, y la mirada de aquellos ojos verdes de nuevo lejos de Francis. El muchacho ya no podía evitar pensar en lo lindo que era Arthur con esas reacciones; ahora incluso no le importaba pensar así, siendo que antes se negaba rotundamente a ello.

―Parece que la directora va aceptar los cambios que pediste. No puedes abandonar los preparativos; el subdirector está en pánico.

De nuevo, ojos verdes lo vieron, pero ahora destellando con felicidad y alivio. Sin embargo, sólo los ojos de Arthur seguían expresando todo. El muchacho se puso de pie y se sacudió la ropa, para después ponerse en marcha a la sala de maestros. Ambos entraron a la oficina de la directora luego de ir con el subdirector, y Arthur dijo con detalle lo que planeaba. La directora terminó por aceptar, y autorizó cualquier cambio que el consejo considerara necesario para el concurso.

―Estás muy callado― dijo Francis una vez iban camino a la habitación.

Arthur estuvo mucho tiempo pensando en qué decir. Finalmente, suspiró y dijo: ―Tengo hambre.

Francis no pudo evitar reír. Tomó a Arthur del brazo, giró sobre sus talones y empezó a caminar en dirección a la cafetería. ― ¡Debiste decirlo antes! Vamos a comer algo.

Arthur no opuso resistencia, ni siquiera se quejó. Dejó que Francis lo llevara hasta la cafetería. Había muy pocos estudiantes usando la cocina, así que Francis pudo elegir los utensilios que más le agradaban. Arthur le ayudó solo a rebanar los vegetales, pues se le daba muy mal el sazonar la comida, sin mencionar que normalmente la quemaba demasiado.

―Lo que me dijiste ayer…―Francis ya estaba revolviendo los ingredientes en la sartén. Arthur solo estaba junto a él, observando.

― ¿Qué tiene?

―Dijiste que habías entendido.

―Sí.

― ¿Qué entendiste?

Arthur juntó las cejas en señal de disgusto. ― ¿Pues qué va ser?

―No lo sé― Francis se encogió de hombros y sonrió un poco― Como me dijiste que "no me creías", pensé que quizá entendiste mal.

―Pues no te creo, y ya.

― ¿Por qué?

― ¿No es obvio? ¿Cómo se supone que voy a creerte?

Justo en ese momento, alguien entró a la cocina, y los saludó amablemente.

― ¡Francis, Arthur! ¿Qué tal?―sonrió Tino, sin darse cuenta de la tensión. Detrás de él iban Berwald y Emil.

― ¡Hola!― Francis empezó a hablar con el alegre muchacho en el instante, y Arthur solo los saludó con ademanes.

Mientras Francis hablaba y sonreía, Arthur no podía evitar ver a Tino con recelo.

― ¿Y qué tal…?― Tino se volvió hacia Arthur, y lo desconcertó un poco― ¿Qué tal está Peter?

―Ah, pues… bien.

― ¿Va venir a ver el concurso?―preguntó Berwald con voz grave. Francis recordó que en el pasado, cuando la voz de Berwald cambió, al muchacho le daba pena hablar. Al parecer ya no le molestaba ni un poco.

―No―respondió Arthur, más rápido de lo que hubiera querido. Luego tosió un poco, y repitió más calmado. ―No, no creo que mi madre pueda traerlo.

―Vaya, qué pena―dijo Tino algo desanimado. Siempre se había llevado bien con Peter, uno de los hermanos menores de Arthur, a pesar de la gran diferencia de edad. Seguro era porque a Tino se le daban bien los niños. Arthur no los toleraba.

―Arthur―le llamó Francis―Ven a comer, qué esperas.

―Ah, lo siento Francis, ya no lo voy a entretener―Tino se alejó con una extraña sonrisa, y Arthur se sintió un poco irritado.

―Entonces, ¿qué decías?―preguntó Francis luego de que Arthur se sentó frente a él para comer.

―Alfred me lo dijo.

Arthur no continuó, y mantenía la vista abajo.

― ¿Qué te dijo?

― ¿Me vas a dejar comer, o no?―el muchacho aventó el tenedor al plato, y volteó hacia Francis, claramente enojado.

―Qué genio―murmuró el otro, y decidió dejar el tema.

Una vez terminaron de comer y lavaron los platos, Arthur se fue a la sala del consejo para ver cómo llevaban los preparativos del concurso. Ese evento era relativamente simple e igual a cualquiera, con la excepción de que estaría permitida la entrada a personas ajenas a la escuela. Arthur debía considerar eso y hablar con los porteros para mantener un orden de las personas que entrarían al campus, todo como medida de seguridad.

― ¡Jones! ¿Me puedes explicar qué haces?―exclamó Arthur al entrar en la sala y encontrarse con Alfred (aún) dormido en el sillón.

―Hmmpf―Alfred levantó la vista lentamente y se limpió la baba, pero no dijo nada más que murmullos y quejas ininteligibles.

―Me parece que duerme, cariño―dijo Francis dulcemente.

―Tú. Cállate.―espetó Arthur.

Alfred, aún medio dormido, empezó a reír. ―Se parecen al Rey y la Reina de Corazones…

― ¿Qué cosa?―preguntó Francis, acercándose a Alfred y alborotándole el cabello, con fin de que el joven se levantara.

―Ya sabes…―Alfred no terminó la oración por un bostezo que se le escapó.

Arthur no había gritado de nuevo, solo se quedó callado con una mano en la barbilla. Para la sorpresa de Francis, el presidente del consejo rió un poco. Cuando se dio cuenta, tosió y continúo reprendiendo a Alfred. ― ¡Cómo sea! Deberías estar trabajando, no durmiendo.

―Tú te enojaste y te fuiste a esconder del subdirector como si fueras un niño, y yo no te iba reclamar por eso.―se defendió Alfred, ya completamente despierto, como si antes no hubiera estado babeando.

―Claro que no me ibas a reclamar; no tienes nada que reclamarme. El que hace todo aquí soy yo, después de todo.

―Vamos, vamos…―intervino Francis, sonriendo―Alfred, no le hables así, ¿no ves que está más irritable que de costumbre?

―No te metas, barbudo.

―Eso, Francis, por favor. Cuando hablas solo haces que Arthur se enoje más.

―Para su información, yo también soy parte del consejo. Puedo "meterme" si quiero.

La puerta se abrió de par en par, y guardaron silencio. Por ella desfilaron tres personas.

―Ah, Arthur, ya estás aquí―dijo Matthew despacio, y decidió ignorar la discusión que había escuchado antes de entrar―Yiling te ha estado buscando para que le firmes las hojas…

―No entiendo por qué―dijo Alfred aún molesto―Yo le dije que cuando Artie firmara mis hojas, le podía pedir que firmara las suyas.

―Me gusta hacer las cosas por mí misma, gracias―respondió Yiling en el mismo tono que usó Alfred.

―Claro―intervino Arthur―Déjalas aquí, luego las firmo.

― ¿Por qué no las firmas ya?―dijo Michelle, aquella chica morena de moños rojos que era segunda en la lista de Arthur, "Personas que más me molestan", justo después de Francis. ―No creo que te tome mucho firmar unos papeles. El título "presidente" se te está subiendo a la cabeza, cejas.

―Tengo otras cosas qué hacer, sabes.―Arthur no podía creer que alguna vez consideró invitarla a salir.

―Claro, ya lo veo. Como por ejemplo, ¿discutir con tus novios?

Arthur hizo un mohín, y tendió una mano a los tres estudiantes de primer año. ―Entiendo, ¿si firmo las hojas ya, me dejarás en paz?

―No estoy segura de poder mantener esa promesa… pero entre más rápido me largo de aquí, mejor para mí―sonrió la muchacha y le dio una carpeta a Arthur.

―Alfred, dame tus papeles también. Lo firmaré todo de una vez.

―Ah, el servicio social… qué recuerdos. Su hermanito Francis tampoco tuvo que hacerlo, y una buen alma me firmó los papeles…―dijo Francis, asomándose a los papeles que Arthur firmaba, y luego sonrió hacia Matthew y Michelle.

―No te diremos así, Francis. Ya no somos niños―La chica intentó hablar de la forma tosca en que le contestaba a Arthur, pero con Francis era imposible. El muchacho siempre la hacía sonreír con cada cosa que dijera.

―Pero nosotros sí hacemos el servicio, Francis…―dijo Matthew.

―Ah, cierto. El Señor Cejas les pide ayuda de vez en cuando, ¿verdad? Pero no es para tanto, comparado a lo que se supone que hacen.―Francis leyó un poco los reportes de los muchachos. Tenían montones de actividades en lista, cuando en realidad solo ayudaban a acomodar papeles y adornar para las fiestas.

―Estamos haciendo tu trabajo, ¿sabes?―dijo Alfred, ya más calmado.

―Aquí están sus papeles―Arthur le entregó a cada quién su carpeta, pero solo con Matthew fue más delicado. ―Ahora no me molesten, y pónganse a trabajar, que no les firmé nada gratis.

― ¿Qué se supone que haremos?―preguntó Yiling, siempre dispuesta a ayudar, aunque ésta vez con algo de desgana.

Rápidamente Arthur le dio a cada quién una tarea. Cosas como pegar los últimos volantes por toda la escuela con las especificaciones del concurso, y listas donde se iban a inscribir los participantes.

Los mandó a hablar con los capitanes de los clubs deportivos, para acordar cambios de horario y poder usar uno de los gimnasios, así como limpiar y adornar el mismo. Para esto último se debían buscar grupos de voluntarios, además de los que ya hacían su servicio con el consejo estudiantil.

Por último, les quedó hablar con los intendentes para colocar el escenario, el sonido y las luces. Arthur se iba encargar de que se llevara un orden de las personas que entraran al campus.

―Sí que eres eficiente―dijo Francis luego de que todos los lacayos de Arthur se marcharan corriendo para hacer lo que se les había confiado.

―Y tú aquí, sin hacer nada.―respondió Arthur desde su escritorio.

―No me pediste que hiciera algo.

―No confío en ti.

―Eso es grosero, sabes―Francis fingió llorar―Incluso después de todos estos años…

―Es por estos años que no confío. Ya te conozco.

―Ah, y volviendo a nuestra antigua conversación…

Arthur suspiró pesadamente y gruñó. ― ¿No vas a dejar de recordármelo, verdad?

―No hasta que termines de hablar.

― ¿Y si te digo que ya terminé?

―No te creería―Francis se levantó hasta quedar sentado en el sillón, pues estaba acostado, y volteó hacia Arthur. ― ¿Qué te dijo Alfred?

―Me dijo…―Arthur parecía procesar lentamente lo que diría; Francis casi podía ver sus pensamientos ordenándose. ―Me habló sobre el primer día de este semestre. El día que llegamos para instalarnos en nuestras habitaciones.

―Ah, claro―Francis recordó el día, pero no estaba seguro de a qué se refería Arthur.

―Él iba con Matthew, y te escuchó hablar con Antonio y Gilbert. Sobre mí.

Entonces, Francis pudo darse una idea sobre qué era lo que Arthur intentaba decir. Mierda.

¡Artie!― Alfred fue corriendo con Arthur, quién iba entrando al campus con sus maletas. El muchacho parecía muy consternado. ―He escuchado… he escuchado a Francis…

¿Qué pasa, Alfred?

Toño, y Gil… dijeron…―Alfred no podía hablar, pues le faltaba el aliento. Arthur lo invitó a sentarse, y hablar con calma. ―Dijeron que Francis te quiere seducir.

¿…Qué?―Arthur se quedó completamente aturdido.

Toño dijo que Francis te quiere seducir desde el año pasado y Gil le dijo que era mucho incluso para una venganza y y…

Espera, espera, ¿seducirme? ¿De qué hablas?

No lo sé, solo…

Estaban bromeando, Alfred, eso es ridículo―Arthur intentaba reír, pero de forma muy incómoda.―Seguro el peludo les reclamó o algo.

No… no exactamente. No escuché bien, solo… no le creas a Francis. No creo que tenga buenas intenciones…

Gracias por preocuparte, Alfred, pero estoy seguro de que estaré bien. Es solo una broma pesada.―Arthur intentaba hablar con calma, a pesar de sentir una horrible presión en el estómago. Quería vomitar.

¡Por eso mismo! Te lo digo porque… para que no caigas en la broma.

¿Cómo voy a caer en algo así? ¿De verdad te parezco tan estúpido?

Pero la sonrisa fingida de Arthur no le inspiraba ninguna confianza a Alfred.

Cuando el muchacho terminó de contar lo que había pasado, Francis recordó que Alfred no estaba para nada feliz en ese entonces. No lo había visto de buen humor cuando se encontraron la primera vez, ni en el almuerzo, ni en varias semanas.

Arthur estaba claramente nervioso, y no apartó la mirada en ningún momento, pues esperaba ver la reacción de Francis.

― ¿Y lo creíste?―preguntó Francis, incómodo. Sentía un sudor frío recorrerle la frente.

― ¡Claro que sí! Es evidente que hablaron de eso, no puedes negarlo. Puedo saberlo solo con verte―Francis sentía la cautelosa mirada de Arthur como puñales en todo el cuerpo.

―No, eso no. Me estaban molestando sobre eso, pero, ¿creíste que fue verdad? Lo que dijeron―el muchacho sentía que era poco coherente con lo que decía. Maldito Arthur y sus malditos ojos verdes y su maldito tono de voz…

Arthur tardó un rato para responder. Al final, decidió evadir la pregunta. ―Le prometí a Alfred ser cauteloso, y eso hice. Me estuve alerta pero no noté nada raro…

―Entonces―dijo Francis con énfasis, decidido a ignorar el comentario de Arthur― ¿De verdad creíste lo que Antonio y Gilbert dijeron?

― ¿Por qué no creerlo? Nunca se sabe con qué idea van a salir… no están de más las precauciones.

Francis lo interrumpió de forma inconsciente. ― ¿Crees que haríamos ese tipo de bromas? Nunca hemos hecho algo así.

―Siempre hay una primera vez para todo.

Francis se levantó, y se acercó al escritorio. De repente, puso ambas manos bruscamente sobre los papeles que Arthur veía. Éste no pudo evitar sobresaltarse.

― ¿De verdad crees eso? ¿Piensas que yo alguna vez me burlaría de ti, o de cualquier otra persona, de esa forma?

Arthur se quedó perplejo, sin poder evitar los ojos azules de Francis, y lo invadió un horrible sentimiento de culpa por la decepción reflejada en el semblante del otro.

Antes de responder, Arthur tragó saliva a duras penas y habló entrecortado. ― ¿Cómo voy a saberlo? Ya no sé… no estoy seguro de conocerte como tú dices.

― ¿A qué te refieres? ¡Nos conocemos desde hace mucho! Tú sabes que para mí, los sentimientos-

― ¡De eso tampoco estoy seguro! Entre las personas que conozco, eres la única que siempre habla de amor y también la única que nunca ha tenido una relación que dure más de dos días. ¡No es posible que me diga a mí mismo: "Francis nunca haría eso, él se lo toma muy en serio"!―esta vez, Arthur lo interrumpió. Habló rápido, y un poco exaltado, pero no enojado.

―La mayoría de esas personas me ruegan al menos una cita, y al final del día les aclaro la situación, lo sabes…

― ¡No, no lo sé!―ahora, Arthur sí se estaba enojando― ¡Nunca hablas de eso! Es más, ni siquiera hablamos. Todo lo que hacemos es discutir, nos llevamos fatal. ¿No es natural que me quieras jugar una broma o dos? Además, todo este asunto es absurdo. Si todo lo que insinuabas es verdad, no tiene sentido.

Primero, los comentarios de Arthur tomaron a Francis desprevenido, pero no pudo evitar reaccionar instantáneamente con lo último. ― ¿Por qué? ¿Qué tiene de absurdo?―Arthur se negó a responder. ―Dime, Arthur, ¿qué fue lo que "insinuaba"?

―Estupideces―el muchacho se alejó del escritorio.

―Arthur―Francis lo siguió al instante.

―Le pediste a la chica que mintiera, ¿cierto? Me dijiste que ella estaba enamorada de mí, pero es mentira.

― ¿Por qué lo dices?

―Porque le pregunté. Es mala mintiendo.

―Fue muy amable y aceptó ayudarme.

― ¿A qué? ¿A mentir para que yo entendiera… lo que no quieres decirme directamente?

― ¿Dices que estoy huyendo? Te equivocas. Eso fue para que te dieras cuenta de tus sentimientos, porque los míos los tengo muy claros.

―Y son absurdos.

―Dime por qué, entonces…―Francis se había recargado en la pared. Arthur le estaba dando la espalda.

―No voy a caer, Francis. Todo esto lo haces para molestarme, y no va funcionar.―dijo Arthur en el tono más amenazador que pudo.

― ¿Por qué estás temblando, entonces?

Arthur emitió un grito ahogado cuando Francis lo tomó de los hombros y lo volteó para estar de nuevo frente a frente. ―No estoy temblando.

Francis no pudo evitar reír un poco. ―Oh, no, claro que no.―luego de esperar y darse cuenta de que Arthur no diría nada, Francis continuó. ―Y sigues pensando que te quiero jugar una broma… A pesar de que, por tu culpa, no puedo pensar en nada más que en ti todo el día y todos los días.

― ¿Por qué eso sería mi culpa?―espetó Arthur. Intentó alejarse, pero Francis tomó una de sus manos y la puso contra su pecho. Arthur pudo sentir un corazón latiendo desenfrenadamente, e intentó hablar entre tartamudeos. ― ¿Y eso qué? ¿Me presumes que estás vivo?

―Te presumo lo nervioso que me pone estar a punto de decir esto…

― ¡Cállate!―de una vez por todas, Arthur se alejó de Francis― ¡No puedes-! ¡No puedo…! Esto es estúpido, ¿cómo voy a creerte?

―Pero si tú ya lo sabes, Arthur. Lo sabes perfectamente, pero no quieres aceptarlo.―dijo Francis, con calma.

― ¡Todas esas chicas que se mueren por ti...! ¿Por qué yo-?

―Eso también lo sabes. Desde hace mucho, yo…

― ¡No, no es cierto! No fastidies...―Arthur estaba mareado. Lo sabía. Sabía qué era lo que Francis quería decir, pero no podía aceptarlo. Era absurdo, una idiotez. Sentía que el estómago se le hacía nudos, y que la garganta no le daría para más. Quería gritar, quería enojarse. Ya no quería sentir esa asquerosa felicidad, ¡no estaba bien! Creerle a Francis sería lo mismo a querer sufrir.

―Todo este tiempo… eras más lindo de pequeño, pero sigues teniendo la misma actitud punzante. Parece que soy masoquista, ¿no lo crees?

―No me importa… no…

―Eres tan molesto, pero no puedo evitar pensar que tus rabietas son muy lindas…―Francis negó con la cabeza frenéticamente, y rió―Decirlo en voz alta es tan patético; es tu culpa que me esté comportando de esta forma.

Arthur ahora solo movía los labios, y ninguna palabra salía. Sentía cómo lentamente un calor familiar le llenaba la cara, el cuello, las orejas…

De pronto, vio cómo el mundo desaparecía a su alrededor. Lo único que podía escuchar, ver y sentir, era a Francis. Lo veía ponerse el cabello atrás de las orejas con manos temblorosas, todo su esfuerzo en vano pues los mechones siempre volvían a su lugar original. Lo escuchaba reír de forma incómoda y hablar idioteces sin sentido. Pasó un rato para que volviera a la realidad.

―Ya que no me quieres escuchar…―empezó Francis. Arthur sintió un enorme alivio recorrerlo, pero le siguió un horrible dolor de cabeza. ―Quiero escuchar tus conclusiones. Dime, ¿entendiste tus sentimientos?

―No te importa―Arthur no se había dado cuenta de lo cerca que estaba Francis, y se sintió amenazado por su presencia.

― ¡Claro que me importa! Es la parte más importante de la conversación…

―Déjame en paz…―al muchacho cada vez le costaba más hablar con normalidad.

―Estoy seguro de que a estas alturas ya entendiste.

―Ya cierra la boca…―todo se estaba acumulando. La felicidad, la tristeza, el enojo. Todos sus sentimientos estaban conspirando contra él, girando en su cabeza y esperando a explotar.

― ¿O no quieres aceptarlo?―continúo el muchacho― ¿Solo estás siendo terco, como siempre?

― ¡Cállate, estás hablando incoherencias!

― ¿Por qué no quieres aceptar la realidad, Arthur?―insistía.

― ¡No sé de qué hablas!―estaba elevando mucho su tono de voz. No quería elevarlo, pero no había forma de que lo evitara.

― ¿O es que me odias más de lo que pensaba?―dijo Francis por fin, sin aliento. Se estaba arrepintiendo, cuando el otro respondió.

― ¡Sí, te odio!―gritó Arthur, irritado, y se abalanzó sobre Francis.

El muchacho levantó las manos defendiéndose, pensando que Arthur lo golpearía, pero en vez de eso, sintió cómo unos delgados brazos se enredaban en su cuello y lo apretaban en un gentil abrazo, que duró lo suficiente como para que Francis se inundara con el aroma y la calidez de Arthur. ―No sabes cuánto…―escuchó Francis un susurro.

Cuando Arthur se dio cuenta de lo que había hecho, sintió su cara arder de la vergüenza, y fue hasta que Francis se rió de forma atontada cuando se apartó rápidamente.

No dijeron nada. Arthur apartó la mirada, esperando calmarse, mientras Francis lo veía con una enorme sonrisa. No de esas burlonas y molestas que Arthur tanto odia, sino con una tranquila y serena. No pudo evitar acercarse a Arthur, y rodearle la cintura con ambos brazos, para después recargar su cabeza en ese espacio entre hombro y cuello. Arthur no protestó; solo volvió a pasar sus brazos por el cuello de Francis, y lo abrazó.

Y el mundo se detuvo para ambos.


Me parece gracioso que ya estamos a mediados de diciembre, y aún falta una parte de noviembre por publicar.

Hola de nuevo, espero que alguien siga interesándose en esta historia.

Me rendí, y usé un nombre para-nada-oficial. De haber sabido que al final sucumbiría, Seychelles habría aparecido más.

Si terminaste de leer esto, estoy muy feliz.