Hola a todas! Aquí les dejo capítulo estreno señoritas, el que espero que disfruten.

Gracias por sus comentarios y por su buena onda. Gracias por vuestro cariño, son las mejores!

A mi super amiga fiel, Maritza Lobos por su valiosísima colaboración, mil gracias!

A leer ahora niñas.

Besos a todas!


Capítulo 9

Edward tecleaba en su laptop concentradamente sobre la mesa de reuniones que había en la oficina de su maestro Carlisle Cullen, mientras éste, muy concentrado, leía el primer adelanto que Edward le había enviado de la novela que estaba escribiendo.

Era un lugar bastante acogedor como para ser una oficina de trabajo, pues Carlisle lo había llenado de ornamentos que le daban una calidez especial, como plantas y flores de interior, retratos de familia y dibujos hechos por niños, que Edward imaginó eran de sus nietos, pese a ser bastante joven para tenerlos. Además, el lugar tenía aplicaciones en madera que, contrastado con los colores cálidos de los muros, le daban vida al lugar, donde Edward se sentía muy a gusto trabajando.

Como el resto de los alumnos de la casa de estudio, Edward debería estar aprovechando sus primeros días de vacaciones para relajarse y descansar, pero tenía compromisos con la editorial y no quería quedar mal. Necesitaba comodidad en el ambiente para no espantar a la musa inspiradora, como él decía, y la oficina de su maestro le iba muy bien para eso. Podría haberse quedado en casa trabajando, pero saber a Bella merodeando por el lugar con una de sus camisetas y sus pantaletas apenas cubriéndole el cuerpo seguro no servirían para dedicarse a su trabajo.

La gente de la editorial había enviado el primer manuscrito del libro de poemas, donde aparecerían diez poemas de sus alumnos, nada menos. Carlisle leía orgullos la prosa del joven, y pensaba en el arrastre que tendrían sus letras cuando las dieran a conocer, sería más que un seceso pasajero, lo intuía.

De cualquier forma, había un asunto que al joven escritor lo tenía intranquilo y que necesita resolver cuanto antes, por lo que se apartó de sus escritos e interrumpió la concentrada lectura del profesor.

― ¿Maestro?

Carlisle apartó la vista de su lectura, y miró al muchacho, quitándose los lentes que usualmente usaba para leer.

―Dime, Edward.

―Ayer supe que su esposa es abogada, y quisiera saber si ella podría ayudarme con algo referente a mi hijo.

—Si de niños se trata, mi esposa siempre está presta ―sonrió con orgullo y ojos de hombre enamorado. ―Puedes venir a casa un día del fin de semana, podemos hablar de cómo va tu proyecto, los de la editorial están ansioso de leer tu novela.

―El sábado en la mañana estaré ahí.

―Genial… por cierto, ¿cómo supiste de la profesión de mi mujer? ―preguntó, jugueteando con sus lentes.

―Mi novia me lo comentó. Se llama Bella, estudia danza contemporánea aquí, sé que usted la conoce.

―Por supuesto, a ella y a Charlie.

Edward se mordió el carrillo del labio, atreviéndose a seguir adelante acerca de la historia de esas dos personas, a las que él quería tanto.

―El lazo entre ellos es todo un misterio, ¿no cree?

―No para mí, ¿o pones en duda que él es su padre, después de ver el amor con que la mira? ―Carlisle pensativo, pasó la mano por su barbilla pulcramente rasurada. ―Todos dicen que la "locura" de Charlie se debe al incendio del viejo edificio donde se emplazaba la biblioteca, donde aún quedan los vestigios al final del campus.

―Lo sé, lo conozco ―interesado en que Carlisle siguiera adelante con esa historia que él parecía conocer bien.

―En ese tiempo no teníamos la suerte de contar con ordenadores personales para teclear nuestros trabajos. Charlie escribía con su puño y letra, desde la mañana hasta la noche, lo que sería el gran suceso literario, estaba seguro. Guardaba los manuscritos con celo en el lugar que él creía más seguro: la biblioteca. Lamentablemente, ésta ardió en llamas, con todo y libros, las primeras ediciones de muchas obras maestras se perdieron allí, incluidos el manuscrito de Charlie. Recuerdo que él buscó entre las cenizas su trabajo, desesperado por encontrar "las hojas donde volcó su alma" ¿sabes a lo que se refería, verdad?

Edward asintió sabiendo la clase de sentimiento e incluso vivencias que uno volcaba al escribir. A continuación, dejó que su maestro siguiera relatándola historia.

Después de eso no logró retomar sus estudios, pese a que tratamos de animarlo. Estaba desconsolado, decía que lo había perdido todo. Después desapareció y supe que había conocido a una mujer, en un bar. De esa relación supimos que había nacido una criatura. Él estaba desesperado porque la mujer desapareció, hasta que dio con ella y sin más explicaciones le dijo que la había dado… aunque lo que en verdad pasó es que la abandonó en el asiento de una plazoleta donde la encontraron. Le seguimos la pista y dimos con el paradero de la chica, aunque nunca le permitieron a Charlie hacerse cargo de ella…

― ¿Pero cómo supo que Bella era su hija, si nunca se hizo pruebas ni nada de eso..?

―No lo sé―admitió levantando los hombros. ―A él simplemente le bastó mirar los ojos de esa niña para saber que era su hija. Lamentablemente las autoridades nunca dejarían que él se quedara con ella, sin trabajo estable para mantenerla. Acceder a exámenes de ADN no era tan fácil, era algo muy costoso aquel entonces, por lo que fue imposible, pero confiaba en la seguridad de Charlie al decir que sí era su hija. Desde entonces la siguió y se convirtió en su amigo, siempre procurando estar cerca suyo, hasta que la niña creció. Quizás ella también supo que era su padre sin exámenes de por medio.

―Sí... eso es cierto ―sonrió, evocando la relación que había entre el hombre que recitaba poemas en las escalinatas de la biblioteca y la mujer que amaba. ―Ella lo ama, como una hija ama a su padre, sin cuestionárselo ni pedir más pruebas.

―Lo sé. Charlie ha sufrido mucho por ella…

―Por lo que la madre le hizo…

―No solo por eso. ―interrumpió Carlisle rápidamente ―Bella ingresó por primera vez a la universidad hace un par de años. Pasó las audiciones sin problemas, el talento que tiene es innegable… aunque después hubo otras cosas que la apartaron, no solo de sus estudios, sino además de su padre. A veces nos hacemos de mala compañía y no nos damos cuenta de lo que hacemos. Charlie decía que estaba ciega de amor, y bien sabes que el ímpetu de un mal amor es lo peor que a uno le pude pasar.

Edward se mordió duro la pared interna de la mejilla. Había tantas cosas del pasado de Bella que desconocía y que no lo habían inquietado, sino hasta ese momento cuando Carlisle estaba desenterrando los secretos de Charlie, al parecer sin querer hacerlo, develando parte de la historia de Bella, que a él en ese momento le urgía por conocer.

―Bueno, bueno ―dijo el maestro, saliendo de su trance y volviendo a ponerse los anteojos ―pero no me compete seguir hablando de eso, aunque estoy seguro que Charlie te contaría la historia, se ve que te tiene mucha estima. Y sobre Bella, pues esa historia está en el pasado, si está contigo es porque te ama, ¿no?

Edward sonrió y asintió. Él no dudaba del amor de Bella, ni por un momento, simplemente deseaba saber más de ella, eso era todo.

Después de la reunión con Carlisle Cullen, Edward salió pensativo dándole vueltas a la historia que su maestro le había contado, sobre todo las que tenían que ver con Bella y su amor mal sano por un hombre que no le hacía bien. Recordó la vez que Emmett la conoció y el comentario que le hizo días después:

"Creo que la he visto antes… no estoy seguro. El grupo con el que la vi, el año pasado, creo… no eran de trigos muy limpios, y ella parecía entonces muy a gusto con ellos…"

Además, recuerda las veces que ella se puso nerviosa al recibir llamados de teléfono que no respondía y de los que nunca hablaba. Incluso recordó el incidente hacías días atrás, cuando salió el tema de las vacaciones y él la atacó de la nada, preguntando con quien había conocido esas cabañas de las que habló.

¿Será que debería seguir indagando, con Emmett quizás, o con el mismo Charlie? Sacudió la cabeza y se sintió un estúpido por estar maquinando forma s de averiguar sobre el pasado de su chica con otras personas, cuando en verdad tendría que hablarlos con ella.

Cuando llegó a su apartamento, Bella que se había quedado con él esa noche después de su celebración que casi se ve truncada por la reaparición de Irina, estaba preparando el almuerzo mientras cantaba una canción que sonaba en la radio. Le sonrió desde el otro lado de la isla, mientras él dejaba sobre el sofá su mochila y se apresuraba en alcanzarla, rodeándola por la cintura desde la espalda, besando su cuello. Aún tenía en su recuerdo la imagen de la noche anterior que había compartido con ella, sobre ese sofá que ya no volvería a ver de la misma forma.

―Se te ve muy contenta.

―Y cómo no, si dormí en tus brazos ―respondió, girando su cabeza y besando los labios que su novio le ofrecía. Volvió a prestarle atención a la sartén donde estaba salteando verduras, mientras él seguía abrazándola por la cintura, descansando el mentón en el hombro de su cocinera. ― ¿Y sigues con la idea de buscar un departamento más grande? Es parte de tu beca, quizás tomen esto como que estás renunciando a los beneficios que te ganaste…

―Le pregunté al señor Cullen. Me dijo que no habría problemas, de cualquier manera, me haré asesorar con el departamento financiero, no quiero tener problemas. Y sobre lo del coche, mañana mismo se lo entregaré a Michael, no sin antes hablar con él.

―Está bien… ¿entonces te fue bien con Carlisle? ¿Le preguntaste por su esposa, para que ayudara?

―Sí, iré a su casa a hablar con ella este sábado. Hoy me quedaré aquí escribiendo, además Irina vendrá esta tarde, y es mejor hablar con ella de una buena vez, ahora con la cabeza un poco más despejada.

―Eso suena bien… ―apuntó ella, recordando a la chica, que con su atuendo y maquillaje parecía toda una mujer. Perfectamente con su altura y su belleza podría ser una modelo de esas que suelen salir en las revistas. Carraspeó sintiendo una pisca de celos, comentando como si nada mientras seguía con su trabajo en la cocina ―Ejem… ella es muy linda, parece una modelo.

Edward sonrió percibiendo el tono de celos que Bella había tratado de esconder, pero que él había logrado percibir muy bien.

―Sí, es linda. Pero lo único que me une a ella es Jamie, nada más… mi corazón ya lo tiene otra… ―comentó besando su cuello, haciéndole cosquillas. Bella se carcajeó y lo golpeó con el codo, sin dejar de sonreír.

―Más te vale.

Dispusieron todo en la mesa de centro para almorzar sentados alrededor de la mesa de centro mientras veían el especial en un canal de música que se rendía a un músico que había muerto no hace muchos días atrás. Estaban relajados degustando el delicioso plato, hablando de una cosa y otra mientras miraban la televisión, hasta que Edward se animó a tocar el tema que la otra vez dejaron pendiente.

― ¿Recuerdas que hablamos sobre pasar un par de días afuera?

―Sí... Sí que lo recuerdo…

Bella contrajo el gesto y sonrió con gesto tirante. Recordaba cómo había decantado esa conversación, y honestamente no quería volver a pasar por lo mismo, aunque para excusar a Edward habría que decir que ese día no era uno de los mejores para él y que quizás por eso sus ánimos se habían exasperado.

El joven se dio cuenta de lo mal que le estaba haciendo a Bella recordar esos momentos, por lo que se apresuró a apegar su cuerpo al de ella y abrazarla por la cintura, besando repetidas veces su cuello.

―Oye, no te pongas así ―aseguró Edward con voz tranquila, peinando su cabello. ―Sé que las cosas ese día no acabaron bien, pero no volverá a pasar.

Ella lo miró y torció la boca. ―Yo sé que no.

―De verdad quiero pasar unos días fuera contigo y los muchachos. No es necesario que atravesemos el país, además cerca hay lugares turísticos muy entretenidos que no conozco…

― ¿Y cómo sabes que son entretenidos si no los conoces?

―Internet ―admitió con un movimiento de hombros. Ella rodó los ojos y sonrió, acariciando la barba incipiente que Edward se dejaba crecer. ―Anda, anímate y ayúdame a planear el viaje. Habrá que convencer a Charlie de que nos acompañe, no podría con el cargo de conciencia si lo dejamos aquí.

No costó tanto para que Bella se entusiasmara y sonriera, aceptando hacer planes para esa arrancadita en grupo.

―Le hará bien salir, a nosotros también, por cierto. ¿Crees que Irina ponga algún problema porque nos alejemos de la ciudad por unos días?

Edward arrugó el entrecejo y negó enseguida.

―No tendría por qué, pero por consideración se lo comentaré cuando tengamos lista la fecha.

―Me parece bien.

Recordó Edward la conversación con Carlisle esa mañana y no quiso dejar pasar más tiempo para preguntarle. Más que la simple curiosidad de conocer el pasado de la mujer que amaba, necesitaba saber si la historia se había cerrado, aunque él presentía que algún cabo había quedado suelto.

―Cariño, sin ánimo de que malinterpretes lo que quiero decirte o preguntarte… uhm…

Ella miró extrañada a Edward, mientras se levantaba y dejaba los trastes ya vacíos que habían quedado del almuerzo en el área de la cocina. Regresó y se sentó junto a Edward en el sofá que habían compartido, mientras que él bajaba el volumen del televisor. Le acarició el cabello de la nuca, y con una sonrisa lo animó a decir o preguntar lo que quisiera.

―Solo di lo que tengas que decirme.

―Bien. Estuve hablando con Carlisle esta mañana, ya sabes, y por alguna razón llegamos a tocar el tema de Charlie y su amistad con él.

―Carlisle ha sido un buen amigo para Charlie ―comentó Bella enseguida.

―Sí, así lo dejó ver. Me contó que había estado en los momentos más traumáticos de Charlie, por decirlo de una manera, y tocó solo de pasadas de cuando él estuvo sufriendo mucho por ti, al parecer no hace mucho tiempo atrás, después que ingresaste a la universidad por primera vez…

La mano de Bella que había estado acariciando el cabello y el cuello de Edward por detrás, se detuvo cuando él hizo alusión a eso último. Ella no necesitaba preguntar o pedir que Edward fuera más explícito, pues sabía muy bien a lo que se refería. No culpaba a Carlisle que hubiera tocado el tema, sea que hubieran ahondado en él o no, pues como siempre estuvo junto a Charlie cuando ella le provocó tanto dolor y preocupación.

Se reacomodó en el sofá, apartando sus manos y entrelazándolas en su regazo, deseando poder hacer desaparecer esa parte de su historia, de la que no se sentía orgullosa y que tanto mal le había causado.

―No es un tema que me acomode, Edward… ―bajó el tono de voz para responder, dejando de lado el tono jovial y distendido que habían estado usando.

Él quiso darle espacio y no atosigarla con preguntas, aunque una parte de él deseaba saber, saberlo todo, sobre todo si causaba que los ojos de su chica se llenaran de pena, como en ese momento.

―Lo entiendo, por supuesto, pero si te pones así cuando lo recuerdas, es porque no está resuelto ―acotó con voz suave, como para no asustarla. Llevó una mano hasta la nuca de Bella y la masajeó despacio mientras hablaba. ―No sé si tiene que ver, pero he recordado que un par de veces has recibido llamadas en tu teléfono que no has querido responder, y que te han dejado muy nerviosa. Además, ese día que discutimos, la primera ver que planeamos el viaje, y que yo te reclamé de tan mal modo algo que no tenía sentido.

Bella miró el rostro comprensivo de Edward por un segundo, volviendo a refugiar su mirada en sus dedos, como si sintiera vergüenza de admitir lo que había pasado hace algún tiempo atrás. ¿Pero qué sacaba con ocultárselo? Había sido algo que cualquier joven de su edad hubiera estado propensa a caer, las malas juntas son algo habitual, de las que ella felizmente, pudo aislarse, aunque siempre había alguien que desde el lado oscuro la llamaba, tentándola a volver.

―Bella... ―dijo él tras suspirar, alcanzando las manos de la chica entre las suyas ―puedes contarme lo que sea, si te ayuda y si me ayuda a mí a luchar con tus fantasmas…

―No quiero que luches con ellos, no es necesario.

―Si es necesario, cuando enturbian la mirada chispeante de la mujer que amo…

Se mordió el labio y tras un hondo suspiro, le contó a Edward sobre esa historia que tan triste había dejado a Charlie.

―Bueno, después de entrar aquí la primera vez, conocí a un chico. En primera instancia era encantador y nos llevábamos muy bien. Él poco a poco se fue ganando mi afecto, hasta que se hizo imprescindible para mí.

― ¿lo amaste?

―Creo que sí, de lo contrario no me hubiera cegado a seguirlo en sus andanzas, las que me llevaron a alejarme de mis estudios y poner como prioridad todo cuanto él me decía. Ya te imaginarás que no era de los trigos muy limpios… drogas, fiestas, y ese tipo de cosas. A veces no era consciente de lo que hacía, simplemente quería agradarle… ya te imaginarás a lo que me refiero.

Sí que lo hacía, si que se imaginaba a Bella, siguiéndole los pasos a un tipo de la calaña que ella describía, todo por sentirse querida por él, y aunque le costaba imaginársela en ese tipo de andanzas, no podía negar que le carcomía en las entrañas imaginársela con él, o con cualquier otro.

― ¿Él es quien a veces te llama? Cuando pareces tan incómoda…

―Sí —respondió de inmediato ―Pese a que él me dejó y desapareció, de tanto en tanto vuelve y me hace saber que está rondándome para tentarme.

― ¿Y no te tienta? ―preguntó Edward, asustado que Bella aun pudiera tener alguna inclinación por cualquier tipo de droga ilegal, pero ella enseguida negó esa posibilidad.

―No, y no lo hace porque recuerdo las veces que desperté sin saber dónde estaba o lo que había hecho. Charlie me seguía a los bares que solía recorrer y me rogaba que me apartara, que luchara por no ser igual que mi madre… estuve en la cárcel porque me acusaron de vender droga, lo que nunca hice. Solo consumía, pero Jacob necesitaba un chivo expiatorio, y qué mejor que yo, la chica que babeaba por él, para usar como tapadera. Esa fue la última vez que lo vi, cuando Charlie fue a sacarme de la cárcel, pagando la fianza con dinero que Carlisle le dio. Me imploró llorando que no siguiera adelante con amistades como esa, que después me arrepentiría, por lo que decidí hacerle caso y apartarme de ellos.

Edward se quedó en silencio, procesando la información y guardando en su cabeza el nombre de Jacob, nombre del imbécil que atormentaba a su chica, y a quien no deseaba tener nunca en frente, porque no sabría de lo que sería capaz. Volvió la mirada hacia Bella, que se había quedado callada, perdida seguramente en sus recuerdos, y agradeció que haya sido capaz de apartarse, pues de otra manera no estaría ahora a su lado.

―Bueno, no es algo fuera de lo común…

―No, no lo es. Pero eso es todo… bueno, estoy segura que no quieres saber el lujo de detalle, solo los hechos concretos, que por cierto me avergüenzan.

―Bueno, que dejen de avergonzarte, porque supiste salir de ese entorno vicioso que podría haberte llevado quizás dónde… lograste recuperar lo que tenías, tu carrera, el cariño de tu padre, tu voluntad.

―Y te conocí a ti.

―Y me conociste a mi ―concordó, abrazándola fuerte, besando su sien ―Voy a cuidarte de lo que sea, de quien sea. Ahora no estás sola, así que no tengas miedo… no seré muy bueno dando golpes, pero Alec tiene una potente red de contactos que podría ayudarnos si lo necesitamos…

Bella río, agradecida de la forma en que Edward había tomado todo, sin juzgarla, sino más bien destacando su gran por haberse apartado de lo que podría haberse convertido en una adicción para ella. Además, sentía como si se hubiera sacado un gran peso de encima contándole a grandes rasgos su historia pasada. Sin duda, hablar con Edward sobre eso había sido una buena terapia.

―Ahora, necesitamos pensar en nuestras vacaciones. Y recuerda que tenemos pendiente buscar el apartamento y un coche, me urge devolverle a Michael el suyo.

―Es lo primero que haremos. Ahora tenemos tiempo, las clases han terminado…

―Sí, bueno, hablando de tiempo, de estar solos… y ahora el Jamie está con sus compañeritos…

El joven se puso de pie y tomó en brazos a Bella, la que soltó un grito a la vez que se aferraba al cuello de su amado Edward, el que comenzaba a dirigirse con ella hasta la habitación.

― ¡Dijiste que debíamos comenzar a planear el viaje, y todo lo demás! ―exclamó ella con voz alegre, sin poner una pisca de resistencia a las intenciones de su novio, que no eran precisamente hablar. ― ¿Acaso no tienes que seguir escribiendo?

Soltó otro grito cuando Edward la dejó caer sobre la cama que habían compartido para dormir la noche anterior, después de haber usado el sofá como nido para hacer el amor.

―Necesito inspiración para escribir, musa ―murmuró cayendo sobre ella, cubriéndola con su cuerpo y besando sus labios, a la vez que ella lo envolvía con brazos y piernas, apegándolo a su cuerpo.

Hicieron el amor sobre la cama desecha y mientras el sol del mediodía entraba refulgente por la ventaba de la habitación, donde durante al menos una hora no se oyeron más que gemidos, jadeos, y el choque de las bocas hambrientas de ambos.

Edward nunca se había sentido tan pleno, nunca había experimentado el sexo a esa magnitud, donde no era capaz de pensar en nada que no fuera ella. Adoraba meter su mano entre la espesa y larga cabellera negra de su chica y jalarla, presa de su propia desesperación por alcanzar ese "más" que siempre obtenía cuando se hundía en ella. Amaba el sabor de su piel y el sudor naciente producto del esfuerzo del cuerpo ante las pericias sexuales; y qué decir de su mirada llameante que lo apresaba. Amaba todo de ella, así de simple, y la certeza dentro de él le decía que moriría amándola, que no habría nunca nadie más a quien amara de esa forma tan rotunda e irrevocable.

Podría haberse quedado recostado con ella en la cama, disfrutando de un momento tranquilo, pero tenía compromisos como ir a buscar a Jamie y prepararse para recibir a Irina, algo que no le agradaba en nada.

― ¿No sería bueno que me fuera mientras hablas con ella? ―preguntó Bella, recostada tentadoramente bajo las sábanas mientras se terminaba de vestir. Desvió Edward dos segundos sus ojos hacia ella, y negó tajante con voz severa.

―No.

― ¿Y qué pretendes que me quede haciendo aquí?

―Lo mismo que estás haciendo ahora.

― ¿Retozar sola y desnuda? No es divertido…

―Mujer cruel… ―la acusó Edward, terminando de abotonar su camisa después de una refrescante ducha. Ella se rio, cubriendo hasta debajo de su nariz con la sábana celeste de la cama que olía a ella, con su gesto pícaro e incitador, tentando al joven escritor a volver a su lado bajo las sábanas.

Estuvo a punto de ceder cuando se oyeron golpes en la puerta.

― ¿Podría ser Alec? ―preguntó ella.

―No creo. Iba a entrenar y después iría a buscar a Tanya para dar un paseo. En la noche dijo que vendría para saber las novedades.

― ¿Entonces?

―Voy a ver, tú quédate ahí, así tal cual. ―Se inclinó, afirmando el peso de su cuerpo sobre los puños cuando se inclinó en la cama sobre el cuerpo de la chica para darle un beso, antes de ir a atender a quien fuera que estaba golpeando.

Con el rostro iluminado abrió la puerta, extrañándole ver a Rosalie con su hijo en brazos. Miró la hora en su reloj de pulsera, asustado de que la hora de ir a buscar a su hijo se le hubiera pasado.

―Hola Edward.

―Qué sucedió, Rosalie, por qué lo traes más temprano ―dijo, recibiendo al niño en sus brazos a la vez que besaba su cabeza. ―Podrías haberme llamado.

―No me costaba nada traerlo, además vengo a ver a Emmett…

―Oh, bueno, gracias por el aventón…

Con la intención de cerrar la puerta dio un paso atrás, mirando a la rubia con una sonrisa a modo de despedida, pero antes que pudiera despacharla, ella carraspeó y puso una mano en la puerta, sorprendiendo a Edward.

―Esto… Edward… ―carraspeó Rosalie, aclarándose la garganta ―ayer, Emmett y yo vimos cuando salías con esa mujer casi arrastrándola por las escaleras, y pues nos asustamos un poco, ¿está todo bien?

Edward había olvidado que, al bajar con Irina, se había topado en la escalera con sus vecinos, a quienes en ese momento restó importancia. Por supuesto la escenita los alteró, imaginándose quizás qué tipo de cosas.

―Todo bajo control, Rosalie, no tienes de qué preocuparte… ―dijo en tono ligero, sin sonar molesto porque en verdad no lo estaba, la verdad es que se sentía de un humor radiante, muy probablemente por obra y gracia de Bella.

Podría haberle reprochado que se metiera en sus asuntos, pero no lo hizo, además ella traía un rostro de arrepentimiento y preocupación que él no pudo pasar por alto, por lo que la dejó seguir adelante con lo que quería decir.

―Edward, quisiéramos tener un tiempo para hablar contigo, me refiero a Emmett y a mí, creo que te debemos una disculpa, a ti y a tu chica. No queremos que evites nuestra amistad, ¿crees que sería posible?

Él alzó sus cejas por la sorpresa de que precisamente la rubia haya soltado ese pequeño discurso que si alguna vez lo esperó oír, no hubiera sido de parte de ella con lo dura que había sido la última vez, cuando conocieron a Bella.

Suspiró profundo, elevando sus hombros y dejándolos caes a la vez que abrazaba más fuerte a su retoño.

―No guardo rencor, Rosalie, pero si quieren venir y hablar, está bien. Ya saben dónde encontrarme.

―Vale... me alegra, gracias. Se lo diré a Emmett, y será el mismo quien se comunique contigo, ¿te parece?

―Claro, no hay problema.

Rosalie sonrió y extendió la mano hacia el niño, acariciando su mejilla enrojecida, antes de mover la cabeza hacia Edward en señal de despedida y se giraba para dirigirse hacia el apartamento de su novio. Edward cerró la puerta y besuqueó sonoramente la cara de su hijo, con el ánimo renovado.

Se sentó en el sofá y le quitó la mochila de los hombros a su hijo, mientras éste le decía algo sobre animales de la granja. No hablaba claramente, pero él había logrado descifrar su idioma de niño, que día a día iba puliéndose más.

Suspiró tranquilo mientras le ponía atención a su hijo, pensando en el gesto de Rosalie y la sincera preocupación de la rubia. Se sintió contento de ver ese gesto precisamente de ella, que había sido tan dura respecto a Bella. Después de todo, ¿por qué iba a seguir enfadado con las personas que lo acogieron como amigo? Además, si ellos querían acercarse y disculparse con Bella con él, pues eso hablaba bien de ellos, ¿no?

Recordó entonces a Ángela y de todo el tiempo que había pasado sin saber de ella. ¿Será que tendría que contactarla para saber cómo estaba?

Oyó entonces el sonido de la ducha y supo que su chica se había aburrido de pasar tiempo sola en la cama, decidiendo optar por una ducha. Entonces miró a su hijo, el que estaba sacando un caballo de peluche de su mochila para entregárselo a él.

―Cacallo papá… ―anunció el niño. ―Nanai cacallo…

Edward sonrió y pasó su mano sobre el lomo del animalito de felpa que Tanya le había regalado al niño cuando migraron del pueblo, y que Jamie traía consigo siempre.

― ¿Te la pasaste bien con tus amigos hoy? ¿Jugaste mucho con ellos?

―Sí papi, si…

Edward dejó que el niño le contara absolutamente todo lo que había hecho en el salón con sus amiguitos, desde que llegó hasta que se vino, apareciendo Bella por la puerta de la recamara, con su cabello negro mojado cayéndole en la espalda. Vestía unos jeans ajustados y una camiseta roja, e iba descalza con sus zapatillas azules de lona en la mano. Las dejó en el suelo para tomar a Jamie en brazos y darle un gran y sonoro beso en la mejilla.

―Hola, precioso…

―Supongo que no te vas ―apuntó Edward a Bella, mirando el arrumaco entre su novia y su hijo, quienes parecían tener un romance en paralelo, por la forma en cómo se miraban, y que a él le gustaba tanto.

Bella desvió los ojos del galán hijo para dedicarle una mirada dulce al galán padre, sonriéndole con picardía.

―Ya te dije, retozar sola es muy aburrido. Además, recibirás visita, y yo no tengo nada que hacer aquí…

―Eso no es cierto…

―Edward, Irina y tú tienes cosas privadas que conversar, no es bueno que nadie más esté por aquí importunándolos.

― ¿Pero volverás?

―Claro que lo haré. Quiero darle una vuelta a Charlie, lo he tenido muy abandonado y quiero contarle además de nuestros planes de viaje.

―Tienes razón. Ve con Charlie, y planeen algo para mañana a la hora de cenar.

―Puedo preparar mi famosa sopa de sobre…

― ¡No! ―levantó su dedo amenazador ―No voy a permitir que Charlie pase por semejante tortura. Alec y yo nos encargamos de la cena.

―Como digas. Ahora ten a tu hijo, me pondré las zapatillas y me iré de aquí ―dijo, tendiéndole el niño a su padre, para ella ponerse sus zapatillas.

Edward sostuvo a su hijo mientras él tendía la mano hacia el televisor, dando a entender que quería ver sus dibujos animados. El papá le dio en el gusto, encendiendo la pantalla y ubicando al pequeño sobre el sofá, acercándose a Bella la que acababa de levantarse. La tomó por la cintura y pegó su cuerpo al de ella, pegando su frente a la de la chica, que lo miró a través de sus largas pestañas.

―No te vayas… ―le susurró con voz lastimera. Ella sonrió con diversión, poniendo sus manos sobre el pecho de su chico.

—Regresaré más tarde. Tengo un montón de ropa que lavar, y lo más importante, debo ir a ver a Charlie, lo he tenido muy abandonado.

―Pues tráelo…

―Que no… ―reiteró ella, rodando los ojos ―Tú vas a recibir una visita importante y necesitas privacidad.

―Bueno.

Besos sus labios castamente antes que ella recogiera su bolso, atara un suéter azul a su cintura, se acercara a Jamie a dejarle un beso en la frente, dirigiéndose a la puerta en compañía de su novio quien la despidió con otro beso antes de desaparecer. Mirando entonces de reojo la puerta de Emmett, recordó el pequeño dialogo que tuvo con Rosalie hacía unos momentos atrás.

―Oye, ¿oíste lo que Rosalie dijo cuando vino a dejar a Jamie?

―Algo… ―respondió Bella sin alterar su tono de voz. ―Me parece bien que quieran arreglar las cosas contigo.

―No solo conmigo, a ti también te deben una disculpa ―le recordó, lo que para él era lo más importante y había sido el punto de discordia. Ella como si nada, se alzó de hombros y le sonrió tranquila.

―Quizás… pero no la necesito.

**oo**

Irina llegó al departamento de Edward pasadas las seis de la tarde. Su cabello rubio y brillante iba tomado en una cola alta que exponía su largo y estilizado cuello; su rostro perfectamente maquillado, haciendo destacar los delicados rasgos en la línea de los pómulos, la barbilla, además de usar colores que acrecentaran el color de sus ojos. Su cuerpo delgado y esbelto iba cubierto por un atuendo blanco que consistía en un blusón sujeto en la cintura por una cadena delgada color oro y unos pantalones de lino del mismo color, llevando en sus pies unas sandalias de correas blancas y doradas, que acababan de completar el atuendo de esta mujer con aire sofisticado, que a Edward costó reconocer.

Sonrió insegura cuando Edward la recibió en la puerta y caminó hacia el interior del departamento quedando su mirada fija en el niño que jugaba con una decena de autitos de todos los colores sobre la mesa de centro, mientras en la pantalla plana se podían ver dibujos animados a los que el niño no les estaba prestando atención.

―Jamie… ―murmuró emocionada Irina, llevándose la mano hasta el pecho, impactándole la visión de su hijo a quien dejó en manos de su padre hace un poco más de un año. ―Está tan grande…

―Crecen rápido. ―comentó Edward, limpiando el sofá de los juguetes de Jamie que había allí regados. ―Puedes sentarte.

Irina volvió a sonreír, sentándose en el sofá justo detrás del niño, a quien tentativamente acarició su cabellito. El niño, nada tonto, giró su cabeza y miró a la que para él era una desconocida, sonriéndole con picardía como lo hacía con todas las mujeres mayores que se le acercaban para alagarlo. Edward siempre se preguntaba a quien había sacado esa vena tan coqueta… no a él, ciertamente.

― ¿Quieres algo de tomar?

―Agua con hielo, si no es molestia.

―Claro que no.

Edward estaba tranquilo después de meditar las cosas fríamente, luego que pasara el pasmo inicial de ver aparecer de la nada a Irina, reclamando los derechos de madre que tiempo atrás hizo a un lado para seguir adelante con sus proyectos de vida, donde al parecer un hijo no tenía cabida. Recordar eso inevitablemente hacia que Edward se llenara de rabia, pero después pensaba en las palabras de Bella, sobre lo de no saber si el remordimiento y la lejanía le abrió los ojos a esta joven chica que se veía arrepentida de haber dejado a su hijo, por muy bien cuidado que se encontrara.

Llevó el vaso de agua con hielo a su invitada, removiéndosele el pecho cuando vio a su hijo sentado sobre las piernas de la invitada, mostrándole sus cochecitos mientras ella lloraba en silencio, mirándolo con adoración.

Miró ella al padre de su hijo cuando éste dejó el vaso sobre la mesa, y carraspeó para aclarar su garganta y poder hablar.

―Nada fue lo que yo esperaba… ―reconoció con voz ronca, mirando alternadamente a Edward y a su hijo, a quien le sonreía —y no lo digo por la beca, lo digo más bien porque en la lejanía una valora lo que tiene. Las noches las usaba para pensar en Jamie, te lo juro, y la única excusa que tengo para haberlo abandonado, como dices, es porque estaba muerta de miedo. La maternidad sabes que era algo que no tenía en planes, y pues… reaccioné de la peor manera que podía, pero estoy arrepentida, quiero formar parte de la vida de Jamie, que me reconozco como su mamá.

La voz de Irina se quebró tanto que el propio Jamie la miró un poco asustada, allegándose a los brazos de su padre, quien se apresuró a tomarlo, mientras el niño contemplaba a la mujer que aún era una extraña para él.

Edward no podía negarlo, pero no podía hacerse el ciego y hacer oídos sordos a su intuición, más allá de las palabras de Irina que podían ser una treta, pero ella nunca había sido buena para eso, la conocía y, para bien o para mal, ella siempre fue sincera y directa. Finalmente, Bella tuvo razón en apuntar que la maternidad había causado efecto en Irina con el llamado de la sangre entre ella y su hijo con el que poco compartió. ¿Y quién era él para juzgarla?

Entonces se le ocurrió una manera de consolar a Irina, que cubría su cara con ambas manos, mientras que su rostro se sacudía. Acercó su boca hasta el oído de su hijo, para pedirle ayuda con la invitada:

―Oye, ¿por qué no le haces cariño a Irina para que se le pase la pena?

― ¿Nanai? ―preguntó el niño, mirando con curiosidad a su padre.

―Sí, anda… ―lo animó Edward.

El niño se bajó ágilmente de sobre las piernas de su padre y se acercó hasta la rubia, tendiendo su mano pequeñita sobre la rodilla de la mujer. Irina sacó su rostro mojado en lágrimas de su escondite tras sus manos, y miró al niño quien a su vez la miraba con una sonrisita de consuelo, que le derritió el corazón.

―Nanai, nanai…

Tentativamente, Irina se inclinó y rodeó al niño entre sus brazos, levantándolo con cuidado y abrazándolo apretado, mientras que el pequeño seguía acariciando ahora su espalda, sin dejar de lado el mantra que estaba usando para consolarla.

―Vamos a enseñarle a Jamie quien eres, y dentro de poco va a adorarte, ya lo verás.

―Gracias… gracias, Edward, no sabes lo que significa para mí.

Meditó en silencio acerca de si era necesario visitar a Esme, la esposa abogada de su maestro Carlisle. Quizás por precaución sí que lo era, concluyó casi de inmediato, mientras orgulloso miraba a su hijo, como con su poder de niño iluminaba el rostro de su madre y le traía de regreso el brillo de sus ojos que él extrañó cuando volvió a verla.

Hablaron de hitos en la vida de Jamie, como cuando tercamente aprendió a dar pasitos, sus primeras palabras, lo sano que era, sus paseos, los amigos que había hecho en la guardería, donde incluso ya había ido a su primera fiesta. Le dijo que comía de todo, y que, en resumidas cuentas, era un niño muy sano y feliz por sobre todo, cuestión que él había procurado siempre, y que seguiría procurando hasta su último aliento de vida.

Le contó además de sus logros, dentro y fuera de la universidad, aludiendo a estos últimos que le había abierto la posibilidad de publicar su primera novela y prontamente algunos de sus poemas en una edición colectiva de escritores jóvenes y vanguardistas, a la que lo habían invitado a participar. Irina por supuesto celebró el logro de Edward y lo felicitó, diciéndole que desde siempre ella supo qué destacaría por su pluma creativa. Ella había tenido la suerte de leer alguno de sus poemas y sabía que merecían ser publicados.

Irina, recordando que la noche anterior lo había encontrado en medio de una celebración con amigos, preguntó respecto a ellos.

― ¿Y se lleva bien con tus amigos…? A Jamie me refiero.

—Claro, este canalla es un chiquillo muy sociable ―respondió en tono divertido, despeinando la cabellera del niño, quien más que molestarse, se rio alegremente.

Mientras hablaban, se sentaron los tres alrededor de la mesa de centro, la que servía como lugar de juegos del pequeño Jamie, quien tenía desplegada toda su flota de vehículos que había puesto ahí para mostrárselos a su nueva amiga. Incluso el niño, muy orgulloso le enseñó autos y dijo el color de éstos, aplaudiendo Irina lo inteligente que era su niño.

Bajo la mesa había unas revistas que habían sido desterradas de su sitio sobre la mesita, fijándose Jamie en la portada de una de ella, donde salía una mujer bailando. La apuntó con el dedo índice y dijo "Bella", sorprendiendo a Edward quien nunca lo había oído llamar a su novia por su nombre. Sonrió orgulloso y besó la frente de su hijo, mientras Irina poco entendía a qué se refería su hijo.

—Jamie asoció la foto con Bella, mi novia. Ella estudia danza aquí. Jamie la vio precisamente ayer en una presentación, por eso logró asociarla ―explicó Edward, volviendo a mirar a su hijo, acariciándole el cuellito ― ¡Eres un niño muy inteligente!

Irina sonrió con tensión. No podía evitarlo, pero una chispa de celos le recorrió la espalda. ¿Celos porque su hijo reconociera a esa chica en vez de a ella?

―Es la chica que vi la otra anoche…

―Sí.

―Ajá… ¿y se llevan bien? Me refiero a Jamie y ella…

―Pues sí, se adoran. Jamie le ha tomado mucho cariño, igual que Bella al niño.

― ¡Papa! ―exclamó el niño, tendiéndole auto azul que el niño sabía siempre usaba su padre para jugar con él. Edward tomó el carro y lo estrelló contra el muro de cubos plásticos que habían armado sobre la mesa de centro. El niño celebró el alboroto y se dispuso a volver a armar el muro ayudado por la rubia y su padre.

― ¿Es serio? ―preguntó de pronto Irina, desconcertando un poco a Edward.

― ¿Uhm?

―Lo de tu novia y tú… ―añadió Irina.

―Estoy enamorado ―explicó tajante y contundentemente. ― ¿Y tú, estuviste con alguien?

―No, con nadie. No era buena compañía.

― ¿Y piensas volver? Al extranjero, me refiero. Te ganaste una beca y todo eso.

―No… no lo creo ―anunció Irina, ayudando a su hijo con la muralla de cubos ―Estudiaré aquí, no sé si en esta universidad pues no pasé por el proceso de admisión normal, ya sabes.

―Hay más opciones, no te apures.

Le pusieron atención al niño, quien volvió a estampar un vehículo sobre la muralla recién construida. El niño aplaudió por su gran logro, uniéndose sus padres a su celebración. Recordó entonces a algunos de sus animales de peluche que podían ayudarlo, levantándose y corriendo hacia el dormitorio a por ellos. Edward se lo quedó mirando con orgullo mientras se alejaba, a la vez que ponía oído que su hijo no hiciera ninguna travesura en el cuarto a donde había salido disparado.

―Por cierto, lamenté mucho lo de James, no podía creerlo…

―Sí... ―fue todo lo que Edward pudo decir, concentrándose en volver a armar una nueva muralla con los cubos de plástico de todos colores que Tanya le había regalado a su hijo. Evitó suspirar o hacer cualquier otro tipo de comentario sobre ese tema que era tan doloroso, y el que sentía como una herida abierta en el centro del pecho.

Irina torció su boca con pena por el drástico cambio de humor de Edward al recordar a su hermano. Extendió su mano y tomó la de Edward, que se vio sorprendido con el toque leve de la rubia, la que le sonrió como solía hacerlo cuando eran unos adolescentes.

―Todo se resolverá, ya lo verás.

―Eso espero. ― "Y espero que pase más temprano que tarde" meditó, mirando los ojos brillantes de la chica por la que alguna vez suspiró, jurándole amor eterno.

Irina, intentando volver a relajar el ambiente entre ambos, se le ocurrió que podían comenzar a hacer planes donde incluyera tanto a su hijo como a Edward, optando por empezar al día siguiente.

― ¿Qué te parece si planeamos algo para mañana, los tres me refiero? Me gustaría salir de paseo, conocer algunos sitios, ¿qué te parece?

Edward ya no tenía clases por lo que contaba con tiempo, por lo que le pareció una buena idea.

―Cuenta con nosotros. Mientras más tiempo pases con Jamie, será mejor para que te reconozca.

―Para que nos reconozca como familia, como el equipo que debimos ser desde un principio.

Edward no dijo nada, se limitó a sonreír y asentir, sin indagar ni buscarle más significados a esa frase de Irina que cualquiera podría haber interpretado de otra forma. No iba a pensar más de lo debido en eso, pues tenía claro que lo único que lo unía a esa mujer, fuera del pasado que ambos compartían, era el hijo al que procurarían hacer feliz.

Irina se marchó del departamento de Edward ya entrada la noche. Se topó incluso con los vecinos de Edward que golpearon justo cuando ella se estaba despidiendo del niño con un sonoro beso, recordándole la cita que tenían al día siguiente. Se despidió de Edward con un beso en la mejilla, y miró a los recién llegados moviendo la cabeza y sonriendo al pasar junto a ellos hacia el pasillo exterior del apartamento.

Emmett y Rosalie se quedaron frente a Edward, quien le ordenó al niño que metiera su flota de autos y sus cubos de colores dentro de la caja. Mientras el niño obedecía su padre, Edward se acercó a los recién llegados, apresurándose en dar el primer paso y extender su mano hacia Emmett, que miró el gesto ese como el salvoconducto que necesitaba para saber que Edward estaba dispuesto a perdonarlo.

―Gracias por recibirnos, Edward.

―Son bienvenidos, Emmett ―le dijo al hombre musculoso y mirada amable, antes de desviarse hacia Rosalie, a quien saludó con una sonrisa ―Rosalie.

―Te dije que vendríamos.

―Y me alegra que lo hayan hecho…

―Rosalie y yo habíamos hablado hace día sobre la idea de venir y arreglar el entuerto de una vez por todas. Aceptamos que no actuamos bien, que nos apresuramos, que nos comportamos como unos chiquillos, que ni tu ni Bella se merecían ser tratados así.

―Sobre todo ella, pues el desaire lo cometieron con ella directamente. Me enamoré de ella y estamos juntos, por lo que la defenderé de quien la ofensa, sea quien sea. Sé que me entiendes, Emmett

―Perfectamente

―Bella tiene un pasado, del que no se siente orgullosa, pero que es más común de lo que se piensa. Ahora está concentrada en su carrera… ella es una buena chica. Por lo que, si en el pasado la viste con alguien de dudosa reputación, ten en cuenta que eso es pasado, ahí se quedó, y que nadie tiene derecho a apuntarla con el dedo por eso.

―Lo entendemos, Edward, por eso estamos aquí.

― ¿Y ella se encuentra?

―No, es probable que llegue más tarde.

―Es una buena excusa para esperarla mientras bebemos unas copas de vino, ¿no te parece?

―Es una buena idea ―reconoció Edward, recibiendo el vino que Rosalie extendió para él. Los invitó a acomodarse en la isla de la cocina, sacando copas y un destapador, además de algunas cosillas que tenía para picar dentro del refrigerador. Rosalie los dejó solos en el sector de la cocina, mientras ayudaba al niño a guardar sus cosas en la caja de juguetes, como su padre se lo había ordenado.

―Y sin ánimo de ser metiche, ¿Quién es la rubia que salía de aquí?

―Irina, la mamá de Jamie ―aclaró Edward muy tranquilamente a Emmett, mientras vertía vino en las copas. El vecino de Edward abrió sus ojos verdes ampliamente, lanzando un silbido que le hizo en gracia al dueño de casa.

― ¡No me digas! Si es que no recuerdo mal, ella estaba fuera del país, ¿no?

―Y regresó justo ayer. Cuando Rosalie y tú me vieron bajar las escaleras arrastrando a alguien, pues se trataba de ella.

―Ahora que lo dices… nos preocupamos mi chica y yo. Ibas muy descompuesto.

―Y lo estaba. Ella llegó de golpe a buscar a Jamie, imagínate como me puse… hoy hablamos y las cosas están más claras.

Emmett levantó su copa y la chocó contra la de su colega, que se había sentado a su lado en una banqueta.

―Le hará bien al niño.

―Por él lo hago.

―Ahora, cuéntame qué es eso de que ya vas a publicar en una editorial establecida. ¡Eres la maldita envidia de los que estudiamos literatura!

Edward rodó los ojos y negó con la cabeza, mirando a Emmett con diversión, dándole un golpe en su brazo musculoso con el puño.

―Tú ya has publicado, no sé de qué me hablas.

Se enfrascaron en un dialogo sobre aspectos técnicos, contándole Edward que el maestro Carlisle Cullen le había hecho los contactos con la editorial, comentándole que ya había tenido unas cuantas reuniones para ver el proceso de publicación del libro recopilatorio de poesía emergente, además de preparar el camino para la publicación de la novela en la que estaba trabajando.

Mientras ellos hablaban y Rosalie jugaba con el niño en el dormitorio, oyó en la puerta el sonido característico de los golpes de Alec cuando se hacía notar. No tuvo necesidad de abrir, pues el boxeador abrió con la copia de la llave que el dueño de casa le había dado, apareciendo tras él la mismísima Bella, que aunque lo evitó, se puso nerviosa ante la presencia de Emmett, el hombre que la había evaluado duramente la primera vez la que vio… o cuando volvió a verla en compañía de Edward.

―Esperamos no molestar ―dijo Alec, dejando la llave sobre la mesita, acercándose a Emmett a quien saludó con un apretón de manos, mientras Edward ya se había levantado de su taburete para recibir a Bella, dejando un beso en su mejilla.

―Oye, no estés nerviosa ―le susurró Edward a Bella, acercándola hasta la barra donde Emmett y un sorprendido Alec hablaban.

Emmett desvió su atención del rubio boxeador y miró a Bella, dándole una sonrisa de arrepentimiento.

―Qué tal, Bella, me alegro que hayas venido ―le dijo el hombre, colega de Edward. ―Uhm… me parece que te debo más que una disculpa. La vez que nos encontramos en el bar me comporté como un estúpido, y lo reconozco. Por favor, perdóname, no quise hacerte sentir mal.

―Entiendo por qué lo hiciste, y no te preocupes, ya todo está olvidado.

―Ejem… ―apareció la rubia compañera de Emmett al grupo, poniéndose frente a la chica ―también te pido me disculpes. Nos apresuramos en juzgarte sin conocerte, y eso no estuvo bien.

―De verdad, no pasa nada, está olvidado.

―No puedes decir que está olvidado, cuando se nota que estás tensa como un trozo de madera…

―Entiendo por qué reaccionaron así, puedo entenderlo. Yo hablé con Edward sobre cosas que hice cuando recién entré a estudiar, con las personas que me relacioné y con quienes seguramente me vieron en más de una ocasión…

―Aun así, no tendríamos por qué haber reaccionado de esa forma. No nos concierne, y por cierto nos alegra que te hayas alejado de ellos… sabemos que eres una de las mejores en tu disciplina.

―Me estoy esforzando por ello.

―Uhm… yo estoy un poco perdido…

―Tú tranquilo, Alec, ya te contaremos…

―Nunca me entero de nada…

Rosalie se carcajeó por la postura infantil de Alec, al que solo le faltó cruzarse de brazos y hacer pucheros. Emmett entonces aprovechó de tenderle la mano a Bella y dar por cerrada la discusión con un fuerte apretón de manos, que ella aceptó ahora sinceramente.

Podía decirse que había sido un día provechoso para Edward, en muchos sentidos, quien en ese momento disfrutaba de una velada muy animada que salió de improviso, disfrutando todos de un buen vino que rápidamente se acabó, debiendo correr Emmett a su apartamento por otro par de botellas que volvieron a vaciar mientras hablaban de mitos que rondaban en la universidad, vacaciones, las aventuras de Alec en el ring, y los planes de vacaciones que todos tenían. Veía reírse relajadamente a Bella y eso lo ponía contento, no podía negarlo. Que sus vecinos hayan reconocido que habían errado en la forma de cómo la juzgaron sin conocerla y se hayan acercado a pedirle disculpas, hablaba bien de ellos y eso le agradó. Deseaba estar rodeado de personas como esas, que no iban proclamando por la vida ser perfectos, sino que sabían reconocer sus errores cuando se equivocaban. Además, había ocurrido lo de Irina, que si bien era cierto él pensó vendría derecho a arrebatarle a su hijo, no fue lo que hizo sino más bien disculparse y comprometerse a estar presente para el niño, su hijo, que en ese momento dormía tranquilamente. Se sentía bien, tranquilo, aunque había solo una cosa que ensombrecía su calma, y eso era no encontrar a los responsables de la muerte de su hermano. ¿Lograría dar con ellos? Eso esperaba, para darle el descanso a su hermano y conseguir el suyo, que sin duda lo ayudaría a ser completamente feliz.

**oo**

Sue sacó un trozo de papel higiénico del bolsillo y se limpió la nariz, botando el papel al suelo para después pasarse las manos por el cabello que al salir de casa no se había ocupado de arreglar. Y es que más preocupada de su aspecto personal, a esta mujer le apuraba obtener dinero que "no sabía cómo", se esfumaba. Pero estaba tranquila, ella sabía cómo conseguir el suficiente dinero, tanto como para cubrir sus necesidades por una buena temporada hasta que su mina de oro dejara de proveerle.

Miró hacia todos lados, estrechando sus ojos turbios en los jóvenes que pasaban de un lado a otro, hasta que dio con aquel a quien ella esperaba. Sonrió con malicia y salió de su escondite tras el grueso tronco de un viejo árbol de la plaza, caminando rápidamente sobre sus zapatos viejos, hasta que interceptó al muchacho, quien al verla dio un respingo y un hielo de temor recorrió su espalda, esto solo por una fracción de segundos antes de recomponer su postura. Hizo una mueca de desagrado, dando un paso atrás para apartarse de ella, como si le asqueara.

― ¡Eureka! ―bromeó ella, frotándose las manos. ―Pensé que me costaría más dar contigo.

El joven pasó las manos por la solapa de su chaqueta azul, como si la sola presencia de la mujer pusiera en riesgo su pulcro vestuario.

―Qué quieres ―escupió él, alzando su barbilla y mirándola sobre su metro noventa con aire despectivo. Ni siquiera iba a preguntarle cómo dio con él en esa ciudad tan grande, pues más le importaba deshacerse de ella.

Sue torció la cabeza y sonrió, levantando sus manos y moviéndola a medida que le explicaba a grandes rasgos el motivo de su "visita".

―Ya sabes… he tenido un montón de gastos, y el dinero que me diste se ha acabado.

―No es mi problema ―respondió el joven de traje y corbata, poniendo sus manos sobre sus caderas. Ella se rio como si él le hubiera contado un buen chiste.

― ¡Claro que lo es! ¿Olvidas que podría cruzar la calle y levantar una denuncia…?

―Infeliz ―le dijo mordazmente ―te di una buena cantidad de dinero, y eso era todo.

―Pues no es mi problema que eso hayas creído. Te salvé el trasero, debes pagarme por le favorcito…

―Esto no durará para siempre. Además, ¿quién va a creerle a una mujer que se lo pasa ebria la mitad del día? Por otro lado, ha pasado mucho tiempo, el caso debe haber sido desestimado…

Sue movió lentamente su cabeza, negando la teoría del joven, que trataba de dominar su carácter frente a ella.

―No tienes idea. Edward tiene entre ceja y ceja dar contigo. Yo podría ir a hablar con él y decirle todo lo que sé. Ahora él puede acceder a abogados, tiene dinero para eso, y sería fácil meterte en la cárcel por matar a su hermano.

―No tienes pruebas…

―Eso es lo que crees, así que no me provoques. ¡Y deja de hacerme perder tiempo y dame lo que quiero!

El hombre apretó la mandíbula y maldiciendo a la mujer, sacó su billetera y de ésta varios billetes grandes para dárselos a la mujer, a quien le brillaron los ojos. Él se los entregó con un gesto brusco y la miró con odio, antes de advertirle:

―Esta es la última vez que te doy dinero. No vuelvas a buscarme o moveré los hilos para hacerte desaparecer y no dejar rastro, así como lo hice con tu sobrino, ¿lo entiendes?

Sin esperar respuesta de Sue, que estaba más concentrada en contar su dinero, lanzó una risa irónica a la vez que el hombre caminaba apartándose de ella. Lo miró por sobre su hombre y sonrió como una iguana.

― ¿La última vez que me das dinero? Eso ya lo veremos, niño rico.