Comentarios Iniciales:

Muy buenas. Cal nuevo :) No pude releerlo y revisarlo como aconstumbro, el día de hoy estuve atareado con un accidente en casa (Nada grave), y mi Madre con una fuerte indisposición de Salud absorbió toda mi atención. Prometo mañana reelerlo, pero hasta entonces lo publicaré de una vez antes de irme a dormir. Esperó lo disfruten tanto como yo escribiendolo :DD Gracias a los que dejaron Review la semana pasada, se los agradezco de corazón. Y no olviden comentar sobre este cap tan crítico en la trama...


Capitulo IX: Insidias y Reencuentros

Y antes de que siquiera Zelda pudiera reaccionar sintió un terrible golpe en su espalda, una embestida que la impulso a una pared, de frente al muro, su rostro se golpeó contra él y unos escudos que había en su camino fueron derribados.

Zelda dió un grito de dolor y pánico al verse agredida de una manera tan repentina y aterradora. Pero decir aterrador se quedaba totalmente corto ante lo que sucedió sucesivamente, Khyo tomó por la nuca a Zelda, reteniéndola contra la pared y acercando su rostro demoníaco a un lado del de la Princesa. Esta de reojo pudo ver a su enemigo, y pudo jurar que le dió un ataque cardíaco al verlo, que su estomago dió la vuelta en su eje y que sus pulmones se marchitaron en una dolorosa exalación de miedo. Su respiración se hizo errática y su semblante estaba perturbado, en Shock y al borde de las lágrimas.

Khyo acercó más su rostro al de Zelda, a un lateral mientras la mantenía afincada a la pared de frente a ella pese a la resistencia que hacia la Dama desesperada por zafarse. El demonio era casi de la misma altura de la chica, su cuerpo antinatural antropomorfo fornido, y su físico se fortalecía en cada gemido de miedo que daba Zelda. Ya sus semblantes estaban más cerca de lo que la morbosidad podía definir.

¡Zelda sal de aquí! ¡Ahora!—gritaban desesperadas las Espíritus en la mente de Zelda, quien en la situación no podía procesar nada más, sólo intentaba liberarse del agarre del demonio y sus gemidos casi sollozos se oían en claro pavor. Las Espíritus no podían intervenir en el mundo físico y las consumía la impotencia. Estaba asqueada al sentir un aura tan putrefacta, tenerlo tan cerca le causaba el más desagradables de los repudios y su cuerpo se erizaba de rabia y asco puro.

—Huelo tu miedo Nayru... Y me fascina...—murmuró el demonio a los oídos de Zelda, sonriendo con su deforme boca llena de filamentos. La Princesa luchaba por alejar su cuerpo de la aberración, oyendo como Khyo la llamaba por el nombre de la Diosa que representaba.

Zelda no meditó un instante y en un susurro sus ojos resplandeció un destello dorado que comenzó a embuir su cuerpo, y Khyo dió otro graznido demoníaco y doloroso al sentir como tocar la piel embuida en luz de la Princesa le hacia sentir como si literalmente tocara brazas ardientes, o peor que eso.

Soltó a Zelda como si fuera una plaga y y dió un furioso graznido violento amenazándola con las garras.

Sal de ahí... ¡Ya! ¡Ve al templo de la Eapada Maestra! ¡No puedes sola contra él!—espetaron al borde del descontrol las cinco espíritus en la mente de Zelda. Pero la Princesa no oyó en primer lugar, poniéndose a la defensiva aunque notablemente temblorosa y algo intimidada.

Akaru Feret...—musitó con rapidez la rubia, formando una esfera de energía de luz pura entre sus manos que tomó tamaño, y antes de que siquiera Khyo reaccionara Zelda lanzó tal conjuro golpeándolo de lleno y explotando brutalmente al impactar, sacando impulsado al demonio con inmensa fuerza, voló ocho metros hacia atrás al otro extremo del salón de armas y se incrustó en la pared de ladrillos mientras gruñía como animal herido. Tal sonido tan enfermizo y salvaje hacía que la piel de Zelda se erizara.

¡No puedo huir! ¡¿Y si le hace daño a los que están en el castillo?! ¡Debo detenerlo!—exclamó mentalmente Zelda en respuesta a sus espíritus.

¡No puedes enfrentarlo! ¡No estás lista, no aún! ¡Por última vez sal de... CUIDADO!—respondieron con potencia y ya gritando las Espíritus, pero se alarmaron cuando Khyo embistió contra una distraída Zelda que no pudo reaccionar, Khyo la tomó por el cuello y la azotó contra la pared, produciendo que la chica diera un grito de dolor y de que su labio inferior comenzará a salir un hilo de sangre.

—Comienzo a entender por qué los Reyes del Mal del pasado te odiaban tanto... Eres un gran estorbo bajo tu fachada de mujerzuela inutil—ofendió con rabia pura Khyo, con su voz triple, escupiendo cada palabra mientras gozaba de ver como el semblante de Zelda se ponía pálido ante la falta de aire y gemía de miedo y sus lágrimas corrían. Cada llanto, cada demostración de miedo, hacia que el cuerpo de Khyo creciera y se fortaleciera.

Zelda abría la boca con desesperación tratando de ingresar aire a su sistema pero no podía, la maciza "mano" del demonio la estrangulaba, alzandola del piso varios centímetros y sus pies agitandose en el aire, sus pupilas se estaban elevando blanqueando los ojos al borde de colapsar. Pero de repente el villano sintió como débilmente Zelda le tocó su pecho con una mano, un tenue roce.

El demonio se miró su torso para ver porque ella lo tocó, y lo que vio hizo que el ser oscuro abriera los ojos con exageración, en su pecho, justo donde lo tocó la Princesa, comenzaron a resplandecer unos caracteres Hylians antiguos, caracteres que Khyo reconoció de inmediato.

—¡MALDITA RAME...!—Ni pudo terminar, los caracteres eran un hechizo de explosión, y antes de que Khyo se mirara Zelda se cubrió con una barrera protectora con su último aliento antes de quedar insconciente por la asfixia, y la explosión hizo gritar de dolor a todo pulmón el demonio, al punto de causar sangrado en los oídos a quien lo oyera. Salió impulsado hacia atrás llevándose por delante todas las armas que estaban en su camino.

Zelda cayó de rodillas, sana y salva y comenzando a respirar desesperada por recuperar el aliento. Miró hacia su oponente mientras desvanecía la barrera, y vió como a unos metros se volvía a poner de pie con dificultad, el pecho de Khyo pecho había sido perforado por la explosión, pero se comenzó a regenerar rápidamente, reparando el daño en pocos instantes.

Zelda estaba en un estado de Shock, jadeante, y llena de todo tipo de sentimientos clasificados como morbosos, sin saber que hacer, sintiendo como la desesperación junto con su desbocado corazón amenazaban por atravesar su pecho. Nunca había experimentado una presión y terror tan intenso. Pero al estar temblando, veía como los músculos de Khyo se fortalecían, como crecía de estatura y como su aura se volvía más intensa, oscura y fuerte. No lo había debilitado, al contrario, cada golpe que le daba sólo lo fortalecía. Zelda no supo si llorar y desear morir, al ver que estaba en manos de la muerte.

No... No puedo transportarme al Templo... Es un lugar sagrado, protegido por un sello—murmuró en su pensamiento Zelda a sus espíritus, tragó grueso mientras que en ambas manos emanaba magia dorada, lista para defenderse, pese al miedo y a lo intimidada que estaba no iba a retroceder y enfrentaba a su enemigo con determinación. Khyo no tardó en ofender, dando uso de su inhumana velocidad fue contra Zelda y dio un tajo vertical con sus garras para mutilar el cuello de la Princesa, más esta lo esquivó agachándose y tirándose a un lado con una maestral gracia y elegancia pese a las circunstancias, como un fino y mortífero baile.

Aprovechando la distracción Zelda formó otra esfera de energía y la lanzó contra Khyo pero este cortó a la mitad el ataque con sus garras, desintegrándolo y de nuevo embistió contra Zelda, pero esta formó una barrera entre ella y la bestia, separándolos, pero Khyo golpeó con tanta brutalidad que destruyó por completo la barrera transparente, sacando impulsada hacia atrás a la Princesa por el impacto, y sin perder tiempo, Khyo abrió descomunalmente su mandíbula formando dentro de su boca una inmensa esfera de energía oscura, y disparó una llamarada de energía negra directo a donde estaba Zelda, en el suelo y aturdida.

—¡Tienes la Trifuerza de la Sabiduría, con ello tu magia no tiene límites físicos como sellos!—exclamaron en respuesta las tutoras, con los nervios de punta mientras veían a su protegida enfrentando a un ser tan peligroso.

Zelda en ese momento no respondió, alertada al ver como las llamas iban a impactarla, cerrando los ojos y murmurando un conjuro, su cuerpo se hizo casi transparente, como cristal, y las llamas la atravesaron sin hacerle el mínimo daño al ser intangible.

¿¡Y qué pasará con las personas en el castillo!? ¡Este demonio los exterminará!—exclamó en pensamientos y desesperada Zelda volviendo a ser tangible mientras veía como Khyo, encolerizado al ver que su oponente sobrevivió, gruñía de nuevo y corría como cuadrúpedo a atacarla y despedazarla con sus propias garras.

Eso es... ¡Llevalo contigo al Templo de la Espada Maestra! ¡El sello sagrado del Templo lo debilitará hasta incapacitarlo!—exclamaron los espíritus mientras que Zelda se protegía con otra barrera de magia, reteniendo a Khyo que clavaba sus fauces y garras en la barrera mágica.

Zelda no meditó demasiado, tenía lógica lo que decían sus Espíritus, el sello sagrado el Templo exterminaba a todo ser oscuro que se acercara, llevarlo al interior del Templo era como llevarlo al infierno, la luz del sello lo destruiría.

Y en un rápido y efectivo conjuto de movimientos, Zelda formó otra esfera de magia celeste, tal como la de Lana y la lanzó contra el rostro de Khyo inmediatamente después de desintegrar su barrera, la esfera lo golpeó de lleno, aturdiéndolo, sin demora la Princesa resitó un conjuro y se formó un aro dorado que ató a Khyo por el torso e inmovilizaba sus brazos, y antes de que el demonio siquiera reaccionara se le acercó en un grácil movimiento y murmurando un hechizo de teletransportación pensó en el destino al que iría, al Sagrado templo de la Espada Maestra, un destello verdoso los rodeó mientras que Khyo vociferaba de nuevo salvaje, un vendaval con destellos esmeralda los envolvió, ambos comenzaron a desmaterializarse entre la esfera verdosa hasta finalmente desaparecer, dejando el destruido arsenal real totalmente sólo.


El Templo de la Espada Maestra, edificada sobre los milenarios cimientos del Templo del Tiempo, ha sido un bastión sagrado en la que se encuentra las reliquias de los Elegidos del pasado, y santificado son muros inaccesibles por la más poderosa de las Armas, la mítica Espada Maestra, manifestación física de poder de las Diosas, cuya hoja sólo puede ser alzada por aquel que nació con la sangre del Héroe corriendo por sus venas, cuyo poder sólo puede ser manipulado por el elegido de Farore por su incomparable valor y bondad, cuya supremacía sólo es dada a aquel que como un torbellino esmeralda disiparía la tinieblas de su tierra y traería una era de paz y prosperidad divina.

Los jardines sagrados del Templo estaba desértico, ningún ser podía entrar ahí, era inmensamente amplio, en el norte del norte de Hyrule entre los bosques. Ningún mortal podía siquiera acercarse a ese lugar mítico, siendo su entrada resguardada por el Castillo de Hyrule y el territorio del Clan Sheikah. La edificación era tan o incluso más magnífica que el Castillo de Hyrule, siendo ni siquiera una décima parte de la edificación real, pero pese a ser de menor tamaño, los muros y torres que la conformaban de color perla y ventanales casi divinos de colores vibrantes de daban un aspecto celestial e imponente a ese sagrado lugar.

Divido en tres secciones, el interior era cubierto de losas blancas, las paredes altas eran elegantes, los vitrales pintaban el suelo con destellos de colores causados por la luz del sol reflejado en los vidrios de tales obras de arte.

Y en la zona céntrica, una plataforma se alzaba, y justo en el medio estaba la Espada Maestra, clavada en su pedestal, y resplandeciendo como una gema en forma de hoja de arma. Su empuñadura alada púrpura con la gema ámbar, y su mango con espiral verde componían tal Espada.

El pedestal era rodeado por la un grupo de ocho estatuas, detrás de la Espada se alzaba una inmensa escultura de una decena de metros, de un joven vestido con una túnica y un gorro, y armado con la misma espada del pedestal, y a los alrededores en posición simétrica las otras siete, de forma humanoides, y al rededor de todas la estatuas una gran cantidad de arbustos y árboles vivos y de colores verdoso extremadamente vibrantes y brillantes casi como gemas.

El silencio era perpetuo en tal lugar, y el ambiente era pacífico, iluminado entre la luz de las Diosas. Más sin embargo el lugar comenzó a remolonear con un gran vendaval cerca del pedestal, que fue tomando un destello verdoso hasta volverse una esfera mágica, y al desintegrarse revelar dos figuras, la de Zelda y la de Khyo. Ni siquiera habían terminado de llegar, y Khyo comenzó a gritar y agonizar como un animal siendo torturado con sadismo, un ser siendo poseído. Zelda retrocedió viendo expectante e hiperventilaba como la luz sagrada del Templo literalmente quemaba al demonio, haciéndolo sufrir y revolcarse en el suelo como si cada célula le doliera intensamente y mientras gruñía y se golpeaba el pecho y la cabeza clavándose sus garras como un ser descontrolado. Una vez más los vellos de la Princesa se erizaron del terror y su frente estaba perlada de sudor frío.

Luego de varios segundos de agonía para Khyo, mientras que su piel marchita y oscura se consumía con la luz, comenzó a quedarse quieto, toda su carne fue destruida dejando a la vista su estructura osea, vacía y sin órganos, sólo la máscara de Majora entre su caja torácica y una esfera de energía roja y negra donde iba su vientre. Quedó tal como un animal disecado, e inerte.

Zelda no lo perdió de vista a su oponente en ningún momento, estando lista para defenderse. Su estómago parecía un volcán amenazando erupcionar, su corazón parecía una máquina a toda pavor, sus manos y labio inferior continuaban temblando ligeramente, oía claramente el palpitar de su corazón sus oídos, y la palidez aún la acompañaba. Cayó de rodillas a un par de metros de cadáver de Khyo, jadeante, consumida y agotada, mientras las gotas de sudor de su frente caían al suelo junto con las lágrimas, estaba exhorta mirando al suelo sin un enfoque en sus pupilas dilatadas, su mente trataba de pesar con coherencia pero era imposible. Subió un poco su semblante mirando a su enemigo inmóvil, sólo su esqueleto, y vió la Máscara de Majora, observarla a los ojos causaba que el corazón de cualquiera se detuviera y que tuviera deseos de sacarse los ojos con tal de no volver a ver a ese objeto maldito cargado de las demencias y las oscuridades más bajas. Vió como tal objeto excéntrico con diversos colores chillones aún palpitaba como un corazón, pero fue menguando, deteniéndose, hasta quedar inmóvil y sin vida. Observó la esfera de energía oscura que estaba en donde debería estar el vientre del demonio, era el alma de Ganondorf, contenida como un orbe.

Zelda volvió a bajar el semblante, aún recuperando el aliento de tanta sensaciones erráticas y violentas que sólo habían acrecentando su ansiedad y miedo. Finalmente, luego de unos instantes su corazón se fue calmando, aún de rodillas y mirando al suelo. Más sin embargo sus ojos se abrieron de manera exorbitante al oír algo que sólo hizo que su columna se tensaba del terror, un latido, fuerte... Otro latido, aún más intenso, y seguidamente latidos fuertes como los de un corazón, con rostro pálido y tembloroso miró al cadáver de Khyo... La Máscara estaba palpitando, enérgica y resucitada. Y Zelda soltó un exaltado respingo al oír unas carcajadas cínicas, de voz triple e inframundana típica de ese Demonio, mientras que su cuerpo volvía a regenerarse, reparándose su piel áspera negra y revistiendose su esqueleto, recuperando la vida y no sólo quedando intacto, sino fortalecido, más alto y fornido notandose sus huesos sobresaliendo de la piel. Khyo se levantó de nuevo, para la fatídica desgracia de Zelda. La luz ya no le afectaba. Seguía riendo como un desquiciado, a todo pulmón mientras que excéntrico se golpeaba el pecho con sus manos al punto de la euforia. Zelda estaba paralizada, de rodillas ante él.

—Acabas de cavar tu tumba y la de toda tu especie...—murmuró Khyo con su voz, la maldita voz... Con un tono de reproche sarcástico, y en ese momento Zelda comprendió, sólo con su voz, con su risotada, con su sarcasmo, que desde un inicio Khyo quería que lo trajeran al Templo. Zelda quedó en Shock, mientras oía las pesada zancadas que deba su oponente para acercarse a ella...


Entre los bosques, Link ahora se encontraba de nuevo en su pequeña casita, buscando desesperado sus armas, un arco de combate de acero largo, Carcaj de cien flechas de diferentes grosores, y sacó la espada de su padre, guardada en una funda gruesa de color azul rey con ostentosas decoraciones doradas. Su padre decía que esa funda pasó por su familia de generación en generación, siendo de un Héroe mítico. Leyendas a según, ahora Link comenzaba a sospechar que era propiedad de uno de los espíritus que ahora lo observaban intensamente mientras que se preparaba para el viaje.

Se colocó la funda en su espalda pasando la correa por su torso, colgó el Carcaj a un lado de su hombro junto con el arco, se puso una pequeña mochila donde guardó provisiones básicas, una brújula, una cantimplora, algunabengalas, cuchillos, bengalas, semillas Deku y una botella de alcohol. Ajustó el sayo de acero que llevaba sobre la túnica color crema, ajustó su cinturón y el porta navaja en su muslo. Se puso unas botas café montañeras, estando listo para partir, se dió media vuelta para quedar frente a sus cinco espíritus, quienes asintieron con gesto serio, pero de repente los espíritus soltaron un gruñido de dolor, cayeron sobre sus rodillas izquierdas mientras se tomaban el pecho, jadeantes.

—¿Que sucede...?—preguntó claramente extrañado Link observándolos con confusión.

—Zelda...—murmuraron casi inaudible mientras se alertaban.—Está en peligro... ¡Debemos llevarte con ella! ¡YA!—gritaron al unísono y todos dominados por el descontrol y el desespero.

¡Héroes! ¡Héroes! ¡¿Me oyen?!—exclamó la voz de Rauru, de nuevo por medio de comunicación telepática.—Por fin logró conectar con el mundo físico... No tengo mucha energía... ¡Detenganse! ¡No deben llevar al Héroe al Templo de la Espada! ¡Ahí está Khyo y la Princesa!—exclamó firmemente el Sabio dictando una dura orden, sin titubeos.

—¡NO NOS QUEDAREMOS DE BRAZOS CRUZADOS MIENTRAS QUE ZELDA CORRE PELIGRO CON ESE MALDITO!—espertaron con fiereza intimidante los espíritus mientras que se ponían de pie ante un estético Link que sólo observaba y oía la desconcertante escena. Los espíritus juntaron sus palmas, todos a la vez, y de las mismas comenzaron a formarse destellos esmeralda, un conjuro de transportación era lo que hacían.

—¡NO! ¡Es lo que Khyo quiere! ¡Es una trampa! ¡El quería que lo llevaran al Templo, los está provocando! ¡Quiere... NO, DETENGANSE!—exclamó desesperado el Sabio, pero sus ruegos salieron como entraron de los cinco pares de oídos, y sin prestar atención, terminaron el conjuro que comenzó a rodear a Link en una ráfaga de energía verde tal como las praderas hasta cubrirlo, y desaparecer lo totalmente de su hogar.


Zelda había dejado los miramientos, había enclaustrado sus temores y con capa y espada combatía arduamente ante el demonio, de sus manos se había formado dos largas estelas de energía celeste que usaba como armas blancas empuñandolas con gran habilidad y perfección, resucitando sus antiguas habilidades como guerrera que había abandonado años atrás. Mientras luchaba, su collar de Cristal brillaba intensamente.

Tenía miedo, claro que si, suficiente como para rendirse, pero no se permitió a si misma ese acto de cobardía. Había sido limitada consigo misma enfrentando a Khyo, pero ahora estaba totalmente desatada, reviviendo el verdadero significado de su nombre, salir de las garras de la muerte y luchar por la vida y por el bienestar de quienes amaba. Y estaba consciente que la única manera de cuidar a quienes añoraba era sobreviviendo a las garras de esa aberración, sólo esa idea azotaba su mente. Sobrevivir, sobrevivir, sólo eso.

Khyo daba tajos y estocadas con sus garras, de una técnica lerda y bruta a una totalmente elegante y efectivamente mortífera, empuñando sus garras y colmillos como armas blancas. Zelda no se quedaba atrás, y con sus "espadas" de magia, pero sólo se defendía, no contraatacaba, y esto la tenía en desventaja, aunque seguía ardua y firme en el combate. Las armas de ambos sonaban tal como acero chocando, esgrimistas peleando sin tregua. De vez en vez se ofendía con conjuros, ataques de larga distancia con magia, y múltiples recursos.

Repentinamente, Zelda formó en una de sus manos, desintegrando una de sus espadas de luz, una esfera y la lanzó contra Khyo, quien con un salto lateral la esquivó sin dificultad, pero cayó en la ingeniosa trampa de su enemiga, al pisar el lugar donde aterrizó después de saltar un sello dorado se formó alrededor de sus patas, y unos látigos de luz dorado se enredaron en todo su cuerpo antropomorfo, neutralizándolo mientras forzajeaba.

—¡AHH! ¡Moriran! ¡TODOS MORIRÁN!—gritó enardecido Khyo luchando por zafarse.

—No hagas esto... ¡Nada solucionaras! ¡Con quitar más vidas inocentes! ¿¡Qué ganarás!? Nada...—dijo frustrada Zelda, apelando al medio pacífico pese a las circunstancias.

—Eres tan estúpida... Tratando de solucionar todo por el medio cobarde, la paz... No, Zelda, no... Lo que ganaré será hacerte sufrir, a ti y a tu Héroe, si, y no matándolos, no no, eso sería piedad, voy a destruir cada cosa que han edificado, derramaré hasta la última gota de la sangre de quienes aman, y aplastaré cada ideal que los rigen, cada principio que los fundamenta, cada razón con los hace desear estar vivos... Y entonces disfrutaré ver como ustedes mismos se quitaran la vida por la desesperación. He iniciaré contigo, al Héroe, pues lo mejor para el final... Y ni aún así las Diosas ni sufrirán el calvario que he sufrido por milenios, porque ustedes son sólo el inicio de lo que vendrá—con con brutalidad y sin escrúpulos, la piedad era inexistente en tales palabras crudas.

—Sólo inténtalo, toca a quien sea que tenga sangre inocente en sus venas, y el calvario que sufriste no será nada comparado con lo que te haré...—amenazó frívola y despiadada la Princesa, la encarnación de Hylia era reconocida por su bondad y sabiduría, pero también por su fortaleza y determinación. El sólo pensar en ver sufrir a quienes amaba, le hacía hervir la sangre.

—Al fin hablamos el mismo idioma—dijó burlón el demonio con su típica voz triple mientras que con sus colmillos destrozaba los látigos. Pero no había acabado de liberarse cuando uno círculo rojo carmesí se formó a su alrededor, con caracteres Hylian en su interior, el demonio se quedó desconcertado reconocer ese hechizo. La mocosa era más poderosa de lo que aparentaba.

—Técnica sagrada... Gale Infarus Phyrus Din...—espetó Zelda, mientras que sus iris celestes se clavaban con fiereza contra su enemigo. Alzando las manos contra su enemigo, una gran llamarada comenzó a rodear al Khyo, un torbellino de fuego que literalmente comenzó a calcinarlo vivo. No se hizo esperar el estruendoso chillido de dolor de Khyo desde el interior del fuego, exclamando de dolor y agonía, mientras que Zelda estaba firme y inmóvil, manteniendo ese conjuro que consumía rápidamente todo su poder mágico.

Más sin embargo, cerca de esa escena un destello verde se comenzó a materializar hasta tomar la forma de un joven. Un confundido Link comenzó a mirar el lugar donde se encontraba, pero lo impactó ver la monumental llamarada en forma de remolino cerca del pedestal entre las majestuosas esculturas. Los ojos de Link casi se desorbitan de la impresión mientras que sacaba rápidamente su espada y observaba impactado tal demostración de poder.

Más sin embargo, le impactó más fue el ver a la autora de tal acto. La observó en pocos instantes, fracciones de segundos, lo suficiente para perder el aliento. La miró, quedando paralizado no sólo por su aspecto imponente y determinado, sino también su belleza, un aspecto digno de una Diosa, su rostro simétrico de preciosos labios y nariz pequeña, su cabello tal como el oro refinado, sus ojos como zafiros a la luz del sol, su cuerpo esculpido por la divinidad, su elegancia y casi supremacía robó toda sus facultades y sentidos, un estremecimiento que llegó a tuétano de sus huesos y a lo más profundo de su ser. Su corazón perdió un latido, mientras que una creciente emoción desconocida floreció en su pecho, el de ver a un ser amado, después de tanto tiempo. Sensación que lo dejó perplejo y aún más confundido. Todo fue tan rápido.

Pero lo que sentía sobrepasaba al tiempo y al espacio en el que se encontraban, tenía tantas sensaciones; una fascinación al verla regia y de fortaleza sin igual. Aun si no tuviera voz para decírselo, haría hasta lo imposible de describirle cada detalle que le encantaba de ella.

Poco a poco, la fuerza de conjuro fue menguando mostrando como Zelda se ponía pálida lentamente y sus párpados se entrecerraban de cansancio, el hechizo había consumido toda su energía. Las llamas fueron extinguiéndose, mostrando el suelo carbonizado en forma de círculo, y justo en el medio el cuerpo consumido de Khyo.

Pese a estar Khyo inmóvil, Zelda no se confió, pero no pudo hacer nada, cayó de rodillas, jadeante y exhausta sin poder frenar su corazón que intentaba mantenerla viva a ese ritmo y sus pulmones que se esforzaban por mantener su cuerpo con oxígeno. Sus ojos celestes seguían con mirada perdida, su cuerpo no parada de temblar. Hasta que sintió la presencia de alguien y con recelo miró hacia esa dirección, a unos cuatro metros, lo vió.

—Joven Héroe... —murmuró Zelda, sin procesar sus propios vocablos.

Y su desbocado y rebelde órgano cardíaco se frenó en seco, incluso doliéndole. Su mirada se perdió en los luceros azul mar del joven, tan intensos y profundos, su cabello dorado algo pálido en mechones desordenados y despeinados, su rostro fino pero atractivo y varonil, su semblante confuso pero que emanaba una nobleza y valor sin igual, ambos se observaban intensamente, el reencuentro de dos almas destinadas uno al otro y enlazados no sólo por sus designios sino por la unión de sus corazones.

Link comenzó a procesar lo que lo rodeaba, el violentamente repentino cambio que había sufrido todo en unas cuantas horas, aún perplejo y conmocionado por lo que acontecía y teniendo sospechas de que si todo era real o no. Para su desgracia, todo lo era.

Zelda se alertó al ver como el cuerpo de Khyo volvía alzarse, recuperándose. La Princesa retrocedió alertada, aunque extremadamente débil. Link se acercó rápidamente alzando su Espada y tomándola con ambas manos, para observar claramente a su oponente, el amo de la Frontera, Khyo.

Como todos los demás que habían tenido la desdicha de ver tal criatura, lo invadió un gran repudio y asco ante un aura tan putrefacta y siniestra, detalló el físico del demonio, patas gruesas y pesadas, alzándose erecto en dos patas, muslos fornidos, torso grueso marcándose las costillas en su piel, brazos musculosos y manos con ahora cinco dedos con garras del porte de una cuchilla, su cabeza era alargada y sus ojos blancos, carente de nariz, y su boca un crudo desgarro tétrico de donde sobresalían largos y filosos dientes. Su piel era gruesa y oscura, marchita y escamosa en la cual se marcaban los huesos sobresalientes del esqueleto de ese ser. Link quedó enmudecido y un gran corrientaso invadió su espalda. El joven rubio apretó con fuerza su espada.

Khyo se levantó al fin, ahora con una estatura de casi dos metros, y miró neutral a Link, por varios instantes con una mirada indescifrable, hasta que comenzó a sonreír hasta el punto de que su cavidad bucal se expandió tétrico e inhumano. El demonio le daba la espalda al pedestal de la Espada Maestra.

—El Héroe... Más de cuarenta milenios sin ver una de tus encarnaciones—murmuró Khyo cerrando los ojos y sin dejar de sonreír.

—Khyo—susurró Link, recordando que así lo llamaron sus espíritu. Miraba directamente al demonio quien estaba frente a él a tres metros. Sin explicar por qué, un pánico comenzó a inundar los sentidos del rubio. Miedo, era lo que sentía, dominándolo, al punto de que su espada temblaba, el mirar a ese ser oscuro le causaba terror, un terror incomprensible, un terror intenso preludio de desgracia y agonía.

—Ya siento tu miedo... Corre dentro de ti...—dijo complacido el demonio abriendo los ojos.

—No te tengo miedo.—espetó seguro y firme Link, decidiendo dejar de lado las meditaciones, acatando la situación y enfrentándola, comenzando a invadirlo la sensación de que esa presión y tensión que sentía, no era la primera vez que la experimentaba. Ya su Alma había enfrentado en el pasado numerosos villanos, y sólo se dejaba guiar por ese lado de él, que había vivido desde el inicio del mundo. Y vaya que era cierta su afirmación, no le tenía miedo a Khyo, pese a que su cuerpo dictaba lo contrario. Zelda lentamente se ponía de pie, observando con el Alma en los ojos al rubio mientras que hablaba con tanta firmeza.

—Nunca dije que me temieras a mí, se que no. Le temes a lo que soy capaz de hacer... a los sentimientos que demuestran lo débil que eres para no poder evitarlo... Conozco cada uno de ellos, cada debilidad de tus antepasados, cada uno de sus mayores miedos, tu cuerpo es otro, pero tu alma es la misma, y la destrozaré a mi antojo, y no es dañandote, es haciéndote ver el cómo daño a los demás—dijo con frialdad psicótica mientras que murmurando un conjuro, un círculo negro rodeó a Zelda, esta se alertó en intentó defenderse, pero no pudo.

Repentinamente la Princesa comenzó a sentir como sus extremidades se retorcían violentamente hacia la dirección contraria a la de flexión, amenazando con fracturar cada hueso del cuerpo de Zelda.

Con un inmenso dolor, Zelda comenzó a gritar a todo pulmón, mientras que su cuerpo levitaba y sus extremidades se retorcían dolorosamente y con sadismo.

Al ver eso, una corriente comenzó a invadir el cuerpo de Link, un sentimiento de odio hacia las palabras y la voz triple de ese ser, un desagrado y deseos de despedazar con sus propias manos a esa aberración que ahora se atrevía a dañar sin honor ni piedad a la Princesa. Sin comprender el por qué, una gran avalancha de deseos violentos y salvajes dominó al rubio, al ver sufrir y oír gritar a la dama, una parte de sí se quebraba por completo al oír el desesperado dolor y gemidos de agonía de la joven, su razón no tuvo que ver, un instinto salvaje y asesino lo controló alzando su espada y corriendo directo al demonio dispuesto a acabar con tal ser que causaba un despiadado daño a la joven con su magia oscura.

Khyo reía mientras veía como el chico iba directo a atacarlo, el demonio sólo se limitaba a esquivarlo, mientras disfrutaba de la "sinfonía" de gritos que daba Zelda, de dolor y sufrimiento mientras que corrían lágrimas por sus mejillas.

—¡DETENTE!—exclamó a todo pulmón Link con la furia a toda su magnitud al ver como ese ser torturaba con tan inhumanidad a la joven.

El rubio daba estocadas, tajos diagonales y verticales directo a la cabeza del demonio, pero este sólo reía aún más al evitar los ataques de Link. Hasta que esto sólo hizo sacar de quicio al joven, asestándole por fin un corte en el pecho al demonio, más sin embargo el daño se reparó casi instantáneamente, y aprovechando Khyo dió un tajo directo al cuello de Link con sus garras, ataque que el rubio detuvo sin dificultad con su espada, sin embargo Khyo dió otro tajo con sus garras y de nuevo Link lo bloqueó con la hoja de su arma, masa sin embargo la espada de Link se quebró contra las garras de Khyo, se partió en dos, siendo algo sin dudas inédito, la espada era de excelente calidad y aún así se quebró como si fuera de madera. Link quedó atónito, al ver la Espada de su Padre partirse, uno de los pocos recuerdos que le quedaba de su progenitor.

Y tomándolo del cuello, Khyo comenzó a estrangularlo a Link con una mano, alzándolo del suelo mientras que el guerrero gruñía enfurecido, pateaba a Khyo, trataba de zafarse pero no podía. Los gritos y los llantos de Zelda sólo hacían que la furia del joven subiera a límites inimaginables.

—Debería darte vergüenza portar ese símbolo en tu mano...—Dijo con burla Khyo, disfrutando de ver el gesto de odio de Link. Verlo a el con rabia, y oír el sufrimiento de Zelda, vaya que era un éxtasis para el demonio.

Soltó a Link, cuando este ya estaba a punto de axfisiarse y sus miembros ya no le quedaban fuerzas para luchar, y apenas tocó el suelo el demonio dió una brutal patada en el vientre de Link, sacándolo impulsado y rodando por el suelo un trío de metros, quedando tendido a un lado de donde Zelda levitaba y era contorsionada por el conjuro oscuro.

La... La Espa-da... Sólo... Sólo eso...lo derrotará...—dijo en un susurro Zelda, vía telepática con Link. Este comenzó a incorporarse y se sorprendió ante la extraña sensación de que le hablaran dentro de su mente. Veía horrorizado como Zelda sufría, pero escuchó con atención lo que la Princesa le dijo. La Espada Maestra, sólo esa arma podía erradicar el mal, y por ende herir a Khyo.

Link comenzó a levantarse, claramente dolido pero sin ápice de rendición. Sacó su arco al no tener ya espada, y sólo pensaba en cómo llegar hasta la Espada Maestra que estaba detrás de Khyo y este le obstaculizaba el camino. Link sólo pensaba en detener esa sádica tortura que sufría Zelda, si seguía así sus huesos quedarían hecho polvo, el rubio meditó en que si se quebraba un hueso vital, como vértebras o costillas, podría morir.

Link miró de nuevo a los ojos de Zelda, sin comprender por que, expresando fascinación, miedo, y preocupación por ella, incontenible, miró de nuevo a su enemigo que lo miraba a cierta distancia, con porte soberbio. Link pensaba, trataba de hacerlo, pero la presión y la rabia no le permitía usar la razón y la lógica.

Finalmente el Héroe comenzó a correr contra Khyo, a la vez que el demonio. Ambos corrían a la dirección de otro buscando la confrontación, el joven, sacando con rapidez una flecha la puso en el arco, lo tensó y a metros de un metro de distancia de impactar con el demonio que le sacaba bastante altura.

Khyo se tragó literalmente la flecha, burlándose del rubio, y cuando quedaron frente a frente el demonio dió un tajo vertical de arriba a abajo para cortar a la mitad a Link, pero este dió un salto lateral, y sonrió triunfante al ver que su enemigo cayó en su trampa: Khyo, al no haber tocado a Link y con el impulso de la estocada se le clavaron las garras en el suelo, atorándose.

Y sin desperdiciar esa oportunidad de oro Link se subió por el brazo de Khyo trepándose en su espalda, y con rapidez sacó la navaja que tenía en su muslo, la giró entre sus dedos y la clavó contra el cuello de Khyo, quien soltó un estruendoso gruñido, maldiciendo, a un tono tan extremo que los vitales de la sala se quebraron ante el agudo chillido. Y para el alivio de Link, el sello alrededor de Zelda se desintegró al unísono de que le clavó el arma a Khyo. No esperaba que eso resultará así pero para su alivio momentáneo Zelda cayó al suelo, gimiendo de dolor pero con vida. Khyo tomó a Link de su espalda, ahorcándolo de nuevo, y con violencia y fuerza bruta lanzó al joven contra la estatua que estaba cerca del pedestal, la estatua del Héroe. Link chocó contra él, quebrando la escultura con el impacto, y cayó al suelo notablemente herido y quejándose de dolor, por fortuna ningún fragmento de la estatua le cayó encima.

La... Espada...—dijo claramente débil la Princesa a Link en la vía telepática. Susurrando casi insconciente.

Link intentó levantarse, solo por oír esa voz que causaba que sus sentidos se nublaran, y se dió cuenta que tenía el hombro derecho dislocado totalmente por el monumental golpe que recibió. Estaba a los pies del pedestal de la Espada, tendido en el suelo boca abajo, y Khyo al otro extremo, y entre los dos estaba la Espada Maestra.

Link se puso de rodillas, apoyando la mano derecha contra el suelo mostrando un gesto de dolor, apoyó todo su peso contra el brazo en un movimiento brusco, reacomodando su hombro de la manera rudimentaria y más dolorosa pero rápida. Link soltó un grito cuando su hombro tronó al reajustarse en su legítimo lugar. Pese al dolor, recuperó la movilidad del brazo en unos instantes. Miró a Khyo, a sus ojos blancos carentes de pupila, y luego observó la Espada Maestra, al observarla sintió una embargadores sensación de emoción, deseos de tocarla y alzarla. Le infundía un gran respeto, pero a la vez sentía que era suya desde siempre, sensación no lejos de la realidad. Khyo comprendió la intensiones del chico, intentaría sacar la Espada del pedestal.

Khyo ensanchó su boca y soltó un furioso graznido bestial mientras que alzaba sus fauces, listo para despedazar a Link si tocaba esa Espada. Y cuando estaba listo para ir contra el muchacho, una barrera de magia dorada de formó al rededor del demonio, encerrándolo en una especie de prisión de energía, y ambos oponentes, Link y Khyo miraron a la autora, desde el suelo, y notablemente exhauta y dolorida, estaba Zelda alzando una mano y manteniendo al demonio atrapado para darle tiempo al rubio.

Khyo comenzó desesperado a dar estocadas con sus garras y colmillos a la barrera, queriendo liberarse, pero Zelda ponía todo su esfuerzo o mantenerlo atrapado el tiempo suficiente. Link no desperdició esa oportunidad y levantándose fue corriendo a por la Espada. Cada paso que daba hacia esa arma sagrada sentía una extraña energía recorrerlo, y cada paso que daba causaba que Khyo se volviera más errático, desesperado por salir y atacar a Link.

Por fin el joven tomó la empuñadura púrpura del arma, con ambas manos pálidas por la tensión, sus mirada se intensificó al sentir una poderosa carga de energía recorrerlo, fuerte y que lo hacia sentir vivo, enérgico, el símbolo de su mano brilló con intensidad al igual que la Espada. Un torbellino tenue comenzó a rodear el pedestal mientras que Link hacia acopio de fuerzas para sacar la arma de suelo, siendo sólo él el merecedor de empuñarla. Finalmente la sacó, una Espada de más de un metro de largo de doble filo, con una hoja exquisita de acero tan brillante como el oro blanco con un resplandor similar al del sol, forjada por los Dioses de la creación, los primero feudales de lo que se conoce como Hyrule. Era pesada, bastante, al punto de que Link se le dificultó levantarla en un primer momento, pero su balance y prolijidad eran más que perfectos. Se notaba a leguas que tal arma jamás y nunca fue hecha por manos humanas, sino que forjada por las esencias divinas.

Y apenas logró sacar la Espada, Khyo destrozó la barrera mágica de Zelda, y soltando otro gruñido comenzó a correr contra a Link como cuadrúpedo.

Todo fue como si el tiempo se detuviera para Link, observando como esa aberración iba contra él con las claras intensiones de mutilarlo. En un movimiento experimentando, Link empuñó su arma apuntándola a Khyo. Este último dio un salto directo a embestir a Link como su presa, pero el rubio dió una majestuosa demostración de sus habilidades, y de una estocada precisa, clavó la Espada Maestra en el pecho de Khyo atravesándolo por completo.

—¡NOOO!—exclamó la voz de Rauru irrumpiendo el Templo al ver el fatídico error que cometió Link.

Silencio, eso fue lo que hubo en su totalidad. Silencio.

Como si el tiempo se detuviera. Absoluta pausa.

Khyo comenzó a reir bajo, casi inaudible, pero fue intensificándose, con un aire psicótico, enfermizo mientras que de su pecho comenzaba a emanar energía oscura que se amalgamaba con la Espada Maestra, contaminándola y marchitando su luz sagrada. Khyo reía desquiciado, sin control, complacidos de que sus Nemesis cayeran perfectamente en su trampa. Todo, todo había sido premeditado. Khyo sólo se dedicaba a reírse sin escrúpulos, extasiado y jubiloso con descaro y maldad.

Zelda y Link, pálidos, observaban absolutamente perplejos al demonio, no pidiendo creer que no le afectara la luz de la Espada. Ahora, su miedo y la desesperanza creció en segundos. Pánico era lo que corría por sus mentes.

Hasta que Khyo tomó con sus garras la hoja de la Espada Maestra y jalandola se la sacó del pecho y dio un brutal golpe a Link con el codo que lo hizo retroceder. Link rodó por el suelo hacia atrás, cayendo tendido. Observó la Espada Maestra, la llevaba en la mano, pero una energía oscura invadía el arma, eclipsando su luz y resplandor, consumiéndola. En menos de un segundo la Espada Maestra estaba totalmente contaminada, pero repentinamente una energía oscura salió de la Espada, rojiza y negra, sombría y siniestra, increíblemente poderosa. La energía salió totalmente del arma levitando, una nube sombría que comenzó a acercarse a Khyo.

Al salir esa oscuridad, la Espada Maestra recuperó su resplandor, expulsando la energía oscura.

La nube se acercó a Khyo, conteniendo destellos carmesí, magia negra. Tal energía provino del interior de la Espada Maestra, era el Alma del Heraldo de la muerte, los restos del poder del ser causante de la oscuridad en la Era del Cielo, que fue derrotado por el primer Héroe elegido.

Tal como con el Alma de Ganon, Khyo abrió su boca complacido, absorbiendo en ella toda esa oscuridad, entrando dentro de sí, acoplándose en él. La aberración comenzó a gritar de dolor mientras que de nuevo su cuerpo sufría otra metamorfosis, sus hombros de ensancharon y de ellos sobresalieron picos, su cuello tomó mayor grosor, su tamaño aumentó al igual que su musculatura, sus garras tomaron un tono rojizo carmesí en degradé. Pero lo más impactante, es que su brazo derecho comenzó a alargarse más que el otro, y comenzó a tomar la forma de una Espada negra de hoja gruesa con picos sobresaliendo, emanando un aura oscura totalmente contraria al de la Espada Maestra. Su proporción era superior al de su contraparte, siendo grotesca y más pesada y a diferencia de esta, tenía grabado la Trifuerza en su hoja, pero al revés.

Era la Espada Maestra oscura, legítima arma del Heraldo de la Muerte, nuevo huésped del cuerpo de Khyo. Literalmente, la Espada era una extensión de su brazo. Pero lo que terminó por acabar hasta la última gota de razón de la mente de Link y Zelda, fue ver que en su mano izquierda, la contraria a a de la Espada, resplandecía en dorado un triángulo, el símbolo de la Trifuerza brillando sólo el triángulo superior, la del poder. Pero la Trifuerza se volvió carmesí en la mano del demonio, y una serie de venas rojizas se marcaron en todo su cuerpo. Esa era su nueva forma. Era el portador de la Trifuerza del poder.

Khyo se alzó soberbio, sonriendo sardónico, disfrutando del gesto descolocado de sus oponentes.

—Deberías odiar a tus Diosas, por haberte dado una vida que acabará en mis manos, una muerte lenta, y que descubrirás los ocultos significados del dolor, del sufrimiento, de la agonía. Esperaba a un digno oponente, pero eres una humillación para el legado de los Héroes. Aún así, llevas esa maldita sangre en tus venas, Farore, en ese saco asqueroso que llamas carne, y la derramaré, gota por gota hasta que tú alma se extinga. Pero antes, verás sufrir a quienes amas, verás como los aplasto, como clamarán tu nombre y no podrás hacer más que oírlos junto conmigo mientras que mueren. Reviviré tus peores miedos... Los miedos que por tanto tiempo atormentaron a tus antepasados, Te lo juro...—declaró abiertamente Khyo, observando cómo sus palabras herían a su enemigo. Link seguía arrodillado, sin moverse, sólo oyendo las gruesas palabras de esa voz que era la nueva autora de sus odios. Su mandíbula se tensó, humillado y débil.

Khyo dió un paso ante Link, alzando su Espada, Zelda oía y veía todo, sin poder moverse, estando sus miembros heridos, sólo limitándose a ver esa espantosa escena y eso le causaba una impotencia que la consumía viva.

Pero antes de que Khyo se acercara más a Link, un destello dorado apareció entre ellos, tomando forma humana, de un hombre corpulento, alto, vestido de una túnica cuerpo completo de largas mangas, su aspecto era como oro brillante, como una estatua de bello metal dorado con vida. En su pecho caía una espesa barba. Era el sabio Rauru, interviniendo en la confrontación. En su mano, apareció una Espada larga, de hoja fina y bastante larga, resplandeciente aunque no tan majestuosa como la Espada Maestra. Su empuñadura era ondulada y fina, y en medio de él iba incrustado un majestuoso diamante de resplandor blanco.

—¿En serio vas a enfrentarme, Rauru? ¿No el trabajo sucio es para estos dos inútiles?—dijo conteniendo la risa Khyo, observando al intruso, Rauru, quien estaba defendiendo a Link. Obviamente, el Sabio no era oponente para él. Khyo sólo le divertía la estupidez del Sabio al intentar enfrentarlo.—Parece que tus Héroes no oyeron tu advertencia... No vieron lo obvio, no vieron en la trampa que cayeron. Te daré el premio de consolación, prometo darte una muerte rápida una vez acabe todo esto. Pero por ahora, debo prepararme. Patético, sobreviven por mi lástima.—dijo burlón el demonio, retrocediendo, alejándose y mirando de nuevo a Zelda. Iris blancos con iris azules, se enfocaron con intensidad.

—Caerás...—murmuró débil pero tajante Zelda, mientras que reuniendo todas sus fuerzas y pese al dolor de sus huesos, se sentó en el suelo, alzando la mirada fría hacia el demonio, el nuevo objetivo de su odio, repudio, desprecio.

—Demuestralo. Por ahora, recuerda mi promesa: Iniciaré contigo. Y disfrutaras en primera fila junto a tu Héroe del Génesis de la Extinción de todo lo que conoces.—respondió, para que un destello negro lo rodeara, y su figura se desintegrara, transportándose fuera de ahí.

Rauru soltó la respiración, Link y Zelda jadeaban, con sus corazones al borde del infarto. Todos se quedaron inmóviles, por bastante tiempo.

Por fin el Sabio se acercó a Zelda, en apresurados pasos, y juntando sus manos la miró.

Castit Puriek—murmuró Rauru, y una energía blanca comenzó a rodear a Zelda, sanándola en pocos instantes de su lesión. Pudo levantarse con cierta dificultad, ya no estaba lesionada, pero continuaba adolorida. Una vez terminado, el Sabio fue por Link, y sanó las heridas ligeras que tenía, un sangrado interno por los golpes que recibió. Una vez finalizado su labor, los espíritus de Zelda y Link aparecieron junto a sus protegidos.

—Lerdos...—dijo en un tono bajo pero cargado de enojo y molestia, el Sabio alzó la mirada observando fijamente a los espíritus. Estos ni se inmutaron.

—¿A quien le habla...?—preguntó Zelda prácticamente para sí misma.

—Con los espíritus de los Héroes, los que lucharon a nuestro lado en nuestras Eras. No podemos verlos, ni tu ni nosotras. Al igual que el joven Héroe y sus espíritus no puede vernos ni oírnos a nosotras.—explicaron en voz baja las Espíritus, con un claro dejó de melancolía y tristeza.

—¿Por qué...?—Pero la pregunta de Zelda fue interrumpida por una exclamación del Sabio de la luz.

—¡Les advertí! ¡Les dije que no trajeran al Héroe aquí! ¡Prácticamente lo dejaron al borde de la muerte al traerlo ante un enemigo que jamás podría derrotar, no en su estado actual! ¡¿En qué estaba pensando!?—exclamó enardecido el Sabio.

—Zelda... La encarnación de Hylia estaba en peligro—refutaron los Espíritus, avergonzados, y bajando sus semblantes, al unísono, sabiendo que eso, dentro de todo, no era una escusa para el error que cometieron. Se dejaron llevar por sus emociones.

—¡Todo ser vivo está en riesgo con ese Demonio en nuestro mundo! Comprendo el por qué... Pero lo que hicieron es el colmo de la estupidez, estuvieron a punto de extinguir la última esperanza que nos queda por un acto de imprudencia. Arriesgaron el equilibrio del mundo espiritual al intervenir en el físico, y además cayeron en la trampa de Khyo... ¡Todo esto, lo que pasó, tener a sus enemigos en el templo y que sacaran la Espada Maestra, él lo planeó!—estocó Rauru, sin piedad.

—Con todo respeto...—dijo Link interviniendo en la acalorada discusión, o más bien represión. Aunque el chico no salía del asombro de ver al sabio, en un estado bastante antinatural y majestuoso, no perdió el aplomo y la seguridad al hablar. Aun habia rastros de enojo, claro enojo. Su orgullo como guerrero había sido aplastado.—No ganamos nada buscando la culpa. Todos cometemos errores, por muy experimentados que seamos o no—dijo Link con cordialidad pero firmeza, defendiendo a sus espíritus, mientras daba vueltas a las palabras de Khyo. Palabras que lo llenaban de un terrible presentimiento y miedo.

"Verás sufrir a quienes amas, verás como los aplasto, como clamarán tu nombre y no podrás hacer más que oírlos junto conmigo mientras que mueren. Reviviré tus peores miedos... Los miedos que por tanto tiempo atormentaron a tus antepasados."

—No necesitamos buscar culpables, sino soluciones—agregaron Zelda y sus espíritus, al unísono, para la impresión de la joven. Las Espíritus también defendieron con intensidad a sus amados, a pesar de no poder verlos ni oírlos, sabían que habían hecho eso por el incontrolable amor que tenían.

Rauru volvió a suspirar, pesado y notablemente encolerizado.

—No comprenden... Khyo no podía entrar por si mismo cuenta al Templo, no tenía cómo. Y mucho menos podía sacar la Espada Maestra de su pedestal. Él nos usó como piezas de juego en su tablero. Sabía que si atacaba a la Princesa ella lo traería acá para intentar exterminarlo con el sello del Templo, y sabía que si amenazaba de matarla atraería al Héroe. Él quería que sacaran la Espada Maestra, sólo eso, para poder extraer la oscuridad del Heraldo del interior de la Espada. Ahora tiene en su poder las Almas de Ganon, de Majora, y del Heraldo de la Muerte, y por ende es el merecedor de portar la Trifuerza del poder...—dijo perplejo y aturdido el Sabio, llevando una mano a su rostro, demostrando desesperación y estrés. El ambiente se sumió de nuevo en un pesado silencio asfixiante.

—Podremos derrotarlo. No hay que perder la esperanza.—aseguraron los Espíritus de Link.

—¿Y cómo venceremos a un ser como Khyo?—preguntó Zelda, ansiosa, presa de la tensión. De reojo miró a Link, quien al devolverle la mirada, la joven bajó el semblante inmediatamente.

—Temo que actualmente no tenemos forma de detenerlo... Llevamos demasiada desventaja. Es como Khyo dijo, esto no será una guerra, sino una masacre. La única forma en la que podamos hacerle frente es invocando de nuevo a los demás Sabios, reunirlos—aseguró Rauru con frialdad y seriedad. Tales palabras sorprendieron a los Espíritus, a todos. Menos a Link y a Zelda, quienes eran externos a ese tema.

Los espíritus sabían que los siete Sabios sólo eran convocados cuando la situación era crítica, y ya no quedaban más esperanzas en el horizonte. Era el último recurso que quedaba. Y sólo una vez los Sabios fueron reunidos, para la ejecución de Ganondorf en la Era del Crepúsculo. Ahora, se debía invocar a los descendientes de esos elegidos por las Diosas como años de las esencias naturales.

—Debemos iniciar cuanto antes, cada segundo que pasa Khyo se fortalece y encontrará la forma de aumentar su poder—agregaron las Espíritus de Zelda.

—No es tan simple...—murmuró Rauru cerrando los ojos.—Temo decir que la Espada Maestra no tiene el poder suficiente para enfrentar a Khyo, no en su estado actual. Hay que llevar a la Espada a su estado de Hegemonía, un estado superior—declaró Rauru, para la desgracia de todos. Absolutamente todos los presentes quedaron boquiabiertos. Y era cierto, La Espada Maestra había atravesado el "corazón" de Khyo, y este no demostró ni el más mínimo ápice de dolor. Se había adaptado a la luz, y la Espada Maestra no surtía ningún efecto en su alma oscura.

—Eso... Eso es imposible... La Espada Maestra es la llave suprema para sellar el mal. La bendición de Hylia lo llevó al cúspide de su poder—interfirió el Espíritu de la Era del Cielo, el primera encarnación del Héroe.

—Por supuesto que es imposible. La Espada Maestra es la demostración de la magnificencia sagrada. Ningún ser oscuro debería sobrevivir a su destello. Debe haber otra explicación lógica —espetó el Espíritu Stalfo, Héroe de la Sombra, con su voz áspera, fantasmagórica.

—Acaban de ver como un ser maldito y retorcido proveniente de un mundo que considerábamos inexistente entró a este Templo sagrado, tuvo la perspicacia e inteligencia para manipularnos, prácticamente asesinó a la Guardiana del Tiempo siendo una de las hechiceras más poderosas de nuestro mundo, resistió ante la luz de la Espada Maestra, btuvo las almas de los villanos más poderosos del pasado y restituyó el poder del Heraldo de la Muerte. Creo que deben redefinir el significado de la palabra "imposible"—dijo con sequedad el Sabio, dejando en un claro touché a los Espíritus que lo contradijeron.

—Por qué... ¿Por qué él quiere todo esto? ¿Por qué nos eligieron a nosotros? No somos nada ante él, todo fue un juego al enfrentarnos, y sabía lo que haríamos, estamos vivos porque le dio lástima quitarnos la vida...—dijo Link en un tono indescifrable, calmado pero notablemente consternado, Zelda lo miró, pero el rubio tenía el temblando gacho.

—Porque tú, Link, tú y la Princesa, ustedes y sólo ustedes son el último rayo de esperanza de este mundo, sólo ustedes tienen lo necesario para llegar a enfrentar a quien amenaza la luz. Las Diosas no dan a cualquiera el designio que recibieron. Tienen la pureza de corazón de no sólo erradicar la oscuridad, sino de llevar al pueblo que aman a una era de prosperidad. El nacimiento de ustedes para muchos significó el anuncio de las desgracias que hoy enfrentamos, pero en realidad, ustedes son quienes aliviaran tales sufrimientos y que traerán una época dorada de paz.—declaró sincero Rauru, acercándose a Link y posando una mano en su hombro para reconfortarlo. El rubio sintió un gran alivio al oír esas palabras, alzando atónito su mirada, y asintiendo al Sabio.

Y en ese momento su mirada se posó en Zelda, se miraron frente a frente, y se acercaron lentamente, mirándose con un sentimiento desconocido.

—Princesa Zelda—saludó Link, con respeto, parándose firme ante la Monarca, quien se sintió incómoda al oír cómo el rubio lo llamaba por su título. Ya estaba acostumbrada a oír de muchísimas personas llamarla de tal manera, pero por una extraña razón se sintió incómoda al oírlo de ese joven. Con respeto y dejando de lado sus pensamientos, la Princesa asintió con respeto.

—Sir... Link—dijo pausado Zelda, recordando que así lo llamó el Sabio. Ese era su nombre. Nombre que por una extraña razón, se le hacía muy conocido, la sensación de ya haberlo oído. Y más al detallar el rostro de Link, sus facciones, sus rasgos, ya los había visto en alguna parte...

Y del mismo modo, Link sintió una desbordante incomodidad cuando fue llamado por tal título, pero no reclamó, obviamente. Sólo se limitó a asentir también. Pero ni ellos mismos se daban cuenta de que se estaban observando uno al otro con más fijación de lo necesario.

Y al mismo tiempo se dieron cuenta de que aún se observaban y con un leve rubor en ambos rostros desviaron la mirada. Rauru retomó la palabra:

—Debemos ubicar cuanto antes los descendientes de los Antiguos Sabios, con el poder de todos la Espada Maestra se fortalecerá. Conmigo como Sabio de la luz solo restarían cinco Sabios, Bosque, Fuego, Agua, Espíritu y Sombra. Cada uno tiene características específicas provienen de las antiguas grandes tribus, Kokiri, Goron, Zora, Gerudo...—

—...Sheikah...—Zelda terminó de complementar las palabras del Sabio, consternada, mientras que observaba todas las estatuas que los rodeaban. La estatua del Héroe, y además las otras siete estatuas, una era de una joven muy similar a ella, era la líder de los Sabios y la encarnación de Hylia, pero las otras estatuas eran también muy importantes y Zelda las detalló una a una. La primera era la de una jovencita de baja estatura y cabello corto y llevaba en sus manos un arco majestuoso, la segunda era la de un caudal Goron, fornido y musculoso con su cuerpo de piedra, y en su hombro llevaba un enorme martillo, la tercera era la de una esbelta dama Zora, de figura exuberante y llamativa, y empuñando en sus manos una larga lanza de dos filos. La cuarta era de una mujer de porte firme, casi militar, intimidante y poderosa, con una gema en su frente y vestiduras holgadas como las mujeres del desierto, alzando una inmensa guadaña bastante peculiar. Pero la última, era la que más llamó la atención de Zelda. Era una mujer alta yxde físico musculoso demostración de ser guerrera, porte frío y autoritario, llevaba las prendas tradicionales de los Sheikah, y en su espalda llevaba una inmensa Dadao, una daga gigante de casi su mismo tamaño. Zelda abrió los ojos desmesuradamente al detallar esa escultura. Era una Sheikah y pese a no ser idéntica se parecía demasiado a Impa, más de lo que Zelda quería admitir. Esas estatuas eran de los Sabios del pasado.

—Si-si Khyo supo todo esto... Sabrá que iremos en busca los Sabios... Sabrá que los necesitamos si queremos tener oportunidad ante él—dijo terriblemente pálida Zelda uniendo las piezas en su mente, y formando una teoría que deseaba con todas sus fuerzas que fuera incorrecta.

—Y buscará la manera de detenernos...—completó Link, observando a Zelda deductivo.

—Khyo dijo que "Iniciaría conmigo", en hacerme sufrir, no hiriéndome, sino hiriendo a mis amados... No... No... Puede ser—dijo Zelda llevándose las manos a las sienes por el pánico.

—Siento la presencia de Khyo. ¡Está a las afueras del Castillo, cerca del territorio Sheikah!—anunció Rauru también en tensión. Al oír esas palabras el mundo de Zelda se vino abajo. Impa era la descendiente de la Sabia de las Sombras.

—¡Khyo irá por Impa!—gritó descontrolada Zelda, su alma se vino abajo con su mundo, el terror y el horror la invadieron con una mortifera preocupación y desespero temiendo el siquiera imaginar perder a la que era como su segunda Madre...