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—Él es tan asesino a sueldo como yo una maldita virgen. Ha sido toda su vida drogadicto.

—El idiota ha estado chupándome las medias pidiéndome que lo conecte con Felix. Yo le dije: «Mira, paisano, yo soy sólo un soldado ¿no lo sabes? Si Felix necesita otro pistolero no tiene que ir a buscarlo a ningún callejón de mierda».

—Estaba tratando de jugar contigo, Sal.

—Bueno, le tomé bien el tiempo. El tipo no está relacionado y en este negocio si no estás relacionado no eres nada.

Estaban hablando en la cocina de una vieja granja holandesa de trescientos años n el norte de Nueva Jersey.

Eran tres en el cuarto: Alec Vito, James Colella y Laurent «Pequeña Flor» Fiore.

Alec Vito era un hombre con aspecto de cadáver, con finos labios casi invisibles, y profundos ojos verdes que parecían muertos. Usaba zapatos de doscientos dólares y medias blancas.

James «Gran Joe» Colella era un hombre enorme, un granito monolítico y al caminar parecía como un edificio en movimiento. Alguien lo había llamado una vez una huerta. «Colella tiene nariz de papa, orejas de coliflor y cerebro de guisante».

Colella tenía una voz tranquila y aguda y modales engañosamente amables. Era dueño de un caballo de carrera y poseía una extraña virtud para elegir ganadores. Era un hombre de familia con mujer y seis hijos. Sus especialidades eran los revólveres, el ácido y las cadenas. La mujer de Joe, Victoria, era una católica estricta y los domingos, cuando Colella no trabajaba siempre llevaba a su familia a la iglesia.

El tercer hombre, Laurent Fiore, era casi un enanito. Medía un metro cincuenta y seis y pesaba cincuenta y dos kilos. Su cara tenía la inocencia de un monaguillo y era igualmente bueno con el cuchillo o el revólver. Las mujeres se sentían atraídas por el hombrecito y se jactaba de tener una esposa, media docena de amiguitas y una hermosa amante. Fiore había sido jockey trabajando en las pistas de Pimlico a Tijuana. Cuando el comisario de las carreras en Hollywood Park suspendió a Fiore por dopar a un caballo, su cadáver fue encontrado unas semanas más tarde flotando en el lago Tahoe.

Los tres hombres eran soldati de la Familia de Aro Vulturi, pero era Felix Moretti el que los había llevado y le pertenecían en cuerpo y alma.

Se estaba llevando a cabo una reunión de la Familia en el comedor. En la cabecera de la mesa estaba Aro Vulturi, el capo de la más poderosa Familia de la Mafia de la costa este. De setenta y dos años, era todavía un hombre de aspecto imponente, con los hombros y el pecho fuertes de un trabajador, y con un largo pelo blanco. Había nacido en Palermo, Sicilia, llegó a los Estados Unidos cuando tenía quince años y comenzó a trabajar en la zona de los muelles en el lado oeste del bajo Manhattan. A los veintiún años era el lugarteniente del jefe del muelle. Los dos hombres tuvieron una discusión y cuando el jefe desapareció misteriosamente, Aro Vulturi tenía todo el poder. Cualquiera que quisiera trabajar en los muelles tenía que pagarle a él. Empleó ese dinero para ascender al poder y se expandió rápidamente ramificándose en la usura, en el fraude organizado, prostitución y juego, drogas y asesinatos. A través del tiempo fue acusado treinta y dos veces y sólo condenado una vez por un cargo menor por asalto. Vulturi era un hombre cruel con la genuina astucia de los campesinos y totalmente amoral.

A la izquierda de Vulturi estaba sentado Thomas Colfax, el consigliere de la Familia. Veinticinco años antes, Colfax tuvo un brillante futuro como abogado de sociedades anónimas, pero defendió una pequeña compañía aceitera que cayó bajo el control de la Mafia y, paso a paso, se dejó seducir y manejó otros casos para la Mafia hasta que finalmente al cabo de los años la Familia Vulturi se convirtió en su único cliente. Era un cliente que daba muchas ganancias y Thomas Colfax se convirtió en un hombre muy rico con enormes propiedades y cuentas de Banco en todo el mundo.

A la derecha de Aro Vulturi estaba sentado Felix Moretti, su yerno. Felix era ambicioso, una cualidad que ponía nervioso a Vulturi. Felix no encajaba dentro de los moldes de la Familia. Su padre, Giovanni, un primo lejano de Aro Vulturi, no había nacido en Sicilia sino en Florencia. Solamente eso convertía a la familia Moretti en sospechosa, todos saben que no se debe confiar en los florentinos.

Giovanni Moretti llegó a Estados Unidos, abrió una zapatería, y se desempeñó con honestidad, no teniendo ni siquiera un cuarto en el fondo para juegos, usura o prostitución. Esto lo convirtió en un estúpido. Felix, el hijo de Giovanni, era totalmente diferente. Estudió en Yale y en la Facultad Wharton de Economía. Cuando Felix terminó sus estudios acudió a su padre con un solo pedido: quería conectarse con su pariente lejano Aro Vulturi.

El viejo zapatero fue a ver a su primo y arregló la entrevista. Vulturi estaba seguro de que Felix le iba a pedir un préstamo para abrir algún negocio, quizás una zapatería como el tonto de su padre. Pero la entrevista fue toda una sorpresa.

—Sé como puedo hacerlo rico —había empezado a decir Felix.

Aro Vulturi había mirado al joven descarado con una sonrisa de tolerancia.

—Yo soy rico.

—No. Usted cree que es rico.

La sonrisa murió en sus labios.

—¿De qué diablos estás hablando, muchacho?

Y Felix Moretti se lo dijo.

Al principio, Aro Vulturi se comportó con cautela, verificando cada parte de los consejos de Felix. Todo tuvo un éxito brillante. En donde antes la familia Vulturi había estado involucrada en provechosas actividades ilegales, bajo la supervisión de Felix Moretti, éstas proliferaron. En cinco años la Familia estuvo en docenas de negocios legales, que incluían comida envasada, artículos de lencería, restaurantes, compañías de camiones y farmacias. Felix encontró compañías en quiebra que necesitaban financiación, en las que la Familia entraba como socio minoritario y gradualmente se adueñaba de todo, sacando todos los fondos que tuvieran. Antiguas compañías de intachable reputación repentinamente se encontraban en bancarrota. A los negocios que daban una ganancia satisfactoria, Felix no los descuidaba y aumentaba las ganancias enormemente, porque los trabajadores en esos negocios eran controlados por sus gremios, y la compañía tomaba los seguros a través d una compañía de seguros de la Familia y compraba sus automóviles a una de las empresas de la Familia. Felix creó un gigante simbólico, una serie de negocios a través de los cuales el consumidor era constantemente explotado y el producto iba a parar a la Familia.

A pesar de su éxito, Felix Moretti era consciente de que tenía un problema. Una vez que le hubo mostrado a Aro Vulturi, el rico, la explotación de horizontes de legítimas empresas, Vulturi no lo necesitó más. Moretti había sido caro, porque al principio tuvo que convencer a Aro Vulturi para que le diera un porcentaje de lo que cualquiera estaría seguro que era poco dinero. Pero las ideas de Felix comenzaron a dar frutos y las ganancias llegaron en abundancia. Vulturi tenía segundas intenciones. Por casualidad, Felix supo que Aro había celebrado una reunión para discutir qué harían con él.

Felix había eludido ese proyecto casándose con alguien de la Familia. Jane, la única hija de Aro Vulturi , tenía diecinueve años. Su madre había muerto al darla a luz y Jane había crecido en un colegio de monjas y sólo se le permitía volver a casa para las fiestas. Su padre la adoraba y se había encargado de protegerla y ampararla de esa manera. Fue para una fiesta, durante Pascua, que Jane conoció a Felix Moretti.

Cuando volvió al colegio, Jane estaba locamente enamorada de él. El recuerdo de su misteriosa apostura la llevaba a hacer cosas cuando estaba sola que las monjas le habían dicho que eran pecados contra Dios.

Aro Vulturi tenía la ilusión de que su hija creía que él simplemente era un exitoso hombre de negocios, pero con los años, las compañeras de Jane le habían mostrado diarios y revistas con artículos sobre su padre y sus verdaderos negocios, y cuando el gobierno intentaba enjuiciar y condenar a uno de los de la Familia Vulturi, Jane se enteraba de ello. Nunca lo discutió con su padre, y así él seguía feliz en su creencia de que su hija era inocente y eso lo protegía del shock de enterarse de la verdad.

La verdad, si la hubiera sabido, habría sorprendido a Vulturi, ya que Jane consideraba los negocios de su padre como algo muy excitante. Odiaba la disciplina de las monjas en el colegio y eso a su vez la hacía odiar a toda la autoridad. Sus fantasías eran que su padre era una especie de Robin Hood, que desafiaba a la autoridad provocando al gobierno. El hecho de que Felix Moretti fuera un hombre importante en la organización de su padre lo convertía en mucho más excitante para ella.

Desde el principio, Felix fue muy cuidadoso en su forma de tratar a Jane.

Cuando conseguía estar solo con ella, se daban ardientes besos y abrazos, pero Felix nunca fue más lejos. Jane era virgen, y estaba deseosa, impaciente, de darse al hombre que amaba. Era Felix el que no seguía adelante.

—Te respeto demasiado, Jane, como para acostarme contigo antes de que nos casemos.

En realidad, era a Aro Vulturi al que respetaba mucho. Me cortaría las pelotas, pensaba Felix.

Y así fue como mientras Aro Vulturi discutía cuál era la mejor manera de librarse de Felix Moretti, éste y Jane le anunciaron que estaban enamorados y querían casarse. El viejo gritó y los sermoneó y les dio cien razones por las que eso sólo sucedería por encima de su cadáver. Pero al final venció el verdadero amor y Felix y Jane se casaron con una importante ceremonia. Después de la boda, el viejo llamó a Felix para hablar en un aparte.

—Jane es todo lo que tengo, Felix. ¿La cuidarás no es cierto?

—Lo haré, Aro.

—Te voy a estar vigilando. Mejor será que la hagas feliz. ¿Sabes lo que quiere decir, no?

—Sé lo que quieres decir.

—Nada de prostitutas o mujeres fáciles. ¿Entendido? A Jane le gusta cocinar. Ocúpate de estar en casa todas las noches para comer. Quiero que seas un yerno del que pueda enorgullecerme.

—Voy a tratar de serlo con todas mis fuerzas, Aro.

Como algo sin importancia, Aro Vulturi agregó:

—Ah, Felix, hablando de otra cosa, ahora que eres miembro de la Familia, el porcentaje ese que te daba, quizá deberíamos cambiarlo.

Felix lo tomó de un brazo.

—Gracias, papá, pero es suficiente para nosotros. Seré capaz de comprarle a Jane todo lo que quiera. Y se retiró, dejando al anciano atrás. Eso había sucedido siete años antes, y los años que siguieron habían sido maravillosos para Felix. Jane era apacible, fácil para convivir con ella y lo adoraba, pero Felix sabía que si ella muriese o lo dejara, él podría seguir sin ella. Simplemente buscaría a otra para que hiciera las cosas que ella haría por él. No estaba enamorado de Jane. Felix no creía que era capaz de amar a ningún ser humano, era algo que faltaba en él. No tenía sentimientos hacia la gente, sólo los tenía para los animales. Cuando cumplió diez años le habían regalado un cachorro de collie. Se habían hecho inseparables. Seis semanas más tarde el perrito fue muerto en un accidente en la calle; cuando el padre le ofreció comprarle otro perro, Felix no aceptó. Después de eso nunca más tuvo otro perro.

Felix había crecido viendo cómo su padre gastaba su vida por ganar unas monedas y decidió que no le ocurriría lo mismo. Ya sabía lo que quería cuando oyó hablar del famoso primo lejano Aro Vulturi. En los Estados Unidos había veintiséis Familias de la Mafia, cinco de las cuales estaban en Nueva York y el primo Aro Vulturi era el más poderoso. Desde su niñez, Felix creció entre cuentos de la Mafia. Su padre le contó lo de la noche de las Vísperas Sicilianas el 10 de septiembre de 1931, cuando la balanza del poder cambió de manos. En esa sola noche, los Young Turks organizaron en la Mafia un golpe sangriento que aniquiló más de cuarenta Mustache Petes, la vieja guardia venida de Italia y Sicilia.

Felix pertenecía a la nueva generación. Había tenido que quitarse de encima las viejas ideas y crecido con las nuevas. Una comisión nacional de nueve hombres controlaba ahora todas las Familias, pero Felix sabía que llegaría el día en que él manejaría la comisión.

Felix se dedicó a estudiar a los dos hombres sentados a la mesa del comedor de la granja de Nueva Jersey. Aro Vulturi todavía tenía unos años por delante, pero, con un poco de suerte, no demasiados.

El enemigo era Thomas Colfax. El abogado había estado en contra de Felix desde un principio. Y a medida que la influencia de Felix con el anciano aumentaba, la de Colfax disminuía. Felix había ubicado cada vez más hombres en la Organización, hombres como Alec Vito y Laurent Fiore y James Colella, que le eran ferozmente leales. Eso no le gustaba a Thomas Colfax.

Cuando Felix fue acusado por el asesinato de los hermanos Ramos y Dimitri Stela aceptó testificar en su contra en el juicio, el viejo abogado pensó que eso lo iba a librar de Felix, ya que el Fiscal tenía un caso cerrado.

Felix encontró la forma de librarse en el medio de la noche. A las cuatro de la madrugada salió de su casa y llamó desde un teléfono público a James Colella.

—La próxima semana van a tomar juramento a un nuevo grupo de abogados para asistentes del Fiscal. ¿Podrías conseguirme sus nombres?

—SeguroFelix. Es fácil.

—Una cosa más. Llama a Detroit y que manden volando uno de sus muchachos que no esté marcado. —Y Felix cortó.

Dos semanas más tarde, Felix Moretti estaba sentado en la sala del tribunal estudiando a los nuevos asistentes del Fiscal. Los había mirado cuidadosamente, fijando los ojos en cada uno, buscando y juzgando. Lo que planeaba hacer era peligroso, porque era arriesgado hacerlo funcionar. Estaba tratando con jóvenes principiantes que podían ser lo bastante nerviosos como para hacer montones de preguntas y ansiosos de ser útiles y anotarse un tanto. Bueno, alguno con seguridad iba a anotarse ese punto.

Felix eligió finalmente a Bella Swan. Le gustó que ella fuera inexperta y estuviese tensa y tratando de disimularlo. También le gustó que fuera mujer porque iba a estar bajo más presión que si fuera un hombre. Cuando Felix estuvo satisfecho con su decisión, se volvió hacia un hombre de traje gris sentado entre los espectadores e hizo un gesto señalando a Bella . Eso fue todo.

Felix había estado atento cuando el Fiscal termino su interrogatorio al hijo de puta de Dimitri Stela. Se había vuelto hacia Thomas Colfax diciendo: Su turno para interrogar al testigo. Thomas Colfax se había puesto de pie. Con la venia de Su Señoría, ya es casi mediodía. Preferiría no tener que interrumpir mi interrogatorio. ¿Puedo pedir un receso de la audiencia para el almuerzo y que se reinicie esta tarde el interrogatorio?

Y se había dado el receso. ¡Ahora era el momento!

Felix vio que su hombre se desviaba casualmente para acercarse a los hombres que estaban alrededor del Fiscal. El hombre formó parte del grupo. Unos minutos más tarde, se dirigió hacia Bella y le entregó un sobre grande. Felix estaba sentado allí, conteniendo la respiración, deseando que Bella tomara el sobre y lo llevara a la sala de los testigos. Lo hizo. Hasta que ella no volvió sin el sobre, Felix Moretti no aflojó la tensión.

Eso había sucedido hacía un año. Los periódicos habían crucificado a la joven, pero eso era problema de ella. Felix no había vuelto a pensar en Bella Swan hasta que los periódicos empezaron a hablar sobre el juicio de Abraham Wilson.

Habían vuelto a sacar el caso de Felix Moretti y recordado la actuación de Bella Swan en el mismo. Habían puesto su fotografía. Era una hermosa chica, pero tenía algo más, un aire de independencia que provocaba algo en él. Estuvo mirando la foto por un largo rato.

Felix empezó a seguir el juicio de Abraham Wilson con creciente interés.

Cuando los muchachos celebraron con una cena la victoria después del juicio de Felix, Laurent Fiore había propuesto un brindis: «El mundo se libra de otro abogado de mierda».

Pero el mundo no se ha librado de ella, pensóFelix. Bella Swan recuperó la fuerza y está todavía allí, peleando. Eso le gustaba a Felix.

La noche antes la vio por televisión, hablando de su victoria sobre Marco Di Silva, y Felix se sintió extrañamente complacido.

Aro Vulturi había preguntado:

—¿No fue ella la picapleitos que tú usaste, Felix?

—Aja. Tiene cerebro, Aro. A lo mejor la podemos usar alguna vez.