Disclaimer: Ouran pertenece a Bisco Hatori (tristemente para mí)
Categoría: M, ¡vivan las emes!
Advertencias: Universo completamente alternísimo, incesto, relación hombre/hombre (yaoi), violencia, lemon. Si está de acuerdo con todo eso puede seguir leyendo.
Notas
Me encuentro reeditando los capítulos desde el I hasta el XI. Los cambios son muy ligeros, por lo que no es necesario leer todo nuevamente, ¡abrazos para quien todavía tiene ganas de leer esto xD!
Póngale ojo a Kaoru...
ADULTERIO
Su hermano gemelo no es más que un simple experimento.
Una mitad de él que fue creada para ser usado como conejillo de indias en un Laboratorio.
En realidad, él no es más que tú mismo, en otro cuerpo, idéntico al tuyo
¿Podría decirse entonces...que él era un narcisista, por amarse a sí mismo?
Capítulo IX
El grito seguido del llanto retumbó a través de las paredes, como un temblor estruendoso que emergía desde las entrañas de la tierra; sólo que ésta vez, dicho temblor florecía desde las entrañas destruidas de Morinozka Takashi.
—Mierda —murmuró Hikaru, buscando con desesperación en sus bolsillos, sacando al cabo de instantes su móvil y marcando un número apresuradamente. El tono marcó dos veces, cuando la voz de una mujer contestó—. Kaori, necesito dos enfermeros en el ala 12 del subterráneo, ya mismo.
La mujer asintió con un monosílabo, terminando la llamada. No tardó más de un minuto cuando dos enfermeros hicieron acto de presencia en el lugar indicado.
Tamaki revolvió la sopa con pesadumbre, sin ganas de llevarse una cucharada de aquello a la boca. Fujioka Haruhi, sentada a un lado de él, le observaba fijamente.
—Eso ya ha de estar frío, sempai —comentó la muchacha.
Tamaki se sobresaltó levemente, dejando a un lado lo que hacía casi por inercia, prestando atención a Haruhi.
—Lo siento, no tengo hambre —se disculpó.
—Sempai… tú… —murmuró en un suspiro la castaña, sin apartar su mirada de la del rubio—. ¿Hay algo entre tú y Kyouya-sempai?
Aquello fue como un certero golpe en la boca del estómago para Suou.
—N-No… —susurró en un hilo de voz.
Y es que la verdad era que no había nada entre ellos, y él no sabía si alegrarse por no haberle mentido a la joven, o llorar por ello.
—Kyouya-sempai estaba llorando —dijo ella.
La información cruzó como un relámpago por los tímpanos de Tamaki, perforando su cerebro y deslizándose más adentro, como corrientes eléctricas que bombearon su sangre con la rapidez de un huracán al contacto de vientos cálidos.
Oscuridad, oscuridad absoluta; se estaba ahogando en un manto negro sin fin, donde sus manos intentaban asir el aire en un vano intento poder dejar de hundirse.
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Tacones de aguja negros, los vuelos del vestido celeste, la figura altiva, el cuello pálido estilizado, perfilado por largos bucles dorados, los finos dedos, los azulados ojos, la sonrisa con despotismo.
—… no puedo casarme con ella —murmuró Takashi, ofreciendo una reverencia; el rostro de su padre se desencajó.
—¿Qué dices? —inquirió molesto.
—Que me es imposible casarme con ella, padre —murmuró con la cabeza en alto, con los ojos fijos en la hermosa mujer—. Lo siento mucho, señorita Giaccardi.
Los labios sonrosados sólo ampliaron su sonrisa.
—Aquí nadie siente nada Takashi, tú vas de casarte con ella, lo quieras así o no.
—Amo a otra persona, padre.
Piel contra piel; el sonido de una bofetada y Morinozka Takashi se tambaleaba hacia un lado, perdiendo el equilibrio.
—¿Quién es? —rugió su padre.
—No creo poder decírselo aún, necesito tiempo —contestó el moreno, manteniendo ésta vez la cabeza gacha.
—Te desheredaré Takashi, no tendrás nada mío si desobedeces mis órdenes, ya te lo había dicho.
Los ojos oscuros buscaron los de su progenitor, encontrándose ambos en una lucha de miradas, donde la del padre salió sorprendida.
—Perderé mi apellido, mi dinero, mi clase… incluso mi sangre por él.
Por él.
La mirada desencajada acompañó ésta vez a la mano que se alzaba dispuesta a propinar un golpe con mayor fuerza, cuando la voz de la muchacha se escuchó.
—Haninozuka Mitsukuni —murmuró con ese acento ruso propio de ella.
La mano se detuvo en el aire, los ojos del padre se volvieron hacia la chica.
—¿Qué? —preguntó desconcertado; Takashi levantó la mirada más sorprendido inclusive que su propio padre.
—El nombre del joven al que ama su hijo —respondió ella.
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Como una pluma que se desliza, sin prisas, burlándose de la gravedad. El rostro empapado, las mejillas bañadas en sal, sus manos cubriendo tal espectáculo.
La imagen sucesiva de aquel cuerpo profanado, los cabellos rubios pegados a la piel del rostro, los labios rasgados, los ojos apagados en café oscuro.
El nombre de él en su boca, deshaciéndose.
Mitsukuni, Mitsukuni, Mitsukuni.
La luz le encandiló los ojos, lastimándole, sus pupilas se acostumbraban.
—Pensé que no ibas a despertar —murmuró la voz de Hikaru Hitachiin, a un lado de él.
Paseó la vista por el lugar antes de fijarse en su interlocutor, se encontraba en una de las tantas salas de recuperación, descansando sobre una camilla.
—¿Por qué? —inquirió el abogado, con la voz apagada.
Hikaru tomó aire, paseándose de un lado a otro con un nerviosismo impropio de él.
—Haninozuka-sempai se fue al extranjero luego de que lo de ustedes se supiera, ¿no es así? —Takashi asintió con la cabeza levemente—. Hará un año y algunos meses, llegó hasta aquí, suplicándome que le permitiese encerrarse en éste lugar.
Takashi desvió su mirada hasta observar de soslayo al pelirrojo, sus manos se crisparon en las sábanas.
—Dijo que ya no soportaba más la realidad, que no deseaba saber de ti, que si fuese posible, borráramos su memoria —continuó Hikaru—. Mientras él lloraba desconsolado, decidí acceder a lo que me pedía.
Las uñas se enterraron en las palmas del moreno, aún por encima de la sábana, con tanta fuerza que traspasaron la tela.
—Cuando los doctores le comentaron sobre la terapia de aversión, aceptó sin miramientos someterse a ella —Hikaru detuvo su andar, parándose frente al azabache con la boca semiabierta y los párpados caídos—. Ya van a cumplirse cinco meses desde que inició.
La presión en las manos de Takashi desapareció, quebrándose. Gruesas lágrimas resbalaron por sus mejillas.
—Sácalo… sácalo de allí —murmuró en un hilo de voz contagiado por las lágrimas.
—Si pudiera…
El golpeteo de la camilla contra la pared y la mano de Takashi jalando a Hikaru por el cuello de la camisa fueron los dos únicos sonidos que rebotaron por el lugar. La presión de los dedos comenzaba a arrebatarle el oxígeno de los pulmones.
—¡Si puedes! ¡Claro que puedes! —vociferó en una explosión de emociones Morinozka, jalando con fuerza al Hitachiin—. Pídeme… —murmuró, aflojando el agarre—. Pídeme lo que quieras…
—Yo…
—Tú debes entender lo que siento —susurró Takashi, mientras sus dedos se deslizaban sobre la tela, hasta caer inertes sobre su regazo—. Tú… tienes que entenderlo...
Lo entendía, claro que si… el recuerdo del llanto de Kaoru no desaparecía de la mente de Hikaru.
—Está bien, Takashi —murmuró el Hitachiin—. Pero debes tener claro que Haninozuka-sempai nunca volverá a ser el mismo de antes.
Morinozka asintió con la cabeza, acto mismo con el que dio paso a una cerradura sin la posibilidad de abrirse a sus sentimientos. Haría todo para que Mitsukuni estuviera bien, incluso tener que dejar de amarle; morir en vida para que él regresara.
—A cambio —habló nuevamente Hikaru, captando la atención del otro—. Necesito que me hagas un favor.
Takashi volvió a asentir.
—Si Hika-chan llora, entonces yo limpiaré sus lágrimas.
—Yo no lloraré, soy el hermano mayor —aclaró Hikaru—. Pero si lloro… cubriré mi rostro con mis palmas, para ocultar mi llanto…
—Entonces, yo te abrazaré —completó Kaoru.
—Y me dirás que me quieres.
—Y te diré… te quiero —aceptó el menor.
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—Si Hika-chan… —murmuró Kaoru, con la voz un poco más normal, dejando de lado esa sombra metálica y rasposa—. llora… yo limpiaré sus lágrimas. Si Hika-chan llora yo limpiaré sus lágrimas… Si Hika-chan…
Como una mantra. La frase era repetida una y otra vez mientras las piernas colgaban de la cama, balanceándose en un vaivén lento.
—…llora yo limpiaré sus lágrimas. Si Hika-chan llora yo limpiaré sus lágrimas —y el murmullo se detuvo unos instantes, para luego continuar—. Si Hika-chan llora sangre, será mi culpa. Si Hika-chan llora sangre, será mi culpa… Si Hika-chan…
La puerta se abrió de un golpe, los pasos apresurados resonaron, unos brazos rodearon a Kaoru con fuerza, acurrucándolo en un pecho que parecía querer estallar.
—Hika-chan —articuló el menor, ascendiendo la mirada hasta el rostro de su hermano.
Los ojos dorados se bañaban en agua paulatinamente, luchando.
—Y-Yo… —murmuró Hikaru, con los labios temblando.
El roce tímido de la boca del menor acarició la mejilla derecha de su hermano, mientras las manos se fijaban a la ropa, asiéndola a la altura del pecho, arrugando, sin querer soltar.
—Te quiero —dijo Kaoru.
Los párpados se cerraron, al paso que nuevas lágrimas emergían de aquellos ojos suavizados por la calidez de su hermano, por la manera en que esas palabras sanaban cada herida, purgaban cada pecado, desteñían cada mancha.
—Te sacaré de aquí, ésta misma noche —dijo el mayor con la voz ahogada—. Nos iremos juntos, nos olvidaremos de éste lugar, del mundo, de todo.
La respiración de uno rebotaba en la piel del otro, suave y en calma.
—Si debo morir para estar contigo, lo haré —susurró Hikaru, abrazando con más fuerza el cuerpo de su hermano.
Los labios de Kaoru dibujaron una sonrisa, desteñida por un sentimiento amargo.
—Morir… ¿sabes lo que es estar muerto, hermano?
