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Raising Sakura

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Advertencias:

OC, Non masacre, Obito bueno y vivo en Konoha,

Kakashi posee el Sharingan, Minato y Kushina vivos,

insinuación sexual muy leve e insultos mas adelante.

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Disclaimer:

Ni Naruto ni sus personajes me pertenecen,

solo esta historia que hago sin fines de lucro,

por mero entretenimiento.

No permito ninguna adaptación/traducción

que no tenga mi permiso. Si alguna hermosa personita

alla afuera quiere traducir o adaptar la historia,

no tengo problema, solo deben pedirme permiso por PM antes.

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Sinópsis:

Kakashi Hatake podía ser muchas cosas: prodigio, genio, poseedor del Sharingan,

alumno del 4° hokague, amigo y compañero del milagrosamente vivo

Uchiha Obito... Pero "padre" de su sobrina recién nacida era algo que nunca,

en sus 14 años de vida, hubiera imaginado.

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Antes que nada, en este capítulo veréis a

Sakura Haruno Hatake No Sabaku, no a "Sakura Haruno".

¿Qué quiero decir? Esta versión de ella no es una completamente OC.

Simplemente, es lo que creo que hubiera sido de ella

de haber tenido a alguien para ayudarla, guiarla, entrenarla…

Naruto tenía su motivación de ser Hokague y el Chakra del Zorro demonio;

Sasuke, el deseo de salir de la sombra de su hermano y, posteriormente,

vengarse del mismo (en esta historia solo lo primero).

Yo no creo que sea justo tildar a Sakura de débil, teniendo

en cuenta que ella luchó más duro que ellos por ser reconocida,

estando en la sombra de ellos. Eso fue lo que Tsunade (me imagino)

vio en ella y le indicó que sería una gran discípula.

Pero… ¿Cómo hubieran sido su carácter y sus habilidades

de haberse tomado en serio su vida ninja desde pequeña,

entrenada por un prodigio y con el respaldo de dos Aldeas?

Este no es un fic en el que exagero sus habilidades,

Sakura siempre tuvo buen control de chakra y si lo hubiera pulido de niña,

habría sido una de las primeras de su generación.

Precisamente escribí esto de esta manera, para poder deshacerme de todos esos

"habría", "hubiera", "y si…"

Sin más preámbulo, abajo el capítulo.

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Time skip: Cinco años después…

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Capítulo 8: Los primos de la Arena.

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Era un precioso día. Los pájaros cantaban, el sol calcinaba a los habitantes de Suna, la sequedad del aire sofocaba a las señoras, los ninjas que entrenaban sudaban cómo cerdos al fuego… Sip, un hermoso día cualquiera en la Aldea de la Arena.

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Acostumbrados al caluroso clima, los aldeanos caminaban tranquilamente por las llenas calles del mercado, examinando productos, deslizando sutilmente sus manos en algunos puestos con la esperanza de poder "pedir prestado" algún caro objeto, los comerciantes gritaban a voz pelada precios y ofertas… Una pacífica mañana, tan perfecta que parecía un sueño.

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Pero todos los sueños acaban y este se detuvo cuándo tres tornados marrones pasaron cómo una correntada de viento por la calle repleta, abriéndose paso empujando a la gente, tirando cosas y uno de ellos riendo a carcajadas por la travesura bien realizada.

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Si bien la pobre gente se espantó en primera instancia, pronto todos comprendieron de qué se trataba y volvieron a sus asuntos con unas sonrisas de ternura, complicidad y gracia.

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Los tres borrones se detuvieron en seco cuándo un hombre de traje negro, máscara, botas y chaleco (¿Cómo no se moría de calor con tanta tela encima?) saltó de quién sabe donde, poniéndose en su camino. AL quedarse quietos, fueron fácilmente reconocibles, a pesar de la gruesa capa de lodo que los cubría.

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En el centro del grupo, un peli rojo que dentro de todo era el más limpio miraba con fingida indiferencia al shinobi que los paró. Su ropa –completamente embarrada- tenía algunas hojas, granos de arena se pegaban a sus mejillas (húmedas por la transpiración de la carrera) y su pelo escurría algo de tierra mojada, dejando verse su color pero denotando una suciedad que haría sacar rosarios y repartir tirones de orejas a cualquier madre obsesiva de la limpieza que se precie cómo tal. Los ojos verde aguamarina le miraban sin parpadear, pero el hombre supo notar un sonrojo suave en sus orejas y pómulos; evidentemente, o se avergonzaba de haber sido atrapado in fragantti, o por su estado tan poco digno de un hijo de Kage cómo él.

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A la izquierda del niño pelirrojo, un perro de pelaje negro y blanco –que por tanta mugre parecía completamente marrón-, lo miró fijamente con sus ojos azules, jadeando con la lengua afuera, pareciendo tan inocente que no se lo creyó; el chucho era listo y sabía aprovechar su condición de "perrito inocente que no se entera de nada y hace cosas malas por órdenes de su amo… y que definitivamente no merece castigo al ser una víctima ingenua" para hacer lo que le viniera en gana y salir impune.

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Finalmente, a la derecha de los otros dos, una niña pequeña miraba con una sonrisilla de "aquí no pasó nada" al hombre. Incluso juntó los piecitos y comenzó a mecerse de adelante a atrás, dando una imagen absolutamente adorable. Pero sus ojos, burlones, traviesos, pícaros y risueños, la desenmascaraban. Esa pilluela de hermosos orbes verde jade, claros y puros, sabía cómo parecer inocente y lo usaba para encubrir una travesura de la que definitivamente no se arrepentía.

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Su cabello, usualmente rosa, estaba completamente empapado de lodo, cambiando completamente su color a uno marrón. La cremosa piel blanca ahora estaba llena de arena, tierra, y una sustancia roja de dudosa procedencia, que olía bastante a salsa tabasco. Su ropa –un equipito ninja muy mono al estilo chunnin, pero en miniatura- estaba casi tan asquerosa cómo su pelo.

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El joven ninja, de aparentemente 19 años, se pasó una mano por el rostro y suspiró resignado. Su cabello plateado desarreglado y expresión cansada daban a entender que llevaba un tiempo memorable buscando a esos tres desobedientes. Su gris ojo descubierto vagaba de uno a otro, cómo buscando heridas que requiriesen tratamiento urgente o algo así. Con ellos nunca se sabía.

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Las mujeres ralentizaban su paso al caminar cerca suyo, tomándose unos merecidos minutos para examinar al espécimen de exquisita masculinidad. El tiempo pasaba para todos, Kakashi Hatake no era la excepción: su pecho musculoso, hombres y espalda anchos, delgada cintura, torneadas piernas y legendario poder lo volvían el hombre más deseado de Suna, la figura pública más admirada. Casi una estrella de cine.

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El joven suspiró y se cruzó de brazos, casi esperando –ingenuamente- que el dúo más peligroso del país del viento se decidiera por una vez a confesar todo sin necesidad de un interrogatorio. Examinó con la mirada a su pequeña, reprimiendo lo mejor posible a la ternura que creció en su interior. Este no era momento para caer bajo sus encantos.

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-Sakura, Kaito, Gaara… ¿Qué han hecho esta vez? –preguntó por fin, rindiéndose ante el hecho de que ellos no iban a soltar la lengua.

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El pelirrojo lo ignoró, girando su cabeza en dirección a su prima y el perro dejó el lado del chico para trotar alegremente hasta su dueña, ambos obviamente esperando que ella hablara.

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La pequeña peli rosa se aclaró la garganta y parpadeó dulcemente, mirando con sus grandes ojos a su tío.

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-¿De qué hablas, oto-chan? Nosotros solo jugábamos carreras y nos ensuciamos un poquito.

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Apretó los puños, conteniendo el impulso de cogerla en brazos y apachurrarla. La muy desgraciada sabía la ternura que le provocaba cuándo lo llamaba así y se abusaba de ello.

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-Estamos en la aldea de la arena, Sakura. Arena. No hay tierra ni lodo en los alrededores… ¿Dónde se ensuciaron así?

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La niña bajó la cabeza lastimosamente, mirándolo por entre sus espesas pestañas.

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-Yo… tuve un impulso irrefrenable de ir al bosque que hay a unos kilómetros –acarició el lomo de su perro, que le llegaba a la cintura- Le di a Kaito unas croquetas cargadas con chakra que me regaló la tía Rin para hacerlo crecer, y él nos llevó en su lomo. Al parecer había llovido y bueno… no tenemos muy seguido la oportunidad de jugar con tierra mojada.

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La mirada de circunstancia en su pequeño rostro era real. Kakashi la comprendía, pues muchas veces él mismo sentía deseos de correr libre entre los árboles y apreciar el verde follaje que en Suna escaseaba. Eran instintos de aquellos que pertenecían a la Aldea Oculta entre las Hojas. Pero Sakura, a diferencia de él, no tenía la libertad ni la resistencia para ir corriendo a los bosques que conducían del desierto a la Villa del país del fuego. Ella no podía resarcirse, compensar el sofocante calor para el que no estaba hecha con visitas ocasionales a los espesos bosques.

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Se lo imaginaba; la ansiedad consumiéndola poco a poco, los sueños con árboles y libertad, la locura de la gente que dejó atrás y ni recordaba… sintió pena por ella, pero nada podía hacerse. De todos modos, desde hacía un año estaba tramitando los papeles para el cambio de Aldea, poco faltaba para recibirlos y mudarse. En realidad, dentro de ese mes debían entregárselos. Cuándo esto ocurriera, enviaría un halcón a Konoha para que avisara a Minato-sensei, y entonces este tendría tiempo de asegurarse que sus casas –su departamento y la casa que Obito y Rin habían comprado hacía unos meses- estuvieran listas para ser habitadas.

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Suspiró mirando al niño que acompañaba a su hija. Gaara había crecido, repudiado por la gente debido al Shukaku durante sus primeros años. Pero gracias a Sakura, quién siempre le defendía de los aldeanos, estos poco a poco comenzaron a verle cómo ella: un niño sin madre ni presencia paterna, que solo buscaba cariño. Y su prima se había encargado de dárselo, de ser su amiga, hermana, madre, "padre", compañera… Estuvo tan presente en su vida, que ahora eran inseparables. Donde fuera que Sakura estuviera, allí iba Gaara. Ver a uno sin la otra resultaba antinatural, diabólico incluso. Kakashi no sabía que harían cuándo debiesen marcharse y dejarlo allí.

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Por ello, su niña aún no estaba enterada de la mudanza. Y le mataba saber que pronto deberían separarla del niño junto al que había crecido.

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Lo peor del asunto era, quizás, que Kakashi nunca le había hablado de Konoha: ella apenas tenía superficial conocimiento de su villa natal, no lo suficiente para añorar volver.

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Y es que era doloroso pensar en ello. Los primeros días en Suna fueron duros, pero luego el Hatake se sintió extrañamente liberado. No veía a Mebuki en cada esquina, no la recordaba al pasar frente a los restaurantes que solía frecuentar, no se entristecía al ver a los que fueron sus amigos. Lo único que tenía suyo era a Sakura, pero la sentía tan propia que al verla, no pensaba en su hermana; solo se decía "¡Esta niña va a volverme loco de ternura!".

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Suspiró y la alzó en brazos, rindiéndose. Ella, sabedora de su victoria, reía con descaro y guiñaba un pícaro ojito a su primo. La leve sombra de una sonrisa asomó por su rostro de porcelana.

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-Gaara-chan, creo que tu maestro te buscaba. Dijo algo sobre entrenamiento para controlar el Shukaku… -comentó, aparentemente desinteresado, mientras su sobrina le hacía mini trencitas en el pelo y Kaito se refregaba contra su pierna.

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El pelirrojo asintió levemente. Luego saludó con una cabeceada a la pelirosa, quién se veía disgustada por su marcha. La verdad, más que Gaara, no tenía amigos de su edad. Su prima Temari, si bien la adoraba, estaba demasiado ocupada con los estudios de la Academia. Y su primo Kankuro estaba un poco demasiado obsesionado con esas aterradoras marionetas que a la pequeña más de una pesadilla le habían provocado. Por lo demás, Gaara no dejaba que otro niño/a de Suna se le acercara, a todos los espantaba con su inconsciente aura de muerte.

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-¿Vendrás por la tarde a practicar tiro conmigo?

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-Aha –consintió, dándose la vuelta y alejándose del lugar. No le gustaba dejarla, pero su padre lo chantajeaba con separarlos si él no acudía a las clases que le imponían.

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Kakashi la apretó levemente y ella volteó a verle.

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-¿Intentamos hacer el almuerzo, se lo pedimos a tu tía Rin… u ordenamos algo para llevar en ese local de la esquina?

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-Mmm… -ella se llevó un dedo a los labios, pensativa- La última vez que lo intentaste, 'to-chan, tuvimos que mudarnos a un hotel por dos semanas debido a la explosión… y la tía Rin dudo que pueda, así que, ¡Restaurante!

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Él obedeció y comenzó a caminar con ella a cuestas, seguidos por el perro ninja.

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-¿Por qué dices que Rin no puede cocinar?

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-Es que ayer me desperté por unos ruidos del cuarto de la tía y el tío… Ella le decía que la había "matado", que estaba demasiado agotada para repetir no sé qué, que al día siguiente no podría ni caminar… ¿Tú crees que hayan ido a entrenar mientras yo dormía y esté muy herida?

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Achicó los ojos mientras entraban al local y ella se distraía con los carteles con fotos de distintos platos. Iba a matar a sus compañeros. La noche anterior él había salido con una tía que conoció en un bar y los dejó a cargo de su sobrina… pero debió pensárselo mejor. Ellos eran una pareja sexualmente activa, y al parecer, habían olvidado poner el jutsu de silencio en la habitación. Tenían suerte que la niña se hubiera despertado acabado el acto, o tendría que responder muchas preguntas que estaba evitando exitosamente hasta el momento.

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Definitivamente, les echaría un sermón a esos dos. La regla era "Sakura despierta, cama hecha". Los idiotas deberían haberse asegurado que el jutsu estaba activado y que la niña dormía plácidamente.

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En fin, ya luego se vengaría.

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Compró comida para llevar –solo para ellos, que sus compañeros se jodieran-, le entregó los paquetes a la niña, tomó al chuco bajo el brazo que no la sostenía y saltó por los tejados para ir mas rápido. Sakura chilló entusiasmada, le encantaba cuándo usaba su velocidad ninja. Decía que era cómo volar.

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Las risas de su sobrina, que se fundían con el viento, cesaron cuándo pasaron sobre la Academia Ninja. Él sabía que ella deseaba iniciar ese mismo año, en marzo, cómo todos los niños de su edad aspirantes a shinobi o kunoichi. Pero, para su sorpresa, recibió una negativa de parte de su padre. Lloró, pataleó y hasta amenazó con huir de casa, pero su berrinche acabó al final, cuándo notó que no cedería. Pasó semanas sin hablarle.

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Si, sabía que era cruel negarle eso que tanto anhelaba, pero él quería que ella iniciase su formación en Konoha, cómo él mismo en su niñez. Si no le había dicho eso antes, era porque pensaba usarlo cómo carta final para convencerla de que la Aldea Oculta entre las Hojas era la mejor opción para ellos.

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Llegaron al tejado de su residencia y, fiel a su costumbre, entraron por la ventana. Kakashi estaba algo preocupado por estarle inculcando esa forma de ingresar y salir de un lugar a su sobrina. LE aterraba que uno de esos días le diera por escapar por el balcón… de un sexto piso.

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Sakura saltó de los brazos de su padre y corrió a la cocina en busca de un par de platos, vasos y cubiertos. Ya que eran solo ellos dos, almorzarían en el sofá.

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-¡Tía Rin! ¡Tío Obito! ¡Llegamos! –grito mientras se sentaba junto a su padre y este abría la olla de arroz con curry.

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Al no recibir respuesta, la Hatake frunció el ceño y miró a su papi, pidiéndole con la mirada que le dijera si estaban o no allí.

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-Tú puedes solita –se desentendió él, sirviéndole un poco de la suculenta comida humeante en su plato- Yo te enseñé como. ¿O vas a decirme que te has olvidado de algo tan insignificante?

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Frunció el ceño, tomando la acusación cómo un reto. Cerró los ojos y se concentró. Al ver esto, el mayor sonrió con orgullo: a su sobrina a veces había que picarle el orgullo para que se esforzara de veras.

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La pequeña juntó sus manos para concentrarse aún más y liberó una parte de su escaso chakra. Su tío había comenzado a entrenarla a la tierna edad de dos años y medio. Por supuesto, los ejercicios se limitaban a práctica con kunais o shurikens de madrea, moldear chakra, usarlo para sensar sus alrededores… y muy recientemente, hacer Clones de Sombras. Aunque el hombre se arrepentía profundamente, pues ella solía usar esto último para subir el nivel de sus travesuras a "modo ninja".

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Suspiró. La muy tunata era tan entusiasta respecto a su entrenamiento que había conseguido un maestro por su cuenta. Kakashi casi lo asesina cuándo los encontró de noche, en un campo abandonado, practicando lucha cuerpo a cuerpo.

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Era un pelirrojo con sonrisa atrevida y lengua floja. Sakura lo llamaba "Sasori-sensei", a pesar de que el mocoso tenía apenas diez años.

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Bufó con fastidio. Por suerte para él, el niño había sido reclutado por Uchiha Madara para pertenecer a su grupo selecto de niños especiales/prodigios, y ahora estaba lejos, en Konoha.

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Tras unos segundos de silencio, abrió sus ojitos y negó suavemente con la cabeza.

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-No están en casa.

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Asintió con orgullo, despeinando su cabello suavemente. Al hacerlo, recordó el estado mugriento de la niña y la miró con severidad fingida. Retiró su mano, ahora sucia por el barro que cubría las hebras rosadas, y la limpió disimuladamente en su pantalón.

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-Ve a darte un baño antes de almorzar –desvió la mirada al perro, quién adivinando todo intentaba escabullirse silenciosamente a otra habitación- y mete contigo a Kaito. Ese pulgoso fijo que se sube con nosotros al sofá y lo deja hecho una porquería.

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La futura kunoichi asintió seriamente, era muy traviesa pero sabía portarse de manera madura cuándo la situación lo requería. Corrió hasta su fiel compañero y, tomándolo del pelo cuál madre león a sus bebés, lo arrastró consigo por el pasillo.

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En cuanto escuchó el sonido de la regadera, Kakashi suspiró y se dejó caer al sillón. Comenzó a sacar la comida de las bolsas, para así tener todo listo al salir su niña del baño… cuándo lo vió.

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Era un pedazo de papel blanco, sencillo, doblado al medio. Ya se le hacía extraño que sus compañeros no anduvieran de calentones en la casa, al parecer algo había pasado. Algo serio, teniendo en cuenta que dejaron una nota cuándo por lo general se largaban sin avisar.

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Con tranquilidad desdobló la hoja y procedió a ver su contenido. A medida que avanzaba la lectura, su único ojo visible se agrandaba y la poca piel descubierta de su rostro palidecía.

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Kaka-no-baka/Kakashi-kun:

Suponemos que te preguntarás donde estamos. No es cómo si me importara que te preocupes, pero Rin insistió en dejarte esta notita. (Un rayón seguía al punto, cómo si el bolígrafo le hubiera sido arrebatado al que escribía en esos momentos).

Bueno, cómo decía Obito-kun, decidimos dejarte esto para no preocuparte. Verás, Kazekage-sama nos mandó llamar, al parecer los trámites de cambio de Villa ya están hechos y nuestras respectivas casas limpias y desempolvadas. Pero por si acaso, decidimos ir nosotros dos personalmente a corroborarlo, de modo que no nos verás por ahí en dos o tres días. Iremos a Konoha, veremos que todo esté listo, y volveremos por ti, Sakura-chan y Kaito. Todo pinta que en máximo cinco días podemos mudarnos. Kazekage-sama insistió en mantener este departamento cómo residencia tuya en Suna, por si su sobrina alguna vez quiere ir de visita. Y dado que las Matriarcas se han encargado personalmente de decorar nuestros nuevos hogares, no va a ser necesario llevar cosas de allí. Solo haz maletas con lo esencial, así el viaje es ligero.

Los queremos, nos vemos en cinco días J

Rin.

PD: Ella no te lo dijo porque es buena gente, pero yo no tengo tantos valores. Asique no me mueve un pelo comentarte que el verdadero motivo oculto tras ir a "revisar nuestras nuevas casas" es que no queremos estar ahí cuando le digas a Sakura-chan y a Gaara de la mudanza. Somos muy jóvenes para morir a manos del Shukaku.

Disfruta del genocidio J

Tu muy sexy, poderoso, inteligente y absolutamente perfecto mejor amigo, Obito.

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Y encima el desgraciado tenía la cara para hacerle ver su mala suerte, burlándose y refregándole que él no estaba ahí para sufrir su misma suerte. ¿Y se hacía llamar su mejor amigo? Negó para sí mismo, Obito Uchiha no era su amigo. Era ese molesto grano en el trasero que odias tener, pero que sabes que si lo explotas te dolerán las pompis y no podrás sentarte. Un ejemplo algo raro, pero así lo sentía él.

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-¡Paaapáááááááááá~! –canturreó la pequeña manzanita de la discordia, saliendo del baño a las corridas, siendo seguida por Kaito, ambos con el pelo mojado, limpios y frescos.

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Kakashi la miró y se felicitó interiormente por haberla educado tan bien. La niña no vestía nada con brillitos, corazones ni ninguna otra cursilería que podría llevarla por el oscuro camino de las fan girls. No, su bebé usaba unos shorts negros hasta medio muslo, unas sandalias ninja negras, una blusa verde de tirantes finitos con una red encima, un porta armas atado a su pierna derecha –sobre una venda- y un cintillo negro del que colgaban un par de guantes negros, regalos de su Tía Tsunade –que había ido a visitarla a Suna un par de veces- que aún no sabía usar.

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La pequeña saltó al sofá, acurrucándose a su lado cómo un mimoso gato, devorando con la mirada la comida en la mesilla ratona.

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-¡Tengo hambre! –proclamó, mirándolo con súplica.

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-¿Qué se dice?

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-¡Itadakimasu! –celebró felizmente, tomando un plato a rebosar de curry y una cuchara.

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Con menos entusiasmo, el joven tomó su porción y comenzó a comer, pensativo, con su mente dividida entre la problemática actual y el incesante parloteo de la menor.

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Decidiendo que lo mejor era hablar con ella en es instante, dejó su plato a medio terminar en la mesilla, le arrebató el suyo –casi vacío- y se volteó en el sofá, quedando con las piernas sobre este, sentado estilo indio y viendo en su dirección.

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-¿Are? ¿Qué pasa, papi? ¿Sucede algo?

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Las dulces e inocentes pupilas de la infante brillaban con curiosidad, recordándole a Kakashi esa noche en que decidió proteger por siempre los ojos de su hermana, que ahora adornaban el rostro de su hija. Quién diría que, al pasar el tiempo, el hecho de que Sakura y Mebuki compartieran sangre dejó de importar, siendo desplazado por el amor paternal que el antes adolescente despertó por esa pequeña.

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No la amaba por ser la hija de su hermana. La adoraba por ser suya, su Sakura.

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Tragó saliva. No sabía cómo empezar, asique simplemente abrió la boca y dejó que lo primero en llegar a su mente saliera por esta.

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-Te pareces tanto a tu madre…

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Abrió los ojos al máximo, patidifusa. Su padre nunca hablaba de su madre. Era tema tabú. A los cuatro años ya había desistido de preguntar, pues veía cuánto le dolían sus interrogantes y no quería herirlo.

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Ante el silencio pasmado de la niña, el mayor continuó.

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-Se llamaba Mebuki. Tenía el cabello plateado, cómo el mío. Pero el suyo le llegaba a la cintura. También tenía unos ojos tan hermosos y profundos… solo en ti vi unos iguales.

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Se llevó una mano temblorosa al ojo izquierdo, su mente ágil formando una imagen de su progenitora desconocida a base de la nueva información. Llevaba mucho tiempo deseando saber cosas de ella y ahora… ahora le caían todas de golpe.

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-Ella era tan hermosa –continuó, con la vista perdida en un punto fijo sobre la cabeza rosada, la mente divagando en las memorias de su hermana- y fuerte. Una perfecta Kunoichi. Nuestros padres murieron cuando yo era muy pequeño y ella me crió. Fue muy valiente –tomó aire- Vivíamos en la Aldea Oculta entre las Hojas. Allí están nuestros amigos, aquellos que nos acompañaron en las buenas y en las malas. Entre ellos, tus padrinos, Fugaku y Tsunade.

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Abrió aún más los ojos. A Tsuande-sama la conocía, iba cada tanto a visitarla. Fugaku, por otra parte, solo lo había oído nombrar alguna vez. Le dijeron que era jefe de un clan y por lo tanto no tenía tiempo de hacer visitas sociales fuera de la Aldea.

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-Tu padre era de Suna –ahí la niña ni parpadeó, pues eso ya lo sabía. Kazekage-sama le había contado hace años que su padre biológico era su hermano, y por tanto ella era sobrina suya- y por eso estamos aquí hoy. Verás, cuándo tenías poco tiempo de nacida, mi hermana Mebuki y su marido Kizashi murieron mientras te llevaban a Konoha. Tenías poco más de dos días de nacida. Fueron unos missin-nin que ya han sido juzgados y ejecutados –su mirada se volvió filosa- No me dejaron participar en la misión en la que los atraparon, pero sí asistí al juicio. Entré a verlos a sus celdas y les dije en el rostro que estaban allí por haber dejado huérfana a una niña recién salida del vientre. En ese momento, tú tenías un año y ya vivíamos aquí.

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Kaito, comprendiendo la intensidad del momento, saltó al sillón y se acurrucó entre su ama y el peli plateado, con su larga cola negra sobre las piernas del último y la cabeza en el regazo de la primera, con el hocico manchado de curry -que aprovechó para comer mientras ellos hablaban-.

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Sakura tragó saliva. Estaba muy feliz por haber conseguido las respuestas que tanto anhelaba, pero ahora quería otra más.

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-¿Por qué… por qué me dices esto ahora?

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Kakashi la miró a los ojos. Esas gemas verdes, heredadas de Mebuki… Esa ferocidad y seguridad que había aprendido gracias a sus entrenamientos… Era perfecta. Y la amaba.

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-Sakura-chan, podrás iniciar la Academia. Pero será en Konoha, donde tanto tu madre cómo yo la cursamos.

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Dejó que la información penetrara lentamente en su cerebro.

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-Me… ¿Nos iremos de Suna?

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Asintió lentamente, atento a su reacción.

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La vió fruncir el ceño y abrir la boca, dispuesta a negarse seguramente.

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Se preparó mentalmente para lo que venía. Una desventaja de haberla criado cómo una Kunoichi era haberle inculcado la forma analítica y fría de pensar, la testarudez para alcanzar sus objetivos… y el valor de nunca rendirse. Esta sería una batalla difícil que no podía perder.

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En la cancha de tiro número 9, Gaara practicaba su puntería arrojando kunais a los blancos. No es que fuera un gran fan de ese tipo de entrenamiento, pero debía hacer algo mientras esperaba a Sakura. La niña llevaba media hora tarde, y su impuntualidad le hacía pensar que admiraba y copiaba demasiado a su padre.

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Al final, sintió su brillante chakra aproximándose lentamente. Desde que aprendieron a censarlo, una de sus actividades favoritas era concentrarse en el de su prima. Se asemejaba a la luz de una estrella fugaz, hermosa y veloz, que nunca se estaba quieta.

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Pero esta vez era distinto. El resplandeciente punto de energía ahora estaba apagado, quieto… demasiado estancado y tranquilo para ser una situación normal. Algo había pasado.

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Se disponía a correr en dirección a donde la sentía venir, pero la mancha negra marrón y blanca que siempre la acompañaba le saltó encima, tirándolo al suelo -pues su arena lo conocía y, al no sentirlo como una amenaza, lo dejó ser- y lamiéndole la cara.

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No hizo intento de moverse, simplemente esperó. Al cabo de unos segundos, la ama del animal llegó al campo de entrenamiento y este corrió fielmente a su lado sin necesidad de palabra alguna.

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Gaara se levantó con tranquilidad y miró a su prima. Solo le bastó un segundo para comprender que no estaba equivocado: algo había pasado.

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-Dame un nombre y lo asesino –fueron las únicas palabras que salieron del portador del Shukaku.

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La pelirosa negó suavemente y lo observó, acongojada.

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-Nadie me hizo nada. Solo… tengo algo que decirte.

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Oh no. Puede que fuera socialmente retardado, pero hasta él comprendía que el "tengo algo que decirte" era sinónimo de "tenemos que hablar", lo cual NUNCA es bueno. Uno no dice "Tenemos que hablar… ¡Te has ganado la lotería!" o "Tenemos que hablar… ¡Te compré el auto que el otro día me dijiste que querías!". No es que él necesitara un vehículo o dinero –tenía cinco años por dios, pocas cosas "de adultos" captaban su atención-, pero se entiende el punto, ¿no?

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La miró en silencio, esperando que continuara. Ella cogió su mano y con delicadeza lo condujo fuera del recinto. Caminaron en silencio unos veinte minutos, él comiéndose la cabeza, ella pensativa. Debía alejarlo del centro de Suna, llevarle donde no hubiera civil que pudiera salir herido por su feroz ira.

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Finalmente, se detuvo en un pequeño Oasis a unos 4 kilómetros de las murallas de la villa. La mitad del trayecto la hicieron montados en Kaito, cuyo tamaño creció por una de las croquetas Inuzuka que Rin traía a Sakura de sus visitas a Konoha.

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Sentados en el suelo, con la espalda apoyada en el tronco de un árbol y las manos aún unidas, uno buscaba la mirada de la otra, quién la evitaba.

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-Sakura… sea lo que sea, dilo de una vez.

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Ella cerró los ojos. Gaara no era hablador, por lo que debía estar al borde de su paciencia para dignarse a hacerlo.

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Levantó la mirada y vislumbró en el follaje verde sobre su cabeza un brillo plateado. Su padre estaba ahí, tal cómo habían acordado.

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No es que Kakashi desconfiara de Gaara –el chico era quién salvaba a su hija de la mayoría de los problemas en que se metían y la protegía siempre de todo, al fin y al cabo-, pero no era tan idiota cómo para dejarlos a solas cuándo Sakura iba a darle la noticia que podría descontrolar a su demonio interior.

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Gaara le dio un leve apretón a su mano y la miró fijamente, sus ojos verdes tan similares a los suyos… pero ahora sabía que eran por herencia materna y no paterna, cómo siempre había creído.

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-Yo… voy a irme lejos por un tiempo, Gaara.

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Y el infierno se desató.

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Era muy temprano, aproximadamente las 5 de la mañana. Pero ahí estaba él, fiel a su promesa.

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Habían hecho falta once Anbu y un par de gritos de su prima para que el Shukaku abandonase a Gaara. Al final, ambos niños quedaron abrazados en medio de un cráter –formado en la arena por el poderoso chakra del chico-, rodeados de ninjas inconscientes, murmurando "no te vayas" y "volveré". Ella lloraba. Él era demasiado frío para eso, pero su mirada perdida y desamparada bastó para romper el cálido corazón de la pequeña.

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-"No es un adiós, es un 'Hasta luego'. Volveremos a vernos. Vendré de visita, o iras tú allá. La distancia no va a separarnos".

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Gaara no confía en las palabras de la gente. Las personas mienten, dicen cosas que no sienten para conseguir lo que desean. No obstante, esta vez la promesa venía de los labios cereza que varias veces le cantaron nanas y le besaron la frente, por lo que se encuentra creyendo ciegamente sus frases, cómo un aprendiz las de su maestro.

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Ella le pidió que fuera a despedirla. Los últimos cinco días no se habían separado ni para dormir, pero la noche anterior le pidió privacidad, necesitaba ordenar sus pensamientos antes del largo viaje del día siguiente.

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Y ahí estaba. Había llegado dos horas más tarde –supuestamente salían a las tres de la madrugada-, pues conocía las mañas de su "padre" y no se sentía con fuerzas para pasar tres horas, esperándolos, con la vista fija en el paisaje que pronto la tragaría.

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Llegaron por fin. Kakashi leyendo su libro preferido –ese de tapa naranja que una vez, por travesura, ellos metieron en la chimenea, ganándose el castigo de sus vidas-, Kaito correteando tranquilo, Rin y Obito cogidos de la mano. Este último cargaba con unos pergaminos, donde supuso que guardaron las escasas pertenencias que se llevarían.

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-¡Gaara-kun!

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Y Sakura… ella se lanzó a sus brazos, gimoteando con tristeza pero sin llorar, porque suficientes lágrimas había derramado ya. Él apenas alcanzó a sujetarla, y con ansiedad –pues ahora caía en la cuenta de que mañana ella ya no estaría- hundió el rostro en su cuello, aspirando su aroma y dejando que los cabellos rosados le cubrieran los ojos tristes.

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La desesperación con la que los infantes se pegaban rompió un poco el corazón de los adultos, pero nada podían hacer.

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Los dejaron ser por unos minutos, pero el viaje era largo y querían ponerse en marcha cuanto antes.

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-Sakura-chan… -susurró Kakashi, no con suavidad y ternura, sino cómo un líder que ordena a sus subordinados. Su voz de maestro.

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Con un triste suspiro se apartó de su primo, sus ojos verde jade empañados de dolor. Bajó unos segundos la mirada, su pelo cubriendo los orbes atormentados… y al subirla, la sonrisa más resplandeciente y falsa de su vida brillaba en su pálida cara de muñeca.

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-No quiero que la imagen que te quede de mí hasta que nos volvamos a ver sea una triste. Quiero que me recuerdes así –señaló su cara-: feliz. ¿Crees poder tú hacer lo mismo…?

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Él negó suavemente, decaído por fallarle al no cumplir su petición.

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-No puedes alejarte de mí y pretender que finja sonreír.

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Le dio un último abrazo y besó su frente, cómo una madre a su hijo que teme a la oscuridad.

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-Se fuerte. Nos veremos pronto. Y… no dejes que Shukaku-kun te domine, ¿sí? Sabes que me da miedo cuando haces cosas feas por él.

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Asintieron y ella volteó. Su padre y tios se habían adelantado un poco para darles privacidad. Corrió hacia ellos, volteando antes de cruzar la muralla para sonreírle por última vez.

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-Te quiero.

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No esperaba respuesta, pero él se la dio.

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-Y yo a ti. No cambies nunca –pidió.

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Y así se despidieron los primos de la Arena. No hubieron lágrimas, no hubo un "adiós", ni tampoco un "te extrañaré" que de todas formas estaba implícito.

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Solo la promesa que, aunque les costara la vida, cumplirían.

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_:_:_:_:_

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Notas de autora:

Bueno, ¡Valla capítulo! Esta vez ¡32 páginas y 5.860 palabras, sin contar las notas de autor!

Sí, sé que todos querían ver cómo era su regreso a Konoha y su primera impresión de los chicos, pero ¡no podía hacer el capítulo tan largo! Era exagerado y simplemente sentía que ya debía cortarlo. Este capi no está revisado, asique es muy probable que encuentren faltas ortográficas o errores gramaticales. Ya luego me pasaré a editarlo…

Bueno, este es, con diferencia, el capítulo más largo que he escrito en mi vida entera. ¿Me merezco reviews cómo recompensa?

Por cierto, ¿Qué les pareció la relación de los primitos? Sé que no hubo mucha comedia/acción hoy, que fue más un "relleno", pero era necesario para pasar a la siguiente etapa. Vamos, que Sakura pasó cinco años allí: ¡No podía marcharse cómo si nada!

Y seguro que notaron el pequeñito espacio en que menciono a su sensei ;) ¡Prepárense para un derrame nasal mis amores! ¡Sasori entró en escena, principalmente por petición de mi sempai! Al menos Sakurita no va a encontrarse con puros desconocidos allá.

Bueno, ahora yo termino mi tarea y empieza la de ustedes :D ¿Qué les parece un pequeño concursito? ¡Al comentario más largo le hago spoiler del próximo capítulo!

Besos, amores míos. ¡No os olvidéis de escribir abajo!

Sin RR, no hay autoestima para autoras.

Sin autoestima para autoras, no hay ganas de escribir.

Sin ganas de escribir, no hay fanfics.

Sin fanfics, es el fin del mundo.

Salva el mundo: comenta.