Todos los personajes pertenecen a Hidekaz Himaruya, sin ánimos de lucro.


Capítulo IX

Una semana después que Suecia y Finlandia habían conseguido refugiarse en la casa de Estonia temporalmente, Dinamarca estaba volviéndose loco en su campamento. El enojo, la rabia, el malestar se habían apoderado por completo de él. Estaba a punto de romper todo lo que tenía enfrente con el hacha que llevaba consigo. Era como un volcán que estaba a punto de entrar en erupción.

El danés había decidido enviar unos cuantos exploradores para saber noticias del sueco y su acompañante. Aquella caza no podía continuar por el resto de la eternidad. Había calculado que con las pocas provisiones y el mal tiempo, tanto el sueco como el finés no iban a aguantar más de una semana en aquel viaje.

Sin embargo, estaba a punto de llegar el mes y no tenía la más mínima pista sobre ellos. Nunca había pasado semejante humillación. Nunca. Ahora estaba seguro de que el escandinavo se estaba burlando de él. El danés simplemente no podía soportarlo.

—¡Maldición, maldición, maldición! —exclamó repetidamente mientras que escondía el rostro entre sus manos y paseaba de aquí para allá en el campamento. Sus puños estaban cerrados y listos para golpear a cualquiera que se le pasara por el camino.

Además de ello, sabía que debía regresar. No podía pasar tanto tiempo fuera de su sitio. ¿Qué rayos debía hacer? Si fuera por él, perseguiría al sueco hasta el fin del mundo, para darle su merecido, para luego encerrarle por siglos y siglos en un calabozo, sin ver la luz del sol. Aquel pensamiento lo estaba carcomiendo y el noruego podía notarlo.

—Se burlaron de mí. No una… ¡Sino dos veces! —Siguió gritando el danés, con obvia furia por lo sucedido:—¡Soy el rey! ¡Soy el único rey! —exclamó en tanto seguía moviéndose de aquí para allá, sin importarle demasiado lo demás:—¡Voy a matarlo! No, no. Eso sería demasiado benevolente… —Finalmente se sentó sobre un tronco, en tanto observaba la llama que se hallaba en el centro.

Noruega seguía sin decir nada. Prefería que el otro se desahogara por completo. Por supuesto, él también comenzaba a sentir un poco inquieto pues la búsqueda estaba resultando ser infructuosa y había dejado al pequeño Islandia bajo el cuidado de las pocas personas que se habían quedado a custodiar el recinto. Pero tampoco podía abandonar a ese hombre que tenía a su lado, ya sea por costumbre, lástima o algún sentimiento en su interior que prefería mantener oprimido antes que dejarlo salir.

—Ese imbécil no volverá a ver la luz del sol cuando ponga mis manos encima de él —Dinamarca se prometió a sí mismo. La sola idea de ver al sueco sufrir, hacía que una enorme sonrisa adornara su rostro. Por un instante, había olvidado que se hallaba su compañero a su lado. Estaba pensando en qué demonios hacer a continuación

Ésa sonrisa había sido la señal para que el noruego se preocupara. Eran contadas las ocasiones en las que la había visto aparecer en el rostro del danés y en aquellas veces, nada bueno sucedió. Era el momento de intervenir.

—Bueno, bueno… —Finalmente Noruega decidió que era el momento de hablar:—¿Por qué no regresamos al castillo y planeas una mejor estrategia? —le preguntó. Aunque lo conocía demasiado bien cómo para que le hiciera caso. Sin embargo, como voz de la razón, tenía que hacerse oír. Además de que el danés tampoco era de esos de usar mucho la cabeza.

—¡Norge! Ya hemos llegado hasta aquí. ¡No puedo detenerme! ¡No puedo dejar que se me escapen de la mano! —le reclamó el danés, quién parecía estar empecinado con la idea de seguir buscando a los fugitivos. La sola idea de pensar que el sueco estuviese disfrutando de su libertad en algún sitio, en tanto él continuaba buscándolo le era insoportable.

El noruego se masajeó las sienes para buscar la manera de calmar al otro. A pesar de su eterna cara de impasible, comenzaba a preocuparse por la salud mental del danés. Se lo estaba tomando demasiado personal y le resultaba absurdo que estuviera perdiendo la cabeza de ése modo.

—¿Sabes la vasta extensión de estas tierras? No podemos continuar de éste modo —le replicó:—Aunque pasaran décadas enteras, no podríamos dar con ellos —le recordó.

—¡Pero sé de memoria la extensión de estas tierras! —exclamó como si lo dicho por el noruego fuera lo más ofensivo del mundo. ¿Retirarse? ¡Jamás!

—Sve también lo sabe. ¿Acaso eres idiota? —Negó con la cabeza y habló:—Olvida esa última pregunta, obviamente lo eres —Dejó escapar un largo suspiro de resignación antes de continuar:—Mira. Todos estamos cansados. Tú también lo estás —le señaló:—¿De verdad crees que la expedición está en condiciones de continuar?

El autodenominado Rey del Norte observó sus alrededores. Podían cazar si faltaba alimento, pero la cerveza comenzaba a escasear. ¿Qué se suponía que iba a hacer sin alcohol? Volvió a cerrar sus puños porque sabía que su compañero tenía razón. Lo que le irritaba era la vergüenza que sentía de su derrota. Debió haber sido de lo más sencillo del mundo y en cambio, había sido un completo fracaso de los grandes. Esto último era algo que al danés le costaba trabajo aceptar.

En tanto continuaba observando cómo la llama continuaba en el centro de la pila de leñas, una mano se posó sobre su hombro. Aquella acción del noruego lo tomó completamente desprevenido, tanto que dejó su mente completamente en blanco.

—¿Norge? —le preguntó totalmente sorprendido por esa mano. Él, más que ninguno que otro de los nórdicos, sabía lo mucho que odiaba el contacto físico. Sin embargo, la había colocado ahí para llamar su atención.

—Vamos. Debemos regresar.—le pidió:—Voy a ayudarte a que encuentres a Sve y a Fin —le prometió sinceramente:—Los vas a traer de vuelta. Pero en este estado, es imposible —le explicó éste:—El resto de los que nos acompañan están muy agotados, pues vamos a una velocidad galopante.

El noruego estaba buscando toda la paciencia que poseía para hablar con el otro. Sus ojos azules no dejaban de observar a su acompañante, sin estar seguro de cuál sería su respuesta. Podía ser tan impredecible, que quizás toda aquella charla había sido en vano. Bueno, para él era hablar demasiado.

Los minutos se volvieron en una eternidad, en tanto Dinamarca se decidía. Tenía una lucha interna al respecto. Había pasado ya un buen tiempo desde que habían salido desde su hogar y aún no había obtenido resultado alguno. Era el jodido Rey del Norte, esto era una catástrofe.

—Piensa que pueden invadir tu reino en este momento y no lo sabrás hasta que sea demasiado tarde, idiota —acotó una vez más el noruego. Quizás estaba exagerando un poco para conseguir la respuesta que buscaba del otro, pero era una opción viable teniendo en cuenta los tiempos en los que estaban viviendo.

Dinamarca tomó una bocanada de aire, pues estaba sumamente estresado en aquel instante. No sabía cuál era la decisión correcta, pues su enorme ego se interponía en el camino. Sin embargo, al observar la mano del noruego que ahora se había desplazado hacia su rodilla, lo hizo reflexionar.

No obstante, estaba demasiado cansado como para tomar una decisión en aquel momento. Estaba agotado con la cabalgata, que había sido prácticamente toda el día. Se habían detenido por primera vez en esta ocasión. Dejó escapar un bostezo y se levantó.

—¿Vas a acompañarme esta noche? —le preguntó el danés, aunque más bien era para recordarle que deseaba su presencia más que nunca a su lado. Apagó con rapidez el fuego para evitar atraer a los animales nocturnos y luego miró la figura del noruego:—Vamos —le pidió.

No podía ni siquiera explicar lo agradecido que estaba con el otro por más que nunca lo demostrara. Bueno, si los abrazos, el hecho de que básicamente lo arrastrara a todas partes a dónde iba y que le pidiera que durmiera con él, los arrumacos, entre otras acciones, no contaban como demostraciones de afecto. Sin embargo, admitirlo era una cuestión completamente distinta.

Para él, quizás era suficiente eso. Sin embargo, a veces le parecía al danés que su presencia desagradaba al noruego y otras que ésa era la manera en que era y nada más. Tantas veces le hubiera gustado decirle que él era mucho más que un simple compañero de aventuras y de viaje, que su presencia lo era todo y su apoyo le era imprescindible para continuar.

Lo que era innegable para él, era que no estaba dispuesto a que el noruego se le escapara de las manos. Quizás por ello era que la fuga del sueco lo había enojado mucho, pues no quería que el otro siguiera su ejemplo. ¿Qué se suponía que iba a hacer sin él a su lado? Sacudió la cabeza. La idea de quedarse solo le aterraba por completo.

—¡Norge! —le gritó para que entrara a la tienda de una vez por todas, pues no estaba escuchando que lo estuviera siguiendo.

Se quitó el enorme abrigo que le cubría y lo dejó a un lado, para luego quitarse las botas. Estaba agotado por todo el esfuerzo físico y mental que aquellaaventura le estaba exigiendo. Quizás Lukas tenía la razón y era momento de regresar y planificar mejor la manera en que iba a capturar al sueco. Por supuesto, pronto escondió su cara de preocupación en cuanto vio a su compañero ingresar, para regalarle una enorme sonrisa suya.

—Ya, ya. Deja de ser tan impaciente, tonto —le reprendió el recién llegado en tanto se disponía a quitarse parte de su ropa, para luego disponerse a cerrar la carpa:—No hagas un escándalo —le regañó antes de ver qué lugar le tocaba dormir esa noche.

—Vale, vale —Hizo una especie de puchero y luego se tiró sobre el montón de pieles que formaba el lugar dónde iban a dormir. Quería olvidarse de todo y solamente enfocarse en aquel que de manera forzada le estaba haciendo compañía:—¡Durmamos abrazados! —le pidió y se arrojó encima del noruego, pero éste le empujó hacia un lado con la misma rapidez.

—¡Basta! —le pidió un poco molesto. Uno creería que a la enésima vez que le rechazaba ya hubiera entendido el danés, pero al parecer éste no entendía una negativa como respuesta.

—¡Vamos! ¡Por una noche! —le reclamó antes de intentarlo de nuevo y recibir la misma respuesta del otro. Sin embargo, era persistente. Quería creer que el rechazo del otro se debía simplemente porque deseaba que le suplicara. Le daba igual que el resto del campamento pudiera escuchar los gritos que pegaba en aquel momento.

—No —le contestó de manera cortante antes de darle la espalda. Aunque ya sabía de antemano que Dinamarca no conocía lo que significaba un "no". Era de esas cosas que le irritaban de su forma de ser.

La verdad era que el noruego no estaba seguro de lo que sentía por el danés. Temía averiguarlo y luego decepcionarse. Después de todo, le resultaba extraño que éste estuviera tan empecinado con hallar al sueco. Se preguntaba si no tendría algún sentimiento por él. Negó con la cabeza, eran tonterías. Estúpidas tonterías que no tenían sentido alguno y no iba a dedicarle más tiempo a ello. Además, no quería que el otro se diera cuenta de ello.

—¿Ni siquiera un pequeño abrazo para el Rey? —No era de aquellos de darse por vencido cuando quería algo, por más que pareciera un capricho. Era terco hasta la médula y no había manera de que no consiguiera lo que quería.

—¿Si digo que sí, vas a dejar de molestar luego? —le preguntó sumamente irritado el noruego. Sabía que era una mala idea. Justo quería luchar contra lo que sentía en realidad por el danés y éste venía a pedirle semejante cosa. ¿Cuán desagradable debía ser para que lo dejara en paz? Al parecer, no había manera que el mayor se diera cuenta de que no quería estar tan cerca de él.

—¡Te lo prometo! —exclamó. Aunque para Dinamarca, eran palabras que se las llevaba el viento.

—Está bien —dijo de muy mala gana, antes de cerrar los ojos. Exhaló profundamente para soportar lo que se venía. Aunque por más que se preparaba, nunca estaba listo para el exceso de afecto que aparentemente el danés tenía por él y eso que ya lo había intentado de todo.

Por supuesto, el abrazo no se hizo esperar y Noruega creyó que se le vino un oso encima cuando sintió que los brazos del otro lo rodeaban. Menos mal que se había dado vuelta, pues para esas alturas se había puesto rojo, tanto de la rabia como de la vergüenza.

—¿De verdad vas a apoyarme hasta que traiga a Sve y a Fin de vuelta? —le preguntó Mathias finalmente después de un largo silencio, sin dejar de abrazar al otro, como si tuviera el miedo de que se fuera de él apenas lo dejaba ir. Esta idea era algo que rondaba demasiado por su cabeza en los últimos días por lo que se estaba volviendo cada vez más apegado al noruego.

Lo único que se escuchó por un buen rato fueron los sonidos de afuera. Dinamarca temió que se hubiera quedado dormido y lo hubiera dejado con la duda. Fueron los minutos que más le produjeron pánico. ¿Y si en realidad planeaba escaparse como esos dos y por ello no contestaba? ¿Qué iba a hacer sin él? No, no, no. Tenía que contestarle.

—Eres mucho más tonto de lo que pensaba y mira que ya te consideraba el rey de los idiotas —Fue la única contestación que le dio. No podía creer que osara dudar de él. Después de ello, simplemente bufó.

—¡Norge! —exclamó sin darse cuenta de que estaba prácticamente gritándole en el oído:—¡Sabía que podía contar contigo siempre! —Y por supuesto, continuaba abrazado al otro, como si se tratara de un peluche.

El noruego siempre había sido fuente de seguridad y fortaleza. Ahora estaba mucho más determinado a mejorar su estrategia. Porque nadie iba a burlarse de él y vivir para contarlo.


Ya. Creo que ahora está más ordenado.

¡Gracias por leer!