Mis ojos se abren de más, y no puedo creer que no se haya esperado a que yo le llamara, le dije que tendría trabajo. ¡Ay Christian Grey! ¿Esposo? Queda esa frase al final de mis pensamientos como un eco.
—Gracias, que nadie nos interrumpa por favor, lleva café y mis galletas de avena...—me regreso unos pasos—... trae esos muffin de arándano por favor—pongo los ojos en blanco y su sonrisa aparece cuando le digo del muffin.
Tomo aire y me repito a mí misma como un mantra
—Respira, tranquila, tú puedes.
Giro la perilla para entrar, y al abrir, ahí está. De pie de espaldas a mí, observando por la ventana al hermoso de colinas verdes. Se gira, y hoy...luce diferente. Lleva unos jeans obscuros, zapatos casuales, camisa de lino blanca y encima su americana azul marino. Entrecierro los ojos y el pensamiento fugaz para por mi mente...«casi vestimos igual»
Realmente él se ve bien, se ve más tranquilo, relajado, y brilla.
—¿Estás dándome un repaso?—sonríe, lo ignoro mientras camino hasta mi escritorio, dejo mis cosas sobre la superficie del mismo. Le hago señas de que tome asiento en las sillas frente a mí. El escritorio de barrera entre los dos, lo cual es perfecto—Buenos días, Anastasia.
Saluda.
—Buenos días, Christian. ¿Qué haces...aquí? Quedamos en que YO te llamaría ya que me desocupara—su sonrisa ilumina su rostro.
—Lo sé, tu orden quedó muy bien escuchada. Vengo por otro asunto, y este asunto no quería tratarlo por teléfono, correo, mensajería—se acomoda en la silla de enfrente, y cruza una pierna, descansando su pie en la rodilla—...es un tema respecto a nuestra situación, tu y yo...
Me remuevo incómoda en mi silla cuando remarca con intención «Tú y yo».
—¿«Tú y yo»? ¿A qué te refieres? No lo tomes a mal, pero anoche creo que debió quedar claro que no hay un...—señalo a él y luego a mí—...«Tu y yo». Ahora, en el presente, solo debes de enfocarte en los niños, tienes que ver la manera, del modo más sutil para acercarte a ellos, como te lo dije anoche, ellos saben que realmente eres real, y que por tu trabajo, y todo el horario de diferencia... bla bla bla bla...—agito mi mano en el aire cuando suelto "bla bla"—bueno todo eso...
Su cara muestra frialdad y su quijada se tensa. Lo siento, pero es la verdad. No estoy saliendo con nadie porque no quería involucrarme con nadie y menos con mi pasado, supongo que por mi estatus: «Mujer casada» y que en un futuro que no veía venir tan rápido, Christian tuviera pretexto para quitarme por ese lado a mis hijos. Si he conocido gente, pero no para el tema sentimental, o para intimar. Por Christian, dejé de tener fe en alguien.
—Me refiero Ana, a que seguimos «casados»—remarca la palabra. Sus manos están entrelazadas, y observo detenidamente que relaja su rostro al ver que me he quedado sin palabras.
—Está bien. ¿Entonces? ¿Qué? ¿Qué quieres hacer, Christian?—mi estómago se hace nudo solo con preguntar eso, y creyendo saber la respuesta. Aunque pensando bien las cosas, es lo mejor. —¿Quieres el divorcio?¿Quieres que mi abogado empiece los tramites?
Evito su mirada mientras finjo acomodar las carpetas frente a mí, lo he dicho en tono despreocupado, pero por dentro estoy temblando y temerosa a una respuesta que no quiero escuchar.
Al no escuchar nada de su parte, levanto lentamente mi mirada. Tiene la mirada obscura, y al mismo tiempo intimidante y su quijada está tensa.
«¿Lo quiere?»
Empuja su cuerpo hacía frente del escritorio para tener menos espacio que nos separe.
—Anastasia, ¿Por qué piensas que quiero el divorcio?—su mirada atropella a la mía. Es incómodo.
Respira, Ana. Respira...
—Solo estoy preguntando, te vuelvo a preguntar. ¿Lo quieres?—de nueva cuenta me remuevo incómoda en mi silla, esperando que me conteste.
—Anastasia, ayer caí de rodillas en la puerta de tu casa después de buscarlos durante siete malditos años, en el peor estado físico, mental, y espiritual y con las esperanzas en un abismo a punto de caer. Quiero que me dejes entrar a TU VIDA, y a la de MIS HIJOS, te nombre la palabra, «nosotros» ¿Y tú piensas que quiero el divorcio?—sonríe y su mirada se posa en sus manos. Cubro mi mano discretamente, no tengo mis anillos de bodas.
Su mirada se va desde donde estaba mi mano, hasta donde la he bajado. Arruga su entrecejo intrigado.
—¿Y tus anillos?—trago saliva.
Piensa, Ana...
