Capítulo VII – Frío

Otro trozo de papel tocó el suelo.

—Mierda —gruñó el comandante, montando de mala gana una hoja nueva en su maquina de escribir.

Hacía frío, tenía los ojos hinchados debido al sueño y la espalda hecha trizas por estar tantas horas en la misma posición. Las manos ardiendo. Tecleó un par de cosas con rapidez, concentrándose por completo en las palabras, leyó su progreso y frunció el ceño.

—¡Mierda!—gritó, arrancó la página y, sin haber terminado ni dos líneas, la arrojó lejos.

Escribir nunca se le había dado bien, mucho menos con tanta presión sobre sus hombros. Si, se lo había tomado con calma las primeras semanas , yendo a casa diariamente para ducharse, comer un poco y dormir, tratando de continuar su vida, pero la fecha límite estaba a la vuelta de la esquina y sus superiores esperaban esos papeles sobre sus escritorios en tiempo y forma.

Forma de ceniza, pensó, suspirando y echándose hacía atrás en la silla.

Estaba agotado, pero lo menos que le apetecía era montar su motocicleta en la nieve, congelarse hasta los huesos y repetir el proceso en la mañana, apenas saliese el sol. De hecho, si había algo que Ymir odiara más que cualquier cosa en el mundo, eso era el frío.

¿Cómo no hacerlo cuando había pasado toda su infancia y buena parte de su adolescencia huyendo de él? Y la verdad era que, incluso como adulto, no ansiaba nada más que olvidar su recuerdo.

Bueno, eso y una enorme y humeante taza de café.

Quizá sea hora de que Annie me eche una mano, pensó, con una sonrisa tan frágil como sus nervios. Alcanzó su botella de whisky con la mano izquierda, abierta y a medio terminar, la agitó suavemente y se la llevó a los labios, dejando que el alcohol aliviara su sed.

En cualquier otra circunstancia, en cualquier otro momento, habría recurrido a Annie a la primera oportunidad. La supervisora era irascible, dura, pero sabía cual era su lugar. Ella era quien salvaba su trasero en esa clase de situaciones, siempre con un ceño fruncido. Pero todo había cambiado; Annie ya no le miraba igual, y el comandante no estaba dispuesto a soportarlo por mucho tiempo.

Era como si, por algún motivo, su propia ayudante hubiese comenzado a tenerle lástima.

—¡Con un demonio! —De pronto, todas sus ideas parecieron fuera de lugar. Arrancó el papel de la máquina y lo hizo añicos, con tanta furia que su codo golpeó la botella, haciéndola caer y derramar todo su contenido sobre el escaso progreso que tenía en frente—. ¡MIERDA!

Gritó y su voz retumbó hasta los cimientos del edificio.

Su sien palpitó molesta. Se puso en pie con pesar, tomándose su tiempo para estirar unos músculos que parecían haberse convertido en piedra al pasar tanto tiempo sin moverse. La botella no alcanzó a romperse, por lo que el propio comandante la tomó del cuello, la alzó sobre su cabeza y, como si fuera otro pedazo de papel, la arrojó, sonriendo cuando se hizo trizas contra el muro.

En la mañana, cuando no tuviese tanta ira contenida en su pecho, le ordenaría a Annie que lo limpiara por él.

El aire helado se escabullía a través de una grieta en el ventanal, produciendo un silbido tan suave como el susurro de un muerto, tan siniestro que le erizó la piel. Nada aquella noche estaba saliendo como lo había planeado: estaba muy nervioso, inquieto al punto en que apenas podía obligarse a permanecer en el mismo sitio por más de un segundo. Quería correr, terminar su trabajo y refugiarse bajo las sabanas de su propia cama.

No puedo, pensó, acariciando sus sienes. Al principio, y en el peor de los casos, había esperado tener la mitad de su trabajo listo para ese momento, pero gracias a su pequeño accidente, no tenía más que una docena de papeles húmedos e ilegibles. Escribir todo otra vez le llevaría otros tres días, ni de lejos el tiempo suficientes para editarlo y hacerlo llegar a Berlín.

Sus superiores estarían furiosos, pero quizá podría usar esa furia para distraerlos de la empresa que estaba por realizar.

3:04 am.

Llegó frente al perchero en tres grandes zancadas, sintiendo como pequeños trozos de cristal se hacían polvo bajo las suelas de sus botas. Repasó su plan como lo había hecho cada mañana, de cada día, de cada una de las últimas dos semanas. Debía mantener la calma.

Se miró al espejo con curiosidad. El comandante mentía a menudo, se le daba bastante bien, pero su reflejo nunca aprendió a mentir, por lo que un rostro pálido le devolvió la mirada, demacrado, con enormes ojeras negras que, con cada desvelo, crecían más y más. Miró y miró, pero no logró reconocerse en aquel hombre abrumado por el deber y por sus constantes derrotas.

Eso es porque tu no eres él, dijo para sí, apartando la vista. Quizá, de haberse conformado con ser una mujer ordinaria, Ymir no estaría en esa situación.

Tomo la única prenda en el perchero y la colocó sobre sus hombros; se trataba de un abrigo, uno tan largo que casi llegaba a sus tobillos y de una lana gris tan gruesa que le proporcionó alivio inmediato apenas introdujo sus manos dentro de las mangas. Se veía mejor así, fuerte y seguro.

En el fondo tenía razón: si las cosas hubiesen transcurrido de otra manera no tendría frío, habría muerto hace mucho tiempo, en algún oscuro y olvidado callejón de Múnich, sola, como si nunca hubiese existido.

Sentía la mirada borrosa. Tomó una gran bocanada de aire turbio y se colocó frente al espejo una vez mas. Hace muchos años, cuando apenas desarrollaba algo muy parecido a una consciencia, el comandante solo estaba seguro de tres cosas: uno, su nombre era Ymir, dos, era una chica y tres, estaba destinada a ser el humano más miserable sobre la faz de la tierra.

Su nombre seguía siendo Ymir —Ymir Fritz, de acuerdo a sus documentos de identidad—, pero todo lo demás parecía haber cambiado.

Abrochó su abrigo, se puso el cinturón y colocó su revolver colgando del mismo; no correría riesgos. Caminó hacía la puerta principal y, con todo ese desastre a sus espaldas, giró el pomo.

3:17

Cerró la puerta tras de sí y le echó llave de la forma más discreta que pudo. A esa hora no quedaba nadie en el edificio, solo ella, la oscuridad y el vaho helado que formaba su aliento. Tomaba esa ruta cada noche, contando el número de pasos que había que dar desde la puerta de su oficina hasta las escaleras que llevaban a la planta baja.

Esto no va a funcionar, pensó, utilizando una voz demasiado gruesa para pertenecerle. Ni siquiera puedes terminar tu verdadero trabajo, ¿crees que podrás con esto?

Tenía que hacerlo, de lo contrario estaría muerta antes de que saliese el sol. Sonrió, tratando de calmarse, pero aquella voz continuó.

No tienes nada, le dijo, con una entonación que le recordaba un tanto a Reiner. Todo ese poder le pertenece a alguien más, y lo que estas a punto de hacer no va a complacerlo.

¿Y desde cuando ese imbécil formaba parte de su consciencia?

Ymir no era estúpida. Sabía que estaba tomando un riesgo, uno muy grande, pero ya era demasiado tarde para regresar. Su trabajo estaba arruinado, las cartas echadas y su paciencia había llegado a su fin. Solo debía seguir el reloj.

Bajó la escalera a oscuras, casi a tientas, con paso firme para no tropezar; lo menos que necesitaba era volver a la mañana siguiente con la nariz rota. El último escalón crujió bajo su peso, se detuvo ahí y, por solo un segundo, se permitió disfrutar del casi extinto aroma a café.

Ella debería estar en casa como todos los demás, observando la nieve desde su cama, echa ovillo. Odiaba el frío. Casi todos sus subordinados lo sabían —a base de ensayo y mucho, mucho error—, por lo que evitaban su presencia apenas la veían acercarse con un abrigo tan grueso como aquel. Casi. Siempre había alguien a quien no le importaba su humor, como Annie o Reiner, alguien que, pasase lo que pasase, estaría para recordarle quien es y donde ha terminado.

Pero por la noche todo era distinto.

Cuando se ponía el sol y hasta el último de los oficinistas emprendía su camino a casa, el comandante podía darse el lujo de recorrer el sitio a sus anchas; pasillos, oficinas, cada uno de los escritorios. De hecho, de no ser por la terrible tormenta que azotaba el exterior, Ymir casi habría disfrutado su soledad.

¡Dios! ¡Como le gustaría estar en casa! Agua caliente, el cuarto de baño lleno de vapor, medio cuerpo dentro de la tina y una hermosa melena rubia haciéndole compañía durante la noche.

Ojos azules, sonrisa gentil...

—No —murmuró, mordiendo el interior de su mejilla tan fuerte que casi soltó un quejido, acarició sus sienes y caminó hacía la puerta principal lo más rápido que le permitieron sus pies, esta vez con la mente en blanco.

3:24

Afuera, el panorama era todo menos alentador. La nieve le llegaba a los tobillos, no escuchaba nada más que el ulular del viento entre las barracas y el aullido inquieto de los perros en la lejanía.

Quizá huelen mis intenciones, pensó, regalando a la oscuridad una sonrisa nerviosa.

Vio una pequeña luz al final de la explanada; un oficial de las SS apunto su linterna en su dirección, acompañado por un perro que parecía más cansado que él. El hombre, como era de esperarse, le saludó con un gesto y apenas recibió otro a cambio, le dio la espalda, flanqueando las barracas hasta perderse en la oscuridad.

Ymir quería correr.

Había hecho ese recorrido cientos de veces, en cientos de circunstancias, pero aquella era la primera vez que alguien notaba su presencia. Ahora alguien sabía que estaba ahí, fuera de su oficina, le había reconocido y lo podía contar.

"Creo que el comandante se ha vuelto loco".

Se había sentido igual aquella mañana: furiosa, temblando de frío y con docenas de ojos clavados en su espalda. Ymir no acostumbraba hacer trabajo de campo desde que fue nombrada comandante; su lugar estaba en la oficina, desglosando presupuestos, firmando acuerdos, en fin, encargándose de cosas más importantes que la obediencia de sus prisioneros. Pero todas las reglas, incluida esa, habían cambiado desde el motín.

¡Muévete! —Recuerda haber gritado a un hombre cuando colapsó a tan solo un par de metros de ella—. ¡¿Qué no me escuchaste?! ¡¿Acaso tartamudeé?! ¡DIJE QUE TE MUEVAS!

En los días fríos Ymir siempre estaba de mal humor, pero aquel día, quizá por el plan que tenía en la mente o por que tenía el tiempo encima, fue como si una bomba hubiese explotado dentro de su cabeza, convirtiendo sus emociones en una vorágine sin control.

¡CAMINA YA!

La fusta bajaba y subía, salpicando su rostro de sangre, llevándose trozos de piel, dejando la espalda del hombre en carne viva. Pero no eran las miradas atemorizadas de los judíos lo que la preocupaba, sino lo que escuchó tras de sí, de parte de sus propios soldados.

Hay algo raro en el comandante...

Algo le preocupa...

Quizá lo destituyan.

Saben que no soy como ellos, pensó, andando tan tranquilamente como le fue posible, asegurándose de permanecer lejos de la luz. Es como si supieran que hay más cosas pegadas a mi pecho además de las medallas.

A veces, solo a veces, se divertía imaginando sus rostros, furiosos y ofendidos, preguntándose como un uniforme masculino había podido calzar tan bien en una figura como la suya, mantenida en su sitio por unos cuantos metros de venda.

Por supuesto que la condenarían a muerte, eso estaba fuera de discusión, pero en aquella noche tan fría y con una empresa tan arriesgada frente a ella, Ymir no deseaba más que gritar sus secretos a los cuatro vientos y correr, hacia Múnich, al escondite de su niñez.

Ahí no existiría el Comandante Fritz, solo Ymir.

3:33

Se perdió en sus pensamientos por varios minutos, yendo en automático a través de un camino que ya tenía grabado en la cabeza. A esa hora, los guardias asentados en la torreta más cercana tomaban un descanso —vino y naipes, nada especial—, por lo que el reflector apuntaría en una sola dirección durante casi una hora; esa noche, la luz se detuvo sobre las cocinas.

—Mierda —gruñó para sí, pegándose lo más que pudo al alambrado. Su destino, ese edificio enorme que ahora estaba cubierto de nieve, se encontraba justo detrás de aquel lugar, por lo que si se acercaba demasiado, corría el riesgo de que algún reflejo en su vestimenta llamara la atención del personal. Pensó en regresar, dormir un poco e intentarlo la noche siguiente, pero algo, algo dentro de su pecho, lo impidió.

Frío. Tenía demasiado frío.

Anduvo poco a poco, paso a paso, atenta al movimiento en la torre. Veía las siluetas de los guardias en la lejanía. Sentía los ojos arder. Recordó vagamente una de las muchas cartas que habían llegado desde Berlín y que el teniente Bertolt Hoover le entregó en mano hace mucho, mucho tiempo, cuando aún creía tener el control.

Las palabras escritas en aquel papel resonaron en su cabeza con una voz que no era la suya, sino la de un hombre, uno con autoridad sobre ella y sobre Dachau.

Eso no era un juego.

3:41

Subió las escaleras que llevaban al pórtico del edificio de dos en dos, sin perder los reflectores de vista. La nieve se había acumulado sobre sus hombros y sobre su gorra. Su cabello se humedeció. A lo lejos, al extremo más apartado del campo, la guardia debía estar terminando su recorrido.

Debo darme prisa.

Apuró el paso, abrió la puerta y esta la recibió con el mismo sonido chirriante de siempre, muy indiscreto para su gusto. Tenía la piel erizada bajo el abrigo. Las celdas del bunker estaban conectadas entre sí por un largo pasillo de luces parpadeantes, una frente a otra, con puertas de hierro que siempre se encontraban cerradas con llave.

Ahí había de todo: soldados desobedientes, presos a los que se les había permitido vivir un poco más y, lo que más abundaba, esqueletos sucios roídos por las ratas y el tiempo. Ymir las conocía todas para ese punto, sabía cuantas eran y a quien contenían en su interior, había entrado ahí a todas horas, en la mañana y la noche, con cualquier excusa que pudiese encontrar.

—Estaré bien —murmuró, recibiendo de vuelta su propia voz en forma de eco.

Habían pasado ya tres semanas, de hecho, desde que comenzó con aquel ritual nocturno. Aunque nadie había logrado escapar con éxito durante el motín, hubo algunos que lo intentaron y a todos ellos se les condenó a pasar el tiempo que les quedaba de vida confinados ahí, en completa oscuridad, y sin ninguna clase de contacto humano. De hecho, eran solo dos guardias los que se turnaban para revisarlos cada dos o tres días, con el cuidado suficiente para no ser vistos. A veces, si se sentían misericordiosos, deslizaban algo de comer por la puerta entreabierta.

Pero el comandante era optimista, sabía que la gran mayoría de los presos, con todo y sus cuidados torpes, sobrevivirían otra semana, el tiempo suficiente para que las horcas que ordenó construir estuviesen listas y para que algunos de sus superiores acudieran a verlas funcionar.

Aquello era su culpa después de todo.

Recorrió el pasillo a paso lento, casi ausente, pero siempre atenta al sonido de sus propios pasos y a los que venían del exterior. Se había memorizado nombres, rutas y costumbres de todos los hombres pertenecientes a la guardia nocturna, de modo que ninguno de ellos la pescara infraganti. Nadie la vería así, derrotada y vulnerable, temblando como un cachorro en la intemperie.

Era extraño, de hecho. Gracioso para alguien con un humor tan negro como el suyo, que aún con su personalidad se encontrase en esa situación. Siempre había vivido por y para sí misma, desde que le robaba comida a los demás huérfanos hasta el instante en que se le ofreció tomar esa apariencia para infiltrarse en el Tercer Reich. Conocía los trucos más turbios de la vida: había manipulado y sido manipulada, le habían engañado y ella sabía como engañar. ¿Cómo podía abandonar todo eso por un simple capricho?

Una obsesión, tan fuerte como el olor a carne quemada que reinaba en el campo.

—Christa...

3:48.

Estaba ahí, como cada noche, de pie frente a la puerta que la separaba de la mujer de sus fantasías, la que tomó en brazos la noche del motín. Ymir permaneció a su lado desde el primer momento, desde que perdió el conocimiento hasta que el personal medico del campo retiró la última esquirla de bala de debajo de su piel, dejando una considerable cicatriz a su paso. No había sido el tiro, sino el shock, lo que la mantuvo tanto tiempo fuera de sí. Ella limpió el sudor de su frente cuando llegó la fiebre, sostuvo su mano cuando comenzó a gimotear y le dio una paliza legendaria a su mejor doctor cuando descubrió que el rápido avance de la infección en el cuerpo de la chica era intencional.

Y sin embargo, aquella era la tercera semana de Christa en el bunker.

La patrulla ya debe estar regresando, pensó, cerrando los ojos para recuperar la calma. A partir de ese momento necesitaría ser más astuta, más audaz y sobre todo, más rápida. Aquello era como el ajedrez, y cualquier paso en falso le arruinaría la partida.

Era un mal hábito, de hecho, el pensar en el mundo como si se tratase de un tablero de ajedrez. A ella le gustaba mirar a su alrededor y encontrar peones, torres y arfiles en lugar de personas. Era su modo de vida, el único que conocía.

Christa cambió eso.

Ella era su opuesto perfecto, inocente e ingenua, como esa pieza especial que debe ser resguardada tras las demás. Había una atracción casi magnética entre ambas, tan fuerte que trató de acabar con ella de cualquier manera, sin éxito; quizá, con solo una muestra de desdén, podría darse cuenta de lo falsa que era su diosa.

Ymir era un monstruo después de todo. Un demonio. Tenía tanta sangre en sus manos que a veces no la dejaba dormir.

Pero incluso así, haciéndole cosas tan horribles, ese odio tan esperado nunca llegó, al contrario, conforme pasaba el tiempo sus feroces besos robados fueron convirtiéndose en gestos mutuos.

Sin desearlo, esa pobre chica que deseaba la muerte se había metido bajo de su piel.

3:52. El tiempo corre.

—¡Maldita sea! —Su voz ronca, por el frío y los nervios, cortó el silencio.

¡Hail! —Gritaron desde una celda cercana.

¡Hail Hitler! —Respondió el segundo de los soldados encerrados a la primera voz.

—¡Cállense!

Golpeó el muro con su puño y casi de inmediato, una fuerte ola de dolor recorrió desde la punta de sus dedos hasta lo más alto de su hombro. Se quitó el guante y observó el vendaje sucio que había debajo.

Si no hubiese desviado el cañón de esa arma con sus propias manos, Christa estaría...

No.

Rechinó sus dientes con ira. Había estado muy cerca de perderla para siempre, tanto que disfrutó de sobremanera la expresión del dueño de esa arma cuando tuvo la amabilidad de devolverle el favor: le voló la mano de un tiro, cargó otra bala y le disparó en el pie y por último, lo obligó a correr, y sin nadie que la detuviera pudo apuntar a la nuca sin problemas.

No hay tiempo para esto, regañó, recargándose en la pared un momento. Sus ojos estaban abiertos de par en par, respiraba agitadamente, se sentía temblar. Su corazón era tan escandaloso que juraba poder oírlo sobre sus propios jadeos. Mordió su labio y el leve sabor metálico de la sangre la hizo creer que había enloquecido.

3:56. Tenía frío, muchísimo frio, y estaba aterrorizada.

—Ymir.

Se paralizó; le quedaba menos de una hora para actuar. El motín lo había cambiado todo, le había arrebatado el control sobre el campo, sobre sus hombres y sobre sí misma, sobre su propia sanidad y autocontrol. ¿Qué debería hacer en aquel momento? ¿Seguir? ¿Rendirse?

¿Por qué, aún con ese abrigo tan grueso, tenía tanto frío?

—Ymir.

Su boca se secó y, pese a que tiritaba, una delgada capa de sudor helado cubrió su frente. Deseó volver a su oficina, o mejor, correr hacía su motocicleta y jamás volver, apuntarse el revolver al rostro y terminar de una vez con todo; al fin y al cabo, lo que estaba a punto de hacer le daría el mismo resultado. Ni cuando recién entró al cuerpo de cadetes, ni cuando estrechó la mano de Heinrich Himmler, ni cuando mató a su primera victima, había tenido tanto miedo.

—Ymir.

La carta. Debía pensar en la carta y en lo que contenía. Él la observaba de cerca, sabía cada uno de sus movimientos y, apenas amaneciese, sabría si había cometido cualquier error. Estaba segura al principio, maquilando aquel escenario durante días, calculando cada posibilidad. Ahora que estaba lista, que había llegado tan lejos, todo parecía una locura. Le quedaban menos de cincuenta minutos para burlar a la guardia, evitar los reflectores, llegar a los aparcamientos y huir.

Le quedaban cuarenta y siete minutos.

—¡YMIR!

Y ese grito fue todo lo que necesitó. La luz parpadeante del pasillo invadió la oscuridad cuando, sin pensarlo dos veces, abrió la puerta de la celda de golpe, cegando a la única persona que ocupaba su interior. Se cubrió los ojos con unos dedos pequeños y frágiles, tomándose su tiempo para acostumbrarse a la luz.

Era un ángel, demacrado, con ojeras tan grandes como las de ella. Frente a esa hermosa mirada azul, la misma que la perseguía en sueños, Ymir se preguntó a sí misma porque había tardado tanto en actuar. A partir de ese momento y pasase lo que pudiese pasar, sabría que había tomado la decisión correcta.

Sonrió.

—¿Te he hecho esperar, mi diosa?

Entonces se perdió por completo. No supo en que momento decidió entrar a la celda, acuclillarse a su lado y tomarla en brazos, resguardándola contra su pecho. La pequeña rubia se aferró a su espalda con todas sus fuerzas, como si temiera que fuese a desaparecer, temblando y llenando su abrigo de lágrimas y sudor.

—Ymir, Ymir, Ymir —murmuraba una y otra vez, buscando consuelo en las silabas de su nombre.

Acarició sus hombros temblorosos, delgados y frágiles, preocupantemente pegados al hueso, la apartó de sí y, con extraña delicadeza, besó su frente.

Treinta y nueve minutos.

—¿Nos vamos ya, princesa?

No, esas no eran las palabras que buscaba; tenía el tiempo contado. Necesitaba el tono autoritario, casi burlesco que la caracterizaba, no esos murmullos tan suaves y comprensivos. Christa, pese a ello, permaneció en silencio, recorriendo su espalda con las yemas de sus dedos como si quisiese memorizar cada palmo de ella; incluso sobre la ropa y sobre su grueso abrigo, Ymir sintió su piel arder.

—Christa —unió su frente con la suya—, estas ardiendo.

Eso era malo. Por alguna razón, la infección debía haberse avivado, probablemente gracias a la suciedad y el hambre. Ymir frunció el ceño. Ahora debía añadir asaltar la enfermería a su plan.

Pero cuando se preparó para correr, un par de manos pequeñas tomaron su rostro con fuerza, atrayendo sus labios a un contacto torpe y febril.

—¿Christa?

—Ymir…

En noches así, frías como ninguna, el comandante siempre estaba de mal humor, pero aquellos labios que chocaron contra los suyos con decisión hicieron que el calor se extendiera a cada una de sus extremidades. Sintió como Christa sonreía contra sus labios.

Treinta y dos.

Entonces, pese a sus pobres expectativas, Ymir trató de recuperar el control. Se tensó. Las manos de Christa recorrían su cuello, enredándose en su cabello y soltando el broche que mantenía su colega en su sitio, su gorra cayó y su cabello quedó libre.

—Christa... Debemos...

Pero fracasó. Sus leguas se encontraron al tiempo que su diosa se deshizo de manera salvaje de su propia camisa, dejando al descubierto la piel suave y pálida de unos pechos pequeños. Luego de eso, Ymir no pudo apartar la vista.

Treinta minutos.

Así como un grito fue suficiente para quebrar sus defensas, un solo susurro delirante contra su oído bastó para hacerla ceder.

—Hazme tuya.

Y, como si fuera una orden, Ymir sentó a la pequeña en su regazo, sobre sus piernas, desconociendo si esa repentina calidez provenía de la fiebre de su amante o de sus propias manos ansiosas que bajaban por su abdomen. Separó sus piernas y permitió a sus largos dedos escabullirse bajo los trozos de tela que aún la separaban de su cuerpo desnudo.

Veintiocho minutos. La guardia debía estar terminando su recorrido.

La penetró de golpe, deprisa, utilizando tanto su dedo índice como el medio y sorprendiéndose por lo fácil que fue. El vendaje que cubría su mano se humedeció. Christa jadeó, sus paredes internas aprisionaban sus dedos.

—¡Ymir!

Veinte.

Quince.

Diez minutos.

—Ya es tarde —dijo en voz alta, no sin antes comprobar que su compañera estuviese dormida. La pobre luz del pasillo cortaba la oscuridad y era lo único que le permitía el pequeño cuerpo que respiraba contra su pecho.

Nunca antes la había visto dormir, no así. Normalmente, cuando entraba a hurtadillas en su barraca o le ordenaba acudir a ella, la encontraba alerta, lista para ser tomada y abandonada al terminar, temblando sobre las sabanas.

—Ya no tiene que ser así —susurró a la durmiente—, a partir de ahora, todo esto será como un mal sueño.

Entonces y sin que ella lo notara, Christa abrió los ojos, nublados por la fiebre y el cansancio, la miró durante unos segundos y casi por arte de magia, volvió a dormir, convirtiéndose en peso muerto sobre el pecho del soldado. Ymir se quitó el abrigo a prisas, lo colocó sobre la rubia y, con cuidado de no despertarla, la cargó en su espalda.

Quedaban solo seis minutos.

—Espero que te sujetes fuerte, Christa —murmuró, levantándose, dejando la celda atrás—. Tenemos que darnos prisa.

La nieve caía, pero la adrenalina, y esa cálida y acompasada respiración sobre su cuello la hicieron entrar en calor.

Al final, sobre su motocicleta y con sus pasos borrados por la nieve, no supo que le molestaba mas: si uno de los reflectores a punto de descubrirla, o el darse cuenta de que, en su gran tablero, Christa Renz era el rey.