Capítulo IX: Extraños sentimientos

Si algo podía ser inverosímil para alguien, era el hecho que una mujer tan fría e inescrupulosa como Dominique fuera capaz de sentir miedo, de percibir que el perfecto mundo que habían tejido para ella se derrumbara delante de sus ojos para percibir la cruel realidad. Conducía su automóvil con manos sudorosas, la frente la tenía reluciente a la luz de los faros nocturnos y sus ojos se desplazaban de un lado a otro, perdiendo varias veces la concentración, buscando a alguien que pudiera realizar el trabajo que finalizaba con ella muerta.

Sus esfuerzos por calmarse eran inútiles: era imposible hacerlo con algo tan pesado colgando sobre su cabeza, una sombra de terror siguiéndola adonde quiera que vaya, acechándola, acosándola, torturándola hasta la locura. Era perfectamente entendible la razón por la cual su vida debía terminar y se podía resumir en una sola palabra.

Venganza.

Estaba claro como el agua que su madre no sólo le había heredado dinero y genes. Su error en aquella desastrosa operación de contrabando le había acarreado malos dividendos aunque, lo que no podía entender era la cantidad de tiempo que se tomó su jefe para tomar la determinación de matarla. Luego, un repentino suspiro de alivio cruzó por su ya atormentada mente. El jefe debía matarla personalmente para obtener el poder de la varita y, mientras se mantuviera oculta, donde fuera, su vida no corría peligro.

Una parada de semáforos obligó a Dominique a frenar. Aprovechó la breve ventana de tiempo para secarse el sudor de las manos y la frente y, cuando la luz roja cambió a verde, ya podía conducir con más calma. Ahora que tenía la mente más nítida pensó, en un alarde de lucidez, que conocía a todos los miembros de la Rosa Negra, sabía sus procedimientos y demás. No le podía ser tan difícil acabar con todos y cada uno de los integrantes de la sociedad, y aislar al jefe para dejarlo indefenso.

Ese era el plan.

Había una falla, sin embargo. Para poder desbaratar los planes de la organización, tenía que hacerlo con al menos un cómplice, porque la sociedad era poderosa y compleja y se trataba de un círculo imposible de romper si lo hacía en solitario. El gran dilema era encontrar personas que tuvieran algo en contra de la Rosa Negra, porque nadie conocía la organización, ni menos se atrevería a hacer algo para destruirla.

A menos que…


Las dos de la mañana. La música pop (es raro encontrar chicas lesbianas que sean fanáticas del metal) llenaba cada rincón de la casa, había serpentinas tiradas en el suelo, confeti desparramado en los muebles y globos flotaban de aquí para allá. Se trataba de una simple tertulia, pero el ambiente parecía el de un cumpleaños.

La sala de estar se había convertido en una pista de baile y cada una de las presentes tenía una pareja de baile. Tania bailaba con Selene, Susan lo hacía con una pelirroja llamada Rose, Linda tropezaba con los pies de otra chica, menuda y de cara pecosa que se llamaba Stephanie y Ginny le daba clases de baile a una hermosa morena, alta y de bellas formas que respondía al nombre de Marie. Otras dos chicas, dos castañas que eran pareja desde hace dos años, Jane y Elizabeth, ya habían subido al segundo piso y se encontraban encerradas en una de las habitaciones y la última del grupo había tenido que irse por motivos laborales. La única mujer que no disfrutaba para nada de la fiesta, era Hermione.

Estaba en su dormitorio, escuchando los gemidos de Jane traspasar la pared, tratando de imaginarse que ambas chicas estaban viendo una película erótica y no protagonizando una. Si ver besarse a dos chicas era un espectáculo desagradable, no quería imaginarse lo que sería el sexo entre ellas, aparte de que era una imposibilidad biológica la práctica sexual entre mujeres y, por extensión, entre homosexuales. Hermione, para distraerse de los gemidos de la otra habitación, había encendido la radio y puesto metal a todo volumen, sólo para ahogar las risas y los jadeos sensuales de Jane. Pese a que detestaba las baterías rápidas y las guitarras eléctricas del metal, era la única forma de aislarse de aquella aberrante escena.

Pero, había cosas que se colaban en su mente y la hostigaban una y otra vez. Y una de ellas ocurrió hace sólo una hora atrás.

Hermione se llevaba a ratos un dedo a sus labios, justo en donde Ginny la había besado, como tratando de entender por qué lo había hecho, como tratando de encontrar alguna motivación, aparte de la que ya sabía. Aunque parte de ella afirmaba que se trataba de un juego y que no tenía nada que ver con amor o con deseo, la otra mitad de su conciencia, aquella que estaba fuera de su control, quería creer que Ginny se sentía atraída por ella. Y eran cosas que la estridente música de la radio no podía soslayar, porque estaban dentro de ella, eran diatribas mentales que la atacaban con cada vez más frecuencia y más aun, estando en la compañía de su amiga.

Algo hizo que Hermione se levantara de la cama. Los gemidos de Elizabeth eran más penetrantes que los de Jane y la música ya la estaba desesperando. Apagó la radio y bajó las escaleras, sólo para comprobar que la fiesta todavía ardía en la sala de estar. Supo que dos de sus amigas faltaban y no necesitó preguntar quiénes eran. Leslie y Marie debían madrugar en sus trabajos y las demás, a excepción de Ginny, bailaban encandiladamente sobre el tapete, el cual ya ostentaba algunas manchas de licor. La pelirroja estaba sentada en uno de los sillones, mirándola fijamente a los ojos, como esperando que bajara de su soledad en algún momento.

-No puedo tolerar los gritos –dijo Hermione, sobándose la frente con los dedos-. Jane y Elizabeth son muy ruidosas.

-La deben estar pasando muy bien arriba –comentó Ginny, sonriendo un poco y acercándose a su amiga lentamente-. Vamos, Hermione. ¿Por qué no lo pasamos bien un rato?

Hermione retrocedió unos dos pasos, apenas atreviéndose a creer que le propusiera algo tan radical.

-¡No… no pienso tener sexo contigo!

-¿Y quién habló de sexo, Hermione? –inquirió Ginny, poniendo los brazos en jarras-. Me refería a bailar.

-Ah… eso. Bueno… creo que sí.

Ginny tomó de una mano a su amiga y la llevó al centro de la sala de estar. Con una de sus manos tomó la cintura de Hermione y la fue guiando en los pasos de la música tropical que sonaba ahora, porque Ginny sabía bailar aquel ritmo.

-Vamos Hermione. Sigue mis pasos.

Y la castaña se atrevió a tomar la cintura de Ginny y ambas daban vueltas y más vueltas sobre la pista. Aunque podía parecer un vals, la verdad era que las piernas de las amigas se entrelazaban impetuosamente y a velocidad de vértigo y los giros eran más rápidos. Pero, a la pelirroja no le bastaba aquel juego inocente de giros y piernas rápidas: estaba preparada para experimentar cosas distintas, y no iba a hacerlo con otra chica que no fuera Hermione, porque sentía en el fondo de su corazón que su amiga no pensaba en ella como una mera amiga. Intuía que la chica con la que bailaba había descubierto algo nuevo que la asustaba y, se había transformado como en algo personal hacerle ver que no se trataba de algo terrorífico, ni menos de una cosa que fuera un atentado contra la Naturaleza.

Y, en un imprevisto movimiento de su brazo derecho, Ginny acercó a Hermione violentamente contra si misma y la inclinó lentamente, sujetándola firmemente y acercando su cabeza al cuello de su amiga. Pareció olerla, de tan cerca que pasó su boca y su nariz de la piel de Hermione, quien se estremeció de la cabeza a los pies cuando sintió la tenue respiración de Ginny impactarla. Podía, a su vez, oler el seductor aroma de la cabellera roja llameante que tenía tan cerca de su nariz, y su memoria viajó a través del pasado, a sexto año para ser precisos.

Recordaba perfectamente la primera clase de Pociones de ese año, cuando el profesor Slughorn les mostraba una variedad de diversas pociones muy complicadas de mezclar. Estaba todavía grabado en su mente cuando se dio cuenta que olía, por alguna extraña razón, a jazmín. Era inconcebible que en una mazmorra llena de pociones malolientes pudiera olerse un aroma tan seductor como ese. Luego, cuando el profesor indicó uno de los calderos de la cual escapaban fumarolas en espiral, Hermione supo lo que andaba mal.

Sabía perfectamente cuál era esa poción. La había visto muchas veces en libros sobre el tema, indicando que se trataba de uno de los brebajes más peligrosos del mundo de la magia, no por su toxicidad, no por sus efectos sobre lo material. Era peligrosa por los efectos devastadores que tenía sobre la mente humana, porque la cegaba y le hacía creer cosas que en realidad no eran. El poder de la obsesión amorosa era nefasto e incontrolable: por esa razón, se trataba de una poción que la mayoría trataba con temor reverente.

Y era la razón de porque olía a jazmín.

Recordaba que la Amortentia despedía un aroma u otro según la persona que lo oliera y de lo que más le atraía. En su caso, y lo manifestó en voz alta, podía percibir sutiles aromas a pasto recién cortado, a pergamino nuevo y… a jazmín, claro que esto último no lo mencionó, porque cada vez que se encontraba con Ginny, podía percibir exactamente la misma esencia de aquella flor con propiedades afrodisiacas.

Desde ese entonces que venía cargando con dudas acerca de su sexualidad. Y, decididamente, era la razón por la cual había fracasado su relación con Ron.

Pero me gustan los chicos.

No Hermione. Te gustan las chicas.

Las dos mitades de su mente libraban un combate singular e intenso dentro de Hermione. Mientras se dejaba guiar por los brazos de Ginny al bailar, las dos mitades de su conciencia semejaban dos príncipes que luchaban por conquistar un territorio muy codiciado. Dos personas se peleaban dentro de ella, dos personalidades con premisas opuestas entre si. Una decía que un chico iba a ser el amor de su vida y la otra, que una chica iba a ser su "princesa azul". ¿Y si los príncipes llegaran a coexistir dentro del mismo reino? Hermione no quería ni imaginar adónde llegaría ese camino.

Pero había algo que no entendía. Si le gustaban los chicos, ¿por qué se dejaba guiar con tanta mansedumbre por Ginny? Incluso, tenía la rara sensación que le agradaba tener a alguien que le dijera lo que debía hacer pero, ese alguien debía ser un hombre, no una mujer. Y la pelirroja seguía conduciéndola por la improvisada pista de baile, tomándola suavemente por la cintura, no con violencia, sino grácilmente, fluía como la seda fina y Hermione no recordaba que hombre alguno tuviera esa delicadeza, esa finura, al menos con ella. Le gustaba que alguien supiera dar los pasos con calma, no que fuera, por decirlo de alguna forma, directamente "al dulce", llevarla lenta pero firmemente a su destino…

Fue entonces cuando comprendió que Ginny estaba tratando de seducirla.

Fue como si todo el sonido de la fiesta, que había desaparecido mientras bailaba con su amiga, se colara violentamente en la sala de estar o como si algún tipo de encantamiento se hubiera roto. La pelirroja la miraba con una mezcla de desconcierto y lástima, tal vez a causa de la reacción negativa de su amiga al hecho que bailaran juntas en una fiesta de lesbianas. Por último, la pelirroja suspiró y se fue a sentar en un sillón, uno para recuperar el aire y segundo, para dejar que su decepción la fuera abandonando de a poco. Mientras tanto, Hermione subía las escaleras, pisoteando los escalones, mientras Jane y Elizabeth bajaban, rozando levemente el hombro de la chica. Y, dando una última mirada a la pared, se encerró en su habitación, para no volver a salir en toda la noche y, quizá, ahora que esas dos escandalosas tontas degeneradas habían dejado de jugar, podría dormir de una perra vez.

No tenía ganas de dormir, no obstante.

Le costaba un enorme esfuerzo tratar de quitarse siquiera el suéter y miraba a la cama como si fuera su enemiga. Todo este dilema con su sexualidad la estaba trastornando y, si no dejaba de pensar en eso, podría ganarse un boleto sin retorno a San Mungo, enloquecida, tal como lo estaban los padres de Neville. Tenía que convencerse de alguna forma que su felicidad estaba en manos de un hombre, que las mujeres no podían enamorarse entre sí y que debía cortar su amistad con las chicas que ella misma había invitado a la fiesta, porque eran influencias dañinas para su vida, para sus ideas y su futuro.

Aunque eso supusiera una agobiante soledad.

También debía dar un violento giro a su vida, alejarse de toda aquella persona que supusiera que la homosexualidad era algo socialmente aceptable. Y eso implicaba que Ginny desapareciera inmediatamente de su vida, ahora y para siempre. Debía purgar su cuerpo y su alma de todas aquellas impurezas que afectaban perniciosamente a su vida. Se trataba de una verdadera cruzada personal que no dudaría en llevar a cabo para alcanzar la felicidad.

Alguien tocaba a la puerta. Quienquiera que fuese, podía irse al demonio.

—¡No hay nadie! —exclamó Hermione amenazadoramente.

—Soy Ginny —dijo la voz, la cual sonaba algo dolida.

—¡No me importa! ¡Lárgate! ¡No quiero verte! ¡Vete de mi casa y no vuelvas jamás!

—Hermione… ¿qué te sucede? —quiso saber Ginny, sonando muy preocupada.

—¿Acaso tienes cerilla en el oído? ¡Vete, y no regreses, condenada perra lesbiana!

Ginny no dijo nada por varios instantes. Luego, habló con pena y dolor.

—¿Eso es lo que piensas de mí? —inquirió Ginny, en voz baja—. No creo que sea verdad, pero me hirieron mucho tus palabras. No eres Hermione cuando hablas en esos términos y, definitivamente, no eres mi amiga. Por ello, necesito hablar contigo. Pero, si me vuelves a gritar o a insultar de la forma en que lo hiciste hace segundos atrás, no volveré a dirigirte la palabra por el resto de tu vida. Así que piensa lo que vas a hacer, si realmente valoras nuestra amistad.

Hermione iba a gritar nuevamente, y herirla más por supuesto, pero algo la frenó en seco. Tal vez cuando escuchó la frase "no volveré a dirigirte la palabra por el resto de su vida". Si, estaba de acuerdo en que Ginny se había pasado al otro bando y trataba de seducirla pero, la perspectiva de perderla para siempre, aunque sea como amiga le era, de alguna forma, insoportable. No quería meter la pata más hondo en el barro si podía evitarlo de algún modo pero, al mismo tiempo, no deseaba hablar con nadie, ni siquiera con Ginny.

—No quiero hablar contigo.

—¿Por qué? —se atrevió a preguntar Ginny, sabiendo que el temperamento de Hermione estaba en el filo de una espada.

—No tengo ganas de hablar, no ahora —respondió Hermione, con toda la calma que podía juntar en tan angustiosos momentos—. Quiero estar sola.

—Como desees —accedió Ginny, dejando de mirar hacia la puerta—. Si me necesitas, estaré abajo, porque necesito hablar con el guardia para informar cuándo voy a llegar a mi casa.

Hermione pudo haber suspirado de alivio pero eso no era lo que sentía. Saber que Ginny se podía ir en cualquier momento se había convertido en una horrible perspectiva. No quería que se fuera y, sin embargo, no deseaba que estuviera tan cerca de ella de nuevo, porque sabía que trataría de seducirla una vez más. Aunque ella misma no quisiera aceptarlo, la necesitaba, necesitaba de su amistad, de su cariño y de su apoyo, porque era la única presente que se podía llamar una amiga de verdad. Quería entender qué le estaba sucediendo y por qué y, si una cabeza no podía dar con la respuesta, tal vez dos sí lo harían.

Ya eran las cuatro de la mañana, según el reloj en el velador. Hermione se puso de pie e iba camino a la puerta cuando oyó que la tocaban de nuevo. Pensando en mil tonterías, tomó el pomo de la puerta con aprensión y manos temblorosas y abrió la puerta.

Era Ginny.

—¿Qué haces aquí? Me diste un susto de muerte.

—Pensé que deseabas hablar conmigo. Y —Ginny sonrió levemente—, mi corazonada era cierta.

—Te necesito, aunque no quiera aceptarlo —dijo Hermione, mirando con enorme incomodidad a su amiga—. Pasa, siéntate en la cama.

Ginny dio uno, dos, tres pasos dentro de la habitación de la chica. No se trataba de aquel cuarto infantilmente femenino cuyas paredes y demás objetos destacaran por tener colores chillones y que abusaban del celeste, amarillo o el rosado. La habitación de Hermione estaba primorosamente decorada con un papel tapiz que mostraba rosas en relieve con un fondo cuyo color recordaba al roble barnizado, dando la impresión que las plantas treparan la pared. Los moldajes eran blancos y el piso estaba recubierto por una alfombra color marrón. No tenía peluches ni en la cama ni en los armarios y éstos estaban atiborrados de libros. La cama era de dos plazas y el plumón estaba decorado de la misma forma que la pared y, cuando Ginny se sentó en ella, fue como si se sentara sobre jalea.

—Y bien, ¿qué deseas hablar conmigo?

Hermione no habló en seguida. Se tomó su tiempo para decidir la mejor forma de plantear lo que sentía. Y, sorpresivamente, sin que Ginny pudiera anticiparlo, estalló en llanto y se aferró fuertemente a su amiga.

—¡¿Qué me está pasando Ginny?! —exclamó Hermione con voz ronca, derramando lágrimas sobre el suéter de la pelirroja—. ¡Dime que no soy lesbiana!

Ginny no se sentía en posición de responder esa pregunta, por lo que optó por la verdad.

—Ay, Hermione. La única forma en que lo puedes saber, es descubriéndolo tú misma. Yo lo estoy haciendo así y, la verdad es que me siento muy cómoda entre las chicas, como que existe una complicidad más profunda de lo entendible por hombre alguno. Para mí, ser lesbiana no me resulta un problema porque, para serte sincera, no es algo a lo que debas temer.

Pero Hermione no se iba a convencer con aquellas palabras tranquilizadoras.

—Temo lo que los demás me… me digan si me convierto en una —respondió ella, todavía hipando y soltando lágrimas—. No es tan simple y, honestamente, no… no creo que sea algo tan natural como lo dices.

—Eso es lo que te ha hecho creer la sociedad en la que vives —repuso Ginny con calma y paciencia, como si le estuviera enseñando sumas a un niño de cinco años—. ¿Por qué crees que el Ministerio no quiere a personas como nosotros? Porque nos teme, porque saben que el amor entre dos mujeres es poderoso y, al mismo tiempo, imposible para las mentes acartonadas de los dirigentes políticos. Y, por ese temor, les dicen a la gente que somos, por decirlo de alguna forma, aberraciones de la Naturaleza, que el amor sólo puede existir entre un hombre y una mujer. ¿Te has preguntado alguna vez por qué nosotras, las chicas, pasamos el mismo tiempo con hombres y mujeres? Porque nosotras decidimos nuestro futuro sexual, y eso si que es algo natural. Pero, la única forma en que puedes hacerlo es probando, experimentando. Tienes que perder el miedo a lo nuevo, abandónate y descubrirás un mundo nuevo, un mundo que puede gustarte…o no. Sólo lo sabrás si te aventuras en él.

Hermione todavía no se convencía del hecho que ser diferente a las demás mujeres era algo corriente. Pero la idea de experimentar, muy a su pesar, le era muy atractiva.

—Tienes razón pero, no sé dónde empezar.

—Comienza conmigo.

La castaña no sabía qué la sorprendió más: la propuesta de su amiga o el aplomo con el cual dijo esas dos palabras.

—No sé si… deba hacerlo. Quiero decir, eres mi amiga.

—Y como tal, confías en mí, confías en que no voy a hacerte nada malo y confías en que no voy a divulgar nada de lo que suceda aquí —repuso Ginny, tomándole a Hermione ambas manos y sonriéndole, mirándola fijamente a los ojos—. Te lo prometo.

Algo incierto se podía palpar en el aire que yacía entre ambas mujeres, como una misteriosa e invisible atracción que forzaba a Hermione a mirar a su amiga, y viceversa. La del cabello castaño no se daba cuenta que apartaba las manos de las de Ginny y ascendían por sus piernas, temblando a medida que se acercaba a sus caderas y pasaban de largo, envolviendo su cintura, como cuando bailaban en la sala de estar. Al mismo tiempo, la pelirroja también rodeaba a Hermione con sus brazos y sus frentes colisionaron suavemente. Estaban tan cerca, pero de una forma distinta a cuando Ginny la besó como parte de un juego que ella no quería. Ahora, las dos estaban involucradas, voluntariamente, y ambas sentían que ya no podían dar marcha atrás.

Ahora, sus narices estaban pegadas, sus cabellos se mezclaban, el rojo con el castaño, fusionados en uno, las respiraciones se hacían espirales al entrecruzarse y lo único que podían ver ambas eran sus propios ojos. Hermione tenía los labios trémulos y ligeramente abiertos, lo mismo que Ginny, pero sin que los suyos parecieran gelatina agitada. El tiempo se dilataba, sus corazones triplicaban el ritmo de sus latidos, se aferraban fuertemente y lo inevitable ocurrió.

Hermione no aguantó la tensión que se formaba al estar tan cerca y se separó bruscamente de Ginny, tanto que casi se cayó de la cama al alejarse del cálido cuerpo de su amiga la pelirroja. Y, hablando de ella, se había quedado en una posición ridícula, porque tenía los labios ya estirados y los ojos cerrados. Sin embargo, se dio cuenta que Hermione había abandonado el juego antes de tiempo y, en respuesta, suspiró y se dedicó a mirar a su amiga, quien parecía atravesar un estado de shock. Tal vez era porque ella había decidido ponerse en esa situación, una muy incómoda para ella, por lo que la pudo entender. A ella, Ginny, también le había costado asimilarlo y era perfectamente normal.

—¿Te sientes bien? —preguntó la pelirroja a Hermione, quien ya parecía haberse recuperado.

—No lo… sé —respondió la chica, llevándose las manos a la cabeza—. Estuve a punto de besar a una mujer, y lo que es más, a mi mejor amiga. ¿Cómo quieres que me encuentre?

Ginny no contestó. Hermione estaba de pie, mirando sin ver hacia la puerta, como tratando de decidir qué hacer a continuación. Creía que lo mejor era dejar que su amiga se fuera, porque ya se estaba haciendo muy tarde. Abrió la puerta, en un gesto cortés, para que Ginny abandonara la habitación, a lo que la pelirroja dio un "gracias" y cruzó el umbral de la puerta. Y, sin esperarlo, sin planearlo, sintió que algo la hacía girar sobre si misma y después, todo lo que vio fueron unos ojos cerrados.

Podía sentir los labios húmedos de Hermione besarla, aunque en un principio sólo apretó su boca contra la de su amiga. Luego, se separó un poco para que fuera, en realidad, un beso. Movía sus labios dulcemente, como si saboreara una frutilla especialmente jugosa y deliciosa, y Ginny tardó un poco en asimilar que estaba besando a su mejor amiga. Eran largos, casi eternos, los momentos en que sus labios estuvieron juntos y, mientras duraron, lo disfrutó. Pero, cuando la pelirroja iba a poner a su lengua a jugar, el beso se terminó.

Hermione había quedado como en un estado de letargo, con la boca ligeramente abierta, los ojos como platos, sorprendida de lo que acababa de hacer. Ginny, incapaz de reaccionar correctamente, solo atinó a cerrar la puerta, dejando a su amiga como a una maniquí, paralizada. Por otra parte, Hermione veía la puerta como fascinada por ella antes que pudiera reaccionar. Era imposible que hubiera ocurrido lo que tanto temía, aquello que ni en sus más locas pesadillas haría.

Besé a una chica.

Tal vez fue poseída por algún demonio cuando hizo eso. O, tal vez, extraños sentimientos la dominaron cuando supo que Ginny se iba. No quería que se fuera. Y, como el azúcar en el fondo de un recipiente con agua, una nueva convicción se estaba asentando en el fondo de su corazón.

Me gustan las chicas, me comprenden, me siento identificada con ellas y… me gustan sus besos.

Hermione se sintió avergonzada de este último pensamiento pero, no con la misma fuerza que antes. Era como si Ginny hubiera aligerado la carga que suponía no ser como las demás y el ambiente de secretismo había ayudado con eso. Pero, no tenía que ir tan rápido.

Despacio por las piedras.

La puerta de su dormitorio se abrió otra vez y, de nuevo, era Ginny, pero no venía con ninguna intención extraña.

—No me despedí de ti —dijo ella—. Pero, estoy segura que estás pensando lo mismo que yo, que no debería ir tan rápido con esto, caminar a paso lento.

—Ti… tienes razón pero, ¿de verdad crees que es natural que tu y yo nos…? bueno… ya sabes.

—¿Besemos? —inquirió Ginny con una leve risotada—. Sólo el tiempo te responderá esa pregunta. Bueno, Hermione, me tengo que ir. La pasé muy bien.

Ginny la besó en la mejilla y, haciendo un último saludo con la mano, desapareció detrás de la puerta, dejando a Hermione sola. Era increíble que ocho horas atrás, ella fuera su mejor amiga y ahora, se estuviera convirtiendo lentamente en algo más que eso. Y, aunque la perspectiva no le hacía mucha gracia, estaba cada vez menos renuente a experimentar el amor pasional de una mujer.

Y, cosa curiosa, ahora tenía muchas ganas de dormir.


Nota del Autor: Bueno, comenzó el lío romántico. Aunque (me fascina mucho esta pareja) trataré de tocar también los dramas de Dominique y los intentos de su jefe por asesinarla. Lo único que adelanto, es que se avecinan dosis de misterio y aventura, para no aburrirlos con tanto romance, aunque trataré de entrelazar ambas cosas.

Bueno, sin más que decir (aparte de agradecer las opiniones que me han llegado y, de nuevo, reitero la importancia de los comentarios para hacer mejorar a un autor) los saludo desde la cima del Everest…

Gilrasir.