¡Un nuevo récord, señoras y señores! ¡Hemos llegado a los 118 seguidores y 103 favoritos! ¡Y no podría estar más orgullosa de todos los comentarios que me habéis enviado! ¡Esto es probablemente lo mejor que me ha pasado en meses! ¡Muchísimas gracias! ¡Ahora, a por los 200 seguidores! hehe! Francamente, si llego algún día a los 200 será un logro increíble.
Por cierto, para los que no lo hayáis visto todavía, hice unos bocetos sobre alguna que otra escena del fanfic. Están en mi página de deviantart (Raygirl13). Si buscáis "Un asunto conejudo" con mi nombre, seguro que lo encontráis.
Ahora, éste capítulo es un poquito más largo, ¿eh? A continuación os paso la lista de música que he utilizado. Sigue el orden que os doy y todas las melodías son de Randy Edelman. Creo que se adapta muy bien a la trama. ¡Feliz lectura!
A Texas Oasis (Leap year)
Dingles Senior Citizens (Leap year)
Irish Schnitzel (Leap year) - [Glenn habla de su madre]
Sound Advice (While you were sleeping)
Leave it to Saul (While you were sleeping)
Bed and Breakfast (leap year)
Bumpy encounter (While you were sleeping)
One too many martinis (Leap year) - [Vuelta a la normalidad tras la explicación de Judy y despedida de Glenn]
A stinging truth (Leap year) [Glenn en la limusina]
Right time wrong guy (Leap year)
Capítulo 9: Tengamos la fiesta en paz.
La mesa estaba más que lista cuando todos se sentaron. Stu no dudó un segundo en reservar un hueco a su lado para Glenn. De hecho, ambos llegaron riendo al comedor, como si fueran viejos amigos.
Bonnie, en cambio, dedicó su atención a los niños que correteaban alrededor de la mesa mientras nuestra encantadora "pareja" tomaba asiento junto a Karin. Ésta aprovechó el alboroto para acercarse un poco a su hermana y hablarle en voz baja.
—Mamá me ha dicho que intentará hablar con papá esta tarde para que se haga a la idea sobre Nick.
—No hará falta. —Le respondió Judy, tomando un poco de agua de su vaso. —Les voy a contar la verdad.
—Estás de broma, ¿no? —La pequeña se la miró como si hubiera dicho la mayor absurdidad de la historia. —Te estamos ahorrando un matrimonio no deseado y…
—Yo sola puedo decidir lo que quiero hacer con mi vida, Karin. —Replicó la hermana mayor. —No voy a dejar que escojan por mí.
Cuando la otra iba a responder, Bonnie ya había conseguido colocar a la mayoría de los niños y comenzaba a servir los platos. Glenn había sido el primero y ahora le tocaba a la niña.
—A ver, cariño, ¿cuánto quieres de calabacín rebozado?
La niña alargó el plato.
—Con dos trozos me basta, mamá.
—¿Dos? Nada de eso. Cinco como mínimo. —La reprendió Bonnie. —Estás demasiado flaca. No voy a permitir que caigas enferma.
Karin frunció el ceño, sabiendo que no podría llevarle la contraria a su madre aunque quisiera, y Judy puso los ojos en blanco, aguantándose la risa. Había olvidado lo que era comer en casa. Puede que sus padres no fueran ni mucho menos ricos, pero no escatimaban en comida para sus hijos.
Alargó el plato a su madre y le dejó elegir la cantidad que creyera conveniente, sabiendo que no iba a salir de allí sin desabrocharse el pantalón.
—Esto… ¿tú querrás calabacín, Nick? —La pregunta se le atascó un poco en la garganta a la pobre mujer. —He preparado un poco de tofu también. Está muy bueno.
Él sonrió y alargó el plato. Un poco de verdura no le haría daño… aunque no fuera precisamente una delicia para su paladar. Cuando Bonnie le sirvió también un trozo de masa gelatinosa y blanca con especias y una salsa verde, tuvo sus dudas. "Aguanta…" pensó.
Y así fueron llenándose los platos, uno por uno, esperando el turno y aguantando el hambre hasta que Bonnie pudo por fin sentarse en su sitio y obligar al grupo a elevar una plegaria por los alimentos que iban a recibir.
Los invitados no eran lo que se dice… devotos, pero imitaron a su anfitriona sin rechistar.
Por fín, llegó el momento de hincar el diente al delicioso banquete.
El tofu no sabía mal del todo… pero tenía un gusto un tanto peculiar que las papilas gustativas de Nick no alcanzaban a identificar. Mientras masticaba, iba echando un vistazo a todos los allí presentes. La mayoría de los críos comían con gran apetito, masticando con la boca abierta e incluso dejando escapar algún que otro erupto, algo que la madre no soportaba pero contra lo que no podía luchar. Teniendo tantos hijos, habría tenido que dividirse al menos en cincuenta como ella para controlarlos a todos.
En lo que respecta a los adultos, Stu cuidaba un poco más las formas delante del adinerado huésped, quien mantenía la conversación con inmaculada delicadeza. Ese Glenn… realmente era todo un caballero de punta en blanco, y eso era precisamente lo que más sorprendía al zorro. ¿Cómo alguien de tan alto estatus podría estar interesado en una chica de clase media? Bueno, no es que Judy no fuera hermosa, pero… la gente de los altos círculos tenían otra forma de pensar y él lo había comprobado de primera mano. Sólo cabía recordar la boda a la que había asistido con Judy aquella noche cuando intentaban resolver su primer caso. Don Bruto Mascarpone era un ejemplo perfecto de un miembro de la alta sociedad y su hija se había casado con alguien de su mismo rango. Jamás habría permitido que fuera de otra forma. Así pues… ¿qué tenía este don juan de diferente…?
Bebió un sorbo de agua y decidió que quería saber más sobre él, pero cuando abrió la boca para lanzar una pregunta al aire, su compañera se adelantó.
—Bueno, ahora que estamos todos, creo que… debo deciros algo.
—Sí, espera un momento, cielo. —La interrumpió su padre. —Glenn me estaba explicando algo muy interesante sobre la venta de zanahorias.
—Sí, bueno, pero…
—¿Y dices que puedes venderlas a otros países? —Insistió el padre con su invitado.
—Efectivamente. —Respondió Richfield. —Actualmente estamos expandiendo el mercado a otras fronteras. Mi padre siempre ha creído que la exportación puede dar muchos beneficios.
—Ah… ¿y yo podría también exportar mis zanahorias?
Glenn sonrió.
—Bueno, para ello necesitaría a alguien que actuara de intermediario. Estas cosas requieren ciertos controles de calidad, pero no sería imposible.
—Qué interesante…
—Sí, mucho. —Añadió Judy, intentando captar de nuevo la atención. —Papá, tengo que…
—Es de mala educación interrumpir a la gente, cariño. —Stu estaba empeñado en darle toda su atención al que quería fuera su yerno, por lo que nuestra policía tendría que intentarlo un poco más.
—No era mi intención...
—Oh, no se preocupe, señor Hopps. —Intervino Glenn. —Este tema es muy aburrido. Estoy seguro de que Judy tiene algo más interesante de lo que hablar. Además… creo que tiene usted mucha suerte con una hija tan encantadora.
—Sí, bueno… la verdad es que no me puedo quejar. —Y añadió en un susurro: —Excepto de sus gustos.
—¡Stu! —Bonnie saltó de la silla en cuanto terminó la frase. No hacía falta ser un genio para saber con qué intenciones iba el comentario, y el zorro no tenía la culpa de que la família fuera más bien tradicional.
—La verdad, Judy —prosiguió Glenn, evadiendo el comentario —, creo que tú y Nick hacéis una bonita pareja.
—¿A que sí? —El zorro sonrió y Judy abrió la boca.
—En realidad… —no llegó a decir casi nada que Glenn ya estaba hablando otra vez.
—Yo... nunca he tenido suerte con eso. —El conejo bajó la mirada hacia el plato con aire triste. —Ya desde pequeño, mis padres no se entendían bien a pesar de ser de la misma especie. Cuando mi madre nos dejó fue un duro golpe para mí. Mi padre se encerró en banda y comenzó a decir que todas las hembras eran iguales. Hasta me obligó a asistir a un instituto sólo para machos. —Levantó los ojos vidriosos y la miró de frente. —¿Sabes? Nunca he llevado bien los rechazos y… menos aún las mentiras, pero cuando os miro… veo sinceridad y amor, y eso me da esperanza de que algún día encontraré a mi media zanahoria. —Sonrió. —Estoy muy contento de saber que eres feliz, de verdad.
Petrificada. Así es como se sentía Judy.
Si había tenido intención de terminar con la farsa… ya no podía. Incluso su madre se había emocionado con esas palabras.
—Glenn, eso es muy bonito.
—Gracias, señora Hopps. —Respondió él, sonriendo. —Pero lo digo de corazón. Y estoy seguro de que la boda será toda una bendición.
—Bueno… —Judy intentó buscar las palabras —todavía es pronto para hablar de boda…
—Gracias a dios. —Murmuró Stu, recibiendo otra mirada asesina de su mujer.
—Para casarnos, primero tenemos que ahorrar. —Añadió Nick, de la forma más natural. —¿Verdad, cariño?
Judy asintió con una sonrisa forzada y sintió ganas de darle una colleja a su hermana pequeña cuando ésta le dirigió una mirada traviesa.
—Sin duda. —Glenn cruzó las patas para apoyar la cabeza delicadamente en los dedos y les sonrió. —Aunque… me sorprende que no lleves el anillo puesto. Seguro que es precioso.
Judy levantó las orejas como si fueran dos torpedos. ¡Atiza! ¡No había pensado en eso!
—Esto… es que… —"¡Piensa, piensa, piensa!" gritaba en su mente.
—Verás, ante todo, somos profesionales. —Intervino Nick, justo a tiempo. —En el distrito de policía ya era difícil pasar desapercibidos y cuando decidimos salir nos pusimos de acuerdo en no llamar la atención más de lo debido. El anillo está bien guardadito para que no se pierda. ¿Verdad, pastelito?
—¡S-sí, así es! —Judy sonrió de oreja a oreja a pesar del tembleque en todo su cuerpo. —La discreción es importante.
—Ah, ya veo… —Glenn le sonrió de vuelta, complacido. —Perdóname pero ahora no puedo evitar preguntarme… ¿cómo os conocisteis?
Las orejas de la policía bajaron de golpe, prueba del pánico que la invadió. ¡Otro maldito detalle que no había preparado! ¡¿Acaso la comida familiar se había transformado en un interrogatorio?!
Una vocecilla interior la obligó a calmarse. La pregunta no iba dirigida sólo a ella y sabía, sin lugar a dudas, que Nick tenía un pico de oro cuando se trataba de contar batallitas, así que puso todo el peso en sus patas.
—Bueno… esto… ¿por qué no lo cuentas tú, cariño? —Le dijo al zorro, poniendo una patita temblorosa en su brazo y apretándolo disimuladamente mientras lo miraba con ojos suplicantes. —Tú siempre lo explicas mejor que yo.
Él captó el mensaje enseguida y sonrió con satisfacción. "El show debe continuar"
—Sí, claro. —Carraspeó y adoptó una postura relajada. —Veamos… nos conocimos en Zootopia.
—Sí, correcto. —Secundó ella.
—Era un precioso día de primavera y yo estaba en la oficina, terminando de preparar un informe sobre el último caso que había resuelto. Ya os lo contaré un día. En fin —prosiguió, cogiéndole el gusto a su interpretación de los hechos —, el caso es que salí a por un café y, justo cuando llegué al hall, el jefe nos llamó a todos a una reunión. Habían traído a una nueva recluta al distrito y, como era de esperar, yo no tenía ni idea de que era mi pastelito. —Colocó las manos en la mesa teatralmente y sus ojos se agrandaron para darle drama al asunto. —Cuando la ví por primera vez, pensé… Nick, esas orejitas tan adorables tienen que ser para tí. Así que le pedí al jefe que me dejara enseñarle el oficio durante los primeros días.
—¿Y cómo fue? —Karin se unió a la conversación, divertida por la sonrisa forzada de su hermana mayor.
—Oh, muy bien. —Respondió Nick. —Bueno… al menos la primera media hora. —No se inmutó cuando Judy perdió la sonrisa. —Pobrecita, todo era tan enorme y nuevo que le costó adaptarse al principio. Y nadie quería formar equipo con ella porque la veían muy poquita cosa; pero yo sí la veía como lo que era; un diamante en bruto, una perla que en cualquier momento comenzaría a brillar. Y bueno, cuando nos pusimos a trabajar en nuestro primer caso, la química fue tal que se me declaró a las pocas horas.
Judy, que hasta entonces había estado aguantando la humillación, recuperó una sonrisa de dientes apretados y se decidió a intervenir.
—Es curioso, mi colita peluda… yo recuerdo la historia un tanto… diferente.
—Pero yo tengo más memoria, mi caramelito saltarín. —Replicó él, tan tranquilo.
—Oh, no lo creo, boquita de piñón. —Respondió ella, frunciendo el ceño pero manteniendo los dientes a la vista. —De hecho, fuiste tú quien se declaró. Y creo recordar, a-de-más —remarcó la palabra —, que mis habilidades mejoraron notablemente tras nuestro primer caso.
—¿Estás segura? Yo diría que… ¡Mh! —La sonrisa de Nick quedó congelada en su rostro al notar el apretón en espiral que Judy estaba propinando a su cola. —Ahora que lo mencionas… —murmuró, presionando los nudillos contra la mesa para soportar el dolor —creo… que tienes razón.
—Por supuesto que la tengo.
Judy dejó ir la cola del zorro con una sonrisita inocente y algo más relajada. Escarmentada de haberle dado todo el poder a su compañero, decidió tomar las riendas de la historia.
—Nick era muy impetuoso y más de una vez tuve que pararle los pies. No dejaba de flirtear conmigo. —No se inmutó cuando éste la miró de reojo, con cara de circunstancias. Ahora le tocaba recibir a él. —Y creedme, no es fácil trabajar con alguien así. —Entonces, los ojos de Judy adoptaron cierta nostalgia. —Pero... en el fondo… desde el primer momento supe… que era un buen tipo. —Sus miradas se buscaron una vez y el zorro sintió un extraño júbilo que se le extendió por todo el cuerpo. —En fin —prosiguió Judy —, no quiero entrar en detalles con nuestra relación pero, al final, decidimos darnos una oportunidad. Y aquí estamos. —Sonrió al resto, que la escuchaban atentamente. —En realidad, somos una pareja bien avenida y eso es lo que importa.
Glenn sonrió con cierto misterio, pero nadie se dió cuenta.
—Entiendo. —Susurró.
Stu miró al zorro, que tenía su atención puesta en su hija, y no supo definir lo que sentía en aquel momento. Por suerte, una distracción acudió en su ayuda.
—Bueno, ¿quién quiere sopa de calabaza? —Bonnie se levantó y atrapó la enorme olla que había encima de un mueble. Todos los críos se pusieron en pie y empezaron a golpear la mesa con las cucharas, pidiendo su ración.
Judy agradeció la intervención de su madre y respiró tranquila cuando Glenn retomó la conversación con su padre. Nick no dijo ni una palabra más y la velada prosiguió con toda naturalidad, tal y como debería haber sido desde el principio.
Tras los postres, el joven Richfield decidió que había llegado la hora de partir. Se levantó de la mesa una vez terminado el trozo de tarta de lima y albahaca, y se despidió de todos con su encanto habitual. Stu le propuso ir con ellos a la feria, pero el invitado tuvo que rechazar el ofrecimiento. Ya se había retrasado bastante con sus quehaceres.
Cuando le llegó el turno a Nick, se estrecharon las garras formalmente y sin rencores. No obstante, al zorro no le pasó por alto el fugaz respingo en su nariz pero, a pesar de todo, no le dio mayor importancia.
Judy se permitió el lujo de abrazar al conejo amistosamente y le agradeció las flores, prometiéndole que, aunque fueran sólo amigos, mantendrían el contacto ahora que sus caminos se habían vuelto a cruzar.
Y así, Glenn Richfield salió del acogedor hogar de los Hopps para entrar en la limusina que llevaba esperándolo desde su llegada. Cuando el chofer cerró la puerta y arrancó el automóvil, Richfield perdió por fin el rictus amistoso que llevaba aguantando todo el mediodía. Las cosas no habían salido como planeaba, pero no por ello iba a echarse atrás.
Echando mano de la botella de champán que tenía guardada en la pequeña nevera portátil, se sirvió una buena copa y dio la orden al conductor con el teléfono que conectaba ambos extremos del automóvil.
—Carlos, antes de ir a casa necesito pasarme por la oficina.
—Sí, señor. —El chófer cambió de marcha y viró en el siguiente cruce para cumplir las órdenes.
Glenn atrapó entonces su móvil y accedió a su lista de contactos para marcar el número de su secretario.
—¿Pierre? Soy yo. Tardaré un poco más de lo previsto con este asunto pero ve preparando el papeleo y asegúrate de que nuestros abogados estén disponibles esta semana. Probablemente tendré que acudir a ellos. —El secretario atendió la petición con solemnidad. —Ah, y una cosa más. Necesito que encuentres toda la información que puedas sobre un zorro llamado Nicholas Wilde. No quiero llevarme ninguna sorpresa más.
—Entendido, señor.
Pierre se puso a trabajar y el jefe reposó la cabeza dos segundos mientras saboreaba un poco de su champán. En estas que recordó al viejo Stu y su propuesta... y tuvo una idea. Retomó el auricular y Carlos respondió al otro lado de la línea.
—¿Sí, señor?
—Cambio de planes. —Replicó Richfield. —Llévame al 33 de la calle Malsano. Tengo que ver a alguien.
—Como desée, señor.
Glenn sonrió para sus adentros. Tardaría algo más… pero no iba a permitir que nadie se interpusiera en su camino. Ya no.
