Nota de autor: A partir de este capítulo iré contestando los reviews con MP, realmente no me gustaba falsear la cantidad de capítulo que aparecía. Si hay algún término que os gustaría que colocase en el glosario, por favor, decidmelo.

Glosario del capítulo:

**Oea: Actual Trípoli.


Existen dos formas de serle infiel a alguien: De cintura para abajo y de cuello para arriba.

Numidia


Año 460 antes de Jesucristo, julio.


Numidia no lo miró durante mucho tiempo porque en seguida desvió la vista hacia los mapas. Cartago notó su despiste y levantó los ojos, descubriendo a Roma y a Aldion. Le hizo un leve gesto de asentimiento al joven soldado sin dejar de exponer los planes que tenía en mente para las maniobras y el procedimiento.
Aún quedaban muchos asuntos que atender sobre las operaciones militares, como su proyecto de armada con los quinquerremes nuevos. Entrenar a los marineros, enseñar a construir los barcos, a diseñarlos, requería tiempo. Cartago también estaba esperando a que llegase una caravana comercial por tierra desde Persia y tenía que cobrar el pago del tributo anual númida al Estado púnico, pero eso tendría que hacerlo más tarde.

Cuando tanto Cartago como Numidia dieron por finalizada la reunión, todos los soldados hicieron una reverencia y salieron de la estancia. Cinco esclavos retiraron los mapas mientras otros tres dejaban copas de vino. Numidia tomó una, lanzando un suspiro que denotaba cansancio. Cartago se mantuvo en silencio, pensativo, y se acercó al ventanal de la habitación a la vez que Aldion le daba un codazo a Roma. Ya podían ir.

Roma aprovechó para echar un vistazo a Numidia más de cerca, sin que ella se diese cuenta. Pensó que tener tributarios debía ser interesante. Era una belleza oscura, más oscura que la de Cartago. Se preguntó si estaría bien tener algún… encuentro con ella más tarde. No es que quisiera, pero a veces… Bueno, ella era tan hermosa… Sin embargo había algo que no terminaba de gustarle, como una impresión, una espinita.

De espaldas, Cartago casi podía palpar la libido de Roma subiéndose por las paredes, y sin querer sonrió, meneando ligeramente la cabeza. No cambiaba, seguía siendo un mocoso.

—Oye, Kart-Hadasht... —llamó Numidia después de un trago de vino—. ¿No vas a presentarme a este joven tan guapo?

Roma tragó saliva y se ruborizó tenuemente, porque ella le estaba mirando de forma intensa. Aunque hubiese tildado de joven a Roma, lo cierto es que ella no aparentaba ser mucho mayor que él. Numidia conservaba un aspecto juvenil y no parecía que fuera a envejecer pronto. Cartago sabía que eso significaba plenitud como nación y que, cuando empezara a arrugarse, sería el símbolo de su decadencia.

—Pensaba que ya conocías a Aldion —respondió Cartago.

Numidia sofocó una pequeña carcajada tras su copa de vino. Aldion bufó, aunque también sonrió, y Roma, por supuesto, protestó:

—No tiene gracia —Y gruñó, frunciendo el ceño, cruzado de brazos.

—Oh, vamos, era una broma, ¿verdad? —rió Numidia, mirando a Cartago.

Este esbozó una sonrisita divertida, que se esfumó al darse la vuelta para encararles, tomando su propia copa para beber. Había estado algo preocupado, las noticias que le llegaban del otro lado del mar a veces no eran buenas, y otras tantas resultaban ser falsas. Y muchas veces su línea fiable de correo —las palomas blancas de Roma— se perdían por el camino. Ver con sus propios ojos que finalmente él había sobrevivido le aliviaba.

—Me alegra saber que conseguiste derrotar a tus enemigos —dijo de forma sincera.

Roma desvió la vista, quizá algo avergonzado. Seguía sin poder sostenerle la mirada por más de cinco segundos, aunque poco a poco fuera tomando valor para hacerlo. No respondió. Lo habría hecho de no ser por la presencia de Numidia. Se sentía como si tuviera una pantera hambrienta delante. Numidia le observaba de forma intensa, inquisitiva, curiosa… Como si esperara a que cometiera un error para poder burlarse de él. Roma no era idiota, era la misma mirada que le lanzaban muchos, sobre todo representaciones mayores que él. Estaba esperando para señalarle y ponerle en evidencia delante de Cartago.

Y no entendía por qué.

—Oye, ¿pasa algo? —preguntó, desconcertado.

No la conocía, ella a él tampoco. Entonces… ¿qué podría ser? Hasta entonces lo único que había sabido de los númidas era por boca de otros, nunca se habían visto, escrito ni tratado. Recordó las largas charlas de Etruria a la luz del fuego durante los inviernos, campaña tras campaña, todas las cosas que había ido averiguando de Cartago por sí mismo, y tardó dos segundos de más en darse cuenta de que el veneno que brillaba en los ojos oscuros de Numidia eran los celos.

Y ató cabos...

Cuando Cartago apenas levantaba un palmo del suelo, Numidia ya era un territorio fuerte, mucho mayor, que cabalgaba con sus príncipes por el árido paraje del norte de África. Habían sido vecinos desde siempre. Numidia era quien había contagiado a Cartago el amor por los caballos, quien le había enseñado a montar, a correr con ellos y con el viento. Al crecer Cartago, aprender a pelear y a comerciar por mar abierto, se distanciaron y no volvieron a verse hasta que él no comenzó con las conquistas del interior, hacia Libia, y, más tarde, hacia el oeste. Cartago los convirtió a ella y a Mauritania en tributarios, formando así su imperio comercial. Debería haber sido el inicio de las hostilidades entre ambos, del debilitamiento de su relación.

Sólo que no había sido así.

A Numidia nunca le había importado porque Cartago respetaba su cultura siempre y cuando pagara la cantidad estipulada del año. Siempre recordaría a ese niño pequeño, tímido y distante, que se escondía detrás de las faldas de Dido cuando se encontraban. El niño que, después de todo, se acercaba despacio a ella, se sentaba a su lado y se dormía en su regazo mientras le arrullaba en su idioma. El niño que, al crecer y convertirse en adulto, con el que cabalgaba hasta que caían rendidos. El que componía canciones, la hacía reír y que con dos palabras sólo susurradas cerca de su oído hacía que se sonrojara. El niño al que besó por puro gusto y placer. El niño del que se enamoró… Y del que siempre esperó una respuesta, nada que le indicase que Cartago sentía lo mismo que ella.
Mirar a Roma sentado allí hablando con Cartago como si fueran amigos de toda la vida le hacía daño. ¿Cuánto de estrecha tenía que ser la amistad entre ellos, para que Cartago quisiera arriesgar el cuello viajando como lo había hecho hacía años? ¿Cuán importante era para que hubiera dejado de lado todo, sólo por verlo?

Sentía envidia, una envidia enfermiza.

Pero no podía quejarse. Oía historias de pueblos, continente adentro, que sufrían a manos por su fidelidad al conquistador. Lo único que quería Cartago de ella era dinero y eso se aseguraba siempre de dárselo. No podía quejarse.

Y no lo hacía.

—¿Sabes? He oído hablar bastante de ti, Roma —comentó Numidia, abstraída en sus pensamientos.

—¿Ah, sí? —Él arqueó una ceja y miró a Cartago, el cual se encogió de hombros, como si dijera «culpa mía». Eso hizo que Roma se tranquilizara un poco. Al menos no habría oído todo lo malo— ¿Qué te han contado?

A pesar de la tensión que notaba por parte de Numidia, Roma se sentía seguro. Cartago estaba allí, no tenía por qué andar alerta de todo lo que decía. Además, en la práctica, se suponía que ella era inferior en posición.

—Oh, muchas cosas —Numidia le dedicó una sonrisa sibilina, encantadora, que a Roma le provocó un escalofrío—. Eres alguien muy prometedor, me gusta eso. Un territorio fuerte, poderoso… Que tiene miedo de parecer el cuervo carroñero que es.

—Numidia, basta —Cartago frunció el ceño, advirtiendo que estaba cruzando la línea.

Lo último que le faltaba era que se enemistaran por una tontería. Había notado desde un primer momento la contrariedad de Numidia, y no iba a permitir que se envalentonase. Roma apretó los labios hasta se convirtieron en una línea fina y blanca.

—Oh, lo siento, ¿eso lo he dicho en voz alta? —siseó ella, con una risita.

Roma quiso replicar, pero justo en ese momento entró un soldado a la sala, que se dirigió directamente hacia Cartago. Hizo el saludo pertinente y le entregó un rollo de pequeño tamaño, que parecía ser un mensaje. Cartago lo leyó rápidamente y torció el gesto. Tanto Numidia como Aldion se mantuvieron serios y callados, incluso después de que el mensajero se hubiese ido. Fue Roma el que se atrevió a preguntar, seriamente intrigado:

—¿Qué pasa?

Cartago chasqueó la lengua, mientras Aldion tomaba el rollo y lo leía.

—Libia ha traspasado nuestra frontera y perpetrado una invasión militar —dijo, lacónico.

Aldion soltó un suspiro, recogiendo el papiro. Libia se encontraba al este del territorio púnico y existía mucha fricción debido a las rutas comerciales. Antaño Libia había estado bajo influencia fenicia, pero ahora era Grecia quien controlaba parte de la zona, y por supuesto, Cartago tenía que lidiar con ello cada dos por tres.

—Libia debería estarse quieta de una vez —murmuró Numidia, con un gruñido.

Cartago se mantuvo callado, pensativo. Estaba calculando los costes de convocar a las tropas, el transporte, los suministros... Si le había llegado un mensaje, seguramente habrían enviado otro al Consejo. Tendría que dejar a un lado las maniobras programadas para los númidas, y llevarse la caballería sin entrenar. No iba a tener tiempo para reunir todo lo que necesitaba.

Demonios, iban tan bien las cosas…

—Aldion.

—¿Señor? —Aldion estaba firme, esperando órdenes.

—Ven conmigo. Y vosotros —Miró tanto a Roma como Numidia—, esperadme en el ágora.

Roma chasqueó la lengua y Numidia suspiró, levantándose.

—Si es lo que quieres… —musitó ella.

—Sin pelearos, ¿me oís? Si me entero de que habéis armado cualquier tipo de alboroto… —Dejó la amenaza en el aire, antes de hacerle una seña a Aldion para que le siguiera.

—Vale, vale —rezongó Roma, molesto.

¿Por qué le incluía? Él no había hecho nada. Numidia era la que… le había intentado hacer saltar. No era su culpa. Observó la marcha de Cartago y Aldion antes de dirigirle una fulminante mirada a Numidia y levantarse también. Ahora estaba solo con ella y tendría que soportar sus puyas, quisiera o no hasta que Cartago volviera. Bueno, podía arreglárselas. No estaba preocupado.

Pero Cartago sí, por eso no lo perdió de vista hasta que no cruzó el umbral de la puerta, preguntándose si Numidia sabría comportarse, y si Roma habría madurado lo suficiente como para no caer en su juego de críos.


—Vamos, relájate —murmuró Numidia, mientras esperaba cómodamente sentada en las escaleras inferiores de acceso al edificio del Consejo, con varios de sus esclavos y esclavas alrededor.

Roma gruñó como única contestación. Estaba apoyado contra el pedestal de una de las estatuas de bronce que presidían la entrada al edificio del Consejo, intentando no mirar demasiado a menudo hacia la puerta. Y por supuesto, no hacia Numidia. Con otro gruñido se separó del mármol y empezó a caminar de un lado a otro.
La ciudad entera estaba en estado de alerta y por todas partes se veían patrullas de soldados formando, rumbo a los cuarteles del exterior.

Numidia había reorganizado a las tropas que había traído consigo y ya estaban reuniéndose tras las murallas. Partirían en cuanto Cartago diera la orden. Y eso no sería hasta que el Consejo no ratificara al general al mando de la campaña. Aunque llamar campaña al sofoco de una pequeña invasión realmente era demasiado pretencioso, pero, ¿qué sabía ella de la petulancia púnica? Todos los imperios eran iguales, presumidos, vanidosos, fatuos… Cartago no era una excepción. Siguió a Roma con la mirada durante unos pocos minutos, entonces soltó un suspiro. No comprendía qué podía ver Cartago en él, al menos no cuando existían mejores representaciones, más serias, juiciosas, más adecuadas… Ni se le pasó por la cabeza pensar en ella misma. Sabía que no estaba bien pagar su frustración con Roma porque él no tenía la culpa de ser cómo era. Si Cartago era tan bobo como para enamorarse de alguien tan impulsivo no era su problema, aunque le doliera.

Una de sus esclavas intentó calmarla con un roce de mano. Ellas sabían todo lo que le sucedía a su ama. Estaban tan unidas que podían notar su dolor como si fuera el propio. ¿Quién no lloraría al pensar que un hombre como Cartago te había desechado por un mocoso que lo único que sabía hacer era pelear? Numidia alzó la vista y esbozó una sonrisa. Era su manera de decir que estaba bien, que estaría bien.

No le asustaba Libia.

Se levantó rápidamente al oír que las puertas se abrían a tiempo para ver cómo Cartago bajaba las escaleras, seguido de Aldion, el que debía ser su general y varios soldados de su unidad. Llevaban las armaduras puestas, listos para iniciar la partida cuanto antes.

—Prepárate, saldremos en una hora —anunció, dirigiéndose a Numidia antes de mirar a Roma—. Vas a tener que volver a casa.

—¿Qué?, ¡no! —Roma protestó, avanzando a zancadas para colocarse delante e impedir que se fuera. Cartago se detuvo y alzó una ceja, serio—. ¡Llévame contigo, podría ayudar!

—No —La negativa fue tan contundente y rápida que a Roma le dolió como un golpe físico.

Numidia tuvo que aguantarse las ganas de sonreír antes de empezar a ejecutar las órdenes. Se alejó seguida de su pequeño cortejo, dejando a Roma con Cartago. Ni siquiera se molestó en mirarlos, tenían prisa.

—¡¿Por qué no?! —exclamó Roma, desconcertado—. ¡Estaría cumpliendo con el tratado!

—No es asunto tuyo.

Aunque Cartago le rodeó para retomar la marcha, Roma volvió a interceptarlo, visiblemente disgustado. No era justo. Todas esas décadas había estado esperando poder demostrarle de lo que era capaz en un conflicto directo, ¿y ahora resultaba que no era asunto suyo? De acuerdo, no se acordaba de lo que marcaba exactamente el tratado, pero veía lógico prestar fuerza a un aliado si lo necesitaba.

Si lo necesitaba...

—Quiero pelear contigo —protestó, casi con una súplica.

Tras ellos cuchicheaba el grupo de soldados y Aldion resopló, preocupado. Magón, el general de campaña de ese año, chasqueó la lengua, murmurando por lo bajo que las naciones podían ser absurdamente caprichosas cuando querían. Uno a uno fueron montando en los caballos que los esclavos les habían traído, hasta que sólo quedó Cartago en pie, con la mano sujetando las riendas. Parecía haber estando pensándolo, ponderando la idea de consentir su presencia, aunque al final suspiró.

—No tengo tiempo para esto —Se impulsó hasta montar en su corcel y se dirigió hacia los demás—. Reuníos con vuestra formación al llegar a la muralla, tomaremos la ruta directa hacia el este por la costa —Miró una vez más a Roma, desde las alturas, y compuso una expresión algo apenada, como si dijera que lo sentía, pero que debía ser así, antes de apretar los talones contra los flancos del animal y abrir la marcha.

Roma se apartó del paso de los alazanes y lo contempló hasta que el grupo desapareció tras la multitud y fue incapaz de distinguirlos entre la marea de soldados que abandonaban el ágora. Se dio cuenta de que había estado conteniendo el aliento hasta entonces, de modo que exhaló pesadamente y se llevó una mano a la nariz, para apretarse el puente.

—Al menos podrías haberme dicho adiós, idiota.


Marco Valerio esperó hasta el último instante antes de subir al barco. Le habría gustado quedarse, pero sabía que permanecer en una ciudad bajo amenaza de guerra no era buena idea.

Cartago era una urbe impresionante. Todavía se sorprendía de tener que levantar la cabeza para poder ver la cumbre de algunos edificios, que podían alcanzar hasta siete pisos de altura. Aunque la arquitectura no fuera su pasión, era capaz de admirar la forma, el material… El esplendor que destilaba la metrópoli no era comparable a la que se veía en Roma. A su manera tenía un aire único. Había estado en otras ciudades a lo largo de su aprendizaje como médico, sobre todo en Grecia, y aunque muchas superaban a Cartago en magnificencia, poseía ese sabor extraño que impregnaba al norte de África.

Le habría gustado poder conocer a su representación.

—¡Mueve el culo, matasanos! —La voz de uno de los comerciantes que había viajado con él le hizo suspirar de hastío y caminar por la pasarela hasta la cubierta del trirreme.

Odiaba que le calificaran así, odiaba que infravaloraran el trabajo de los médicos incluso cuando el paciente salvaba la vida gracias a ellos. Estaba de acuerdo con algunos de sus colegas en que a veces los tratamientos no eran los mejores y que los precios eran muy caros. Él se había hecho médico en lugar de político por cuestiones personales, y entendía muy bien el dolor del ciudadano bajo: la impotencia de no poder permitirse nada más que un vaso de vino para limpiar la herida y de tener que ver cómo un ser querido moría sin que uno pudiera hacer absolutamente nada…

A menudo pensaba en su esposa, en su sonrisa inteligente, en su voz dulce… y en el bebé que chillaba mientras ella se moría desangrada por culpa de un parto complicado. Después sentía la misma furia al saber que aquello no debería haber pasado, y la vergüenza brotaba de su interior como un furioso manantial al pensar en el haber tenido que rechazar a la criatura depositada a sus pies, porque un hijo bastardo no podía llevar la gens familiar. Luego le sobrevenía la tristeza porque en el fondo querría haberse quedado con ese niño, aunque no fuese su hijo de sangre. Y una y otra vez juraba matar al responsable, aunque supiera que jamás iba a encontrarle.

—Eh, ¿alguno sabe dónde está la República? —preguntó otro de los mercaderes.

Muchos solían llamar «República» a Roma, como muestra de respeto. Ese comerciante debía de ser romano, o no lo habría hecho. A él le daba igual. Conocía a Roma por pertenecer a una familia patricia importante, a pesar de que su padre le hubiera desheredado al irse a estudiar medicina, y prefería usar un calificativo más amistoso y cercano.

Marco se encogió de hombros y se apoyó en la borda, mirando hacia el fondo del puerto. Estaban anclados junto a una de las dársenas más cercanas a la salida y todo era aún más caótico que cuando habían arribado por la mañana. Se dio cuenta de que apenas habían pasado cinco horas desde que llegaran, y ya estaban preparándose para volver. Pensar eso le desanimaba, porque había esperado que al menos pudiera encontrar a algún maestro en medicina en Cartago, y hacerse así su aprendiz, por más carrera que ya hubiera completado. Un médico nunca terminaba de aprender cosas. De hecho estaba aún meditando la opción de bajarse del navío y alistarse como médico con los mercenarios. Total, nadie le estaba esperando en casa…

—Ah, por ahí viene, mirad.

El grupo de pasajeros se arracimaron junto a Marco. Roma caminaba dando zancadas dignas de un elefante, abriéndose paso entre el gentío que obstruía los muelles a codazos. Marco supo que estaba enfadado, muy enfadado.

—Que eleven amarras ya, por Júpiter —masculló la nación nada más poner un pie en el barco.

El capitán torció el gesto, pero empezó a dar las órdenes para zarpar. A ninguno le gustaba que le mandasen en su propio barco, aunque tuviera que aguantarse por ser Roma quien era.

Marco se acercó despacio a Roma y le tocó el brazo, vacilante. No estaba seguro de si querría compañía, pero debía intentar ver si podía calmarlo. No tenía muchas esperanzas, Roma estallaba muy fácilmente, eso lo sabía todo el mundo que le conociese un poco.

—¿Roma?

Aunque se sacudió la mano de Marco de encima, no le gruñó como habría hecho con los demás. Le miró de reojo, dejando entrever una angustia extraña oculta bajo el disgusto, y suspiró, apartándose el pelo de la frente.

—Estoy bien.

El trirreme empezó entonces a moverse al son de la algarabía de los marineros y las órdenes del capitán. Más allá, el puerto militar bullía excitado. Varias escuadras de la armada iban a remontar los ríos próximos a la costa de Libia para desembarcar allí las tropas. Con ellos muchas de las garrabas de suministros tendrían que partir también y, si ellos no estaban lejos para cuando eso sucediese, alguien muy quisquilloso podría poner en entredicho el tratado. Roma estaba empezando a odiar los vacíos legales de los acuerdos aliados. Ya no era tan joven e inexperto como para obviarlos y pensar que era todo fruto de un desliz.

Marco se mantuvo callado junto a él, mirándole preocupado. Le conocía desde que era niño y sabía muchas de las cosas más recientes por las que había atravesado la vida personal de Roma. Podía adivinar el motivo de su irritación, pero prefería no meter las narices en sus asuntos. No a menos que Roma mismo le hiciera partícipe. Roma caminó hacia el otro extremo del barco, apoyándose en la borda para mirar hacia el horizonte difuminado del mar. La nave ya había escorado hacia estribor y se dirigía a la salida del puerto. Marco se colocó a su lado, mientras los demás pasajeros se reunían en popa al ver que la nación no estaba por la labor de charlar con ninguno de ellos.

—Me harta su maldita forma de hacer las cosas —susurró Roma de pronto.

—¿Eh? —Marco tuvo que hacer un esfuerzo para asimilar que había oído algo.

—Siempre obviando a los demás, como si no le importase, como si sólo él pudiera hacer algo —masculló. Estaba furioso porque creía que después de lo que había pasado hacía tantos años, Cartago habría aprendido a no dejarle a un lado. Parecía ser que no—. Maldita sea.

Roma no llegaba a comprender que en esta ocasión, no tenía razón. El conflicto con Libia era un asunto interno para con el gobierno púnico, no uno extrapolado al extranjero. Cartago podría haber pedido refuerzos a sus aliados, pero no había querido hacerlo. El porqué escapaba a su conocimiento. Tenía constancia del movimiento de sus tropas mercenarias, pero, acostumbrado a mantener un ejército regular, Roma no pensaba que estos sirvieran para algo. Lo que les incentivaba era la paga, y si no podías dársela…

Lo único que él acertaba a ver era que Cartago había desechado su ofrecimiento por orgullo y superioridad. Y le irritaba tanto que hicieran eso con él…

Marco no dijo nada. Se mantuvo callado, porque poco sabía de asuntos militares. Ni siquiera había participado en batalla como médico. De pequeño había querido ser legionario, pero su padre le había hecho cambiar de idea. El primogénito de la familia Valeria no merecía un sitio entre la masa que serviría de carne de cañón, por más potente máquina bélica que estuviese formándose. Marco podría haber sido un oficial de alto rango, de haber ingresado en la Curia. El incidente de su esposa, y el posterior desvío en su carrera lo había trastocado todo, y ahora tan sólo podía aspirar a formar parte de las tropas auxiliares, si lo deseaba. Aunque, como médico que era, había hecho el juramento, y antes prefería morir que matar, por más honor que pudiera obtener y por más enemigo que fuera el rival.

La vida humana era preciosa, esa había sido la primera lección que le habían enseñado.

—Bueno, no importa —Oyó que decía Roma, más resuelto y decidido.

—¿Por qué? —preguntó Marco, intrigado.

Roma esbozó una pequeña sonrisa y le palmeó la espalda, como el bonachón que era siempre con él.

—Ya verás, Marco, ya verás.

Y mientras el navío continuaba alejándose, dejando tras de sí una estela de espuma plateada sobre las aguas oscuras de la bahía, Marco no pudo dejar de pensar: «¿Qué se le está pasando por la cabeza?»


Año 460 antes de Jesucristo, octubre.


El otoño pronto acabaría.

La temporada de campaña empezaba siempre en primavera y terminaba antes del invierno. Si la operación se alargaba, las tropas se refugiaban en los cuarteles de invierno provisionales hasta que llegaba la siguiente estación cálida. En el norte de África el invierno no era tan crudo como en las zonas centrales de Europa, pero aquella forma de guerrear venía impuesta por las temporadas de cosecha. Se necesitaban aprovisionamientos para todos y cada uno de los cuerpos del ejército y por eso Cartago y su general, Magón, habían atrincherado a las tropas en los campamentos construidos cerca de Oea, en el territorio de Libia.

Habían logrado hecho retroceder a los soldados libios que habían iniciado el conflicto durante el verano anterior, pero otros focos beligerantes habían ido apareciendo hacia finales de la estación, sobre todo cerca de la zona de Cirene. Cartago no había logrado ponerse en contacto con Libia y no sabía si ella estaba implicada. Las representaciones de territorios con varias tribus diferenciadas nunca eran fáciles de localizar. Las ciudades tampoco sabían nada.

La campaña probablemente podría durar un año más. Habían pagado a los mercenarios lo correspondiente a los meses activos y, según avanzaran los meses fríos, tendrían que ir pidiendo dinero al Consejo. El botín saqueado ya se había repartido, los libios se habían retirado hacia el interior y ellos no podían avanzar más.

Estaban en un punto muerto.

Numidia aprovecharía el invierno para entrenar a los jinetes númidas todo lo que pudieran. No habían llegado a entrar en combate real, salvo por pequeñas escaramuzas, y necesitaba urgentemente que pudieran estar operativos para la primavera. La caballería era muy importante para su ejército, protegía los flancos de la infantería y podía usarse de forma versátil en muchas situaciones. Más de una vez le habían salvado de perder una batalla en el pasado, no confiaría en poder ganar sin ellos en óptimas condiciones para la ofensiva.

Esa mañana había amanecido despejada y fría. Las nubes grises que avanzaban por el oeste parecían amenazar lluvia, y el viento del interior levantaba la arena y el polvo, dificultando las maniobras. Salvo por las actividades rutinarias del campamento, nadie podría decir que gran parte del contingente púnico estaba allí a cubierto.
Cartago se envolvió en su capa nada más salir de la tienda de Magón, tras haber estado discutiendo qué hacer en cuanto el tiempo mejorara un poco. Tenían que mantener a los soldados ocupados, pues los largos períodos sin combatir podían provocar motines y aunque una buena solución a eso era aumentarles la soldada, tenían que administrarse bien el dinero del que disponían.

Desgraciadamente las arcas del Estado no estaban precisamente llenas.

Varios lanceros de las tropas regulares le saludaron al pasar y Cartago correspondió con un cabeceo taciturno, apretando el paso porque estaba empezando a llover. En cuanto el temporal que venía desde el Atlántico pasase de largo, tendría que sacar a varias de sus cuadrillas para realizar maniobras. Aunque las cosas estuvieran más calmadas, las noticias que sus espías eran cada vez menos alentadoras: en caso de que la movilización se extendiese a la Cirenaica, ya podía ir saludando a una guerra propiamente dicha, porque Grecia no consentiría que Cartago le hiciese daño a Cirene y metería las narices.

Libia era un territorio muy amplio y, aunque en la teoría Cirene formaba parte de ella, en la práctica todavía se consideraba griega, igual que Oea era fenicia, y por extensión, aliada de Cartago. Oea formaba, junto con Libdah y Sabratha, la franja de Libia denominada «Tres Ciudades», y era de influencia púnica. Las tres se habían prestado a ayudar a Cartago con sus rutas de abastecimiento, ya que Cirene había, deliberadamente, cortado la línea comercial que mantenía con Cartago, aunque no lo había hecho por congraciarse con el resto de Libia. Lo único que le interesaba era perjudicar a los púnicos.

Y lo estaba consiguiendo.

Cartago sacudió la cabeza nada más poner un pie en su pabellón y se encontró con que Numidia estaba esperándole. Ella se acercó a él esbozando una sonrisa aliviada y le apartó el pelo de la frente, notando la temperatura tibia de su piel, murmurando un saludo. Cartago se llevó los dedos al broche de la capa mojada para abrirlo, pero ella fue más rápida. Dos esclavos retiraron la prenda de sus hombros al mismo tiempo que él rodeaba la cintura de Numidia con un brazo, y apoyaba la cabeza en su sien, con un suspiro. Estaba tan cansado…

—Ven, siéntate —susurró Numidia, tirando suavemente de su mano para guiarle hasta los pocos asientos que estaban desperdigados por la sección central de la enorme carpa.

Un esclavo se prestó rápidamente a ofrecerle vino templado, para que se le calentase la sangre. Cartago se sentó en uno de los sitiales, tomando el vaso de madera para echar un trago. Numidia se colocó enfrente y se arrebujó un poco más en sus prendas, sobre las que llevaba una capa de piel de un animal que Cartago no supo identificar. El color pardo y las manchas negras no le decían nada. Sabía que ella alguna vez le había explicado qué clase de criatura podía tener una piel tan llamativa, pero no lo recordaba. En ese momento, lo único que quería era relejarse un poco.

—Si esto sigue así, Cirene no tardará mucho en bloquear a Oea por mar —comentó Cartago, saboreando el vino aguado.

Numidia sacudió la cabeza, dando a entender que le desagradaba esa posibilidad.

—Si hubiéramos encontrado a Libia en verano… —comentó, un poco desanimada.

—A saber dónde anda ahora —Cartago chasqueó la lengua, disgustado, dándole la copa vacía al esclavo que, hasta ese momento, había permanecido junto a él. Entonces se llevó una mano al cuello y apretó, notando el músculo duro sobre la nuca—. Lo más probable es que esto haya sido idea suya.

—¿Cómo lo sabes?

—No ha intentando hacerme llegar ningún mensaje desde que nos movilizamos, es muy sospechoso.

—Quizá es un rehén.

—Lo dudo, esto no es una guerra civil.

Numidia compuso una expresión pensativa, pero no replicó. Miró a Cartago en silencio sin interrumpir su reflexión, hasta que se dio cuenta de que él estaba tiritando.
—Deberías descansar un poco —musitó, preocupada. Se levantó y se acercó, tocándole la frente para comprobar su temperatura—. Estás helado…

—Estoy bien —replicó, apartando suavemente su mano.

Pero mentía. Últimamente apenas comía o dormía y se esforzaba más de la cuenta por mantener en orden el campamento, a las tropas, y para entrenar a la caballería lo más rápido posible. No estaba bien, y no lo estaría hasta que no volviese a casa.

Numidia arrugó el entrecejo.

—No me mientas.

—No estoy mintiendo.

—Por favor, te enseñé yo, ¿recuerdas?…

Cartago emitió un gruñido y desvió la vista, y Numidia tan sólo soltó un resoplido, airada. Le lanzó una mirada seca al esclavo, quien captó el mensaje velado y se retiró, dejándoles solos. Entonces ella se recogió los bordes de la capa y se sentó en el regazo de Cartago, acurrucándose para darle calor. Él no hizo ningún además de rechazarla, al contrario. Rodeó su cuerpo con un brazo, por debajo del manto, notando la calidez de su piel. Numidia apoyó la cabeza en la clavícula de Cartago, acomodándose lo mejor que pudo. Estaba tan frío…

—¿Has sabido algo de Aldion? —preguntó ella, en voz baja.

—No desde el verano.

Aldion era uno de los espías que estaban trabajando en localizar el paradero de Libia y los contingentes enemigos dispersos por toda la región, y apenas recibía noticias. Sería peligroso que enviaran mensajes cada poco, porque el movimiento de los correos podría alertar al enemigo. Sin embargo, eso no impedía que él se preocupase. Aldion era como un hijo, si le pasaba algo no sabría qué hacer luego…

Cartago empezó a acariciar la espalda de Numidia, al mismo tiempo que ella dibujaba círculos con los dedos en su pecho. Podía considerarse afortunada, hacía años y años que no podía estar así con él. Aunque la situación no fuera la mejor, aunque tuvieran todo el peso de la responsabilidad encima, consiguió sonreír de forma débil, feliz. Las manos de Cartago seguían estando frías, pero no le importaba.

No le importaba nada.


Año 460 antes de Jesucristo, noviembre.


Aldion recogió la moneda que le habían lanzado a los pies y se apresuró a guardársela, arrastrándose después por el suelo hasta desaparecer por la esquina de un callejón. Una vez a la sombra de los muros se levantó y echó a correr.

Llevaba en Cirene desde finales del verano y aún no había conseguido obtener la más mínima información sobre el paradero de Libia. Ni siquiera había visto a Cirene en persona, aunque no por falta de intentos. Su rol de mendigo le abría muchas más puertas que cualquier otro papel que se le pudiera haber ocurrido, salvo el de acercarse a las élites de la ciudad. El único problema era el conseguir comer algo al menos una vez al día. Por lo demás… Sabía que las tropas libias se habían retirado hacia el sur, que pretendían arrancarle un trozo de territorio a los púnicos mediante una guerra larga, que en la zona de influencia griega estaban las cosas muy tensas por sus propios conflictos internos, y que si Cartago quería ganar, antes debía capturar a Libia y obligar a su ejército a capitular. Había hecho llegar esa información a Oea, para que ella pudiera entregársela a Cartago.

Pero de Libia nadie sabía nada.

El joven callejeó hasta llegar a un pequeño patio, encajonado entre varios edificios de viviendas. Allí ya se encontraban varias familias tan pobres que no se podían permitir el alquiler de un cubículo en cualquier bloque de los barrios bajos. Un perro correteó hasta él para olisquearle las manos, por si tenía algo de comer, pero Aldion le acarició la cabeza y le mostró las palmas vacías. Se había guardado la moneda en la pequeña faltriquera que mantenía oculta por dentro de la túnica. Si la llevara por fuera se la robarían y, además, su disfraz no sería tan efectivo.

Le había costado un tiempo meterse en el papel. Había raído y parcheado varias zonas de su ropa, para que pareciese más vieja. Le había crecido el pelo, tenía las uñas rotas… Y después de andar meses arrastrándose por el suelo, de dormir a la intemperie, de apenas comer, podía pasar perfectamente por un pordiosero real.

Nadie se fijaba en él.

Una anciana le entregó una escudilla de madera con un poco de potaje. Aldion le agradeció el gesto con una sonrisa y se sentó junto a un pequeño revoltijo de paja y trozos de vigas que antaño había conformado una techumbre de establo. Se comió el guiso con los dedos. Estaba hecho con desperdicios de frutas, mondaduras, pieles e incluso cáscaras de huevo, todo cocinado durante la noche para formar una pasta espesa que se podía consumir sin riesgo. La gran mayoría de los niños y adultos de allí contribuían un poco a que la olla siempre estuviese sobre fuego encendido, y llena. El guiso ni siquiera se parecía al puls que normalmente comían los pobres en Cartago. Aquello era infinitamente peor, mucho peor. Sentía lástima. Todo le recordaba a sus días de pillo vagabundo en los arrabales de Cartago, y no le hacía ninguna gracia.

El perro volvió a acercarse y le olfateó los pies, sentándose ante él con la lengua fuera. Era un chucho sin raza definida, como tantos otros de los suburbios. Estaba famélico y aun habiendo alcanzado la edad adulta, era más pequeño de lo que debería. Aldion suspiró, tendiendo el plato para que al animal devorase lo poco que le quedaba de su ración. Cuando terminó, un niño escuálido se llevó el plato, para que la anciana de la olla le sirviera su parte. No tenían muchos utensilios.

Mientras rascaba al animal detrás de las orejas, observó los pequeños grupos que se habían formado por el patio. Ahí estaba Aristes con su esposa y sus tres hijos, Caladria y su hermano pequeño Ater, la anciana Heratia, Darío, los niños Arion y Dion… Todas aquellas personas le habían proporcionado ayuda en algún momento desde que estaba en Cirene, tanto dándole de comer casi a cambio de nada, como ofreciéndole refugio, compañía y consuelo. A ninguno les había hablado de su identidad real, pero todos allí intuían que Aldion no era lo que decía ser —un pobre extranjero caído en desgracia—. Ninguno le había preguntado directamente, ni echado al sospechar, ¿quiénes eran ellos para despreciar a alguien que estaba en la miseria, quisiera contar el motivo o no?

—Parece que te ha cogido cariño.

Una voz suave y aguda interrumpió sus cavilaciones, y alzó la cabeza. Junto a él, de pie, estaba una joven harapienta, morena, de cabello y ojos castaños. Estaba igual de demacrada que los demás, y las curvas del cuerpo apenas se le marcaban bajo el desgastado vestido.

Se llamaba Iris, y era medio egipcia.

—Creo que no es el único —replicó dedicándole una sonrisa por saludo, dejando que la muchacha se acurrucara a su lado, envolviéndose junto con él en su manto.

Muy pocos allí tenían una mísera capa de lana, pero el que sí, podía considerarse afortunado. Cuando llegara lo crudo de la estación fría podría ser la diferencia entre la vida y la muerte.

—No, no lo es… —musitó Iris, apoyando la cabeza en el hombro del chico—. ¿Le vas a poner nombre?

—Ni siquiera sé si es macho o hembra —Aldion dejó que el can le lamiera los dedos, aún pringosos de la comida.

—¿Quién se va a enterar?

—Tampoco es mío.

—Es callejero, eso lo hace tan tuyo como mío.

—Tú quieres que me lo quede —barruntó Aldion, un poco burlón.

Ella rió y el perro ladró, como si corroborara esa idea. Aldion meneó la cabeza.

—No creo que pueda —murmuró.

Estaba en pesando en el «después». No iba a quedarse en Cirene para siempre, incluso aunque tuviera un gran motivo de peso para hacerlo. Y echaba de menos demasiadas cosas de su ciudad natal como para ponderar la opción de permanecer en Libia por voluntad propia.

Iris giró la cabeza para mirarle y le dio un beso en la mejilla. En el tiempo que se conocían se habían hecho amigos, y un poco más que eso tal vez. Poco después de llegar, Aldion se había peleado con un rufián que cogía a las chicas pobres de la calle para hacerlas prostitutas, se había llevado a Iris consigo y los dos habían llegado a aquel lugar. A cambio, ella era su segundo par de ojos, oídos y manos. Iris era la única que sabía quién y qué era él de verdad, y para qué necesitaba Aldion toda la información —y los medios para transmitirla— posibles.

Observaron en silencio el trajín familiar de la comunidad. Estaba oscureciendo y necesitarían hogueras. Los niños ya andaban acumulando leña de las casas medio derruidas, haciendo que la tarea se convirtiese en un juego para entretenerse. Aldion esbozó una sonrisa triste al pensar en lo similar que resultaba aquello con su infancia, y se preguntó cuántos de esos niños llegarían a la edad adulta.

—¿En qué piensas? —preguntó Iris en voz baja, entrelazando sus dedos con los de él bajo la capa.

—Cuando yo era pequeño vivía en la calle, como vosotros… Pienso en la suerte que tuve al darme Kart-Hadasht una oportunidad.

Iris suspiró.

—Una oportunidad entre un millón, ¿no?

—Entre mil millones.

Apretó suavemente la mano de Iris, con cariño, a la vez que el perro se acomodaba un poco más contra sus piernas. Notó el calor del cuerpo del animal, el pelo áspero en las pantorrillas, y sonrió aún más. La gente creía que la vida del pobre era dura, y lo era, pero al mismo tiempo muchas veces resultaba incluso más feliz que la de los ricos. Los pobres tenían que preocuparse por sobrevivir, sí, pero valoraban mejor las cosas, y a las personas.

Aldion, que había vivido en ambos mundos, lo sabía mejor que nadie.

«Quién me viera…», pensó. Aunque era peor vivir a caballo, en donde no eras ni una cosa ni la otra. Eso se lo habían enseñado hacía tiempo también.

Suspiró. ¿Cuánto tiempo iba a tener que pasar para poder olvidar a Niobe?

—¿Al? —Iris siempre acotaba así su nombre—, ¿qué pasa?

Aldion se dio cuenta de que había vuelto a pensar en Niobe, y sacudió la cabeza, mirando después a Iris. No era guapa, nadie podría llegar a ser para él tan hermosa como lo había sido Niobe, pero cuando sonreía podía sentir su calidez y su amabilidad. Muchas veces con eso bastaba. Iris era también inteligente, y sabía lo que quería. Luchaba todos los días por conseguir una vida mejor para ella y los hijos que algún día tendría.

—Cuando el pasado te persigue… —empezó a decir Aldion, melancólico—, casi nunca puedes escapar de él.

Acarició despacio la línea del cuello de la chica, notando sus latidos acelerados. Solían retirarse juntos para dormir bajo el alero caído de una choza junto al extremo sur del patio. Iris se había entregado dos semanas después de que llegaran al lugar, y desde entonces habían mantenido una relación más o menos estable. Los demás pensaban en ellos como una pareja dispuesta a seguir unida hasta el final, pero tanto Iris como Aldion sabían que eso no iba a pasar, aunque Iris tuviera la esperanza de que al menos, cuando el joven regresara a su casa, podría ir con él y encontrar una vida mejor.

—¿Y si te hago olvidar por una noche? —musitó Iris, acercándose lo suficiente como para rozar los labios de él con los suyos.

—Podrías… —Aldion se sonrió y la besó antes de que ella pudiera decir nada más.

Iris emitió un gemidito de sorpresa y le devolvió el beso con gusto. No tardó en tirar de la mano de Aldion para que se levantara y la siguiera hasta el hueco que compartían. Aunque no sintiera pudor cuando alguien les veía hacerlo, le gustaba la intimidad.

Cuando estaban juntos, se olvidaban de todo lo demás.


Aldion pasó toda la semana siguiente husmeando por el puerto, investigando si había algún barco que viajara a Oea u otra ciudad cercana. Aunque Grecia y Cartago no se llevaran bien, el comercio rompía barreras y ninguna rencilla pasada importaba si había dinero de por medio. A lo largo de todo ese tiempo había estado acumulando el dinero que cualquier transeúnte le lanzaba, como flaco favor a su persona, y estaba seguro de que podía pagar un pasaje para que un mensajero llevase la información. La cuestión era quién, porque también tendría que pasar desapercibido. Ni siquiera sabía, incluso si encontraba un barco, si el capitán accedería a llevar un pasajero de manos de un desharrapado, por mucho dinero que tuviera.

Tenía que tener cuidado.

—¡Tú, lárgate!

Esquivó la patada de un peón y se escabulló hasta ocultarse junto al cargamento de uno de los navíos más cercanos. Por todas partes trajinaban los esclavos y los estibadores del puerto, y varias patrullas peinaban los muelles de vez en cuando. En varias ocasiones, Aldion presenció inspecciones sorpresa a los cargamentos. Todo el mundo parecía estar más nervioso y tenso de lo habitual.

La población estaba descontenta con el gobierno de su rey, Arcesilao, quien se dedicaba a destrozar, una a una, todas las familias nobles de la ciudad para acumular aún más poder en su persona. Por todas partes se oían murmullos de descontento, se alzaban grupos gritando frente al palacio o en el foro, y se organizaban asaltos a las rondas de mercenarios como método de protesta contra los reclutamientos de estos en detrimento de las tropas nativas.

No había capa de la sociedad en Cirene que no estuviera molesta con Arcesilao.

Aldion sabía que la ciudad estaba a punto de derrocar a su rey. Lo único que necesitaba era un empujón. Y allí, escondido tras pilas y pilas de mercancía, pensó que quizá, con un poco de esfuerzo, podía hacer algo para ayudar a los ciudadanos de Cirene a conseguir lo que querían. Con Cirene convulsa, no podrían prestar atención a la guerra en Libia.

Podía intentarlo.

Si conseguía que estallase una revuelta mayor...

Con esa idea en la cabeza, se dedicó a preguntar en cada pasarela abierta junto a las dársenas si, por casualidad, el trayecto del navío pasaba por Oea. Le costaría una moneda por cada pregunta, pero valdría la pena.

Valdría la pena.


Año 460 antes de Jesucristo, diciembre.


La primera línea de la caballería se rompió en dos partes y rodearon por ambos lados al grueso de la infantería enemiga, ejecutando un cerco por la retaguardia. Numidia, montada sobre un brioso corcel de guerra castaño, estaba situada sobre una de las lomas que rodeaban el llano, junto a sus capitanes, y observaba el desplazamiento de los adversarios, que estaban siendo masacrados por los númidas.

Por todas partes tronaban los gritos de los soldados, los relinchos de los caballos y el retumbar de los cascos. Para ella aquello era música, igual que el óxido de la sangre y el acero era el más delicioso de los aromas. Apretó las riendas con impaciencia y se dirigió a Seinar, su mano derecha en el campo de batalla.

—Busca a alguien de tu confianza, quiero que le envíes un mensaje a Cartago —dijo, autoritaria.

Seinar era un hombre de piel oscura, serio, musculoso, que se había ganado el puesto de jefe de caballería combatiendo contra los mauritanos cuando era más joven. Llevaba a las órdenes de Garax, el rey de todas las tribus númidas, desde que era un mocoso de trece años, y era lo más leal que Numidia tenía consigo. Seinar asintió y desvió a su montura para encaminarse hacia el campamento principal púnico, después de murmurar una despedida firme para Numidia. Llevaría el mensaje en persona, sin arriesgarse a que cualquier imbécil pudiera perderlo.

En contra de los pronósticos, los libios se habían reagrupado y atacado los cuarteles cartagineses a la vez y tanto Cartago como Numidia llevaban tres días intentando repeler la ofensiva. Sin embargo, por más que sus propias tropas se impusieran sobre el enemigo una y otra vez, por más que destruyeran todas y cada una de las falanges contrarias, el ejército libio no parecía que fuera a rendirse. Más y más hombres acudían al frente, como si los soldados brotaran de la mismísima tierra. Era desesperante, porque ellos no gozaban de un suministro ilimitado de tropas, como parecía tener Libia.

Su única esperanza era que, en algún momento, Libia decidiera que aquella guerra no tenía ningún sentido, que Cartago no iba a dar su brazo a torcer, que no le daría parte de su territorio, que aquello era una carnicería, y que estaba siendo una estúpida. Pero Numidia sabía que Libia jamás haría algo así. Tenían que capturarla, a ella y parte de su ejército, destruir sus vías de suministros, avanzar hacia el sur, desarticular sus redes de espionaje…

Cartago había enviado varios mensajes a sus aliados, y recibían a cuentagotas los refuerzos que precisaban. Muy pocos podían darle un apoyo firme, porque era Cartago el que mantenía la maquinaria bélica que en realidad protegía toda la franja del norte de África. Amenazado él, todos los demás cojeaban.

«Aunque si él viniera… », pensaba Numidia mientras sus jinetes perseguían a los pocos supervivientes libios para hacerlos prisioneros.

No sabían si Roma y su Senado habían recibido el mensaje de Cartago. Tenían noticias de las prestaciones que estaban haciendo a Útica y todos aquellos que en su día habían sido fenicios, pero del Lacio no llegaba nada. Cartago sospechaba que, o bien estaban de camino y se habían topado con una tormenta en el mar, o el Senado había ignorado su petición, o que se estaban haciendo de rogar después de haber rechazado a Roma desde el principio. Prefería inclinarse por lo segundo, porque lo tercero sonaba estúpido, e infantil, y lo primero bastante descorazonador.

Numidia ordenó retirarse hasta su propio campamento para contabilizar a los cautivos. Si alguno era importante podrían pedir un buen rescate por él, ya que las pagas de los soldados se habían reducido al mínimo. Al menos ella, ya había tenido que sofocar dos intentonas de motín. Los que fueran carnaza servirían para que sus hombres se resarcieran un poco más. A falta de dinero y mujeres, la sangre era lo único que podía entretenerles.

Clavó los talones en los flancos del caballo e inició el galope. Necesitaban ayuda. Sabía que si no se imponían sobre los libios para el mes que venía, pronto Cartago debería pensar en retirarse y afrontar su fracaso ante el Consejo . Tendría que subir los impuestos para pagar los tributos de guerra, reducir su territorio, someterse a la autoridad de los 104, y soportar las burlas de sus enemigos, como otrora sucediera con Siracusa... Se le rompía el corazón al pensar en esas cosas. Por eso apretó los dientes y azuzó más a su montura. Tenían que ganar a cualquier precio, como fuera. Ni siquiera le importaba que Roma pudiera terminar salvándoles el pellejo.

Si era por un bien mayor, hasta le besaría los pies a ese malcriado mocoso del Lacio.


—Al, no puedo…

—Claro que puedes, vamos.

Iris se encogió cuando Aldion la estrechó con fuerza entre sus brazos, antes de que ella tuviera que subir al barco que la llevaría lejos de allí. El capitán del navío volvió a avisarles de que estaban a punto de partir, que se les iba la marea, y Aldion únicamente besó a Iris en la frente y le acarició la mejilla. La muchacha estaba temblando, asustada y nerviosa, y no quería separarse de él. Llevaba una bolsita por dentro del vestido, con la mitad del dinero que Aldion había ido recaudando todo ese tiempo, y un parco mensaje que autentificaría que era Aldion quien la enviaba.

Desde el principio había querido que Iris fuera su mensajero, más aun desde que Aldion hubiese hecho estallar la rebelión contra el rey. Cirene entera estaba en llamas. Era peligroso estar en la calle, e incluso dentro de las casas. Ningún lugar era seguro, no existía la ley. Todo el mundo huía. La gran mayoría de los pocos nobles que quedaban se dirigían hacia Grecia, los demás… Con la guerra púnico-libia haciendo pinza en el sur, los emigrantes no sabían qué hacer.

Iris tenía miedo de quedarse, pero también de irse. Aunque Aldion le hubiese convencido para transportar su mensaje a Oea, en realidad lo que menos quería era meterse en la boca del lobo. No le habría importado si hubiera podido quedarse luego en la ciudad, a salvo de la contienda. Sin embargo, debía avanzar hasta llegar a Cartago, y esperar con él a Aldion, como su protegida. Y Cartago estaba en el frente…

No sabía si podría conseguirlo, no lo conocía, y él no sabía quién era ella. Aldion le había dado un salvoconducto, pero…

—Deberías ir tú —suplicó Iris con un gemido de angustia—, eres el que está haciendo todo esto… Si te cogen, te matarán.

Aldion sonrió con condescendencia.

—Nadie sabe nada, tranquila.

—Pero los demás…

—Ya… —Él compuso una expresión triste, y abatida.

La primera noche tras el estallido de la destitución, un grupo de soldados había entrado al patio de los mendigos y empezado a pegar fuego a los techos medio derruidos. Habían logrado sobrevivir al asalto, pero se habían dispersado y Aldion únicamente había logrado mantener a Iris consigo. De todos los demás pobres errantes no sabía nada.

Ahora que Cirene tenía que ocuparse de su propia crisis, Libia dejaría de recibir bajo mano el suministro de tropas que hasta entonces había estado haciendo retroceder a Cartago. No lo había sabido desde el principio, pero a medida que pasaban las semanas, lo había ido sospechando, que Cirene tenía algo que ver más allá del bloqueo comercial. Las demás ciudades griegas de la zona también habían estado contribuyendo, pero ya se les estaba acabando la suerte. Una vez Iris entregara su mensaje, Cartago podría reagruparse y atacar con todas sus fuerzas, sabiendo que Libia no repelería la ofensiva usando su excedente de efectivos. Y, en cuanto pudiera, saldría de la ciudad y pondría rumbo a Oea por tierra, para reunirse con ellos.

—Nos veremos pronto —prometió Aldion, despidiéndose.

Iris avanzó por la pasarela del barco hasta poner los pies sobre la cubierta, envuelta en una capa de lana tan raída que no sabía cómo continuaba entera, sin deshilacharse. El viento frío hinchó la vela cuadrada y los remeros empezaron a hacer virar el barco. Iris se quedó junto a la borda, poniéndose la capucha para cubrirse la cabeza, mientras veía cómo Aldion se iba haciendo cada vez más pequeño y lejano a sus ojos. No sabía qué iba hacer cuando tocara puerto dentro de dos días… Pero toda su vida había consistido en sobrevivir a base de planes improvisados, ya se le ocurriría algo.


Nunca antes había viajado en barco, y la experiencia no le estaba gustando. El vaivén de la nave le revolvía el estómago y varias veces había devuelto la comida por encima de la borda. Lo que más odiaba era vomitar bilis, porque le quemaba la garganta y la boca y luego no podía enjuagarse. El agua potable era escasa y estaba racionada.

Durante toda la mañana del segundo día, Iris se mantuvo apoyada contra la estructura de popa, fuera del camino de los marineros a bordo. Mantenía la cara y el pelo lo más ocultos posible, para no llamar la atención. Aldion y el mismo capitán del buque le habían aconsejado que no diese a entender demasiado que era una mujer, o podría haber algunos problemas. Apenas se dejaba ver, comía sola y dormía en la bodega, apartada del resto de la tripulación. Por suerte estaba tan delgada que su cuerpo se confundía con el de un muchacho.

Empezaba a cabecear, somnolienta, cuando alguien gritó. Iris se despertó asustada y se levantó algo desorientada. No tardó en formarse una algarabía inquieta por toda la cubierta.

—¡¿Qué está pasando aquí?! —exclamó el capitán, Karos, acercándose a la banda de babor.

—¡Un convoy, señor! —respondió

—¡Velocidad de boga larga! —ordenó Karos, recorriendo la longitud del barco hasta proa.

Mientras los remeros disminuían la velocidad del navío, Iris trató de racionalizar su miedo. No podía tener tan mala suerte de asistir a un combate naval. No se atrevió a reunirse con los tripulantes para mirar, pero desde su posición pudo ver la fila de barcos que navegaban de forma casi paralela al navío griego. Estaban aún un poco lejos para distinguirlos, aunque el murmullo preocupado de los marineros se acrecentó. Iris se preguntó si los piratas solían atacar en grupos tan numerosos.

—No son piratas, señor —dijo uno de los tripulantes, un poco dubitativo aún.

El hombre asintió, de acuerdo con su subordinado, y chasqueó la lengua. Se mantuvo callado, observando los buques que uno tras otro se deslizaban por las aguas sin dar muestras de variar su rumbo.

—Si fueran piratas habrían virado para atacarnos —masculló—. Me consta que nos han visto, están muy cerca…

Iris estiró el cuello y divisó entonces el mascarón de proa de uno de los trirremes de aquella misteriosa escuadra. La cabeza de un águila de bronce coronaba el espolón, que abrazaba la madera roja como una garra. Ninguna de aquellas galeras de guerra hizo caso al barco solitario que avanzaba hacia ellos lentamente. Entonces, tanto Iris como todos los demás, se dieron cuenta de que no era una fila, si no una flota. Sobre las cubiertas de todos los barcos se encontraban grupos enteros de soldados uniformados, además de los marineros.

—Dioses, ¿cuántos son? —preguntó el segundo de a bordo, Iegos.

Nadie le contestó, ni siquiera Karos, el cual gritó la orden de parar. Todos mantenían un riguroso y sepulcral silencio, sólo (únicamente?) roto por el ritmo del tambor bajo la cubierta y de los remos azotando el agua hasta detenerse. Más allá, la flota continuó avanzando.

«¿De dónde vienen?, se preguntó Iris, allí quieta como una estatua.

De haber sabido algo sobre barcos, podría haberse respondido al segundo siguiente. De haberle preguntado a Karos, este le habría contestado de igual forma. Que las líneas de aquellos trirremes no se parecían en nada a lo que pudiera haber visto antes. Que olían a heleno, pero que las formas de esos espolones no lo hacían. Que se dirigían a Oea desde el norte, y que eso sólo podía significar una cosa:

Iban a la guerra de la que ellos estaban huyendo, a luchar con los cartagineses.