ninas les cuento que me alegra muchisimo seguir esta historia y que ademas subo todos los dias desd mi tele aunq no lo crean jejejeje me dicen si les gusta espero sus reviews y gracias a la chica q me dijo que tengo mas cuidado... es cierto la historia ya tiene los 46 capis listos pero yo antes de subir cada capi lo vuelvo a revisar solo para que qden conformes... acepto criticas ni*as las uso para mejorar...!

Capítulo 9

—¿Qué quieres decir con eso de que no desea verme? —preguntó Edward indignado. Durante horas había estado esperando una respuesta que estaba seguro sería afirmativa, y hasta había pensado en la posibilidad de que Bella lo visitara por propia iniciativa. ¡Tenía que verla!

El guardia lo vigilaba en silencio, y la suciedad de su cota de malla reflejaba la sosa expresión de su rostro. Habló con ecuanimidad:

—Ella, en resumidas cuentas, no quiere verte a ti —respondió—. Es bien sencillo.

Edward ardió por dentro de ira y caminó de un lado a otro, sin saber muy bien qué hacer, aunque las cadenas que le habían amarrado a los tobillos, pese a no estar ahora fijadas al poste, no le permitían sino arrastrar los pies por el Suelo. Se volvió hacia el guardia y le repitió sus palabras:

—¡Debo verla!

El guardia permaneció en silencio, con una mueca de diversión en la cara.

—Deja de reírte de esa manera, imbécil —gruñó Edward.

El guardia esbozó una sonrisa aún más amplia, dejando ver sus dientes.

—¡Maldito bastardo!

Edward se le echó encima y con toda su furia reprimida arremetió con la cabeza contra el pecho del guardia. La cota de malla del hombre se dobló con el impacto. Edward quedó aturdido durante algunos segundos, pero cuando el guardia se quejó con un gruñido lastimoso y se desplomó a sus pies, se dirigió rápidamente hacia la cortina de salida de la tienda y se precipitó hacia el exterior… con tan mala Suerte que cayó en los brazos de tres guardias que lo vigilaban desde afuera. Lo arrojaron al Suelo y uno de ellos le colocó la rodilla en la espalda.

—¡Ángel! —gritó Edward antes de que uno de los guardias lo golpeara hasta dejarlo inconsciente.

La cabeza le latía con fuerza. Le hubiera gustado darse masaje con las yemas de los dedos, pero las cadenas con que lo habían sujetado a una estaca enterrada en el Suelo no le permitían hacerlo. ¿Acaso pensaban que podía morder los eslabones metálicos hasta romperlos? Quería soltar una sonora carcajada ante tan absurda idea, pero la cabeza le dolía demasiado.

«Bella no quiere verme», pensó. Sus labios se retorcieron en una mueca de desagrado. «No era virgen», se dijo. ¿Cómo podía serlo, estando al frente de un ejército de hombres que la seguían a todas partes? La simple vista de sus dulces nalgas y de sus caderas cuando montaba a caballo hubiera enloquecido de lujuria a cualquier hombre, y era posible que al menos una docena de nobles caballeros hubiera disfrutado sus encantos.

Sacudió la cabeza en señal de disgusto. «Debí matarla», pensó.

Suspirando, se acostó en el Suelo, y a través de la ranura de la cortina de la entrada, que estaba medio abierta, distinguió las llamas de una hoguera que alguien había encendido en medio de la oscuridad.

Cuando recobró la conciencia, encontró a su lado unos trozos de pan y un pedazo frío de carne de pato. Y aunque no tenía hambre, se lo comió para obtener la fuerza que necesitaba para escapar.

De repente, sus cinco sentidos se pusieron en estado de alerta. Había extraños movimientos en la parte exterior de la tienda y escuchó sobre las ramas que cubrían la tierra del campamento los desplazamientos de alguien que… de alguien que no estaba armado, a juzgar por la ligereza de sus pasos. A través de la ranura de la cortina pudo ver que una sombra se interponía entre él y la hoguera. La sombra era pequeña, demasiado pequeña para ser la de un guardia y demasiado estilizada para ser la de un caballero.

Edward se apoyó sobre los codos, frunciendo el ceño. La cortina se abrió y la figura entró a la tienda. Vestía una andrajosa túnica de algodón y unos calzones negros que le llegaban hasta las rodillas.

La furia y el miedo pugnaron por dominarlo, apretándole el estómago y afinando sus labios.

—Seth —susurró.

Una sonrisa iluminó la cara del muchacho.

—Estoy aquí para liberarte —dijo Seth, apartando con su mano un mechón de pelo negro que cubría sus ojos—. No sé todavía cómo, pero te liberaré.

Edward intentó acercársele, pero las cadenas que lo mantenían atado a la estaca se lo impidieron.

—Quiero que te vayas inmediatamente —le dijo—. Ahora mismo.

Los labios de Seth se doblaron hacia abajo y su pequeña cabeza se inclinó hacia un lado.

—No puedo dejarte aquí —le contestó.

—Te dije que te mantuvieras en la retaguardia del ejército. ¿Es que acaso no me escuchaste? —le preguntó con una ira que había ahogado su miedo.

—Te escuché muy bien —respondió Seth disgustado—, pero entonces salieron corriendo —añadió mostrando una terca obstinación en sus grandes ojos de felino.

«Él nunca saldría corriendo», le dijo a Edward una de sus voces interiores. Edward le había enseñado a no salir corriendo jamás, pero sentía pánico al pensar que el muchacho estaba en pleno campamento enemigo, arriesgando su vida por tratar de salvarlo.

—Debes irte ahora mismo —le ordenó, furioso consigo mismo por no poder sacarlo de la tienda de inmediato.

—No me iré sin ti —repuso Seth con una leve sonrisa.

Edward sabía que las órdenes no funcionaban ni con él ni con el muchacho, pero aun así luchó por controlar sus emociones.

—Escúchame, Seth —le dijo apretando los dientes—. Eres todavía un muchacho, y no puedes permitirte el lujo de enfrentarte tú solo a todo un ejército francés.

—Te tengo a mi lado —respondió Seth con sencillez.

—Estoy encadenado —agregó Edward, mostrándole los grilletes que le maltrataban los tobillos, y que brillaban a la luz de la hoguera, que se filtraba por la cortina de la tienda—. No te serviré de nada.

—Te liberaré —insistió Seth.

Una inocultable sensación de rabia se apoderó de las entrañas de Edward, que pudo sentir cómo sus puños se cerraban. El muchacho, temeroso, dio un paso atrás y se acurrucó en el Suelo.

—Es peligroso, Seth. Estás rodeado de enemigos por todas partes. A mí me vigilan los guardias muy de cerca. No puedes liberarme. Debes escapar de inmediato.

—No soy un prisionero —dijo Seth—. Ellos están convencidos de que soy uno de esos muchachos del pueblo que vienen a ayudarles en el campo de batalla. Los guardias me dejaron entrar para que recogiera las sobras de tu comida —concluyó con un orgullo mal disimulado.

Sin embargo, todo lo que Edward veía era el peligro en que se encontraba el muchacho. ¿Qué iba a suceder si el Ángel de la Muerte lo descubría? ¿Qué iba a suceder si ella lo apresaba para sonsacarle información? ¿Podría sobrevivir a las torturas, o él tendría que convertirse en un traidor a su país para salvar al chico? ¿Y qué ocurriría si ella se enteraba de que su único punto flaco en la vida se hallaba indefenso en medio del campamento enemigo?

—Tú no sabes lo que puede suceder aquí, Seth —murmuró en voz baja—. Debes confiar en mí cuando te digo que no puedes quedarte.

—Yo no estoy en peligro —contestó el otro.

—Sí lo estás. Mucho más de lo que te imaginas. Y al estar aquí, me colocas en una situación de peligro aún mayor.

Imitando a Edward, Seth arrugó la frente y miró hacia el Suelo.

—Yo sólo quería impedir que te hicieran daño —alcanzó a decir entre dientes.

El corazón de Edward se enterneció inmediatamente. Quería ayudar al muchacho. Quería decirle que lo que estaba haciendo estaría bien si fuera un hombre hecho y derecho. Quería contarle que algún día sería un valiente caballero y que se sentía orgulloso de que hubiera tratado de rescatarlo. Pero sabía que si lo hacía, Seth sacaría la conclusión de que debía quedarse para liberarlo. Tenía que ser firme.

—Ven aquí, muchacho —le ordenó.

Seth se le acercó, mirándolo con ojos desilusionados.

Edward le colocó las manos encima de los hombros y se quedó mirándolo fijamente.

—Yo puedo cuidarme a mí mismo. Necesito que abandones el campamento, que encuentres al rey Enrique y qué te quedes donde él está.

—Pero yo sé que puedo liberarte, Príncipe —alegó con sinceridad.

Las arrugas en la frente de Edward se hicieron aún más profundas. Qué terquedad. Qué persona tan supremamente terca. ¿Por qué no era capaz de hacerle caso?

—No. No puedes quedarte. No serás capaz de liberarme. ¡Te quiero fuera de este campamento ahora mismo!

Nunca antes le había levantado la voz al muchacho, pero tenía que hacerlo entrar en razón.

—¡Anda! —insistió—. Déjame aquí. Te veré en el campamento del rey Enrique —y lo incitó a caminar hacia la cortina de la tienda—. ¡Vete!

Seth apartó con su mano el mechón de pelo que caía delante de sus ojos, y Edward vio que una lágrima corría por sus mejillas cuando se agachaba por debajo de la cortina de la tienda y desaparecía en la oscuridad.

—¿Le tienes miedo al Príncipe de las Tinieblas, piojoso?

Edward se enderezó en la tienda al oír las ridículas voces de los guardias.

—¡Oye! ¡No nos trajiste las sobras de su comida!

Malditos guardias. Una ira nacida de su instinto protector explotó en el interior de Edward. Quería cortarles la garganta por hablarle a Seth con semejante falta de respeto.

—¡Cobarde!

Soltaron una carcajada y Edward explotó, tratando de lanzarse hacia delante. El muchacho tenía más coraje que cualquiera de ellos. Sus cadenas, sin embargo, le impidieron avanzar. Aun así, hizo lo posible por salir de la tienda. Las risotadas que seguía oyendo en el aire de la noche lo enardecieron. Los grilletes se le clavaban en la carne de los brazos y de los tobillos, a pesar de lo cual luchó contra ellos con toda la fuerza que pudo reunir. Poco a poco, las burlas de la soldadesca francesa amainaron. Hundiendo los pies en la tierra, Edward trató, una vez más, de deshacerse de sus cadenas, pero toda la fortaleza de sus músculos no fue capaz de romperlas. Finalmente desistió, dejando caer los agotados brazos. «Estoy encadenado y no sirvo para nada», pensó. «Ni siquiera para defender a Seth». Nunca olvidaría este sentimiento de impotencia, y nunca perdonaría a quienes se lo habían causado.

A la mañana siguiente, uno de los hombres de Bella fue a llevárselo. Le ordenó que se pusiera de pie y que saliera de la tienda. El sol apenas despuntaba en el horizonte, y Edward sabía que era muy temprano. El campamento estaba silencioso y en calma, y sólo algún que otro hombre caminaba entre las tiendas.

El guardia lo condujo hasta los límites del campamento y luego le hizo tomar un camino que se abría paso entre arbustos espesos hasta lo más profundo del bosque. Grandes árboles se levantaban a su alrededor. El sol de la mañana los miraba a través de las hojas, desde las alturas, y numerosas semillas y raíces salpicaban la senda. La idea de escapar pasó por la mente de Edward, pero los grilletes que le apretaban los tobillos y las muñecas, más la espada que el hombre cargaba al cinto, lo disuadieron. El guardia lo empujó hacia una estrecha línea de matorrales y de pronto salieron a un ancho claro. Edward se detuvo.

Bella estaba allí.

Pequeñas gotas de sudor brillaban en su frente, y no lejos de ella había un sable clavado en el Suelo. Llevaba una amplia túnica verde, de mangas anchas, amarrada a la cintura por un fino cinturón de cuero. Unos pantalones blancos se ajustaban a sus estilizadas piernas, y unas botas negras acentuaban las curvas de sus pantorrillas. Una ráfaga de deseo atravesó el cuerpo de Edward, que de inmediato se maldijo en silencio. La luz del sol brillaba sobre el yelmo que Bella había colocado a sus pies, y su pelo Suelto se derramaba en desorden sobre los hombros.

—¿Eras virgen? —inquirió con inocultable brusquedad al acercársele. La pregunta salió de sus labios sin haberla pensado, como si su obsesiva atención a ella les hubiera dado vida propia. Esperó que lo abofeteara por su audaz interrogante, especialmente por hablar delante del guardia, pero cuando vio que nada había sucedido, supuso que el hombre no entendía el inglés.

Pero Bella sí lo entendía.

—No me lo preguntaste cuando me estabas haciendo el amor —le contestó achicando los ojos.

—Quiero saberlo —dijo él ya más calmado.

—No importa —le contestó Bella, mirando hacia los árboles que delimitaban el claro del bosque—. En todo caso, ya no lo soy.

—Ángel —murmuró Edward confundido, sintiendo un deseo abrumador de tomarla entre sus brazos y estrecharla contra su pecho—. Me hiciste llevar semidesnudo a tu tienda en medio de la noche. ¿Qué querías que hiciera?

—Hiciste todo lo que yo esperaba que hicieras —repuso ella con amargura.

—Entonces no eras virgen.

—¿Por qué te importa tanto saberlo?

Edward la miraba con atención, escuchando los cambios que se producían en su voz.

—Que me lo digas es lo menos que espero de ti. Al fin y al cabo, te presté mis servicios adecuadamente.

Ella se volvió a mirarlo con sus ojos de gata llenos de rabia.

—¿Adecuadamente? ¡Sangré esa noche! ¡No te debo nada!

—Todas las vírgenes sangran.

Bella esquivó su mirada. Una ligera turbación apareció en sus mejillas, pero Edward tenía su respuesta preparada.

—¡Por la sangre de Dios! —lamentó—. ¿Por qué escoger a tu enemigo para que te enseñe las artes del amor? ¿Por qué no elegiste a un francés? ¿Por qué no escogiste a uno de tus propios hombres?

Ella apretó unas bolas pequeñas que tenía en la mano.

—¡Desátalo! —le ordenó al guardia en francés.

El guardia levantó las manos de Edward y le quitó los grilletes, y cuando se agachó para despojarlo de las cadenas de los tobillos, Edward se restregó los puños, tratando de activar en ellos la circulación de la sangre. Sus ojos no podían dejar de mirar a Bella con curiosidad. ¿Qué estaría tramando?

—Entrégale tu espada —le dijo Bella al guardia.

—¿Cómo dice, mi señora? —contestó el guardia.

—¡Que le entregues tu espada! —gritó Bella.

El guardia dudó sólo un segundo antes de sacar la espada de su funda y tender a Edward su empuñadura. El prisionero miró la espada en las manos del guardia y luego levantó la vista hacia Bella, que respiraba con dificultad al desenterrar la punta de su sable y encaminarse hacia él.

Las cejas de Edward se alzaron, divertidas. ¡Ella quería luchar con él!

—Hice todo lo que hice porque tú querías que lo hiciera —dijo Edward mirando de reojo al guardia, un hombre viejo y experimentado en el campo de batalla, muy probablemente, pero más pequeño y pesado que Edward. Podía derrotar al guardia, y el Ángel no era un enemigo para él.

—Esta es la lección número dos —fueron las palabras dulces de Bella.

Edward sintió la empuñadura de la espada en la palma de su mano. Sabía que podía derrotarlos a ambos, pero si quería escapar primero debía atrapar al Ángel.

—No me tomes por tonto —le dijo—. Tu guardia me hará pedazos en el instante mismo en que vea que tu vida está en peligro, aunque le ordenes lo contrario.

—Trae a Jasper —ordenó de nuevo Bella al guardia.

—¿Dejándola sola, mi señora? —respondió el hombre.

Una sonrisa afloró en las comisuras de los labios de Edward.

—¡Te he dado una orden!

El guardia se puso rígido, y se volvió para irse, aunque antes de hacerlo le quitó la espada a Edward, cuyas esperanzas se desvanecieron. ¿Bella había cambiado de parecer? ¿Ya no quería luchar con él? Pero entonces, ¿por qué quería quedarse sin protección en el bosque? ¿No sería que deseaba asesinarlo?

—Déjale la espada —le ordenó Bella una vez más.

El guardia se volvió a mirarla. Hizo una pausa, contemplando el filo de la espada que tenía en sus manos, y luego la tiró al Suelo y desapareció tras los árboles y los arbustos.

Bella sonrió a Edward, retándolo con los ojos.

—Tienes algunos minutos para derrotarme antes de que mi ejército caiga sobre ti —le dijo—. ¿Crees que puedes hacerlo?

—Sin duda alguna —contestó Edward.

Había llegado su oportunidad. Este ángel, a no dudarlo, no sabía medir los riesgos, pero Edward no tenía más remedio que admirar su coraje. Una sonrisa pasó por su cara en el momento de ir a recoger la espada. «Si lo que ella desea es luchar, que así sea», pensó. Se quedó mirando el filo de la espada durante unos cuantos segundos y… y arremetió contra ella, sin previo aviso, blandiendo en alto el arma.

Ella esquivó su arremetida con facilidad.

—Si eso es lo mejor que sabes hacer —le dijo—, te espera una triste derrota.

La cara de Bella se suavizó y Edward aprovechó el descuido, que la hacía vulnerable, para atacar. Embistió contra ella con la punta de la espada hacia abajo y cuando estaba cerca levantó la hoja y apuntó a su estómago.

De repente, la espada de Bella adquirió vida, contrarrestando el golpe, y con un rápido giro de su muñeca hizo que la espada de Edward saliera volando por los aires y cayera al Suelo, tras lo cual se le acercó con ojos desafiantes y le colocó la punta de la espada en el cuello.

La sorpresa paralizó a Edward antes de que fuera capaz de disimular con una sonrisa forzada. ¡Nunca antes se había encontrado en una situación tan comprometida! «He estado jugando con ella», trató de pensar, para consolarse. Pero no había sido tan astuto como para prever su deslumbrante defensa. Considerando que tenía enfrente a una mujer, debía aceptar que era buena guerrera.

—¿Es eso lo mejor que puedes hacer? —le preguntó de nuevo.

—Para pelear con la espada eres más hábil que para seducir a los hombres —le contestó.

—Recógela —le dijo ella.

Llegó la hora de ponerla en su sitio, pensó Edward al recoger la espada y volverse hacia ella.

La joven respondió con la más amplia de todas sus sonrisas, lo atacó de manera inesperada y cuando entrechocaron sus espadas le agarró del puño.

El contacto de su pequeña mano con su piel le produjo un tintineo interior que se le extendió por todo el brazo. Lleno de furia, Edward liberó su puño y la empujó hacia atrás, pero Bella logró sobreponerse y lo atacó una vez más, obligándolo a blandir su arma lo mejor que pudo.

—¿Por qué estás tan amargada, ángel? —provocó en posición de asalto—. Te di todo lo que me pediste.

—¿Todos los hombres terminan así de rápido? —preguntó ella al detener el golpe.

—Si no te hubieras comportado como una prostituta en celo, te habría tratado con mayor delicadeza.

—¿A sabiendas de que era tu enemigo? No me digas mentiras. Querías herirme, así como ahora quieres matarme.

—Matarte sería demasiado fácil.

—No te hagas ilusiones sobre tu valía, ya que no eres tan bueno como piensas —contestó Bella atacándolo con fuerza.

Edward esquivó el golpe y detuvo su avance, y cuando ella levantó su espada y la estrelló contra su acero, iluminando con sus chispas las hojas del metal, la cara se le quedó a muy pocos centímetros de distancia, lo que le permitió apreciar sus ojos Chocolates

—Eres hábil, Ángel, debo admitirlo.

Sus labios llenos, tan cercanos, le parecieron increíblemente sensuales. Concentró todas sus energías en la espada, arrimándose a su cara cada vez más. Ella resistió valientemente, pero en vano, ya que su enemigo la aventajaba en fortaleza física, lo que le permitió casi rozar sus labios.

—Siempre consigo lo que quiero, Ángel. Ríndete.

—Nunca —murmuró ella.

—¡Bella! —gritó una voz en la distancia.

Edward se apartó de ella y se volvió para mirar hacia los árboles de donde había salido el grito.

—Baja tu arma —le aconsejó Bella en tono imperativo.

Edward la miró. ¿Había algo de preocupación en su voz?

—¡Bella! —volvió a sonar el grito, esta vez más cerca.

Edward miró hacia el lugar de donde provenía la voz y de inmediato dobló la cabeza en dirección contraria. Las ramas de los árboles ubicados en el extremo opuesto del claro se balanceaban con la brisa, como haciéndole señales desde lejos, pero él sabía que no conseguiría escapar. Sería imposible, con la rigidez que sentía en sus piernas, causada por el largo confinamiento. Una flecha en la espalda lo derribaría antes de que alcanzara a esconderse en el bosque. Miró a Bella. Con el brazo de la espada descansando en sus caderas, ella le devolvió la mirada con aquellos oscuros ojos chocolates que parecían esperar a que él hiciera su próximo movimiento. Su primer impulso fue echarse encima de ella, colocarle la espada en la garganta y amenazar a sus hombres con matarla si no se retiraban en el acto. Avanzó un paso hacia ella y le atenazó las muñecas. Para su sorpresa, Bella no opuso resistencia. Edward supo que podía doblegarla y que ella se lo permitiría, y durante un instante se sintió confundido y perplejo. Oyó el eco de unas voces en el claro, y cuando por fin se decidió a lanzarse sobre la mujer, los árboles se abrieron como por arte de magia y un grueso grupo de hombres avanzó hacia él, amenazándolo con sus armas y gritándole palabras soeces.

Edward soltó las muñecas de Bella y arrojó su espada al Suelo. Levantó las manos y dio un paso hacia atrás, pero un hombre rubio lo golpeó por la espalda y lo derribó. Los otros soldados lo rodearon y comenzaron a darle puñetazos y patadas sin misericordia. Edward se defendió como pudo, conformándose con asestarles algún que otro rodillazo a aquellos bastardos franceses, que eran demasiados. Trató de protegerse la cara con los brazos, mas una bota lo golpeó en la nuca y su visión se hizo borrosa al mismo tiempo que un dolor intenso le torturaba el cráneo.

Al recobrar la visión, aún adolorido, vio que una espada muy pulida se posaba encima de su abdomen, centelleando.