Blanco, lila o rosado

Por PCR de Andrew

Capítulo 9

El beso se prolongó más de lo esperado. Ninguno de los podía creerlo. ¡No podía ser cierto! Él lo había esperado por tantos y tantos años, había llorado tantas veces en silencio, solo, en medio del bosque o en su oficina. En muchas ocasiones pensó que aquello de soñar que ella lo amaba terminaría por enloquecerlo y que jamás podría cantar victoria; ahora, en cambio, cantaban victoria juntos.

Sus labios comenzaron a rozarse suavemente. Albert trataba de contenerse y esperaba con sabia paciencia la respuesta de Candy. No tardó mucho en recibirla, porque era eso, su beso, lo que Candy más deseaba.

Albert presionó un poco más sus labios contra los de Candy y suave, muy suavemente, deslizó su mano por la temblorosa espalda de la chica. Y se detuvo. Necesitaba saber si ella lo rechazaría, si se asustaría, si huiría una vez más. En una fracción de segundo percibió una vaga indecisión en la chica y eso le bastó para saber que era el momento exacto para reclamarla como propia, abrazándola con más fuerza y dando delicados besos a los dulces labios de su amada.

Candy se sentía en las nubes. Quería parar y quería huir, quería seguir y quería sentir, pero su mente, por un instante, trató de asustarla trayendo a colación la furiosa pasión que muchos veranos atrás le había robado su primer beso. La escena fue un recordatorio de amargas penas y miedo. Pero Albert la intuía y fue esa indecisión la que lo animó a demostrarle que él era Albert, ya no sólo el amigo que consuela, sino que ahora el hombre que ama.

Su mano firme y la nueva presión sobre sus rosados labios fueron argumentos suficientes. Todo pensamiento y recuerdo, toda duda, todo miedo, todo, todo fue reemplazado por una nueva y desconocida necesidad, por una furiosa urgencia. Quería besarlo. Quería que la besara. ¡Tenía que besarla ya! "Por favor", fue la silenciosa súplica que pasó por su mente, misma que se plasmó en la inquieta mano que subió por el pecho de Albert, acariciándolo y haciéndolo estremecer.

Ya no había más que esperar; por fin era el momento de dejarse llevar. Sin saber bien quién fue primero, pronto el beso se hizo intenso, íntimo, cómplice. Sentir su aliento, saborear su boca. Aunque siempre, desde aquel lejano día en la colina, habían sido uno en alma, ahora lo eran en cuerpo; por primera vez en cuerpo.

Sentirlo. Sentirla. Era Albert… ¡Era Albert quien la besaba con ansias, con ternura, con pasión! Candy… Era Candy, la mujer que había observado de lejos desde siempre, la mujer a la que había comenzado a acercarse a paso firme en cuanto su vínculo legal se rompió. Candy. Primero una niña, luego una alocada jovencita y ahora… la mujer de sus sueños, la mujer que estaba besando sus labios de una manera que ni él mismo se habría atrevido a imaginar. Porque ahora era ella quien besaba y él quien se dejaba besar. Ahora era ella quien recorría y él, quien se dejaba recorrer. Primero fue su pecho, luego su cuello. Una mano avanzó valiente y la siguiente no quiso quedarse atrás, apoderándose y enredándose en el suave cabello del dueño de su corazón.

Atormentado de pronto por el recuerdo de tantos sueños rotos por las ironías de la vida, por las muchas pérdidas que había llorado, temió estar delirando. Desesperado, abrió los ojos y la realidad superó a la ficción. Los ojos de Candy, lo observaban con devoción. Una pausa en medio de la batalla, el momento de las palabras.

- Te amo, Candy.

Y ya no fue necesario decir más. El resto fue una danza de besos, de caricias, de roces, de mimos y arrumacos. Sus manos curiosas trazaron mil y un caminos, sin llegar a descubrirse por completo jamás, sin lograr saciarse, sabiendo esperar.

Tal vez pasaron horas o tan sólo segundos. Cuando parecían estar terminando otra mirada suplicante de su amada lo obligaba a retomar sus labios, a morderlos suavemente, a rozar sus mejillas, a perderse en el embriagador perfume de sus rizos. Entonces, extasiada, era Candy quien parecía no poder seguir, pero una mirada intensa o un abrazo posesivo la hacían volver con más bríos al ruedo, a sus labios, a su cuello, a su hombre.

El placer del primer beso parecía no extinguirse. La curiosidad de sus manos resultaba difícil, muy difícil de contener, pero Albert sabía que no era el momento, ni el lugar. Él quería lo mejor para su mujer. Él le enseñaría a amar, él sería quien la tomara de la mano y la guiaría a la gloria, quien le enseñaría a tocar juntos el cielo, a perderse en sus cuerpos, a ser uno y ser eternos… pero ese no era el momento.

- Mi amor…

- Mmmm… -ronroneó Candy para luego agregar con voz soñolienta - Repítelo.

- ¿Cómo?

- Repítelo, por favor.

- ¿Mi amor? –preguntó divertido Albert.

- Suena fabuloso… Tu amor… ¿De verdad soy tu amor?

- Pues si tienes dudas puedo demostrártelo de nuevo –dijo robándole un nuevo beso.

- Quisiera que me lo demostraras una y mil veces más –reconoció sin pudor.

- No me tiente, señorita, no me tiente.

- Tú me tientas a mí, Albert.

¡Cielos! Aparte de todo, Candy resultaba ser una mujer muy apasionada. ¡Era una delicia!

- Créeme: tú me tientas con cada paso que das. No sabes cuántas veces estuve a punto de besarte y entonces…

- Se quemó el paño de cocina, ¿cierto? –sonrió la aludida, recordando el cuasi accidente casero que por poco le cuesta una mano.

- Ni me lo recuerdes –río de buena gana Albert-. Pero después de eso te acercaste y…

- … y te susurré al oído así, ¿recuerdas? –preguntó insinuante y coquetamente acercándose al oído de su amado, depositando un suave beso y disfrutando el temblor que ello ocasionaba en Albert. Desde el día del accidente, moría de ganas por volver a poner en práctica el ataque al punto débil de Albert y ver los resultados.

- Candy, por favor, por favor…

- ¿Qué? –rió coqueta- ¿no te gusta?

- No, señorita, no es eso es sólo que… bueno… por favor, no me hagas explicarte, sólo abrázame, ¿quieres?

Ambos se fundieron un dulce abrazo. Estaban agotados, emocionados, enamorados.

- Te amo, Albert… -alcanzó a susurrar.

Albert ya no pudo hablar más. Ella lo amaba, por fin lo oía de sus labios. Besó su frente emocionado, casi sin poder dar crédito a lo que estaba viviendo y en cosa de minutos, aferrada a su fuerte pecho, Candy dormía plácidamente. Sus corazones latían al mismo ritmo, juntos por fin, unidos para siempre. Nunca antes se sintió tan completo, tan fuerte, tan hombre. Era su mujer, le pertenecía, la había reclamado beso a beso y ella se había dejado conquistar. Ella era su reina y él estaba a sus pies. La tenía entre sus brazos y por primera vez en muchos años, sintió que era parte de algo superior y trascendental. Candy sería su mujer siempre y él velaría por sus sueños siempre, contra todo y pese a todo; para siempre.

Mas el tiempo no da tregua. Cuando oyó las campanadas del añoso reloj del pasillo, se sobresaltó. Eran las cuatro de la mañana. En cosa de una o dos horas, los primeros sirvientes iniciarían el servicio del día y si la encontraban a ella, en camisón, durmiendo sobre él, en pijama, nadie les creería que sólo se habían besado. De hecho, al propio Albert le costaba creer que era lo único que habían hecho.

- Ey, pequeña -¿pequeña? Ya no era una pequeña – Candy, por favor, despierta – insistió Albert besando una y otra vez su rostro – Despierta, vamos, dormilona, ¡despierta!

- No… no quiero –reclamó la rubia, acurrucándose en el pecho de su amor.

- Candy, debemos irnos a nuestros cuartos.

- ¿¿A nuestro cuarto?? –gritó alarmada, incorporándose con rapidez.

- ¡Silencio! Nuestros cuartos, Candy: tú al tuyo y yo al mío. A menos que tú prefieras que nosotros…

- ¡Albert!

- ¡Candy! –rió divertido el aludido ante el inesperado ataque de recato – No me digas que no te…

- No, no me gustaría. Tienes razón, vamos a nuestro cuarto.

- Lo que tú digas – remató con voz seductora estrechándola nuevamente entre sus brazos.

- Tú al tuyo y yo al mío, señor Andrew.

- Como prefiera, señorita Candice.

- Como yo prefiera, señor William…

Nuevamente, la danza de besos comenzó, pero una nueva campanada del reloj hizo que el Albert juicioso por fin lograra imponerse.

La despedida frente al cuarto de Candy apenas les dio tiempo antes de que los primeros sirvientes comenzaran a recorrer la casa.

"Llegará el día", pensó ya solo sobre su cama, "muy pronto llegará el día en que éste será también tu cuarto".

Continuará…