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DIEZ CLASES

Solo fueron necesarias diez clases para enamorarme de ti, quizás fueron tus quejas continuas, quizás tu rostro sabio de adolescente o tu vivaz vida amical que impulso a que este corazón de hombre te dedicara palabras de amor.

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Inuyasha llegó tarde. Aunque esto ya era usual en él. Kaede lo esperaba en la puerta de entrada con los brazos cruzados y un fuerte ceño fruncido bajo su frente. Al peliblanco —que por lo general no tenia un recibimiento de ese estilo— no le quedo de otra que bajar la cabeza y recibir su sermón.

—No es la primera vez que pasa esto… Hakudoshi no está nada contento, Inuyasha.

—Que sorpresa —susurro sarcásticamente el muchacho.

—¿Qué dijiste?

—Nada.

—Si sigues así lo mas probable es que Hakudoshi consideré tu despido —la anciana dio un largo suspiro para luego apoyar su arrugada mano sobre el hombro del peliblanco, esté levantó la mirada poco a poco—. No me gustaría que te pasará eso. Los alumnos te aprecian, Inuyasha.

Él sonrió para consolarla, pero consideraba que lo último había estado demás, cuando se realizaban las encuestas anónimas de los mejores profesores de la academia, él nunca aparecía entre los mejores, aunque también agradecía que no estuviera entre los peores. Podría decirse que era… un mediocre estándar.

—No te preocupes, Kaede. Procuraré que esto no vuelva a suceder.

—Ojalá… —suspiró la anciana para luego regresar al interior de la oficina que hacía de dirección, tópico y recepción. No es que la academia fuera un edificio singularmente amplio.

Inuyasha asintió a su espalda y luego de firmar la hoja de asistencia para los profesores, corrió hasta el salón del Anual 02. Las puertas estaban abiertas en bandeja mientras algunos alumnos conversaban apoyados en el umbral.

—Buenos días —saludo él. Algunos le contestaron y entraron, otros asintieron y se fueron a otros salones. Inuyasha era una persona de capacidad analítica bastante alta. Se consideraba a sí mismo como un intelectual y un estratega; aunque Miroku siempre le repitiera que no lo era. Sin embargo, el Taisho pensaba que podía contemplar a las personas y de acuerdo con eso, poder averiguar sus gustos, carácter y personalidad. Tenia que admitir que hasta el momento llevaba una racha de veinticinco aciertos de cincuenta. Para él no se oía nada mal. Además, los genios intelectuales también solían equivocarse.

Nada más entrar se topó con una conversación amena entre el grupo de Kagura, también estaba la escolar que se llamaba Kanna, además del hermano mayor de Kagura, que era Naraku. Inuyasha los recordaba porque se llevaba bastante bien con el gemelo de Naraku, Onigumo; este ingresó a la universidad hacía más de dos años. Sin embargo, por alguna razón, sus hermanitos aun no lograban ingresar. De Kagura no había problema porque aun estaba en edad, pero Naraku rebasaba los veinte y de lejos.

Inuyasha les dio una rápida mirada, Naraku estaba hablando sonoramente con otro sujeto de cabellos negros como él y maquillaje rojo sobre los labios. El peliblanco entrecerró los ojos. La posición desacomodada de Naraku le advertía a Inuyasha su confianza en sí mismo, la forma en como sonreía galantemente de forma natural o como movía las manos, lo hacia merecedor de un premio como "el gran galán"; además de aquel brillante cabello. Naraku tenia el cabello largo, incluso mas que el de su menor hermana; lo más increíble era el hecho de estaba muy bien cuidado, un poco despeinado, pero se notaba bastante atractivo.

En general, Naraku —a la opinión de Inuyasha—era un ególatra y un don juan despreocupado.

A su lado, Kagura contaba con la misma postura que su hermano mayor. Otra ególatra despreocupada, se dijo. Se obligó a recordar la vez que conversó con ella y la sonrisa coqueta que le dio. Coqueta, agregó a su lista. Kanna, por otra parte, podía ser considerada como tranquila en ese circulo de amigos y… aquel sujeto detrás de Naraku con maquillaje… bien podría ser la exagerada. La típica persona que aparenta ser retraída pero cuando entra en confianza, se vuelve completamente loca. ¿Cómo se llamaba? Ah, claro. Byakuya.

—Buenos días, profesor —Inuyasha volteó la mirada para encontrarse con la niña de sus sueños. Kagome sostenía una mochila amarilla sobre su espalda y le sonreía dulcemente desde su posición en el umbral—¿Puedo pasar?

Él le sonrió de vuelta al notarla. Traía puesta una corta falda escocesa y una blusa que le quedaba de muerte. Él tuvo que admitir que fue casi doloroso no poder observarla a detalle como a él le gustaría—Claro, Kagome.

Ella pasó dentro del salón y se sentó al lado de Sango. Esta le puso una mano en el hombro y empezó a susurrarle algo que él desde su posición no pudo escuchar. Dándose la vuelta, tomó la tiza y empezó a escribir sobre la pizarra. Esto le tomaría un rato.

—¿Estas bien? —Kagome le asintió ligeramente. La pelinegra sabia que Sango estaba preocupada por ella, después de todo Kagome le había contado todo lo que había pasado con su madre en el hospital. Se había mensajeado con ella un buen rato mientras estaba sentada en la sala de espera por la finalización de la cirugía de su madre.

—Estoy bien, tranquila.

—Estuve muy preocupada por ti, ¿qué tal salió tu madre de la cirugía?

—Si, ya lleva una semana en el hospital desde que le diagnosticaron la enfermedad que tenía. Era ayer o nunca la operación. Dentro de otra semana le darán de alta. Pero se le ve bien, ya no sufre tanto como antes.

—Eso es consolador —le sonrió la castaña—. Tendrán que ayudarla en todo hasta que se mejoré.

—Eso es seguro, no sé cómo, pero hare que Souta haga el almuerzo mientras yo ayudó a mamá.

—Suerte con eso.

Ambas soltaron unas ligeras risas para luego escuchar el sonido de un golpeteo sobre la pizarra. Inuyasha había volteado y estaba dispuesto a empezar su clase.

—Muy bien, chicos. Empezaremos la clase ahora…

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Las demás clases se hicieron casi aburridas mientras Kagome esperaba la salida. Había buscado a Inuyasha por entre los pasillos de la academia, pero no había logrado dar con él por alguna extraña razón. Necesitaba consultarle algo sobre su libro de literatura y no había tenido oportunidad de toparse con él durante los recesos. Tenía que detenerlo en la salida, de otra manera no podría responder su libro y eso la inquietaba muchísimo.

Su pie se movía impaciente mientras observaba la hora en su celular. Faltaba poco mas de dos minutos para que tocará la campana, además, su profesor de Trigonometría ya había terminado de dar las repuestas del libro por lo que estaba holgazaneando por ahí. No había nada que alejará sus pensamientos de correr y atrapar a Inuyasha. Ella se mordió los labios. Faltaba un minuto.

La campana sonó como un coro celestial haciendo a Kagome pararse rápidamente y salir de ahí.

—¿Kagome? —fue lo último que escucho de Sango luego de que corriera, con su mochila semi abierta en la espalda y su libro bajo el brazo, en dirección a la oficina de recepción. Todos los profesores tenían que entrar ahí para marcar su salida.

—¡Ten cuidado! ¡Acabo de encerar! —le gritó Koga quitándose los guantes de limpieza de las manos y viendo correr a la pelinegra como alma que lleva el diablo—Se va a caer…

Tal y como él predijo, a un solo paso de la oficina de la dirección tropezó. Kagome cerro los ojos para esperar por el impacto, pero este nunca llego. Abrió los ojos confundida al sentir un cuerpo cálido delante de ella que recibió su cuerpo. Con el corazón latiendo en su pecho se separó de aquel cálido pecho para ver a su salvador. Casi sabiendo que se trataba de Inuyasha como en una película romántica casera. Sin embargo, omitió el hecho de que un fuerte y duro pecho no había recibido su caída, sino dos suaves montículos de mujer.

Frente a ella, estaba Kikyo pestañeándole confusa.

El rostro iluminado de Kagome cayo considerablemente—K-Kikyo…

—Hola… em… ¿estás bien?

—¡Si! Si, no te preocupes. M-Me salvaste…

—Fue una sorpresa —le sonrió cándidamente la pelinegra mayor—. Debiste hacer caso de Koga, escuché su grito desde aquí.

—Lo lamento…

—Esta bien, por suerte no te lastimaste. Venias para acá, ¿verdad? ¿Necesitas algo?

Kagome dio un largo suspiro—De hecho, estoy buscando al profesor Inuyasha, necesitó hacerle una consulta.

—¿A mí? —detrás de Kikyo, apareció el peliblanco con una sonrisa socarrona. A Kagome se le subieron todos los colores al verlo, ¡definitivamente había visto su ridícula caída! Con algo de temor, ella le asintió. Kikyo, frente a ella, volteo ligeramente su cabeza para verlo y sonrió.

—Vale, los dejare solos entonces —lentamente Kikyo se hizo a un costado y regresó dentro de la oficina. Antes de ingresar totalmente golpeo muy suavemente el hombro de Inuyasha con el dorso de su mano—. No la molestes mucho.

—¿Por quién me tomas mujer?

Mientras la risa de Kikyo sonaba, Inuyasha tomo del brazo a la avergonzada Kagome y se la llevo de ahí para resolver sus dudas lo mas lejos posible de la oficina principal. No quería tener a Kikyo mirándolo desde su carpeta, o encontrarse a Miroku y esas ridículas sonrisas picaronas que últimamente le estaba dando.

No fue difícil encontrar un salón vacío para ellos, después de todo ya era la salida.

—Entonces —empezó él luego de cerrar la entrada tras su espalda y apoyarse sobre esta—, ¿cuál es tu consulta o solo fuiste corriendo a Dirección para chocarte con Kikyo?

Como si hubiera presionado un botón, Kagome se puso de un rojo brillante farol. La sonrisa burlona de Inuyasha fue mas que gratificante, había conseguido el efecto deseado y eso lo hacia muy feliz.

—N-No, es sobre la corriente del Romanticismo.

—Ah, Romanticismo… justo como el aura que vi entre Kikyo y…

—¡Ya, por favor! —inmediatamente Kagome se tapo el rostro con ambas manos mientras Inuyasha soltaba una risotada. ¡Era tan divertido molestarla!

—Ya, tranquila —rápidamente y antes de que la pelinegra se diera cuenta, estiro el brazo e hizo que ella cayera sobre su duro pecho. La Higurashi, aun con las manos en la cara, se tomo la molestia de absorber su aroma antes de empezar a empujarlo lejos de ella. Aparentemente resentida—. ¿Quieres alejarte de mí? —rio él.

Ella no le contesto y con la cara roja siguió empujándolo levemente y sin ningún éxito.

—¿Por qué quieres que me aleje? ¡Ah! ¡Ya se! Debe ser porque mi pecho es duro, tu quieres uno como el de Ki-

—¡Ya!

—¿No es así?

—¡Fue una casualidad!

—O el destino.

—¡Por favor! —le suplico Kagome sintiendo que su vergüenza estaba llegando a un nivel que podía volverse insoportable. ¡Si, había caído sobre los dulces montículos de Kikyo, pero eso no ameritaba una burla así!

—Esta bien, dulzura. Me detendré. Hazme tu consulta.

—¿De verdad?

—Solo hazme la pregunta antes de que me arrepienta.

Ni corta ni perezosa ella le estiro su libro. Como era usual, la respuesta fue una ganga para Inuyasha y le indicó, no solo la clave, sino la razón por la que esta era la correcta. Admirada por su conocimiento hizo caso de todo lo que él decía. Era muy probable que, si él estaba combinando res con avestruz, ella no se daría ni cuenta. Estaba demasiada ensimismada.

—Inuyasha… —suspiró ella. Era la primera vez que le decía por su nombre frente a él.

—Dime.

—No… eh… solo susurre tu nombre.

—¿De verdad? —una mueca burlona estaba empezando a formarse en el rostro del peliblanco, haciendo que el rostro de la muchacha pasara del azul al blanco pálido.

—T-Tengo que irme.

—Mh… yo creo que no.

Una serie de bromas y burlas después…

—Pensé que ya te habías ido —le dijo Sango al verla. Recordaba que Kagome había salido corriendo como alma que lleva el diablo con todas sus cosas encima. Era extraño ahora verla ahí saliendo recién del edificio.

—Ni lo menciones…

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