ANECDOTARIO DE TERRUCE G. GRANDCHESTER

Las siguientes semanas no fueron mejores a pesar de que contaba con que el paso del tiempo ayudaría a sanar esas viejas heridas del corazón que habían sido re abiertas sin piedad.

Aquella rabia que sentí en contra de mi madre el día que me rechazó en Nueva York volvió a instalarse en mi corazón, aunque esta vez con más fuerza, la misma con la que un hombre adulto puede odiar.

Mientras tanto, el contacto entre mi padre y yo fue escueto, entre otras cosas, porque mi agenda promocional de la obra no dio cabida a que sucedieran muchas cosas en las horas en las que no me plantaba en el escenario y porque verlo, significaba para ambos revivir el dolor del pasado.

Por primera vez en mi vida agradecí estar lejos de aquellos que me amaban tan solo por evitarles la pena de ser testigos de mi tristeza y terrible humor, y para no tener que dar explicaciones.

A todos los que me llamaron por teléfono los manejé con facilidad. Por doloroso que pueda ser para una amistad, fui un hipócrita al extremo porque en todo momento les dije que las cosas no podían marchar mejor para mí, que ese viaje me había abierto puertas importantes en el medio europeo y que me sentía de maravilla.

Lo difícil vino cuando tuve que hablar con Eleanor después de haberla evitado a toda costa.

-Dime una cosa hijo, ¿te ocurre algo? –preguntó en algún punto de nuestra conversación sabiendo de sobra que en mi tono de voz se podía percibir el rencor que palpitaba por mis venas.

-¿Por qué lo dices?

-Te escucho algo, no sé… exaltado, molesto. ¿Has tenido algún disgusto con tu padre?

-Ya te dije que no lo he visto- contesté de mala gana.

-Entonces, ¿qué es lo que te tiene así? ¿Es acaso la prensa o…?

-No, a la prensa ya la puse en su lugar semanas atrás y en el trabajo las cosas van bien.

-¿Entonces?

-Son cosas que pasan, Eleanor- respondí con despecho.

-¿Quieres contarme?

-La verdad no y si me disculpas, tengo cosas que hacer- respondí disgustado al recordar las dichosas fotografías e imaginarla deshonrando nuestro nombre-. ¡Ah! Sólo tengo algo más que decirte. Cuando regrese a Nueva York, las cosas entre tú y yo van a ser distintas.

-¿Por qué dices eso? Terry, ¿qué es lo que está pasando?- cuestionó desconcertada.

- A su debido momento lo sabrás – respondí con el mismo desdén con que la traté el día que me fue a buscar a la villa de los Grandchester en Escocia-. Anda, ve y diviértete con tus… amistades.

-Pero…

Sin siquiera despedirme, colgué el teléfono y por supuesto que medio segundo más tarde me sentí el imbécil más grande sobre el planeta por haberla tratado de ese modo tan rudo y cruel, pero ya que ella había abierto la puerta, aproveché la oportunidad de sacar aquello que me corroía el alma.

Como mi reciente conversación con Eleanor había destapado la cloaca que contenía los más espantosos sentimientos que el corazón de un hombre dolido podía guardar, busqué la manera de apaciguarme para ser capaz de volverla a cerrar, pues era evidente que tarde o temprano tendría que verla de nuevo y sabía bien que un encuentro en esas condiciones, sería devastador para ambos.

-¿Qué diablos hago aquí? ¿Qué demonios esperaba de todo esto?

-¡Terry! ¡¿Qué manera de hablar es esa?! – me retó con espanto la hermana Margaret, a quien fui a ver en busca de consejo- Creo que es Dios quien te trajo aquí.

-Lo siento hermana- respondí con una mueca que pretendió ser sonrisa al contemplar las arrugas en su rostro que lejos de hacerla ver vieja, la hacían verse sabia-. No soy un hombre religioso, nunca lo he sido. ¿Pero qué estoy diciendo? Como si usted no me conociera.

-Hace ya muchos años que fuiste alumno de este colegio- dijo con el mismo tono quedo y dulce con el que hablaba cuando era joven-. Las personas cambian.

-Yo no, al menos en ese aspecto no.

-Cuando te fuiste le dijiste a la hermana Grey que nunca volverías y sin embargo, aquí estas.

-¿Sí verdad? – sonreí de lado- Lo pensé mucho antes de venir. Este viaje nada más me ha traído amarguras del pasado que creí superadas y evidentemente este lugar está lleno de recuerdos.

-¿Tan mal están las cosas?

-No en realidad- expliqué con un dejo de melancolía-. He gozado de grandes éxitos en mi carrera, tengo todo lo que un hombre puede desear.

-Pero te hace falta una cosa.

-¿Qué?

-Es simple, lo que a ti te hace falta es una familia.

-¿Le parece, hermana?

-¡Por supuesto que sí! El matrimonio es el estado perfecto del ser humano.

-Sí claro, eso explica por qué usted no se casó- expresé con mi acostumbrado razonamiento sarcástico olvidándome de que hablaba con una religiosa y no con cualquiera de mis amigos; ella pareció no darle importancia a mis palabras, sin embargo me sentí avergonzado por haber hecho semejante comentario-. Perdóneme hermana Margaret, no fue mi intención…

-No te preocupes Terry- dijo con una sonrisa que me confortó-. Es natural que todo el mundo diga que nosotros, por haber consagrado nuestras vidas a Cristo, no tenemos autoridad para hablar del tema del matrimonio, pero aunque no lo vivimos en carne propia, sabemos que el matrimonio es una institución infalible.

-¿Infalible? – cuestioné con una mueca burlona, aunque no era mi intención hacer mofa de las palabras de la única religiosa que se había ganado mi respeto desde mucho tiempo atrás- Perdóneme hermana Margaret, pero si el matrimonio fuera el estado perfecto del ser humano, no habría divorcios.

-Entiendo tu razonamiento pero no es así. ¿Olvidas que somos humanos y que esta condición nuestra nos hace imperfectos?- explicó con una seriedad que nunca antes había visto en ella- Lo que hace que haya tantos divorcios es la falta de amor, comprensión, caridad y buena voluntad entre los cónyuges. Y no quiero decir con esto que por la naturaleza misma del ser humano todos los matrimonios estén condenados al fracaso.

-Pues su opinión parece no dar cabida a esperanza alguna.

-Lo único que digo Terry, es que en la medida en la que los cónyuges aman y practican el perdón por encima de las ofensas que los errores o defectos de la pareja les hayan infringido, en esa misma medida los matrimonios se solidifican y se hacen tal como Dios Nuestro Señor lo ideó.

Tal vez la hermana hablaba con verdad, honestamente no tengo argumentos para pensar lo contrario, pero en el caso de mis padres, perdonar las ofensas no parecía haber sido una opción.

A pesar de que el invierno ya podía olerse en el ambiente, le pedí permiso a la hermana Margaret para volver a la vieja colina, aquella a la que "tarzán pecosa" llamaba "La segunda colina de Pony". No estaba seguro de lo que haría al llegar ahí y tampoco sabía qué era lo que buscaba al volver a pisar ese lugar tan particularmente cargado de recuerdos que desde hacía muchos años atrás traté con todo mi ser de olvidar, pero algo en lo profundo de mi corazón me pidió que no me marchara del colegio sin antes visitarla.

Como era mi costumbre desde el día en que me resigné a renunciar a Candy, encendí un cigarrillo buscando con desespero exhalar junto con su dañino pero seductor humo, todas las contrariedades que me corroían el alma.

-Terry, ¿qué te he dicho sobre fumar en mi "segunda colina de Pony", eh?

Sabía que en realidad ella no estaba acompañándome, pero por primera vez desde que la vi partir eso no me importó, por el contrario, acaricié la idea de abandonarme a lo que mi inquieta imaginación quisiera regalarme.

-Lo lamento "tarzán pecosa", soy un grosero, ¿quieres uno? – le seguí el juego a mi interlocutora imaginaria.

-¡Por supuesto que no! Sabes bien que yo no fumo- respondió indignada pero sin dejar de hacer gestos que le movían las pecas de forma muy graciosa-. Y tú tampoco deberías…

-Siento tener que contradecirte "mona pecosa". Sé que te prometí que no volvería a fumar, pero ahora lo necesito más que nunca y no tengo conmigo la armónica que me regalaste- respondí con la mirada perdida en el horizonte y los recuerdos.

-¿No sería mejor salir a correr o balancearse entre los árboles?

-Es es tu estilo pero no el mío, por eso te "bauticé" como "tarzán pecoso", ¿lo has olvidado?

-¡Claro que no lo he olvidado!… anda Terry, ven conmigo, acompáñame –me dijo extendiendo una mano- ¿Qué tienes qué perder?

-¡Que demonios! Tienes razón Candy. Vamos… corramos como antes, como cuando la vida era extrañamente obscura pero prometedora porque tú estabas conmigo.

…Y corrí, corrí como si otra vez tuviera quince años y nada a mi alrededor importara más que el compartir con un ser amado, el delicioso aroma de libertad que nos regalaba la colina. Sin dar cabida a prejuicios tontos y miedos absurdos, permití que el viento tocara cada línea de mi rostro para que enfriara la rabia que parecía ser huésped honorario de mi corazón desde hacía semanas atrás.

A la caída del sol volví al edificio principal del colegio en busca de la hermana Margaret para despedirme y agradecer el que me hubiera recibido sin previo aviso.

-Cuántos recuerdos, ¿verdad? –dijo al verme venir por el pasillo que conducía hasta el despecho de la directora y que en mis años juveniles ocupara la hermana Grey.

-Muchos sin duda- respondí sonriente.

-Dime una cosa, ¿la volviste a ver alguna vez?

La pregunta me tomó en cierto modo por sorpresa, ¿cómo se había dado cuenta de que fui a la colina precisamente para recordarla a ella, a la niña de mi corazón? … ¿Qué importa? Tal vez mi cara hablaba por sí sola.

-Sí- respondí acercándome peligrosamente al baúl de los recuerdos más dolorosos de mi lejana juventud-. Para ser preciso, un par de veces más.

-¿De verdad?- preguntó con una gran sonrisa dibujada en el rostro-. No sabes la pena que me dio que tuvieras que marcharte. Ella sufrió mucho tras tu partida.

-Yo también hermana, yo también- confesé apoyando la cabeza en una de las columnas a mi espalda- Ella fue para mí la luz al final del túnel y no me quedó más remedio que dejarla con tal de que no fuera echada del colegio y de la familia Andrew.

-¿Sabes una cosa?

-¿Qué?

-Conociéndote, pensé que la llevarías contigo.

-Lo pensé- dije sonriendo, sin duda aquella mujer me conocía. Me atrevería a decir que incluso mejor que mi familia-, pero mi destino era incierto y no estaba dispuesto a echarle a perder la vida si yo no conseguía algo digno que ofrecerle.

-La querías mucho.

-No hermana, no la quería- dije para su asombro -. La amé. Mucho, tanto como no he sido capaz de amar a nadie más.

-¿Qué fue lo que pasó con ustedes entonces?

-Pasó, exactamente eso que usted dijo acerca de los seres humanos. Nuestros errores nos separaron… mejor dicho, mis errores nos separaron- corregí dándole la espalda, presintiendo que no podría contener algunas lágrimas que amenazaban con correr por mis mejillas.

-Lamento mucho saber eso. Ella era una niña llena de alegría y bondad. Gracias a ella, el colegio no perdió la ayuda de tu padre.

-¿Cómo?

-¿No lo sabes?

-¿Saber qué?

-Cuando te fuiste, el Duque de Grandchester vino muy molesto a ver a la hermana Grey. Ella mandó llamar a Candy con la esperanza de que nos revelara tu paradero…

-Candy no sabía nada- interrumpí -. No se lo dije para no comprometerla.

-Eso mismo le dijo a la hermana Grey y a tu padre. Claro que la situación puso a tu papá de peor humor y amenazó con retirar toda la ayuda al colegio si no lográbamos traerte de regreso.

-¿Y qué tiene que ver Candy con todo esto?- pregunté francamente intrigado.

-Candy se fue tras él. No sé exactamente qué pasó porque el coche del duque ya se había alejado de las puertas del colegio cuando ella salió a alcanzarlo, pero un par de horas más tarde, ambos regresaron. Tu padre volvió al despacho de la directora para decirle que no había problema, ya que tus hermanos menores vendrían pronto a formar parte del alumnado y que por eso no retiraría su ayuda.

-¿Así que fue eso?- susurré meditabundo- Y yo que pensé que él nunca me había buscado por orgullo o peor, porque me odiaba.

-Hay muchas cosas detrás de las acciones de las personas Terry. Es precisamente por eso que no debemos juzgar.

-Tiene razón - le dije con sinceridad- Mi mente puede entenderlo, pero mi corazón no deja de doler y no sé si podré hacer a un lado este sentimiento. Gracias por todo hermana- dije tras una breve pausa antes de despedirme- Ahora sé que hice bien en venir.

-Puedes venir cuantas veces quieras Terry. Cuídate y que Dios te acompañe.

Regresé a mi hotel y aproveché mis horas insomnes para repasar todo lo vivido aquella tarde en espera de encontrar una salida decorosa a mi extraña situación. Mi regreso a Estados Unidos estaba cada vez más cerca y una vez en Nueva York, sería imposible seguir evadiendo a Eleanor y al dolor causado por su obscuro pasado.

-¡Diablos Eleanor, ¿qué voy a hacer contigo?!- me dije al dejarme caer sobre mi cama para recordar.

*-Terry, tienes que ser generoso.

-¿No lo soy?

-Estás mintiendo, quieres a tu madre más que a todos pero finges que no es así.

-¿Mi madre? No me hagas reír.

-No le haga caso señora, diga lo que diga de su madre tiene su misma sangre.

-Basta Candy, no sigas hablando más.

-Yo no tengo padre ni madre. Antes nunca lo había pensado.

-Yo tampoco los tengo.

-No me sentía sola porque tenía buenas maestras y buenas amigas, pero cuando vine a Escocia…Sentí envidia, buenas maestras y buenas amigas no es lo mismo que tener una madre… Yo quiero tener una madre… Sea quien sea, ¡quiero tener una mamá!

-¡Candy!

-Candy… No sabes lo bien que me vendría que estuvieras aquí.

Por primera vez en muchos años fui capaz de poner a un lado mi dolor personal con respecto al fin de mi relación con Candy, para permitir que su recuerdo hiciera la labor positiva que en otro tiempo me dio, pero a pesar de contar con su recuerdo consolador, todavía quedaban preguntas que tenía mucho miedo responder.

¿Podré evitar que todo se lo lleve el demonio o ya es tarde para eso?

¿Acaso ya está cavada la tumba de mi relación con Eleonor Baker y Richard Grandchester?

Continuará.

Nota:

*Extracto del capítulo 44 "Lazos de Sangre" del anime Candy Candy.