Disclaimer: Todo lo reconocible de Harry Potter es propiedad de J.K Rowling.

¡El primer fic del año! Aunque más bien es una actualización. Tenía pensando un one-shot, pero me dije a mi misma: "Mi misma, no seas cruel y actualiza algo." El fic de Por Obligación... aun lo estoy releyendo, así que me decidió por uno de los long-fics que son más cortos y basada en reviews y estadísticas de visita, le di prioridad a este que al de "Inevitable" aunque con suerte lo actualizaré pronto.

Intento hacer lo más posible, porque ya el lunes comienzo el nuevo semestre en la Uni. Que pocas vacasiones me dan :c

En fin, no os distraigo más y espero de todo corazón que os guste o que al menos no os disguste ^^'


¿Te casarías conmigo?

9.- Dame una razón o una oportunidad

—Haz perdido por completo la cabeza —decía Blaise Zabini, sentado en su despacho del profeta, con los pies sobre su propio escritorio.

—Necesito un consejo, no que me reafirmes lo que de antemano sé —reprochó el rubio frente a él, quien lucía frustrado y desesperado, lo cual no era para menos, considerando que el día anterior se había casado de improviso con su asistente, quien casualmente era Astoria Greengrass.

—No sé que más podría decirte —confesó el moreno, suspirando y mirando de reojo a su amigo—. Eres un idiota —añadió con una sonrisa, para ver como el aludido solo rodaba los ojos con fastidio. Draco llevaba toda la mañana metido en su oficina, platicandole sobre como tras irse de su fiesta de compromiso con Pansy, se había emborrachado tanto que se había casado con la hermana menor de Daphne. Al parecer todo había sido legal y hasta noche de bodas había tenido, pero el problema era que aquellos dos apenas tenían un mes de estar conviviendo y había que destacar que su relación era de jefe y empleada o al menos eso decía Malfoy.

—Vaya ayuda me das —recriminó.

—¿Ya hablaron? —preguntó Zabini, tomando su varita para comenzar a juguetear con ella, como restandole importancia al asunto. No era que no le importara, es que no entendía como su amigo se ahogaba en un vaso de agua. Desde su profesional punto de vista, el rubio solo tenía dos opciones, divorciarse por segunda o darle una oportunidad a esa matrimonio antes de descartarlo. Por desgracia no compartían sus puntos de vista y Draco seguía dandole vueltas al asunto, argumentando que no sabía que hacer. Así que a esas alturas ya lo había mareado con tanto argumento, por muy amigos que fueran, hasta él tenía sus limites.

—Ya te dije que no, después de que se fuera de mi casa no la he vuelto a ver —repitió con reproche, cayendo en cuenta de que estaba siendo ignorado.

—Hermano, necesitas hablar con ella y tomar una decisión —dijo, haciendo una nota mental de que era la tercera vez que daba ese mismo concejo con las mismas palabras.

—¿Y si no quiere hablar conmigo? No puedo simplemente aparecerme en su cuarto y decirle la trillada frase de "tenemos que hablar" —y de nueva cuenta los argumentos de Draco para excusar su propia cobardía se hacían presentes. Blaise estaba por soltarle un par de palabrotas, pero el golpe en la puerta desvió la atención de ambos hombres.

—Señor Zabini, el representante del señor McLaggen ha mandado una lechuza, preguntando si puede adelantar la hora de la entrevista porque tienen unos asuntos que resolver el Liverpool —informó la secretaria del moreno, observando a ambos hombres con cordialidad, en espera de una respuesta por parte de su jefe.

—Responde diciendo que vamos en camino y avisale a Lavander para que me acompañe —pidió el hombre encargado de aquella esperada entrevista que se venía prometiendo desde meses atrás en la sección de sociales de El Profeta.

—¿Me abandonas? —se quejó Draco con un tono ofendido y acusador.

—No exactamente, pero tengo trabajo que hacer —dijo a forma de excusas, pese a que en realidad sentía cierto alivio de tener algo más que hacer—. Además, tú no me necesitas para nada. Lo que tienes que hacer es hablar con Astoria —puntualizó, sonriendo y tomando sus cosas para abandonar su oficina.

—Pero... —intentó argumentar el rubio, solo para comprobar que ya había sido dejado solo. Maldijo un poco entre dientes y se quedó ahí sentado por largo rato, navegando entre sus ideas.

Una idea tras otra cruzaba su cabeza, acompañada de una voz brulona parecida a la suya propia que le hacía descartar cualquier posibilidad. Estaba siendo muy negativo, no lo iba a negar, pero ¿podían culparlo? ¿Podían recriminarle ser negativo cuando todo en su vida siempre había ido en picada? Sin importar lo que decidiera, todo terminaba mal. Sin ir muy lejos, solo debía de voltear hacia atrás y ver su matrimonio con Pansy. ¿Quien le aseguraba que lo que pudiera intentar con Astoria no sería igual? Incluso, considerando lo precipitado de todo, lo suyo podía terminar peor.

Suspiró con cansancio y se levantó de la silla para salir de ahí, pero apenas estuvo de pie, la puerta se abrió detrás de él.

—¿Quiere un café? —preguntó la misma secretaria de hace rato, tan servicial como siempre.

—No, gracias —cortó él, girando para encararle.

—¿Un whisky, quizás? —ofreció sin dejar de sonreír.

Podían llamarlo arrogante, pero siempre le había dado la impresión de que esa chica coqueteaba con él, desde que la había visto por primera vez y eso que en ese tiempo él estaba casado con Pansy. ¿Sabría ella lo de su divorcio? ¡Oh, vamos! Claro que lo sabría, si había sido una de las tantas noticias que el diario mágico había llegado a publicar. Además que la noticia del compromiso de Pansy y Blaise era el cotilleo de la última semana. Entonces, por lógica, si quisiera sacar provecho de esa chica, podría hacerlo. Era un hombre libre, joven, no tan mal parecido y grotescamente rico. Él podía hacer lo que quisiera para divertirse y pasarla bien. Nadie podía recriminarle por hacerlo y siempre podía justificarse con estar haciendo lo que le hiciese feliz. Claro que había un pequeño inconveniente y ese era que él ya no era así. Hacía tanto tiempo atrás que el niño mimado de los Malfoy se había vuelto tan solo un recuerdo, para darle paso a un hombre serio, adicto al trabajo y un tanto resentido. Un hombre frío e indiferente cuyo concepto de felicidad se había simplificado a aquello que alguna vez había tenido y no había sabido apreciar. Algo tan sencillo que ni con oro, ni con todo el poder que poseía, podría conseguir. Era extraño pensar en eso, recordar como durante toda su infancia había sido un niño mimado que no había aprovechado lo suficiente el amor de sus padres. Ese jodido amor incondicional que daba la fuerza suficiente como para enfrentarse a la misma muerte y hacer lo que fuese necesario con tal de que la otra persona estuviera bien. Muy, pero muy tarde se había dado cuenta de que existía dicho sentimiento y lo precioso que era. Todavía más tarde aún se había dado cuenta de que las únicas personas que le habían amado ya no estaban a su lado y de que él no tenía muy claro el concepto de amar.

—No es necesario, ya me voy —dijo tras su propio silencio, recorriendo con la vista de arriba a abajo a la joven.

—En otra ocasión, ¿tal vez? —propuso ella, jugando de forma nerviosa con su cabello.

No le quedaba duda de que estaba intentando coquetearle y no podía culparla por intentar hacer su intento. ¿Que acaso no empezaban así las relaciones? Cuando alguien te gustaba, lo primero era acercarse a la persona para conocerla y dejarse conocer. No es como si pudieras llegar de un día a otro con una propuesta de matrimonio. ¿Y quien era él para descartar posibilidades? La mujer de su vida podría esconderse detrás de una carpeta de El Profeta, detrás un uniforme de camarera, tal vez la chica que vendía helados en el Callejón Diagon o la quizás la chica soñadora con la que se había tropezado tiempo atrás. ¿Quien lo sabía con certeza? ¿Quién le podía asegurar que sería feliz en todo caso? ¿Qué tal si la felicidad era algo que no era para él? Vaya melodramático que se había vuelto.

Sonrió por sus propios pensamientos y luego sonrió a la secretaria de su amigo por mera cortesía. Su mente divagaba y cada idea se contradecía al chocar con otra, pero si ya se había casado con Astoria, ¿por qué no darle una oportunidad? ¿Por qué descartar a la castaña por una desconocida? A la desconocida la podía conocer luego en el peor de los escenarios, pero a Astoria... a esa soñadora brujita que le llevaba el café por las mañanas y descaradamente le arrebataba el whisky diciendo que no eran horas para beber, a esa que, por cuestiones que ni él mismo se explicaba, ahora era su esposa. A ella ya la conocía y le gustaba su forma de ser.

—Tal vez —concedió al final, caminando hacia la salida y pasando de largo a un lado de la joven. El aroma de la secretaria no pasó desapercibido para él, aun así su sentido del olfato le traicionó y le hizo recordar que uno más dulce le estaba esperando en el Caldero Chorreante.

O-O-O

Mientras tanto, en otro rincón del mundo mágico, una solitaria bruja se encontraba ordenando sus cosas en lo que era su habitación rentada. Astoria Greengrass había comprobado a lo largo de su vida que solo dos cosas eran ciertas sin falla alguna: Todos morimos algún día y todo es relativo. Quien quisiera mirar el vaso medio lleno podá ser feliz, quien quisiera mirarlo medio vacío podía amargarse la existencia de ello. Quien quisiera ver la oportunidad detrás de una desgracia, podría alcanzar grandes cosas y quien quisiera dejarse hundir podría tocar fondo aunque intentasen ayudarlo. Claro que, al final de cuentas, todo camino llevaba al cementerio. La vida se volvía tan simple si se llegaba a entender aquellos dos conceptos.

—Tu decides que camino tomar, porque el destino es el mismo —recitó, con sus zapatillas de ballet en la mano y dando un gran suspiro.

Ella había pasado casi toda su vida soñando con su camino, con ser una reconocida bailarina famosa y admirada. Astoria no había soñado con otra cosa que no fuesen aplausos, rosas cayendo delante de ella en el escenario y gente aclamando ser como ella. Sonaba tan frívola en sus sueños y fantasías, pero eso era lo que le llenaba el espíritu y le causaba una sensación que en su inocencia había etiquetado como felicidad. Había llegado incluso a convencerse a si misma de que el glamour de una bailarina estaba basado en que tanto dolieran los pies al final de cada ejecución o en cuantas horas de ejercicio se pusieran para mantener la forma.

El ballet había sido su vida y se había tardado tiempo en entender por qué. Cuando se tiene una hermana perfecta a la que no se puede superar con nada, cuando esa rubia graciosa llamada Daphne opaca tu existencia y tras muchas encuentras por algo en lo que eres mejor que ella, ahí es cuando encuentras la razón de tu existencia y te aferras a ello porque en todo lo demás ya haz sido dejada atrás. Los dedos pianistas de su hermana eran insuperables, su sonrisa, su gracia al bailar vals, sus excelentes notas de magia, su apuesto y rico novio, su elegancia y su perfecta vida llena de felicidad, eran algo con lo que ella ni siquiera podía llegar a soñar. Por eso, varios años atrás, cuando en una pintura de un local de antigüedades había visto aquella pintura de una bailarina y había intentado imitar la extraña pose que ésta hacia, recibiendo el primer elogio de su vida, había sentido que al fin existía algo que estaba hecho para ella y nadie más.

Aun era una niña en aquel entonces, pero había comenzado a planear su vida con un camino muy alejado al que su hermana pudiera tomar. Lo último que quería era vivir siendo siempre comparada con Daphne y volverse una sombra de defectos. ¿Que estúpido, cierto? Pensar que su vida se había basado en el sueño de ser lo contrario a su hermana resultaba deprimente y le quitaba valor a todo por lo que había luchado siempre. Todos sueños eran pequeñas burbujas de jabón que intentaban ir cuan lejos fuera posible, pero al final todas se habían reventado. Al final del cuento, ella no quería más que un final feliz y cuando el príncipe estuvo frente a ella, pometiendole el felices para siempre, no dudó en dejarlo en todo, para al final quedarse sin nada. Y ahora otro príncipe de rubia cabellera le tendía la mano de igual forma, prometiendole una vida muy parecida a la de su hermana: La distinguida esposa de un magnate, mago de sangre pura y ex-mortifago absuelto de todo cargo que ahora era un ejemplar elitista de la sociedad mágica. Era casi como volver a ser una niña y escuchar como todo los adultos le prometían a su hermana un futuro como el que ellos tenían en ese entonces.

—Hay cosas que nunca cambian —volvió a murmurar para si misma, dejándose caer en la cama.

Cerró los ojos con fuerza, mordiendo su labio inferior para contener las ganas de echarse a llorar como siempre lo hacía. "¿Qué persona que se respetara a si misma actuaría igual que como lo hacía cuando tenía diez años?" Ella tenía una respuesta y era levantar la mano para declararse culpable.

Unos golpes en la puerta la hicieron reaccionar y ponerse alerta, pese a que no contestó de inmediato. No creía que nadie se tomara la molestia de visitarle, empezando porque a su parecer no tenía a nadie que quisiera verla. Sin darse cuenta, tenía más enemigos que amigos a esas alturas y lo mejor del caso es que era su culpa. Así que, ¿quién podría ser? Ladeo la cabeza pensativa, debatiéndose entre responder o no responder al golpeteo.

—Sé que estás ahí —declaró una voz masculina al otro lado. Una voz que ella conocía sin duda, pero que no hubiese pensando en escuchar.

—¡Voy, un segundo! —anunció, guardando en el armario el desastre de cosas que tenía regadas por ahí. Echó una mirada al espejo y subiendo un poco sus jeans, se dirigió a abrir la puerta.

—Hola —saludó el rubio—. ¿Puedo pasar?

—Adelante —concedió ella, apartándose del camino y dejando que fuera él quien cerrara la puerta detrás de si.

Para ambos era extraño estar ahí solos después de lo que había pasado. Sus resoluciones seguían atadas y condicionadas a sus experiencias previas, las cuales no habían sido muy buenas, pero aun así, interiormente ya habían hecho una decisión.

—Tenemos que hablar —dijo él.

—Tenemos que hablar —dijo al mismo tiempo ella.

Los dos se miraron y sin poder evitarlo, rieron un poco. No era la primera vez que hablaban a la vez, aunque al menos en esta ocasión estaba de acuerdo.

—Tú primero —apremió Draco, haciendo gala de su caballerosidad, aunque temía que lo que ella pudiera decir cambiara el panorama de su convicción.

—Es sobre nuestro matrimonio —murmuró ella, comenzando a hablar con nerviosismo y rompiendo el contacto visual—. Sé que ha sido muy precipitado y ninguno de los dos recuerda haber dicho "acepto" —continuó, con los ojos clavos en el suelo.

—Aja —la animó él a que siguiera.

—Pero... —se mordió el labio inferior.

—¿Pero? —repitió, expectante.

—No creo que sea lo correcto —declaró finalmente, encarando al hombre frente a ella. Ya lo había dicho. No quería volver a soñar, no quería ilusionarse, no quería volver a darse de bruces contra algo llamado realidad.

—¿Te quieres divorciar? —preguntó Draco para reiterar que no había entendido mal las palabras de ella.

—Exactamente —aseguró ella—. No tiene mucho que nos conocemos y tampoco ha pasado mucho tiempo desde que estuvimos casados con otras personas. Digo, todo ha sido demasiado repentino, que apenas lo hemos podido digerir. Es algo inmaduro y tonto... —comenzó a excusarse, pero al ver la expresión del rubio comenzó a dudar de sus propias palabras. Draco parecía decepcionado u tal vez ofendido, no estaba segura—. ¿No piensas igual? —cuestionó temerosa.

—Pensaba pedirte una oportunidad o una buena razón para que no me dieras una —habló él con tono inexpresivo, aunque Astoria podía percibir cierto resentimiento en aquella indiferencia—. Pero ya me has respondido sin que hiciera la pregunta —concluyó—. No te preocupes Astoria, sabrás que tengo los medios para hacer y deshacer a mi antojo —se apresuró a decir antes de que ella pudiera hablar—. Mañana a primera hora, como de costumbre, espero que te presentes a trabajar y puedes conservar el anillo que es tuyo. Vendelo si te place, así igual y alquilas en un lugar mejor que este —puntualizó—. Que pases buena tarde —dijo antes de irse de la misma forma que había aparecido.

La castaña sentía que su corazón comenzaba a latir con fuerza y un nudo en su garganta se comenzaba a formar. Ni cuenta se dio de en que momento las lagrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, porque lo único de lo que era consiente era de esa voz en su cabeza que le decía que era una estúpida. Toda oportunidad buena que tenía, la rechazaba por una niñería. Draco había ido a pedirle una oportunidad para intentar algo y ella en su único desplante de madurez, lo había mandando al demonio antes de dejarlo hablar por lo menos. Lo peor del caso era que Malfoy la hacía sentir tantas cosas y le aterraba la idea de haberle perdido por ser una tonta.

—Tonta... —se maldijo a si misma, mirando su reflejo en el espejo con desprecio como si ella tuviera la culpa de todo lo malo que le pasaba... ¡Oh! ¡Momento! Ella tenía la culpa de todo lo malo que le pasaba y para colmo, casi nunca había vuelta atrás.


¿Así que, qué tal? ¿Me matan?

Tenía pensado corregir algunos cuantos errores que encontré mientras re-leía la historia. Sin embargo, cuando intentaba subir los capítulos de nuevo, algunas cosas se me cortaban o desaparecían -como los liks de las portadas-. Supongo que es cosa de los cambios de FF, así que espero me disculpen por ello. Generalmente escribo, re-leo, pero siempre algo se me escapa porque en mi cabezota medio dislexica, leo lo que quiero leer en lugar de lo que está escrito y aun no encuentro beta que me siga el ritmo. En fin, me lleno mucho de excusas, pero en cualquier caso, si encuentro errores fatales, los corregiré sea lo que sea.

Mientras tanto, espero que os guste ^^

¡Muchas gracias por leer y mis mejores deseos para este inicio de año!