Disclaimer: Si algo de todo esto me perteneciera me habrían echado del trabajo hace tiempo, porque no estaría trabajando desde hace un año y medio. Ju, ju, ju…
¿Lo siento? Supongo que la única excusa que sirve es mi inexistente inspiración e imaginación. De todas formas un año y medio es una burrada de tiempo, así que no tengo perdón. Solo me queda decir: gracias por toda la paciencia que tenéis conmigo y tomároslo como un regalo de reyes.
Gracias a wirhaven, mi preciosa beta y amiga, por soportarme y leerme siempre.
9
Del uno al diez
Mary Jane siempre había sido la princesita del grupo. Ella venía de una buena familia de magos respetada en todo el mundo mágico. Desde pequeña a la mayor de los Potter le habían dado todo hecho y en bandeja de oro. Su vida había estado llena de comodidades hasta que entró en Hogwarts.
Hogwarts fue lo que le abrió los ojos y le hizo vivir la realidad, a pequeña escala. Y cuando Jane lo perdió todo en cuarto, hasta las ganas de vivir, ni si quiera su madre, Danielle Potter, la bruja más poderosa del mundo mágico, fue capaz de impedir que su mundo de castillos de cristal se viniera abajo. Jane perdió aquella comodidad, pero maduró a la fuerza y aunque le pesara, se convirtió en alguien más frío y calculador.
Rasgados, gatunos y azules verdosos, los ojos de Jane se abrieron con lentitud para encontrarse con unos avellana que la miraban con reproche.
-Te dejo sola un día y ya pierdes el control.
-Oh, por Merlín, John. Cállate –Farfulló la castaña tapándose con la suave y blanca sábana de la enfermería-. Los cinco kilos que he perdido los he vuelto a recuperar. Así que no hay nada de lo que preocuparse. Para mañana lunes estaré igual de radiante que siempre.
John se levantó con el ceño fruncido. Su hermana tenía ese dichoso mecanismo de defensa. Ese que tenían todas las personas que habían sufrido mucho y que a base de golpes duros se habían construido una barrera entre el mundo y ellos.
-No es eso, Jane.
Jane se quedó en silencio, esperando que su hermano continuara. No era eso. Por supuesto que no. Él venía a transmitirle el mensaje de su madre; su padre, por otro lado, estaría demasiado ocupado como para preocuparse de si su hija mayor había tenido una recaída.
-No vengo a reñirte por eso –Recalcó John.
Pero venía a reñirla. Que previsible. Soltó un suspiro de resignación y se cruzó de brazos sobre la tripa, apretando contra ella la sábana que tantos recuerdos le traía.
El guardián escuchó el suspiro, pero no dijo nada. Detrás de ese suspiro estaban todas las frases de defensa para lo que John estaba a punto de decir.
-Es ridículo que sigas permitiendo que te duela, que te haga daño. ¡A estas alturas, Jane! Han pasado tres años. Tres dichosos años y tú sigues estancada en un pasado lleno de mala suerte.
-Una mala suerte de la que tú podías haberme prevenido, mamá.
La sonrisa que se había dibujado en la cara de John se tornó más femenina, más peligrosa, como la de Jane, y sus ojos cambiaron rápidamente de color; sus facciones se afeminaron, su cuerpo se encogió y adquirió curvas, el pelo creció y se aclaró cayéndole sobre los hombros con suavidad.
-Como si me hicieses caso alguna vez –Apuntó dulcemente Danielle.
-Y como si eso te detuviese alguna vez. Tú querías que yo me convirtiese en una replica tuya a base de dolor.
Danielle soltó una suave carcajada acompañada de una mirada llena de malicia. Los reproches y las culpas que le echaba su hija desde hacia tres años se habían convertido en una costumbre.
-Oh, cielo. Eso no es verdad.
La ceja derecha de Jane se alzó peligrosamente y su madre acentuó su sonrisa. Madre e hija eran tal para cual.
-Puede que yo no tenga tus poderes, mamá. Pero somos demasiado parecidas, de eso eres plenamente consciente, así que a mí no me vengas con "eso no es verdad", porque conozco tú forma de pensar.
Danielle dio unas palmaditas suaves en la mano derecha de su hija y se puso en pie dispuesta a marcharse.
-Si tienes ganas de discutir significa que estás en perfecto estado.
-No te atrevas a irte, mamá. Todavía hay muchas cosas que tengo que decirte.
Pero Danielle ya se echaba su suave capa lavanda sobre los hombros dispuesta a irse por mucho que le rogase su hija mayor.
-Cielo, Popy te cuida mejor que nadie. Estás en buenas manos. Y además tienes a la santa de Lily, que ya hará de madre un rato por mí.
-¡Si te vas ahora, olvida de que te vuelva a dirigir la palabra!
La triste sonrisa que adornaba la perfecta cara de Danielle Potter se reflejaba en sus ojos que la miraban con algo más que resignación. La cuidada mano de la bruja ya giraba el picaporte cuando dijo a modo de despedida un simple:
-Lily lo hará bien.
Y sin más palabras, ni dar tiempo a que Jane se pusiera en pie y la detuviese, Danielle desapareció tras la puerta apresuradamente. El grito que Jane estaba apunto de soltar se ahogo en su garganta conformándose con susurrarse a sí misma:
-Pero Lily no basta. Te necesito a ti, mamá.
(…)
A contracorriente, y aunque aseguraran que todo era más difícil, funcionaba Dana. Si alguien decía blanco, ella decía negro; si alguien afirmaba, ella negaba; si sus amigas decían que aceptara a Allan Wood, ella se resistía, peleaba y se negaba a tratarlo si quiera con cortesía. Pero cuando el lunes por la mañana Dana se dirigía al Gran Comedor y Allan la agarró con violencia de la muñeca y la arrastró hasta los baños de chicos sin decir ni una sola palabra, Dana no supo que como actuar con él por primera vez.
Los normalmente sinceros ojos marrones verdosos de Allan Wood se habían oscurecido con rabia y frustración, y se dirigían constantemente de un lado para otro del baño. Parecía un animal salvaje, cautivo por primera vez.
-¿Qué significa esto, Wood? –Inquirió Dana inclinando ligeramente la cabeza para encontrarse con los ojos de Allan.
Allan le devolvió la mirada y Dana se asustó con lo que leyó en sus ojos. El chico estaba determinado, e iba a hacer lo que estuviera a su alcance para llegar a su meta. Avanzó hasta ella y la encerró entre sus brazos colocando uno a cada lado de la cara de Dana.
-Significa que aunque le haya prometido a Lily que no haría nada, me veo obligado a hacer algo porque no estoy dispuesto a perderte. No tan pronto. Y no sin que yo haya luchado por ti.
Dana desvió la mirada a la vez que fruncía profundamente el ceño. Lily. Siempre Lily. A veces, solo algunas veces, Dana tenía ganas de cerrarle la boca a Lily y encerrarla en una habitación sin ventanas. ¿Por qué siempre se entrometía en lo que no le incumbía? ¿Por qué? Si antes se había asustado con la mirada de Allan, nombrarle a Lily metiéndose en sus asuntos había conseguido que ese susto se le pasase en cuestión de segundos.
-Sabes que me importan más bien poco tus promesas y el resto de chorradas que tengas con Lily, Allan Wood, pero lo que si te voy a pedir y quizá de una forma no muy educada es que no metas tus jodidas narices en MIS asuntos.
De alguna forma Dana había terminado cogiendo a Allan del cuello de la camisa y acercándolo tanto a ella que más que una forma de intimidarlo parecía una provocación. Allan se quedó inmóvil sin atreverse a apartar la mirada de los ojos de Dana que lo miraban con algo más que enfado.
-¿Ha quedado claro? –Dana habló entre dientes, apretando tanto sus dientes entre sí que parecía que en cualquier momento su mandíbula se desencajaría.
Allan subió sus manos hasta las manos de Dana y con suavidad hizo que la rubia lo soltara, sin embargo no soltó las manos de la joven sino que las apretó con fuerza entre la suyas.
-Y a mí que me parece que no me has escuchado y que te has quedado en Lily, Dana.
-No te atrevas a llamarme por mi nombre, Wood. No te he dado nunca la confianza suficiente para que lo hagas –Dana giró sus propias muñecas para deshacerse de las fuertes manos que la tenían sujeta contra su voluntad-. Y devuélveme mis manos.
-No. No hasta que me escuches lo que tengo que decir y lo vas a recordar para que en futuras discusiones sepas la razón básica de todo esto –Hizo un gesto con lo cabeza para indicar que se refería a ellos dos y al ver que Dana no decía nada, solo lo mataba con la mirada, se atrevió a proseguir-. No pretendo que entiendas de un día para otro lo importante que eres para mí, el papel tan importante que tienes en mi vida pero si quiero que lo tengas en cuenta. Quiero que lo tengas en cuenta sobretodo en ocasiones como ésta. Merlín santo¡te vas a casar! Y lo peor de todo es que yo no puedo hacer nada para impedirlo. Si te casas te pierdo para siempre, si te casas estas aún más fuera de mi alcance…
En los labios de Dana hubo un amago de sonrisa burlona que fue lo que hizo detener a Allan y mirarla inquisitivamente.
-¿Y tú eres el que asegura que está enamorado de mí? Algo decepcionante la confianza que tienes puesta en mí, Wood. Las cosas se harán como yo quiera. Hago hasta lo imposible para que lo que no quiero no ocurra, créeme. Y esta vez no va a ser diferente, así que no te preocupes, Wood. Puedes dormir tranquilo esta noche.
-No creo que esta vez puedas salirte con la tuya, Dana.
Dana hizo caso omiso al hecho de que le hubiera llamado por su nombre y frunciendo el ceño y torciendo la boca inquirió:
-¿Y qué sabrás tú? No sabes ni de lo que estás hablando –Harta de la situación y de aguantar las chorradas del joven frente a ella se deshizo hábilmente de las manos del guardián y dio media vuelta dispuesta a marcharse.
-No he terminado contigo –La volvió a coger por las manos y tiró de ella hacia él-. Esta vez tú padre no va a ceder, Dana. Está tan determinado como yo en no perderte.
-Te repito que no sabes de lo que estás hablando. ¡Y ya vale de llamarme por mi nombre! No sé porque te estoy tolerando tantas cosas hoy…
Allan exasperado cogió a Dana del mentón y la obligó a mirarlo con firmeza.
-Te llamo por tu nombre porque cuando alguien es tan importante para ti lo normal es hacer eso –Dana fue a interrumpirle pero Allan la silenció-, bueno, Potter no, pero porque es gilipollas.
-Potter no considera a Lily algo importante para él, Wood. Eres demasiado inocente.
Allan sonrió ligeramente altanero y se acercó aún más a Dana. La rubia a estas alturas pensaba que las distancias entre dos cuerpos no se podían reducir más, pero cada vez que el joven se acercaba más a ella se sorprendía y tenía que reprimirse las ganas de darle una buena paliza. No lo hacía porque en realidad y al contrario de lo que normalmente pensaba la gente a Dana Rookwood le daba pena de Allan Wood.
-Tú lo eres más que yo. Conozco a los hombres, al fin y al cabo soy uno de ellos y créeme no insistes en algo tanto tiempo sino te importa al menos un poco.
-Ambos conocemos a Potter y sabemos que para lo único que quiere a Lily es para poder decir "joderos, porque ahora sí que oficialmente soy irresistible, hasta Evans cayó" y más que eso yo creo que también es para poder decir que se la ha tirado.
Allan pronunció más su sonrisa y Dana sintió algo extraño en alguna parte de su cuerpo. Fue tan inusual, tan raro que Dana frunció el ceño y se abrazó a sí misma apartando las manos del pecho de Allan donde estaban clavadas para mantener las distancias.
-Cuando más adelante me tengas que dar la razón, te contaré una anécdota que tuve con Potter.
Allan soltó a Dana con resignación y metió las manos en los bolsillos. No había conseguido arreglar nada, ni tampoco hacer que Dana se diera cuenta de lo importante que era para él, pero por lo menos estaban hablando como personas normales y la había tenido a menos de 5 centímetros y no se había paralizado.
-¿Realmente crees que te daré la razón alguna vez en ese tema, Wood?
-Probablemente no, porque quizá no tengo razón y soy el único chico romántico y sincero de Hogwarts.
-Deja de echarte flores, Wood. Es bastante repulsivo.
-¿Sabes que es lo realmente repulsivo? Tu forma de tratarme.
Nunca supo porque aquello le enfado tanto, ni porque no pudo controlarse y no soltarle aquella frase, cuando ni si quiera pensaba eso.
El problema con Dana es que a veces se portaba como un chico y en vez de pegar como normalmente pegaría una chica: soltándole una bofetada, pegaba como un chico. Por decir esa frase Allan se gano el primer puñetazo de Dana en su vida.
-¿De que vas, idiota? Si tan repulsiva te parece entonces no sé porque insistes tanto conmigo. Deja de insistir y yo no te tra…
A lo siguiente que hizo los primeros días le hecho la culpa al desayuno, probablemente había comido algo en mal estado o algo así, después reconoció que fue porque llevaba desde que habían entrado en el baño reprimiéndose las ganas de hacerlo.
Los labios de Allan silenciaron el final de la frase de la temperamental rubia y sus manos volaron a las mejillas de la joven. Mientras Allan besaba cada milímetro de los labios que tanto había soñado besar rezaba para que a la joven no se le cruzaran los cables y le pegara como había hecho hacia un minuto.
Cuando Allan se comenzó a emocionar porque no le había rechazado fue cuando Dana se apartó suavemente del joven y lo miró completamente perdida, como si no supiese donde estaba ni que estaba haciendo.
-Las clases han empezado –Dio media vuelta y se marchó andando calmadamente dejando a Allan Wood anonado apoyado contra la pared.
-¿Qué has hecho, idiota? –Se preguntó a sí mismo Allan en voz alta, dándose un suave cabezazo contra la fría pared del baño-. ¿Qué coño has hecho?
(…)
Desde que a Sirius le había dejado de gustar la rubia más sádica de Hogwarts había pasado mucho tiempo. Claro que gustar no habría sido la palabra que él hubiera usado, sino más bien encaprichar. Porque Sirius Black solo tenía encaprichamientos, chicas de una noche, ya que tal y como él aseguraba nunca se había enamorado.
Pero hablar de amor era irse a palabras aún más mayores cuando se hablaba de Sirius, no es que fuera un insensible, simplemente no le veía la utilidad al amor. Por eso cuando la gente hablaba de amor frente a él, Sirius fruncía el ceño y aparentaba estar más interesado en cualquier otra cosa.
El animago miró incrédulo la puerta tras la cual acababan de desaparecer Allan y Dana, estaba seguro de que ni habían notado su presencia cuando habían pasado casi corriendo junto a él. Pero eso no era lo que le interesaba sino desde cuando Dana se dejaba mangonear por Allan, sin embargo, no pudo estar mucho rato pensando en ello porque una mancha azul añil lo rodeó y se subió hábilmente sobre él.
-¡Siri! –Saludó jovialmente la más pequeña de las Pijas-. ¿En qué pensabas tan concentrado?
Sirius giró levemente la cabeza para poder mirar a Kaith que rodeaba con sus brazos su cuello y con sus piernas su cintura.
-Tu amiga Rookwood acaba de entrar ahí con Wood –Comentó Sirius mientras señalaba con la cabeza la puerta del baño con total tranquilidad como si fuera algo que ocurriera cada día.
-Oh. ¿En serio? –Kaith mostró una de las sonrisas más traviesas que Sirius le había visto nunca-. Dana corre peligro con Wood frustrado, imagínate como puede terminar la cosa –La italiana alzó sus perfectas cejas oscuras sugestivamente y Sirius fue incapaz de reprimir una sonrisa.
Quizá nunca hubiera sentido amor, quizá tampoco le había gustado nunca nadie, pero el cariño que le provocaba la bailarina italiana que tenía frente a él lo templaba y lo hacía sentir tan bien, tan a gusto como hacia mucho tiempo no lo hacía sentir nadie. Era como si la dulzura llena de travesura que liberaba la joven lo ablandara de una forma inimaginable.
-Sirius, no vas a llegar al desayuno –Apuntó Kaith señalando con la cabeza la gente que venía hacia ellos camino a clase.
El moreno volvió a girar la cabeza pero esta vez no para mirar a la joven sino para susurrarle peligrosamente al oído:
-Es que tú eres mi desayuno, Kaithleen.
Kaith se bajó de Sirius como si hubiera tocado fuego. Algo asustada, con las pupilas ligeramente dilatadas y las manos enredadas entre ellas.
-No llegaremos a tiempo clase, Blackie.
Pero Sirius desde hacia unas semanas había aprendido como ignorar las simples y débiles excusas de Kaith, así que sin darle tiempo a decir nada más, Sirius la cogió hábilmente de la muñeca, entrelazando con suavidad sus manos y echó a andar en dirección al despacho de McGonnagall arrastrando sin demasiada fuerza a Kaith tras él.
-¿Por qué vamos en dirección al despacho de Minnie? Si nos encuentra lejos de su aula nos castigara durante toda la semana.
-¿Y tanto te molesta estar castigada conmigo?
Sirius sonrió. Sonrió con la única sonrisa que nunca había ensayado frente al espejo junto a James. Esa sonrisa al contrario de las sonrisas encantadoras era innata tanto en el cazador como en él, y era la que se mantenía antes y después de llevar a cabo una broma. Con eso Kaith firmó su rendición a la vez que negaba suavemente con la cabeza.
-Eso no es lo que me molesta.
-Entonces se acabo la discusión –Sentenció Sirius mirándola maliciosamente por el rabillo del ojo y se apoyó sin demasiada fuerza sobre una de las piedras grises de la pared, ésta se retiró y la pared se abrió dando a un pasadizo sin salida.
-¿Por qué diablos conocéis estos escondrijos? –Lo miró interrogante con una sonrisa tierna mezclada con algo de travesura, como siempre.
-Para hacer esto.
Notó un tirón en el brazo y su cuerpo le siguió involuntariamente. Tener a Sirius tan cerca mareaba un poco a Kaith, con esa mirada gris brutalmente honesta sin nada de dobles juegos con toda la verdad frente a ella. Tenía que hacer algo, como llevar sus manos a la nuca y acariciársela con cariño y terminar metiendo las manos bajo el pelo. Era una sensación irrefrenable la de tener que hacer algo para no pensar en eso. En ellacuando Sirius la está apunto de besar.
Siempre ocurría en el momento en el que Sirius se inclinaba para besarla con los ojos entrecerrados, era entonces cuando Kaith veía reflejada en esos ojos entrecerrados a la persona que Sirius deseaba besar. Y no era ella. Nunca sería ella, pero tampoco sería ninguna de las facilonas (y no tan facilonas) que caían en brazos del Don Juan de Hogwarts.
Cuando los labios de Sirius tocaron los Kaith dando calor y humedad, haciendo que por unos segundos Kaith se olvidara de ella, de que todo eso no era más que un reto y que su único propósito era que todo fuera como antes. Kaith perdía por completo el control y Sirius, por fin, sentía que estaba al mando de la situación.
Kaith no tenía ni idea de porque cada vez que Sirius la besaba con toda esa pasión a veces llena de dulzura (de hecho no sabía que la pasión pudiera tener algo más que desenfreno y locura) se sentía como feliz, sentía esas ganas reír y chillar como la típica colegiala enamorada después de que el chico que le gustaba le guiñara un ojo o le sonriera. Se juraba a sí misma que era porque los besos de Sirius tenían en ese efecto y probablemente tuviera razón, pero también sabía que el reto hacía mucho tiempo se le había ido de las manos y aquello ya no era el simple reto que fue en un principio.
Cuando la cálida mano de Sirius se deslizó hábilmente por debajo del chaleco y la camisa, la piel se le puso de gallina y dejó de besar al animago para soltar un jadeo al aire.
-Sirius… Deberíamos de volver.
Sirius la miró atentamente durante un par de segundos antes de sacar su mano de debajo de la revuelta ropa de la morena y fruncir el ceño.
-No sé que hacer contigo, sinceramente.
-¿Darme tiempo y tomárnoslo con calma?
Sirius separó a la joven de él y dio dos pasos hacia el lado izquierdo del pasillo. Soltó un suspiro de resignación y la mano que momentos antes había estado bajo la camisa de Kaith echó los mechones de pelo que le caían sobre la frente hacia atrás.
-No es eso. Es solo que a veces me da la sensación de que tengo carta blanca contigo, porque estás de lo más salvaje y en absoluto reservada, pero después, así de repente, te entrar como ataques llenos de arrepentimiento. Y no lo entiendo, en serio –Los claros ojos de Sirius exigían, reclamaban respuestas y la morena evitaba tanto unos como otras-. ¿Es por…
-¡NO! –Kaith sabía lo que iba a decir y todavía no era capaz de hablar sobre ella con Sirius-. No es por ella. Es solo que a veces… Me parece que esto se me va de las manos y… No estoy acostumbrada a no tener el control de todo.
-Los tiros no iban por ella, iban por él –Kaith frunció el ceño y se cruzó de brazos, confundida-. Por Remus.
-¿Remus? –La morena dejó de fruncir el ceño y rió ligeramente, sin embargo no descruzó los brazos-. ¿Qué tiene que ver Remus en todo esto?
-Siempre pensé que estabas enamorada de él. En ocasiones sigo pensándolo. De hecho llegué a pensar que Remus te correspondía.
-Eso es ridículo –Apuntó la morena apoyándose en la piedra para abrir la puerta-. Y creo que deberíamos de volver a clase.
Sirius la observó mientras la puerta se abría y la morena salía con rapidez debido al incómodo silencio que había caído entre ambos.
-Aunque he de aceptar que estoy seguro de que tus continuos vaivenes no se deben tan solo a Remus, seguramente lo que paso entre ella y yo tenga también mucho que ver.
-Deberíamos de darnos prisa en volver –Insistió la bailarina evitando los ojos de Sirius y echando a andar precipitadamente. Todavía no estaba preparada.
(…)
La clase de Historia de la Magia era la que aprovechaba todo el mundo para hacer cualquier otra cosa: desde deberes, hablar y pasarse notitas hasta convertir la clase en un salón de belleza. La razón era sencilla, el profesor, un viejo despistado y arrugado que creía que la mejor manera de enseñar a sus alumnos era sentarse en su silla abrir su libro y hablar con su seca, sibilante y monótona voz durante una hora sobre las cosas más aburridas del mundo mágico, se ensimismaba hasta tal punto que ignoraba que sus alumnos no le prestaban atención.
En la última fila de la clase había tres pupitres dobles que siempre estaban ocupados por las mismas personas: las Pijas y los Merodeadores. Claro que había un pequeño inconveniente pues entre los miembros de ambos grupos sumaban ocho personas y siempre había dos personas que tenían que ocupar asientos más adelante que sus amigos.
En esa ocasión Jane, Lily y los Merodeadores ocupaban la última fila de la clase. Las dos jóvenes se limaban y pintaban las uñas mientras hablaban entre susurros.
-Dime una cosa¿por qué no estás cogiendo apuntes como Lupin? –Jane ni si quiera se había molestado en mirar a su amiga para hacerle la pregunta, pintarse las uñas correctamente parecía tener prioridad.
-Porque creo que hay algo que te tiene inquieta y que seguramente me vas a contar en está clase. Y sé perfectamente que te gusta tener toda mi atención –Hizo un gesto con las cejas en señal de que estaba esperando a que se lo contara.
Jane alzó rápidamente los ojos hasta el sujeto que tenía frente a ella, Sirius Black, a modo de respuesta y lo mató silenciosamente con la mirada hasta que la bonita cara de Lily se interpuso entre ellos.
-De modo que es Black. ¿Qué ha hecho esta vez? –Preguntó en un susurro Lily medio aburrida.
-¿Qué ha hecho? –Repitió la castaña secamente.
Su ceja derecha se alzó irónicamente y murmuró un "más bien que no ha hecho".
-Kaith ha vuelto a llegar tarde por su culpa. Si sigue así conseguirá que la expulsen.
-¿Y desde cuando te preocupas tú por lo que hace o deja de hacer Kaith? –Lily inclinó ligeramente la cabeza para mirar mejor a su amiga-. Creía que tu política con Kaith era "si es lo suficientemente mayor como para acostarse con el primero que se le cruza, también es lo suficientemente mayor para ser responsable de sus actos".
Jane dio un largo suspiro y se apartó con elegancia pero con inquietud el flequillo de los ojos.
-Pero con Black es diferente. Me da miedo lo que pueda llegar a pasar, Lily. Tú no lo conoces tan bien como lo conozco yo.
Lily relajó los músculos de su cara para mirar con más atención a su amiga.
-¿De qué estás hablando, Jane?
Jane apartó la vista para dirigirla hasta Kaith sentada dos asientos más adelante con Dana.
-Ambas conocemos a Kaith, sabemos que se deja llevar por sus impulsos y…
El aterrizaje de un perfecto avión de papel frente a ellas interrumpió a la castaña que fulminó con la mirada a su primo.
-Deja de ser crío, James.
-Oh, fíjate "la madura" tenía que hablar, Pad –Se burló James golpeando con el codo a Sirius.
-Nah –Sirius levantó sus ojos grises e inclinó ligeramente la cabeza para mirar burlonamente a Jane desde detrás de algunos mechones de pelo negro que le caían sobre las mejillas-, más bien di "la amargada", siempre ha censurado nuestro comportamiento. Desde que teníamos 11 años.
Un largo suspiro y Lily apoyó su frente en su mano derecha sabiendo lo que se avecinaba.
-¿Y no crees que eso se puede deber a vuestro comportamiento inapropiado en todo momento? Si lo he censurado ha sido porque parece mentira que hayáis recibido una educación –La prefecta se cruzó de brazos y piernas y deslizó una sonrisa triunfal como solo un Potter sabía hacer-. Claro que eso me lo podía esperar de ti, al fin y al cabo te has comportado como un perro callejero durante todo tu vida, Black. Y todo el mundo sabe lo difícil que es amaestrar a los vagabundos.
Sirius se había dejado llevar por sus impulsos desde pequeño, vivía de una forma digamos que… apasionada. Por eso, aquella vez, irremediablemente, se dejó llevar por la rabia contenida que tenía hacia la castaña y bajó rápidamente sus piernas de la mesa levantándose de un salto, como dispuesto a tirarse sobre la pianista en cualquier momento.
-Te lo advierto, Mary Jane, algún día no muy lejano me hartaré de tus gilipolleces. Ese día desearás no haber abierto la boca en tu puta vida.
Típico. Amenazas, palabrotas… Esa era la forma en la que el moreno se "defendía" de ella. Una forma extremadamente ordinaria para la joven de clase alta. Jane giró la cabeza con altivez y puso los ojos en blanco.
-Por Merlín, lávate la boca la próxima vez que la abras. ¿Es que acaso no sabes decir una frase sin una palabrota en ella?
-Mira, pija de mierda, yo hablo como me da la gana. Con palabrotas o sin ellas. Y no te creas que porque ahora me hayas dicho eso…
Harto de la situación, de los gritos de Sirius que iban a sacar al mismísimo Binns de su monotonía habitual y que rayaban la ofensa a la joven junto a él, la mano de Remus voló rápidamente al antebrazo de Sirius obligándolo a sentarse sin darle a opción a no hacerlo.
-Y cierra la boca ahora mismo, antes de que digas algo que realmente no quieres decir –Le ordenó Remus tranquilamente clavando su lobuna mirada en Sirius.
Sirius se deshizo de la mano de Remus no sin antes mirar de mal humor a Jane. Estaba más que harto de las altanerías que soltaba. Jane por el contrario le dirigió una última mirada triunfal antes de comenzar a echarse una segunda capa de esmalte en las uñas.
Cinco minutos después la clase finalizaba con una Jane aparentemente satisfecha y un Sirius capaz de matar a la susodicha si se le ponía delante. Lily le echó un rápido vistazo a Sirius, que se parecía más que nunca a perro enfurruñado, y chasqueó ligeramente la lengua a la vez que recogía hábilmente sus libros y el avión de papel de James, haciéndolo todo especialmente lento para que Jane saliera con las otras dos Pijas y el resto de la clase y ella pudiera hablar tranquilamente con Los Merodeadores.
Sin soltar los cinco libros que llevaba pegados contra el pecho, Lily aplastó el avión de papel de James con una mano frente a él.
-Estarás satisfecho¿no, Potter?
Peter se echó rápidamente hacia atrás medio escondiéndose detrás de Remus que miraba pacíficamente a Lily.
-No sé que de me hablas, Evans.
-¡Tú has empezado la estúpida discusión y luego no has hecho nada para detenerla! Ni si quiera cuando Black se ha levantado dispuesto a estrangular a tu prima. Ha tenido que ser Remus, como siempre, el que pusiera paz.
-Evans, relájate¿quieres? Entiendo que estés estresada, pero no por eso tienes que gruñirle todo el rato a mi Prongsie –Intervino Sirius echándose los mechones de pelo negro hacia atrás-. Me parece que te hace falta un novio y un buen polvo, preciosa.
Lily fulminó con la mirada a los cuatro jóvenes y dio media vuelta indignada.
-Sinceramente, no se puede hablar con vosotros.
-Ah, y por si no había quedado claro yo estaría dispuesto a lo segundo, Evans –Añadió Sirius medio riéndose.
-Oh, por Merlín, Black. Piensa en otra cosa alguna vez, por favor.
James alzó la cabeza hacia Sirius pensativo y tiro de la corbata del joven con fuerza hacia abajo.
-La próxima vez no permitiré que le hables así a mí prima, Sirius. Desde hace un tiempo lo estoy dejando pasar deliberadamente, estoy de acuerdo en que está agilipollada perdida pero no por eso voy a permitir que le grites como has hecho hoy. Y que hayas estado apunto de tirarte encima suyo ha sido la gota que ha colmado el vaso.
-No te preocupes, Pott, no habrá próxima vez –Sirius le dio una palmada en la espalda e hizo un gesto con la cabeza en señal de "vamos".
Remus y James intercambiaron una mirada. Ambos sabían cual era la verdadera razón por la que Sirius era tan susceptible con Jane pero ninguno de los dos se atrevía a tocar el tema ni con Sirius ni entre ellos.
(…)
Dana siempre tenía excusas y pretextos para salir del paso en cualquier ocasión incomoda con cualquier persona. Sabía como deshacerse fácilmente de la gente. Tenía práctica en ello. Sabía hacerlo educadamente y de malas formas. Pero casi siempre, por el simple hecho de que a Dana no le gustaba la gente, lo hacía a las malas.
Y siempre le funcionaba, excepto en dos excepciones: la primera era Allan Wood, por su terrible terquedad al intentar convencerla de que no era tan malo como ella pensaba y de insistir pese a los desplantes de la rubia, y la segunda era Kaith, y no era por ganas, sino porque Dana era incapaz de hacer sentir mal a Kaith, al menos durante mucho tiempo.
-Kaith, en serio. Déjame sola. No voy a intentar saltar por la ventana, ni me voy a cortar las venas, por Merlín.
La fina arruga que se formó entre las dos cejas de Kaith era tan inusual que Dana se arrepintió en seguida de lo último que había dicho.
-Era solo una forma de hablar... Pero, de verdad, Kaith -cogió con suavidad sus manos y las entrelazó con las suyas-, necesito estar sola.
Los azules ojos de Kaith se rindieron ante la urgida petición de su amiga. Había notado la urgencia en un gesto que en cualquier otra persona le hubiera parecido de lo más normal, pero que en Dana era solo visto en situaciones extremas. Y es que el contacto físico era algo que Dana evitaba a toda costa, siempre que podía. Las razones de esto estaban ocultas, como tantas cosas en Dana. Pero Kaith sospechaba que tenía mucho que ver con la brutalidad con la que había sido criada.
-Está bien, Day.
Se puso de puntillas, pasó su blanca mano por el cuello de su amiga empujándola hacia abajo y la besó con suavidad en la mejilla. Estaba casi segura de porque Dana quería estar sola y eso solo la preocupaba más.
-Pero prométeme que vas a cuidarte. Por favor.
Cuando los ojos azul añil y los grises roca se encontraron, Kaith se estremeció apartando rápidamente la mirada. Eso solo podía significar una cosa. El padre de Dana ya estaba en el baúl. Esperándola. Y Kaith no debía de estar ahí. Echó casi a correr con el corazón en la boca hacia la puerta, cerrándola con demasiada fuerza tras ella.
Dana la miró desaparecer y se estremeció al pensar en lo terrorífico que tenía que ser cualquier cosa que hubiera visto Kaith en sus ojos.
Se arrodilló junto al baúl no sin antes propinarle una sonora patada, y fue entonces cuando comenzó a temblar sin control. Sabía que no debía de perder los nervios. No en ese momento. Llevó acabo el proceso para abrir el baúl intentando recomponerse para no clavarse el alfiler inequívocamente, pero sobretodo para que su padre no viera que en realidad ella era débil. Tan débil que Dana odiaba cada centímetro de su cuerpo por ello. Tan débil que demostraba que en realidad ella era igual que su madre. Débil y voluble.
Aspiró profundamente y se limpió con brusquedad el par de lágrimas rebeldes que se habían escapado de sus acuosos ojos. Abrió con fuerza el baúl y antes de que su padre hiciera cualquier comentario irónico por su tardanza, Dana se dejó caer por el oscuro agujero.
Aterrizó en medio de una sala lúgubre de paredes de piedra húmeda tan solo mal iluminada por la débil luz que emanaba de la pequeña chimenea. Justo a su lado había un sofá negro y frente a él una silla, terriblemente parecida a un trono, ocupada por una persona que se mantenía hasta el momento en la oscuridad. Bajo ella una larguísima y tupida alfombra verde oscura ocupaba todo el suelo de la estancia.
-Padre -murmuró fríamente Dana dejándose caer en el sofá con indiferencia.
La fría, y hasta diabólica, risa que provino desde la silla erizó los pelos de la nuca de Dana. Odiaba aquella risa tanto como odiaba cada parte de todo lo que significaba su padre.
-Oh, Dana. No te habrá molestado esa tontería del otro día¿verdad?
No, claro que no. ¿Comprometerla sin su consentimiento y hacerla sangrar hasta el punto de casi desangrarla¡Aquello era una tontería sin importancia, cómo no!
Dana clavó su oscura mirada en una de las piedras y la mantuvo allí, intentando concentrarse en ser todo lo fuerte que su cuerpo le permitía. Por eso, no vio a su padre levantarse y colocarse tras ella, así que cuando le habló en el oído el corazón de Dana se disparó contra sus costillas.
-Eres mucho más fuerte que eso, Dana. Te he criado para que eso sea así -acarició el cuello de Dana con una lentitud deliberada y la rubia clavó aún con más intensidad su mirada.
Volvió a reír, solo que más cerca de ella de lo que había hablado y Dana tembló de pies a cabeza, apartándose de él inconscientemente.
-En ese caso¿qué es lo que te ha hecho ceder? -preguntó con frialdad.
La rubia cerró los ojos con fuerza para evitar que el solo recuerdo acudiera a su mente, liberando finalmente la piedra y volviendo su cabeza hacia sus manos.
-Augustus.
Podía notar a su padre junto a ella sonriendo cruelmente. Sabía que disfrutaba con cada segundo en el que Dana sufría, le encantaba hacerle daño. Y lo que más atemorizaba a la joven era que lo conseguía. Conseguía todo lo que se proponía para arrastrarla un poco más hacia el infierno que tenía preparado para ella.
-Creía que había podido destrozar tu compasión. Te lo he dicho tantas veces, hija, los "buenos" sentimientos son las debilidades de los magos -chasqueó la lengua-. Además, tampoco era para tanto.
Dana no pudo evitarlo, volteó la cabeza para mirar con un odio inconcebible a su padre. Y ahí estaba, justo a su lado, con su perfecto pelo rubio platino recortado y peinado, con los ojos de un gris tan oscuro que era casi negro, con sus finísimos labios pegados contra sus dientes formando una mueca desalmada. Para Dana la fachada del mismísimo Diablo. Tan alto y tan delgado como Augustus sería algún día.
-Lo ibas a matar -no era una pregunta, era una afirmación.
La mueca se tornó en una sonrisa que destruyó cualquier ilusión que Dana se hubiera hecho de salir de aquel agujero sin un rasguño.
-¿Tan... monstruoso crees que soy?
Dana no contestó. Clavó su mirada en sus zapatos negros perfectamente atados, pero completamente sucios, en sus calcetines informalmente arrugados.
La risa estaba esta vez acompañada de satisfacción. Y la bateadora supo en ese mismo momento que solo había empeorado las cosas.
-Olvidemos eso. Por ahora.
Deslizó uno de sus largos y delgados dedos por la barbilla de Dana, y con su violencia característica cerró su mano entorno a ella obligando a la rubia a mirarlo sin salida. Si Dana no hubiera estado acostumbrada a eso, seguramente su cuello no hubiera resistido al golpe.
-Supongo que ya te han comunicado la excelente noticia -hizo una pausa, esperando alguna respuesta de Dana, que no obtuvo-. Zacharias y tú volvéis a estar prometidos. ¿No es todo lo que siempre has soñado, hija? Deberías de estar pletórica y agradecida de por vida.
Se deshizo de la mano de su padre con un brusco movimiento de cabeza y se puso en pie. De perdidos, al río. Sabía que no iba a salir de ahí sin un rasguño, por lo que prefería tener una buena razón por la que ganarse esos golpes.
-¿En qué momento creíste que había cambiado de opinión respecto a Dolohov? Ahórrate la hipocresía y el intentar pretender que todo esto lo apruebo. Te amenacé una vez, padre. No tengo miedo de volver a hacerlo.
Thibeus estaba de pie frente a su hija sin borrar durante un segundo su diabólica sonrisa. En un rápido movimiento tenía el brazo de Dana pegado contra la propia espalda de la joven a dos centímetros de fracturarlo. La sonrisa se amplió al ver la mueca de dolor que atravesó la pálida cara de Dana.
-No tengo miedo de que me hagas daño. Las heridas, las fracturas se curan. Pero te lo digo ahora y lo repetiré las veces que haga falta, no me voy a casar con Zacharias Dolohov.
-No vas a salirte con la tuya, jovencita. Lo sabes. En el fondo sabes que pasará antes de que te deje salirte con la tuya -dibujó con suavidad el contorno su mejilla y deslizó su mano por el cuello de la joven.
Los ojos de Dana se clavaron en los de su padre. Claro que lo sabía. Sabía que Thibeus la prefería muerta antes que saliéndose con la suya. A Dana no le importaba. Encontraría la forma de salir viva y triunfante. Al menos eso era lo que se aseguraba para detener el pavor que pretendía extenderse por todo su cuerpo.
-En ese caso, padre, pronto vas a tener que celebrar un funeral.
Thibeus terminó con esos dos centímetros que se separaban de la fractura. Dana dejó escapar un quejido escalofriante y las manos de Thibeus pronto se precipitaron sobre su bolsillo. Sus delgados y larguísimos dedos aprisionaban con fuerza su negra varita que resaltaba entre la palidez de sus manos.
-Lamento mucho tener que oír eso, hija
(…)
Se pasó con suavidad la mano entre sus rizos pelirrojos, enredando sus dedos entre ellos y observó ligeramente ausente su propio reflejo. Soltó un pesado suspiro y se sentó en la taza del váter.
No había sitio en la cabeza de Lily para otra cosa que no fuera "¿por qué diablos el sueño no ha surtido el efecto que yo esperaba?". Hacia ya más de una semana que la pelirroja había utilizado el cuaderno en James Potter, pero el susodicho no había cambiado su actitud respecto a Lily. Decir que Lily estaba contrariada era quedarse corto.
Los suaves golpes desde el otro lado de la puerta la distrajeron y alzó sus ojos verdes hacia la madera de cedro frente a ella.
-¿Va todo bien, Evans? –Preguntó la grave voz de James desde el otro lado de la puerta.
Tan solo 20 minutos de reloj llevaba en el baño, tampoco era para tanto. Mucho menos después de pasar toda una tarde junto a él reprimiendo las ganas de darle un buen golpe con el listado de castigados.
-Ahora salgo.
Lily apoyó su mano derecha en su rodilla para impulsarse al levantarse, no sin antes mirarse en el espejo sus perfectos tirabuzones y sus rojos labios. Se pasó con suavidad los dedos sobre el pómulo izquierdo y fue entonces cuando se decidió. Tenía que conseguir que Potter al menos se gustara de ella para antes de Navidades, y para eso sería capaz de hacer cualquier locura.
Abrió la puerta con la suficiente fuerza como para hacerle daño a James en la nariz. No es que la pelirroja fuera consciente de que el Premio Anual estaba al otro lado de la puerta, pero cuando vio al joven cazador llevándose las manos a la nariz con una mueca de dolor en la cara, tampoco se arrepintió de haber abierto la puerta con tantas ganas.
-¿Desde cuando las puertas se abren hacia fuera? –Se quejó el moreno sin dejar de tocarse la nariz.
Lily lo observó divertida, con los brazos cruzados y apoyada contra la puerta que segundos antes le había dado a James.
-Oh, vamos, señor capitán de Gryffindor. No seas nenaza.
James se apartó las manos de la cara y la fulminó con la mirada.
-A ver, Pott, una chica nunca abre una puerta con tanta fuerza como para hacer daño a alguien. La próxima vez me aseguraré que no andes cerca, porque vale que hayas quedado en ridículo delante de mí, pero imagínate si esto llega a pasar delante de bastante más gente.
James había puesto los ojos en blanco a la mitad del discursito de Lily y había dado media vuelta echando a andar hacia la mesa llena de documentos y registros.
La Premio Anual le siguió y se acomodó en su silla, sentándose de una forma no demasiado remilgada y fina, como solía hacer, sino cruzando una de sus piernas, medio sentándose sobre ella e inclinándose en un ángulo perfecto desde el que James podía ver con toda claridad el escote que se abría en su camisa.
James la miró de reojo sorprendido. La pelirroja pocas veces se sentía tan cómoda con alguien que no fuera sus amigas, ya no decir con él.
-No es por nada, Evans, pero ¿intentas provocarme con esa postura?
Lily dejó caer la pluma de entre sus dedos y alzó sus ojos verdes hasta encontrarse con los de James.
-Sinceramente deberías dejar de creer que el mundo gira a tu alrededor, Pott. "El mundo" tiene mejores cosas que hacer, créeme.
-Pero¿intentas provocarme, sí o no? –Insistió el joven moreno.
Los verdes ojos de Lily se entrecerraron peligrosamente y con el chasqueó de lengua que dio, supuso que sería suficiente para que el animago se diera por vencido.
-Sigues sin contestarme.
-Por las barbas de Merlín, Potter¿nadie te ha dicho nunca lo cansino que puedes llegar a ser?
La media sonrisa burlona que comenzó a aparecer en la encantadora cara de James, le dio mala espina a Lily. Demasiada.
-Es que desde donde estoy sentado tengo un ángulo perfecto de tu escote, así que solo puedo llegar a la conclusión de que quieresprovocarme, Evans.
Lily agachó rápidamente la cabeza para comprobar que, en efecto, enseñaba más de lo que a ella le gustaría enseñar. Sus manos volaron casi involuntariamente hasta los botones de su camisa abrochándolos todos con una rapidez increíble.
Pero James Potter no había terminado y así lo demostraba su sonrisa cada vez más amplia.
-Si no recuerdo mal, el sueño comenzaba así. Tú estabas sentada justamente así –Añadió.
¡Merlín en bici! Cuando ya pensaba que todo había sido inútil a Potter se le habían encendido las dos luces que tenía en la cabeza. Inclinó ligeramente la cabeza y lo miró con curiosidad a través de la cortina de rizos pelirrojos que le cubrían parte de su ojo izquierdo.
-¿Qué has querido decir con eso?
La sonrisa que James intentaba reprimir desde hacia un rato afloró en ese instante, iluminando toda su cara, especialmente sus ojos que la miraron con algo más que travesura.
-¿Qué crees tú que he querido decir con eso?
Lily no había sido nunca especialmente partidaria de jugar al ratón y al gato con James Potter, pero por lo visto eso era lo único que le gustaba a hacer al moreno. En sus labios apareció una sonrisa llena de ingenuidad y se apartó el pelo de la cara con suavidad apoyando la cabeza en su mano.
-Sinceramente no lo sé. La mayoría de las veces no entiendo lo que me dices, y esta es, claramente, una de esas veces.
James se puso en pie sonriente, insoportablemente seguro de sí mismo. Comenzó a rodear la mesa y cuando llegó a la esquina más cercana a Lily se sentó en ella sin dejar de sonreír en ningún momento.
-Yo creo que me entiendes mejor de lo que cree nadie, incluida tú. A veces creo que me entiendes mejor que... -se inclinó hacia la pelirroja y susurró- Sirius.
La Premio Anual notó instantáneamente la sangre agrupándose en sus mejillas y el calor detrás de las orejas, avanzando lentamente por toda su cara.
-No digas tonterías, Potter.
La carcajada del joven solo consiguió poner más tensión en el cuerpo de la ruborizada pelirroja que deshacía nerviosamente uno de sus rizos.
Si ella misma no lo hubiera sentido en más de una ocasión, que se comprendían de una forma casi antinatural, no se hubiera ruborizado, ni alarmado. En más de una ocasión, sobretodo cuando eran más pequeños y a Lily no le importaba contar sus cosas delante de James Potter, la pelirroja había notado la comprensión que aparecía casi involuntariamente en sus ojos, los del mayor de los Potter, cuando Lily contaba algo que el resto de sus amigas entendían a trancas y barrancas. Porque, pese a que Lily antes muerta que confesarlo, sabía que James y ella se parecían más de lo que le gustaría.
-No digo ninguna tontería. Es la verdad, aunque odies aceptarlo -James chasqueó la lengua, de una forma terriblemente parecida a Johnathan Potter-. Pero no estábamos hablando de eso, mi queridísima Evans, sino de lo que me hiciste soñar.
Lily abrió la boca dispuesta a protestar pero la mirada de James la silenció en cuestión de segundos y provocó que comenzara a crearse una fina arruga entre las cejas de la pelirroja.
-Sé que tú provocaste el sueño. Así que ahórrate el teatro que tenías preparado.
La mirada de James se tornó en ese momento tan intensa que Lily se olvidó por un momento como respirar, hasta que, tras unos segundos más, James apartó sus ojos encontrando más interesante algo en la mano de la pelirroja.
-¿Qué es eso?
Alargó la mano y cerró sus dedos entorno a la delgada muñeca de la chica atrayéndola hacia sí. Pese a que lo había hecho con el mínimo esfuerzo y sin apenas fuerza, fue suficiente para que Lily se levantara de la silla y se acercará involuntariamente a él.
En los bonitos labios de James apareció una sonrisa cargada de triunfo cuando pasó su dedo índice por la apenas perceptible cicatriz de la Premio Anual. Su dedo dibujó sin dificultad la CW.
-¿Te costó tanto pedirme una cita con Wolf? -inquirió lleno de curiosidad.
Lily se deshizo con soltura de las ásperas manos del jugador de quidditch y lo fulminó lentamente con la mirada, acariciándose inconscientemente la cicatriz como para asegurarse a ella misma que de verdad estaba ahí.
-¿Y cuanto te costó a ti relacionar el sueño con Charlotte, Potter?
Pese a que no tenía verdadero interés en la rapidez mental de James Potter, era lo primero que se le había ocurrido para poder cambiar de tema. No estaba de humor para admitir lo mucho que le había costado pedirle la cita.
-No me has...
-Así que te lo tuvieron que chivar -Lily hizo una mueca y se apartó lentamente del moreno girándose hacia las estanterías en busca de las copias de listas antiguas de castigados-. No esperaba más de ti, la verdad.
-No me "chivaron" nada. Jane y Charlotte simplemente se limitaron a confirmar mis sospechas. Soy capaz de más de lo que crees.
-¿De verdad?
Lo miró desde detrás del hombro con una sonrisa cargada de ironía y una mirada que era incapaz de descifrar. Giró de nuevo la cabeza hacia la estantería moviendo suavemente sus rizos con ese gesto.
Eran ese tipo de cosas las que le empujaban a James a seguir con su apuesta. A seguir insistiendo cuando el resto se hubiera dado por vencido. Porque James quería descifrar una y todas las miradas de Lily Evans, porque a estas alturas de su vida sabía que cuando la sonrisa y la mirada de Lily no iban acompasadas, demostrando el mismo sentimiento, era porque estaba ocultando algo. Y James quería saber que era ese algo.
-Dime una cosa, Potter.
James alzó la cabeza con curiosidad para mirar a la joven, que seguía girada hacia la estantería con un libro fuertemente pegado contra su pecho.
-En una escala del 1 al 10¿cómo de guapa crees que soy? Siendo 10 lo más bonito que has visto en tu vida.
El diez resonó en la cabeza de James aturdiéndolo momentáneamente y de repente volvió a tener esa sensación de déjà vu. Entornó rápidamente la mirada y la clavó en la pelirroja que por fin se había girado hacia él con una sonrisa burlona bailando en sus labios.
-Yo diría que un ocho -murmuró confundido. No estaba seguro de que era lo que se traía la pelirroja entre manos. Lo único que sabía era que estaba jugando con él a su antojo, pero no con que objetivo.
Rápido, pensó Lily, pero no lo suficiente. Había podido leer en sus ojos su verdadero veredicto. Y pese a que estaba cerca del ocho, los separaba una verdad abismal.
-¿Sabías que la sensación déjà vu es producida por un fallo minúsculo en nuestro sistema nervioso? Por eso creemos que ya hemos vivido ese momento anteriormente.
-En mi caso se podría decir que más que vivirlo, lo he soñado anteriormente.
-¿Ves como no eres más capaz de lo que yo creo? -Lily mantuvo su sonrisa burlona a medida que se acercaba más al moreno-. Te ha costado relacionar mi pregunta con el sueño lo suficiente como para que yo viera cual era el verdadero número que me dabas, y ni si quiera era la misma respuesta que yo te hice soñar.
Soltó una suave risita que provocó un inesperado enfado en James que la miró resentido cuando la joven pasó junto a él para sentarse en su silla triunfalmente.
-Ay, Potter. Es muy delgada la línea que separa el ego de la estupidez.
James se levantó repentinamente de la mesa y en una zancada quedó junto a la silla de Lily, apoyó cada uno de sus brazos en un reposa-brazos y quedó tan cerca de la pelirroja, que podía contar todas y cada una de sus pecas.
La Premio Anual se echó velozmente hacia atrás ante la inesperada cercanía e intentó hacer lo posible por mantenerle la mirada. Pero la mirada de James Potter tenía una intensidad que la abrumaba de una manera insospechada, sobretodo desde tan cerca cuando podía sentir su calido aliento acariciándole las mejillas.
-No sabes lo a gusto que te bajaría esos humos, pero ahora mismo tengo más curiosidad por el sueño.
-¿Qué quieres saber?
De repente, sin planearlo, sin casi pensarlo, James supo como matar dos pájaros de un tiro. Como bajarle los humos y comprobar si lo que le había hecho soñar se acercaba si quiera un poco a la realidad.
La sonrisa que se expandió por la cara de James no le gustó nada a Lily. Nada en absoluto. Conocía demasiado bien aquella sonrisa. Era la misma que tenía cuando se le ocurría alguna idea para una buena, buenísima broma. La misma que aparecía cuando le entregaba McGonagall un examen especialmente difícil y él era capaz de resolverlo con una facilidad inconcebible. La misma que era incapaz de controlar cuando estaba a punto de besar a Lily, determinado a conseguirlo de una santa vez.
-Potter...
James se acortó la distancia que Lily había puesto entre ellos, quedándose como en un principio. Tan cerca que su aliento le quemaba los labios. Tan cerca que lo único que era capaz de ver reflejado en sus preciosos ojos verdes eran sus propios ojos.
-Dime una cosa, Lily... -susurró James casi en sus labios.
Y a Lily le hubiera gustado oír con más claridad lo que le decía James Potter, porque en ese mismo momento lo único que oía era el retumbar de sus latidos en sus propios oídos y lo único que sentía era la sangre palpitando con fuerza en sus mejillas.
-... en una escala del 1 al 10¿cuantas ganas tienes de que te bese ahora mismo? Siendo 10 "tantas que si no lo haces me va a explotar la cabeza".
La respuesta se ahogó en su garganta nada más empezar a pronunciarla, porque a James le bastó la "d..." para echarse de cabeza a por algo con lo que llevaba soñando desde que Lily se convirtió en lo más deseable de todo Hogwarts, de toda Inglaterra para él. Desde que sus hormonas comenzaron a hacer estragos en su cuerpo.
Sus labios capturaron los de Lily en fracción de segundos. Rozando, acariciando, besando cada milímetro de sus labios. Deseando morirse por no haberlo hecho antes. Entreabrió sus labios con una suavidad digna de un experto, y aquella fue la perdición de ambos.
Lily se había mantenido inmóvil, sin respirar, notando que su cabeza no dejaba de dar vueltas, mareándola hasta el punto de no saber exactamente que estaba pasando. Pero cuando James entreabrió sus labios y dejó que entrara todo el aire que le faltaba, Lily se perdió en el beso. Ya que no estaba segura de como, pero había acabado succionando ligeramente el labio inferior del apuesto joven, con sus manos enredadas en su sedoso pelo negro y su cuerpo totalmente pegado al de él. Susurrando más, más... Potter, no puedes besar tan bien...
El beso estaba lleno de urgencia, pasión y hormonas adolescentes. Pero de alguna forma era perfecto. Era lo que ambos necesitaban en ese momento justo.
-Lily... -murmuró James en su pelo, en su cuello, sobre sus labios y con sus ojos cuando finalmente se separó de ella y pudo ver la preciosa pelirroja que tenía frente a él con la boca colorada e irritada y la mirada totalmente perdida.
James acercó sus labios a su oído, enterrando su nariz en el pelo que se recogía detrás de la oreja.
-Es injusto para el resto de las mujeres del planeta que tengas un aspecto tan endiabladamente sexy -se apartó para ver la reacción de la pelirroja pero solo obtuvo otra mirada perdida-. Eso es por lo de que no puedo besar tan bien –sonrió como derrotado-, si yo no puedo besar tan bien, tú no puedes ser tan increíble.
Lily agachó la mirada, los rizos pelirrojos escondiendo su preciosa cara de duendecillo, dio un largo suspiro y se puso en pie sin alzar por un momento los ojos.
-Creo que lo mejor será que demos hoy por terminada la reunión. ¿No crees?
James la estudió detenidamente antes de contestar un escueto por supuesto. Parecía demasiado conmocionada por lo que acababa de pasar y no iba a ser James el que la confundiera o alterara más.
Los muchos pergaminos que Lily había cogido en ese momento para guardarlos con cuidado en su carpeta de piel marrón temblaban sin control entre sus manos. La pelirroja los dejó sobre la mesa intentando recomponerse para poder salir de ahí cuanto antes, agradeciendo que James estuviera de espaldas a ella, en la estantería ordenando los libros que Lily había sacado, y no pudiera verla con semejante tembleque.
Cuando James se dio la vuelta dispuesto a recoger sus cosas se encontró con una Lily lista para irse que lo miraba altiva. Soltó un suspiro. Esperar que Lily hubiera seguido como hasta el momento era pedir demasiado, sabía que de un momento a otro la orgullosa Lily, líder de las Pijas, volvería. Y peor que nunca.
-Supongo que puedo contar con tu total silencio sobre este tema¿verdad, Potter?
Había una amenaza escondida en aquella breve pregunta. James lo sabía y no pudo evitar sonreír cuando le aseguró que podía estar tranquila, que si era por él aquello nunca había pasado.
-Me dejas mucho más tranquila.
Sonrisa perfectamente estudiada. Movimiento de muñeca para deslizar unos tirabuzones por su hombro hasta su pecho. Y mirada gacha para salir de aquella pequeña salita que contaba ya con su primer secreto.
(…)
Cuando Jane entró aquella tarde en la habitación de las chica de séptimo se sorprendió al encontrarla totalmente vacía. Echó un rápido vistazo a la habitación y frunció el ceño. Kaith le había dicho que Dana estaría en la habitación, que la había dejado allí.
-¿Day?
No obtuvo respuesta. Pero sabía que eso solo podía ser mala señal. Solo podía significar que seguía dentro del baúl. Un escalofrío recorrió el bonito cuerpo de la prefecta que se apresuró a subir al baño, dispuesta a darse un largo baño de burbujas hasta que Dana saliera del baúl.
Dio un largo bostezo, agachando su cabeza y estirando sus brazos sobre su cabeza. Cuando abrió los ojos, sus pupilas se dilataron con horror. Las escaleras hacia el baño estaban prácticamente bañadas en sangre.
-Oh, por Merlín. ¡DANA! -vociferó Jane en un tono muy poco habitual en ella.
Echó a correr escaleras arriba intentando no resbalarse con la sangre y abrió de un empujón la puerta del baño para encontrarse con una de las escenas más horribles que había visto en su vida.
Ahogó un grito en su garganta tapándose la boca con las manos y sus ojos se llenaron inmediatamente de lágrimas.
Dana estaba recostada en la bañera bocabajo, con la espalda llena de sangre y heridas, con el brazo izquierdo y el pie derecho colocados de una forma inconcebible si no estuvieran... rotos. Las puntas de su bonito pelo rubio habían dejado de ser rosas para pasar a una tonalidad más fuerte. Su cara estaba contraída en una mueca de desesperación.
-Santo Merlín, cariño...
No tenía tiempo para dejar que el pánico se expandiera por su cuerpo. Jane se deshizo de su gabardina y se deslizó hasta la bañera para sacar a Dana de ahí. La agarró con suavidad de la cintura pero cuando tiró de ella con toda la fuerza que pudo Dana se quejó sonoramente al notar que Jane le apretaba las heridas abiertas.
-Dana, cielo, lo siento, pero tengo que sacarte de ahí y necesito que me ayudes. No puedo sola.
Volvió a tirar de ella con fuerza y con un débil empujón que Dana se dio, Jane se resbaló en el húmedo suelo cayéndose hacia atrás con Dana sobre ella. La joven soltó un sollozo, que luchaba por contener desde que había visto a su amiga en ese estado, al notar el suelo bajo su cuerpo y el dolor extendiéndose por su espalda y su cabeza.
-¿Estás bien, cariño? -Susurró Jane buscando los ojos de su amiga que en ese momento tenía la cara enterrada en el pecho de la castaña para reprimir los gritos de dolor que tenía ganas de soltar.
Dana solo gruñó y abrazó a Jane con fuerza. La prefecta soltó un suspiro esperando recomponerse para no comenzar a llorar como una histérica, porque, sinceramente, era lo único que en ese momento tenía ganas de hacer.
Jane palpó sus bolsillos en busca de su varita. Maldición. Se la había dejado en la gabardina. Alargó el brazo esperando alcanzarla pero se le escapaba por un par de centímetros.
-Necesito que nos movamos o que me sueltes, cielo.
La presión alrededor de su fina cintura se hizo aún más fuerte, por lo que dedujo que tenía que intentar la primera opción. Apoyó sus manos en el suelo e incorporándose ligeramente hizo fuerza para acercarse a la gabardina. Pero su esfuerzo fue prácticamente inútil, porque las manos se le resbalaban en el mojado suelo, impidiendo que avanzara. Soltó un largo y pesado suspiro. Debía de probar otra cosa. Alargó sus manos hacia el bidé y aferrándose a él tiró de las dos hacia él.
Ahora tenía a mano la gabardina. Estiró su delicada mano cubierta de sangre hacia la gabardina y la tanteó hasta que encontró su varita. Con un rápido movimiento de muñeca el suelo y la bañera estaban limpios, y con otro una especie de colchón fino tapado por sabanas blancas entró bruscamente hasta situarse en medio del baño.
-Voy a recostarte¿vale, Day? Pero vas a tener que soltarme.
No esperó a que Dana le contestara y con un elegante movimiento de muñeca la rubia se despegó de ella y quedó acostada sobre el fino colchón. Jane se incorporó apoyando su espalda contra la fría pared y se echó el flequillo para atrás dejando escapar un débil quejido.
Quería que Lily estuviera allí, como siempre. Para arreglarlo todo. Para saber que hacer en cada momento y no estar dudando mientras a Dana le dolía todo un poco más. Pero Lily no estaba allí, así que tendría que arreglárselas sola.
Se subió las mangas de la camisa mientras contaba las baldosas del suelo del baño hasta encontrar la que buscaba justo al lado de donde Dana se retorcía de dolor. Gateó hasta ella y dándole un golpe en una de las esquinas cedió en la contraria. Jane rápidamente la retiró y sacó todo el instrumental que Lily utilizaba normalmente para curar a Dana.
-Vale... -se susurró a sí misma la castaña-. ¿El transparente es para limpiarte las heridas, no?
Dana asintió contra el colchón apretando con la mano derecha las suaves sábanas blancas.
-Pero dame algo para el dolor, por Merlín... -musitó Dana.
-Oh, sí, claro... Lo siento... es solo que...
Ya había empezado a hablar sin sentido, lo próximo sería una convulsión que le hiciera tirar todos los frascos al suelo, rompiéndolos. Buscó con rapidez en la caja las pastillas blancas que solía tomar Dana en estos casos, sacó una pastilla y se precipitó sobre el lavamanos para coger un vaso de agua, para después ofrecérselo a la rubia que lo recibió con avidez.
-Gracias, Jane.
La mirada de la castaña se enterneció y no pudo evitar acariciarle el pelo con suavidad antes de volver a coger el frasco que contenía un líquido transparente y varios paños para limpiarle a Dana las múltiples heridas.
Liberó un profundo suspiro antes de comenzar su labor. Iba a ser una tarde muy larga.
...o...o...
Desde que Kaithleen DiAngelo conoció a sus amigas en aquel pequeño comportamiento durante su primer viaje a Hogwarts supo que había conseguido con ellas una conexión poco habitual. Era como si supiera cuando estaban mal, felices o confundidas, pese a estar lejos de ellas. Era como si su propio cuerpo experimentara lo mismo que les pasaba a sus amigas a pequeña escala.
Quizá por eso Kaith tenía siempre tanto miedo cuando Dana iba a reunirse con su padre, porque ella sentía el dolor de Dana de golpe cuando la rubia salía del baúl. O la angustia de Jane cada vez que la veía aparecer incumpliendo alguna norma con Sirius. O la simple felicidad y satisfacción de Lily cuando ganaba a James en quidditch.
Y aquella tarde no fue una excepción.
Kaith estaba recostada sobre el pecho de Sirius, el joven le acariciaba el pelo con suavidad pero la cabeza de la morena estaba lejos, en Dana, esperando el momento en el que saliera del baúl para sentir todo aquel dolor.
-Está tarde estás ausente, Kaith. Más de lo habitual -comentó Sirius intentando sonar indiferente.
La respuesta de Kaith fue un simple suspiro. Se acurrucó contra el moreno, buscando su calidez y cariño para que no fuera tan horrible cuando Dana saliera del baúl. Porque sabía que iba a ser horrible. Conocía demasiado bien a su amiga como para saber que no se iba a quedar ni callada ni quieta frente a su padre. Que iba a intentar luchar. A contracorriente, como siempre.
Y justo cuando Kaith se había empezado a relajar debido a las suaves caricias de Sirius en su espalda y de sus labios en su cuello, lo sintió. Su cuerpo se tensó por completo.
-¿Qué ocurre? -Sirius no había podido ignorar como el delgado cuerpo de la joven se ponía tenso entre sus brazos.
Pero pese a que el dolor persistía se hizo más insoportable cuando Jane se unió. Kaith se incorporó sintiendo una mezcla de dolor, odio, angustia y desesperación. No podía evitar las arcadas que se acumulaban en el principio de su garganta al notar el dolor de sus amigas.
-Kaith, por Merlín¿qué te pasa?
La bailarina se puso en pie con una gracia inusual en ella. No tenía tiempo para estar de mimitos con Sirius, tenía que ir a ayudarlas.
-Sirius, me tengo que ir. Lo siento -y reprimiendo una arcada más violenta echó a correr hacia el castillo dejando tras ella a un Sirius anonado.
El camino hacia la sala común de Gryffindor no se le había hecho tan largo en su vida. En ese momento odiaba sus cortas piernas por no ser capaces de correr más rápido cuando lo necesitaba. E iba tan concentrada en reprimir los sentimientos de sus amigas que difícilmente veía lo que tenía delante.
Se chocó en dos ocasiones. La primera contra Remus que la miró preocupado cuando la vio corriendo con semejante cara de consternación y que echó a andar rápidamente tras ella dispuesto a averiguar que le ocurría. Y la segunda contra Lily que también estaba demasiado sumida en sus pensamientos para fijarse en que Kaith venía a toda velocidad contra ella.
-¡Lils! Oh, Dios, tienes que venir conmigo ya... ¡Lily!
La pelirroja bajó de su nube al ver todas las emociones de sus amigas reflejadas en los expresivos ojos azul añil de Kaith. Algo iba realmente mal.
-Dana -lo adivinó con solo mirar otra vez a Kaith.
Kaith asintió con la cabeza y entrelazando sus manos comenzó a tirar de ella hacia la sala común de Gryffindor.
-Está con Jane, de todas formas. Pero creo que es bastante grave.
-¡Kaith!
Remus les había dado alcance en menos de lo que calculaba la morena. Sabía que Remus se iba a preocupar por ella nada más verla corriendo de aquella forma. Conocía demasiado bien al licántropo.
-¿Qué es lo que pasa? -Había estudiado con detenimiento la cara de Kaith, ahora más relajada pero todavía afligida, para pasar sus ojos a Lily.
-Es... -Lily dudó- Dana.
-Oh.
El castaño asintió suavemente con la cabeza y con un rápido gesto les indicó que se fueran. No sabía que era exactamente lo que afectaba a Dana, pero intuía que no era nada bueno, simplemente por el tono de voz de Lily y la cara de antes de Kaith.
Cuando las dos chicas llegaron al baño, no se encontraron con el reguero de sangre que si había encontrado Jane, ni con la escena gore dentro del baño. Solo con Dana medio dormida sobre un fino colchón con la espalda llena de vendas con un ungüento verde y el brazo izquierdo y el pie derecho en una extraña posición; y a Jane justo a su lado con el pelo desordenadamente recogido, la camisa ligeramente manchada, colocando la última de las vendas en la última de las heridas de Dana.
-Hola, chicas -saludó Jane en un susurro, parecía agotada pero no por eso paraba de hacer cosas-. Lily. Necesito que le arregles el brazo y el pie a Dana. Están rotos -pidió la castaña con aparente sosiego.
-Lo tienes todo... bajo control -pese a que Lily había intentado no demostrar lo sorprendida que estaba con su mejor amiga, se les escapó un tono lleno de incredulidad.
Jane rió despreocupadamente y se limpió el sudor que le bajaba por la frente con el dorso de la mano. Hasta ese momento todo había sido tan irreal, ella para empezar, que la incredulidad de Lily le había resultado tremendamente divertida.
Pero lo que no se esperaba era el repentino ataque de agradecimiento y orgullo de Kaith cuando se le echó encima llenándola de besos y estrechándola entre sus pequeños y delgados brazos.
-Estoy tan orgullosa de ti, Jany. Estás madurando tan rápido últimamente. Oh -enterró su cabeza en el cuello de Jane apretándola con fuerza de nuevo para después liberarla ligeramente-. Gracias. De verdad.
Los bonitos labios de Jane se expandieron en una sonrisa casi maternal, acarició con dulzura el suave pelo negro de Kaith cuando está la soltó y le pellizcó la mejilla antes de voltearse hacia Lily que se esmeraba por recomponer las partes rotas de Dana.
-Creo que me daré un baño -suspiró la pianista limpiándose las manos sin despegar los ojos de Dana y Lily.
-Me parece bien -Lily volvió un segundo su cabeza hacia Jane y le sonrió con franqueza y algo que Jane solo podía calificar de orgullo-. Lo has hecho muy bien, Jane.
Jane giró la cabeza hacia sus manos ligeramente abrumada. Notaba la sangre subir hacia sus mejillas retumbando en sus venas y la cabeza un poco más ligera. Y es que, al fin y al cabo, no estaba acostumbrada a que sus amigas la elogiaran tanto en ese tipo de cosas. Porque, generalmente, ella no hacia bien este tipo de cosas. No se le daban bien. Ella solía quedarse en una esquina mirando, como mucho untando vendas con los ungüentos, pero nunca hacia mucho más porque le entraba el pánico y era totalmente inútil. Pero por primera vez había sido capaz de demostrar que había mucho más detrás de aquel cuerpo perfecto, de su habilidad para combinar la ropa perfectamente, tocar el piano y hacer ácidos comentarios.
Se deshizo de la toalla con la que llevaba un rato secándose las manos y se giró finalmente hacia sus amigas. Kaith alzó su limpia mirada para mirarla contenta antes de devolverla hacia Dana que tenía su brazo y su pie en su sitio pero que Lily se preocupaba por vendar correctamente.
-¿Qué tal te encuentras, Day? -inquirió Kaith dubitativa.
La rubia giró la cabeza para mirar a la morena con una expresión casi relajada. Aquellas pastillas era verdaderamente fuertes.
-Lo suficientemente bien para golpear unas cuantas bludgers en el entrenamiento de mañana.
La cara de Kaith se iluminó nada más oír eso y sus ojos recuperaron toda esa travesura que había desaparecido desde que la había dejado sola antes.
-¡Lo que me recuerda algo! -exclamó Kaith con emoción sentándose relajadamente en el suelo junto a Dana y clavando sus ojos en los todavía grises de la rubia con curiosidad.
Dana quiso fruncir el ceño pero aquella pastilla le había imposibilitado mover ni un solo músculo de la cara, la espalda y las extremidades, y a duras penas podía mover el cuello y la tripa.
-Hoy a la mañana, Sirius y yo te hemos visto entrar en el baño de chicos con Wood. Bueno -se corrigió-, Sirius os ha visto.
Dana hubiera querido que también le imposibilitara perder y recuperar el color de la cara porque estaba segura de que en menos de un minuto había pasado de estar totalmente pálida a enrojecer rápidamente.
-Oh, por Merlín -soltó Kaith.
La morena comenzó a reír inevitablemente al darse cuenta de que sus más esperadas sospechas se habían hecho realidad. Casi a la vez comenzó a aplaudir con emoción. Y es que Dana era a veces, solo a veces, un auténtico libro abierto, con solo mirarle la cara se sabía que le ocurría.
La bateadora giró rápidamente el cuello para mirar las piernas de Lily casi con enfado. Totalmente avergonzada. No podía creerse que fuera tan fácil adivinar que había pasado y mucho menos como estaba reaccionado ella a todo eso.
-¿Qué es lo que ha pasado? -inquirió Jane finalmente repleta de curiosidad.
Su voz suave y silbante había recuperado su tono. Con todo lo que había pasado con Dana había subido unos cuantos decibelios.
-Allan no se ha aguantado¿verdad, Dana? -contestó la bailarina simplemente.
Lily alzó la mirada hacia Kaith y frunció el ceño a la vez que inclinaba ligeramente la cabeza hacia la morena totalmente confusa.
-¿Perdón?
La sonrisa de Kaith se volvió traviesa hasta el punto casi de peligrosa. Obviamente, no cabía en sí de la emoción por lo que fuera que había ocurrido entre Allan y Dana.
-Oh, vamos, Day. Cuéntaselo.
Dana soltó un suspiro con el que firmó su rendición. Lily y Jane la miraron alarmadas. Pocas eran las veces en las que Dana soltaba un suspiro de ese tipo.
-Supongo que tampoco tiene mayor importancia -Kaith tosió impertinentemente-, aunque la enana de ahí al lado crea que sí. Wood ha tenido la insolencia de besarme.
Lily tras superar el shock inicial comenzó a reírse como minutos antes había hecho Kaith, sonriendo como una loca. Pero Jane, sin embargo, se irritó.
-Espero que le hayas pegado -le comunicó todavía incrédula.
Dana chasqueó la lengua.
-Le he pegado. Pero antes. Así que de alguna forma ha sido lo que ha provocado que me besara.
-Ese chico es masoquista -concluyó Jane casi horrorizada.
...o...o...
Remus Lupin era conocido por su gran sentido de la responsabilidad, bastante ausente cuando se encontraba en compañía de sus amigos, y por su apariencia serena, amable y cercana. Caía muy bien entre los más jóvenes de Hogwarts y era respetado por los mayores.
Pero no era siempre así. Por supuesto, que no. Era uno de los Merodeadores, al fin y al cabo. Y pese a sus fallidos (y escasos) intentos de restringir algo, casi nada, a sus amigos en sus locuras, era él, el calladito, el siempre agradable, el que muchas veces ingeniaba las más brillantes bromas.
Aún así, seguía siendo el mejor referente cuando se tenía un problema y aquella tarde James se apresuró en los oscuros pasillos de Hogwarts en busca de su amigo licántropo. En menos de lo que se esperaba se encontró frente a la enorme puerta del Gran Comedor, la empujó con fuerza y penetró en la estancia buscando instantáneamente a Remus.
Su amigo estaba sentado junto a una pequeña niña pelirroja de brillantes ojos azules que le atendía ligeramente ruborizada. James chasqueó la lengua. Debería de haberse acordado. Todas las tardes Remus daba clases particulares a los de primero y segundo.
-¿Remus? -le interrumpió James acercándose inseguro.
El licántropo alzó su lobuna mirada hacia su amigo y supo en seguida que era lo que quería James de él. La intensidad de la mirada, la mueca llena de incomodidad en su boca y la mano derecha rascándose la nuca con inseguridad hablaban, más bien gritaban, por él. Santo Merlín, era tan evidente que quería hablar de Lily.
Pero Remus estaba ocupado.
-James, termino dentro de veinte minutos. ¿Crees que podrás esperar hasta entonces? -le preguntó armándose de infinita paciencia.
-Es que... -comenzó el moreno.
Remus lo silenció con la mirada e inclinó la cabeza señalando a la niña junto a él que se ruborizó completamente al sentir la intensa mirada de James Potter sobre ella.
-De acuerdo -musitó finalmente, su tono expresó su inconformismo por él-. Te esperaré fuera.
Y echó a andar molesto con el excesivo sentimiento de responsabilidad y la necesidad de hacerlo todo bien de Remus. Ambas cosas eran ridículas, pensó James. Apoyó su espalda contra la fría pared del pasillo y se cruzó de brazos dispuesto a esperar a su amigo. Pero la espera se le iba a amenizar porque tras la puerta principal del castillo apareció Sirius, visiblemente enfadado.
-¡Black! -Lo llamó James sonriente de repente.
Sirius giró la cabeza hacia su mejor amigo y su humor pareció mejorar un poco. En cuatro enormes zancadas estaba junto al moreno revolviéndole tediosamente el pelo.
-¿Qué pasa, hermano?
Con suerte la tarde no se le había dañado y podía convencer a James de que se dieran una escapada a Hogsmeade para tomar unos cuantos whiskies de fuego. Quizá hasta comprar algo en Zonko.
-No mucho. Estoy esperando al señor "adulto y responsable" Lupin.
La sonrisa de Sirius se ensanchó. Si venía Remus la tarde podía ser incluso mejor. No había nada en el mundo más hilarante que Remus Lupin borracho.
-Estupendo. ¿Qué te parece si cogemos al amargado ese y nos vamos a tomar unos whiskies a Hogsmeade? -le clavó el codo en las costillas para animarlo. James parecía preocupado por algo.
El capitán del equipo de Gryffindor se revolvió el pelo nervioso. Odiaba decirle que no a Sirius, y más después de haberle visto hacia nada tan enfadado.
-La verdad es que... necesitaba hablar con Remus.
La espectacular sonrisa de Sirius se debilitó un poco, pero no por eso su incipiente buen humor. Él siempre era capaz de encontrar soluciones a casi todo. Si necesitaban hablar¡qué diablos! que lo hicieran mientras se tomaban un par de vasos de whisky.
-Con más razón. No hay nada como el alcohol para hablar con más soltura.
Sirius rió su propia broma y miró a su amigo esperanzado. Que Kaith se hubiera puesto toda rara y paranoica en medio de su cita no solo lo había confundido, también lo había enfadado de una manera insospechada. Porque creía, estaba casi seguro, que era por lo que habían hablado recientemente sobre si sentía culpable. Le hacía sentirse terriblemente impotente que Kaith no quisiera admitirle que se sentía mal por algo, por Remus, por ella... ¡por lo que fuera! Y es que le hubiera gustado que la morena tuviera la suficiente confianza en él para contárselo.
-Entonces¿qué dices¿Vamos? -insistió Sirius al no recibir respuesta.
James sonrió derrotado y le dio una sonora palmada en la espalda, dejando su mano en el omoplato de su amigo. A veces era verdaderamente difícil decirle que no a Sirius.
-De acuerdo, amigo. De acuerdo.
-Bien -Sirius le guiñó un ojo-. De todas formas¿de qué quieres hablar con el empollón?
La encantadora cara de James se ensombreció sutilmente. Aquella preocupación que Sirius se había encontrado al alcanzar a su amigo había reaparecido y más clara aún que antes. El moreno no podía asegurar que era pero sospechaba que seguramente tendría algo que ver con Lily Evans.
Y, como no, acertó.
-Evans -gruñó secamente James.
La carcajada de Sirius junto a él descolocó a James. Clavó sus ojos avellana en su amigo sin comprender que era lo que le hacía tanta gracia. Sirius solo lo agarró del cuello y revolvió con más fuerza que antes el pelo a un James completamente confundido.
-Esa chica influye en tu estado de ánimo más de lo recomendable. ¿Sabes qué significa eso, Potter?
James puso los ojos en blanco cuando comprendió lo que causaba la risa de su amigo. Pese a la obstinación de James con aquel tema, Sirius se divertía haciéndolo rabiar asegurando que a su amigo le gustaba Evans más de lo que quería admitir.
-Significa que eres un completo imbécil, Sirius. No me gusta Evans -el moreno alzó una ceja incrédulo-, al menos no como tú piensas.
La carcajada volvió a brotar desde lo más profundo de la garganta de Sirius, enfurruñando aún más a un obviamente molesto James Potter.
-Eres un jodido grano en el culo, Black.
Sirius volvió a echar su fuerte y bronceado brazo sobre los hombros de su amigo sin molestarse en ocultar su socarrona sonrisa.
-Un grano al que adoras con fervor.
James alzó una ceja ante la frase llena de petulancia de su mejor amigo, y se quitó su brazo de encima con un brusco movimiento de hombros.
-Claro, idiota -bufó James amargamente cruzándose de brazos-. No sabría como sobrevivir sin ti.
Ignorando el falso dramatismo en las palabras de James, Sirius se apresuró a contestarle:
-¿Ves, Jimmy? No es tan difícil aceptar tus sentimientos. Mucho menos cuando son tan obvios.
James vio a Remus convertido en santo cuando en ese momento salió junto a la niña pelirroja del Gran Comedor. No estaba seguro de poder aguantar a Sirius ni un minuto más con sus chorradas y pretensiones. Con Evans había tenido suficiente de eso para un día entero.
-¡Moony! -exhaló James precipitándose sobre el licántropo.
Si Sirius no fuera Sirius se habría sentido molesto por la rápida desaparición de su amigo a su lado para prácticamente echarse encima de Remus. Por el contrario, y porque él era Sirius Black, encontró la situación terriblemente divertida.
-No sabía que ahora suspirabas por las bragas del lobito aquí presente -comentó burlonamente el animago-. Y yo que estaba seguro de que eran las bragas de Evans las que guardabas bajo el colchón.
En un segundo se sucedieron tres reacciones diferentes. James enrojeció velozmente desde de la base del cuello hasta la raíz del pelo y mató silenciosamente a su amigo con la mirada. Los lobunos ojos de Remus brillaron, no con la censura que esperaba Sirius, sino con diversión y aunque no lo parecía, por dentro Remus Lupin se estaba riendo a carcajadas. Y finalmente, la pequeña niña que acompañaba al licántropo y que en ese momento se disponía a despedirse, se ruborizó con intensidad y miró desconcertada a Sirius, apartando cada cinco segundos la mirada, ligeramente intimidada.
Sirius pareció reparar en la pequeña pelirroja. En sus perfectos labios apareció una sonrisa afable, se agachó hasta quedar a la altura visual de la niña y la miró con amabilidad.
-¿Qué tal si les damos un poco de intimidad a estos dos y hacemos como si nunca hubieras escuchado las cochinadas que hacen¿Eh?
La niña, de primero lo más seguro, tenía sus grandes ojos azules clavados en alguna parte de la blanca camisa de Sirius. Y es que ¡Sirius Black le estaba hablando a ella! Cuando se lo contara a sus compañeras de habitación iban a flipar. Oyó a Sirius carraspeando impacientemente y se apresuró a asentir vehemente con la cabeza.
Sirius apoyó su mano en el suave pelo rojo, casi naranja de la niña, y le dio un par de palmaditas.
-Así me gusta. Puedes irte.
Después de que la niña desapareciera por las escaleras hacia la sala común de Gryffindor, Sirius se giró para mirar a sus amigos. Remus mostraba una mueca burlona que no le gustó nada al moreno, mientras que James seguía enfurruñado.
-Hay que ver, Sirius. ¿Quién lo iba a decir? Si tienes mano para los niños y todo. Creo que ahora puedo morir en paz -lo incordió Remus sin borrar la mueca burlona de su cara.
-Di lo que quieras, Lupin -musitó Sirius después de chasquear la lengua sonoramente-. Entonces¿qué¿Nos vamos?
Remus los miró desconcertado. Creía que iba a hablar con James, no a irse a alguna parte con James y con Sirius. Porque ir con Sirius a alguna parte significaba descontrol, y posiblemente problemas.
James no contestó ni a la pregunta de Sirius ni a la que le hacían los ojos de Remus, simplemente echó a andar, decapitando al primero con la mirada cuando paso junto a él.
-Pott, no te enfades conmigo. ¡Era solo una broma!
Sirius volvió a colgarse de su moreno amigo, igualándole el paso sin ninguna dificultad.
-Pues ten cuidado con tus bromas, Black. Porque igual las bragas que tengo guardadas son las tuyas.
El moreno se congeló, soltando a James simultáneamente, para después romper en sonoras carcajadas y echar a correr tras su mejor amigo dándole una juguetona palmada en el trasero cuando lo alcanzó.
-¿Vienes o qué, Moony?
Remus echó a andar tras ellos indeciso. Alcanzándolos en cuatro rápidos pasos de sus larguísimas piernas.
-¿A dónde vamos, si se puede saber?
Sirius volteó la cabeza para mirarlo. Tenía los claros ojos brillantes y llenos de entusiasmo y una sonrisa tan grande, tan alegre y tan terriblemente contagiosa que Remus no tardó mucho en sonreír.
-A Hogsmeade, Lupin.
...o...o...
Una tarde de duro entrenamiento de quidditch dejaba muerto a cualquiera. A cualquiera menos a la pareja de bateadores que después de dos horas y media todavía tenían ganas de seguir jugando. Normalmente James Potter se les hubiera unido, pero aquella tarde todavía seguía con la deshidratación y el dolor de cabeza, característicos de una resaca especialmente dura.
Cuando una hora más tarde, los bateadores decidieron dar por terminada la sesión de entrenamiento estaban empapados en sudor, barro y lluvia. Dana incordiaba burlonamente a Fred McDilan por su terrible aspecto.
-Creo que he visto mendigos en mejor estado que tú.
Eran pocas y contadísimas las veces en las que Dana sonreía, pero la gran mayoría de esas veces, Fred era el afortunado en provocarlas. Por eso, el rubio dejaba que se metiera con él todo lo que quisiera y más.
-Y yo he visto a bateadores mejores que tú en la liga benjamín de quidditch -le respondió Fred pomposamente sonriéndole de medio lado.
-Sí, claro.
En respuesta Dana le dio suavemente con el bate en el hombro. Desde que se conocieron en 3º curso para Dana, 2º para Fred, se habían llevado tremendamente bien. Había una compenetración entre ambos que muchos hermanos y parejas desearían para ellos. Argumentaban que era cosa del quidditch, que al ser pareja de bateadores tenían que tener esa compenetración. Pero todo el mundo, hasta ellos mismos, sabía que era algo más. Algo que no se podía explicar con palabras. Lily, a la que le gustaba analizarlo todo, los había definido como una pareja de gemelos separados al nacer. Y es que era la explicación más cercana a la relación que había entre ambos.
-Me parece que hay algo que no me has contado, Dana... -murmuró el enorme joven. Su voz llena de diversión.
La rubia se volvió hacia él sorprendida. No creía recordar no haberle contado algo a Fred en su vida, si olvidamos pequeños detalles sobre su vida familiar. De hecho muchas veces no era necesario ni que se le contara. Él ya lo sabía con solo mirarla.
-Pues...
-Allan Wood te está esperando.
Dana quiso pegarse por ruborizarse velozmente y ganarse con eso una carcajada de Fred que retumbó en cada esquina del campo de quidditch. Sintió de repente la enorme mano del rubio en su cabeza, amasándole el pelo con suavidad, y su cálido aliento en su cuello.
-No seas muy dura con él. Es un buen tio.
Solo asintió débilmente con la cabeza y sin previo aviso dejo de sentir la calidez del grandullón de Fred McDilan junto a ella. Un escalofrío recorrió su cuerpo al pensar a lo que tenía que enfrentarse. Porque era inevitable. Tendría que hacerlo tarde o temprano.
-¡Suerte, Wood! -gritó Fred penetrando en los vestuarios de chicos.
La potente voz de su amigo la sacó de sus cavilaciones y echó a andar hacia los vestuarios de chicas, donde le esperaba Allan. Lo evitaba deliberadamente con la mirada. Era suficiente tener que hablar con él, si lo miraba ya sería un completo caos.
El musculoso brazo de Allan Wood se interpuso entre la puerta de los vestuarios y ella. Le hubiera gustado haber suspirado en aquel momento, pero era algo tan femenino. Pensaba que por lo menos la dejaría darse una ducha antes de nada, porque no es que oliera a rayos pero tampoco olía a rosas precisamente.
-Tenemos que hablar -ahí volvía a estar el tono autoritario y seguro de sí mismo que había dejado a Dana paralizada en el baño días atrás.
-Como quieras. Pero me gustaría ducharme antes de nada -protestó la rubia que se negaba a mirarlo.
Por eso no pudo ver como la perfectamente estudiada fachada de Allan se resquebrajaba al oír la respuesta de la joven. Lo último que esperaba era que aceptara de buena a primeras hablar con él. Creía que tendría que estar horas rogándole para que se dignara a decirle si quiera "no".
Bajó el brazo lentamente, todavía confundido, y la rubia sin decir nada más entró en los vestuarios cerrando con fuerza la puerta tras ella. El olor a jabón, colonia y humedad entró lentamente por su nariz, nublándole un poco más la cabeza. ¿Desde cuando la descolocaba la presencia de Allan Wood¿¡Desde cuando la descolocaba cualquier cosa!? Santo Merlín. Aquello no era normal. Necesitaba una ducha con urgencia. Seguramente solo era el cansancio del entrenamiento. Nada más. Absolutamente nada más.
Pero, para su pesar, la ducha no le aclaró las ideas, ni le ayudó a dejar de sentir esa especie de nudo al principio de su estómago. Se estaba volviendo loca y apenas se había venido a dar cuenta ahora.
Se vistió y se peinó, dejándose el pelo totalmente mojado, a pesar del frío helador en el exterior, cayendo por su espalda y sus hombros. Cogió su gigantesca bolsa de deporte, echándosela con cuidado sobre el hombro lleno de cicatrices todavía recientes. No es que le dolieran, solo le molestaban cuando ponía demasiado peso sobre ellas o se las rascaba con rudeza.
Estaba lista para salir, pero, sin embargo, no se sentía capacitada para hacerlo en ese momento. Se irritó consigo misma. Era capaz de tirarse por un agujero para encontrarse con su padre, sádico y violento por excelencia¡pero no era capaz de cruzar una puerta para hablar con un idiota, estúpido y embobado adolescente de diecisiete años!
Abrió la puerta, a pesar de sus reticencias, y se encontró con algo para lo que no estaba preparada. Porque siempre se lo había escuchado a sus amigas, a casi todo el sector femenino de Hogwarts, de hecho; pero ella, particularmente, nunca había estado del todo de acuerdo. Hasta esa tarde. Nunca estuvo segura de porque aquella tarde fue diferente, pero por primera vez en siete años, Dana Rookwood se dio cuenta de que Allan Wood era terriblemente atractivo.
No tenía nada distinto. Seguía con su mismo corto pelo castaño, con sus intensos ojos marrones verdosos mirándola con todo aquello que Dana se obstinaba en no ver, con sus labios tornados en una mueca que dejaba entrever sus blancos dientes, con sus perfectamente marcadas facciones masculinas, con toda su altura y corpulencia. Hasta ese momento Dana no lo sabía, pero Allan Wood era todo lo que había buscado físicamente en un chico.
-¿Dana? -inquirió vacilante al ver a la rubia completamente anonada frente a él.
La bateadora apartó la mirada del joven, abatida. Un poco más y se ponía a babear como una chica idiota cualquiera. Pero es que era técnicamente imposible que en unos minutos una persona cambiara tanto. A excepción de que no fuera Allan el que hubiera cambiado, sino ella. O más bien, su forma de verlo. Santo, santísimo Merlín.
-¿Rookwood? -insistió el joven. Nunca la había visto comportarse así, y no estaba seguro de que era lo que había hecho mal.
Dana alzó la mirada al escuchar su apellido para encontrarse con los honestos ojos de Allan mirándola con avidez. E hizo algo que en los siete años que hacia que Allan la conocía nunca le había visto hacer, se ruborizó con intensidad.
Allan perdió el equilibrio y poco le faltó para caer ridículamente al suelo.
-¿Qué demonios...?
Pero Dana había vuelto a bajar la cabeza, tapando su cara detrás de miles de mechones mojados de pelo rubio. Sentía toda la sangre en sus mejillas y las orejas ardiendo. Esto no le podía estar pasando a ella. No podía estar comportándose así. Y mucho menos delante de Wood. Intentó recomponerse más o menos, mirando a todas partes menos al sujeto en cuestión y aclarándose la garganta se propuso despedirse del guardián. Estaba claro que ella no estaba en condiciones para mantener una conversación con él en ese momento.
-No puedo hablar contigo, Wood, hoy... tengo cosas que hacer -se excusó Dana dando media vuelta y echando casi a correr hacia el castillo.
Pero pese a lo sorprendido que se encontraba Allan en ese momento, todavía era un hombre de reflejos, el quidditch se llevaba en la sangre, y se apresuró a coger a la rubia del brazo obligándola a girarse sin demasiada fuerza.
-¿Estás bien?
Y por primera vez en su vida, Allan encontró algo en los ojos de Dana que le hicieron recuperar todas las esperanzas y fuerzas que había perdido después de todos los desplantes de la rubia.
El guardián la soltó sonriente. Pero no era una sonrisa presuntuosa, que era lo que esperaba Dana, sino una sonrisa llena de ilusión, esperanza y... amor. Tanto que Dana se precipitó en asentir y, esta vez sí, salir corriendo como alma que lleva el diablo.
Se estaba volviendo loca. Aquello era definitivo.
(…)
Y hasta aquí lo que se daba. Son 30 páginas de Word, más de lo que había escrito en mucho tiempo, y, lo siento, pero no sé cuando volverá a repetirse esto. Quizá me volvéis a tener por aquí el mes que viene o dentro de dos semanas (imposible, tengo exámenes) o vete tú a saber cuando. Por eso no prometo nada de fechas.
Sin embargo, ya lo dije una vez y lo vuelvo a repetir, no voy a abandonar el fic, lo tengo muy bien estructurado dentro de mi cabecita y me gusta lo suficiente para obligarme a escribir de vez en cuando. Así que, en fin, solo os pido paciencia.
Gracias por todos los reviews y por seguir leyendo, incluso cuando no me lo merezco. De corazón.
Un beso gordo.
