Capítulo IX

La prueba preliminar

I

Había soñado nuevamente.

Soñó estar sumergida en un fragante calor, en un abrazo gentil que la hacía sentirse protegida, como si en ese momento nada ni nadie pudiese alcanzarla… antes de que un doloroso pinchazo la sacara bruscamente de aquella zona de comodidad mental en la que estaba sumida. Abrió los ojos de forma perezosa (con dificultad, en realidad), notando que tenía los párpados inflamados tras haber estado llorando la noche anterior, además de un mareante dolor de cabeza que le impidió soltarle unos cuantos insultos al que estaba lastimándola sin su permiso; frente a ella se encontraba un hombre de mediana edad, el cabello oscuro pulcramente peinado hacia atrás, el cual estaba desechando la jeringuilla que había utilizado en ella con bastante naturalidad. El estetoscopio que colgaba de su cuello delataba su profesión, médico o enfermero.

-¿Hola? –Saludó ella no sin cierto sarcasmo, tocándose el sitio donde le habían inyectado, o sea la retaguardia.

-Buenas tardes, señorita. –Saludó el hombre de salud con una gentil sonrisa, calmando a la chica de forma inmediata. Se miraba como un profesional bastante cordial a pesar del ultrajo. –No era mi intención sacarla de su sueño, pero era necesario colocarle una inyección para evitar alguna infección. Se sentirá mejor en unas horas por el medicamento.

-Comprendo, vaya. –Tuvo que sonreír a medias, tampoco iba a comportase como una cretina con el sujeto que estaba ayudándola. –Gracias, supongo.

-No hay de qué. Si me disculpa, ahora.

El sujeto movió la cabeza suavemente con una sonrisa amable antes de dirigirse a la puerta de la habitación… y entonces, notó finalmente que se encontraba en una amplia cama que no era la de ella. Era la cama de Clint. Estaba en su habitación. El médico abrió la puerta, y ella pudo ver a su maestro tan tranquilo y quitado de la pena, estando recargado en la barra de la cocina descalzo y vistiendo un pantalón holgado de deporte color gris oscuro así como una camiseta blanca lisa… todo un modelo de ropa que mostraba con descaro su desfachatez masculina (y aun así el muy infeliz se miraba de lo más lindo…). El médico o enfermero comenzó a hablar con él tan pronto lo miró, acerca de medicamentos o lo que fuese.

Mientras ella caía en cuenta de lo que estaba sucediendo, y comenzaba a morir por dentro.

¡Qué espanto! El día anterior debió haber sido más que perfecto, y ella lo arruinó azotando sin gracia por la fiebre mientras le confesaba le gustaba justo al aire libre en un restaurante, y lo peor, había escuchado su risa antes de sumergirse en esa extraña inconsciencia; su garganta se cerró de repente y su mirada comenzó a empañarse, sintiéndose sumamente avergonzada con aquello, ¿qué estaría pensando Clint de ella en ese momento? ¿En qué concepto la tenía ahora? Se hubiese soltado llorando sin más en ese momento si no fuera por el teléfono fijo, que comenzó a sonar justo al costado de sus piernas sobre la cama. Como los hombres aún se encontraban hablando acerca de cuidados y medicamentos, se atrevió a contestar a pesar de que no se sentía del todo tranquila, y su voz podía delatarla.

-¿Hola? –Contestó con la voz un poco ronca, cayendo en cuenta tarde de que podía toparse con algo comprometedor. Esperaba que no, suficiente tenía con la situación vivida.

-Hola, buen día. –Le saludó una curiosa y amable voz femenina, la cual se le hizo extrañamente familiar. –Eres Kate, ¿no es así?

-Sí, así es. –Se cohibió un poco con aquello.

-Imaginé que seguías allí. ¿Cómo te encuentras?

-Me siento algo mejor, gracias. –Tensó los labios un poco. -¿Quién habla, perdón?

-Discúlpame, soy Bárbara. –Dijo, bastante gentil, provocándole un intenso escalofrío a la chica. –Clint me llamó ayer muy desesperado, no sabía qué hacer contigo ya que estabas hirviendo en fiebre. Llamé para saber si no te había matado con una sobredosis de medicamento o algo parecido.

-Sigo con vida, sin duda. –Y sonrió, sintiéndose algo conmovida. –Ahora se encuentra hablando con el médico.

-Está bien, es lo mejor. Entonces, cuídate mucho, Kate.

-¿No quiere hablar con él…?

-No, no te preocupes, ya hemos hablado lo suficiente anoche. Nos vemos.

-Sí, hasta luego, y gracias por preocuparse.

Su corazón estaba acelerado, tanto que lo sentía en las sienes, olvidando por completo el chasco de la noche anterior; Clint había llamado a su ex esposa la noche anterior, preocupado por ella. Debía ser toda una calamidad como para que Bárbara se preocupara de que él fuese capaz de intoxicar a alguien, pero o que a ella le importaba en ese momento era lo que había hecho por ella… ¡Estaba genuinamente preocupado por ella! ¡Le cuidó toda la noche! Se sentía algo estúpida emocionándose de tal forma, pero su organismo de adolescente se lo estaba exigiendo. Se arrojó en la cama nuevamente, retorciéndose y rodando entre almohadas y colchas suaves (perfumadas de repente a él), sin poder contener más su emoción.

-Brake me, shake me, hate me, take me over. –Canturreaba para ella, las mejillas encendidas y una amplia sonrisa en los labios, mientras su estómago se revolvía como si fuese a estallar en cualquier momento. ¿Así era como se sentía…?

-Katie, ¿te ha hecho mal la medicación?

Se congeló abruptamente al escuchar su voz; se incorporó de golpe entre las sábanas, el negro cabello revuelto, notando que el anciano se encontraba parado en el marco de la puerta de la habitación, mirándola con una sonrisa divertida (o de burla) mientras ella se estaba retorciendo en la cama… se sintió sumamente avergonzada y molesta por su actitud tan infantil, optando por bajarse a su nivel y arrojarle uno de los cojines que se encontraba en la cama. Él lo atrapó con la mano izquierda sin chiste, para luego romper en una sonora y calmada risa.

-¿Qué no sabes llamar a la puerta de la habitación de una chica, anciano horrible? –Se quejó en un leve chillido histérico, víctima del nerviosismo tras haber sido descubierta. –Puedes encontrarte con algo comprometedor.

-Técnicamente es mi habitación, gorrioncillo… además, estoy curado de espanto contigo, anoche vi más de ti de lo que hubiese querido.

-¿Qué? –Gritó sin poder evitarlo, sintiendo de pronto que su mundo había perdido color y nitidez.

-No eres más que una niñita, apenas y tienes curvas…

-¡Eres un pervertido, Clinton! –Gritó nuevamente con todas sus fuerzas, segura de que la había escuchado hasta Bip en la planta baja, comenzando a arrojarle todos los cojines que se encontraban en la cama, de los cuales ninguno le dio llanamente ya que los cubría con sus manos entre risas. -¡Ojalá te metan preso por pedófilo!

Se terminaron finalmente todos los cojines de la cama, y él seguía riendo pero ahora a carcajadas, una risa jovial que parecía liberadora… ¿acaso él la había llamado "gorrioncillo"? Hubo un leve punzar de timidez en su pecho.

-¡Yo no he hecho nada malo! –Se defendió de inmediato, mientras recogía algunos cojines del suelo… para luego lanzárselos a ella de vuelta, de uno por uno, los cuales le daban con certeza a pesar del esmero de la chica por cubrirse con las manos. –Para empezar, tú fuiste la que se me declaró anoche como una colegiala enamorada, podría acusarte fácilmente de que… acosas a un pobre anciano con tus artimañas de fémina, ¿qué te parece eso?

Su cuerpo se vio abordado por una oleada de calor justo cuando una de las almohadas más grandes le daba de lleno en la cabeza tras escuchar aquello; se dejó caer en la cama tras el último golpe, cubriéndose con las colchas de la cabeza a los pies y acomodándose en posición fetal, sintiéndose brutalmente avergonzada por sus palabras. No sabía si soltarse llorando, reírse o qué. Gorrioncillo. Así la había llamado él.

-Katie. –Se acercó a aquél bulto que se encontraba justo en medio de su cama, pensando que tal vez se había pasado un poco con lo que le había dicho. -¿Katie? ¿Aún no eres mariposa?

-¡Largo! –Gritó el bulto en la cama.

-Pero si esta es mi…

-¡Dije LARGO! Anciano horrible…

Clint sonrió levemente, sintiendo afecto por ella. Definitivamente la había intimidado con sus palabras solo, esperaba que no estuviese llorando o algo parecido. Lo dudaba. Estaba más seguro de que la chica iba a cobrárselas después y con creces.

-Me voy entonces, pero te aviso que Vivian vendrá por ti en media hora más.

Kate sintió nausea del mismo nerviosismo.

II

El regaño de nana Vivi fue más tenue de lo que esperaba, y poco tardó en comprender que ella también había caído bajo el encanto que su maestro tenía con las damas (y la sonrisa boba de él cuando se marchaban corroboraba su teoría); tan pronto llegaron a casa, la hizo comer, tomar su medicación y abrigarse casi exageradamente debido a que "estaba haciendo más frío ahora". También se encargó de contactar a una compañera de la escuela para que le trajera los deberes pendientes de la escuela… todo lo que una madre de verdad hacía por su hija.

Argelia era una chica muy vistosa en la escuela, ya que, además de su inusual físico, siempre le estaban llamando la atención los prefectos por cualquier cosa; llevaba el uniforme mal puesto todo el tiempo, la falda tres dedos más corta de lo reglamentario, además de que su cabello siempre estaba alborotado en rizos rebeldes color avellana y azul cielo que caían caprichosamente hasta sus hombros. Le agradaba, pues siempre daba el aspecto de ser una chica ruda y fuerte, pero en realidad era sumamente justa con sus compañeros de clase, y siempre estaba sonriendo. Era una especie de líder rebelde. Ella había sido a la que nana Vivi había llamado al saber que era una de las chicas más "cercanas" a ella, y la única que no pondría de pretexto que tenía clase de tennis o algo parecido… pues esta chica rebelde era becada.

-Aló, Katherine. –Saludó aquella imponente chica que ostentaba el primer Dan en tae kwon do, sonriendo como siempre tan pronto entró en la sala donde tenían a la nombrada apachurrada. Aun llevaba el uniforme, aunque el saco había acabado atado en su cintura, no había corbata y tenía la blusa blanca desabrochada por completo para dejar ver su blusa interior color celeste. –Pensé que las niñas ricas eran de oro y no se enfermaban.

Kate sonrió con cierto gusto, sentada en el sofá más amplio de la sala, con el cachorro revoloteándole en los pies ociosamente jalándole la manta en la que la tenían envuelta; Argelia de inmediato cambió su sonrisa altanera por un semblante de perplejidad.

-¿Qué pasa? –Cuestionó Kate, confusa.

-Te ves rara. –Se acercó a ella y tomó asiento a su lado, dejando los libros que llevaba en las manos sobre la mesita del medio. Aquello provocó que el cachorro se ensañara con las cuerdas de sus botines, algo que ella no le molestó.

-Estoy enferma, tonta.

-Ya sé que estas enferma, pero no tienes ese tipo de cara ahora, es distinta a otras veces. Algo te ha pasado.

Kate se estremeció un poco, y la oscura mirada de su compañera de clase se entrecerró en una señal de certeza.

-¿Por qué asumes eso?

-No lo asumo, lo sé con solo mirarte. Ah, ya sé. –Sonrió con complicidad. –Ya no eres virgen.

-¡¿Qué?! ¡No! –Casi gritó ante la mención. Por algún motivo llegó a su mente la idea de que había dormido con él. –No, por Dios, no soy una cualquiera.

-¿Qué insinúas? –Arqueó una ceja en desconcierto.

-No insinúo nada, es diferente. Tú ya tienes novia, y yo no, simple. No me entregaría a alguien porque sí.

-Entonces, te gusta alguien y no es Isaí, ¿cierto?

Tensó los labios un momento, guardando silencio. Nana Vivi se encontraba en el patio regando las plantas de la forma más calmada del mundo, por lo que no la esperaría en unos minutos… ¿sería prudente confesarle a ella lo que pasaba? No tenía a nadie más… solo a nana Vivi, a Isaí y a Clint. Alzó suavemente los hombros, pues sabía que Argelia no la juzgaría.

-Es un imposible. –Contestó finalmente. –No me esmero en ello.

-¡Vaya! Entonces si es que hay alguien que te gusta de verdad. ¿Es una chica? No me digas que soy yo. –Bromeó con una amplia sonrisa.

-No, para nada, ni te ilusiones. –Hizo un gesto con la mano, pero sonreía… aunque estaba sumamente avergonzada, algo completamente extraño para Argelia.

-Ja, claro. Entonces, supongo que tiene novia.

-Yo asumo que debe de tener novia o algo parecido. –Dijo, pensando en esa tal Nat con la que estaba tan ilusionado el hombre. –Digo, es bastante… vistoso, no puede pasar desapercibido. Pero ese no es el problema en realidad. Es solo que él es algo mayor para mí, además de que tiene gustos con mujeres bastante exuberantes.

-¿Exuberantes? Niña, cuando es amor, da igual si tienes cara de blasfemia y lo sabes. Y por la edad, no le veo lo malo a que un hombre sea mayor que la chica, digo, creo que es hasta normal.

"¿Qué es esto? ¿No es amor?"

-Me lleva… catorce años encima. –Contestó en un suave susurro. Amor. Esa era una palabra demasiado fuerte para ella. –Es mi maestro de arquería.

Argelia se había quedado con la boca abierta tras escuchar aquello, un gesto que le causó gracia a Kate aunque tenía pocos deseos de reírse. Estaba demasiado nerviosa en ese momento.

-¡Kate! Ese sujeto debe tener… treinta, ¿no? –Susurró igual, aunque se escuchaba algo asustada. –Dime, ¿es que te ha dicho o hecho algo? Debes pensar mejor cuando él y tú…

-No pienses cosas extrañas, él no me ha insinuado nada. –Su rostro ardió, y supuso que estaba enrojecido. –De hecho fui yo la que le dije que me gustaba.

-¿Y qué te dijo?

-Se soltó riendo y me dijo que podría ser mi padre.

-¡Con justa razón, Katherine!

-No entiendes, yo…

La conversación se vio interrumpida abruptamente, ya que nana Vivi había abierto la puerta corrediza de la cocina para así entrar nuevamente y quedar en el campo auditivo de ambas chicas; la plática nueva tuvo que ser escolar después de ello.

III

Sábado.

Pasó cinco, diez, quince minutos parada frente a la puerta del departamento de Clint, el arco colgando de su hombro, el carcaj que en realidad era el tubo para guardar mapas dentro del departamento tras haberlo olvidado desde la semana pasada; había llegado muy segura de sí misma tras haber pasado días pensando en lo sucedido, al menos hasta que llegó a los dos últimos escalones. Sudaba frío, el estómago le amenazaba con sublevarse y humillarla justo en la puerta. ¿Por qué ahora?, gritaba su mente loca de adolescente. ¿Por qué le había dicho que le gustaba? ¿Por qué se había desmayado? ¿Por qué había amanecido en su cama otra vez? ¿Había dormido con ella de nuevo?

-Oh, no. –Se llevó la mano derecha hacia el estómago, sintiendo que se le habían humedecido los ojos. –Maldición, ¿cómo me metí en esto? ¿Por qué no me sucedió con otro muchacho, de mi edad tal vez? ¿Por qué él…?

Su teléfono celular comenzó a sonar de forma escandalosa, sacándola de su histeria durante unos instantes; comenzó a revolotear entre sus ropas, tirando su arco al suelo, para luego mirar dentro de la pequeña mochila de mezclilla que colgaba de su otro hombro. Tras unos instantes de mover sus cosas de un lado a otro, finalmente encontró el infernal aparato tomándolo justo cuando Clint abría la puerta de la entrada, pegándole un susto de muerte que casi le hace tirar el teléfono al suelo.

-Ah, no pasa nada, ya ha llegado. –Dijo el rubio maestro, sosteniendo el teléfono inalámbrico contra el oído izquierdo y el móvil en la mano derecha, de lo más tranquilo a pesar del gesto de terror en la cara de la chica. –Claro, no pasa nada. –Repitió, mientras se hacía a un lado para que ella pudiera entrar, colgando el teléfono celular. –Me decía que había terminado todo con… si, bueno, es realmente impresionante…

Levantó su arco del suelo cuando se recuperó del susto, para comenzar a caminar dentro del departamento mientras abrazaba su mochila como un colegial perdido, pasando a un lado de él que hablaba tan interesado por el teléfono fijo; no era Natalia o alguna otra chica con plan de pasar la noche con él, era otra clase de interés que… no le causaba mayor celo. Celos, qué tontería, como si fuera suyo. Se pasó como una completa desconocida hacia la sala para tomar asiento en el sofá más amplio, esperando a que el anciano terminara su súper interesante llamada; de pronto comenzó a sentir temor de quedarse sola con él, como si algo pudiese pasar entre ambos si así sucedía. ¿Por qué tanta paranoia de repente? ¿Era una emoción normal o qué? Daba asco la idea de que muchas chicas tal vez habían pasado por lo que ella, aunque diferente. Un romance no correspondido es igual siempre según su percepción… pero ella no estaba prendada de un príncipe cualquiera, sino de un divorciado con un hijo que le llevaba catorce años de diferencia, cualquiera pensaría que él era un abusador de niñas aunque ella hubiese sido la que le confesó aquello. Tal vez Clint se sentía agobiado con ella, tal vez tenía temor de que algo pasara ya que podía meterse en problemas por culpa de ella…

-Me iré yendo. –Dijo, sintiendo un nudo en la garganta tras aquellas deducciones, colocándose de pie como si se hubiese sentado sobre un resorte.

Clint le dirigió la mirada, confuso; tapó el teléfono con la mano derecha, apartando el aparato de su rostro un poco.

-No voy a hacerte nada, gorrión. –Susurró con serenidad.

Se sintió bruscamente avergonzada con ello, sintiendo escalofríos invadirle, además de las náuseas que aparecían acompañando siempre al nerviosismo como dos odiosas amigas indeseables.

-¿Qué estás pensando? –Exclamó casi a la defensiva. –Quiero practicar, se acercan las pruebas preliminares.

-Espera. –Destapó el teléfono y desvió la mirada de ella. –Hablemos después, ¿le parece? Demanda mi atención esta avecilla… ¿tan raro es? Ah, debe ser un motivo interesante. –Vio que la chica se alejaba hacia la puerta, por lo que se lanzó hacia ella para tomarla del brazo y frenar su huida. –No se preocupe, déjemelo a mí. Nos vemos.

-Anciano. –Le miró de reojo de mal humor, sintiendo su mano sujetándola más no haciendo fuerza. –Me estás frenando.

-Ya acabé, desesperada. –Dijo, colgando el teléfono fijo sin soltarla, y arrojando el aparato al sofá más cercano. –No tienes por qué tratare de esta forma, yo no voy a hacerlo.

-No seas tan presuntuoso. –Susurró, pero no lo miraba. Sentía su cara arder y los ojos brillosos. –Ya te dije que son las preliminares, y estoy nerviosa por ello.

Escuchó que había suspirado, tal vez de decepción, no pudo distinguirlo; se atrevió a verle de reojo, notando que no la miraba… tenía la azulada vista puesta en la ventana, al parecer preocupado, intranquilo. Quién sabe. ¿Por ella, tal vez?

-Clint. –Le llamó suavemente. Fue una sensación extraña.

-Vamos, Katie. –Le miró nuevamente, soltando su brazo solo para dejar la mano en la espalda de ella, empujándole con sutileza. –No tienes por qué cerrarte de esa manera, al menos quisiera que no fueses de esa forma conmigo, no después… de todo lo que hemos pasado.

No supo qué contestarle, tan solo se limitó a caminar hacia la puerta tal como él le había indicado momentos antes… a veces se comportaba como toda una chiquilla sin duda, y era en esos momentos cuando se percataba del gran trecho temporal que existía entre ambos; Clint se comportaba en veces como el adulto que era, y ella como la "chiquilla" nombrada por él. Estaba lejano de ella, pero al mismo tiempo… lo sentía muy cerca.

IV

Se sentía particularmente cansada, con los ojos un poco irritados debido al medicamento que estaba tomando por aquello de la gripe… no se había recuperado del todo, sin duda; no quería decirle a su maestro que se sentía débil pues podía mandarla a casa sin dudarlo, y eso era lo último que ella deseaba en ese momento. Quería estar con él, ¿a quién engañaba? Sin embargo, los blancos móviles en el cielo le hicieron perder varias flechas sin mucha gracia o dificultad, delatando su estado físico y anímico.

-Mal, gorrión. –Exclamó su maestro, bajando uno de los blancos que estaba por lanzar al aire como un frizbee. –Estás muy distraída esta tarde. ¿A dónde se te fue el ánimo de hace un rato?

-Se lo llevó el viento. –Contestó, cerrando los ojos de zafiro y dejando caer suavemente la cabeza hacia atrás. Tenía un leve dolor de cabeza.

-Qué poética. ¿Aun te sientes mal?

-Estoy un poco delicada, es todo.

-¿Quieres ir a des…?

-No. –Cortó de golpe, volviendo a tensar su arco con una de sus flechas, apuntando a un blanco fijo de uno de los árboles. –No es más que un poco de frío. Se me quitará cuando me haga efecto el medicamento que me tomé hace unos minutos.

-Necia.

Tuvo que bajar su arco y flecha, pues Clint se había acercado a ella y se colocó en frente suyo sin temor alguno de que escapara de sus manos y lo lastimara, rodeándola con su chaqueta como si quisiera atraparla con ella en vez de solo cubrirla del frío, apegándola a él en un tirón de las mangas de ésta; terminó por rodearla en un fuerte y firme abrazo, provocando que se le escapara el aliento casi de forma sonora. Se quedó estática durante unos momentos, tan solo contemplando el campo de golf para novatos por encima de su hombro, como si no pudiese comprender a primeras lo que estaba pasando… ¿la había abrazado? De pronto, sus brazos le parecieron sumamente confortantes, como si pudiera perderse del mundo en ellos, como si allí… nada pudiera alcanzarla.

-Estoy bien, anciano. –Susurró, encogiéndose un poco en su abrazo a manera de reacción, dejando ambas manos posadas sobre sus antebrazos por debajo de éstos. No podía evitarlo, el perfume que utilizaba le parecía parte de su encanto.

-Me quedé un poco traumado con lo del lunes, sobre todo porque sé que no me dices todo. –Susurró suavemente, y ella percibió su aliento acanelado por sobre su frente.

-Clint, no te estoy mintiendo…

-No estoy diciendo que me mientas, Katie, sino que ocultas cosas importantes como tu salud en este momento. Quieres verte fuerte, pero hay ocasiones en las que es necesario ceder un poco, sobre todo si sabes que puedes ponerte en riesgo.

Empuñó las manos levemente sobre las mangas de su camisa al escuchar aquello, terminando por relajarse poco después; cerró los ojos azulados y dejó la frente suavemente apoyada en el hombro de su maestro… al final eso era lo que ella anhelaba, estar cerca de él, estar entre sus brazos cálidos, envuelta en su suave perfume. Le escuchaba, quería realmente abrirse con él de esa forma, pero tenía miedo de que la conociera de verdad.

-No me gusta sentirme vulnerable. –Susurró, terminando por apoyarse en él, como si buscara su protección.

-No quiero hacerte daño, gorrioncillo. –La ajustó más en el abrazo, y ella pudo percibir que sonreía. Ella misma lo hacía también. –De igual forma quiero confesarte que me siento como un chiquillo cuando estoy contigo.

-¿Qué… quieres decir con eso?

-Bueno, a lo que me refiero es que… me olvido del mundo y de mis problemas cuando me encuentro junto a ti.

Comenzó a temblar con nerviosismo. ¿Por qué hacía eso?

-Eso es… porque eres un viejo desobligado. –Habló un poco más despacio, sintiéndose relajada, casi como si pudiera volar.

Él había susurrado algo más, quizá había canturreado el tramo de una canción que ella conocía pero que en ese momento no podía recordar con claridad. De hecho, no hubo nada más que su abrazo, su murmullo y el paso del viento calmo.

V

Se había quedado profundamente dormida.

Pero no había sido la única.

La despertó la brisa calma que revoloteaba su cabello negro, causándole un leve cosquilleo en el rostro cuando le rozaba la nariz; lo primero que vio al abrir los ojos fue su mentón levemente sombreado en rubio por el crecimiento de la barba, así como su hombro cubierto por la camisa azul marino que llevaba puesta. Incorporó solo un poco la cabeza, notando que se encontraba sentada sobre el regazo de Clint, y él se encontraba profundamente dormido contra el tronco de un árbol, abrazándola aun contra él aunque más suavemente.

Estaba dormido con ella nuevamente.

-¿Clint? –Le llamó suavemente.

Él permaneció durmiendo como una roca. Soñaba, pues sus ojos se movían bajo sus párpados cerrados; dejó su mano posada sobre su mejilla rasposa, notando con detenimiento el contraste de ésta contra el rostro del hombre, siendo evidente el trecho que había entre ambos nuevamente. Miró sus finos labios, y se preguntó a qué sabría el besarlos.

"Canela. A eso sabe."

Tan solo dejó un tenue beso en su mejilla, no se atrevió a más; se levantó con sumo cuidado pero sin quitarse de encima la chaqueta con la que él le había atrapado antes de quedarse dormida sobre su pecho; notó que se sentía bastante relajada y mucho mejor tras aquella curiosa siesta. Al tensar su arco, supo que Clint no planeaba rechazarla o algo parecido, pues le había pedido que se sincerara con él; quería acercarse a ella sin duda. Una sonrisa amplia afloró en sus labios, un poco boba tal vez… no sentía lo que ella, eso lo sabía bastante bien, pues él ya era un adulto, pero era obvio que sentía afecto o cariño y era evidente tras el sobrenombre tan cursi con el que la había bautizado. Le importaba, y eso era suficiente para ella.

¿Prueba preliminar? La de arquería apenas ocurriría, pero en lo que a ella respectaba ya la había cruzado con él. Se sentía sumamente victoriosa.