Capítulo 9.

11 de Octubre de 1952. 18:30 horas.

— ¿Kamui…? – Kagura estaba frente a frente con su consanguíneo. Mentiríamos si dijéramos que no estaba impresionada, porque sí lo estaba. Cada poro de su piel expulsaba una sensación de asombro al ver a su hermano en la puerta de su casa. – ¿Qué haces aquí?

— ¡Oh! Hermanita. No vengo hace dos años y así me recibes. – Le declaró con su característico tono cantarín y esa típica sonrisa falsa que siempre poseía.

Sougo observaba todo. También estaba impresionado de que el bermellón estuviera allí, y es que sus visitas no eran muy esporádicas, ni que decir agradables. Siempre se dedicaba a menospreciar a su hermana por tener ella sola la posesión de una empresa. ¡Y es que era inaudito ser mujer y manejar tal dineral! "Deberías conseguir un esposo que te ayude con eso… o mejor aún, que tenga una empresa con más cobertura que la de tu difunto marido" era lo que el ojiazul siempre le decía para luego echarle en cara sus exitosas ventas.

— Mi Señora, está haciendo frío. Creo que lo mejor sería que entremos… – manifestó el castaño para interrumpir un poco el tenso ambiente que se hallaba entre el choque de esas dos miradas azulinas.

— Sougo, no pienso dejarlo entrar a mi casa para que nuevamente me eche en cara que su empresa es mejor que la…

— ¡Tu empleaducho tiene razón! No podemos estar aquí en el frío, hermanita. No querrás enfermarte y faltar a tu trabajo mediocre. Me enteré por el periódico que poco a poco esa empresa se está yendo a la mierda. – Aún mantenía esa sonrisa sarcástica y desagradable en su rostro.

Kagura estaba que echaba humos y de hecho, iba a decirle una tanda de vituperios que no eran propios de una dama de la alta sociedad, sin embargo, una mano en su hombro detuvo lo que diría después, entendiendo que no era el lugar ni momento, estaban en el patio, después de todo.

— Por favor, Mi Señora. – Sougo le dedicaba una mirada comprensiva a la bermellón mientras su mano se mantenía en el hombro de ella.

No es que el castaño estuviera defendiendo al hermano de su ama, para nada en lo absoluto, sino que no podía aceptar que por tales baratas provocaciones ella reaccionara de esa forma.

La joven se calmó y miró a los ojos al castaño, demostrando su gratitud a través de esos orbes azules como el mar. No podía descontrolarse y menos en esos momentos frente a su hermano. Las palabras son armas de doble filo.

Sougo abrió la puerta de la casa y le cedió el paso a las dos personas frente a la puerta.

— Entra. – Le dijo Kagura a su hermano, seca como la arena del desierto del Sahara y fría como el hielo del polo sur. Después de todo, no podía negar que estaba helando. Se iba a congelar si seguía afuera en ese crudo invierno.

— Sabía que entenderías, hermanita.

Kamui entró en aquella casa la cual se mantenía en perfecto estado desde la última vez que vino. Supuso que la servidumbre hacía un buen trabajo.

Se acomodó en uno de los sillones de la sala de estar sin pedirle permiso a nadie, total, era la casa de su hermana. ¿Por qué debería pedirle permiso a una mujer para sentarse?

La bermellón se le quedó observando, se sacó el abrigo y se lo entregó a su empleado para luego sentarse en el sofá rojo posicionado cerca del tocadiscos.

— Iré a hacer los preparativos para la cena. – Anunció Sougo mientras aún tenía el abrigo de su ama en sus manos.

— Está bien, ve tranquilo. – Le respondió con una leve sonrisa.

El castaño le hizo una imperceptible reverencia con la cabeza y se dirigió al perchero para colgar allí el abrigo de ella y el de él. Ya luego salió de la sala para dejar a Kagura y a su hermano mayor hablar a solas.

— ¿A qué viniste? – Preguntó ella, aún con frialdad en su tono.

— Hermanita, no sé por qué eres tan fría. Recuerdo cuando me pedías siempre que te llevara a caballito y que te comprara los dulces que te gustaban. Extraño a ese pequeña Kagura. Cambiaste mucho desde que el permanentado de tu difunto marido te enseñó esas basuras del feminismo. – Manifestó hablando con falsos pucheros, haciendo enojar aún más a la bermellón.

— ¿A qué viniste? – Preguntó nuevamente. No le interesaba escuchar sobre su pasado como niña. Eso ya fue hace mucho y había madurado, dándose cuenta de que su hermano siempre fue un machista de mierda y eso a ella no le agradaba.

— Mañana en la noche haré una fiesta. Deberías ir. – Le dijo finalmente, cambiando esas sonrisas burlonas por un rostro serio.

— ¿Por qué querría ir?

— Porque conocerás a muchos hombres que tienen mejores empresas que la que ya tienes. ¿Por qué no dejas ese negocio que se cae a pedazos, hermanita? Cásate con alguien con una buena situación económica y ya.

— ¿Otra vez con lo mismo, Kamui? No necesito a un hombre para salir adelante. Por algo me he estado manteniendo sola durante 11 años seguidos. – Le respondió con los dedos en su frente, manifestando una señal de que el joven ya la estaba cabreando.

— ¿Que no necesitas un hombre? Eso no es lo que dice este anuncio, hermanita. – Kamui sacó de su bolsillo el característico anuncio de periódico que Kagura había dejado hace algunas semanas atrás. La chica solo atinó a verlo con asombro para luego manifestar enojo en su rostro. — ¿Por qué haces esto? No te vendas como puta barata a cualquier malnacido que cruce esa puerta. Mañana conocerás hombres que te puedan dar hijos sanos y fuertes para que hereden la fortuna. Ya sé que no le quieres ceder esa mierda de empresa al primo de Gintoki. Aunque no sé por qué te empeñas tanto en mantenerla.

— Porque Gin fue más padre y hermano de lo que papá y tu pudieron llegar a ser. Papá nunca estaba en casa y tú siempre me despreciabas por el simple hecho de ser mujer, Kamui. ¿Acaso mamá no es mujer también? ¿Por qué solo a mí, eh? – le dijo furiosa mientras la sangre le hervía con rabia.

— No metas a mamá en esto… ella es una buena mujer, no como tú, que pones anuncios en el periódico para conseguir marido. Eres una zo…

— Mi Señora. – La voz de Sougo interrumpió aquel improperio que le iba a dedicar Kamui. Diría la mentira que sea para que ella no recibiera el insulto. – Necesito su opinión sobre algo, ¿podría acompañarme, por favor?

Inmediatamente, Kagura entendió aquel pedido y le confirmó su asistencia, dirigiendo su paso hacia él dejando a su hermano atrás.

Ya lejos de la sala de estar y completamente solos, la bermellón decidió hablarle.

— Sabes que puedo defenderme sola, Sougo. – Le dijo mientras estaba de brazos cruzados mirándolo a los ojos.

— No me gusta que su hermano venga a casa solo para insultarla. Por favor, déjeme ayudarle un poco.

— Estoy bien. Ya haces bastante por mí. – La ojiazul posó sus dedos sobre la mejilla del castaño y comenzó a acariciarla de manera leve y suave, poniendo inquieto al ojicarmín. – Muchas gracias. – Le terminó de decir en una cálida sonrisa para luego dirigirse a la sala de estar nuevamente.

En ese corto lapso de tiempo en el que Okita y la señora Sakata no se encontraban en la sala, Nobume se dio cuenta de que Kamui se hallaba en la casa.

— Hace mucho que no lo veía, Señor Kamui. – Le dijo con una sonrisa a la vez que se le acercaba.

— Señorita Nobume, que hermoso es verla nuevamente. – El bermellón se levantó del sillón para poder saludar a la presente. – Veo que no ha cambiado nada en estos dos años.

— Usted tampoco, Señor Kamui. ¿Qué le trae por acá?

— Solo vine a hablar con mi hermana. – Le dijo mientras la miraba de pies a cabeza.

— ¿Y su esposa? – Le preguntó, y no de manera inocente exactamente. El bermellón sabía que esa pregunta tenía dobles intenciones. Sonrió de manera lasciva mientras sus ojos seguían recorriendo aquel curvilíneo cuerpo de la azabache.

— Soyo está en casa… No quise traerla conmigo, ya sabe el porqué. – Kamui comenzó a acercarse lentamente a ella colocando esas masculinas manos en su cintura, atrayéndola hacia sí mientras sus rostros estaban a escasos centímetros y sus juguetonas sonrisas se hacían presentes.

— Kamui… Nos pueden ver… – Agregó sonriendo con coquetería al mismo tiempo que se intentaba zafar, aunque sin mucho esfuerzo.

— ¿Eso no lo hace más divertido…? Nobume… – Comenzó a acercar sus labios a los de ella, sin embargo, unos pasos que venían acercándose los detuvieron.

Eran Sougo y Kagura quienes ya habían llegado de aquel "favor" que el castaño le había pedido a su ama. Por suerte, ninguno de los dos los vio en aquel estado.

Poco le importaba a Nobume que Saito estuviera en la cocina preparando la cena, después de todo, cuando el joven de alborotados cabellos cocinaba, nada más importaba a su alrededor. Cocinar era su pasión y ella se aprovechaba de eso. Además, hace años que no disfrutaba de la compañía de Kamui.

Sí, ellos dos eran amantes y sus deseos carnales eran lo único que importaba cuando estaban juntos.

— ¡Oh! Señorita Nobume, ¿qué está haciendo? Pensé que estaría en la cocina ayudando al cocinero con la cena. – Le dijo Kagura cuando los vio a los dos en la sala. No estaban lo suficientemente cerca como para que la situación se malentendiera, sin embargo, sabía que algo podría haber estado ocurriendo entre ellos.

— Sí, Señora Kagura. – Le contestó la azabache entendiendo la indirecta de su empleadora y se dirigió rápidamente a la cocina.

— Sougo, quiero que prepares la habitación de huéspedes. De seguro mi hermano querrá quedarse por el frío que hace.

— Sí, Mi Señora. – Y Sougo fue a preparar la habitación para dejar nuevamente a la bermellón y a su hermano solos.

— Sabía que serías más comprensiva, hermanita. – Kamui estaba con esa típica sonrisa falsa nuevamente mientras se dirigía a su hermana.

— Kamui. ¿Cómo está Soyo? – Le preguntó con una sonrisa cínica, inquietando al ojiazul con aquella pregunta.

— Está bien… En casa.

— Ya veo, que pena que no vino contigo. Me agrada hablar con ella. ¿Por qué no la trajiste?

— Ya sabes. Las mujeres deben quedarse en casa como buenas esposas que son. – Se defendió como pudo, sabía hacia dónde quería dirigirse su consanguínea. Además, estaba seguro de que ese comentario la molestaría, lo cual fue cierto. Sin embargo, ella mantuvo la calma.

— Agradece que eres mi hermano, o ya te hubiera echado de mi casa. – Y fue lo último que le dijo la bermellón antes de dirigirse a su habitación.

Estaba cansada y no planeaba gastar más energías discutiendo con un machista como su hermano.

Lo único que hizo Kamui al ver como su hermana se marchaba fue sonreír con burla al lograr fastidiarla nuevamente.

Ya arriba, Kagura se dirigió a la habitación de huéspedes antes de ir a la suya para encontrarse a Sougo poniendo sábanas limpias a la cama.

— Sougo. – Le dijo apoyándose en el umbral de la puerta, llamando la atención del castaño. – No le pongas tanto esfuerzo a esa cama, él no se lo merece.

— No se preocupe, Mi Señora, no son nuevas, solo están limpias. – Y Kagura rió divertida ante la afirmación de su empleado. Se quedó pensativa un momento y volvió a dirigirle la palabra.

— ¿Recuerdas que a Gin tampoco le agradaba Kamui? – Le dijo, con una melancólica sonrisa, haciendo que el castaño dejara de hacer lo que estaba haciendo.

— Recuerdo una vez que el jefe le ofreció un café con sal en vez de azúcar. Era un hombre un poco infantil a pesar de su edad, pero eso era lo que lo hacía brillar. – Agregó en voz cálida mientras rememoraba divertido aquel suceso.

— Sí… Gin nos entregó muchas cosas, ¿sabes? Nos heredó sus enseñanzas, también sus preciados vinilos y sus gustos musicales. La empresa es algo que pasa a segundo plano. Sin embargo, quiero cuidar todo lo que él me ha dado… incluso a ti. Porque gracias a él fue que te conocí, Sougo. – Terminó de decirle mientras lo miraba con una cálida sonrisa desde el umbral de la puerta.

— Kagura… – Susurró el castaño. Había quedado ensimismado en la bermellón mientras la observaba con ojos brillosos y una mirada taciturna.

— Bien… – Se acomodó nuevamente para mantener una posición recta mientras sonreía de manera dulce. – Avísame cuando la cena esté lista, Sougo. Estaré en mi habitación. – Dijo, para luego dar media vuelta y retirarse de aquel lugar.

El castaño se le quedó mirando, aún frente a la cama que estaba tendiendo. Una cálida presión en el pecho lo estaba invadiendo y un nudo en su garganta se hacía presente con ferocidad mientras sentía que en el estómago se le lazaban los intestinos superando así la emoción causada en su ser cada vez que cortaba la carne de sus víctimas. Sí, el castaño había quedado estupefacto ante esa confesión de "cuidado" de su ama y no podía emitir palabra alguna.

20:00 horas.

El casi ritual de cenar todos los días cerca de las ocho de la noche en esa casa se hacía presente también en aquel momento, donde un no muy esperado invitado se encontraba sentado en una de las sillas de la mesa esperando con ansias su platillo de comida.

Kamui amaba comer, al igual que su hermana, y es que en eso esos dos se parecían demasiado. Aunque era en lo único que podían parecerse, aparte de lo físico.

Sus formas de ser se contraponían de sobremanera.

Kagura creía en el ideal feminista, mientras que Kamui pensaba que eso solamente eran burradas inventadas para que la mujer tuviera el "poder" que no se merecía en la sociedad de la época, según él.

Además, mientras el mayor podía estar escuchando todo el día esas horribles marchas marciales y militares que estaban de moda en esa época en Japón, (y es que no solo era por moda, sino que se prohibía rotundamente que algún músico nacional compusiera algo que no fueran esas horribles piezas), la menor disfrutaba de la música clásica, el Jazz y el Blues que Gintoki le había dejado en formato de vinilo antes de su partida, y que gustosa compartía aquellos gustos musicales con el castaño de ojos carmín.

Sin embargo, a pesar de sus notables diferencias, ahí estaba él irrumpiendo en el "pacífico" hogar de Kagura (que de pacífico no tenía nada porque de vez en cuando un asesinato ocurría por las noches), comiendo de aquel platillo que solo hace unos segundos le habían traído para que pudiera comer y degustar, o mejor dicho tragar.

— Los modales en la mesa, Kamui. – Le dijo Kagura cuando notó lo rápido que estaba comiendo su hermano. Si bien ella era menor que él, su alta madurez y clase podía notarse a lo lejos. Después de todo, había sacado las mismas características psicológicas de su madre.

— Hablando de modales, hermanita. – El joven bermellón limpió su boca con una de las servilletas de tela que estaba al lado de los servicios de plata. – Mamá irá a la fiesta de mañana. Así que si no quieres ir por hombres, tienes una buena excusa para asistir ahora.

— Ya veo… hace mucho que quiero ir a ver a mamá. – Sonrió para sí misma mientras su mirada reflejaba calidez. – Pero iré con escolta. Espero que no te moleste.

— Bueno. – Le respondió para volver a retomar lo que estaba haciendo.

Poco y nada le importaba al bermellón de azules ojos parecidos a los de su hermana que su consanguínea fuera acompañada por alguien a la fiesta. Después de todo, sus relaciones personales con demás seres racionales no afectaban en nada la vida privada ni social del bermellón. Sin embargo le seguía molestando que Kagura estuviera manejando una empresa ella sola. ¡Que se consiguiera un hombre! Los hombres saben mejor de empresas y economía que una mujer. O eso pensaba.

— Llevaré a Sougo. – Terminó de decir la dama, y a Kamui le faltó poco para atragantarse con la comida.

¿Con su empleado? ¿Escuchó bien? Tosió un poco y carraspeó la garganta producto de la impresión que la de azulinos ojos le había provocado.

Y es que Sougo tampoco se quedaba atrás. A pesar de mantener siempre su monótono rostro, en esa ocasión no pudo ocultar su pasmo al escuchar decir tales palabras saliendo de los dulces labios de su ama.

— ¿Acaso sabes lo que significa llevar a tu empleaducho a esa fiesta? ¿Quieres dejarme mal parado?

— ¿Por qué te dejaría mal parado? Sougo tiene más educación de la que tú posees, Kamui. Además, con solo mirarlo te das cuenta de que es bastante apuesto y de buen porte. De seguro se llevará todas las miradas de las mujeres que te pretenden aun estando casado, hermano mayor. – Kagura lo miraba con sonrisa estratega mientras dejaba reposar su pera en sus manos entrelazadas arriba de la mesa.

— Mi Señora, yo no…

— Sougo. – La dama le dirigió una mirada al castaño en cuanto noto que el recién mencionado nuevamente iba a hacer uso de su falsa modestia. – No te estoy preguntando, es una orden. – Y le sonrió para ocultar un poco la dureza de sus palabras.

— Tsk… Está bien. Si quieres llevar a un simple empleado, hazlo. Eso a mí ya no me concierne. – Kamui siguió degustando aquel platillo, aunque ahora su rostro reflejaba disgusto y de vez en cuando lanzaba miradas que combinaban con su estado anímico a su hermana.

Sougo estaba feliz de sobremanera. Y por supuesto, que Kagura lo haya invitado a tal fiesta con la alta sociedad era algo que no se daba todos los días.

23:00 horas.

Costumbre era que Sougo Okita diera todas las noches un paseo por la casa solo para relajarse un poco. Estar al pendiente de todos los arreglos en ese hogar y de sus subordinados era agotador, después de todo.

Un paseo por los pasillos de esa silenciosa casa. Sin ruidos, sin movimientos. Y es que ni las moscas entraban a molestar tal guarida después de todo.

Sin embargo, aquel silencio fue brutalmente interrumpido en cuanto pasó por al lado de la habitación de huéspedes. Y es que ¡cómo no iba a ser interrumpida tal parsimonia si la puerta de aquel cuarto estaba prácticamente abierta de par en par!

Gemidos, suspiros y exageradas pronunciaciones de nombres. Se podía ver como el sudor corría por sus cuerpos, y es que estaban tan ensimismados en sus acciones que ni cuenta se daban de que Okita los había descubierto.

— Sería una lástima que Saito se enterara de todo esto, Nobume. – Dijo el castaño en voz alta, mientras veía como unos azules y rojos orbes impresionados le dirigían la mirada. – Si no quieren que el empleaducho los descubra, deberían al menos cerrar la puerta, ¿no, Kamui?

— ¿A quién llamas por su nombre tan confianzudamente, empleado de mierda? – Kamui Yato estaba que echaba humos, y es que no era para menos; le acababan de interrumpir el "reencuentro" con Nobume. No disfrutaba de un buen sexo hace bastante tiempo.

— Llamarte por tu nombre no es nada comparado a la confianza que tomaste al tener sexo con la puerta abierta en casa ajena. – Le aclaró el castaño. Al parecer era verdad que Sougo tenía muchos más modales que los que tenía Kamui.

— Sougo, por favor… No le digas nada de esto a Saito. – Le rogaba la azabache mientras cubría su desnudo cuerpo con una sábana. Se notaba a lo lejos lo asustada que estaba al pensar que su superior abriría la boca.

— No te sigas entrometiendo en mis asuntos si no quieres que Shimaru sepa lo ramera que puedes llegar a ser. Es mi última advertencia. – Y salió de aquella habitación con tono y paso firme mientras los dos implicados seguían acostados en la cama, aunque ahora, pareciera que un balde con agua fría les hubiera caído encima.

Al fin, Sougo Okita sentía que ya no debía preocuparse por las intromisiones de Nobume… ¿o quizás sí?