- - ¡¿Una chocolatería?! – exclamó Jim entre respiros incapaz de contener el ataque de risa. Spock había estado envuelto en una nube de misterio todo el día, avisándole desde temprano que quería llevarlo a un lugar muy particular de la ciudad aquella misma noche, y del que estaba seguro Jim encontraría mucho placer. Eso había encendido a niveles cósmicos su curiosidad, y aunque se había mancillado la dignidad entre ruegos, Spock estuvo determinado a guardar silencio.
El local parecía operar en la ilegalidad por lo apartado que estaba de la vista pública (habían tenido que tomar el metro y bajar a los barrios subterráneos). Pero Spock le explicó que era poco probable sino imposible que un negocio operara anónimamente en Vulcano, sobretodo en una metrópolis como ShirKah. Más bien los negocios extranjeros que buscaban eludir la larguísima lista de restricciones y sanciones que el gobierno imponía por el tipo de mercancía que ofrecían se instalaban en las "avenidas subterráneas", donde seguían con el pago de impuestos pero las autoridades hacían la vista gorda en cuanto a ciertas infracciones que a públicamente les haría perder incluso el permiso de residir en el planeta. Jim vio toda clase de tiendas, desde aquellas que comerciaban piedras preciosas de todas partes del cuadrante (algunas reconoció completamente ilegales por regulaciones de la misma Federación) hasta otras plagadas de fanfarronerías donde se ofrecían elíxires y artilugios de todo tipo.
Y sin embargo, Spock le había llevado hasta una chocolatería.
Sabía que aquello había sido producto del pasivo e imperceptible sentido del humor de su marido, y desde luego que había conseguido sonsacarle una buena risa.
- Ni siquiera necesito que me expliques por qué una chocolatería terrestre estaría en los sectores "underground" de Vulcano. – dijo limpiándose una lagrima del rabillo del ojo. – Ha sido una idea genial, querido, siento que quien está siendo mimado soy yo, cuando deberías ser tú. – Luego de darle un estruendoso beso en los labios, ambos entraron en el bar que estaba considerablemente lleno, y se sentaron en una de las mesas vacías del costado izquierdo en el que la pared era de vidrio y se podía ver todo el movimiento de la curiosa avenida.
Aunque hacía poco que acababan de cenar, a Jim se le hizo agua la boca al ver todos los postres, dulces, bebidas e incluso platillos salados acompañados de chocolate en el menú. Al final se decidió por un Raelyek, una fruta dulce de consistencia parecida a la sandía terrestre, aunque con un sabor muy distinto que dejaba una sensación de picor en la lengua, eso acompañado con el inigualable dulce terrestre le obsequiaron una experiencia culinaria casi sensual. Spock por su parte, dado que el chocolate tenía para él y su raza un efecto tóxico igual al alcohol para los humanos, no tuvo más remedio que conformarse con una bebida de frutas común. La lista de Evekh sobre los alimentos prohibidos para su marido en periodo de embarazo había sido muy clara sobre el consumo de chocolate.
El local tenía todas las de hacerse pasar por un bar terrestre. No estaba seguro qué tan potentes resultaran los efectos sobre otras especies, pero era evidente que lo disfrutaban de igual manera. Pocas veces había visto a Spock embriagarse con chocolate, dado que decía odiar aquel estado de "descontrol y salvajismo". Lo cierto es que para Jim había sido de lo más cómico, que inevitablemente desembocaba en ciertas actividades del tipo sexual, pues por un momento acercaba más a su marido a su lado humano emocional, y para Jim aquello solo significaba ganancias.
Cuando hubo terminado, salieron del local y se dispusieron a dar una caminata. Si allá arriba había atestiguado de primera mano la diversidad de Vulcano de la que Spock tanto le había hablado, aquí abajo fue varios niveles más intenso. Las avenidas subterráneas, así como los barrios bajos terrestres, estaban especialmente diseñados para aquellos de aficiones, gustos y estilos particularmente insólitos.
Cuando pasaron frente a un callejón, algo llamó por completo la atención de Jim. Había un movimiento especial ahí. En su mayoría vulcanos, algunos con sus kirsharas y otros con vestimentas modernas se movían entre los establecimientos en actitudes absolutamente ajenas a sus naturalezas.
- - ¿Qué está sucediendo ahí? – preguntó con la curiosidad casi arrastrándole a inmiscuirse entre la multitud y descubrirlo él mismo.
- - Estas son las Denaks. Así son conocidas las avenidas donde están ubicadas las casas de placer en Vulcano. – respondió Spock. – Exclusivas para quienes están en ciclo de Pon Farr.
- - Vamos a echar un vistazo. – exclamó Jim de inmediato, decidido. ¿Casas de placer vulcanas? No había forma de que saliera de ahí sin aprovechar la oportunidad. "A Bones le va a encantar." – pensó soltando una risita juguetona.
Fue revelador ver con sus propios ojos a vulcanos mostrarse intensos en plena calle, desinhibidos de sus naturalezas recatadas e intelectuales a las que estaba tan acostumbrado. Los veía reír a carcajadas, gritar, hacer escándalo, embriagarse, pelear y montar drama callejero como cualquier otra especie emocional.
Al entrar a uno de los pubs, fueron recibidos por un delicioso y poderoso aroma afrodisíaco mientras la música exótica sonaba a todo volumen. El ambiente era sofocante, caliente y muy cargado de estimulantes visuales por medio de luces coloridas, que formaban patrones holográficos extraños en son de las melodías. Los clientes podían optar por sentarse solos, en pareja o en grupos. Jim y Spock encontraron una mesa vacía y se sentaron para admirar el ambiente.
- - Me habías contado al respecto, pero jamás imaginé que fuera de esta manera. – confesó Jim sorprendido. Spock también había sido bastante escueto con su descripción y no había conseguido impresionar demasiado a su marido con los relatos.
- - Es lógico. El sexo es un gran pilar económico para Vulcano tanto como lo es para la Tierra.
- - No puedo discutirlo.
La raza vulcana tenía 5 sexos y oficialmente 12 géneros. Todos ellos se desplegaban en el display junto a una serie de números y características físicas.
- - Un menú de opciones. - exclamó Spock- Escoges la pareja o las parejas que buscas según tus predilecciones físicas y de género. Entonces despliega los posibles candidatos que buscan personas como tú. Cuando escoges a alguien tus datos son enviados a su mesa y la persona decide si quiere quedar contigo o no.
- Oh, mira, incluso hay una opción para los que buscan extranjeros. – respondió navegando a través de la interfaz en variados perfiles que iban desde Cardassianos, J'naiis y Ferengis hasta Trills que exponían incluso las características específicas de sus simbiontes. – Hay mucho de donde escoger sin duda… - Entonces se detuvo y le lanzó una mirada fisgona a su marido. - ¿Alguna vez visitaste uno de estos lugares?
- Sí, de hecho. – dijo como si le estuviera preguntando sobre algún reporte científico. – Cuando estaba en la academia de la Flota Estelar tuve mi primer Pon Farr. Ya estaba prometido a T'Pring, pero no habíamos alcanzado la madurez, así que el llamado no se estableció. Regresé a Vulcano y no tuve más opción que las Denaks.
- No tuviste opción, ¿eh? – bromeó dándole un pequeño codazo en las costillas, a lo que Spock respondió con una ceja arqueada. Quiso preguntarle cual año de la academia había sido, considerando que no le había perdido de vista desde el primero, sin embargo se contuvo, no quería poner incómodo a su marido con demasiadas preguntas al respecto.
- Por tu condición humana es lógico que tengas deseos de experimentar. – Soltó Spock de repente - Sabes que no me afectan los celos ni las inseguridades que puedan resultar de esto, así que has uso de tu libertad de elegir si te place.
- ¿Estás loco? – respondió entre risas rodeándole de la cintura – Sé que no te afecta. Y tampoco mentiré diciendo que esto no me atrae, claro que sí, tengo muchísimo tiempo de no visitar un lugar parecido. ¿Pero sabes qué? Preferiría experimentarlo contigo. – y luego de depositarle un casto beso en la mejilla, añadió - Puedo esperar.
Luego de un rato decidieron que era hora de marcharse. Salieron del establecimiento tomados de la mano y Jim se sintió a gusto por un momento al notar que ahí no llamaban en lo absoluto la atención y podía disfrutar de esas pequeñas cosas con su marido sin recibir miradas reprobatorias o alarmadas de los transeúntes.
- ¿Cuál es tu opinión de Vulcano hasta el momento? – quiso saber Spock.
- Honestamente, ha cambiado mi percepción del planeta en muchos sentidos. – Admitió. – Creo que la idea generalizada de Vulcano procede de su misma raza nativa. Tendemos a construir una idea de cierto lugar por lo que percibimos de sus representantes, y déjame decirte que ustedes han tenido mucho que ver en eso.
- No puedo discutirlo. Aunque Vulcano es muy estricto en ciertos aspectos que solo podrás reconocer si convives lo suficiente dentro del sistema, que no discrimina ni atenta contra la libertad de ninguna clase de diversidad, siempre y cuando contribuya o no represente peligro para la colectividad, pues de no ser así significaría una contradicción a la misma filosofía de Surak, sobre la que basamos nuestro orden político y social. Y sin embargo, también he de admitir que-…
Spock entonces pasó un brazo por los hombros de su esposo en un gesto evidentemente afectivo y murmuró – No te alarmes, ni voltees a ver, pero estamos siendo perseguidos.
Jim correspondió soltando una carcajada tonta y rodeando a su marido por la cintura. Ahora entendía por qué Spock había conducido la caminata por una ruta no establecida, con la intención de verificar sus sospechas. – ¿Cuántos son? – murmuró.
- A la vista, cuatro. Llevan la cabeza cubierta.
- ¿Qué sugieres?
- No podemos hacer nada más que esperar a que reaccionen primero. Nuestra prioridad es alcanzar el metro lo más pronto posible.
- No me parece buena idea, si lo que pretenden es hacernos daño, ahí seremos presa fácil. – Le deposita otro beso en la mejilla.
- Ellos lo serían también. Aunque tienes razón, es mejor continuar como lo hemos estado haciendo hasta ahora. ¿Vas armado?
- Siempre. – respondió Jim palpando disimuladamente el phaser que llevaba en el bolsillo izquierdo.
Siguieron caminando y sosteniendo una conversación banal alertas a los movimientos de los cuatro individuos que avanzaban entre la multitud y que ante la extravagancia que les rodeaba pasaban fácilmente desapercibidos.
Repentinamente dos explosivos fueron detonados a diez metros a la redonda de su posición, generando caos instantáneo. El humo denso quedó atrapado en el ambiente y entre la confusión y los gritos, dos phasers fueron disparados directamente hacia sus blancos. Los dos tuvieron la suficiente agilidad de apartarse del ataque y refugiarse entre los escombros de uno de los negocios derribados. Las alarmas de seguridad comenzaron a sonar y ya era cuestión de segundos para que la policía arribara a la escena. Los atacantes parecían estar al tanto de ello, así que salieron de la bruma y comenzaron a disparar a quemarropa. Ambos respondieron al ataque con más cautela, pues los civiles continuaban en los alrededores, muchos de ellos heridos por los explosivos. Jim comprendió que para evitar más daños colaterales debían de intentar ganar tiempo en un combate cuerpo a cuerpo, así que se abrió camino entre los disparos mientras Spock mantenía posición.
Todo sucedió en cuestión de segundos. Jim consiguió quitarle el phaser de las manos a uno de los atacantes y la fiebre de la supervivencia se apoderó de cada fibra de su ser mientras el cuerpo de su adversario se lanzaba en su contra. Sin embargo, el enfrentamiento no duró demasiado. Dos disparos atravesaron la bruma y asestaron directamente en las cabezas de los atacantes. Sin detenerse a pensar, Jim se volteó y tomó del brazo a Spock para sacarlo de ahí. Corrieron por una calle lateral mientras escuchaban a sus espaldas la llegada de las patrullas policiales y el sonido indiscutible de la desmaterialización. Cuando se detuvieron y voltearon las miradas, los cuerpos habían desaparecido.
Por instinto, continuaron corriendo varias cuadras más arriba y minutos después, escucharon otra explosión.
Llegaron al hotel a la mañana siguiente. Habían pasado el resto de la noche en una delegación narrando lo sucedido una y otra vez mientras la embajada terrestre, representantes de la Federación y la Flota Estelar se hacían presentes para prestarles protección judicial en caso de que fuera necesario. Los cuerpos de los dos atacantes habían sido transportados a una locación desconocida y la ubicación de los otros dos era un misterio, así como sus identidades y propósitos. Ni siquiera la reconstrucción holográfica había sido útil para identificar sus rostros, pues lo que les había mantenido protegidos parecía ser un material que distaba mucho de ser tela común. La última explosión había borrado cualquier pista capaz de ser recolectada.
Cuando las autoridades obtuvieron de ellos todo lo que fue posible, no tuvieron más opción que dejarles en libertad bajo presión de la Federación, quienes además les brindaron la protección que necesitaron para salir de ahí sin tener que enfrentarse a la marea de periodistas que se lanzó contra ellos hambrientos de información. Se hablaba desde crímenes de odio por la "excepcional condición" de Spock hasta atentados terroristas en contra de la misma Federación.
Amanda había llamado a primera hora de la mañana a punto del colapso nervioso preguntando sobre el estado de Spock y el bebé, avisándoles que la noticia se había esparcido como fuego llamando la atención incluso de la prensa internacional, al estar involucrados dos de los más reconocidos oficiales de la Flota Estelar. Al parecer el embarazo de Spock había causado más revuelo en los medios sensacionalistas que el propio ataque de la noche anterior.
Presa de la ira y la frustración, Jim había dejado bastante claro a la seguridad militar federativa que los acompañaba que no dejaran pasar ninguna llamada ni ninguna visita que no fueran las del doctor Evekh y sus suegros. La noticia de que estaban a salvo debía de bastar para sus amigos y colegas por el momento.
- Nada tiene sentido. – soltó mirando con desprecio el desayuno. - ¿Por qué? ¿Quién estaría tan empecinado en hacernos daño? Es cierto que somos figuras reconocidas de la Flota Estelar, pero demonios, ¡estamos retirados! Nadie ganaría nada con nuestras muertes. Es claro que no buscaban sacarnos información.
- Pudimos habernos ganado un par de enemigos en nuestros viajes, lo sabes mejor que yo. – Apuntó Spock. – La razón de estos ataques podría ser cualquier cosa que hicimos en el pasado, en los años de exploración con la Enterprise.
Jim gruñó como respuesta. ¿Cómo era posible que no hubieran podido recolectar ninguna pista? Según los informes, él último explosivo había prácticamente evaporizado todo lo que hubiera en un radio de quince metros, incluyendo policías y heridos que estaban en la escena. ¿Por qué alguien se tomaría semejantes molestias? ¿Qué significaban ellos para quienes los buscaban que les había importado un bledo poner en riesgo la operación atacando en el mismo centro de la capital vulcana y exponiendo su existencia no solo al planeta entero, sino también a la Federación? Ahora estaban bajo el radar del V'Shar, nombre por el que se conoce al servicio de inteligencia vulcano, y Jim sabía que solo era cuestión de tiempo para que hasta los autores intelectuales fueran capturados y llevados ante la ley.
- Esto es lo que menos necesitas ahora mismo. – gimió sintiéndose dolorosamente impotente. Alargó el brazo y le tomó de la mano. - Deberíamos marcharnos de aquí.
- No nos dejarán salir del planeta mientras las investigaciones continúen. – respondió Spock levantándose de la silla y rodeando el cuello de su esposo con sus brazos, reconociendo que necesitaba de contacto físico. – Estoy bien. – Le susurró a la oreja. – El bebé está bien, puedo sentirlo.
Jim se volteó sobre la silla y abrazó a Spock por la cintura, atrayéndolo más cerca y apoyando la cabeza sobre su vientre que comenzaba a sentirse abultado.
- En todo lo que puedo pensar es que necesito protegerte. Haría cualquier cosa por ti y el bebé, Spock. No podría soportar que… - Su voz se quebró mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Spock entrelazó sus dedos entre el cabello de su esposo y guardó silencio. Se mantuvieron así por largo rato, hasta que el sonido del transmisor de la puerta principal destruyó la atmósfera.
- Debe ser el doctor. – susurró Spock, y Jim detestó la idea de romper el contacto, sin embargo, la importancia de aquella consulta le impulsó a reunir las fuerzas que necesitaba para levantarse a atender.
Evekh apareció de pie frente a la puerta. Lucía bastante mal. Arrugas de preocupación surcaban su usualmente tersa y relajada piel del rostro y su boca parecía absolutamente incapaz de retener la lluvia de preguntas que se obligaba a mantener al margen por educación.
- Vine lo más rápido que me fue posible, tuve que reunir todo lo que necesito para hacer un diagnostico completo sin que ustedes tengan que movilizarse al consultorio.
- Gracias por atender tan pronto. – exclamó Jim dejándole pasar.
- ¿Cómo se siente? – le preguntó a Spock mientras este se acostaba sobre la cama, desnudo.
- Físicamente bajo los estándares, excepto por el inevitable estrés y fatiga mental consecuentes a los acontecimientos de ayer.
Evekh comenzó a escanear el cuerpo de Spock para obtener las lecturas preliminares. Mientras lo hacía, Jim no pudo evitar notar que bajo la bata blanca llevaba los brazos envueltos en unas mangas que cubrían hasta sus dedos, haciendo las veces de guantes. El brazo que sostenía el tricorder parecía peculiarmente tenso como si fuera completamente incapaz de estirarlo, y tras unos momentos de observación, comprobó que usaba su otro brazo para acciones que involucraran más movimiento.
- ¿Qué le sucedió a su brazo? – soltó sin pensar, de inmediato sintiéndose idiota. ¿Qué tenía de importante el maldito brazo del doctor cuando estaban en medio de semejante situación? Deseó que Evekh no hubiera escuchado la pregunta, pero ya era demasiado tarde.
- Sufro de artritis. – exclamó con una expresión de disculpa. – Los cambios de temperatura me afectan mucho. Llevo ropa especial que me permite mantener un grado de temperatura corporal constante.
Evekh siguió explicándose, pero la atención de Jim por su respuesta había terminado en la primera frase. Luego había pasado a las lecturas del tricorder que alcanzaba a leer desde su posición. Sintió como su cuerpo liberaba toneladas de tensión al notar que todo parecía estar en orden.
Evekh terminó con los exámenes y transmitió buenas noticias. El bebé estaba en condiciones normales y no parecía haber sufrido ninguna clase de percance o cambio en su desarrollo.
- No sé como agradecerle. – exclamó Jim con el alivio vistiendo sus palabras de alegría auténtica.
- Es mi trabajo. – respondió Evekh con una sonrisa. – Ahora será mejor que se asegure de que Spock se mantenga en un ambiente libre de estrés y descanse lo suficiente.
- Me encargaré de eso. – dijo Jim lanzándole una mirada resuelta a Spock.
Cuando se despidieron, Evekh se limitó a hacer el saludo vulcano, y cuando Jim le ofreció la mano para una despedida más terrestre como acostumbraban, titubeó. Ninguno de los dos lo notó, por supuesto, sin embargo, Evekh se apresuró a corresponder y hacer del contacto lo más breve posible. Las manos a penas se tocaron y de inmediato dio media vuelta para salir de ahí; aún así, estuvo seguro que el humano había sentido aquella superficie dura, para nada semejante a un tejido vivo.
No obstante, esperó que las buenas noticias que les había dado funcionaran como suficiente distracción.
- El V'Shar compite de igual a igual con el Tal Shiar*, Evekh. Los rumores que circulan al respecto acobardarían a los más sensatos. – Le recordó Soong mientras el vulcano se recostaba en la silla reclinable frente a la ventana al fondo de una habitación en penumbras. Las luces de la ciudad a sus pies se reflejaban en su piel particularmente blanca, sobre todo en sus extraños ojos amarillos. – Estás demente si crees que puedes contra los dos.
- No me atraparán. – le interrumpió, harto de tener que darle explicaciones al hombre que ignoraba la mitad de lo que él sabía. – Y en caso de que lo hicieran, no obtendrían nada de mí más que el mero conocimiento de que existí.
- Te mueres y la misión muere contigo. No es una opción.
- Ya sé que no es una opción, Noonian. – soltó preguntándose quién le resultaba más insoportable, si él o su hijo. – Necesito el tejido nuevo con urgencia.
- Lo enviaré en cuanto esté listo, no esperarás más que un par de horas; mientras tanto, ocupemos este respiro para ajustar algunos detalles del plan original.
Evekh guardó silencio y se limitó a mirar sin observar el movido ambiente del exterior. Y como un doloroso e inevitable recordatorio de que si fallaba tenía todo para perderlo, su imagen reapareció en su memoria. Sereno, casi inexpresivo si no fuera por lo que había en sus ojos, que delataban la profunda sensación de desaliento que lo había acompañado hasta el final. "Nací por él y del mismo modo he de morir, si es que semejante destino es ya inevitable." Pensó, cortando de súbito la comunicación con el doctor Soong para permitirse abrazar por la tensa quietud de la noche.
*Servicio de Inteligencia Romulano.
