Me acabo de dar cuenta de lo corto que es este capítulo; así que, si mañana tengo un hueco, subo el 10 para compensar. Como podéis comprobar, no tengo límite en los capítulos; o son infernalmente largos o son demasiado cortos... en fin... xD
ENJOY!
Camuflado entre la marea de viajeros del vuelo 740, el doctor Lecter caminaba con paso firme hacia la zona de recogida de maletas. Procuró no adelantarse ni atrasarse demasiado respecto a sus compañeros de viaje; el centro de la manada sería un lugar perfecto para pasar desapercibido. Los guardias fronterizos prestaban más atención a los extremos de la fila de la aduana. Conforme avanzaba en la heterogénea línea, se puso las gafas de sol y se ajustó la gorra a la cabeza; ahora llevaba el pelo más corto y más claro que la última vez que había estado en los Estados Unidos. Volvió a colocar, de manera estratégica, sobre su mano la misma revista con la que había ocultado la cicatriz en el aeropuerto de Mallorca. Sacó el pasaporte y esperó a que los dos viajeros de delante terminaran de explicar las razones de su viaje; todo aquello le resultaba terriblemente tedioso.
—Siguiente —anunció el policía ajustándose los pantalones. Hannibal caminó hasta él y entregó la documentación. Bajo las oscuras gafas, sus ojos granates estaban fijos en el agente; buscaba cualquier signo de peligro en sus facciones. La situación era irónica para él; era uno de los hombres más peligrosos y perseguidos de los Estados Unidos, por él se habían gastado altas sumas de dinero en concepto de vigilancia y seguridad y su rostro había sido expuesto hasta la saciedad en diversos medios de comunicación durante casi una década; sin embargo, allí se encontraba, de pie frente a un agente de la ley que tenía entre sus manos el rostro modificado del infame doctor Hannibal Lecter. Si la gente que le rodeaba hubiera sabido quién andaba entre ellos, habrían escapado horrorizados—. ¿Puedo preguntar el motivo de su viaje, señor Dyer?
—Vengo a buscar a mi esposa —respondió Hannibal con total tranquilidad.
—¿A su esposa? —estaba claro que una respuesta tan escueta no iba a ser suficiente para el policía. El doctor ladeó la cabeza y apoyó el peso de su cuerpo suavemente sobre la pierna derecha.
—Vino hace unas semanas con los niños a visitar a su hermana —explicó mostrando una paciente sonrisa—; yo estaba trabajando y...
—¿A qué se dedica, señor Dyer?
—Tengo una tienda de antigüedades en Andratx —el policía le miró alzando las cejas. Demasiado para él, pensó Hannibal con sorna—. España —matizó.
—¿Solo viene a recoger a su esposa —remarcó bien la primera palabra—, o pretende quedarse una temporada? ¿Puedo preguntar qué cantidad de dinero trae consigo? —el doctor temió que aquella entrevista se fuera a alargar más de la cuenta y atacó al hombre por su punto más vulnerable; la solidaridad con un espécimen de su mismo género.
—Escuche —dijo acercándose al agente y bajando la voz—, yo no habría venido; pero ya sabe como se ponen los críos en vacaciones; no hay quién los aguante. Mi mujer se ve incapaz de regresar a casa sola con ellos y podría decirse que me ha obligado a venir —cerró la frase con una falsa sonrisa avergonzada. Tras unos instantes mirando el pasaporte de Víctor Dyer, el policía le cerró y se le entregó a Hannibal notablemente más relajado.
—En época de vacaciones es cuando la gente aprovecha para colarse en el país de manera ilegal, ¿sabe? —sonaba más a disculpa que a explicación. El hombre había caído en la trama del doctor—. Espero que el viaje de regreso sea tranquilo.
—Dios le oiga —respondió Hannibal suspirando.
Con una sonrisa de satisfacción dibujada en la cara, el doctor agarró su maleta y caminó hacia la salida del aeropuerto Nacional de Washington. Hannibal Lecter estaba de vuelta en los Estados Unidos.
A pesar de saber que disponía de tiempo suficiente, empezó a preparar la fuga en el momento en el que puso un pie en las abarrotadas calles de Washington. No le convenía llamar la atención, por lo que durante su estancia, se vería obligado a dejar de lado las ostentaciones. Lo primero era encontrar un lugar donde alojarse; aunque no esperaba permanecer en la ciudad más de una semana debía dar la impresión de que así iba a ser. Alquiló un pequeño apartamento no muy lejos del aeropuerto, en el distrito de Alexandria. Estaba a la distancia perfecta del centro; no se vería obligado a realizar desplazamientos largos una vez su plan se pusiera en marcha. Firmó un alquiler por tres semanas.
Tras instalarse, buscó un vehículo con el que poder desplazarse. Pasando de largo de los Jaguar y los Bentley, su atención se fijó en una pickup Dodge del 86 color granate lo suficientemente deteriorada como para pasar inadvertida ante los ojos de la gente.
Dos días después estaba preparado para comenzar a buscar localizaciones. Se mantenía constantemente informado de los avances del caso y eso le permitía saber el margen de tiempo con el que podía contar. La investigación había llegado a su punto final y no habían perdido tiempo en fechar el día del juicio; cuanto antes terminaran con aquel asunto, antes podrían enterrarlo en el sótano más oscuro del FBI. Los medios de comunicación aseguraban de que el juicio constaría tan solo de dos jornadas, pues las pruebas contra Clarice eran tan evidentes que el jurado no tendría demasiado en qué pensar. Hannibal comenzó a trabajar contra reloj; tan solo contaba con tres días para tenerlo todo preparado.
Hizo una visita a los juzgado. Aparcó su pickup dos manzanas al sur del edificio y caminó por los alrededores con un mapa entre las manos. A ojos de cualquier transeúnte parecía un turista perdido más tratando de encontrar un punto de encuentro.
El edificio estaba custodiado en la puerta de entrada por dos hombres armados. Hannibal los observó con curiosidad; desde la acera parecían un par de maniquíes recién sacados de una tienda de uniformes. Al final del bloque había una señal que prohibía el acceso a cualquier vehículo no autorizado; Hannibal caminó hacia ella y se detuvo al acabar la acera. La entrada de la parte trasera permanecía cerrada con una barrera levadiza; pero carecía de guarda de vigilancia. Varios metros detrás de la barrera la carretera se dividía en dos; la parte de la izquierda era el acceso al aparcamiento subterráneo de los juzgados, la derecha llevaba hasta el otro aparcamiento. El doctor comprobó que había un par de coches de policía estacionados en esa zona. Uno de los agentes que estaba junto a los coches se percató de la presencia de Hannibal y sacando las manos de los bolsillos del pantalón comenzó a caminar en su dirección; el doctor echó una rápida ojeada a su alrededor, miró el mapa y continuó calle arriba sin detenerse.
Tras salir del centro de Washington dedicó el resto del día a recorrer la zona oeste del Potomac en busca de un lugar apartado donde poder dejar su vehículo; pero todo eran barrios residenciales y calles con demasiado tránsito. No fue hasta pasada la media tarde cuando encontró un sitio más o menos apartado. Estaba al sur de Annandale, al final de lo que parecía ser una calle abandonada. Apenas había coches aparcados a los lados de la carretera y los pocos que había eran tan destartalados como el suyo. Muchas de las casas parecían estar deshabitadas y daba la sensación de que allí no habían llegados los adelantos de la gran ciudad. Era un lugar perfecto, pensó Hannibal; un auténtico vertedero residencial a poco más de media hora del centro.
Aparcó la pickup al final de la carretera y regresó caminando a casa. Se sintió satisfecho al ver que la trampa estaba montada; ahora solo tendría que esperar la llegada del juicio.
Corto pero con más texto que diálogo... estoy cambiando demasiado, mi sentido arácnido está alterado y eso se nota en lo que escribo.
Mañana más y más largo (creo que el 10 es algo más largo, pero tampoco os lo puedo asegurar, xD)
