El calor de pasión
ESTA HISTORIA ES UNA ADAPTACION
LOS PERSONAJES SON DE LA GRANDIOSA STEPHENIE MEYER
Capítulo 8
UN INVOLUNTARIO gemido escapó de la garganta de Bella y Edward se volvió. Pero para entonces ella ya se alejaba, con la única idea de escapar. Bajó corriendo las escaleras que llevaban a los jardines, sollozando.
- ¡Isabella!
Se encendieron unas luces, iluminando el exterior. Bella siguió corriendo ciegamente, ajena a los arbustos con que se arañaba. Se dirigió a toda velocidad hacia las escaleras que llevaban a la Playa. Uno de los tacones de sus zapatos se quebró y se detuvo un momento para quitarse el otro y tirarlos. Edward iba tras ella. Podía oírlo y aceleró la marcha como si tuviera al diablo tras sus talones.
En cuanto alcanzó la playa se ocultó tras los árboles, esforzándose desesperadamente por no respirar, con la mano apoyada contra la convulsa boca.
- ¡Isabella! - bramó Edward y ella se quedó helada en su escondite.
Vio cómo se alejaba por la playa, con las manos en las caderas y una desesperada urgencia en sus agresivos movimientos. Si la encontraba, era posible que la arrojara al mar con una piedra atada al tobillo. El secreto que Bella había averiguado podía suponer un gran peligro para él. Al ver que se dirigía hacia el muelle, ella salió corriendo en dirección contraria.
Su vestido se desgarró en una rama que le arañó dolorosamente el abdomen. Siguió corriendo hasta que no pudo más. Los senos le pesaban por el esfuerzo de respirar y cayó sentada donde estaba, abrazándose a sí misma con temblorosos brazos.
Edward y Tanya. La esposa de su padre. Era obsceno, intolerable... ¿Cómo podía haber estado tan ciega? Se cubrió el rostro con las manos y quiso llorar. Su presencia allí no era más que una pantalla de humo para aquella visita. No era de extrañar que Tanya hubiera tratado de retrasar la boda. Estaba enamorada de Edward. Dios santo... Y Edward le había hecho el amor a ella durante la noche pasada mientras la mujer a la que de verdad amaba dormía bajo el mismo techo. Tanya era la que la había alojado en la habitación que ocupó la primera noche. Estaba celosa. No había querido que el engaño llegara tan lejos. Pero Edward era más listo y había jugado a dos bandas.
Una ramita se quebró. Esa fue la única advertencia. Bella abrió sus inflamados ojos. Edward estaba frente a ella.
¡Vete! - gritó.
Él la ignoró. Inesperadamente, se agachó junto a ella y tomó con suavidad uno de sus pies descalzos.
- Te has cortado... ¡estás sangrando!
Bella era ligeramente consciente de ello, pero era su corazón , su orgullo y su capacidad para confiar en otras personas lo que estaba realmente resentido. Apoyó la cabeza en sus rodillas dobladas, tensa.
Edward maldijo entre dientes.
- ¡Ven aquí! - dijo, tomándola por un antebrazo.
- ¡No! - exclamó Bella, retirándose bruscamente para evitar el contacto.
- Tengo la sensación de haber sido condenado a muerte sin juicio previo.
- ¡Lo que has hecho es una vileza! Tanya y tú... esperando como buitres a que él muera - Bella se estremeció -. ¡Me siento sucia! ¡Sucia y estúpida!
Lo amaba. Esa era la dimensión de su estupidez. Se merecía todo lo que le había pasado. Merecía que la utilizaran y abusaran de ella. Su orgullo y autodisciplina deberían haberla protegido.
Edward soltó el aliento en un siseo y se irguió.
- ¡Sácame de esta isla! - sollozó Bella.
- Perra vida... - murmuró Edward -. La mujer a la que no quiero está obsesionada conmigo y la mujer que deseo se pasa el tiempo corriendo en dirección equivocada. ¡Dios mío! ¿Qué clase de miserable crees que soy? - preguntó con repentina y feroz hostilidad.
- Supongo que si no fuera por el dinero os habríais liado hace tiempo, ¿no? - dijo Bella, asqueada.
- ¿Quieres hacer el favor de escucharme? - preguntó Edward con aspereza.
Estaba a punto de contarle la verdad y ella no quería oírla. No quería oírle explicar cómo su amor por Tanya le había hecho olvidar su lealtad a la familia y cualquier sentimiento decente.
- ¡No quiero oírte! ¡No quiero saber nada!
- ¡No hay nada entre Tanya y yo! - exclamó Edward, frustrado -. Nunca lo ha habido y nunca lo habrá.
Aquello llamó la atención de Bella. Alzó el rostro y miró a Edward. La luz de la luna iluminaba los duros rasgos de su atractivo rostro.
- No es eso lo que me ha parecido.
- Conocí a Tanya por primera vez hace seis meses en una fiesta en Roma. Ella sabía que Carlisle se estaba muriendo. Me persigue desde entonces...
- ¿Te persigue? - repitió Bella.
- Las dos primeras veces que nos encontramos la invité a comer, simplemente porque era la mujer de mi padre - dijo Edward en tono sarcástico -. Pero Tanya interpretó equivocadamente mis invitaciones. Una noche se presentó en mi apartamento en Londres y me pidió que le dejara pasar la noche allí, contándome una estúpida historia sobre el miedo que tenía a dormir sola en los hoteles desde que una amiga suya fue violada. Caí en la trampa... pero la única cama en la que Tanya quería meterse era la mía.
Bella tragó con esfuerzo. - ¿Y?
- Me dijo que estaba enamorada de mí e hice que la llevaran a un hotel en medio de la noche. Pero Tanya es muy insistente, porque ningún hombre la ha rechazado nunca - murmuró Edward, haciendo una expresiva mueca -. Ella es una de las razones por las que te he traído aquí. Quería mantenerla alejada...
- Así que me necesitabas como... como parachoques. - Habría sido un poco difícil para ella meterse en mi cama si ya estaba ocupada - dijo Edward irónicamente.
Bella trató de recordar lo que Edward había dicho en la conversación con Tanya y se dio cuenta de que no había dicho nada que no encajara con lo que acababa de contarle. Le dolía la cabeza debido al esfuerzo de concentración. Casi tenía miedo de ceder a la intensidad de su alivio.
- Es tan hermosa - murmuró Bella.
Edward no dijo nada.
- Una tormenta en un vaso de agua - añadió ella, incómoda -. Lo siento. Había deducido...
- ¿Lo peor? ¿No es eso lo que haces siempre? - preguntó Edward, alargando una mano hacia ella para ayudarla a levantarse.
Bella lo miró a los ojos, necesitando que estos le confirmaran que Edward no deseaba a Tanya, pero no pudo leer nada en ellos. Edward no mostraba con facilidad sus emociones.
Mientras regresaban, Bella empezó a notar el dolor en sus pies y el escozor de los arañazos en sus brazos y vientre. Cuando llegaron a los pies de la escalera que llevaba de la playa a la casa, Edward se inclinó sin decir palabra y se echó a Bella en un hombro.
- ¡No puedes subirme hasta arriba! - protestó ella.
Pero lo hizo, aunque para cuando alcanzaron el último escalón todos sus músculos estaban tensos y el sudor le cubría la frente. Dejó a Bella en el ascensor que utilizaba su padre para bajar a los jardines y cerró la puerta. Después se apoyó contra ésta y la miró con repentina intensidad.
La oscura vibración de su magnetismo era muy potente. La mirada de Bella topó con los verdes ojos de Edward y su corazón empezó a latir aceleradamente. Una lenta y sensual sonrisa curvó la atractiva boca de Edward. Alargó una mano y abrió el panel de control del ascensor. Apretó un botón y éste se detuvo. Luego apretó otro para que las puertas no pudieran abrirse.
Apoyada en la pared opuesta, Bella empezó a sentir una temblorosa pesadez en sus miembros inferiores mientras Edward se acercaba a ella. Él apoyó las manos a ambos lados de su cabeza, echándole ésta atrás con la fuerza de su boca, besándola con la fiera marca de la posesión. Aquello despertó un hambre primitiva en Bella, haciendo que un intenso calor recorriera sus venas.
- Alguien podría... - jadeó cuando Edward se apartó de sus enrojecidos labios.
- Si no te tengo ahora mismo - dijo él con voz ronca -, me moriré.
Bajó con las manos los tirantes del vestido sin mangas que llevaba Bella y ella miró hacia abajo, aturdida al ver sus propios senos desnudos, sintiendo una mezcla de timidez y excitación ante la impaciencia de Edward. Con un gemido, Edward la alzó y lamió uno de sus erectos pezones mientras Bella se aferraba a sus hombros a la vez que un involuntario gemido de placer surgía de su garganta. Y cuando Edward empezó a mordisquearla, echó la cabeza atrás, sintiendo que estaba a punto de enloquecer de placer. Entonces él introdujo una mano bajo su vestido, deslizándola hacia arriba por un muslo.
- Me vuelves loco - gruñó, arrodillándose y bajando lentamente las braguitas de encaje de Bella hasta quitárselas -. Siempre me has vuelto loco.
Entonces enterró la boca ardientemente en el triángulo de oscuros rizos que había desvelado y Bella empezó a deslizarse hacia abajo por la pared hasta que él aferró sus muslos, haciéndola entreabrirlos.
- No... - gimió ella.
Pero Edward no la escuchó, y un segundo después Bella dejó de pensar, lanzada a un vórtice de extraordinaria excitación por lo que le estaba haciendo. Dijo su nombre con voz jadeante, rindiéndose por completo al placer mientras apoyaba las manos en la cobriza cabeza de Edward. Cuando éste volvió a colocarse a su altura, la besó de forma casi salvaje a la vez que la alzaba, haciéndole rodearlo con las piernas por las caderas para penetrarla de un impulsivo empujón.
Quedándose quieto, se estremeció contra ella, tratando de mantener el control.
- Nunca me he sentido así... ¡nunca! - murmuró con voz ronca.
«Te quiero ... » Instintivamente, Bella mantuvo aquellas palabras en su interior mientras Edward le apoyaba la espalda contra la pared del ascensor y empezaba a moverse, deprisa y despacio, con suavidad y aspereza, hasta que ella se vio poseída por un ritmo primario que la llevó a cotas de insoportable excitación. Cuando llegó al momento culminante, hundió los dientes en el hombro de Edward y alcanzaron juntos el clímax.
Con la respiración entrecortada, Edward la bajó lentamente al suelo de nuevo sin dejar de mirarla. La besó en la frente y empezó a recolocarle el vestido con torpeza,
- Será mejor que salgamos de aquí - indicó la luz roja que destellaba en el panel de mandos -. Los guardias de seguridad estarán de camino.
- ¿Qué? - gimió Bella, horrorizada.
Las puertas se abrieron. Edward la tomó por la mano mientras Bella seguía pensando incrédula en lo que acababa de permitir que le hiciera. ¡No podía creer que fuera ella la mujer que acababa de estar en el ascensor!
Edward corrió tirando de ella hasta que llegaron a la habitación. En cuanto entraron, cerró la puerta a sus espaldas y se apoyó contra ésta. Entrecerró los ojos y, de pronto, rompió a reír. Tras un momento de sorpresa, Bella se unió a él al ver el humor implícito en la huida casi adolescente que acababan de hacer de la autoridad.
- ¡Hemos corrido como dos críos! - dijo Edward, tratando de contener la risa -. Nunca había hecho algo así en mi vida.
Mirándolo reír, Bella supo que nunca lo había querido más que en esos momentos.
Bruscamente, Edward murmuró una imprecación. - He olvidado las heridas de tus pies.
- Yo tampoco me he acordado de ellas - dijo Bella tímidamente.
Edward la llevó al baño, donde sacó un botiquín. Le hizo, sentarse en el borde de la bañera y remojó sus pies. Luego, los secó con una toalla. Bella contempló con creciente asombro la increíble ternura con que hizo todo aquello. Qué mezcla tan asombrosa de opuestos era aquel hombre, pensó dolorosamente. El antiséptico que le aplicó a continuación hizo que sus ojos se llenaran de lágrimas debido al escozor.
- No debes nadar durante un par de días.
- De acuerdo.
Edward la tomó en brazos y la llevó a la cama. Luego descolgó el teléfono.
- ¿Tienes hambre? - preguntó.
Bella descubrió que sí la tenía. Edward encargó unos sándwiches.
Cuando estaba tumbándose, se fijó por primera vez en el desgarro del vestido de Bella. Antes de que ésta pudiera objetar nada, se lo quitó y descubrió el arañazo que tenía en el vientre.
- Por favor.. no me des ahí el antiséptico - rogó ella con total cobardía.
Edward sonrió y presionó los labios tiernamente contra el vientre de Bella. Luego alzó la cabeza y la miró con repentina seriedad.
- Anoche, cuando vi la foto de tu marido, me puse enfermizamente celoso.
Bella se sintió conmovida por su sinceridad.
- Lo sabías - añadió Edward, asintiendo -. Me sorprende que no me arrojaras la foto a la cara.
- Estabas de tan mal humor que temí acabar en el pasillo.
- Lo elegiste en lugar de a mí - dijo Edward, ignorando el intento de Bella de aligerar la conversación -. Por eso me sentí celoso. Si yo no te hubiera conocido entonces, él sólo sería una parte de tu pasado.
- Yo no elegí...
- Sí, elegiste - afirmó Edward con decisión.
Una llamada a la puerta anunció la llegada de la comida. Bella agradeció la interrupción. Edward recogió la bandeja y la dejó a los pies de la cama.
- Me niego a aceptar que soy el segundo - continuó -. Porque eso es lo que quieres que haga, y no puedo.
De nuevo tensa, Bella se irguió y tomó su bata.
- Veo que no dices nada - dijo Edward.
- Puede que no quiera discutir contigo.
- Siempre evitas hablarme de tu matrimonio. Me cierras la puerta a cinco años de tu vida.
- No pienso hablar mal de Jacob sólo para satisfacerte.
- No espero que hables mal de él. No soy un niño incapaz de enfrentarse a la realidad. Pero encuentro extraña tu constante negativa a hablar de Black - dijo Edward, tomando relajadamente un sándwich de la bandeja -. Ahora, mi vida es un libro abierto para ti.
Bella apretó los dientes.
- Sólo porque he caído casualmente entre las tapas.
- No quería que mi pasado se interpusiera entre nosotros - afirmó Edward -. Me obligas a ser franco. De acuerdo. Tu padre me contó que tu matrimonio no fue feliz.
Bella se quedó helada por la sorpresa.
- Y no se refería a la enfermedad de tu esposo - continuó Edward -. Lo dejó muy claro.
- No tenía derecho a sugerir que...
- ¿Que no fuiste maravillosamente feliz con tu «mejor amigo»? - interrumpió Edward en tono despectivo.
Bella salió de la cama, molesta por su insistencia.
- No quiero hablar de Jacob contigo.
- ¿Por qué no? Está muerto. Ya no puede sufrir - dijo Edward, mirándola con gesto expectante.
- Dices que hice una elección. ¿Por qué no analizas tu comportamiento durante esas seis semanas? - preguntó Bella -. ¡Puede que te sorprenda lo que encuentres!
- Me comporté como un miserable - admitió Edward un segundo antes de que Bella entrara en el baño -. Pero tú no me animaste a otra cosa. Hiciste que me enfadara y me retaste. Conseguiste que nuestra relación se convirtiera en una pelea y yo sólo conozco una manera de pelear, ¡y es ganando!.
Bella se preparó un baño. Necesitaba una excusa para huir del interrogatorio de Edward. No dejaba de bajar la guardia cuando estaba con él y debía evitarlo. No quería ser desleal al recuerdo de Jacob, y Edward no pararía de reír si averiguara que su matrimonio nunca llegó a consumarse.
Cuando volvió a la habitación, la encontró vacía, y en lugar de sentirse aliviada, se sintió abandonada. Furiosa por su creciente dependencia emocional de Edward, apretó los labios. No podía permitirse aquellos sentimientos, pues faltaba poco para que dejara de verlo para siempre. Lo amaba, y, pasara lo que pasara, iba a sufrir.
Alguien llamó a la puerta y fue a abrir. Era una doncella con una bandeja de sándwiches y café, encargados por Edward para ella. Él también le había pedido que le dijera que estaba con su padre.
- Lamento que la hayan molestado a estas horas - eran las dos de la mañana y Bella se sentía culpable.
- Tengo el turno de noche, señorita - dijo la joven doncella, sonriendo -. Es mi trabajo
El turno de noche, pensó Bella, moviendo lentamente la cabeza. Era como vivir en un hotel de Primera.
Luego se preguntó si Carlisle habría empeorado y frunció el ceño.
Edward regresó diez minutos después.
- ¿Cómo está tu padre? - preguntó Bella.
- Es un consumado insomne - dijo Edward, suspirando -. Han surgido algunos problemas con un barco en Atenas. Me ha pedido que vaya allí para hacerme cargo del asunto. Saldré mañana a las siete y espero estar de vuelta la noche antes de la boda. Bella trató de ocultar la decepción que sintió al oírlo.
- Me echarás de menos - afirmó Edward con convicción. Se metió en la cama y estrechó a Bella entre sus brazos con fuerza. De pronto, se puso tenso -. Por cierto - dijo, alzando la cabeza -, ¿estás tomando la píldora?
Ahora fue Bella la que se puso tensa.
- No.
Edward soltó el aliento en un siseo.
- Esta vez no me he molestado en tomar medidas... Lo siento.
Bella se ruborizó, hizo algunos cálculos y decidió que el riesgo de que se hubiera quedado embarazada era muy escaso.
- No hay muchas posibilidades...
- Como en la ruleta rusa - gruñó Edward -. Nunca he sido tan descuidado.
- No creo que tengas por qué preocuparse.
- Ya veremos - dijo Edward -. Puede que, después de todo, no nos venga mal casarnos ahora - añadió, encogiéndose de hombros.
- No será un matrimonio real - dijo Bella.
- ¿Qué es real y qué es irreal? - murmuró Edward -. Ya no estoy seguro de saberlo.
- Creía que lo tenías todo bajo control.
- A veces pierdo la cabeza.
- ¿En los ascensores, por ejemplo? - dijo Bella sin pensarlo, ruborizándose de inmediato.
- Sólo contigo - murmuró Edward, divertido, deslizando una mano hasta el trasero de Bella y atrayéndola hacia sí para hacerla entrar en contacto con su excitado cuerpo. Ella abrió los ojos de par en par al notar la evidencia de su disposición para volver a hacer el amor.
Edward la miró sin ocultar su deseo.
- Eres tan maravillosamente apasionada haciendo el amor. Me pareces irresistible.
Sexualmente, no intelectualmente, pensó Bella, recordando que sólo unos días atrás habría querido golpearlo por mirarla con aquel aire de arrogante posesión. Pero ahora estaba demasiado ocupada perdiéndose en aquellos ojos verdes y anhelando el calor de aquellos expertos labios en los suyos.
- Estás preciosa - dijo Jane, contemplando a Bella con gesto satisfecho -. Mi hermano te adorará.
Bella no podía imaginar a Edward adorándola; sus instintos eran más elementales. Pero Jane era una incurable romántica. - Sin embargo, ella no podía dejarse llevar por fantasías similares, y en ningún momento había pensado que para la boda tendría que ponerse un auténtico traje de novia.
Y, sin embargo, allí estaba, con el traje de boda más increíble que había visto en su vida, totalmente blanco, con un exquisito cuello estilo Elizabeth, cubierto de arriba abajo de un magnífico bordado. Su error fue protestar sobre la necesidad de llevar aquel vestido estando Carlisle delante. No esperaba que éste fuera a interesarse en lo que llevara puesto para la boda.
- Todas mis esposas se casaron de blanco - interrumpió el anciano en voz alta -. Es parte del show.
- Pero yo soy viuda...
- ¿Una viuda alegre? - Carlisle rió estrepitosamente su propia broma -. No nos fijamos en esas cosas. Te casarás de blanco.
Recordando su intensa humillación por lo sucedido, Bella empezó a quitarse el vestido. Jane lo recogió cuidadosamente con ayuda de una doncella. Cuando la hermana de Edward se fue para vestirse para la comida, Bella pensó que le faltaban menos de veinticuatro horas para estar casada. Casada con el hombre al que amaba, pero sin ser correspondida; casada como parte de un trato para satisfacer a un anciano moribundo. Era una locura... ¿por qué había permitido que Edward la convenciera para seguir adelante?
Estaba terminando de maquillarse cuando, sin previo aviso, Tanya entró en la habitación enfundada en un ceñido y brillante vestido gris. Hacía cuarenta y ocho horas que Bella no la veía, desde que escuchó involuntariamente su conversación con Edward. Al día siguiente, durante el desayuno, Jane le informó que Tanya había volado a Miami a hacer unas compras.
- ¿Necesitas algo? - preguntó secamente, molesta por la forma de entrar de Tanya.
Tanya rió con aspereza.
- De pronto te sientes muy segura de ti misma, no?
Bella se volvió a mirarla, negándose a dejarse amedrentar. Se levantó de la silla y fue tranquilamente a ponerse los zapatos.
- La otra noche nos viste juntos - murmuró Tanya, sin ocultar un ligero tono despectivo -. ¿No te molestó lo más mínimo?
Con mano ligeramente temblorosa, Bella alzó un cepillo con mango de plata que pertenecía a Edward y lo pasó lentamente por su castaña melena.
- No vi nada que pudiera preocuparme - mintió.
- Tú también estás enamorada de él, ¿no? Pobre Isabella. Imagino lo que te habrá dicho. También imagino cuánto habrás querido creerlo...
Bella suspiró.
- Si no te importa, quisiera terminar de prepararme.
- Si no te importa... ¡eres tan educada!, - dijo Tanya en tono burlón, mirándola con cierta curiosidad -. No te habrá dicho la verdad. Y la verdad es que ninguna de las dos le importamos nada en este momento. Lo único que le importa a Edward ahora es mantener a su padre contento.
- ¿,Y por qué no iba a hacerlo? - preguntó Bella a la defensiva -. No le queda mucho tiempo para estar con él.
- Y su herencia está condicionada por su matrimonio... ¿lo sabías? - dijo Tanya con gran suavidad -. Ahora mismo, Edward tiene que seguirte el juego y tenerte contenta. Necesita una novia y parece que ha encontrado una los suficientemente tonta como para cerrar los ojos a la realidad.
El suelo pareció moverse bajo los pies de Bella. Se puso pálida.
- No te creo - dijo, temblorosa.
- Eres tan ingenua... y no sabes cómo actúan los hombres en esta familia - el exquisito rostro de Tanya se retorció en un despectivo gesto -. Yo comprendo a Edward. Tú no lo comprendes en absoluto. Edward me desea y pretende tenerme... pero no dará un paso en falso mientras su padre siga vivo. Lo único que se interpone entre Edward y yo es su padre... y su dinero, por supuesto.
Cuando la puerta se cerró tras la marcha de Tanya, Bella sintió que una poderosa sensación de angustia atenazaba su estómago. Edward le había mentido. No se casaba con ella simplemente para satisfacer a su padre. Lo hacía por motivos totalmente mercenarios. ¡Y sin embargo la había engañado brillantemente, haciéndole creer todo lo que le había dicho!
En un desesperado arrebato de pasión, sacó sus maletas del armario del vestidor y empezó a meter en ellas su ropa. Se negaba a ser utilizada de aquella manera... ¡se negaba en rotundo!
- ¿Qué diablos estás haciendo?
De rodillas junto a sus maletas, Bella alzó la vista. La oscura y gran silueta de Edward llenaba el umbral de la puerta. Sus ojos se clavaron en ella mientras la miraba con gesto incrédulo.
- ¡No pienso seguir adelante con esta boda! - exclamó Bella.
ola chikas!
espero ke les haya gustado =D
hasta la proxima
