Capitulo 8: Las respuestas de los muertos
Dos días después:
Desde que los muertos se habían alzado para dar caza a los vivos, numerosos cambios habían azotado la ciudad, haciéndola casi irreconocible para los pocos supervivientes que aún trataban de aguantar día a día el ataque incesante de las hordas de monstruos que anhelaban hincar sus podridos dientes en su carne. Algunos eran más que evidentes, como la presencia de los inquietantes caminantes de cuerpos rotos que pululaban libres por las calles y edificios de la ciudad, moviéndose por instinto hacia cualquier pequeño sonido que pudieran detectar, esperando encontrar allí a su siguiente presa. Otros, como la destrucción que el apocalipsis había traído, eran más visibles y peligrosos, ya que numerosos fuegos incontrolados y edificios dañados habían convertido la antes brillante urbe en un mero recuerdo, ahora plagada de ruinas y vehículos abandonados y rotos.
Pero, por encima de todos, había un cambio más sutil que verdaderamente hacía que aquella ciudad pareciera más para los supervivientes a un gigantesco cementerio que no lo que una vez fue su hogar: el silencio.
Un silencio inquietante, denso, tanto que parecía un manto que hubiera cubierto la ciudad por completo. Los coches no se movían. Las personas no caminaban ni hablaban. Los aviones ya no volaban sobre el cielo azul de la ciudad. Era como si, al igual que sus ciudadanos, la propia ciudad se hubiera infectado y muerto, convirtiéndose también en un monstruo deforme que amenazaba con tragarse a sus habitantes y retornarlos como sus semejantes.
Ese silencio no solo inquietaba a aquellos que permanecían agazapados en sus escondites por temor a ser detectados por los monstruos, si no que los hacía más vulnerables ya que cualquier pequeño sonido o ruido acababa viajando muy y muy lejos por entre los desérticos edificios. Por ello, cuando alguien gritó de repente, todos los no muertos de la zona giraron sus cabezas al unísono, empezando a moverse en silencio hacia el origen de aquella conmoción.
El grito provenía de uno de los callejones secundarios de la ciudad, en el cual se encontraba un pequeño grupo de supervivientes que habían conseguido atrincherarse al final del callejón a base de ocuparlo con coches y demás basura, haciendo una barrera que hasta el momento les había permitido permanecer aislados de los muertos andantes. Aquel día, pero, sus defensas habían saltado literalmente por los aires. Los coches permanecían humeantes a la entrada del callejón, reteniendo momentáneamente a la horda de podridos cadáveres, mientras los muros improvisados de basura yacían destrozados a los pies de sus invasores. Uno de ellos, vestido con un traje blanco como un yakuza, miraba con cruel alegría a los aterrados supervivientes, mientras su compañero alzaba por el cuello a uno de ellos.
Su compañero, a diferencia de él, vestía de una forma más común, sin contar el casco de motorista que cubría sus facciones. Llevaba pantalones cortos de color beige y una camisa rosada bajo una chaqueta de color verde oscuro. A pesar de ello, todos pudieron ver gracias a sus mangas arremangadas y a sus perneras cortas como su piel era pálida y sus venas negras. El superviviente capturado, un hombre mayor y barrigudo, había sido alzado sin demasiada dificultad por la extraordinaria fuerza de aquel ser, el mismo que se había abierto paso con tanta facilidad por su campamento.
-¡PADRE!-exclamó una de las supervivientes, una joven de unos 17 años de edad que trató de ir al rescate de su padre. Los demás supervivientes, pero, la retuvieron por miedo a lo que podría sucederle.
-N-no…No te acerques, Oyuki…-consiguió decir aquel hombre, el aire a duras penas llegando a sus pulmones debido al férreo agarre de aquel ser. Los balbuceos entrecortados del padre de familia parecieron divertir enormemente al yakuza, quien se limitó a dirigir su burlona mirada al grupo de aterrados supervivientes.
-Ah, ¿no es tierno? El amor de un padre, anteponiendo su vida a la de sus seres queridos…-comentó el yakuza, llevándose una mano al pecho-. Dime, Esbirro… ¿Crees que deberíamos concederle su deseo? ¿Qué pueda demostrar cuanto los quiere…muriendo por ellos?- El ser llamado Esbirro apretó un poco más su agarre sobre el aterrado hombre, que abrió los ojos por completo cuando su garganta se cerró completamente. Boqueando, pero sin articular sonido alguno, el hombre empezó a patalear en un intento por liberarse, completamente en vano. Al verlo mientras era estrangulado delante de sus narices, su familia empezó a chillar y a suplicar por su vida.
-¡Por favor, por favor! ¡Déjele ir, le daremos lo que pida!-exclamó la misma joven de antes, llorando completamente aterrada.
-¡No, por Dios, NO! ¡No lo haga!-exclamó otro, seguramente un hijo más mayor. A su lado, una mujer mayor parecía llorar desconsoladamente, incapaz de articular palabra alguna.
-Hm… Eso me gusta más-comentó sonriente el yakuza-. Esbirro, suéltalo.
El hombre cayó a peso al suelo, tosiendo y respirando entrecortadamente mientras trataba de introducir algo de oxigeno en sus castigados pulmones. Al verlo en el suelo, su familia intentó ir a rescatarlo, pero dando un paso al frente el ser del casco los detuvo. La sonrisa del yakuza se ensanchó aún más.
-Bien, vale… Veréis, no soy un mal tipo. Simplemente soy alguien a quien le gusta el que las cosas sigan su curso normal, y que todo se haya ido al infierno no me parece una excusa de peso para que eso cambie. Yo me dedico a la seguridad, como seguramente os habréis estado preguntando, y esta es la calle que protejo. A cambio de un pequeño pellizco, me aseguro que la gente no…sufra accidentes, y pueda vivir en paz y tranquilidad.
-¡Un maldito, eso es lo que eres!-exclamó valientemente el padre de familia, habiendo recuperado un poco el aliento. Su familia trató de detenerlo, pero llegaron demasiado tarde-. Es repugnante que escoria como tú se dedique a extorsionar a la gente de esta ciudad, pero que encima lo hagas en una situación como esta… ¡NO ERES MÁS QUE UN…!
Una patada por parte del yakuza acalló lo que fuera que iba a decir el hombre, quien escupió un montón de sangre por la boca a causa del impacto del pie de su agresor contra su cara. No contento con ello, empezó a patearlo repetidas veces en el cuerpo, mientras el hombre se retorcía de dolor y gemía a cada patada que recibía. Su familia, en presencia del monstruo del casco, solo pudieron ver como recibía una tremenda paliza hasta que, de pronto, dejó de gemir y retorcerse. De su rostro hinchado manaba una gran cantidad de sangre, pero no parecía ser capaz de moverse.
-Pa… ¿Papa…?-trató de decir la llorosa joven, sin recibir respuesta alguna. Sus gritos de insistencia fueron en aumento, hasta que llegó un punto en que empezó a desgañitarse mientras llamaba a gritos a su padre. Este no se levantó de nuevo.
-Hijo de puta… Manchándome los zapatos de sangre…-comentó despectivo el yakuza, mirando molesto el cuerpo de aquel hombre. Tras patearlo una última vez, dirigió su atención al resto de su familia-. En fin… Como iba diciendo, esta calle es mía, pero no recuerdo ni haberos dado permiso para vivir aquí, ni haber recibido pago alguno por vuestra protección. Por tanto, sois unos morosos, y a los morosos… se les castiga.
-¡CABRÓN! ¡TE VOY A MATAR, HIJO DE…AAAARGH!-exclamó el joven, antes de ser agarrado por el pelo. El yakuza alzó al joven hasta ponerlo a su nivel, contemplando con fríos ojos el rostro de aquel joven.
-Mira, mierdecilla, no abuses de mi paciencia porque me estoy empezando a quedar sin ella. Esta es mi puta ciudad, ¿te enteras?, y si aún vivís es porque aún podéis resultarme útil. Y si no lo hacéis…-dijo, para después golpear con el puño el estomago del joven. Este se dobló por la mitad ante el impacto del puño del yakuza, para después caer adolorido en el suelo. Antes de que pudiera alzar la cabeza, pero, el yakuza se la pisó y rió cruelmente-. Este es el trato, mierdecillas. De ahora en adelante, salvo que queráis recibir otra visita de mi Esbirro, vais a traerme todo lo que podáis sacar de estos edificios. Comida, medicamentos, dinero… Me da igual, todo es para mí. Si lo hacéis, os dejaré quedaros una parte, y os protegeré del resto de monstruos. Si no…-dijo, apretando su pie contra la cabeza del joven-…, os echaré a esas cosas para que se ceben con vuestros apestosos cuerpos.
-Eso…es…imposible…-alcanzó a decir el joven. Si salían, había muchas probabilidades de que no llegaran vivos a su base, mucho menos con lo que ese monstruo con aspecto de hombre les pedía. Decidieran lo que decidieran, iban a morir igualmente.
-Con esa actitud, lo más seguro es que así sea-comentó el yakuza, riendo cruelmente-. De todas formas, seréis un estorbo menos del que encargarse. ¿Acaso creéis que sois los únicos en arrimar el hombro? Pedidles a vuestros vecinos que os echen una mano. Total, a ellos también les interesa cumplir con sus cuotas.
-Desgraciado… ¿¡A CUANTOS MÁS TIENES ATERRADOS DE ESTA MANEAR!?-exclamó furiosa la llorosa joven, quien al ver a su padre y hermano en semejante estado ya no pudo aguantar más. La mirada molesta que le dedicó el yakuza, pero, pronto se tornó en una pensativa, y de ahí se volvió lujuriosa.
-Hmm…-dijo, dejando al hermano tranquilo y avanzando hacia la temblorosa pareja madre hija. Al verlo acercarse, ambas se abrazaron como si creyeran que así se iban a poder proteger-…oye, niña… ¿Y si tú y yo hacemos un trato…?
-¡NO LE ESCUCHES!-gritó el joven, tratando de alzarse del suelo. El yakuza, girando los ojos, se limitó a chasquear los dedos, lo cual provocó que su Esbirro avanzara hacia el joven y atravesara su rostro de un puñetazo. La sangre salió despedida de su cabeza como si un globo hubiera reventado, aumentando los gritos de la aterrada pareja. El yakuza, pero, siguió sonriendo a la joven.
-Este es el trato… Ven conmigo, y te prometo que no deberás volver a pasar un solo día más de terror. Tendrás toda la comida, comodidades, y seguridad que puedas desear. Tendrás que dejar a tu madre, por supuesto, pero es que las viejas no son lo mío. ¿Qué me dices?-preguntó el yakuza, relamiéndose los labios al mirar el cuerpo de la joven. A pesar de no aparentar ser más que una estudiante, la verdad era que tenía un buen cuerpo que en seguida había llamado la atención de aquel hombre.
La joven Oyuki miró asustada a aquel hombre que la tenía en su punto de mira, desviando la mirada al ser incapaz de sostenérsela por el terror y el miedo. Sabía que, si iba con él, le iban a pasar todo tipo de cosas malas. Sería un juguete en manos de aquel hombre, el responsable de la muerte de su padre y hermano. A pesar del dolor y el miedo, decidió Oyuki, no iba a permitir que semejante monstruos se saliera con la suya en aquel aspecto también. Antes prefería morir que ser la muñeca viviente de aquel depravado. Su madre, pero, parecía tener otros planes.
-Por…por favor…-dijo débilmente-…llévesela…
-¿Ma…mama?-preguntó extrañada la joven, incapaz de creerse lo que su madre le estaba diciendo. Sus miradas se encontraron, y Oyuki pudo ver en sus ojos anegados por lágrimas la silenciosa decisión a la que su madre había llegado. Si se quedaba, nada le esperaba más que la muerte a manos de esas cosas, pero si se iba… Por lo menos viviría. No suplicaría por su propia vida, pero tampoco estaba dispuesta a dejar que su hija muriera allí con ella. Oyuki no compartía su decisión, pero-. Mama… ¡MAMA, NO!
-¡Es lo mejor que puedo hacer, Oyuki!-gritó la madre, llorando desconsolada-. Si te quedas… morirás también. Vete…vete y vive… ¡Vive, Oyuki! ¡Vive pase lo que pase!
-Bueno, el consentimiento de la madre también me vale-comentó como si tal cosa el yakuza, agarrando a Oyuki por la cintura y separándola de su madre. Ambas trataron de agarrarse inútilmente de las manos, pero el yakuza las separó antes de que pudieran despedirse siquiera-. ¡Hasta la vista, señora! Recuerde que si sobrevive, deberá cumplir con sus cuotas, ¿eh?-comentó con aire gracioso el yakuza, cargándose a una chillona y llorosa Oyuki al hombro. La madre de esta solo podía contemplar, con lagrimas en los ojos, como aquel hombre empezaba a andar despreocupadamente por el callejón, el cual lentamente había empezado a llenarse de cadáveres ambulantes. Las risas del yakuza y el lastimero gemido de esos monstruos era lo único que sonaba en el callejón, aparte del llanto desgarrador de una hija que estaba siendo separada de su madre.
¡BLAM! Algo aterrizó con fuerza sobre uno de los coches del callejón, aboyando su techo como si estuviera hecho de papel. El sonido llamó la atención de los allí presentes, que sorprendidos se giraron para ver quién o qué acababa de aterrizar con tanto ímpetu ante ellos.
A primera vista, parecía un hombre normal y corriente, salvo por el hecho de que acababa de caer desde varios pisos de altura, y que había socavado el techo del vehículo sobre el que cayó como si no fuera nada. Vestía unos pantalones marrón oscuros largos, cubriendo por completo sus piernas, y sus pies negros como el carbón apenas parecían afectados a pesar de haber machacado aquel armatoste de metal sin protección alguna. Encima de su cuerpo llevaba una camiseta negra con el logo de una banda de heavy metal, dejando sus dos brazos pálidos al descubierto. A la espalda portaba una pequeña mochila que mantenía sujeta a su cuerpo mediante cintas atravesadas a su tórax. Su rostro era joven y anguloso, como si se tratara de alguna clase de atleta, y sus cabellos que le llegaban hasta los hombros eran blancos como la nieve. El rasgo más singular en aquel…hombre, sin embargo, eran sus ojos.
O más concretamente, la venda que portaba alrededor de ellos, cubriéndoselos y aparentemente cegándolo.
En silencio, tal y como había llegado, se irguió cuan alto era. Nada más verlo, el ser del casco se puso a gruñir y a sisear, presintiendo alguna clase de peligro. El yakuza, al verlo, no pudo sino sorprenderse. ¿Cómo…? ¿De dónde…? ¿…por qué?
-Grrr… Esto no me gusta. Esbirro, ¡CÁRGATELO!-gritó el yakuza, apartándose rápidamente del recién llegado mientras buscaba con la mirada algún hueco por el que salir de allí. Las entradas estaban ocupadas por los cadáveres ambulantes aquellos, de manera que no iba a poder salir sin la ayuda de Esbirro.
Este, al recibir la orden, se impulsó desde el suelo hacia el recién llegado con un puño tirado hacia atrás, listo para atravesar de un puñetazo al ser vendado. Este, ladeando ligeramente la cabeza, se limitó a agacharse y saltó del coche aplastado girando en el aire, para después aterrizar sin muchos problemas en el suelo. Había sobrevolado el callejón hasta situarse prácticamente detrás del yakuza, que creyendo que iba a por él optó por correr hacia su Esbirro. Pero el ser no le atacó. En su lugar, este caminó hacia otro de los coches del callejón, apoyó su pie en él, y como quien movería un sillón de su sitio, lo hizo derrapar por el suelo de un poderoso empujón. El destrozado coche, más carrocería que nada, fue patinando y echando chispas mientras se llevaba por delante cuantos cuerpos habían conseguido entrar en el callejón, hasta detenerse finalmente a la entrada de este. De esta manera, la entrada quedó algo más obstruida y el flujo de invasores se redujo considerablemente.
Esbirro, aprovechando ese momento, había echado a correr contra su oponente, creyendo que lo iba a pillar desprevenido si lo atacaba por detrás. Pero nada más dar aquel empujón, el ser saltó de nuevo y esquivó el ataque de Esbirro, quien se encontró golpeando de nuevo el aire. El ser vendado fue saltando de pared en pared, aplastando con facilidad los ladrillos de las paredes mientras rebotaba de aquí para allá con suma facilidad. El yakuza, quien creía que su monstruo era el más fuerte de todos, estaba visiblemente irritado por dos razones: Esbirro no era único, y encima ese bicho estaba jugando con ellos a pesar de no poder ver. Era como si se riera de ellos.
Y nadie, NADIE, se reía de él.
-¡Esbirro, deja de hacer el idiota y usa tu lengua, estúpido!-le gritó el yakuza, apartándose aún más de la acción por miedo a verse involucrado. La joven Oyuki seguía temblorosa en su poder, mientras la madre de esta solo podía mirar en mudo asombro y terror como aquellos seres se enfrentaban el uno contra el otro.
Esbirro, al recibir la orden de su amo, levantó la visera de su casco, mostrando brevemente el brillo de sus dos ojos rojos. De las entrañas del casco salió una maraña de tentáculos que, moviéndose como serpientes, empezaron a brotar y a extenderse cuan largos eran. Después, todos a una, los tentáculos salieron disparados en dirección al saltarín infectado.
Este no parecía haber visto venir el ataque, pero sin embargo ni uno solo de los tentáculos de Esbirro alcanzaron su cuerpo, ya que este se limitó a saltar aún más rápido, o a contorsionarse en el aire. Los tentáculos pasaban a ras de su cuerpo, ninguno alcanzando a tocarle. Por mucho que se esforzara Esbirro, atrapar a aquel ser se había vuelto una tarea casi imposible.
-¡Maldición! Especie de saltarín ciego de mierda… ¿¡CÓMO COÑO PUEDE SER QUE NO LE DEMOS NI UNA VEZ!?-gritó frustrado el yakuza, incapaz de creerse lo que estaba viendo.
...
No muy lejos de allí, aunque sí lo bastante como para que los gritos del yakuza no le llegaran apenas, había alguien que contemplaba atentamente la pelea a través de unos prismáticos. Los ojos de esa persona observaban la escena con sumo interés, a la par que iba susurrando palabras con una voz extraña y femenina que no sonaba para nada como la de un humano normal.
-…gira en el aire…salta…salta…mortal hacia atrás…desciende un metro…salta hacia arriba…
A cada palabra de aquella mujer, el ser de la venda parecía moverse de una manera diferente, siempre de la manera exacta que la mujer del prismático acababa de decir. A pesar de la situación, se permitió una pequeña sonrisa en sus carnosos labios. Llevaba días siguiendo a esos dos en concreto, pero no había sido hasta descubrir lo que planeaban que no se había decidido a actuar. Ni siquiera se planteó hablar o decirles nada. Simplemente, al ver cómo asesinaban a aquellos dos hombres, había decidido tomar cartas en el asunto finalmente.
Con su mano libre, la mujer cogió una pequeña barrita de cereales, y le arrancó el papel con los dientes.
-Vale…ahora…-dijo, para después darle un sonoro mordisco a la barrita. La sonrisa de sus labios se había ensanchado ligeramente-…ataca…
...
-Esto se está volviendo demasiado estúpido para mi gusto…-masculló el yakuza, tirando a un lado el cuerpo de la joven Oyuki. Aprovechando que su atención estaba centrada en el enfrentamiento entre los dos seres de piel pálida, Oyuki corrió junto a su madre, ambas abrazándose mientras miraban temiendo por su vida el peculiar enfrentamiento que estaba teniendo lugar allí delante.
Después de haber estado saltando y esquivando las lenguas de de Esbirro, el ser vendado había cambiado por completo de estrategia y se había lanzado contra él a base de patadas y puñetazos, iniciando un intercambio de golpes entre los dos. A pesar de llevar los ojos vendados, aquel ser luchaba mejor de lo que cabía esperar, ya que bloqueaba los golpes de su enemigo y sus ataques siempre impactaban contra su enemigo, ya fuera contra sus brazos al protegerse o contra su cuerpo al sortear sus defensas. Esbirro estaba perdiendo, a pesar de que le otro no parecía haber utilizado ninguna clase de habilidad especial, y eso ponía muy nervioso al yakuza.
Esbirro lanzó una serie de puñetazos contra su oponente, el cual se limitó a esquivar balanceándose como un boxeador. De derecha a izquierda y al revés, el ser vendado parecía poseer alguna clase de sexto sentido que lo alertaba del peligro, evadiendo cada ataque sin importar de donde viniera. Esbirro incluso intentó atacarlo por la espalda más de una vez, pero no tuvo más éxito que de frente. Por otra parte, estaba recibiendo más daños de los esperados, habiendo recibido varios puñetazos contra su cuerpo y varias patadas a sus brazos y piernas que había tardado en sanar. No eran graves heridas, pero eran heridas al fin y al cabo. Al final, sería cuestión de tiempo que su oponente le tomara demasiada ventaja y concluyera la pelea. Necesitaba un impulso…y sabía cómo conseguirlo.
Cuando el ser vendado lanzó una patada contra su cuerpo, Esbirro se limitó a saltar hacia atrás en dirección a la entrada del callejón. Allí, atrapó a unos cuantos de los cadáveres ambulantes que habían conseguido entrar allí, rompiendo sus cuerpos con sus manos desnudas y absorbiéndolos gracias a los tentáculos de su cuerpo. En pocos segundos, las magulladuras del cuerpo de Esbirro habían desaparecido por completo, y su fuerza había aumentado ligeramente. Se sentía mejor, y listo para el segundo asalto contra su enemigo.
El yakuza, al ver lo que hacía su Esbirro, sonrió. Sí, era una buena idea, pero esos cadáveres solos no significarían la victoria absoluta en aquel combate. No, lo que Esbirro necesitaba era…
-¡Eh, Esbirro!-gritó el yakuza, cogiendo a Oyuki por los pelos y separándola de nuevo de su madre-. ¡Aquí tengo carne fresca! ¡Que la disfrutes!-y dicho lo cual, tiró a Oyuki al suelo sin piedad ni miramientos. Su madre lloraba aterrada en su sitio, gritando su nombre mientras suplicaba al yakuza que se la devolviera. Oyuki, atontada por el golpe, solo podía tratar de mantener su conciencia despierta mientras sentía su sangre correr por su cara. Debía de haberse hecho una herida al caer, si bien el golpe la había dejado algo insensible todavía. Lo único que podía ver, era la sombra del monstruo del yakuza corriendo hacia ella…y como otra silueta se interponía en su camino-. Hmpf, ese desgraciado querrá comérsela él mismo…-musitó el yakuza, apartándose de la muchacha-. ¡Esbirro, asegúrate de que no salga con vida de aquí! ¡CÁRGATE A ESTE PAYASO!
Sin perder un instante, Esbirro se arrancó el visor y lo tiró a un lado, liberando aún más tentáculos de su interior mientras cargaba apresuradamente hacia su enemigo. Este, sin moverse de su sitio, permaneció entre Esbirro y la joven Oyuki, aparentemente ajeno a todo lo que le rodeaba. Oyuki, desde su posición, miró brevemente al ser que parecía estar protegiéndola, todavía tratando de entender quienes eran esos dos, qué estaba pasando allí…y por qué ese en concreto tenía los pies tan negros. Fue al fijarse en sus pies, precisamente, que Oyuki notó algo peculiar en ellos.
Los pies de aquel ser, si bien de apariencia normal, eran negros y parecían ser duros como el acero, como si más que unos pies fueran un par de zapatos de metal. Además, en la parte del talón y el tendón, Oyuki alcanzó a ver una serie de púas que parecían ascenderle por la pierna hasta llegar al gemelo, donde parecía ocultarse en el interior de sus perneras. Finalmente, fue gracias a estar tendida en el suelo que Oyuki vio que las perneras de los pantalones de aquel ser parecían ser…bueno, que en realidad no parecían ser del pantalón de ese ser. Más bien, parecía que alguien se las hubiera cosido encima. Era un detalle menor, pero la cabeza de Oyuki estaba demasiado pesada y su mente demasiado confusa como para pensar en cosas más acuciantes como la siniestra criatura que corría en esos momentos hacia ella, con deseos de arrancarle la carne a mordiscos y devorar su cuerpo por completo.
De pronto, sin razón aparente, el ser vendado empezó a andar hacia Esbirro. Se separó un par de pasos de Oyuki, y se posicionó con su pierna derecha hacia atrás como si pretendiera patear algo. Esbirro, por otra parte, salto desde su posición en trayectoria directa a donde estaba su oponente, con sus múltiples lenguas alrededor y listas para atrapar a su presa en cuanto estuviera a su alcance.
El yakuza sonrió. Sí, ya estaba… Esbirro atraparía a ese idiota con sus tentáculos, y lo aplastaría como al insecto que era. No había forma alguna de que se librara de esa. Victoria.
El ser vendado esperó…esperó… y lanzó su ataque.
Ni el yakuza ni Oyuki llegaron a verlo. Para ellos, la pierna de aquel ser había desaparecido como por arte de magia, y de golpe y porrazo había aparecido junto a la cabeza de Esbirro. Además, ya no se parecía a la misma pierna de antes. Las espinas del talón de aquel ser parecían haber crecido y se habían extendido, recubriendo la totalidad de la pierna del ser vendado como si de una armadura se tratara. La parte trasera de su pierna ahora estaba plagada de aquellas espinas, tan juntas como un cepillo de alambre, mientras que del pie hasta la rodilla estaba cubierta por una serie de placas de aspecto duro y resistente. El resto de la pierna, entre la rodilla y la cintura, estaba cubierta por esas mismas placas.
Con un estallido semejante al de un cañonazo, la pierna reforzada de aquel ser impactó contra el casco de Esbirro, reventándolo en mil pedazos al tiempo que mandaba a volar su cabeza contra la pared del callejón. La falta de espacio hizo que el vuelo fuera más bien corto, terminando abruptamente cuando la cabeza atravesó como una bala de cañón la pared de ladrillos, perdiéndose rápidamente en su interior. Solo algunos tentáculos que todavía se retorcían en el agujero servían de testimonio de lo que había pasado. El resto del cuerpo, desprovisto de vida como cuando a una marioneta le cortaban los hilos, cayó escupiendo sangre a los pies del ser vendado.
Nadie dijo nada al principio, tratando de asimilar lo que acababa de pasar. Había ido todo tan rápido que, sinceramente, había sido casi imposible saber en qué momento en concreto la cabeza de Esbirro había salido volando por la patada, o siquiera cuando el otro la había lanzado. Tan pronto como bajó la pierna, las protecciones de esta empezaron a retraerse de nuevo, bajando por su pierna y ocultándose en el interior de sus pantalones a través de sus pies, los cuales volvieron a su estado anterior. Lo único que probaba lo que acababa de hacer, eran las manchas de sangre de su empeine, relucientes contra el negro cromado de sus pies. Lo único que se oía en esos momentos en el callejón eran los ladrillos que aún caían del boquete que hizo la cabeza al atravesarlo, y el lastimero gemido de los muertos que poco a poco habían empezado a superar la barricada.
Sin perder un instante, el ser vendado agarró el cuerpo del vencido Esbirro, y empezó desmontarlo con sus propias manos como si le estuviera arrancando las plumas a un ave. Pieza a pieza, fueron siendo atrapadas por unos tentáculos que brotaron del cuerpo del vencedor, atrayéndolas a su cuerpo mientras este las asimilaba en su interior, dejando no más rastro que un par de gotas de sangre. En poco menos de un minuto, del cuerpo de Esbirro no quedaba ya más que unas manchas de sangre en el suelo. Incluso la cabeza fue devorada por aquel misterioso ser, que la recuperó del interior del edificio en el que la había empotrado. Nada más completar su siniestra merienda, el ser empezó a temblar y a agitarse, numerosos zarcillos y tentáculos ondulando bajo su piel a medida que parecía gruñir y agarrarse el cuerpo. Finalmente, con un estallido final, el ser volvió a la normalidad… o a lo que para él debía ser algo normal. Fue entonces cuando centró su atención en la pareja de mujeres.
Al ver que aquel ser parecía tomar conciencia de ellas, Oyuki corrió a cubrir a su madre, mientras esta se abrazaba a ella. Ninguna de las dos tenía la esperanza de poder sobrevivir a una cosa como aquella, pero tampoco estaban dispuestas a abandonar a la otra a pesar del miedo y el terror. Si todo se iba a acabar en ese instante, se irían juntas, como una familia. Llorando, Oyuki y su madre se abrazaron y cerraron los ojos cuando aquel ser se plantó a su lado, preparándose para el golpe final que…
…no llegaba. Era bastante raro, ya que habían pasado varios segundos y ese ser no les había hecho nada. Tentativamente, Oyuki abrió un ojo, y se encontró con una estampa algo extraña. El ser parecía estar rebuscando algo en el interior de su mochila, palpando con su mano, hasta que finalmente dio con lo que buscaba. De la mochila sacó una serie de tarjetas de cartón, las cuales sostuvo enfrente de su cuerpo para que tanto ella como su madre pudieran ver lo que estaba escrito en ellas.
"No tengáis miedo. Soy vuestro aliado"
Al cabo de unos instantes, el ser pasó a la siguiente tarjeta.
"Estamos reuniendo a los supervivientes en un hospital cerca de la costa"
"Podemos ofreceros transporte y protección gratuitas hasta allí si queréis"
"No tenéis por qué temernos"
Finalmente, el ser sacó una última tarjeta, la cual tendió a Oyuki para que la tomara.
"¿Necesitáis que os ayudemos?"
Oyuki y su madre leyeron detenidamente aquella corta pregunta, y luego se miraron interrogativamente a los ojos. Realmente no era lo que ninguna de las dos se había esperado que hiciera aquel ser, pero la verdad era que las había salvado y protegido. Aún no confiaban plenamente en él, pero si lo que decían las tarjetas era verdad, entonces era su mejor oportunidad de sobrevivir. Así pues, Oyuki le devolvió la tarjeta al ser, y asintió.
-S…sí. Por favor, ayúdenos-dijo, ayudando a su madre a ponerse en pie. No sabían muy bien qué iba a pasar, pero cualquier cosa era mejor que quedarse allí solas.
-Es…espera un momento… ¡Espera un puto momento, te digo!-exclamó el yakuza, reclamando la atención de las dos mujeres. Hasta el momento, había guardado silencio mientras trataba de procesar lo que acababa de ver. Su monstruo invencible, su Esbirro, había sido derrotado y destrozado por ese otro…"Esbirro", y luego además lo había absorbido como si tal cosa. Era algo…difícil de procesar, incluso para alguien como él. Pero incluso alguien así podía entender que ese monstruito pensaba largarse con las dos mujeres y dejarle allí tirado. Ni de broma pensaba quedarse en semejante agujero por sí mismo. Si había podido comandar a Esbirro, entonces debería de poder comandar también a ese otro bicho. Una pequeña sonrisa tensa se formó en sus labios-. Eres fuerte, cabrón. Me gustas… ¿Qué te parecería ser mi nuevo Esbirro? Tendrías toda la comida que pudieras necesitar, todo el respeto que pudieras desear… Solo tienes que seguir mis órdenes. ¿Qué, qué tal te suena eso, hm?
El ser no pareció que le hubiera escuchado. En su lugar, se limitó a guardarse sus tarjetas de nuevo en la mochila, y cogió bajo cada brazo a las dos mujeres, las cuales se mostraron francamente sorprendidas ante el repentino agarre de aquel ser. El yakuza no se tomó demasiado bien que le ignoraran de aquella manera, creyéndose aún el amo de los monstruos. Por lo tanto, no iba a permitir que semejante idiota le faltara al respeto de esa manera. Avanzando hacia él, lo agarró por un hombro y trató de forzarlo a darse la vuelta.
-¿No me has oído? ¡Te he dicho que ahora eres mío! ¡OBEDÉCEME, ESTÚPIDO MONTÓN DE…!-empezó a exclamar furioso el yakuza, solo para sentir un explosivo dolor en su pie derecho. Con el rostro contorsionado en una muesca de agonizante dolor, el yakuza miró hacia abajo, tratando de identificar el origen de aquella espantosa sensación.
Sin que él se diera cuenta, el ser había alzado ligeramente un pie, y lo había bajado en forma de tremendo pisotón, el cual fue a caer justo donde se encontraba su pie derecho. Este acabó completamente aplastado bajo el tremendo peso y fuerza que aquel pisotón llevaba detrás, reventando su zapato y mostrando el amasijo de sangre y carne que una vez fue la extremidad del criminal. Más que un pie, ahora parecía un bollito de mermelada estrujado, con todo su contenido desbordándose de su interior. En ningún momento, pero, el ser vendado dedicó una simple mirada al yakuza.
Al ver su pie en semejante estado, el yakuza cayó al suelo entre gritos de dolor, retorciéndose mientras chillaba incontrolablemente. Las lágrimas caían de sus ojos, incapaz de creerse cuanto dolía aquello. Era un dolor que le ardía como una brasa, como si de la propia herida latiera un segundo corazón que a cada latido enviaba nuevas y crecientes oleadas de dolor, sus sentidos incapaces de procesar otra cosa que no fuera su pie aplastado. Ni pensar podía en ponerse de pie, simplemente rodando por el suelo mientras golpeaba con sus puños el duro suelo, como si creyera que así conseguiría mitigar el dolor de su pierna.
-¡AAAAAAAAAAAAARGH! ¡HIJO DE PUTA, BASTARDO! ¡JURO QUE TE MATARÉ POR ESTO! ¡AAAAARGH!-gritaba el yakuza, atragantándose con su propio odio mientras se desgañitaba maldiciendo a su agresor.
Oyuki, bajo el brazo de su rescatador, simplemente contempló como el asesino de su padre y hermano se retorcía en el suelo. Al principio, creyó que no iba a sentir nada al ver como aquel hombre sufría tremendamente, su pie destrozado sin posibilidad alguna de que sanara. Pero al final, poco a poco, Oyuki sonrió. No porque aquel hombre estuviera sufriendo, sino por lo que sabía que iba a pasar después. Después, dedicó un momento a contemplar los cuerpos sin vida de sus seres queridos, apagándose su alegría y recordando con pena que ya no estaban entre ellos. En circunstancias normales habría insistido en que se llevaran los cuerpos para enterrarlos, pero tal y como estaban las cosas… Su padre jamás hubiera aprobado que se pusieran en riesgo por algo que ya no tenía remedio.
-Vámonos de aquí, por favor-pidió Oyuki al infectado, sin saber si este le escuchaba o no. A modo de respuesta, aquel ser dio un fuerte salto que lo impulsó varios metros en el aire, aterrizando en una de las paredes del callejón. Saltando entre ambas paredes, fue ganando altura hasta que finalmente llegó a la azotea, donde pronto se perdió de vista.
El yakuza solo podía ver, tendido en el suelo, como las dos perras y el gilipollas de pelo blanco que le había hecho aquello se marchaban por el aire. Aunque fuera lo último que hiciera, pensaba acabar con esos tres. Aunque le tomara toda una vida, pensaba perseguirlos y enseñarles lo que pasaba cuando uno desafiaba a alguien como él. Lamentarían profundamente el día que decidieron dejarle con vida, insultarlo de esa manera, abandonarlo a… Fue entonces, abriendo mucho los ojos, cuando el yakuza entendió lo que le habían hecho.
Girando su cabeza, vio que toda la entrada del callejón estaba ahora llena de esas cosas podridas. Sin Esbirro y el otro bicho peleando, habían conseguido superar la barrera de los coches y habían empezado a guiarse por sus gritos hasta donde estaba él. Desde donde estaba, sería cuestión de un minuto que lo atraparan, de manera que tendría que refugiarse en la base de aquellos… No, cierto, ya no había base. Esbirro y él la habían destrozado antes, creyendo que así conseguirían presionar más a la familia. Y con su pie en ese estado, no podía huir o pensar siquiera en esquivar a esas cosas. Simple y llanamente…
-…estoy jodido…-masculló aterrado el yakuza, viendo como su muerte avanzaba inexorablemente hacia él, sus múltiples brazos estirados en su dirección y sus fauces abiertas mostrando sus muchos y variados dientes.
Dos minutos después, los gritos cesaron por fin en el callejón.
Lejos de allí:
-Hmm…-murmuró Alice, mirando detenidamente y no por primera vez el rostro descubierto de Kuro. Aprovechando que dentro del Hunvee no le daba la luz directamente, Alice le había quitado la capucha para así poder comprobar algo que llevaba ya algún tiempo rondándole por la cabeza-…hmmm…Tanaka.
Kuro, sin parpadear siquiera, no se movió. Tampoco apartó su mirada de Alice, quien gruñó ligeramente al ver que se había vuelto a equivocar.
-¿No? Pues… Arata-. Kuro siguió sin reaccionar-. Eiji… Daiki… Goro…-La frustración iba aumentando en el interior de Alice, quien no estaba dispuesta a darse por vencida tan fácilmente-. Grrrr… ¡Fudo, Hajime, Kazuhito…eh… Kenta, Kenichi…SHIMADA!
-¿Qué?-preguntó Shimada, asomándose desde el asiento de delante del Hunvee. En el interior se encontraban solo él, Alice, Kuro, el perro Zeke, mientras Hirano y Saya vigilaban desde el techo. Habiendo aparcado en el parking de un abandonado bloque de edificios, esperaban pacientemente a que sus compañeros volvieran de ir a buscar comida. La presencia de los tres supervivientes extras que habían recogido en el centro comercial había hecho necesario que replantearan la distribución de sus recursos, por lo que se habían visto obligados a reponer existencias. Takashi, Rei y Hiro habían ido a buscar entre las tiendas de los alrededores comida y demás artículos, mientras que Busujima, Shizuka y Asami salieron a buscar una clínica en la que reponer sus suministros médicos. Así pues, a los demás no les quedaba otra que esperar pacientemente a que volvieran. Además, así descansaban todos un poco del estrecho Hunvee, que con las tres nuevas personas que se les habían unido había acabado resultando ser demasiado pequeño para que todos pudieran acomodarse. Al ver que, en realidad, Alice parecía estar gritándole a Kuro y no a él, Shimada encarnó una ceja con gesto interrogativo-. ¿Pero qué haces, niña?
-Intentaba ver si adivinaba el nombre real de Kuro, pero no parece que sea ninguno de los que he dicho-respondió Alice-. Llevo toda la mañana, y nada. Ni una simple reacción.
-¿Y qué mosca te ha picado a ti con eso de querer saber cómo se llamaba? ¿Acaso importa?-Alice hinchó los mofletes, molesta.
-¡Por supuesto que importa! Es muy importante, ¿sabes?
-¿Ah, sí?-preguntó Shimada, rascándose la barbilla-… ¿y por qué?
Alice fue a responder, solo para encontrar que realmente no tenía una razón de peso para ello. Simplemente, le parecía correcto tratar de averiguar más cosas sobre Kuro, como quién había sido, qué había hecho, de donde venía… Había intentado preguntarle todo eso en el pasado, pero nunca había recibido respuesta alguna. Las pocas veces que Kuro le había contestado, había recibido algunos gruñidos y vagos gestos que se asemejaban a como alguien se encogería de hombros. Pero Alice no estaba dispuesta a rendirse. Cuando algo se le metía en la cabeza, lo resolvía sí o sí, sin importar lo complicado que pudiera ser.
Claro estaba, también había que tener en cuenta que no tenía ni idea de cómo responder a sus preguntas si el que tenía sus respuestas simplemente se encogía de hombros una y otra vez, pero ella no se iba a rendir.
-Esto…pues…-empezó a decir Alice, sin saber bien como responder a su interrogador. Finalmente, ruborizándose ligeramente, hinchó los mofletes y agitó los puños mientras gesticulaba con aire molesto aunque avergonzado-. ¡B-bueno, ¿y qué pasa?! ¡Kuro es amigo mío! Es muy normal que quiera saber más de él, ¿o no?
-Eh, a mi me da igual. Llámalo como te dé la gana, que me va a importar lo mismo. Aún así, sí que es cierto que sería interesante saber qué demonios le pasó para que sea así. Quiero decir, no me importaría tener un par de brazos como esos-comentó Shimada, señalando los peculiares brazos de Kuro. Para variar, sus garras estaban extendidas y reposaban peligrosamente afiladas sobre sus dos piernas, haciendo que el pequeño espacio disponible en el Hunvee fuera, encima, más angosto ante la posibilidad de ser empalado por ellas. Kuro, sin embargo, no parecía preocupado, ya que en ningún momento hizo el gesto de retraerlas.
-Sí, ya… ¿Y qué harías tú con unos brazos así, gorila?-preguntó Saya, asomándose por el agujero del techo-. ¿Crees que así cogerías mejor las bananas, o qué?
-¿Go… ¡"Gorila"!?-exclamó enfadado Shimada, girándose aún más para encarar a la impasible Saya-. ¡Mocosa del demonio! ¡No creas que por qué…!
-¡C-calma, por favor!-exclamó Alice, interponiéndose entre Shimada y la cabeza de Saya. Hirano, en el techo, se limitó a suspirar mientras seguía vigilando (a la par que intentaba no mirar debajo de la falda de Saya, totalmente expuesta ahora que estaba con la cabeza en el Hunvee).
-Aún así, debo reconocer que la enana tiene razón. Sería interesante saber más cosas de quien era Kuro antes, o cómo fue que se convirtió en un ser así. Tal vez nos sirviera para saber más cosas de los que son como él, o para saber qué son o cómo empezó todo este lio-reconoció Saya, metiéndose en el Hunvee-. A ver… ¿Estabas intentado averiguar su nombre, no?
-Sí, pero no parece que reaccione a ninguno de los que le he dicho.
-No me extraña. Dudo que su mente sea la misma ahora que no es humano. No solo su cuerpo ha cambiado, sino que su propia psique debe de haber sufrido cambios también para adaptarse a esta nueva condición.
-¿Qué quieres decir con "psique"?-preguntó Shimada. A pesar de la pregunta, parecía que Saya había optado por seguir ignorándolo, muy para creciente irritación del adulto.
-Tu planteamiento es acertado, si bien está claro que no va a dar resultado. Además, hay una manera más fácil todavía de averiguar el nombre de alguien, si bien es muy posible que no vaya a resultar.
-¿Ah, sí? ¿Cuál?-preguntó Alice, mirando visiblemente interesada a su hermana mayor.
Sin decir nada, Saya se acercó a Kuro mientras lo miraba de reojo. Sabía que supuestamente era un aliado suyo, pero la verdad era que aún le ponía algo nerviosa el estar muy cerca del infectado, sobre todo cuando este tenía las garras al descubierto. Aún así, no hizo el intento de atacarla cuando le agarró de las manos y las apartó de sus piernas. Más relajada, Saya empezó a abrir las cremalleras del pantalón de Kuro, y a rebuscar en su interior. El resto observó la escena en silencio, como si Saya estuviera realizando una complicada intervención quirúrgica y ninguno deseara sobresaltarla para que su pulso no flaqueara. No sabían cómo podía reaccionar Kuro a semejante asalto de su privacidad, pero mientras nadie hiciera nada para alterarlo, supusieron que nada pasaría.
Finalmente, Saya acabó de revisar el contenido de los bolsillos de Kuro. Sus pocas posesiones estaban en un más que evidente mal estado, fruto del ajetreo, las peleas, las transformaciones y demás sucesos que le habían pasado a Kuro, lo cual hacía que fuera casi un milagro el que algo hubiera sobrevivido. No había nada peculiar o fuera de lo común entre sus hallazgos, como las llaves dobladas de una moto, algo de calderilla, un móvil completamente destrozado… y una cartera manchada de sangre.
-Bingo~…-murmuró Saya, agarrando al cartera y abriéndola con cuidado. La falta de equipo sanitario hacía que no dispusiera de guantes con los que manipular aquella cosa, por lo que hizo cuanto estuvo en su poder para evitar que su piel rozara siquiera aquella sustancia negruzca. El riesgo de contagio era elevado, de manera que Saya intentó que la cosa fuera lo más segura posible, aunque para ello tuviera que demorarse como si estuviera intentado desactivar una bomba. Ante la expectante mirada del resto de supervivientes (Saya tuvo que gritarle a Hirano que volviera a vigilar), Takagi abrió la cartera.
Se trataba de una billetera normal y corriente, con un par de billetes manchados de sangre y un par de tarjetas y carnets doblados y rajados. En uno de ellos, una identificación personal, pudieron ver la foto del tipo que había sido una vez Kuro, cuando aún parecía un humano y estaba claro que era mucho menos letal que en la actualidad. A diferencia del ser que era ahora, antes Kuro parecía ser que había tenido el cabello negro oscuro, similar al de Takashi, y su piel era mucho más morena que ahora. Sus ojos eran marrones oscuros, y parecía mirar a la cámara con una pequeña sonrisa en sus labios que tanto Saya como Alice no pudieron evitar comentar que resultaba ser bastante atractiva. En resumen, parecía ser un joven atractivo y alegre como los demás, no un arma biológica o alguien que pudiera levantar coches por encima de su cabeza.
-Vamos a ver… Maldición, la sangre ha tapado el nombre-comentó Saya, examinando el resto del carnet. Una gran y oscura mancha negra había tapado gran parte del contenido del mismo, dejando a la vista poco más que la foto y un par de palabras sueltas. En vista del éxito, Takagi empezó a sacar carnets en busca de uno en que pudieran saber finalmente el nombre real de Kuro, pero parecía que todos habían sufrido un destino parecido al del primer carnet. Si hubiera sido sangre normal, Saya hubiera podido lavarla con facilidad, pero algo había en aquella sangre que la hacía diferente de la sangre normal. Era como si la secarse se hubiera vuelto tinta, tan sólidamente pegada al plástico del carnet que lo había arrugado y destrozado como el agua estropearía un simple papel. La sangre de Kuro había estropeado además gran parte del resto del contenido de la cartera, haciendo casi imposible el averiguar gran cosa de él. Lo único que sacaron en claro fue, curiosamente, su apellido, la única parte que se había salvado en el permiso de circulación de Kuro-…hmm… Iwazuki. El nombre no está claro, pero lo que sí lo está es que se apellidaba Iwazuki.
-Iwazuki…-repitió Alice, mirando pensativa a Kuro-… Hm… Kuro Iwazuki…Hmmmm…-murmuró Alice, cruzada de brazos con expresión de gran concentración. Sus murmullos y gruñidos fueron en aumento, hasta que pareció que iba a explotar. Finalmente, dejó escapar un suspiro, y miró abatida a Kuro-. Nada… No importa cómo lo mire…
-¿El qué? ¿Qué pasa?-preguntó Shimada, mirando extrañado a la niña. Alice, con una lagrimita en el ojo, miró al resto de ocupantes del vehículo.
-…no le pega nada-declaró, con aire tristona. El comentario de Alice provocó que el resto de supervivientes cayeran al suelo de forma bastante cómica, todos preguntándose que qué podía tener esa niña en la cabeza para preocuparles estúpidamente por algo tan bobo. Incluso Hirano se había precipitado del techo del Hunvee, demostrando que había estado escuchando a escondidas a Saya y a los demás, y provocando que esta le gritara que volviera a su puesto inmediatamente. Saludando con aire militar, un azorado Hirano volvió a subir a toda prisa al Hunvee.
Habiendo descartado la cartera, Saya empezó a examinar el móvil de Kuro. La pantalla estaba resquebrajada en un millón de pedazos, y la carcasa estaba doblada. Sabía que no serviría de nada, pero aún así Takagi trató de encender el teléfono, sin éxito. Estaba claro que el pobre aparato no había sido diseñado para la clase de estilo de vida de un ser como Kuro.
-Vaya… Me pregunto si…- murmuró Saya, trasteando con el aparato.
-¿Qué pasa?-preguntó Alice, viendo como Takagi trataba de abrir el teléfono, tomando como precaución que no lo acabara de partir en dos por accidente.
-Quiero ver si la tarjeta de memoria se puede utilizar todavía-explicó Saya-. Si consiguiéramos sacarla y ponerla en otro teléfono, tal vez podamos averiguar algo por su contenido.
-Para, que así lo vas a romper-comentó Shimada, viendo como Saya seguía tratando en vano de desmontar el lastimado aparato-. Anda, trae…-dijo sin muchas ganas, tendiendo la mano.
-¿Ah?-preguntó Saya con aire ofendido-. ¿Y que puede saber un gorila como tú de teléfonos?-Takagi sonaba genuinamente extrañada, como si realmente le pareciera una idea tan descabellada el que él pudiera saber algo sobre aparatos electrónicos. Tratando de no enfadarse demasiado, Shimada forzó una tensa sonrisa en su rostro.
-Para tu información, niñata, este "gorila" se ganaba la vida arreglando tratos como ese móvil de ahí. Sé mejor que ninguno de vosotros como manejar un problema así, de manera que si no tienes más inconvenientes…-comentó Shimada, muy para irritación de Saya. A regañadientes, acabó por tenderle el teléfono al grandullón, que sin perder un instante empezó a manipular con destreza el destrozado aparato.
No había mucho más que el resto pudieran hacer salvo esperar y ver cómo trabajaba Shimada, quien fiel a su palabra consiguió desmontar el aparato en un abrir y cerrar de ojos sin romperlo más de lo que ya lo estaba. Según él, la tarjeta se podría salvar, aunque haría falta conseguir un teléfono de una marca parecida al que tenía Kuro para que funcionara. Por suerte, Saya recordó que el móvil de Takashi era bastante parecido a ese, de manera que si esperaban a que volviera con el aparato tal vez consiguieran apañarlo para que funcionara.
Por el momento, pero, solo podían esperar.
...
Horas más tarde:
-…vale, ya está-comentó Shimada, cerrando finalmente el aparato de Takashi. Él y el resto de miembros del grupo habían vuelto con los artículos que habían ido a buscar, todos sanos y a salvo. La zona estaba considerablemente limpia y libre de Ellos, lo cual daba a entender que o bien sus antiguos ocupantes habían conseguido escapar, o Ellos se habían desplazado a otra zona. Como fuera, tan solo hizo falta romper un par de cabezas, y no hubo ningún incidente digno de mención.
Una vez volvieron al Hunvee, Takagi les explicó qué planeaban hacer, y la propuesta recibió un considerable apoyo e interés por parte del esto del grupo, salvo por Takashi que no ardía precisamente en deseos de que trastearan con su móvil. Con la promesa de devolvérselo a su estado anterior una vez hubieran acabado, finalmente acabó por entregar su teléfono móvil, todo esto mientras una sonriente Alice le consolaba acariciándole la cabeza. Nunca lo admitiría en voz alta, pero realmente había necesitado aquello.
Al oir a Shimada, los ocupantes del Hunvee se apresuraron a subírsele todos al hombro, deseosos de poder ver el contenido de la tarjeta. Huelga decir que la presencia de tantas personas mirando por encima de sus hombros y apoyándose encima de él para así poder mejor consiguió sacar de quicio a Shimada, quien a gritos reclamó que se apartaran de él de una maldita vez. Una vez consiguió poner orden en el Hunvee (Hirano, Asami y Hiro habían subido al techo, mirando por la abertura, mientras el resto se habían acomodado lo mejor posible en la parte de atrás, con Shizuka y Shimada todavía en los asientos de delante), Shimada encendió el teléfono y mostró la pantalla para que el resto la vieran, como si de un televisor se tratara. A medida que la pantalla de carga seguía su curso, los silenciosos ocupantes del Hunvee miraban con nerviosismo la pequeña pantalla, cruzando los dedos para que su apaño funcionara. Kuro, quien vigilaba fuera con la espalda contra el costado del Hunvee, no parecía muy interesado.
Tras lo que pareció una eternidad, la pantalla se iluminó y mostró el fondo de pantalla del móvil, uno completamente diferente al que Takashi usaba para su móvil. Así pues, el teléfono había aceptado la tarjeta.
-¡Genial!-exclamó Takashi, secundado por el resto de sus amigos. Animados, examinaron con detalle la imagen que ocupaba en esos momentos la pantalla del teléfono. La imagen mostraba lo que parecía ser el salón de un apartamento, amueblado de forma elegante y luminosa gracias a sus blancas paredes y a sus muebles de aspecto nuevo. Pero lo que estaba claro era quién era el verdadero centro de aquella imagen: la joven de cabellos castaños que parecía sonreír, sentada en el sofá, a quien fuera que hubiera tomado aquella foto. Vestida con un uniforme escolar que nadie consiguió reconocer, parecía que la habían tomado por sorpresa, a juzgar por su gesto avergonzado y su sonrisa tímida.
-Hm, es guapa-comentó Hiro, mirando desde el techo-. ¿Quién creéis que puede ser? ¿Su hermana? ¿Una novia?
-¿Acaso tú llevarías la foto de tu hermana en el móvil? Está más que claro que tiene que ser su novia-comentó Saya con tono molesto, irritando a Hiro por la manera en que lo dijo. Hacía que pareciera que hubiera dicho algo tremendamente estúpido, cuando en realidad le parecía una pregunta bastante normal-. Probemos a ver si Kuro reacciona a ella. Tal vez despierte algún recuerdo, o algo.
Dada la falta de espacio en el Hunvee, el móvil fue pasando de mano en mano hasta aquel situado más cerca de la ventana en la que se encontraba Kuro, que en este caso se trataba de Takashi. A pesar de golpear en el cristal un par de veces con el nudillo, Kuro no se giró ni pareció reaccionar a la llamada de Komuro, muy para incomodidad de este. No sabía si sería acertado seguir picando, llamarle a gritos, o él que sabía el qué.
-Kuro-dijo Alice, abriéndose camino por el Hunvee hasta acabar sentada en el regazo de Takashi. A pesar del grueso cristal que los separaba, Kuro pareció reaccionar a la llamada de Alice, ya que se giró y miró de reojo con sus brillantes ojos rojos a los ocupantes del Hunvee desde las oscuras profundidades de su capucha. Tras recibir el teléfono de manos de Takashi, Alice le mostró la foto a Kuro-. Mira. ¿Te suena de algo?
Kuro miró la foto en silencio, como de costumbre. Nada en su postura o mirada indicaba que aquella foto significara algo para él, y cuando finalmente se dio la vuelta y asumió de nuevo su postura anterior, quedó claro definitivamente que o bien no se acordaba, o bien aquella foto no significaba nada para él realmente.
Mientras los demás lanzaban suspiros y exclamaban fastidiados ante aquel primer fracaso, Alice cogió el móvil y miró la foto de la chica. Era realmente guapa, y parecía bastante feliz, si podía tomar su sonrisa como referencia. Parecía una buena chica, como sus hermanas mayores Shizuka, Saya y Saeko, y estaba segurísima que si se hubieran conocido, ambas se habrían hecho buenas amigas. La apenaba un poco que Kuro pareciera no reconocerla, ya que estaba segura que si él una vez consideró oportuno tenerla siempre presente en su teléfono, entonces es que debía ser alguien muy especial para él. De ser posible, Alice quería que Kuro volviera a recordar cuando aún no era…bueno, como era en ese momento, ya que estaba convencida de que si lo conseguía, entonces Kuro se pondría muy contento y sería más feliz.
-Alice-dijo la oficial Asami, reclamando su atención-, ¿por qué no pruebas de mostrarle más fotos? Seguro que tiene que tener unas cuantas en la tarjeta.
Con un poco de ayuda del resto de ocupantes del vehículo (Alice había insistido en hacerlo ella misma), Alice acabó por abrir la pequeña galería de fotos del teléfono, una mezcla entre las que Takashi había guardado en el teléfono y las de la tarjeta de Kuro. Con la ayuda de Takashi, consiguieron apartar las que no le pertenecían, y así seleccionar solo aquellas que Kuro hubiera tomado con su teléfono en el pasado.
La gran mayoría mostraban lugares exóticos del extranjero, en algunas apareciendo el hombre que Kuro una vez fue mientras posaba o sonreía a la cámara. En otras, pero, Kuro parecía posar con otro tipo con un aspecto bastante similar al suyo, alguien de quien se colgaba en algunas fotos como si de camaradas se trataran, como si fueran los mejores amigos o compañeros. Fuera como fuera, esa otra persona parecía haber acompañado a Kuro en muchos de sus supuestos viajes, ya que ambos aparecían en la mayoría de fotos. Otras, en cambio, salían Kuro y la chica del fondo de pantalla, abrazados en algunas fotos y en otras besándose por turnos en las mejillas, corroborando la teoría que tenían que aquella joven debía de haber sido su novia.
-Vaya… Debían de quererse mucho-comentó Shizuka al examinar las fotos de la feliz pareja. En algunas más viejas salían vestidos con sus uniformes escolares, mientras que en otras más recientes aparecían con ropa de calle, mostrando por su aspecto un cambio en el tiempo y demostrando que su relación debía de haberse iniciado en el instituto, evolucionando a medida que ambos se hacían mayores.
-Se me hace raro ver a Kuro tan…expresivo-comentó Hirano, viendo las fotos en las que este salía sonriendo, riendo, o más comúnmente, poniendo caras graciosas. Además, estaba el hecho de que sus cabellos eran negros, su piel no era tan pálida, y sus manos definitivamente no eran dos brutales garras. El cambio entre uno y otro era considerable-. ¿Qué demonios le pasó para que acabara de esta manera?-medio preguntó medio murmuró Kohta mientras miraba pensativo la figura callada de Kuro.
-Hmm…-murmuró Takagi, examinando una foto en la que salían Kuro y el tipo aquel tan parecido a él. A diferencia de Kuro, este otro tipo parecía más mayor con su barba descuidada, y sus cabellos recortados en otro estilo. A parte de esos detalles, su parecido era casi familiar-. Este podría ser su hermano. Son casi idénticos.
-Mirad esto. Alguien estuvo intentado ponerse en contacto con él muchas veces-señaló Busujima. Realmente alguien había estado tratando de llamar a quien hubiera sido Kuro antes, ya que el buzón de mensajes estaba completamente lleno, y su teléfono indicaba no menos de 50 llamadas perdidas en la última semana. Curiosamente, todas estaban escritas bajo dos nombres: "Ai", y "Hermano".
-Considerando lo que sabemos…-dijo Saya, cogiéndole el teléfono a Alice. Esta, que hasta el momento había estado mirando fascinada las fotos, se molestó y trató de recuperar el aparato de manos de Saya, quien se limitó a mantenerlo en alto mientras Alice estiraba inútilmente los brazos hacia el cielo, incapaz de alcanzarlo-…, "Ai" puede ser la novia de Kuro, y su hermano el tipo de las fotos.
-¿No podría ser su madre, o una amiga?-propuso Takashi.
-No lo creo. Su lista de contactos no parece muy extensa, por lo que…-comentó Saya, manipulando el aparato con una mano mientras con la otra mantenía a raya a Alice, quien aún seguía exigiendo de vuelta el teléfono mientras trataba de cogérselo a su hermana mayor. Esta ni siquiera le prestaba atención mientras le apoyaba la mano en la cabeza, impidiéndole avanzar-… ¿ves? Lo que yo decía-indicó Saya, mostrando lo que había encontrado a Komuro. En la lista de contactos había dos que figuraban bajo los nombres "Papa" y "Mama"-. El que tenga a su hermano como "Hermano" simplemente indica que Kuro es de los que etiquetan a la gente para hacer más fácil el distinguirlos de otras personas con el mismo nombre. Era de lógica suponer que sus padres figurarían por el título y no por el nombre, ergo "Ai" no es el nombre de su madre. Solo nos queda suponer que es o una amiga, o su novia, y considerando esta situación, me atrevería a apostar por la segunda opción. ¿No os parece más lógico pensar que una pareja sentimental llame a su compañero en un momento como este, más que si no fueran simples amigos?
La lógica de Saya era irrebatible, y nadie le llevó al contraria. Liberando a Alice, Saya dejó que esta se precipitara sobre su regazo, apoyando rápidamente sus codos en la espalda de esta e inmovilizándola. Alice solo podía patalear y quejarse bajo el peso de Takagi, quien siguió hablando como si nada.
-Bien… ¿Y ahora qué, Takashi?-preguntó Saya, mirando a Komuro. Al ver como las miradas de todos se centraban en él, Takashi se sintió un poco cohibido, aunque procuró que no se le notara demasiado.
-Hmm…-Takashi reflexionó rápidamente sobre qué hacer a continuación. Sabía bien la prioridad en esos momentos era buscar un lugar seguro, fortificarlo, y reunirse con sus familias para llevarlos allí. El orden en que lo hicieran no era tan prioritario como la velocidad, ya que el ritmo al que las cosas se estaban saliendo de control era cada vez más rápido. Primero, había sido un solo tipo golpeando la verja de la escuela. Ahora, los habían a miles caminando por las calles, mientras seres deformes pululaban entre ellos, los edificios escondían seres de tamaños gigantescos parecidos a serpientes, y algunos monstruos con poderes extraordinarios decidían corretear por ahí sin saber bien qué razón podían tener. Aún así, el que Kuro hubiera estado recibiendo tantas llamadas probaba que, por lo menos, su familia debía de estar en un lugar a salvo, ya que no se imaginaba a alguien luchando por su vida y llamando tantas veces al mismo número, sin recibir nunca respuesta. Si conseguían algo de información sobre a dónde dirigirse a continuación, entonces ponerse en contacto con esas personas les podría hacer mucho bien. Además, y esto lo pensó Komuro mientras miraba de reojo a Kuro…, se merecían saber qué había sido de él-… Takagi, pásame el teléfono-dijo Takashi, mirando a su amiga con decisión.
En seguida Takashi escogió uno de los números que habían estado llamando a Kuro y, sin vacilar, pulsó la tecla de llamar y accionó el altavoz. Mientras él oía los pitidos a la espera de que alguien al otro lado respondiera, en el Hunvee se hizo un silencio absoluto, todos expectantes de la respuesta del pequeño aparato. Los segundos parecían ir marcados con el rítmico pitido del móvil, poniendo cada vez más nervioso a Komuro y al resto. Parecía que nunca lo iba a coger, y a punto estuvo Takashi de colgar cuando…
-¿…la?... ¡¿HOLA?! ¡Takeru, ¿eres tú?! ¡TAKERU!-respondió a gritos alguien al otro lado del teléfono. Su voz sonaba aguda, femenina, por lo que supusieron que se trataba de la novia de Kuro-. ¡Takeru, soy Ai! ¡Respóndeme, por favor!
-¡Ah, esto…! ¡No, lo siento, no soy…Takeru…!-respondió algo sorprendido Takashi, quien no se había esperado que le gritaran nada más responderle.
-Takeru…-repitió Miyamoto, mirando pensativa el semblante estoico de Kuro-… Takeru Iwazuki. Así que ese es el verdadero nombre de Kuro…
-Takeru…-repitió Alice, calmada de repente y todavía bajo la presa de Saya-. Hmmm… ¡Me gusta!-exclamó alegremente, provocando que más de uno se diera con la mano en la cara. Esa niña…
-¿Qué? Pero entonces… ¿Quién eres? ¿Cómo has conseguido este número?
-Me llamo Komuro Takashi. Yo y mis amigos escapamos de nuestro instituto y ahora estamos en… bueno, la verdad es que no tengo muy claro dónde estamos-comentó con una pequeña sonrisa Komuro, que provocó que el resto de supervivientes rieran también ante lo absurdo de su comentario. Incluso Shimada se permitió una pequeña sonrisa-. Respecto a lo del número, lo he conseguido de…
Fue entonces, justo entonces, que Takashi se dio cuenta de una cosa: ¿qué demonios le iba a decir? Se había lanzado a llamar sin pensar qué iba a decirle a esa otra persona sobre Kuro, o Takeru, o como rayos se llamara. ¿Qué se suponía que le iba a decir, que ahora era una especie de máquina de matar? ¿Qué le habían cambiado de nombre? ¿Qué le habían arrancado un brazo, pero que no se preocupara, que le había vuelto a crecer? ¡Era de locos! Y aún así, sabía que tenía que decirle la verdad. La pregunta era… ¿cómo?
-…Iwazuki. Su teléfono se rompió, así que le cambiamos la tarjeta y al ver las llamadas te he llamado.
-Iwa… ¿Takeru está ahí, con vosotros?-preguntó Ai, esperanzada-. ¿Dónde está? ¿Puedes pedirle que se ponga, por favor?
-Ah…-dijo Takashi, mirando de reojo a Kuro. No le hizo falta pensar mucho al respecto para saber que nada sacaría poniendo a Kuro al aparato. Si bien sabía hablar, realmente tenía sus dudas sobre lo que el monstruoso infectado podría decirle a su novia aparentemente olvidada-…es…complicado.
-¿Complicado? ¿Qué…qué quieres decir?-preguntó Ai.
-Es… Será mejor que te lo muestre, mejor que decírtelo. ¿Dónde estáis vosotros?-preguntó Takashi, masajeándose las sienes. Sabía que la cosa no estaba saliéndole tan bien como esperaba, pero necesitaba esa información sí o sí.
-Yo… Estamos en un pequeño refugio, junto al distrito comercial de Kazuya-dijo Ai. A juzgar por su tono, parecía algo temerosa tras las palabras de Komuro-. La…policía consiguió asegurar un almacén y hemos estado aguantando dentro, lejos de esas cosas.
-Junto al distrito comercial, entendido-dijo Takashi, asegurándose de haberla oído bien-. De acuerdo. Intentaremos llegar hasta allí. ¿Podremos entrar una vez lleguemos?
-Yo… avisaré de que venís. No creo que os impidan venir, aunque tendréis que aseguraros de que no os sigan-comentó Ai-. Antes de colgar… ¿Está Takeru con vosotros de verdad? ¿Está…está ben?-preguntó Ai de nuevo, su voz revelando el profundo grado de preocupación que parecía sentir por su amado.
Takashi no sabía bien como responderle, pero al ver las caras de sus compañeros supo que no sería justo para nadie que ahora le pasara el teléfono a otro. Era su responsabilidad, y no pensaba huir de ella.
-Sí… Bueno… es complicado, ya te lo he dicho. Está aquí, con nosotros, pero ahora mismo no te lo puedo pasar, lo siento.
-Oh…-dijo Ai. El silencio se hizo de repente en la línea, y Takashi temió que le hubieran colgado. Momentos después, pero, Ai volvió a hablarle-. Yo… Por favor, daros prisa. Y aunque no puedas pasármelo…hazme un favor.
-¿Cuál? Dime.
-…dile…dile que le quiero-dijo Ai antes de colgar. Nadie podía asegurarlo, pero todos sabían que había empezado a llorar por cómo había sonado esa petición. Los ánimos en el interior del Hunvee habían caído de nuevo, como si el haber conseguido averiguar tanto sobre Kuro no solo no les hubiera alegrado, sino que les hubiera entristecido todavía más. Al final, fue Takashi quien tomó la iniciativa.
-…vale. Escuchad-dijo, reclamando la atención de todo el mundo-. Ya la habéis oído. Están junto al distrito comercial. No nos pilla de camino precisamente, pero si es tan buen refugio como parece, entonces es nuestra mejor opción en estos instantes. Creo que vale la pena que vayamos a echarle un vistazo.
-Coincido. Disponer de una base protegida nos permitirá operar mejor por la zona, aparte de que dispondremos de otras ventajas como la protección de un grupo mayor.
-Ya, como que la última vez esa "protección" nos sirvió de mucho…-comentó con aire bromista Hirano, totalmente ajeno a la mirada asesina que le envió Takagi. Alice se vio propulsada por los aires cuando su hermana mayor, que se había levantado como un resorte, cargó contra el agujero y atrapó al joven entusiasta de las armas antes de que este pudiera escapar. El resto de ocupantes del Hunvee solo podían ver la mitad inferior del cuerpo de Saya, y escuchar los gritos furiosos de esta y los de dolor de Hirano. Asami hacía cuanto podía por calmar a la cabreada estudiante, pero no parecía que esta la estuviera escuchando ya.
-Además…-dijo Rei, quien hasta el momento ha´bia estado callada-…, ha dicho que lo organizó la policía. ¡Mi padre podría estar allí!
-Cierto. Un refugio así me suena como algo que tu padre haría-coincidió sonriente Takashi. Miyamoto, ante las palabras de Komuro, sonrió esperanzada ante la posibilidad de reencontrarse con su padre-. Muy bien, pues si nadie tiene objeciones…
Nadie dijo nada. Se limitaron a asentir decididos, algunos sonrientes y otros con semblante firme, como si hubieran tomado una importante decisión.
-…, pongamos rumbo al refugio.
Fiu…, sí que me ha costado escribir esto.
Hacía ya mucho que no actualizaba, y me ha fastidiado bastante. Intento escribir de todos mis relatos un poco, pero voy según mis ganas y la inspiración. Y ahora mismo, tengo más ganas de escribir otras historias que no las que tengo publicadas. Intentaré actualizar más seguido, eso sí.
Chao, chao.
