"… Porque sé cuándo lo está."

9 de enero de 1997

Enfermería de Hogwarts.

¿Cuántos días llevaba mirando ese mismo techo? Ni siquiera lo sabía, ya había perdido la cuenta. Lo único que sabía era que las razones por las que estaba allí carecían de sentido por completo. Hubiese entendido más que la hubieran destinado a San Mungo ya que al fin y al cabo lo que había hecho tenía más bien que ver con la salud mental y no con la física. El cuello le dolía demasiado, el cuerpo le picaba por el roce de las sábanas y sentía los músculos entumecidos. Su "recuperación" junto a su "tratamiento" estaban siendo tan estrictos que se sentía incluso más débil que nunca, no moverse, no interactuar con el resto de mundo a su alrededor la estaban destrozando. No la habían dejado ni moverse, ni levantarse, ni siquiera ir al baño sola. Y lo que más la estaba sacando de quicio era el ver que cada día que pasaba continuaba allí, encerrada, sin motivo, sin explicación alguna. ¿Quién diablos llevaba el orden en aquel lugar? ¿Quién era la persona responsable? ¿Acaso esa persona tenía razones para continuar dejándola allí?

Razones o no, el tiempo pasaba, los días se iban tachando del calendario y su paciencia se iba agotando poco a poco, o al menos así fue los primeros días ya que cuando llegó el último día –y digo último porque fue el último día que Lestrange soportaba en aquel lugar-, pareció que su mente terminó por desquiciarse. Se quedó en silencio, más que cualquier otro día, cosa que a la enfermera que acababa de entrar la sorprendió bastante, ya que lo que normalmente sucedía era más bien lo contrario; ella entraba, Lestrange gritaba, pataleaba y a veces incluso amenazaba –la mayor parte del tiempo de hecho-, y en aquel momento todo era diferente. Estaba tan callada que la enfermera incluso se preocupó. Miró a ambos lados como si se tratase de una broma, como si se esperase que Susan de repente fuese a aparecer por su espalda porque lo que en realidad estaba en la cama era una trampa ideada por la alumna, su venganza. El vello se le puso de punta sólo de pensarlo, de imaginarlo. Pero por suerte para ella, Lestrange estaba aún atada a la cama.

—Srta. Lestrange… Le traigo la cena —dijo temerosa la enfermera, anunciando su llegada para no sobresaltar a la chica. Pero ésta no contestó, continuó en silencio, sin moverse, sin casi parpadear, de espaldas a ella. Conocía su voz, era la enfermera que la estaba tratando desde el primer día, esa tal Linsey—. Señorita…, tiene que comer algo, cuanto antes lo haga, antes podrá irse de aquí…

Aquellas palabras parecieron desatar una furia en la chica que no pudo controlar. Como si hubiese sido una mofa, un engaño. Como si estuviese insultando a su inteligencia. Tal vez el simple hecho de haber estado tanto tiempo encerrada estaba jugando con su mente, la había vuelto menos paciente, más…, demente.

—Está bien —dijo con un tono misteriosamente amable, algo que sorprendió a Linsey. De pronto se estaba comportando como una alumna normal.

—¿Está bien? —preguntó, sin creérselo.

—Sólo necesito que me ayude a levantarme…

Linsey no era estúpida, pero tampoco lo suficientemente rigurosa como para no aceptar su petición. Se acercó rápidamente, algo animada al creer que la chica estaba siendo sincera, y una vez la ayudó a reincorporarse en la cama la miró fijamente a los ojos, a pesar de que éstos estaban cerrados y no pudieron devolverle la mirada. Tragó saliva y frunció el entrecejo, observándola con detenimiento, poco después descendió la mirada hacia las cuerdas que aprisionaban sus manos, momento que Susan aprovechó para entreabrir los párpados y vigilar los movimientos de su contraria a fin de conocer cuáles eran sus propósitos en aquel momento. Linsey la volvió a mirar directamente, esta vez sí a sus ojos, ya abiertos.

—Finite Incantatem —musitó agitando suavemente la varita.

Susan abrió y cerró las manos que estaban algo amoratadas, pálidas por la fuerza que las cuerdas ejercían sobre su piel—. L-lo siento mucho, yo…

—¿No hay correo?...

—¿Cómo? —preguntó Linsey confundida.

—Correo. Mi hermano. No me ha escrito desde que estoy aquí.

—N-no me consta que su hermano le haya enviado ninguna lechuza, Srta. Pero puedo preguntarle al profesor Snape esta misma tarde.

—¿Al profesor Snape? —¿por qué siempre estaba él detrás de todo? ¿Qué tenía que ver él si Rodolphus quería escribirle una carta a su propia hermana? La mirada de Linsey fue una clara pista para Susan pues en seguida vio cómo bajo sus pestañas se dibujaba el temor a ser descubierta. Como si se hubiese desvelado un profundo secreto. Todo aquello las pilló por sorpresa a ambas, pues Susan en seguida pensó en aferrarse a ello como excusa para chantajearla, hasta que cayó en la cuenta de esas…, cartas que a ella tanto la preocupaban. Por supuesto Rodolphus estaba al tanto de lo que sentía su hermana respecto a Snape, incluyendo profundos pensamientos…, íntimos… No era la primera ni la última vez que asomaba las narices en su diario, y allí, por desgracia estaba todo escrito. Y él de costumbre solía escribir en sus cartas mofas al respecto. Como un "¿qué tal tu amor platónico? ¿Aún sigues enamorada de tu queridísimo y oscuro profesor de pociones?

Sin saber muy bien cómo lo adivinó, lo hizo. Sabía que Snape tenía cartas de su hermano guardadas y esperaba que no las hubiese leído. Aquel fue el único impulso que no pudo refrenar. Ni siquiera pensó en cómo hacerlo de una forma concreta y ordenada como siempre hacía. No. Esta vez no era su conciencia la que actuaba ni la que pensaba, sino más bien su temor a ser descubierta, su impulsividad para rescatar a su…, ¿intimidad? En esos instantes en los que todo aquello revoloteó por su mente levantó los puños hacia arriba e hizo volar por los aires la bandeja. Linsey obviamente cerró los ojos y se tapó con ambos brazos, levantándose de la cama ahogando un gritito. Susan sin recordar que sus piernas estaban atadas intentó bajar de la cama con demasiada fuerza, haciendo que su cintura le diese un fuerte latigazo. Apretó los ojos aun dolorida y se estiró como pudo hasta la mesita, agarrando su varita que por poco no se cayó al suelo.

—¡Diffindo! —dijo casi gritando apuntando a las cuerdas de sus pies. Acto seguido se levantó rápidamente sin pensar que llevaba demasiado tiempo sin moverse. Por supuesto en el primer momento en el que sus pies tocaron tierra firme cayó al suelo de boca. Literalmente no sentía sus piernas. Casi se arrastró a la puerta ayudándose de sus manos para poder salir.

—¡PARE! ¡NO PUEDE HACER ESO! —gritó atemorizada la enfermera, buscando con la mirada su varita que fue a parar cómo no, también al suelo.

Susan esforzándose como nunca antes logró avanzar hasta casi llegar a rozar la salida, cuando escuchó el sonido de madera arrastrándose por el suelo y alzándose en el aire. Linsey había cogido su varita y seguramente, la utilizaría contra ella. Se giró medio tumbada sobre el suelo y la apuntó también, lanzando ambas un hechizo al mismo tiempo.

—¡Inmobilus! —gritó Linsey.

—¡Desmaius! —se defendió Susan. Ninguna de las dos atinó con el hechizo, y menos mal, porque con lo que Susan acababa de hacer se estaba jugando la expulsión y a saber qué más.

Cuando pareció que las piernas empezaron a reaccionarle intentó ponerse en pie, sujetándose de la puerta, mientras cientos de hechizos explotaban en luces de color contra las paredes de piedra que bordeaban la puerta. Logró ponerse en pie y cerrar finalmente el portón, jadeando y a punto de desvanecerse.

—Fermaportus —musitó con la respiración entrecortada. Por suerte fue rápida ya que Linsey acababa de llegar para atestar contra la puerta, intentando abrirla. La golpeó gritando su nombre, implorando que la abriese, pero Susan tenía otras preocupaciones más importantes que detenerse a pensar en lo que había hecho y en lo que se estaba metiendo.

Sin saber cómo, logró llegar hasta el aula de pociones con la bata de la sala de enfermería puesta, agradeciendo que esa fuese una hora conflictiva pues apenas había alumnos merodeando por los pasillos. Sentía los latidos de su corazón en el cuello, los labios e incluso hasta en la frente, palpitante e incluso molesto. Estaba demasiado nerviosa ahora que esa imagen se había implantado en su mente. Snape leyendo sus cartas… ¿Podía acaso empeorar la cosa? Aquella imagen se había reproducido más de cien veces y cada una de ellas era como una puñalada por la espalda. Las escaleras de caracol que la dirigían a las mazmorras se le hicieron más eternas que nunca y una vez llegó a la puerta ni se molestó en llamar, ni detenerse, se abalanzó sobre ésta, abriéndola con ferocidad, tropezándose consigo misma. Snape ni siquiera alzó la mirada hacia la chica, ni si quiera pareció haber un sobresalto que alzase momentáneamente sus hombros o cambiase el gesto de su rostro. No…, el continuó inmóvil aun cuando la voz de Susan se escuchó en la sala.

—¿Dónde están? —preguntó, sabiendo que él sabía a lo que se estaba refiriendo.

—¿Dónde está el qué, Srta. Lestrange?...

—Lo sabe perfectamente —respondió con la voz embravecida, temblorosa a causa de los nervios, de la impotencia.

—Lo cierto es que no. Pero ¿sabe lo que sí sé? Que usted no debería estar aquí ahora mismo y que espero que tenga una muy buena razón para estarlo…

—La tengo.

—Sorpréndame… —comentó con pesadumbre con una voz ronca, escribiendo despacio sobre el pergamino.

—¿Puede mirarme al menos a la cara?

Él no se molestó en responder, cosa que a la chica la exasperó. ¿Por qué nadie le contestaba? ¿Tan complicado era? Por supuesto no era lo mismo con Snape que con Lucius, a él le tenía respeto, un respeto del cual hasta ella misma se sorprendía a veces. Era el único profesor al que no se atrevía a contestarle ni una mísera palabra. Al menos no en remotas ocasiones…

—Llevo más de una semana encerrada en la enfermería, y sé que Rodolphus ha tenido que enviarme alguna carta. Y quiero que me las dé.

—Si ha estado encerrada como usted dice, ¿cómo está tan segura de que su hermano le ha enviado-

—Simplemente lo sé —le interrumpió.

—Como director de su casa conozco las calificaciones de mis…, alumnos…

—Por favor... —Susan soltó un bufido sabiendo lo que iba a decir a continuación, bufido que por supuesto no detuvo a Snape en su insistencia por dejar a la chica por los suelos.

—Nada más y nada menos que 3 desastrosos, dos insatisfactorios y un mísero aceptable. ¿Eso responde a sus preguntas?

—Tal vez si no llevase más de una semana encerrada en la enfermería hubiese podido repasar los T.I.M.O.S.

—¿Quiere decir que el motivo por el cual lleva suspendiendo trimestre tras trimestre es porque ha estado encerrada un par de días?

—Más de una semana —insistió.

—¿Es necesario que le recuerde por qué está ahí?

—No, no lo es.

—Bien… Ahora dese la vuelta y cierre la puerta al salir, esta vez sin desaires.

—No voy a volver a ese sitio.

Volvió a quedarse en silencio, un silencio tranquilo, pues bien sabía él que no tenía opción. Hizo un movimiento con la mano e hizo que el cuerpo de la chica rotase rápidamente en dirección a la puerta.

—¡POR FAVOR! ¡NO PUEDE OBLIGARME A VOLVER ALLÍ! —gritó forzando a su cuerpo contra el hechizo. ¡No sabe lo desesperante que es pasar ahí los días sin poder moverse! —giró hacia él, que por supuesto seguía sin mirarla.

—Cuando las personas están enfermas necesitan ser cuidadas, Srta. Lestrange… Por eso está en la enfermería, no son unas…, vacaciones.

—Yo no estoy enferma —reprochó con enfado.

—Claro que lo está, tanto la profesora McGonagall como yo estuvimos presentes en el momento de su…, ¿debería llamarlo desliz?

—¿Qué tengo que hacer para que me crea?... —preguntó desalentada, sin ánimo alguno.

—En primer lugar, no haber intentado algo tan ridículo como lo es el suicidio.

Susan bufó, si confesaba se arriesgaba a parecer aún más estúpida de lo que ya lo estaba pareciendo, pero si no lo decía se arriesgaba a volver allí a saber por cuánto tiempo más.

—¿Quiere que diga lo que usted quiere oír?

—¿Y qué es exactamente lo que yo quiero oír? —preguntó indiferente, con parsimonia.

—¿Tengo que saberlo yo?

—Por supuesto que lo sabe. Usted desborda inteligencia, ¿verdad, Srta. Lestrange?... —preguntó con ironía. Ahora sí, mirándola. Justo en el momento en el que sus ojos se encontraron con los de ella, ésta sintió una fuerte punzada en el pecho, una punzada que hizo que inmediatamente apartase la vista, sin poder evitar aquel nerviosismo.

—No intenté suicidarme —confesó.

—¿Entonces qué hacía inconsciente en l-

—No estaba inconsciente —lo interrumpió—. Es difícil de explicar —el corazón empezó a acelerársele por momentos, no sabía si aquello empeoraría la situación más de lo que ya lo estaba, pero no podía volver atrás, no en ese punto.

—Lástima… —susurró.

—¿Qué? —preguntó en seguida, atemorizada.

—Márchese…

—¿Qué?... ¿T-tengo que volver a…?

—Largo.

—¿Eso es un sí?

Snape suspiró cerrando los ojos momentáneamente. Dejó la pluma sobre la mesa y se levantó mientras a la chica le daba un ataque. En cuanto lo vio levantarse se le encogió el alma en un puño. Tragó saliva rápidamente para no atragantarse si se acercaba a ella y la hacía hablar. Temía porque él pudiese escuchar los latidos de su corazón cuando se acercase pues la ensordecían insoportablemente. Sentía todo el peso sobre sus hombros presionándole las sienes como un fuerte dolor de cabeza. No sabía cómo escapar de ahí, de un lío en el que ella solita se había metido, y, además, un lío que en absoluto le merecía la pena. Por un simple baño, por el morbo que le suponía infringir las normas, aquellas que burlaba cada vez que se le antojaba. Por eso y por muchas cosas más ahora tenía delante a Snape, con el ceño y los labios fruncidos, y aquellos ojos negros mirándola fijamente, demasiado cerca como para lograr contener sus sentimientos. Intentó aguantar la mirada, pero le fue imposible.

—Míreme…

Ella lo intentó, y lo logró durante un par de segundos, hasta que sintió el ardor apoderándose de sus mejillas y de sus manos.

—N-no puedo… —confesó con un tono prendado demasiado complicado de disimular.

Snape alzó las cejas incrédulo. Le miró por un segundo los labios y siseó. Entonces algo sintió ella, algo que por suerte le ayudó a prevenir la situación, porque si no lo hubiese hecho, se hubiese arrepentido toda su vida. Pudo sentir aquella presión sobre sus sienes, aquel indicio de invasión de su privacidad. Fue entonces cuando le miró fijamente a los ojos, molesta e indignada porque sabía perfectamente lo que estaba a punto de hacer.

—¡NO! ¡ESPERE, ESPERE, DE ACUERDO! ¡Se lo diré!

Snape ladeó una fina sonrisa, muy leve y casi inapreciable, pero que denotaba poder y orgullo. Frunció los labios y dio un paso hacia atrás, alzando la barbilla, esperando a oír aquello que ansiaba escuchar.

—No estaba inconsciente, estaba fingiendo estar inconsciente porque no se me ocurrió otra forma de huir de aquella situación en la que yo misma me había metido. Yo… Bueno, yo fui al Baño de los Prefectos para darme un baño y…, me aseguré de que nadie pudiese entrar. Para cuando quise darme cuenta McGonagall estaba a punto de…, de no sé, de hacer algo para abrir la puerta. Busqué dónde poder esconderme, pero allí era imposible y estaba d- s- sin ropa y-y no tenía tiempo para vestirme y, ¡y no sé, fingir que estaba sugestionada bajo el hechizo Confundus y por ese motivo estaba allí! ¡No lo sé! —respondió agobiada por aquella mirada oscura acechando sus palabras, su historia y su confesión.

Severus parecía indiferente ante todo lo que le estaba contando, pero por dentro sólo pensaba en cómo aquella chica podía tener tan malas ideas. Y lo peor de todo; que esas ideas se le ocurriesen con tanta rapidez. Lo tenía todo planeado desde el principio, y tenía más de un plan por si el otro le fallaba, era realmente sorprendente que en cuestión de segundos su mente pudiese idear tantas opciones con la presión de una situación como esa. Sin duda aquella perversa mente tan despierta le preocupaba, le atosigaba al pensar que debía estar pendiente de ella a cada momento.

—Obviamente pensé que si fingía un suicidio en lugar de castigarme se me protegería por… Da igual… No importa. Es demasiado…, humillante…

Snape frunció los labios al mismo tiempo que alzaba la ceja. Abrió la boca y dijo—:

—Sin duda es…, humillante. Además de ridículo…

Susan frunció el ceño. No quería escuchar todo aquello, ella ya era consciente de que era vergonzoso y ya había pagado por ello.

—Y por tal se le restarán 50 puntos a Slytherin.

Su indignación en aquel momento fue tal que por segundo se le olvidaron las cartas, la enfermería y todo lo demás. Que por su culpa le restaran puntos a su casa la encolerizaba. No quería escuchar cómo todos los Slytherins la amenazaban o la bombardeaban a preguntas y a acusaciones. Pero algo más que eso la hizo reaccionar, fue algo que vio en su mirada, algo que le susurró la respuesta.

—Ha sido usted quien me ha tenido allí...

Snape apretó los labios arqueando la ceja, indiferente a las recriminaciones de Lestrange.

—Ha estado todo este tiempo teniéndome allí únicamente para que confesara que todo era mentira —escupió como si hubiese encontrado la última pieza de un puzle.

—Increíble su capacidad de deducción, Lestrange, la felicito. Weasley no lo hubiese hecho mejor… —respondió con sorna.

—Cómo puede ser tan… —no se quedó sin palabras, tenía mil formas de decírselo, pero ninguna de ellas la salvaban de las represalias y no podía arriesgarse a eso, no de nuevo.

—¿Sí, Srta. Lestrange? —preguntó él, dispuesto a escuchar, sin hacerle falta mucho tiempo para idear un buen castigo, de hecho, ya tenía unos cuantos pensados.

—¿Por qué lo ha hecho?... ¡¿Por qué me ha tenido ahí sin motivo alguno durante una semana?!

—Baje…, la voz.

—¡NI SIQUIERA SE MOLESTÓ EN ASEGURARSE DE SI REALMENTE ESTABA BIEN!

—No me hizo falta.

—¿¡Ah, no!? ¡¿Y por qué no?! ¿¡De veras se cree tan inteligente como para-

—Porque sé cuándo lo está —le interrumpió él, solemne, tranquilo.

Aquellas palabras la derrumbaron. La hicieron tambalearse y hasta marearse. Sintió un vuelco justo en el estómago, como si fuese a desvanecerse. El corazón se le detuvo porque notó algo en esas palabras que por desgracia la hicieron ilusionarse. Tristemente era la realidad pues en el fondo de su corazón sabía que todo aquello sólo era eso, una simple ilusión. Pero aquellas palabras, aquel tono, aquella voz… Le habían dicho mucho más en aquellas simples palabras. Sus párpados no tuvieron la suficientemente fuerza como para mantenerse en su lugar y cayeron con pesadumbre, seducidos por aquella frase. A ojos de Snape aquel gesto fue más que revelador pues era bien obvio que a la muchacha solo le había faltado soltar un suspiro. Ésta bajó la mirada, derrotada como si aquellas palabras hubiesen pesado más en ella que todos esos días en la enfermería. Todo su sistema se ralentizó, su pulso, su respiración…

—Por favor…, no lea las cartas... —dijo aún cabizbaja, como frase de despedida que daba por finalizada la conversación.

Snape pareció extrañarse ante aquella petición, por supuesto no iba a leerlas, pero aquel imploro, aquel pesar en sus palabras despertaron en él cierta curiosidad. Tal curiosidad que fue incluso extraña, inusual. Un instinto que jamás antes había sentido y que se avivó una vez la muchacha le dio la espalda y él se perdió en el brillo azabache de su pelo. Molesto consigo mismo y una vez la puerta se hubo cerrado, golpeó con el puño la mesa de su escritorio haciendo tambalearse varias de las ampollas rellenas de diferentes pociones.

Aun tras la puerta, Lestrange cerró los ojos pensando en todo lo que acababa de suceder, rememorando sus palabras como una voz que se repite constantemente con un eco melancólico. Respiró profundamente sin saber muy bien qué hacer. Snape no le había dejado nada claro. Se giró hacia la puerta una vez más y se dedicó a observarla fijamente, imaginándose la situación, la conversación. De nuevo sin tener nada claro. Bufó y decidió que lo mejor por el momento era marcharse. ¿A dónde? Ni siquiera lo sabía. Se dedicó a vagar por el castillo sin un rumbo fijo, sin importarle entonces que alguien la viera, lo único que le importaba en aquel momento era el enorme lío que tenía en la cabeza. Sin casi darse cuenta había llegado hasta la gran puerta del Gran Comedor. Se quedó prácticamente cautivada, ensimismada, como si aquella grandeza fuese en aquel momento para ella un gran pergamino en blanco en el cual poder escribir todo lo que sentía. Unos pasos a su espalda la hicieron despertar rápidamente. Giró el cuello hacia su derecha, torciendo después su cuerpo para comprobar qué era lo que tras su espalda se había movido. Una cabellera rubia acababa de perderse en el pasillo que comunicaba con la Gran Escalinata. Ella corrió tras él gritando su nombre.

—¡Braco! ¡Eh! ¡Draco! —insistió varias veces, pero no hubo forma de hacer que se girase—. ¡Draco! —volvió a probar, esta vez acercándose más, hasta el punto de poder agarrarle del brazo—. ¡Eh! Te estoy llamando… ¿Se puede saber qué te pasa?

Draco la miró de arriba abajo extrañado, juzgando su apariencia.

—¿Qué haces así vestida?

—¿Es que no te has enterado?

—¿De qué debería haberme enterado?

—Da igual, no importa… No quiero hablar del tema.

Draco frunció el ceño y miró hacia la escalera.

—¿A dónde ibas? —le preguntó ella, preocupada por el comportamiento que estaba teniendo. Últimamente no parecía el mismo.

—A ninguna parte —contestó él, frío. Volvió a mirarla, para repasar de nuevo su apariencia—. ¿Por qué llevas eso puesto?

—He estado en la enfermería.

—Ah —respondió con desinterés.

—¿No vas a decirme a dónde ibas?

—Ya te lo he dicho.

—No. Me refiero a dónde ibas de verdad.

—A la biblioteca.

—¿Tú? ¿A la biblioteca? —rio con sorna—. No me digas… No sabía que te interesase leer.

—No me interesa. Spot nos ha-

—¿Qué? ¿Sprout? —interrumpió Lestrange—. Espera… ¿El trabajo de Herbología no era el viernes?

—Lestrange, mañana es viernes.

La muchacha palideció por momentos, no por el trabajo, sino porque había olvidado el día que era y sin duda, para ella era importante.

—¿Qué día es hoy? —casi tartamudeó.

—Jueves.

—¡No! ¡Me refiero a-

—9 —respondió Draco antes de que ella pudiese terminar.

Definitivamente era hoy. Era el día y de no haber sido por su instinto y por su impulsividad aun seguiría ahí, en esa cama, atada cual demente. Era 9 de enero. Llevaba años esperando aquel momento, después de tanto tiempo sin haberse atrevido… ¿Pero acaso iba a tener tiempo en aquel momento para hacer todo eso?

—Tengo que irme —dijo ella, apresurada. Draco la miró aún más extrañado si es que eso podía ser. No se lo impidió, de hecho, lo agradeció ya que así pudo hacer lo que en un principio quería hacer sin que nadie le molestase. Por otra parte, Susan volvió a las mazmorras, esta vez intentando ocultarse lo máximo posible de miradas ajenas. Tenía muy claro lo que tenía que hacer, y al fin y al cabo era sencillo, bastante más de lo que parecía pues le había costado años atreverse siquiera a pensar en hacer algo así. Aun sabiendo que nadie descubriría que fue ella.

Agarró un pergamino y una pluma que fue a buscar a su dormitorio –por suerte bastante cerca del aula de pociones- y entonces escribió en él lo más despacio posible para hacer la letra perfecta. Observó con detalle las finas líneas que había trazado. Enrolló el papel y lo ató con un lazo de color negro. De nuevo, nerviosa y con las manos temblando se aventuró hasta la clase de pociones y apretando su espalda contra la pared intentando ocultarse tras las numerosas columnas se acercó mínimamente a la puerta para no ser descubierta. Hizo levitar el pergamino desde donde estaba y lo llevó hasta la rendija que había debajo de ésta. Agitó firmemente su varita y el pergamino se introdujo rodando. Se quedó ahí, esperando mientras los latidos de su corazón eran lo único que irrumpían el silencio de aquella escena.

Los ojos negros alzaron la mirada al frente, observando tras haber escuchado como algo se colaba bajo la puerta. Miró a un lado y al otro esperando que alguien apareciese de pronto por puro instinto, pero obviamente nadie apareció. Se levantó despacio arrastrando la negra capa, alzando la barbilla con los párpados medio caídos. Frunció el entrecejo apuntando con su varita al objeto que acababa de penetrar en su aula y lo hizo levitar, moviéndolo de izquierda a derecha, inspeccionándolo con cuidado. Hizo que el lazo que lo protegía se deshiciera con delicadeza y el pergamino se extendió frente a sus ojos.

Nada.

Allí no había nada escrito, ni una sola palabra. Snape arrugó la frente y se acercó un poco más, intentando descifrar aquel misterio. No tardó demasiado y arqueando una de sus cejas y frunciendo los labios musitó con voz ronca—: Aparecium.

Unas finas líneas empezaron a plasmarse sobre el papel, humedeciéndolo. Su corazón empezó a alterarse, a ponerse nervioso al ir descubriendo letra tras letra y organizarlo todo en su cabeza. Curvó en un segundo los labios y con un movimiento de varita hizo que el papel ardiese en cuestión de segundos. Le dio la espalda enfadado y confuso al mismo tiempo, sin comprender, pero sin querer entenderlo. Por desgracia o por fortuna, Snape no terminó de leer aquella carta, le bastó con leer su primera frase. ¿Quién sabía aquello? Y lo más importante…, ¿cómo?

La pequeña bola de fuego continuaba dando vueltas sobre sí misma, despacio, consumiéndose en su escritura… letra por letra, palabra por palabra, frase tras frase...

"Feliz Cumpleaños.

Tu regalo está bajo el oscuro cielo, sobre el manto de roca, donde las voces en la tierra, no se escuchan."