Disclaimer: No me pertenece ningún elemento de Hakuouki. Esta historia es escrita por placer y sin ánimo de lucro.
Un amigo como tú
Capítulo 9
"Celos y rebeldía"
Por Lady Yomi
Otoño, 29 de Octubre de 1864.
—¿Todavía está ahí?
—Todavía está aquí.
Chie arrugó la nariz al oír la negativa que Ume, su mejor amiga, le daba. Estaba escondiéndose en la cocina ante la repentina llegada de Tani a la posada.
Esto se había repetido por unos quince días; el hombre al que ella menos deseaba ver parecía vivir en el lugar desde aquella tarde en la que el Vicecomandante del Roshi visitó el restorán.
¿Qué lo había motivado a destinar a Tani a ese punto y dejarlo fijo ahí desde entonces? Chie sólo podía especular (dado que no se atrevía a dirigirse al cuartel en busca de explicaciones) y una de sus apuestas más fuertes era que el jefe de su antiguo mejor amigo estaba a la espera de que la cercanía entre ambos resultara en que este le revelara los pormenores de su relación secreta.
Chie sonrió para sí misma al imaginar al Vicecomandante saliendo de entre los arbustos (al grito de "¡Lo sabía!") en el mismísimo momento en el que eso sucediera.
Pero las esperanzas del ronin eran el miedo más grande de la joven mesera. Le aterraba la posibilidad de que las palabras de Hijikata fueran ciertas... y que ella tuviera que enterarse de la verdad estando a escasos centímetros de Tani, donde le sería imposible ocultar el dolor que esa revelación le causaría.
Se asomó disimuladamente por la pequeña ventana interna en donde la gente hacía sus pedidos y sus ojos se posaron sobre la figura del recién llegado. Tani sonreía mientras hablaba animadamente con su padre (Izanagi estaba más feliz que MacGyver en una ferretería), mientras que Sannan Keisuke (quien acompañaba al Capitán) permanecía alejado de ambos; de pie en un rincón del local con una expresión cansada en el rostro.
Chie desconocía la causa de la actitud de Sannan, pero se notaba que le desagradaba la presencia de Tani tanto (o quizá más) que a ella. Estaba tan atenta ante la similitud de sus reacciones que no notó que el hombre le devolvía la mirada hasta que fue demasiado tarde. El Consejero se dirigió a pasos firmes hacia ella al notar que era observado y Chie no pudo hacer otra cosa que volver a esconderse bajo el mostrador, rezando porque el sujeto sólo viniera para charlar con Ume como acostumbraba.
—Furukawa Chie —declaró con su voz serena—. ¿Hay algún motivo en particular por el que estés de cara en el suelo?
—¡Ahm... yo... —se sentó sobre los talones, sonriendo sin conseguir ocultar la vergüenza que sentía— ...estaba... ¡buscando un palillo que se me resbaló de-
—Cuenta la leyenda que los oni le quitan el pellejo a los mentirosos que caen en los ocho infiernos.
—¡Ah! —Chie hizo un mohín, susurrando para evitar ser escuchada—. Me... me estoy escondiendo de Tani-san...
Sannan sintió que la risa acudía a su garganta y el tono de su voz pareció temblar ante el esfuerzo que hacía por reprimirla:
—¿Escondiéndote?
—No quiero... verlo ahora mismo.
—¿Acaso hay alguien que sí lo haga?
—Mi padre. Sin dudas.
El Consejero volteó por sobre su hombro para observar al susodicho y arrugó los labios en una mueca de disgusto al ver como se inclinaba para atar una de las sandalias de Tani... la que aparentemente se había desatado durante la caminata.
—Parece que le tiene mucha estima.
—Diciendo parece le da muy poco crédito.
—Buenas, Ume-san —Sannan interrumpió la charla para saludar a la otra mesera, quien se ocupaba de hervir arroz junto al mostrador donde Chie se ocultaba—. Que bueno que tengo el placer de verla, oí que me envió sus saludos.
—¡Oh...! —el rostro de la mujer se iluminó a la vez que se movía enérgicamente hacia su escucha, casi dejando caer la olla con agua hirviendo encima de la hija de su jefe—. ¡¿C, cómo ha estado todo, Sannan-san?! ¡Yo... le he echado mucho de menos!
—Me agrada oír eso, Ume-san... —su mirada volvió a posarse en la más joven, quien maldecía por lo bajo tras haberse quemado un tobillo con lo poco de agua que le cayó encima—. ¿Vas a quedarte ahí toda la tarde, Furukawa Chie?
—No es mi intención... pero están bloqueando la puerta principal y no podría irme sin que me vieran y me hicieran mil preguntas como siempre.
—Hmm... —sus ojos se pasearon por el interior del local—. ¿No hay otra salida?
—Sólo esa ventana —señaló una precaria abertura de un metro cuadrado, de la que pendía una cortina de papel—. Pero hay un basural afuera...
—¿Es eso mucho peor que enfrentar a Tani? —declaró Sannan, con una sonrisa débil que acabó por contagiarse al rostro de la joven mesera. Chie acababa de tomar la elegante decisión de salirse al exterior a través de la derruida ventana.
—No irás sola, ¿verdad? —Ume se giró hacia ella—. ¡No quiero tener que quedarme a explicarle tu ausencia a tu padre!
—Oh... ¡pero notará que nos fuimos juntas! ¡Es mejor si te quedas y me excusas de alguna manera!
—¡No seas injusta! ¡Siempre soy yo la que tengo que pagar los platos rotos con Izanagi-san!
—Señoritas... —Sannan se acercó al mostrador, bajando la voz al hablar—. Yo encontraré una forma de explicarlo. Dejen de discutir y váyanse ya.
Ume se lo quedó viendo con los ojos brillantes y su amiga tuvo que jalarla del delantal para que volviera en sí. Ambas se apresuraron a salirse por la estrecha ventanucha, profiriendo quejas por lo bajo ante el terrible olor que se desprendía de los numerosos desperdicios que se veían obligadas a pisar.
Era la primera vez que Chie escapaba de casa de esa manera. Su madre hubiera estado orgullosa.
—¿Por qué lo hiciste? —Ume la interrogó cuando ambas estuvieron a varias cuadras de la posada, caminando a través de las calles de tierra de la ciudad.
—¿Hacer qué?
—Salirte de la cocina.
—Lo último que quiero es ponerme en una posición donde Tani-san me anuncie que se comprometió con esa mujer, o algo así.
—Pasará tarde o temprano. No puedes esquivarlo para siempre.
—Lo sé... —Chie parpadeó lentamente, cayendo en la cuenta de que las palabras de Ume eran ciertas—. Pero mientras más tarde mejor.
—Siempre estás postergando lo inevitable.
—Quizá sea así... —sus ojos se entretuvieron en las hojas rojísimas que pendían de los enormes arces que cercaban la zona comercial de Kyoto. El paisaje era todo un espectáculo. Estaba tan distraída con la visión que no notó que Ume se había detenido frente a un escaparate.
—Oye, Chie-chan —la llamó sin apartar la mirada del curioso material que separaba la mercancía del exterior—. ¿Cómo es que se llamaba esta cosa?
—¿Qué cosa?
—Esto. Lo... transparente.
—Ah. Papá dijo que le llaman vidrio.
—Hmm...
—¿En qué estás pensando?
—En que no tiene mucho sentido proteger la mercadería con un material tan frágil. Cualquier ronin puede darle un golpe y robarse las cosas en cuanto caiga la noche —hizo una mueca al recordar la ocasión donde unos ladrones ingresaron a la librería de su padre, llevándose todo lo que pudieron cargar con ellos.
No había sido la mejor de las noches para el pobre viudo que la había criado desde niña.
—Lo occidental está de moda, supongo que es más para lucirse que para asegurar el comercio —continuó Chie, ajena a los malos recuerdos que aquejaban a su compañera de caminata—. Mi hermana me dijo que últimamente todos están cambiando los tejados de los edificios en Shimabara por unos muy poco armoniosos que usan esos extranjeros.
—Tu hermana... —volvió un poco en sí al recordar algo que quería preguntarle a la hija del posadero desde hacía un largo tiempo—. Hablando de eso, Chie-chan. ¿Cómo le ha estado yendo a Kohana-chan?
—¡Oh! —sus ojos se iluminaron al oír pronunciar ese nombre—. ¡De maravilla! ¡Me ha enviado unas cartas increíbles!
—Shimabara debe ser un lugar fabuloso —sonrió con picardía, pensando para sus adentros que era muy curioso que las dos mujeres compartieran un parentesco, dado que no se parecían para nada físicamente—. Kohana es más famosa que el Shogun; apuesto a que se da la gran vida.
—Papá y yo estamos muy orgullosos de ella. Nos dijo en la carta que llegó esta mañana que muy pronto la nombrarían geiko.
—¡Oh! ¡Eso... es genial! ¡Ya quisiera tener su suerte!.
—¿No es maravilloso? Debe ser increíble poder ser tan bella y talentosa... apenas tiene quince años y sin embargo está muy cerca de lograr vivir de una forma casi independiente.
—Es el sueño de muchas... —Ume chasqueó la lengua, retomando la caminata—. Ojalá no tuviera dos pies izquierdos. Si yo fuera una maiko, Sannan-san me prestaría más atención.
Chie soltó una risa grave. —¡Eres tan exigente! ¡Él es muy amable contigo!
—Hay una diferencia entre amabilidad y atracción.
—Tendrás que perdonarme, Ume-chan —musitó Chie con una sonrisa lastimosa—. Pero no sé como se sentirá eso de que alguien se fije en ti, así que no puedo comparar.
—Yo tampoco sé mucho —se encogió de hombros—. El último tipo que le pidió mi mano a papá lo hizo cuando yo tenía cinco años. Creí que era mi tío durante muchos años... hasta que un día me dijeron que se trataba mi prometido.
—¿Tu prometido? —Chie se tapó los labios con la punta de los dedos, sin dejar de reír—. ¡Eso es horrible! ¿Qué hiciste cuándo te lo dijeron?
—Nada. Por ese entonces no tenía idea de lo que significaba estar comprometida —rió a la vez.
—¿Qué le pasó... a ese pervertido?
—Ni idea. Creo que se cayó en un arroyo y se ahogó... o algo así.
—Ojalá se lo haya comido un kappa —Chie frunció el ceño—. Eso pasa tan seguido... pareciera que los hombres sólo se interesan en nosotras cuando somos unas niñas, apenas cumplimos los veinte y de repente nos convertimos en solteronas repelentes.
—No parece. Es así —Ume elevó la mirada a los cielos, deteniéndose al notar que una gota de agua le había salpicado el rostro—. Ninguno de los otros novios que tuve resultaron mucho mejores que él, al final...
Chie arrugó la nariz, deteniéndose a su vez.
—Todos los hombres son unos depravados.
—Moral y dinero se dejan ver poco y se pierden ligero en esta era que nos tocó —le puso una mano en el hombro para apartarla del camino y guiarla hasta un toldo de colores que pendía sobre una verdulería—. Está empezando a llover, vamos a detenernos por unos minutos.
—Ocurre mucho últimamente. Apuesto a que nos adentramos en la temporada de tifones.
—Eso me alegraría.
—¡¿Eh?! ¡¿Por qué lo haría?!
—Habría menos clientes en el local y podríamos tomarnos unas merecidas vacaciones —se sonrió a la vez que le daba un amigable empujón a su mejor amiga—. ¡Izanagi-san nos tuvo trabajando de largo todo el verano!
Chie, sin embargo, contemplaba con melancolía los cajones de verduras que tenía frente a ella. Hace unas semanas atrás se había topado con Heisuke en ese mismo lugar, y el recuerdo de ese día la llenaba de una nostalgia indescriptible.
Lo echaba de menos.
—Entonces... ¿qué hay entre tú y Sannan-san? —musitó la joven por encima del fuerte repiqueteo que la lluvia causaba al golpear contra la lona que los cubría a ellos y a varios transeúntes que se habían refugiado del chaparrón en el mismo lugar.
—¿Sannan-san? —Ume se sonrojó.
—¿Conoces a varios que se llaman así? —le sonrió de forma maliciosa—. ¡Claro que hablo de él!
—Hmm, eso... —Ume se encogió de hombros, sin mirarla—. Todavía no logro entenderlo bien.
—Parecías muy emocionada cuando te saludó en la posada.
Se volteó hacia ella, con la mirada fija en esos ojos rojizos que la interrogaban con una chispa de curiosidad evidente en su interior.
—Lo estaba. Porque pasa semanas sin venir por el lugar.
—Es el Consejero del Roshi, debe tener poco tiempo libre. No creo que lo haga porque no quiera verte, o porque le desagrades en lo más mínimo.
—¿Estás segura? —se cruzó de brazos, inquieta—. Hace unos meses me dijiste que siempre estaba buscando alguien de quien enamorarme... y por eso empecé a pensar que quizá debía ser más prudente con los hombres en los que me intereso —le dirigió una mirada insegura, mientras sus ojos oscuros temblaban sobre su rostro—. Sannan-san parece demasiado perfecto para ser real.
—¡Oh! —Chie rió—. ¡¿Acaso es eso algo malo?! ¡Vamos, Ume-chan! ¡Jamás quise decir que debías negarte la posibilidad de ser feliz!
—Sí... creo que estoy buscando razones para descartarlo. Pero no entiendo por qué lo hago.
—Apuesto a que estás tratando de protegerte a ti misma de un nuevo fracaso.
—¿Tú crees?
—Si no te permites acercarte a él, entonces jamás te defraudará...
—Vaya... no lo había pensado de esa manera —se giró hacia ella una vez más, entrecerrando los ojos ante la ráfaga de viento repentina que envió una buena cantidad de agua a su rostro—. Hablando de cercanías... ¿qué me dices de Toudou-san y tú?
—Ah, eso... —Chie parpadeó lentamente, tratando de que la tristeza que sentía no se hiciera muy presente al responder—. Recuperándose...
—Espera... ¡¿es que ya lo han operado?!
—Ajá. Mantaro-san trató de hacerlo a la brevedad, para evitar que él se arrepintiera del procedimiento.
—¿Y... podrá volver a usar una espada? —se mordió el labio inferior, sintiéndose tan ansiosa como su amiga—. ¿Lo echarán del Roshi?
—No lo sé... —Chie suspiró por lo bajo—. Eso sólo el tiempo lo sabe...
—Diablos...
Chie se pasó una mano por el rostro, tratando de apartar los mechones de cabello empapados que se pegaban a su frente:
—No le está siendo muy fácil el procesar todo esto de convertirse en una persona común. Ni siquiera habla con Sanosuke o Shinpachi-san sobre el asunto.
—¿Sano y... Shinpachi-san? ¿Quienes son es-
—Sus mejores amigos —esbozó una sonrisa débil, posando los ojos sobre la puerta principal del local—. Me ha contado sobre ellos en varias de las cartas que me envió durante el tiempo que estuvo obligado a guardar reposo. Pero te contaré el resto adentro, esta tormenta está empezando a ponerse fastidiosa.
—Ni que lo digas. No deja de llover.
—Sí... estoy empapada —Chie asintió y tomó la delantera. Abriéndose paso por la verdulería mientras se deleitaba con el aroma de la mercadería.
La fragancia de las peras Nashi parecía haberse extendido por el aire tras recibir la lluvia sobre ellas y la joven no pudo evitar detenerse para inclinarse sobre el cajón, tomando una fruta en sus manos que llevó a su rostro para apreciar el perfume dulzón con mayor detalle.
—Están en plena temporada —musitó con alegría—. Y son de las marrones, las favoritas de papá.
—¿Vas a llevar algunas?
—Sí —una vibrante determinación apareció en su rostro pecoso—. Ahora que lo pienso, vi a Heisuke mirándolas fijo la última vez que nos encontramos aquí... ¿Crees que lo haría sentir mejor si le llevo unas cuántas y le preparo un postre con ellas?
—No lo sé... —se encogió de hombros, con una sonrisita maliciosa bailándole en los labios—. Pero estoy segura de que a tu padre no le gustará la idea.
—Lo que papá piense no es asunto nuestro ahora, ¿o sí? —Chie sonrió a su vez, colocando medio kilo de peras en su cesto. Fue en ese momento que la asaltó una duda que no había tomado en cuenta al hacer sus planes—. ¿Estará bien que una mujer soltera visite a alguien en el cuartel? No quisiera ser causa de molestias...
—¿Estás bromeando? —chasqueó la lengua, siguiéndola de cerca a través de los pasillos—. Serizawa tiene a una mujer viviendo con él, ¡y los Yagi a esa tonta hija que coquetea con todos los miembros del Roshi a diario!.
—Los Yagi son quienes les dieron alojo, ¿verdad? —soltó, en un intento por evitar que Ume siguiera repartiendo chismes acerca de la pobre señorita Yagi (a la que la mayor odiaba desde hacía años y cuyo desagrado nunca se esforzaba en ocultar).
—Sí. Es una familia adinerada... apoyan al shogunato desde hace generaciones.
—La mujer de Serizawa-san... ¿crees que estará allí? —se detuvo al sentir que un escalofrío le recorría la espalda. No quería tener que cruzarse con ella. No con quien posiblemente tenía un amorío con Tani.
—Claro. A menos que esté encerrada, revolcándose con el sujeto como todos dicen que hace.
—Ahm... —su rostro enrojeció y se apresuró a dirigirse al vendedor para abonar el precio de las frutas, deseosa de cambiar de tema—. Espero que... sólo nos topemos con Toudou-san.
—No te cohíbas, Chie-chan. Tu también encontrarás a alguien que quiera-
—¡N, no... no termines esa frase... Takayama Ume! —apretó los dientes mientras se esforzaba por qué el dinero no resbalara de sus manos al dárselo al vendedor.
—Eres una niñita —soltó una risa grave, divertida ante la timidez que invadía a quien considerara casi una hermana pequeña. Chie y ella habían sido inseparables desde que la primera se mudó a Kyoto. Se habían conocido en la librería del padre de Ume y su mutuo amor por la lectura las unió tanto como lo mucho que gustaban de cocinar.
—Ojalá fuera una niñita —se volteó hacia ella cuando hubo recibido el cambio de manos del vendedor, sonriendo con picardía—. ¡Quizá así podría conseguir marido!
Las dos rieron más alto de lo que era considerado normal tras el macabro chiste de Chie y el vendedor les clavó una mirada de disgusto que a Ume no le pasó desapercibida. Se apresuró a empujar a su amiga ligeramente, mientras se dirigía al exterior del local.
—La lluvia no va a parar en un buen rato. Busquemos una sombrilla y llevémosle ese postre a Heisuke-kun.
Ambas estaban a punto de llegar al cuartel cuando avistaron a la persona que estaba de guardia en el puesto de entrada. Tanto el rostro de Chie como el de su compañera adoptaron muecas de sorpresa y disgusto al verle.
Tani Sanjuro se les había adelantado, y las observaba con malicia desde su posición.
—¿Cómo... llegó antes que nosotros? —la joven se detuvo en seco, pero Ume la sujetó de la manga y la arrastró consigo, sin dejar de mirar fijamente a quien empezaba a considerar una molestia que no dejaba de importunar a su mejor amiga:
—Probablemente no dejó de caminar de vuelta bajo la lluvia.
—¿Tenemos... qué entrar por aquí? ¿No hay... alguna puerta trasera que podamos usar?
Ume esbozó una media sonrisa amarga. —No creo que el cuartel tenga ventanas iguales a las de nuestra cocina, Chie-chan. Las dos tendremos que soportar a Tani por un rato.
—Diablos... —Chie se mordió el labio inferior, sintiéndose todavía más ansiosa de lo que había estado en la mañana. ¿Cómo le explicaría a Tani el hecho de que se había escapado del local en pleno horario de trabajo? ¿Y sí la acusaba con su padre? ¿Y sí le impedían visitar a Heisuke a causa de eso?
Cuando menos quiso pensarlo, ya se encontraban frente a frente con Tani Sanjuro. Quien fingió inocencia mientras tomaba la planilla (en la que debían anotarse todos los ingresos al lugar) entre sus manos de dedos finos y largos:
—Pensé que estabas en tu casa, Chie —murmuró con una afectada preocupación—. Y Ume-san... ¿no estabas allí tú también? ¿Qué motivo las trajo a visitar el cuartel del Roshigumi?
—Estabas tan ocupado prestando atención a los halagos de Izanagi-san, que no escuchaste que Chie necesitaba que alguien la escoltara a la verdulería —se defendió Ume con maestría, mientras señalaba la canasta que su acompañante llevaba en las manos.
—Ah... —Tani dejó caer las comisuras de sus labios varios centímetros. Cualquiera podría decir que le acababa de dar un mordisco a un limón—. Izanagi-san me estaba contando sobre el incendio en el puerto. Lo estimé de mayor importancia que una visita al mercado, supongo...
—Venimos a ver a Heis- ¡a Toudou-san! —Chie se corrigió a sí misma, tratando de no mostrarse demasiado interesada en la visita—. Papá le envió una canasta como muestra de sus buenos deseos para con su recuperación.
—¿Tu padre? —Tani ahogó una risa arrogante—. ¿Le envió un obsequio a quien le encanta llamar un bastardo vagabundo?
—Papá es un hombre impulsivo... —Chie apretó los dedos sobre el asa de la canasta, tratando de darse fuerzas para defender su mentira. Odiaba el hecho de estar teniendo que mentir tanto últimamente. Desde que Tani había vuelto encontraba que debía hacerlo más y más— ...y es normal que se sienta arrepentido de tratarlo con rudeza ahora que él está enfermo.
—Inútil —soltó Tani con desprecio en la mirada—. Está inútil, no enfermo.
Chie frunció el ceño, sintiendo que se le hacía un nudo en la garganta. Su antiguo mejor amigo siempre había tenido un talento nato para decir las cosas tal y como eran... sin importar cuan cruel le resultaran sus palabras a los destinatarios de esa sinceridad.
—Heisuke todavía puede hacer muchas cosas —lo interrumpió, encogiéndose de hombros para evitar mostrar la furia que nacía dentro de ella—. Su maestro le dio una excelente educación allá en Edo, ¿sabías? Sabe de literatura, contabilidad... incluso oí que puede hablar la lengua de los extranjeros. Comparado con él... nosotros no somos más que unos paletos de pueblo, Tani-san.
Se hizo un silencio de tumba entre los dos, y a Chie le asustó la forma en la que Tani clavaba sus ojos grises en su rostro. Acababa de insultarlo con una elocuencia demasiado peligrosa. Parecía haber causado una herida mortal en el orgullo del lancero.
—¿Cómo sabes tanto de él? —le sonrió con malicia.
—Nos... enviamos cartas de vez en cuando.
—Hmm... —torció los labios, sin que la expresión siniestra de su rostro se apagara—. ¿Tú padre está al tanto de eso?
—¿Vas a dejarnos pasar de una vez? —Ume se adelantó, en un intento por defender a su amiga de la manipulación que Tani pretendía ejercer sobre ella.
—Tanta prisa por visitar a un inválido... que cosa de risa —murmuró Tani desviando la mirada, que se posó con la dureza de una roca sobre la pequeña habitación donde se alojaba el susodicho— ...tienen media hora.
—¿Tan poco tiempo?
—¿Tú también te carteas con él, Ume-san? —le clavó una mirada que era una mezcla de desdén y rencor al responder—. Ninguna mujer debería estar aquí. Así que siéntete privilegiada por poder disponer de esa media hora.
—Vamos, Ume-san —Chie caminó rumbo al cuartel, sin soltar su agarre de la manga empapada del kimono de su compañera—. Las peras van a marchitarse si nos detenemos durante más tiempo del necesario.
—Las peras... —la remedó Tani mientras las veía alejarse rumbo a la casa de los Yagi. Chie lo había dejado como un tonto y dañado ese orgullo suyo que tanto estaba siendo pisoteado últimamente. Pero se apresuraría a emprender su lucha por solucionar el asunto esa misma tarde. Le enseñaría a las dos mujeres que no convenía meterse con él... sólo tenía que encontrar a Oume primero.
—¡Buenas tardes... Heisuke-kun! —canturreó Ume cuando Chie y ella se introdujeron en la pequeña salita sin permiso—. Espero que estés visible, somos compañía femenina.
—¡Ah! —Heisuke se puso de pie de un salto para cubrirse con el haori negro que tenía a un lado de la cama y el dolor que le recorrió la espalda lo hizo ahogar un gemido gutural. Nunca esperó que recuperarse de una simple operación fuera a resultar un asunto tan doloroso—. ¡C, Chie-san! ¡¿C, cómo... van a entrar sin anunciarse... a, antes?! —se pasó una mano rápidamente por el rostro, limpiando la saliva que se había juntado entre sus labios mientras dormía.
—Lo siento. ¡Nos gustan las sorpresas! —rió de forma pícara, mientras le dirigía una mirada de soslayo a Chie (quien se empecinaba en no girar su rostro en la dirección en la que estaba Heisuke).
—Ojalá les gustara pedir permiso también —parpadeó lentamente al distinguir a Chie detrás de la mujer—. ¡O, oye...! ¿Para... para qué vinieron?
—¿Qué hacemos aquí? —Chie hizo un mohín—. Te operaron... y quería saber como estabas.
Heisuke se encogió de hombros, pateando los cobertores que lo cubrían a un lado.
—¿Para qué quieres saberlo? Es bastante obvio que me siento como un idiota...
—Vine a darte ánimos.
—No los necesito.
—Oh... —Chie tamborileó las puntas de los dedos en el asa de la canasta, sintiéndose tremendamente insegura acerca del motivo de su visita. El sonido de la lluvia se intensificó en el exterior.
—Chie-chan te trajo peras Nashi —Ume le arrebató la canasta y la colocó en medio de ellos dos—. Pensaba cocinarte un postre o vaya a saber que cosa para hacerte sentir mejor.
—¡U, Ume-chan! —Chie trató de recuperar el agarre del cesto, pero fue en vano. La mujer era mucho más alta que ella y le bastaba con elevar el brazo sólo unos centímetros para que el objeto quedara fuera de su alcance. Esto no hizo sino lograr que su humor empeorara todavía más—. ¡Él... no quiere las peras!
Su amiga parecía ajena a su frustración. —¿Y por qué no las querría? Son gratis, ¿no?
—¡No importa que sean gratis! ¡No las quiere porque... no las quiere!
—Esa es la frase lógica del día, Chie-chan.
—¡Te he dicho que no las quiere! ¡Dámelas ya!
—Oigan, oigan... —Heisuke las interrumpió, incapaz de aguantar la risa ante la lucha ridícula que estaba contemplando—. Quiero las peras, las comeré ¿de acuerdo? Ya dejen de jalar de la canasta como si fueran dos perros callejeros.
El rostro de Chie enrojeció al oír al convaleciente, mientras que Ume le dirigió una sonrisa divertida.
—Bien. Yo también quería postre, la verdad.
—Perdonen si... —Heisuke dejó caer los hombros, observando como Chie se esforzaba por aplacar su vergüenza al revisar los aparadores en busca de utensilios. No dejaba de preguntarse si la visita había sido tan buena idea como ellas dos habían pensado en un principio. Se sentía amargado, gruñón y de un humor de perros cuyo origen le costaba entender— ...si no soy el alma de la fiesta.
Ume le alcanzó una cacerola a Chie (que la joven por poco y deja caer al suelo). —Puedes hervir las peras en esto, Chie-chan. El fogón ya está encendido.
—G, gracias... —Chie tomó aire, girándose hacia Heisuke mientras forzaba una sonrisa—. ¿Adivina de lo que me enteré hace un par de días? —se lo quedó viendo expectante, deseando que no se tomara su cambio de tema repentino como algo ofensivo.
—No lo imagino...
—Kohana-chan va a graduarse. La harán geiko en cuestión de un mes o dos.
—Kohana... ¿Kohana-san? —Heisuke parpadeó de par en par, dejando caer la boca un palmo ante la noticia—. ¡Vaya! No puedo decir que no se lo merecía.
—Sí. No será la maiko más joven del okiya, pero es sin duda la más talentosa. Creo que la forma en la que se lució durante los festivales de verano fue la razón principal por la que decidieron ascenderla.
—Tienes razón —Heisuke sonrió, repitiendo mentalmente aquellos recuerdos donde su artista favorita giraba sobre un escenario de madera. Envuelta en una seda de colores tan vivaces como los fuegos artificiales que enmarcaban el espectáculo—. Todavía no dejo de pensar en todo el esfuerzo que debe llevar el moverse como ella lo hace. Si fuera un hombre... sería un combatiente excelente.
Chie lo observó de reojo, sintiéndose un poco cohibida ante la forma en la que su amigo halagaba tanto la belleza como las habilidades de su hermana. Ella adoraba a Kohana, pero era cierto que muchas veces la envidiaba de una forma que distaba de ser saludable.
Kohana se merecía todo lo que tenía y más. Mas Chie hubiera deseado que al menos un poco de su enorme carisma, o algo de su belleza (por lo menos) se hubiesen quedado de su lado.
Así quizá no estaría ni tan sola ni tan confundida como se sentía en ese instante.
—Te felicito por lo de tu hermana —soltó Heisuke en un intento por aliviar la tensión que los rodeaba a los dos—. Debes sentirte muy orgullosa.
—Lo estoy —lo dijo de forma un tanto brusca, irritada al comprobar que Heisuke volvía a hablar sobre Kohana.
—Tienes motivos de sobra. No podría decir que soy su fanático número uno (ya que no tengo tanto dinero como para asistir a todas sus actuaciones), pero lo hago cuando puedo y he disfrutado cada ocasión en la que he podido charlar, o beber con ella —se sonrió, con los ojos brillantes al hablar—. Es una muchacha adorable.
Chie apretó los labios y se apuró en colocar las peras en el interior del caldero, tratando de calmarse. ¿Qué le estaba pasando? ¿Por qué sentía que quería salir huyendo de la habitación sin mirar atrás?
—Y tiene un sentido del humor admirable, cosa que no se ve con mucha frecuencia —continuó Heisuke, ignorante por completo ante el malestar que le estaba generando a su escucha. Ahogó una risa grave antes de revelar el que consideraba uno de los mejores chistes que escuchó jamás:
—¡Ha... hace como un mes... me ha dicho una broma sublime! Estaba un mercader atendiendo su puesto de comidas, cuando se le aparece un samurái noble que le dice; «¡Se hace presente Musashi Enomoto Hajime Kanesawa en su humilde comercio...! ¡Tenga la decencia de servir sus mejores alimentos!» y el pobre hombre exclama; «¡Le serviría con gusto... pero no tengo comida para tantas personas!»
Chie sonrió levemente al escucharlo; mas el verlo reír a carcajadas fue un mayor detonante de su reacción que el cuento que acababa de contarle. Si hablar de Kohana lo animaba... ¿quién era ella para reñirlo por ello? Se repitió eso una y otra vez, tratando de someter los incómodos celos que se negaban a volver al lugar oscuro de donde habían salido en primer lugar. Celos que le decían que era evidente que Heisuke era mucho más feliz al recordar una broma de Kohana, que lo que podía ser tras recibir una visita suya.
—Chie-chan —la llamó Heisuke, señalando el fogón, el fantasma de la sonrisa todavía decorándole los labios—. ¿Necesitas azúcar?
—¿Azúcar?
—Para el postre.
—Oh —asintió, más distraída que sorprendida—. Sí. Por poco y se me olvida.
—Las nashi son dulces, pero perderán toda el azúcar cuando las hiervas. Por eso siempre conviene sazonarlas después — se puso de pie lentamente, dirigiéndole una mirada de complicidad que la joven no llegó a entender—. No confundas mi presteza con las ganas de librarme de estar en su compañía, Chie. No soy amigo de los postres agridulces, es todo.
—No he dicho... nada como eso —habló casi para sí misma, dado que el joven se alejó del lugar antes de que consiguiera terminar la frase.
—Parece que nos dejó solos —murmuró Ume—. Me pregunto qué lo hizo sentir incómodo.
—¿Incómodo?
—Nah, no me hagas caso... Sólo fue impresión mía.
—No, no... creo que sé a lo que te refieres —se esforzó por sonreír, aún a pesar de que la actitud de Heisuke la hacía sentirse tímida y estúpida. ¿Qué diablos había pensado al creer que el chico agradecería que le trajera algo para comer? Si él tenía hambre bien podía propiciarse alimento. Ella no era una chica guapa... una de la que un hombre estaría feliz de recibir un plato delicioso, ¿verdad?
Estaba tan enredada en sus propios pensamientos que la tomó por sorpresa la repentina llegada de Tani, quien se acercó a ella con una expresión desesperada:
—¡Chie...! ¡Necesito de tu ayuda!
—¿Tani...? —la joven parpadeó lentamente, intercambiando miradas de sorpresa con Ume—. ¿Qué... qué pasó?
—¿Podemos... hablar a solas de esto? —se mordió el labio, mostrándose mucho más vulnerable que nunca—. Es... sobre una persona que me es muy especial.
Oh no. Chie quiso arrojarse al fogón donde se cocinaban las peras. Esto se trataba de la mujer de Serizawa. No podía ser nada más que eso.
¡Fin del episodio! ¡Nos leemos super pronto!
