5.

Aerith llegó a su casa, dejó las llaves del coche en la mesita del recibidor, se quitó los zapatos y avanzó lentamente hacia la cocina, donde se preparó un café. Se sentó en la mesa del comedor y hundió la cabeza entre los brazos, intentando sofocar el ruido que hacían sus sollozos, tristes y llenos de incertidumbre.

De repente, le sobresaltó una mano que se posó en su hombro. Levantó la mirada y vio que era su madre, la cual la miraba sin comprender a cuento de qué venían las lágrimas derramadas por su pequeña.

-¿Qué ocurre, hija? - preguntó Ifalna, sentándose frente a Aerith y tomando las manos de la chica entre las suyas.

-Me han despedido - dijo ella, con simpleza. Apretó los labios para no soltar un pequeño sollozo. Le dolía tener que ocultarle aquello a su madre, pero ya no le preocupaba su seguridad, no le preocupaba si moría o no; le preocupaba que aquel hombre supusiera que tenía familia y les hiciera daño a ellas, a Ifalna y a Marlene, eso sería peor para ella, peor aún que la propia muerte en caso de que Cyril Strife cumpliera sus amenazas.

Aerith no sentía odio hacia Cyril. Sentía miedo. Miedo porque sabía que aquel hombre era mucho más poderosa que ella y sobretodo, inseguridad, ya que él había demostrado que no era quien aparentaba ser.

¿Por qué corría ella con esa mala suerte? ¿Cuándo podría sonreír de verdad, cuando?

Ella siempre solía pensar que Dios, si existía, se había olvidado de ella y de su familia por completo. Aerith no pedía ser millonaria, solo quería estabilidad. Sólo pedía que su madre y su hermana estuvieran bien. Su propia estabilidad no le importaba tanto, ella quería que los que estuvieran a su alrededor estuvieran bien siempre.

Ifalna la miró sorprendida, intentando asimilar lo que su hija le acababa de decir.

-¿Despedido? - repitió. Aerith asintió levemente con la cabeza, mirando a la nada - ¿Y por qué? Si tu haces muy bien tu trabajo - dijo Ifalna, sin comprender. La cabeza de ambas no paraba de dar vueltas, aunque en sentidos muy distintos. Aerith tomó aire, buscando una buena excusa para decírsela a su madre y conseguir que ésta no indagara más en el asunto.

-Mamá, me han dicho que… no necesitaban a más gente y que yo sobraba. Al parecer… no me han echado a mi sola, creo … creo que alguna chica más también fue despedida. - explicó Aerith, evitando la mirada de su madre. Sabía que si la miraba aunque fuera solo por un pequeño instante, Ifalna se daría cuenta de que su hija mentía. Aerith rogó que su madre no indagara en su mirada hasta que no terminaran la charla.

-Vaya… - musitó Ifalna, cada vez más extrañada. La mujer no sabía exactamente que decir, puesto que aquella mala noticia la había cogido de improviso. - Y… - tomó aire antes de continuar. No sabía si lo mejor era seguir hablando con su hija o dejarla tranquila durante un buen rato hasta que ella dejara de llorar. Optó por la primera opción y continuó con su frase - …¿Qué piensas hacer, cielo?

Aerith se zafó del agarre de su madre con vehemencia y se levantó de la mesa. En el fondo, aunque no lo admitiera, estaba un poco harta de que siempre le preguntaran a ella que sería lo próximo que tenían que hacer, por cual camino tendrían que optar, qué decir, qué gastar… Estaba harta, y en aquellos momentos, aquella pregunta era la más inoportuna que podría haberle hecho. Estaba hecha una furia, porque sabía que ella no se merecía eso. Estaba enfadada consigo misma, porque la curiosidad la había llevado a la ruina. Se sentía sola, completamente sola.

En un amago de hacerle ver a su madre lo histérica que estaba, pasó un brazo por la mesa con rapidez y tiró la taza de café al suelo, la cual se rompió en mil pedazos, tal y como lo habían hecho sus esquemas y su corazón hacia unas horas.

-¡Estoy harta! - gritó, dando un fuerte golpe sobre la mesa con el puño. Su madre la miró sorprendida. En los 22 años que tenía Aerith, Ifalna nunca había discutido con ella. - ¡Harta de que siempre sea yo la que decida, harta de ser yo la que lleve las riendas de tu vida! - enfatizó, con desdén. Su madre se llevó una mano a la cabeza. No esperaba que su hija le echara en cara todo aquello.

Era cierto que Ifalna estaba algo enferma, pero eso no le impedía trabajar. Como tampoco le impedía cocinar, limpiar , ni nada parecido. Eran pocas las cosas que Ifalna hacía en el hogar. Y Aerith se sentía culpable de eso, porque ella sabía que a causa de los mimos y los gustos que, trabajando duro cada noche en Cherries, le había proferido a su madre, ésta se había acomodado bastante. Ifalna sabía eso, sabía que tenía que poner de su parte, sin embargo, nunca hacía nada. Siempre preguntaba a su hija.

-Pero, Aerith, hija, trata de serenarte… - dijo Ifalna, cada vez más nerviosa. No quería que ninguno de los vecinos escuchase más aquella conversación, ya que las paredes tenían oídos en aquella casa. Eso era lo único que parecía importarle.

-¡NO! - chilló, dándole una patada a la silla - ¡Quieres que me calle porque no te gusta que los vecinos se enteren de lo que realmente pasa en esta casa! ¡Pues que se enteren! - Aerith subió las escaleras hasta su habitación como un rayo, mientras su madre la seguía, mientras la preocupación crecía en Ifalna a medida que subía los peldaños de la escalera. - ¡Que se enteren! - repitió. Aerith abrió la puerta de su cuarto con fuerza e iba a cerrarla, pero Ifalna se lo impidió interponiendo una mano en medio. - ¡Quita la mano! - le espetó Aerith. - ¿No lo ves? - Ifalna quiso entrar, pero Aerith cerraba la puerta, quitando uno a uno los dedos de su madre, la cual gritaba de dolor - ¡ESTOY HARTA DE MI VIDA! - le chilló, cerrando la puerta al fin.

En ese momento, sólo se escuchó silencio. Ifalna esperaba al otro lado de la puerta, pero no se oía nada. La mujer se acercó a la puerta y pegó el oído a ella. Se escuchaba un sollozo apagado. Ifalna suspiró y alejándose, bajó las escaleras, dispuesta a limpiar el desastre de la cocina.

Mientras conducía de camino a casa, Cyril no podía quitarse de la cabeza lo sucedido con aquella chica. "No, Cyril, no tienes que temer. La amenazaste, ella es débil, no hará nada en tu contra" pensó. Era cierto que no tenía nada que temer. Si esa chica hablaba, sería su palabra contra la de él, y la palabra de aquella joven no valía nada en comparación con la de un hombre de su posición social. Muchas cosas podía decir Cyril de aquella chica, y ninguna podía ser verdad. Podía inventarse que era una borracha, que era una ladrona. Cualquier cosa y se la quitaría de en medio.

Cyril cogió el camino de la autopista, y se encontró bastante tráfico. Algo alterado aún por la fuerte discusión que había tenido con la chica, sacó la cabeza por fuera de la ventanilla bajada y, tocando la bocina, gritó:

-¡Vamos! ¡Moveos de una vez!

Cyril recordó de nuevo el rostro de la joven. El… había visto ese rostro antes, pero hacía mucho tiempo atrás… pero no podía ser, porque aquella chica era joven aún… ¿Dónde, donde habría visto ese rostro? Decidió que no iba a comerse mucho más el coco pensando en aquella pobre muerta de hambre y al ver que los coches volvían a emprender la marcha, se relajó un poco.

Dos horas después regresó a su hacienda. Entró con cuidado pues aún era muy temprano (eran las 8 de la mañana), ya que no quería despertar a nadie. Pero nada más entrar se encontró a su hijo Cloud, el cual llevaba las llaves del coche en la mano y parecía que iba a salir.

Ambos se miraron sin comprender adónde iba uno y de donde venía el otro. Al entender que ambos estaban pensando lo mismo, rieron.

-Hola Cloud - dijo Cyril, algo desanimado. Lo cierto era que la discusión con aquella chica lo había dejado un tanto descolocado.

-Hola papá. Eh… ¿de dónde vienes? - preguntó Cloud, con interés. No sabía porque, pero algo le decía que su padre ocultaba algo y no era precisamente muy bueno.

-Ah bueno anoche estuve con un amigo y como era algo tarde para coger el coche decidí quedarme en su casa. Lo siento si os preocupé. - dijo Cyril con falsa inocencia.

Cloud negó rápidamente con la cabeza.

-No papá. Sabemos que puedes cuidarte tu solito. - de repente, el tono de Cloud sonaba algo molesto. Su padre lo escrutó con la mirada, parecía no esperarse esa respuesta por parte de su hijo. Decidió cambiar rápidamente de tema.

-Bueno, hijo, ¿qué tal tu cumpleaños? - inquirió, clavando sus ojos negros en los de Cloud con una mirada simpática y agradable.

-Bien. No me puedo quejar.

-¿Conociste a alguien, hiciste… amigos? - preguntó su padre, cambiando su peso de una pierna a otra y metiendo sus manos en los bolsillos.

-Si. - dijo Cloud, sin poder ocultar su sonrisa.

Cyril lo miró sorprendido. La verdad era que aquella noticia era muy agradable para sus oídos. Ya iba siendo hora de que sus hijos fueran estableciendo su vida con alguna mujer buena y de gran educación.

-Y… ¿quién es? - inquirió Cyril, realmente interesado en el asunto.

Cloud dudó si contarle toda la verdad a su padre, por tanto, decidió omitir varias cosas.

-Sólo se su nombre. - dijo, sin dudar. Sabía que si cavilaba mientras hablaba, su padre captaría la mentira con rapidez. -Aerith.

-¿Aerith? Bonito nombre - dijo Cyril, con aprobación. - Y… ¿vas a verla ahora? ¿Tan… temprano? - inquirió, mirándolo de arriba abajo y clavando su vista en las llaves del coche.

-No, papá, no se donde vive.

-¿Y por qué no se lo has preguntado, hijo?

Cloud estaba poniéndose cada vez más nervioso con el improvisado interrogatorio de su padre, pero disimuló con rapidez y respondió a la pregunta que le formulaba su progenitor.

-Se me ha olvidado, papá.

-Ah, claro… bueno, hijo, - Cyril tomó algo de aire. Sin saber por qué, no creía mucho en las palabras de su hijo. - Vete ya, parece que tienes algo de prisa. - observó.

Cloud asintió y se despidió de Cyril. Cerró la puerta tras de si y luego se escuchó el ruido del coche de Cloud acelerar y alejarse. Cyril caviló un momento. Tendría que averiguar más cosas de esa muchachita llamada Aerith.

Atardecía cuando Aerith despertó de su largo sueño. Una mano acariciaba con ternura sus cabellos. Sintió el leve impulso de levantarse y apresurarse para ir al trabajo, pero entonces recordó que ya no tenía trabajo. Las lágrimas de impotencia acudieron a sus ojos enseguida, pero las contuvo. Ya había llorado bastante. La mano que acariciaba su pelo seguía ahí, insistente. Los ojos de Aerith eran apenas ranuras entreabiertas, molestas por la claridad que entraba por la ventana. La joven recordó de repente lo que le había hecho a su madre, y se sintió demasiado dolida. ¿Qué clase de monstruo era que era capaz de atrofiarle los dedos a su madre para que soltase la puerta? Eso no era propio en ella. Bueno, se corrigió rápidamente, eso no es propio en nadie.

-¿Aerith? - dijo Ifalna, al percatarse de que su hija estaba despierta.

-Mamá… -musitó Aerith con voz ronca, seguramente a causa de los gritos y la desazón del cuerpo.

-¿Cómo estás, cariño? - preguntó, con ternura, ahora acariciando el rostro de la joven.

-No me llames cariño… - susurró Aerith con tristeza - … no merezco tu amor después de lo que te he hecho…

-Shh… - dijo Ifalna, con una pequeña sonrisa en su rostro - Sé por lo que has pasado, y es normal que te pusieras así conmigo. Pero sabes que en mi corazón siempre habrá perdón para ti. Ni siquiera tienes que arrepentirte, hija. Sé lo que sientes. Te sientes impotente… sola… pero no tienes que preocuparte. Sé que he abusado muchas veces de tu bondad… pero me has hecho abrir los ojos, cariño. A partir de ahora, todo va a cambiar… todo va a ser mejor… yo buscaré un trabajo para que tu no tengas que sufrir más ni preocuparte, tesoro…

-No mamá… yo quiero trabajar… yo quiero ayudar…-replicó Aerith con tristeza.

-Lo sé hija… lo sé. Pero mientras yo pueda, te ayudaré…

-Mamá… no hace falta que vayas a trabajar… es sólo que… quiero que estéis bien las dos… eso es todo. - concluyó Aerith. - Es más… en cuanto me levante de esta cama buscaré trabajo. Hoy mismo.

-Es tarde hija, mejor mañana.

-Yo…

-Mejor mañana. - concluyó Ifalna con cariño.

-Bueno, está bien. Mañana. - enfatizó Aerith. - No quiero que paséis más hambre ni mas necesidades. A partir de ahora esto va a cambiar. Es más… creo que lo mejor que me podía pasar es que me echaran del Cherries. - admitió Aerith.

-Claro cariño. Así no tendrás que sufrir mas abusos por nuestra culpa…

-No… no fue culpa vuestra. Nunca lo ha sido. Pero ya está, mamá. Ya acabó. Ahora es momento de cambiar… Ya lo verás. - dijo Aerith, con una sonrisa suave. Ifalna sonrió a su vez, confiando en las palabras de su pequeña.

-Confío en ti, Aerith.

Aerith tomó aire para luego soltarlo con lentitud.

-Lo se mamá. Lo se. Nunca me ha faltado tu apoyo… Oye… quiero que olvides lo que he dicho antes.

-Esta bien, cariño, pero ya te he dicho que no te preocupes.

-Vale, mamá. Gracias.

Ifalna la miró sin comprender.

-¿Por qué?

-Simplemente gracias. - dijo Aerith, con una sonrisa.

Fin del Capitulo.