9.

Miles levanta la vista del legajo de documentos en su despacho: aún no comprende por qué se lanzó a ayudar a una persona que apenas conoce y de quien no puede poner la mano en el fuego. Él no hace favores a nadie, no se implica emocionalmente con nadie, no deja que la otra persona llegue a conocerle lo suficiente... él no es como Wright. Un tipo que ayuda a las ancianas a ir al médico, que busca ayuda para sacar las castañas del fuego a su mejor amigo, que quiere integrar a jovencitas en una fiesta a riesgo de sufrir acoso. No, no es como Wright. No tiene un corazón puro y noble, no se lanza a ayudar a otros, porque le importa muy poco la humanidad. Cada uno tiene lo suyo, ese había sido siempre su lema. Pero ahora, cada vez que pasea por la calle y ve a un mendigo, le mira de verdad, lo considera como ser humano, y a veces, hasta les da unas monedas; y por si fuera poco, ha aceptado una defensa por un precio irrisorio porque el hombre acusado no tiene familia ni nadie que pueda responder por él. El Miles que él conocía se está transformando y eso le está dejando un sabor agridulce. Un sabor de anhelo y deseo que le deja un regusto a desesperación. Una vez solucionado todo, no debería hacerle desear la presencia del otro. No debería querer mirar a otros ojos que no fueran redondos y azules y no debería sentirse tan excitado como un adolescente.

Solo le ha visto una vez después de aquella pantomima. Phoenix le invitó a cenar: charlaron, se conocieron mejor. Quizá fue ese el error. Por primera vez desde hace mucho tiempo, Miles habló de sí mismo. Y Phoenix escuchó. Escuchó cómo había perdido a su padre cuando tenía nueve años en un terremoto y cómo le aterraba volver a vivir otro de nuevo. Phoenix le confesó su miedo a las alturas y ambos se rieron de ellos mismos. Phoenix volvió a dormirse sobre los asientos de cuero y esta vez Miles tardó bastante en despertarlo.

Miles sacude la cabeza y decide hacer una pausa para tomar té. Justo cuando vuelve con la taza a su mesa, alguien llama a la puerta. La sorpresa al encontrar a Phoenix Wright, sonriente y encantador, al otro lado, le ponen en guardia.

—Espera, Wright... ¿cómo has entrado? —si bien su secretaria ni siquiera le avisó, no recuerda haberle dicho cuál es su lugar de trabajo.

—Se lo sonsaqué a Lana —el moreno le tiende un documento—. Mis análisis.

Miles frunce el ceño.

—¿Has venido aquí solo para eso? Estoy ocupado, Wright —el moreno se vuelve y admira la salita, obsesivamente ordenada con una taza humeante sobre la mesa.

—Estabas haciendo una pausa, he llegado en el momento oportuno —deja la hoja de papel sobre la mesa y se sienta en un magnífico sofá del mismo color que el traje de Miles. De hecho, la oficina está regada de magenta. La tapicería, las cortinas, los cuadros...

—Ni una palabra —le advierte, y Phoenix calla, sonriente. La última vez, ambos hablaron de sus obsesiones y Miles confesó que era un amante del orden y la limpieza; no mencionó el color magenta. Para evitar cualquier comentario, coge la hoja del médico donde, en una caligrafía bastante dudosa, se plasma la salud del sujeto Phoenix Wright, año de nacimiento mil novecientos noventa y dos...

—Wright... ¿tienes treinta tacos? —el moreno lo mira, cogido por sorpresa.

—Sí.

Miles lo escruta con la mirada y pasea la vista por su cuerpo con evidente descaro. ¿Pues no es idiota? Phoenix nunca le dijo que tuviera veinte años. La verdad es que siempre fue él quien pensó en Wright como alguien bastante más joven...

—Eres un inmaduro —suelta, molesto consigo mismo, ignorante del motivo por el cual saber su edad le sienta tan mal.

—¿Creíste que era menor que tú? ¿Te hacía ilusión corromperme, o qué? —bromea Wright. Todas sus ojeras han desaparecido, así como la preocupación y su decepción profundas. Eso le hace parecer más apetecible, y Miles no quiere pensar en eso.

—Así que estás limpio —dice, para cambiar de tema. No sabría explicarle por qué creyó todo ese tiempo que era tan infantil. No es solo por sus compañías, sino porque parece el eterno adolescente, inocente e ingenuo… y también corruptible—. ¡Ejem!

Avergonzado, devuelve el informe a su dueño y coge la taza de té de canela con manzana. ¿Por qué ha elegido esa mezcla? La canela es afrodisiaca. Dios, lo que le faltaba…

—Tu oficina es increíble. Es cierto, puedo notar tu obsesión con el orden. Hasta tus libros están colocados por tamaño y color de tapas…

—Wright…

—Te debió dar un ataque cuando entraste en mi casa, con todo nuestro desorden. No es que yo sea ordenado, pero Larry me gana. He de decir, sin embargo, que mantengo los baños pulcros, y…

—Wright, tengo trabajo —puede notar la mirada del moreno, quizá desencantado. Cuando vuelve a su mesa, Wright está frente a él, con una sonrisa espléndida que casi le hace escupir su té.

—Me marcho, entonces. Pero te llamaré para celebrarlo —Miles abre la boca para decirle que no es necesario; ya le invitó el otro día, y a él tampoco le apetece celebrar nada. No, cuando algo le ocupa más tiempo en su memoria que el trabajo, es preocupante. Significa que se irá obsesionando con el tipo hasta hacerle perder el juicio, y a él no le gusta perder. Sin embargo, el viernes, Miles pasa por el parque Hope y decide dar una vuelta por el jardín de bonsáis. A la entrada está Larry, charlando con una jovencita de dudosa reputación, con ropas muy ajustadas.

—¡Ey, Edgey! —el abogado se encoge de hombros ante el diminutivo. Entre ese bala perdida y Wright llamándolo por su nombre porque según él, ahora son pareja, se encuentra de repente con dos amigos en su vacía lista de contactos. El abogado solo levanta el brazo y le saluda, para entrar seguidamente al jardín.

Los bonsáis están preciosos. Miles puede ver la mano fantasma de Wright cuidándolos y regándolos, podándolos y alambrándolos. Desde la entrada se escucha el agua caer y las paredes amortiguan los ruidos de fuera, dándote una sensación inmediata de calidez y relax. Es un puzzle perfecto, los colores, el orden, la delicadeza, los detalles... y sin embargo le falta una única pieza para estar completo. Miles suspira, sintiéndose estúpido y decide volver a la salida, donde Larry ya se ha cambiado y está a punto de recoger.

—Deberías tener cuidado con las compañías, Butz —el rubio lo mira, divertido.

—Ahora soy libre, puedo ligarme a quien quiera —Edgeworth abre los ojos, pasmado. Wright siempre hablaba de lo mal que llevaba Larry las rupturas. ¿Es él, o el mundo ha girado demasiado en los últimos días?—. Es la primera vez que me alegro de que me hayan dejado. Claro, que ya lloré por esta chica en su momento, pero han sido demasiadas preocupaciones. ¿Te conté que estuve una semana con diarrea por el susto que me dio cuando publicó las fotos?

No, pero es una información que podría haberse evitado, no es necesaria tanta confianza.

—Espero que eso te ayude a buscar a alguien concreto, o por lo menos no elijas a alguien de Compton. ¿Tú no haces una primera cita donde se preguntan todas esas cosas? ¿Estudias, trabajas, dónde vives? —Larry ríe sonoramente.

—No, ocupamos el tiempo en algo más divertido —Larry le guiña el ojo mientras cierra con llave la puerta que da a los bonsáis y Miles desvía la mirada—. Pero tú pareces un tipo que prefiere documentarse. Por eso de ser abogado, ¿no? Habrá muchas cosas que hagas influido por tu trabajo. Bueno, Nick es buen conversador, y definitivamente tú eres muy buen chófer...

Miles lo mira, atónito, inseguro de haber recibido un halago. Un momento. ¿Ha insinuado...?

—Wright y yo no tenemos esa clase de relación —se apresura a desmentir, y reconoce cierto sabor amargo al decirlo.

Ya han salido y Larry ha recogido su mochila, que ahora lleva al hombro y se dispone a cerrar la segunda puerta, la del pasillo. En pocos minutos, el jardín de bonsáis se apaga.

—Vaya, sí que eres clásico, aún le llamas por el apellido. Yo creí que venías al jardín por la belleza de nuestro vigilante, pero debes de ser uno de esos tipos obsesionados con los bonsáis, como Nick con su japonés. Qué raros sois, tíos. Pues pensadlo, porque tenéis mucho en común. Mira, si aún quieres hacer algo al respecto, Nick debe estar cerrando el invernadero —y ante la sorpresa de Miles, explica—. Hoy hemos coincidido en turnos. A menos que prefieras llevarme a casa en tu elegante y cómodo deportivo...

Es cierto, Larry habla como un condenado, pero de alguna forma, sus frases no son estúpidas, ni parece ajeno a la química que tienen él y Wright. Quizá es buen tipo, y simplemente, le gusta vivir al límite.

—Hasta luego, Butz —Miles pasea por el Hope cuando Larry se marcha, pero sus pies tienen muy claro el destino, y se para frente al invernadero, donde aún hay luz. Miles no se atreve a entrar, por primera vez se para antes de entrar. ¿Por qué viene al Grand Hope? ¿Por qué ha ayudado a Wright? ¿Por qué busca inconscientemente su compañía? ¿Es un capricho? ¿Es porque hace mucho tiempo que no tiene una cita o porque realmente Wright lo ha cautivado? Con ese traje de vigilante, con ese aspecto juvenil e inmaduro, con su tirria a lo hombres de la ley, con ese pelo de punta... Miles Edgeworth nunca ha salido con alguien así. Quizá solo le hace gracia porque es diferente. Tal vez con una noche loca se le pase la obsesión; sonríe. Después del tema Morgana, duda que pueda arrastrarlo a algún sitio con la excusa de practicar sexo sin compromisos. Tampoco podría sacar el tema como quien habla del tiempo, en general...

—¡Miles! —la voz le ha tomado por sorpresa y casi le da un ataque. Wright está ante él, ha cerrado el invernadero, está vestido con ropa casual y lleva una mochila al hombro.

—Yo... me marcho, solo estaba de paso —se gira sobre sus talones a tiempo para darse cuenta, poco después, de que le siguen.

—¿Pero qué dices? Vamos a tomar algo, hombre. Cuando vienes por aquí, mis días son mucho mejor —el corazón de Miles martillea como loco. No sabe si considerarlo un comentario aleatorio o algo con más significado... no sabe manejar sus emociones. Con treinta años, él sí es un niño en algunas cosas.

—He venido a despedirme. Voy a pasar seis meses en Alemania, haciendo un curso de sistemas fiscales.

Miles camina mirando al suelo, y entonces se percata de la ausencia de Wright. Se vuelve, ha quedado atrás, mirándole, negando con la cabeza.

—¿Seis meses? Pero... pero... ¡no cuidaré el jardín igual si tú no vienes! —Wright parece molesto y tiene los puños apretados. Y por cierto, de su mano izquierda mana un líquido rojo, que no se vería si no fuera por las farolas que aún iluminan.

—¿Qué te pasa? Estás sangrando —sin pensar, sin tener en cuenta la maniobra, Miles se acerca y coge la mano de Wright. Está vendada, y el vendaje se está empapando.

—Es solo un corte que me he hecho hoy con una de las pancartas de exposición. No es nada —y lo mira, acusador—. ¿Cuándo te vas?

Miles no responde y se dirige a algún sitio con la excusa de ponerle otro vendaje.

—No es necesario.

—Estás sangrando. Puedes coger infección —Phoenix se da la vuelta y le explica que volverá a vendarse, y saca las llaves para abrir de nuevo el invernadero. Se mete en la caseta y localiza el botiquín. Miles se lo quita, y el otro se deja hacer. El abogado limpia la herida con un desinfectante y espera un poco a que deje de sangrar. Después, le aplica la venda sobre el dedo índice y la asegura con otro vendaje, sin darse cuenta de que está siendo observado con atención—. Ya está. Haz el favor de curártelo otra vez mañana.

Miles alza los ojos y se encuentra con el rostro de Wright. Cerca, muy cerca. Traga saliva, y se pregunta si no escuchará el vigilante sus latidos desacompasados. Si no sentirá sus dudas, sus temores. Si alguna vez podría besar esos labios y pretender que pudiera tener una vida a su lado, sin cagarla, sin ser Larry. Vivir al límite. Quizá están menospreciando un modo de vida correcto. Uno que él no podría llevar a cabo. No se lanza, no se arriesga. Por eso cuenta mentiras, por eso huye de sí mismo, porque él es Miles Edgeworth, y no quiere volver a sentir una pérdida importante en su vida.

—Miles... —la voz de Phoenix es tan sentida, tan directa—. Dime cuándo te marchas.

No se ha dado cuenta de que Phoenix juega con las solapas de su gabardina; solo sabe que si se acerca un poco más, podrá besarlo, y su mano está subiendo por propia voluntad, sin permiso, hasta posarse en la nuca del otro, quien cierra los ojos y se abandona a la caricia. Es un gesto de sumisión y aceptación, y su corazón da un vuelco. Puede acercarse, probablemente no sea empujado o rechazado. Lo atrae hacia sí, abrazándolo, le susurra al oído que lo echará de menos y los brazos de Wright lo rodean automáticamente. Se quedan así unos segundos, hasta que Wright se separa, evita todo contacto de miradas y se dispone a cerrar la garita y el invernadero.

Miles sale al frío de la noche, anhelando un poco más el cuerpo de Phoenix.

—Si no tienes ningún plan, puedo llevarte —propone, aunque secretamente sea él quien desee al vigilante a su lado, que por fin lo mira a los ojos.

—En realidad yo iba a... —la vista de Phoenix se pierde en un punto en la lejanía—. ¡Oh, joder!

Miles se vuelve, asustado, pero no ve nada. Por un momento creyó que alguien se peleaba detrás de él o que algún edificio iba a caerse, o que algún coche se la había pegado...

—¡Ha sido preciosa! Una estrella fugaz... nunca he visto una cuya caída dure tanto. Ha ido así —hace un ademán con la mano sana—. Increíble...

Miles lo empuja, molesto.

—Me has dado un susto de muerte.

Ambos acuden a cenar a una cafetería de la zona, tal como quiso sugerir Phoenix antes de que la estrella fugaz le interrumpiera. Miles le cuenta una historia inventada acerca de su viaje a Alemania, y Phoenix apenas dice nada, casi no habla, se limita a comer y a responder con breves comentarios. A Miles le duele ver esa expresión en el otro, y no entiende por qué Phoenix parece tan afectado pero no dice absolutamente nada del tema. ¿Quizá le ha pillado la mentira? No lo puede saber. Lo que sí siente, al traspasar la puerta de la cafetería al salir, es el regusto amargo que le ha dejado la cena. Phoenix no lo sabe, pero Miles no volverá a llamarle, ni a ayudarle con sus líos... por un momento se plantea el hecho de pedirle sexo, ahora que sabe que no le es indiferente, pero es algo egoísta y por una vez, quiere que le recuerde como es en realidad, un abogado muy competente lleno de miedos y de románticos ideales.

Tras una caminata hacia el edificio donde trabaja Miles, ambos se meten en el coche, el conductor enciende la calefacción y se ponen en marcha. Tras un rato de silencio, Phoenix apoya la mano sobre el brazo de Miles y solicita, muy serio, que conduzca hacia ninguna parte.

—¿Te ocurre algo?

—Solo... no quiero ir a casa —Miles vuelve la cabeza, extrañado.

—¿Has discutido con Larry?

—No. Es la idea de tu marcha. Me ha dejado un poco deprimido —el abogado obedece, mientras le entran todas las culpas posibles. Él está mintiendo y Phoenix solo es sincero con sus sentimientos. Coge la autopista de la playa y para en las inmediaciones. Baja las ventanillas; el sonido de las olas llega hasta ellos. Phoenix, visiblemente emocionado, le da las gracias y se queda sentado sobre la tapicería, admirando el infinito. Ambos comparten un silencio pesado y angustioso, hasta que la voz ronca de Phoenix se manifiesta.

—¿Me escribirás? —Miles lo mira, confundido. Phoenix parece haberse creído todo el rollo del viaje, y es como si estuviera... resignado. Saca una libreta de su mochila y garabatea en un papel—. Estas son mis señas.

Miles recoge el papel y por un momento siente como si hubiera vivido ese instante. Trata de recordar con quién, sin éxito. Su mente parece regresar a la realidad. Está apretando el papel en su mano mientras mira las olas remontando la arena. Llevan varios minutos con las ventanillas bajadas y Miles decide subirlas.

—Hace frío, voy a llevarte a casa —Phoenix no se resiste, y pasan todo el trayecto en silencio hasta que llegan al barrio. Miles aparca frente a la casa de la señora Green, pero ya no hay luz y es posible que la señora esté en el séptimo sueño, al igual que su acompañante. Es otra de las cosas por las que sabe que su relación nunca funcionará: a Wright, si no le das conversación, se duerme. Por supuesto, Miles no piensa en el increíble deportivo que lleva, ni en los asientos calefactores, que inducirían a cualquiera a un sueño profundo. No cae en que quizá ese asiento sea mucho más cómodo que la cama donde Phoenix duerme. Él solo cree estar fallando.

Lo mira largo rato, apaga las luces y el motor; pasan al menos unos quince minutos hasta que decide despertarlo. Pero antes garabatea en el mismo papel que Wright le ha dado, por detrás, y lo introduce en el bolsillo del abrigo del otro. Suspira, ignora el nudo en la garganta y mueve a Wright, que se despierta, desorientado.

—¿Otra vez me he dormido? Eres diabólico, me pones trampas para que me quede —sonríe, adormilado, y coge la mochila, ahora entre sus piernas. Lanza una mirada intensa a Miles y sin pensar, se quita el cinturón y se inclina sobre él, plantándole un beso casto en la comisura de sus labios—. Llámame, quiero verte antes de que te vayas.

Miles lo observa desde la lejanía, en el interior de su coche con tapicería de cuero, que de repente se ha quedado desnudo y frío sin el copiloto. En los próximos meses deberá volver a acostumbrarse a conducir solo. Quizá el viaje a Alemania sea una gran idea después de terminar el caso que tiene entre manos. Alza un dedo y lo posa entre la mejilla y la boca, consciente ahora de la calidez de los labios de Wright.


CONTINUARÁ

Ay, tan dulces ellos...

Me temo que subiré un capítulo más de los que había pensado. Muchas gracias por leer y si de verdad te ha gustado y quieres que haya más historias de tu OTP lo mínimo que puedes hacer es dejar un comentario, anima a los autores a seguir subiendo fics.

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