Pasado.
Presente.
Ambos.
…-…-…-…-
-Capítulo 5: Juego al pinacle con un caballo – comenzó Nico alzando una ceja –. ¿Todos los títulos serán tan raros?
-Es lo más seguro – dijo Apollo con una sonrisa divertida –. Y si hay un titulo medianamente normal te prometo que… - Lo pensó por un segundo – mi yo pasado y yo no quedamos callados por todo un capítulo y no molestamos a nadie.
Apollo alzo una ceja, pero asintió. Según lo poco que conocía a Percy sabia que eso no pasaría.
-De acuerdo, tenemos un trato – acepto Nico antes de comenzar a leer sin hacer caso de la mirada ceñuda que Percy les lanzaba a los tres.
Tuve sueños rarísimos, llenos de animales de granja. La mayoría de ellos quería matarme; el resto quería comida.
Grover y su versión pasada se sonrojaron mientras los demás retenían la risa como podian.
Debí de despertarme varias veces, pero lo que oía y veía no tenía ningún sentido, así que volvía a quedarme dormida. Me recuerdo descansando en una cama suave, alguien dándome cucharadas de algo que sabía a palomitas de maíz con mantequilla, pero que era pudin.
- ¿Ambrosia? – pregunto Frank.
-Ambrosia – dijo Annabeth asintiendo.
La chica de cabello rizado y rubio sonreía cuando me enjugaba los restos de la barbilla.
—¿Qué va a pasar en el solsticio de verano? — me preguntó al verme con los ojos abiertos.
-Sucede que mi hermano alcanza una nueva etapa de idiotez que solo aumentara en los años siguientes – dijo Poseidón sonriendo mientras Zeus lo miraba feo.
- ¿De qué hablas? – pregunto Poseidón alzando una ceja. – a estas alturas ya estaba seguro de que Zeus no podía ser más idiota.
Zeus se iba a quejar al igual que su yo futuro, pero se interrumpió al escuchar lo que su hermano dijo al final. Se conformo con mirarlo mal.
—¿Qué? — mascullé.
Miró alrededor, como si temiera que alguien la oyera.
—¿Qué está pasando? ¿Qué es lo que han robado?
Zeusbufaron molestos abrazando su rayo como si de un pequeño bebe se tratara.
¡Sólo tenemos unas semanas!
—Lo siento—murmuré—no sé...
Alguien llamó a la puerta, y la chica me llenó la boca rápidamente de pudin. La siguiente vez que desperté, la chica se había ido. Un tipo rubio y fornido, con aspecto de surfero, estaba de pie en una esquina de la habitación, vigilándome. Tenía ojos azules—por lo menos una docena de ellos—en las mejillas, en la frente y en el dorso de las manos.
-Argos, Argos, Argos – canturrearon los griegos mientras Hera sonreía.
Cuando por fin recobré la conciencia plenamente, no había nada raro alrededor, salvo que era más bonito de lo normal. Estaba sentada en una tumbona en un espacioso porche, contemplando un prado de verdes colinas. La brisa olía a fresas.
Percy suspiro, el campamento era definitivamente su lugar favorito en el mundo.
Tenía una manta encima de las piernas y una almohada detrás de la cabeza. Todo aquello estaba muy bien, pero sentía la boca como si un escorpión hubiera anidado en ella.
Varios hicieron muecas.
Incluso tenía la lengua seca y estropajosa y me dolían los dientes. En la mesa a mi lado había una bebida en un vaso alto. Parecía zumo de manzana helado, con una pajita verde y una sombrillita de papel pinchada en una guinda. Tenía la mano tan débil que el vaso casi se me cae cuando por fin conseguí rodearlo con los dedos.
Apollo se estremeció, la única vez que había visto a Percy así de débil había sido cuando fue apuñalada. Y no le había gustado nada.
—Cuidado—dijo una voz familiar.
Grover estaba recostado contra la barandilla del porche, con aspecto de no haber dormido en una semana.
-No lo hice – confeso Grover – estaba muy preocupado por ti.
Percy le sonrió con cariño. Grover era lo máximo.
Debajo del brazo llevaba una caja de zapatos. Vestía vaqueros, zapatillas altas Converse y una camiseta naranja con la leyenda «Campamento Mestizo». El Grover de siempre, no el chico cabra. Así que quizá había tenido una pesadilla.
Percy bajo la cabeza. Ojalá lo sucedido con su madre hubiera sido solo una pesadilla.
Igual mi madre estaba sana y salva. Tal vez seguíamos de vacaciones y habíamos parado en esa gran casa por algún motivo. Y...
Hades se movió incomodo ante la mirada que le dirigió Poseidón.
—Me has salvado la vida—dijo Grover—Y yo... bueno, lo mínimo que podía hacer era...volver a la colina y recoger esto. Pensé que querrías conservarlo.
Dejó la caja de zapatos en mi regazo con gran reverencia.
Contenía un cuerno de toro blanquinegro, astillado por la base, donde se había partido. La punta estaba manchada de sangre reseca. No había sido una pesadilla.
—El Minotauro...—dije, recordando.
—No pronuncies su nombre, Percy...
—Así es como lo llaman en los mitos griegos, ¿verdad? El Minotauro. Mitad hombre, mitad toro.
Varios rieron. Era tan Percy decir algo cuando le dicen que no lo haga.
Grover se removió incómodo.
—Has estado inconsciente dos días. ¿Qué recuerdas?
—Dime qué sabes de mi madre. ¿De verdad ella ha...?
Bajó la cabeza. Yo volví a contemplar el prado. Había arboledas, un arroyo serpenteante y hectáreas de campos de fresas que se extendían bajo el cielo azul. El valle estaba rodeado de colinas ondulantes, la más alta de las cuales, justo enfrente de nosotros, era la que tenía el enorme pino en la cumbre.
Thalía sonrió arrogante.
-mi pino es tan hermoso que no puedes dejar de verlo.
Percy rio y le guiño un ojo sacándole una carcajada. Muchos las miraron sin comprender el chiste, pero lo dejaron pasar.
Incluso aquello era bonito a la luz del día mi madre se había ido y el mundo entero tendría que ser negro y frío. Nada debería resultarme bonito.
—Lo siento—sollozó Grover—Soy un fracaso. Soy...soy el peor sátiro del mundo.
- ¡claro que no! – grito Annabeth - ¡eres un muy buen sátiro, Grover!
-el mejor de todos – agrego Percy.
-y como lo dudes te vas a enterar – dijeron Percy, Nico, Thalía y Annabeth.
Grover se sonrojo mientras su versión futura les sonreía a sus protegidos.
Gimió y pateó tan fuerte el suelo que se le salió el pie, bueno, la zapatilla Converse: el interior estaba relleno de poliespán, salvo el hueco para la pezuña.
- ¡Oh, Estige! – Rezongó.
Un trueno retumbó en el cielo despejado.
Poseidón bufo. Zeus era tan idiotamente dramático.
Mientras pugnaba por meter su pezuña en el pie falso pensé: «Bueno, esto lo aclara todo.» Grover era un sátiro. Si le afeitaba el pelo rizado, seguramente encontraría cuernecitos en su cabeza.
-Ni siquiera se les ocurra – exclamo Grover al ver el brillo que de pronto apareció en los ojos de los cuatro Stolls. Estos hicieron un puchero.
Pero estaba demasiado triste para que me importara la existencia de sátiros, o incluso de minotauros. Todo aquello sólo significaba que mi madre había sido realmente reducida a la nada, que se había disuelto en aquel resplandor dorado.
Estaba sola. Me había quedado completamente huérfana. Tendría que vivir con... ¿Gabe el Apestoso?
- ¡sobre mi cadáver! – exclamaron Apollo, Tritón y Poseidón.
-son inmortales – dijo Atenea con obviedad.
- ¡Exacto! – Percy les sonrió con cariño a los tres y le dio un beso en la mejilla a Apollo.
No, eso nunca. Antes viviría en las calles, o fingiría tener diecisiete años para alistarme en el ejército. Haría algo, cualquier cosa pues lo más probable era que lo último no funcionara.
-eres demasiado pequeña para eso – asintió Poseidón – y yo no lo permitiría bajo ningún motivo.
Grover seguía sollozando. El pobre chico—o pobre cabra, sátiro, lo que fuera—parecía estar esperando un castigo.
-Lo hacía – Percy miro mal a Grover por sus palabras.
—No ha sido culpa tuya—le dije.
—Sí, sí que lo ha sido. Se suponía que yo tenía que protegerte.
-y lo hiciste, muchas veces – dijo Percy separándose de su esposo y yendo a sentarse con su mejor amigo quedando entre él y Thalía. – y pobre del que diga lo contrario.
—¿Te pidió mi madre que me protegieras?
—No, pero es mi trabajo. Soy un guardián. Al menos...lo era.
-eres un muy buen guardián – dijo Nico – mantuviste a Percy lejos de los problemas por un año entero. Eso es mas de lo que todos hemos logrado.
- ¡hare como que no escuche eso, Di Angelo! – Exclamo Percy con un puchero.
—Pero ¿por qué...?
De repente me sentí mareada, la vista se me nubló.
Apollo miro preocupado a Percy.
—No te esfuerces más de la cuenta. Toma.
Me ayudó a sostener el vaso y me puso la pajita en la boca.
Apollo le sonrió a Grover mientras Poseidón pensaba que debería darle algún regalo al sátiro, lo merecía después de todo lo que estaba haciendo por su hija y por lo que claramente haría en el futuro. Ahora ¿Qué le gustaba a los sátiros?
Su sabor me sorprendió, porque esperaba zumo de manzana. No lo era. Sabía a galletas con trocitos de chocolate, galletas líquidas. Y no cualquier galleta, sino las que mi madre preparaba en casa, con sabor a mantequilla y calientes, con los trocitos de chocolate derritiéndose.
- ¿A dónde vas? – le pregunto Artemisa a su hermano que se había puesto de pie y se dirigía a la salida.
-A casa de Sally, quiero galletas. – respondió él antes de mirar a su esposa - ¿vienes, amor?
- ¡por supuesto que sí! – exclamo ella poniéndose de pie y yendo hasta él.
-tráiganme unas cuantas – pidieron muchos, Nico y Thalía entre ellos.
- ¡olvídenlo! – dijeron los dos antes de salir de la sala.
-pues voy con ellos – dijo Hermes corriendo hacia tras su hermano y su cuñada.
- ¡Papá, espera! – grito Cecil siguiéndolo – yo también voy.
- ¡tráenos! – gritaron los Stoll.
- ¡Claro!
-mejor continuo. – Dijo Nico con un puchero, él quería galletas.
Al bebérmelo, sentí un calor intenso y una recarga de energía en todo el cuerpo. No desapareció la pena, pero me sentí como si mi madre acabara de acariciarme la mejilla y darme una galleta como hacía cuando era pequeña, como si acabara de decirme que todo iba a salir bien.
Percy sonrió con cariño, extrañaba a su mamá. Hera se sintió aún más culpable.
Antes de darme cuenta había vaciado el vaso.
Lo miré fijamente, convencida de que había tomado una bebida caliente, pero los cubitos de hielo ni siquiera se habían derretido.
—¿Estaba bueno? —preguntó Grover.
Asentí.
—¿A qué sabía?
Sonó tan compungido que me sentí culpable.
Annabeth rodo los ojos, típico de Percy.
—Perdona —le contesté—Debí dejar que lo probaras.
- ¿Y matarlo? – Ares sacudió la cabeza.
—¡No! No quería decir eso. Sólo...sólo era curiosidad.
—Galletas de chocolate. Las de mamá. Hechas en casa.
Suspiró.
Al igual que hicieron varios en la sala. Este capítulo no hacía más que deprimirlos.
—¿Y cómo te sientes?
—Podría arrojar a Nancy Bobofit a cien metros de distancia.
-excelente – dijo Apollo con una gran sonrisa.
—Eso está muy bien—dijo—Pero no debes arriesgarte a beber más.
—¿Qué quieres decir?
Me retiró el vaso con cuidado, como si fuera dinamita, y lo dejó de nuevo en la mesa.
—Vamos. Quirón y el señor D están esperándote.
Dionisio presto atención ahora, la cosa seria interesante si él aparecía.
La galería del porche rodeaba toda aquella casa, llamada Casa Grande. Al recorrer una distancia tan larga, las piernas me flaquearon.
Apollo miro preocupado a la semidiosa a su lado.
Grover se ofreció a transportar la caja con el cuerno del Minotauro, pero yo me empeñé en llevarla. Aquel recuerdo me había salido caro. No iba a desprenderme de él tan fácilmente. Cuando giramos en la esquina de la casa, inspiré hondo.
Muchos sonrieron, el campamento era increíble. Decidieron no comentar, atentos a escuchar la primera impresión que tuvo Percy del campamento.
Debíamos de estar en la orilla norte de Long Island, porque a ese lado de la casa el valle se fundía con el agua, que destellaba a lo largo de la costa. Lo que vi me sorprendió de sobremanera. El paisaje estaba moteado de edificios que parecían arquitectura griega antigua—un pabellón al aire libre, un anfiteatro, un ruedo de arena—, pero con aspecto de recién construidos, con las columnas de mármol blanco relucientes al sol.
En una pista de arena cercana había una docena de chicos y sátiros jugando al voleibol. Más allá, unas canoas se deslizaban por un lago cercano. Había niños vestidos con camisetas naranja como la de Grover, persiguiéndose unos a otros alrededor de un grupo de cabañas entre los árboles. Algunos disparaban con arco a unas dianas. Otros montaban a caballo por un sendero boscoso y, a menos que estuviera alucinando, algunas monturas tenían alas.
Los ojos de muchos brillaron, amaban el campamento con locura. Era su refugio. El único lugar donde podían mostrarse tal cual sin miedo a ser juzgados. Era su hogar. El único lugar al que podían volver siempre que lo necesitasen. Era el lugar más maravilloso que habían conocido y no lo cambiarían por nada.
Al final del porche había dos hombres sentados a una mesa jugando a las cartas. La chica rubia que me había alimentado con el pudin sabor a palomitas estaba recostada en la balaustrada, detrás de ellos.
Dionisio y su versión pasada prestaron más atención.
El hombre que estaba de cara a mí era pequeño pero gordo. De nariz enrojecida y ojos acuosos, su pelo rizado era negro azabache. Me recordó a uno de esos cuadros de ángeles bebé... ¿cómo se llaman? ¿Parvulines? No, querubines. Eso es. Parecía un querubín llegado a la mediana edad en un camping de caravanas.
Hubo un instante de silencio antes de que todos estallaran en carcajadas mientras Dionisio fruncía el ceño y su versión futura se cuestionaba no por primera vez porque razón Percy Jackson era su favorita.
Vestía una camisa hawaiana con estampado atigrado, y habría encajado perfectamente en una de las partidas de póquer de Gabe, salvo que me daba la sensación de que aquel tipo habría desplumado incluso a mi padrastro.
Y ahí estaba la razón.
—Ese es el señor D—me susurró Grover—, el director del campamento. Sé cortés. La chica es Annabeth Chase; sólo una campista, pero lleva más tiempo aquí que ningún otro.
Annabethfrunció el ceño.
Y ya conoces a Quirón. —Me señaló al jugador que estaba de espaldas a mí.
Reparé en que iba en silla de ruedas y luego reconocí la chaqueta de tweed, el pelo castaño y ralo, la barba espesa...
—¡Señor Brunner! —exclamé.
El profesor de latín se volvió y me sonrió. Sus ojos tenían el brillo travieso que le aparecía a veces en clase, cuando hacía una prueba sorpresa y todas las respuestas coincidían con la opción B.
- ¿Por qué no hiciste visitas a domicilio conmigo? – se quejaron todos los griegos al unísono mientras los romanos rodaban los ojos sonriendo levemente, ya acostumbrados a las payasadas de sus contrapartes.
Los dioses por su lado sonrieron divertidos, solo Quirón haría algo así. Los centauros se encogieron de hombros a la vez, lo cual fue algo escalofriante.
Nico siguió leyendo, pensando en por que Grover no llamo primero a Quirón cuando los encontró a él y a su hermana, ¡quizás hasta le habría tenido de profesor! Maldita e injusta vida.
—Ah, Percy, qué bien—dijo—Ya somos cuatro para el pinacle.
Me ofreció una silla a la derecha del señor D, que me miró con los ojos inyectados en sangre y soltó un resoplido.
—Bueno, supongo que tendré que decirlo: bienvenida al Campamento Mestizo. Ya está. Ahora no esperes que me alegre de verte.
Los griegos rodaron los ojos mientras los romanos alzaban las cejas, nunca habían visto como el dios le daba la bienvenida a los nuevos campistas.
Los dioses miraron mal a ambos dioses del vino, sobre todo Poseidón.
Me aparté un poco de él, porque si algo había aprendido de vivir con Gabe era a distinguir cuando un adulto había empinado el codo. Si el señor D no era amigo de la botella, yo era un sátiro.
Tritón abrió los ojos como platos.
- ¡Mi hermanita es medio cabra!
- ¿Qué yo soy qué? – Percy entro a la sala de tronos justo a tiempo para escuchar el comentario de su hermano. Tras ella entraron Apollo (con una increíblemente grande canasta en una mano), Hermes y Cecil, su hijo.
Tritón salto sorprendido en su lugar mientras Nico volvía a leer:
Si el señor D no era amigo de la botella, yo era un sátiro.
Apollo miro incrédulo a su esposa.
- ¿Cómo es que jamás me di cuenta de que me case con un sátiro? – de pronto se asustó aún más - ¡Tendré un hijo con un sátiro! ¡Por Caos! ¿En qué momento sucedió esto?
-Lamento haberte mentido, mi amor, pero sabia que si te decía la verdad tu ya no me querrías. – Percy fingió estar avergonzada mientras todos reían de la cara de Dionisio.
-o sea que… - Apollo se estremeció – todo este tiempo me he metido entre las piernas de…
- ¡no sigas! – exclamo de pronto Percy mientras le tapaba la boca con una mano, la pequeña Percy se ponía roja como un tomate y los demás retenían la risa que la cara de asco de Poseidón y Tritón.
Nico siguió leyendo para ahorrarle la vergüenza a su prima mientras se repartían las galletas.
—¿Annabeth? —llamó el señor Brunner a la chica rubia, y nos presentó—Ella cuidó de ti mientras estabas enferma, Percy. Annabeth, querida, ¿por qué no vas a ver si está lista la litera de Percy? De momento la pondremos en la cabaña once.
—Claro, Quirón—contestó ella.
Aparentaba mi edad, medio palmo más alta, y desde luego su aspecto era mucho más atlético. Tan morena y con el pelo rizado y rubio, era casi exactamente lo que yo consideraba la típica chica californiana. Pero sus ojos deslucían un poco la imagen: eran de una gris tormenta; bonitos, pero también intimidatorios, como si estuviera analizando la mejor manera de tumbarte en una pelea.
Annabethsonrieron conformes con la descripción.
Echó un vistazo a mi cuerno de minotauro y me miró a los ojos. Supuse que iba a decir algo como: «¡Vaya, has matado un minotauro!», o «¡Uau, eres un fenómeno!».
Varios la miraron divertidos. Como si eso fuera a ser posible.
Pero sólo dijo:
—Cuando duermes babeas.
Apollo rio.
-eso es verdad. También habla – pareció recordar algo divertido – una vez dijo…
Antes de que continuara Percy le interrumpió.
-como continúes te juro por nuestro bebe que pasaras el resto de tu inmortal vida en celibato.
Eso basto para hacerlo callar y pedirle perdón con la mirada. Todos miraron divertidos la interacción.
Y salió corriendo hacia el campo, con el pelo suelto ondeando a su espalda.
—Bueno—comenté para cambiar de tema—¿trabaja aquí, señor Brunner?
—No soy el señor Brunner—dijo el ex señor Brunner—Me temo que no era más que un seudónimo. Puedes llamarme Quirón.
—Ok—Perpleja, miré al director—¿Y el señor D.…? ¿La D significa algo?
Atenearodo los ojos.
El señor D dejó de barajar los naipes y me miró como si yo acabara de decir una grosería.
—Jovencita, los nombres son poderosos. No se va por ahí usándolos sin motivo.
—Ah, ya. Perdón.
—Debo decir, Percy—intervino Quirón—que me alegro de verte sana y salva. Hacía mucho tiempo que no hacía una visita a domicilio a un campista potencial.
Los griegos hicieron un puchero. ¡Ellos hubieran dado todo por tener a Quirón de profesor en sus escuelas mortales!
Detestaba la idea de haber perdido el tiempo.
—¿Visita al Hogar?
—Mi año en la academia Yancy, para instruirte. Obviamente tenemos sátiros en la mayoría de las escuelas, para estar alerta, pero Grover me avisó en cuanto te conoció. Presentía que en ti había algo especial, así que decidí subir al norte. Convencí al otro profesor de latín de que... bueno, de que pidiera una baja.
Intenté recordar el principio del curso. Parecía haber pasado tanto... pero sí, tenía un recuerdo vago de otro profesor de latín durante mi primera semana en Yancy. Había desaparecido sin explicación alguna y en su lugar llegó el señor Brunner.
—¿Fue a Yancy sólo para enseñarme a mí? —pregunté.
- ¡Alerta de ego! – canturrearon Nico y Thalía.
-Thalía, cállate. Nico, lee. – los chicos le sonrieron burlonamente a su prima, pero le hicieron caso.
Quirón asintió.
—Francamente, al principio no estaba muy seguro de ti. Nos pusimos en contacto con tu madre, le hicimos saber que estábamos vigilándote por si te mostrabas preparada para el Campamento Mestizo. Pero todavía te quedaba mucho por aprender. No obstante, has llegado aquí viva, y ésa es siempre la primera prueba a superar.
Thalía se removió incomoda al notar la mirada de Luke y Annabeth fija en ella cuando Nico leyó aquello.
—Grover—dijo el señor D con impaciencia—, ¿vas a jugar o no?
—¡Sí, señor!
Grover tembló al sentarse a la mesa, aunque no sé qué veía de tan temible en un hombrecillo regordete con una camisa de tela atigrada.
- ¡No me mires así! – se defendió Percy cuando Dionisio la fulmino con la mirada – no es mi culpa que parecieras tan inofensivo en ese momento. ¡Ni siquiera sabia que eras un dios!
—Supongo que sabes jugar al pinacle.
El señor D me observó con recelo.
-Me temo que no – respondí.
-Me temo que no, señor – puntualizo él.
—Señor—repetí. Cada vez me gustaba menos el director del campamento.
-Suele pasar – dijo el Campamento Mestizo al unísono. Dionisio bufo.
—Bueno—me dijo—, junto con la lucha de gladiadores y el Comecocos, es uno de los mejores pasatiempos inventados por los humanos. Todos los jóvenes civilizados deberían saber jugarlo.
—Estoy seguro de que la chica aprenderá—intervino Quirón.
-Y vaya lo hizo – Apollo soltó una carcajada mientras Dionisio gruñía. Los del pasado los miraron curiosos.
-Percy siempre le gana al señor D – explico Will divertido – es cosa común verlos envueltos en una partida por la tarde de algún viernes y que Percy le esté dando una paliza.
-La cara que pone cuando pierde es muy divertida – rio Nico.
Lou Ellen puede o no haber sonreído al oír la risa del hijo de Hades.
—Por favor—dije—, ¿qué es este lugar? ¿Qué estoy haciendo aquí? Señor Brun...Quirón, ¿por qué fue a la academia Yancy sólo para enseñarme?
El señor D resopló y dijo:
—Yo hice la misma pregunta.
El director del campamento repartía. Grover se estremecía cada vez que recibía una carta. Como hacía en la clase de latín, Quirón me sonrió con aire comprensivo, como dándome a entender que no importaba mi nota media, pues yo era su estudiante estrella.
-Siempre lo fuiste – dijo Annabeth.
- ¿Qué? – pregunto Percy.
-Su estudiante estrella. – explico la hija de la sabiduría – no importa si todavía no te conocíamos, Quirón siempre nos hablaba de ti cuando le veíamos.
Annabeth admitía haber estado un poco celosa de como Quirón se estaba encariñando con la chica que ni siquiera sabía que era una mestiza. Pero no le costo superarlo cuando la conoció. Percy era el tipo de persona que atraía a la gente a su alrededor como si de un imán se tratase y en la que era demasiado fácil confiar.
Esperaba de mí la respuesta correcta.
-Algo difícil – murmuro Atenea.
-Percy, ¿tu madre no te conto nada? – Pregunto.
—Dijo que...—Recordé sus ojos tristes al mirar el mar—Me dijo que le daba miedo enviarme aquí, aunque mi padre quería que lo hiciera. Dijo que en cuanto estuviera aquí, probablemente no podría marcharme. Quería tenerme cerca.
—Lo típico—intervino el señor D—Así es como los matan.
Las diosas fulminaron a Dionisio con la mirada mientras los dioses le fruncían el ceño, más que molestos.
Jovencita, ¿vas a apostar o no?
—¿Qué? — pregunté.
Me explicó, con impaciencia, cómo se apostaba en el pinacle, y eso hice.
—Me temo que hay demasiado que contar—repuso Quirón—Diría que nuestra película de orientación habitual no será suficiente.
- ¿No la viste? – pregunto Nico sorprendido.
-En ese momento no, pero la vi unos veranos después cuando tuve que darle la bienvenida a unos campistas. – Percy se estremeció – no era una buena película.
- ¡EH! – se quejó Apollo – esa película la hice yo.
-Y era horrible – dijo Percy sin inmutarse por el puchero que puso. – Es por eso que la actualizamos.
Su marido siguió mirándola triste y ella rodo los ojos antes de darle un beso en la mejilla y abrazarlo, logrando que la tristeza desapareciera de inmediato.
—¿Película de orientación? — pregunté.
—Olvídalo—dijo Quirón—Bueno, Percy, sabes que tu amigo Grover es un sátiro y también sabes — señaló el cuerno en la caja de zapatos— que has matado al Minotauro. Y ésa no es una gesta menor, niña. Lo que puede que no sepas es que grandes poderes actúan en tu vida. Los dioses, las fuerzas que tú llamas dioses griegos, están vivitos y coleando.
-Que directo – murmuraron varios.
Miré a los demás.
Esperaba que alguien exclamara: «¡Se equivoca, eso es imposible!» Pero la única exclamación provino del señor D:
—¡Ah, matrimonio real! ¡Mano! ¡Mano!
Se rio mientras se apuntaba los puntos.
—Señor D—preguntó Grover tímidamente—, si no se la va a comer, ¿puedo quedarme su lata de Coca-Cola light?
- ¿Eh? Ah, bien.
Grover dio un buen mordisco a la lata vacía de aluminio y la masticó lastimeramente.
—Esperé — le dije a Quirón—. ¿Me está diciendo que existe un ser llamado Dios?
Los dioses olímpicos originales se removieron incomodos al recibir miradas interrogadoras de los demás. Sin pensárselo mucho, instaron a Nico a leer.
—Bueno, veamos —repuso Quirón—. Dios, con D mayúscula, Dios... En fin, eso es otra cuestión. No vamos a entrar en lo metafísico.
- ¿Lo metafísico? Pero si acabas de decir ...
—He dicho dioses, en plural. Me refería a seres extraordinarios que controlan las fuerzas de la naturaleza y los comportamientos humanos: los dioses inmortales del Olimpo. Es una cuestión menor.
Zeusfrunció el ceño molesto.
—¿Menor?
—Sí, bastante. Los dioses de los que hablábamos en la clase de latín.
—Zeus—dije—Hera, Apollo... ¿Se refiere a ésos?
Apollo sonrió y miro a Poseidón con petulancia. Éste puede o no haberle sacado la lengua a su yerno.
Y allí estaba otra vez: un trueno lejano en un día sin nubes.
—Jovencita—intervino el señor D—, yo de ti me plantearía en serio dejar de decir esos nombres tan a la ligera.
Annabeth bufo.
—Pero son historias—dije—Mitos... para explicar los rayos, las estaciones y esas cosas. Son lo que la gente pensaba antes de que llegara la ciencia.
Varios hicieron muecas.
—¡La ciencia! — se burló el señor D—Y dime, Persephone Jackson —me estremecí al oír mi auténtico nombre, que jamás daba a nadie—, ¿qué pensará la gente de tu «ciencia» dentro de dos mil años? Pues la llamarán paparruchas primitivas. Así la llamarán. Oh, adoro a los mortales: no tienen ningún sentido de la perspectiva. Creen que han llegado taaaaaan lejos. ¿Es cierto o no, Quirón? Mira a esta chica y dímelo.
-Eso fue grosero – dijo Amphitrite molesta.
Dionisio se encogió de hombros.
El señor D no me caía del todo mal, pero hubo algo en la manera en que me llamó mortal, como si... él no lo fuera. Fue suficiente para hacerme cerrar la boca, para saber por qué Grover se concentraba con tanto ahínco en sus cartas, masticando su lata de refrescos y no diciendo ni pío.
-Te diste cuenta de que era un dios – murmuro Apollo jugando con un mechón de pelo de su esposa.
-Algo así – le contesto ella.
—Percy —dijo Quirón—, puedes creértelo o no, pero lo cierto es que inmortal significa precisamente eso, inmortal. ¿Puedes imaginar lo que significa no morir nunca? ¿No desvanecerte jamás? ¿Existir, como eres, para toda la eternidad?
Percy miro a su esposo y sonrió.
-Ahora sí.
Apollo le guiño un ojo antes de besarla en la mejilla. Percy no pudo evitar sonrojarse al comprender.
Iba a responder que sonaba muy bien, pero el tono de Quirón me hizo vacilar.
Una idea paso por la cabeza de varios.
—¿Quiere decir independientemente de que la gente crea en uno? —inquirí.
—Así es —asintió Quirón—. Si fueras una diosa, Percy, ¿qué te parecería que te llamaran mito, una vieja historia para explicar el rayo? ¿Y si yo te dijera, Persephone Jackson, que algún día te considerarán un mito sólo creado para explicar cómo los niños y niñas superan la muerte de sus madres?
Amphitrite miro feo a Quirón, que le dieron una mirada de disculpa tanto a ella como a Percy.
Me dio un vuelco el corazón. Por algún motivo, intentaba que me enfadara, pero no iba a darle la satisfacción.
-Esa es mi chica – dijo Apollo sonriéndole a Percy que le guiño un ojo con complicidad.
—No me gustaría. Pero yo no creo en los dioses—respondí.
- ¿Y ahora? – pregunto Hermes.
-Un poco, sí. – contesto Percy sonriendo pues su versión futura estaba muy ocupada susurrándole algo a su marido.
Hermes le devolvió la sonrisa y Apollo frunció un poco el ceño.
—Pues más te vale que empieces a creer—murmuró el señor D—Antes de que alguno te calcine.
Poseidón alzo una ceja.
- ¿Estas insinuando algo, sobrinito?
-Por supuesto que no, tío – Dionisio trago saliva.
—P.… por favor, señor —intervino Grover—Acaba de perder a su madre. Aún sigue conmocionada.
—Menuda suerte la mía—gruñó el señor D mientras jugaba una carta—. Ya es bastante malo estar confinado en este triste empleo, ¡para encima tener que trabajar con chicos que ni siquiera creen!
Muchos rodaron los ojos, acostumbrados como estaban a los comentarios del señor D.
Hizo un ademán con la mano y apareció una copa en la mesa, como si la luz del sol hubiera convertido un poco de aire en cristal. La copa se llenó sola de vino tinto.
Zeusmiro amenazadoramente a su hijo correspondiente.
Me quedé boquiabierta, pero Quirón apenas levantó la vista.
—Señor D, sus restricciones—le recordó.
El señor D miró el vino y fingió sorpresa.
—Madre mía. —Elevó los ojos al cielo y gritó—: ¡Es la costumbre! ¡Perdón!
Ahora Zeus bufo.
Volvió a mover la mano, y la copa de vino se convirtió en una lata fresca de Coca-Cola light. Suspiró resignado, abrió la lata y volvió a centrarse en sus cartas.
Quirón me guiñó un ojo.
—El señor D ofendió a su padre hace algún tiempo, se encaprichó con una ninfa del bosque que había sido declarada de acceso prohibido.
"con la que después tuvo catorce monstruosos hijos" PensóDionisio.
—Una ninfa del bosque—repetí, aun mirando la lata como si procediera del espacio.
—Sí —reconoció el señor D—A Padre le encanta castigarme. La primera vez, prohibición. ¡Horrible! ¡Pasé diez años absolutamente espantosos!
Dionisio se estremeció.
La segunda vez... bueno, la chica era una preciosidad, y no pude resistirme. La segunda vez me envió aquí. A la colina Mestiza. Un campamento de verano para mocosos como tú. «Será mejor influencia. Trabajarás con jóvenes en lugar de despedazarlos», me dijo. ¡Ja! Es totalmente injusto.
- ¿Para ti o para quienes deben aguantarte? – dijo Apollo rodando los ojos, cuando comenzó a salir oficialmente con Percy y paso cada vez más tiempo en el campamento mestizo noto que su hermano si que sabia quejarse. ¡Cuánta pena había sentido por los semidioses!
El señor D hablaba como si tuviera seis años, como un crío protestando.
Afrodita contuvo un grito de emoción cuando Apollo le susurro algo a Percy y ella se rio mientras se sonrojaba. ¡Eran tan tiernos!
—Y.… y —balbuceé—su padre es...
—Di immortales, Quirón —repuso él—. Pensaba que le habías enseñado a esta chica lo básico. Mi padre es Zeus, por supuesto.
Repasé los nombres mitológicos griegos que empezaban por la letra D. Vino. La piel de un tigre. Todos los sátiros que parecían trabajar allí. La manera en que Grover se encogía, como si el señor D fuera su amo...
Afrodita iba a decir algo, pero una mirada de Artemisa y una disimulada señalización a los niños basto para callarla.
—Usted es Dioniso —dije—El dios del vino.
El señor D puso los ojos en blanco.
—¿Cómo se dice en esta época, Grover? ¿Dicen los niños «obvio»?
—S-sí, señor D.
—Pues obvio, Percy Jackson. ¿Quién creías que era? ¿Afrodita, quizá?
-No tienes tanta suerte – dijeron ambas mirándose en un espejo. Varios se estremecieron por lo raro que era ver a dos de cada uno.
—¿Usted es un dios?
—Sí, niña.
—¿Un dios? ¿Usted?
-Tu extrañeza es mas que compresible, créeme – Apollo rio mientras apoyaba la cabeza en el hombro de su esposa.
Me miró directamente a los ojos, y vi una especie de fuego morado en su mirada, una leve señal de que aquel regordete protestón estaba sólo enseñándome una minúscula parte de su auténtica naturaleza.
Percy se estremeció ante el recuerdo mientras Poseidón miraba amenazadoramente a su sobrino que se ocultó tras una revista de vinos.
Vi vides estrangulando a los no creyentes hasta la muerte, guerreros borrachos enloquecidos por la lujuria de la batalla, marinos que gritaban al convertirse sus manos en aletas y sus rostros prolongarse hasta volverse hocicos de delfín.
- ¡Así que por eso conocías esa historia! – exclamo Piper recordando su encuentro con Crisaor en el Argo II y como Percy había sido la única que conocía la debilidad de esos guerreros semi-delfines.
Percy sonrió.
-Es lo único bueno que saque de eso. ¡Tiemblen ante el horror de la Coca-Cola Light!
Los siete soltaron una carcajada mientras el entrenador Hedge y Dionisio sonreían levemente y los demás se veían confundidos.
Supe que, si lo presionaba, el señor D me enseñaría cosas peores. Me plantaría una enfermedad en el cerebro que me enviaría para el resto de mi vida a una habitación acolchada, con camisa de fuerza.
-No lo hará si quiere seguir vivo, cielo – aseguro Apollo mientras su esposa le acariciaba el cabello.
—¿Quieres comprobarlo, niña? —preguntó con ceño.
- ¡Ja! Atrévete – rio oscuramente Poseidón. Dionisio se estremeció.
—No. No, señor.
El fuego se atenuó un poco y él volvió a la partida.
—Me parece que he ganado—dijo.
-Lo más probable es que no – murmuro un niño de la cabina 9.
—Un momento, señor D—repuso Quirón. Mostró una escalera, contó los puntos y dijo—: El juego es para mí.
-No es novedad – dijeron a coro los miembros del CHB.
-Mocosos mal agradecidos – murmuro Dionisio.
Pensé que el señor D iba a pulverizar a Quirón y librarlo de la silla de ruedas, pero se limitó a rebufar, como si estuviera acostumbrado a que ganara el profesor de latín.
-Lo está – aseguro Luke hablando al fin. Apollo hizo una mueca al oír su voz, no importaba cuanto los hubiera ayudado en la Guerra contra Cronos (que fue poco o casi nada, con o sin sacrificio) él siempre le tendría poca o ninguna estima. En parte por ser el causante indirecto de la muerte de varios de sus hijos y en parte por todo el daño que le causo a su mujer.
Se levantó, y Grover lo imitó.
—Estoy cansado—comentó el señor D—Creo que voy a echarme una siestecita antes de la fiesta de esta noche. Pero primero, Grover, tendremos que hablar otra vez de tus fallos.
Percy, Nico, Thalía y Annabeth fruncieron el ceño con molestia. ¡Grover no había fallado!
La cara de Grover se perló de sudor.
—S-sí, señor.
El señor D se volvió hacia mí.
—Cabaña once, Percy Jackson. Y cuida tus modales.
-Creo que eso ultimo no lo hice muy bien – Percy sonrió con inocencia.
Todos los del futuro o sonrieron o soltaron una carcajada. No hacerlo muy bien se le quedaba corto.
Se metió en la casa, seguido de un tristísimo Grover.
—¿Estará bien Grover? —le pregunté a Quirón, que asintió, aunque parecía algo preocupado.
—El bueno de Dioniso no está loco de verdad.
Varios hicieron muecas que señalaban no estar de acuerdo con lo dicho, la mayoría del futuro aun recordaba como se había comportado en la fiesta de matrimonio de Percy y Apollo, en donde Zeus tuvo la mala idea de dejarlo beber. Decir que se volvió loco era un eufemismo. Y estaba tan borracho… ¿Quién Hades se subía a una de las columnas de la Sala de Tronos vestido con solo una tanga y se ponía a cantar Wrecking Ball a todo pulmón antes de lanzarse desde arriba batiendo los brazos como si fuera un pájaro con retraso?
Es sólo que detesta su trabajo. Lo han... bueno, castigado, supongo que dirías tú, y no soporta tener que esperar un siglo más para que le permitan volver al Olimpo.
-Solo 39 años más, solo 39 años más – murmuro Dionisio cerrando su revista.
—El monte Olimpo —dije—. ¿Me está diciendo que realmente hay un palacio allí arriba?
—Veamos, está el monte Olimpo en Grecia. Y está el hogar de los dioses, el punto de convergencia de sus poderes, que de hecho antes estaba en el monte Olimpo. Se le sigue llamando monte Olimpo por respeto a las tradiciones, pero el palacio se mueve, Percy, como los dioses.
—¿Quiere decir que los dioses griegos están aquí? ¿en... Estados Unidos?
—Desde luego. Los dioses se mueven con el corazón de Occidente.
-Nunca he logrado entender eso – dijo Leo – Y mira que me lo han tratado de explicar.
-Ahora lo explico yo, quizás ahora lo entiendas. – dijo Quirón.
—¿El qué?
—Venga, Percy, despierta. ¿Crees que la civilización occidental es un concepto abstracto? No; es una fuerza viva. Una conciencia colectiva que sigue brillando con fuerza tras miles de años. Los dioses forman parte de ella. Incluso podría decirse que son la fuente, o por lo menos que están tan ligados a ella que no pueden desvanecerse. No a menos que se acabe la civilización occidental. El fuego empezó en Grecia. Después, como bien sabes (o eso espero porque te he aprobado), el corazón del fuego se trasladó a Roma, y así lo hicieron los dioses. Sí, con distintos nombres quizá (Júpiter para Zeus, Venus para Afrodita, y así), pero eran las mismas fuerzas, los mismos dioses.
—Y después murieron.
-Yo me siento muy vivo – dijeron Apollo y Hermes sacando risas de varios.
—¿Murieron? No. ¿Ha muerto Occidente? Los dioses sencillamente se fueron trasladando, a Alemania, Francia, España, Gran Bretaña...
Percy suspiro recordando cuando para su Luna de Miel Apollo la había llevado a recorrer todos esos países y le mostro los lugares mas importantes de cada uno. Cuando estaban libres, claro… fue una Luna de Miel bastante larga.
Su marido sabiendo lo que pensaba le dio un beso en el cuello mientras la abrazaba por la cintura para que él pudiera acomodar su cabeza en el hombro de ella más cómodamente.
Dondequiera que brillara la llama con más fuerza, allí estaban los dioses. Pasaron varios siglos en Inglaterra. Sólo tienes que mirar la arquitectura. La gente no se olvida de los dioses. En todas las naciones predominantes en los últimos tres mil años puedes verlos en cuadros, en estatuas, en los edificios más importantes. Y sí, Percy, por supuesto que están ahora en tus Estados Unidos. Mira vuestro símbolo, el águila de Zeus. Mira la estatua de Prometeo en el Rockefeller Center
Percy hizo una mueca, viejo buitre apestoso.
Las fachadas griegas de los edificios de tu gobierno en Washington. Te reto a que encuentres una ciudad estadounidense en la que los Olímpicos no estén vistosamente representados en múltiples lugares. Guste o no guste (y créeme, te aseguro que tampoco demasiada gente apreciaba a Roma)
-Oh, vamos – se quejó Jason.
-Acéptalo, Jasie – canturreo Percy – los griegos somos mejores.
- ¡Tus dominios incluyen a los romanos! – exclamo con una mueca el hijo de Júpiter.
-Pero nací siendo griega, crecí siendo griega y pasare el resto de la eternidad siendo griega – afirmo la pelinegra. – Sin ofender, chicos, pero siempre estaré del lado de los griegos.
- ¿Incluso cuando…? – Apollo le susurro algo tan bajo que nadie le oyó.
-Incluso entonces – dijo Percy, aunque estaba un poco nerviosa.
Muchos decidieron que no querían saber.
Estados Unidos es ahora el corazón de la llama, el gran poder de Occidente. Así que el Olimpo está aquí. Y por tanto también nosotros.
-Sigo sin entender – aseguro Leo.
-Te explicare después. De nuevo – Annabeth suspiro.
Era demasiado, especialmente el hecho de que yo parecía estar incluida en el «nosotros» de Quirón, como si formase parte de un club.
Muchos querían comentar eso, pero Atenea, ya harta de las interrupciones, dijo:
-No. Digan. Nada.
—¿Quién es usted, Quirón? ¿Quién... quién soy yo?
-Esa es la duda existencial de muchos mortales – dijo Hazel.
Quirón sonrió. Desplazó el peso de su cuerpo, como si fuera a levantarse de la silla de ruedas, pero yo sabía que eso era imposible. Estaba paralizado de cintura para abajo.
-Eeeeh…
- ¡En ese momento no sabia que era un centauro! – exclamo Percy molesta por la intención que tenían algunos de molestarla con eso. Se calmo solo con las caricias que Apollo dejaba en su vientre, pero ya había asustado a esos algunos.
—¿Quién soy? —murmuró—. Bueno, ésa es la pregunta que todos queremos que nos respondan, ¿verdad? Pero ahora deberíamos buscarte una litera en la cabaña once. Tienes nuevos amigos que conocer, mañana podremos seguir con más lecciones. Además, esta noche vamos a preparar junto a la hoguera bocadillos de galleta, chocolate y malvaviscos, y a mí me pierde el chocolate.
El CHB bufo, ¿Eufemismo? ¿Dónde?
Y entonces se levantó de la silla, pero de una manera muy rara. Le resbaló la manta de las piernas, pero éstas no se movieron, sino que la cintura le crecía por encima de los pantalones. Al principio pensé que llevaba unos calzoncillos de terciopelo blancos muy largos
Percy les dirigió una mirada amenazadora a todos, retándolos a decir algo.
pero cuando siguió elevándose, más alto que ningún hombre, reparé en que los calzoncillos de terciopelo eran en realidad la parte frontal de un animal, músculos y tendones bajo un espeso pelaje blanco. Y la silla de ruedas tampoco era una silla, sino una especie de contenedor, una caja con ruedas, y debía de ser mágica, porque no había manera humana de que aquello hubiera cabido entero allí dentro. Sacó una pata, larga y nudosa, con una pezuña brillante, luego la otra pata delantera, y por último los cuartos traseros. La caja quedó vacía, nada más que un cascarón metálico con unas piernas falsas pegadas por delante.
Miré la criatura que acababa de salir de aquella cosa: un enorme semental blanco. Pero donde tendría que haber estado el cuello, sólo vi a mi profesor de latín, graciosamente injertado de cintura para arriba en el tronco del caballo.
—¡Qué alivio! — exclamó el centauro—Llevaba tanto tiempo ahí dentro que se me habían dormido las pezuñas. Bueno, venga, Percy Jackson. Vamos a conocer a los demás campistas.
- ¡Y fin! – exclamo Nico - ¡Demonios, ese si que fue un largo capitulo! ¿Quién lee ahora?
- ¡Yo quiero! – Lou Ellen se paro de un salto y corrió por el libro antes de volver a su asiento.
Thalía y Percy se vieron curiosas, habiendo notado la cara sonrojada de Lou y el intercambio de miradas que hubo entre su primo y ella cuando sus manos se rozaron al tomar y entregar el libro, respectivamente. Se prometieron tener una charla con el hijo de Hades cuando tuvieran un descanso.
