Lobo perdido

No podía recordar cuánto tiempo había pasado desde las última vez que alguien agachó la mirada mientras hablaba con él. Tampoco cuánto desde que había presidido un concejo de guerra, por llamar de algún modo a la reunión que se estaba llevando a cabo.

Giró levemente el rostro hacia el siguiente hombre y este empezó a exponer los recursos con los que contaba su cédula.

Siendo todos nuevos como dirigentes tras la masacre del restaurante, la mayoría recién se habituaba a la nueva posición que habían adquirido. Y si bien no poseía ningún tipo de poder adivinatorio, con solo tenerlos ahí, Kōga supo que muchos de ellos habían ambicionado el sitio desde hacía tiempo, pero no habían tenido las agallas para tomarlo por sus medios. Dudaba que fuera una cuestión de honor el que estuvieran ahí, pero cualquiera que fuese el motivo, a él lo único que le importaba era su total disposición para iniciar un conflicto armado.

Una vez que el último hubo contabilizado sus hombres y recursos, empezó a dar indicaciones. En realidad solo los había escuchado como parte de un protocolo social, desde hacía tiempo que él sabía perfectamente esa información y con base en ello, había diseñado la estrategia menos desastrosa.

—Si todo está en orden, podremos movilizarnos a Osaka en las siguientes cuarenta y ocho horas — dijo al final.

Todos asintieron, casi como si lo hubieran practicado con anterioridad y terminada la reunión, uno a uno se marcharon dejándole en el salón, aunque no precisamente solo. Una vez que la puerta se cerró, una veintena de diablillos verrugosos salieron de entre los paneles de madera, reptando hasta los sitios que antes ocuparan los miembros del grupo.

—Tontos humanos jez jez jez— dijo uno de ellos mientras se relamía los labios dejando una capa de abundante saliva viscosa.

—Necesito que ustedes lleguen esta noche a Osaka— les dijo mientras señalaba el mismo mapa con el que antes explicara los puntos de encuentro para los cabecillas —. Identifiquen a los miembros más fuertes y se encárguense de ellos. Debemos garantizar que estos tipos tengan éxito si queremos seguir avanzando.

—Eso será una tarea muy fácil— dijo otro sacando su lengua bífida que supuraba una sustancia morada de la que se podía ver emerger el miasma.

—Solo si lo hacen mientras duermen, les recuerdo que ustedes tienen un cuerpo físico que cualquier idiota puede ver y una bala los dejará como una asquerosa mancha maloliente.

Los diablillos rieron como si nos les importara en absoluto.

"Están completamente dispuestos a morir", pensó, y no sabía si el sentimiento que lo embargaba a él era horror o la admiración.

Por siglos, ese tipo de criaturas habían sido marginados, el escalafón más bajo en la jerarquía demoniaca, apenas más valioso que una cucaracha y, sin embargo, los había convertido en su red de inteligencia. Todo el éxito del plan dependía de que ese grupo de diablillos confiaran en él y cumplieran con lo que les mandaba.

—Sus órdenes estarán cumplidas al amanecer— dijo otro.

Pronto ellos también se marcharon escabulléndose por las esquinas.

Entonces sí quedó completamente solo, escuchando la noche, la ruidosa noche de Tokio. Entrecerró los ojos y, de pronto, un pensamiento saltó, sin relación ni intención.

¿Su padre estaría orgulloso?

Se había convertido en el general de todas las criaturas sobrevivientes, sin distinción de tipo ni jerarquía, incluso demonios antiguos que en otros tiempos tuvieran orgullo propio, aguardaban sus indicaciones.

Hacía tanto tiempo que no pensaba en su padre y era extraño, usualmente recordaba con más claridad a Hakkaku y Ginta, incluso a Ayame, pero de su padre solo tenía el recuerdo emborronado de un viejo lobo que pasaba la mayor parte del tiempo en su forma animal y que, incluso enfermo y viejo, murió en combate, rehusándose a permanecer echado en su guarida.

Su padre ni siquiera habría aceptado vivir como humano en primer lugar, se habría quitado la vida antes de renunciar a su orgullo como general ōkami yōkai, así que, si aprobaba lo que estaba haciendo ahora, sería solo porque lo consideraría redención a la tribu y a todas las demás criaturas asesinadas.

Decidió dejar la sala también.

—¿Tomará la cena en su habitación?

La voz de un viejo sirviente lo tomó por sorpresa. Ya se había habituado a su tibia presencia y andar silencioso, tanto que a veces olvidaba que estaba ahí aunque no tenía más que un par de semanas con él. Ese viejo formaba parte de su "herencia". Había servido a la familia del jefe que ahora estaba poseído por un ogro, pero luego de la masacre del restaurante lo había reconocido como "el hijo que vengaría a la familia", y se puso a su servicio junto con el resto de la servidumbre.

Vivir en el hotel dejó de ser una opción, pese a su renuencia, los nuevos cabecillas le habían insistido que ocupara la casa de la familia en la ciudad y tras un instante de meditación, consideró que era lo más apropiado si quería mantener la idea de unidad, tradición y lealtad.

—Voy a salir— dijo, por tener la cortesía de no dejar al viejo ahí parado.

Odiaba esa casa que no era en realidad una casa, sino el último piso de un alto edificio en el centro del distrito financiero debajo del cual no le quedaba claro qué había.

Tomó el ascensor solo por costumbre, le hubiera gustado más dejarse caer por una ventana, sentir el viento en su cara y el aire viciado de la ciudad.

Afuera el tumulto era increíble, hacía tiempo que se había acostumbrado a las ciudades. La vida en los pueblos que aún quedaban por el país era tranquila, pero más difícil de sobrellevar para alguien que no envejecía ni enfermaba, bastaban un par de años para que los rumores comenzaran mientras que en la ciudades pasaba mucho tiempo antes de que siquiera alguien reparara en que estaba ahí, y si había un incidente, bastaba con cambiarse a otro edificio.

Fue por las calles tratando de controlar sus pensamientos que se volvían furiosos al saber que estaba construyendo una intrincada trama cuando la solución más rápida a su problema era ir por Inuyasha y abrirse camino a patadas.

Y aunque no dudaba que él podría mantener a su hijo vivo, matar a quien se interpusiera y deshacerse de la maldita bruja de agua, volvería al punto de partida por el que no le había pedido ayuda el mismo día en que lo secuestraron.

¿Y si no quería sacrificar a las demás criaturas?

Dudó de los lazos que le unían a ellos, perfectos desconocidos, la mayoría de ellos tan patéticamente débiles que hacía quinientos años los habría matado él mismo si se hubieran cruzado por accidente en su camino.

—¡Hey! ¡Señor!— supo que se referían a él en el preciso instante en que la voz chillona terminaba innecesariamente de alargar la "o", mucho antes de que una chiquilla en uniforme escolar se colgara de su brazo.

—¿Está solo? ¿No necesita compañía?— le preguntó con una voz aguda.

Kōga arqueó una ceja.

Delgada, con un bronceado excesivo que llegaba a verse como una mezcla entre naranja y marrón, el pelo teñido de rubio más bien amarillento recogido en dos coletas ligeramente asimétricas. La falda era demasiado corta para el reglamento de cualquier escuela, de hecho el cardigan atado en su cintura era más largo, la blusa tenía tres botones desabrochados dejando ver no solo la naciente de los senos, sino el encaje de las copas del sostén rojo. La docena de brazaletes de bisutería y las uñas acrílicas con pedrería se clavaron en su brazo mientras que la sonrisa de ella magnificaba su efecto por el labial magenta.

—Estoy más bien horrorizado— dijo —¿En serio te funciona?

La chica chasqueo la lengua.

—Con hombres guapos no, normalmente me topo solo con los que se conforman con que tenga una vagina. Vamos, el hotel esta cerca.

Se dejó llevar ante la mirada recelosa de otras chicas, uniformadas o caracterizadas de distintas maneras, ella solo les hizo una seña obscena sin soltarle el brazo. El viejo edificio era claramente decadente pese a sus decorados con luces neón. Su acompañante saludó al hombre de la recepción que le arrojó unas llaves que atrapó al vuelo.

La habitación no era menos atemorizante que el arreglo de la chica.

La cama redonda con edredón rosa, almohadones rojos de corazón, dosel magenta, alfombra rosa pálido y dos sillas de tapicería púrpura, de las cuales tomó una para sentarse.

—¿Vives aquí?— preguntó, distinguiendo el destello de los hilos de la telaraña sobrenatural cruzando de lado a lado todo el techo.

—A veces ¿puedo?

Él se encogió de hombros, ya lo estaba haciendo de todos modos. La chica se quitó la blusa, el sostén, la falda y las pantaletas, estirándose hasta que sus articulaciones hicieron ruido.

Completamente desnuda era más evidente el tono dispar en la piel, la parte central de los senos y el pubis completamente depilado eran blanquísimos, contrastando con el bronceado del resto.

—¿Por qué no haces toda la piel del mismo color?— preguntó.

—Porque no se vería natural.

La respuesta lo consternó más que la forma en la que ella arqueaba la espalda desprendiéndose de la piel, dejándola caer como el resto de su ropa y volviendo a estirarse, esta vez hasta alcanzar unos tres metros de altura.

La araña se flexionó un poco antes caminar, extendiendo las largas patas para rodear los costados de la cama, descansando su enorme vientre en los almohadones, se recargó en los codos dejando su cabeza en el dorso de las manos enlazadas.

Kōga miró su verdadero rostro, blanco, ovalado con cuatro pares de pequeños ojos almendrados y negros, con los labios pintados de rojo, sobresaliendo ligeramente los colmillos.

—Eres un hombre muy atractivo— le dijo de pronto, él solo rio, aunque sin ganas—. No hay demonios ni bestias en Hokkaidō—agregó después la araña con un tono de voz bajo, afectado —. Yo nací ahí, tuve muchas hermanas, nos separamos cuando nos hicimos mayores porque no podíamos alimentarnos sin llamar a atención.

—¿Hace cuánto?

—Cincuenta años— respondió.

Hubo un momento de silencio que ella rompió poco después.

—Los busqué por todos lados, no hay nadie, y si quedaba alguien, seguramente ya está aquí, esperando sus órdenes, general.

—¿Escuchaste algo de las cédulas criminales?

—Nada que no fuera obvio, tienen la convicción de que lo mejor es esperar a que entre los de Tokio y Osaka se diezmen entre sí para después acabar con los remanentes.

—¿Tampoco hay demonios entre ellos?

—Hay un tipo que llaman "el ogro", mide dos metros, pesa casi doscientos kilos y puede golpear a un hombre por siete horas sin cansarse, pero es completamente humano— en este punto, ella esbozó una sonrisa—. Voy a tener bebés con él.

Kōga suspiró.

"El ogro" empezaría a estar enfermo en cuestión de semanas, luego bajaría de peso gradualmente, las larvas se alimentarían sin matarlo hasta que estuvieran listas para emerger en unos meses, aunque del millar de huevos que ella pudo haber dejado en su interior solo eclosionarían un centenar, y los que llegarían a adultos serían una docena o menos.

—Felicidades— dijo sin atreverse a mirarla.

Ella volvió a sonreír.

De pronto, un centenar de pequeñas arañas comunes empezaron a entrar desde las rendijas de la ventana, puerta, el ducto de ventilación y cualquier otra hendidura.

El lobo podía escuchar perfectamente el ruido que hacían, aunque no entendía lo que estaban diciendo, pero a juzgar por la reacción de la araña que estaba en la cama, supo que no era precisamente bueno. Ella se incorporó moviéndose rápidamente hacia la ventana, sujetándose del muro y apenas asomando la cabeza.

—Hay un intruso en el territorio— dijo —. Está en el barrio de las cigarras, está matando a todos.

Kōga también se acercó a la ventana pero él la abrió, y sin necesidad de corroborar nada más salió por ahí.

Había que ver la mala suerte que tenía. Ahora, aunque no quisiera, le tendría que explicar a Inuyasha porqué estaba reuniendo a todos los monstruos de Japón.


Comentarios y aclaraciones:

Larga pausa, lo sé.

Muchas gracias a todos los que me dejaron comentarios, normalmente los respondo uno por uno, pero tiene casi dos años que me los dejaron, solo les puedo ofrecer una disculpa y agradecerles la paciencia. Prometo volverme aplicada y regresar a las buenas costumbres, al menos las de mantener contacto personal, no prometo actualizar cada ocho días.

¡Gracias por leer!