Lay all your love on me
Capítulo BETEADO por Flor Carrizo, beta de Élite fanfiction: www. facebook grupos / élite. fanfiction /
Los chicos tuvieron que volver al colegio, el humor de Bella era mucho mejor de lo que había sido mientras se encontraba con la férula. Sin embargo, no duró mucho tiempo.
—La lisiada del instituto ha vuelto —anunció Victoria a sus amigas.
—Es una lástima que tú no tengas cura —respondió Bella—. Yo al menos con unos días de cuidado luego de mi cirugía puedo tener una vida normal. Pero que tú no tengas neuronas y hayas llegado tan lejos para tener un poco de protagonismo, no tiene arreglo.
—¿Qué intentas decirme, Bellita? —replicó Victoria sin entender bien lo que decía la castaña.
—No intento decirte nada. Afirmo que no tienes cerebro y que caíste muy bajo al lesionarme para hacerte un poquito más popular —explicó.
—Yo soy popular, no necesito dejarte caer para tener fama.
—¿Seguro, Victoria? ¿Estás segura de que no me necesitas para sentirte importante? Si es así, ¿por qué me dejaste caer a propósito? —preguntó bien fuerte para que toda la gente que se había reunido a su alrededor la escuchara.
—Me tienes cansada, Isabella, te crees muy importante y la verdad es que no te quiere nadie. Todos te respetan por tu padre y el dinero que él tiene. Pero ni tu madre te soporta —dijo furiosa.
—Te equivocas, Victoria. Mis verdaderos amigos me quieren por lo que soy, no lo que represento. No necesito aparentar, hacerme cirugías o dañar a los demás para que hablen de mí, tú sí lo necesitas. —La señaló con el dedo—. Sin embargo, tengo que asumir que mi madre no me soporta y el sentimiento es mutuo, pero no me preocupa, porque tengo el amor de mi abuela que vale más que cualquier otra cosa. No te vuelvas a meter conmigo, esto te lo dejaré pasar, Vicky, pero la próxima que me hagas tendrás que responder legalmente.
—¿Ahora me amenazas? —Se hizo la sorprendida.
—No, sólo te advierto como actuaré.
Isabella, acompañada por Alice, caminó por el corredor dejando a la pelirroja gritando histérica.
El resto de su día escolar estuvo cargado de tareas y las miradas atentas de sus profesores y compañeros. Y, gracias al cielo, Victoria no se acercó a molestarla nuevamente.
Al salir de clases, Bella, Alice, James, Riley y su Bubu fueron de compras para elegir los muebles para equipar el nuevo departamento.
En la primera casa a la que visitaron, compraron un gran sofá negro con flores color verde y unos sillones más pequeños en los mismos tonos. Eligieron una mesa ratona en color negro y una alfombra de pelo largo en verde brillante.
Luego consiguieron en una casa de electrodomésticos un lavarropas, lavavajillas, cocina, horno eléctrico, heladera, microondas, un gran televisor para la sala y otro más pequeño para la habitación de Bella, un gran equipo de música, así como también cafetera, tostadora y demás utensilios de cocina.
Finalmente, en otra tienda eligieron el juego de comedor, un hermoso juego de sillones para la terraza, una gran cama con cabecero de hierro forjado y un gran escritorio para lo que sería el estudio de Isabella.
Cuando terminaron con esas compras y coordinaron la entrega para dentro de dos días, decidieron merendar en el centro comercial. Además todos querían comprar ropa. Por lo cual, luego de comer un rico trozo de pastel con cappuccino, arrasaron con las boutiques.
Al pasar por Victoria´s Secret, todos emitieron un grito y arrastraron a Bella adentro para elegir la lencería que usaría esa noche en su cita con el sexy doctor.
Su Bubu eligió un hermoso conjunto de raso rojo con algunas incrustaciones de strass, que les pareció muy sexy a todos. Además compraron algunos camisolines de diferentes colores, ligueros, tangas y culotes de encaje. Al salir de allí, fueron a elegir algunos vestidos, faldas y algunas blusas.
Por la tarde, Bella volvió agotada a su casa. Por lo que decidió tomar un relajante baño de inmersión mientras escuchaba música.
Tras media hora de relax total, se levantó del jacuzzi y, sólo envuelta con la toalla, salió a su cuarto.
Allí se colocó su crema hidratante con perfume a fresa y chocolate blanco y, poco a poco, se fue vistiendo. Se colocó la diminuta tanga roja y luego el sujetador. Buscó unos hermosos zapatos negros de tacón y luego se deslizó en el bello vestido de seda rojo, que le llegaba a mitad de sus muslos.
Con esmero secó su cabello y se maquilló. Si bien no le gustaba llevar un maquillaje cargado, esa vez lo hizo ya que quería parecer mayor para Edward.
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El doctor pasó la mayor parte del día en su consultorio. Aún no lograba apartar de su cabeza la imagen de Isabella. Por primera vez en mucho tiempo una mujer ocupaba sus pensamientos y lo distraía de sus actividades. Necesitaba olvidar por un rato a la bella muchacha que le había entregado su virginidad y lo había seducido hasta enloquecer.
Ese día recibió varias llamadas de su madre y sus amigos. Estos últimos lo invitaron a una barbacoa el domingo por la mañana.
Después de comentarle a su amigo que estaba saliendo con una mujer, Carlisle le sugirió llevarla así la conocían.
Si bien no estaba muy seguro de qué opinarían al respecto, estaba convencido de que quería pasar más tiempo con la jovencita.
Para las seis de la tarde el médico abandonó su consultorio, fue a su departamento y se dio un baño, arregló la ropa que había tirada en la habitación y luego salió en busca de su niña.
—Bella, estás despampanante —dijo cuando la joven abrió la puerta.
—Muchas gracias, Edward. Tú también estás muy guapo —respondió sonrojada.
Edward la subió a su auto y luego fueron rumbo al discreto restaurante. Al llegar se bajó y le abrió la puerta a su acompañante, le dio la llave al valet parking y, tomados de la mano, ingresaron al lugar.
Allí una señorita muy voluptuosa, los recibió amablemente. Isabella de inmediato se alarmó y tomó de manera más posesiva a su hombre.
—Los llevaré a su mesa. Acompáñeme, doctor Cullen, señorita Cullen.
—Linda, él no es mi papi, es mi pareja. —Guiñó un ojo, dejando a la chica congelada en su puesto—. ¿Nos podrías enseñar cuál es nuestra mesa? Gracias.
—Mil disculpas, señorita, doctor, acompáñenme por aquí por favor —pronunció la chica apenada.
El doctor miró asombrado a la pequeña que sostenía su mano. Era una brujita, que sonreía ante la cara de espanto de la anfitriona.
—Esta es su mesa, ya viene el camarero a tomarles el pedido.
—Muchas gracias —respondió Bella muy cortésmente.
—Que pasen buena noche —se despidió la mujer avergonzada por la metedura de pata que había cometido.
—Con él siempre son buenas noches —respondió bajito la joven entre risas.
—Eres una jovencita muy mala cuando quieres, Bells —indicó el doctor.
—No lo soy, pero no entiendo por qué luego de desnudarte con la mirada tiene que hacer esa acotación —respondió refunfuñando.
—Cariño, no tienes que preocuparte por ella ni por nadie. Tú tienes toda mi atención —explicó acariciando tiernamente su nariz.
Ella se acercó y depositó un tierno beso en sus labios, pero un carraspeo los sacó del romántico momento.
—Buenas noches, les dejo la carta —dijo el camarero y entregó una a cada uno—. ¿Les traigo algo para beber?
—Vino tinto. Un Cabernet Savignon para mí, por favor. ¿Tú, cariño, qué deseas? —preguntó mirando a Bella.
—Para mí sólo agua sin gas.
—Ya mismo lo traigo.
—Gracias —respondieron ambos al mismo tiempo.
Tras recibir sus bebidas y ordenar la cena, ambos se enfrascaron en una interesante conversación. Edward le comentaba de sus días en la clínica, lo cual asombraba a Bella, mientras que ella le relataba algunos por menores de sus días en el colegio.
—Bella, el domingo hay una barbacoa en la casa de uno de mis amigos, ¿te gustaría acompañarme? —preguntó.
—Sí, me encantaría. Pero tengo una condición —dijo muy sería—. Yo iré a conocer a tus amigos, si tú te unes a una salida con los míos.
—Me parece algo completamente justo y razonable. Así lo haremos.
Tras terminar el postre, ambos se levantaron y salieron a caminar un rato.
La joven estaba muy nerviosa, quería volver a hacer el amor con Edward, pero no sabía si él tenía los mismos planes.
—Bella, ¿estás bien, nena? —La sujetó del mentón para que lo mirara—. Cariño, si no quieres que pase nada entre nosotros, debes decírmelo y te llevaré a tu casa.
—No es eso, muero de ganas de estar de nuevo contigo, sólo que no me animaba a decírtelo —confesó sonrojada.
—Nena, no tienes que tener vergüenza, es algo completamente normal que nos deseemos.
—Entonces, doctor Cullen, vamos a satisfacer nuestros deseos —pronunció con voz lujuriosa.
Él rió encantado por el cambio de actitud de ella y, rápidamente, la llevó a su auto para ir al departamento.
Nuevamente, tras cerrar la puerta de su hogar, se dedicaron a hacer el amor desesperadamente. Isabella de inmediato empezó a desnudar al médico y él no se quedó atrás.
Cuando se dieron cuenta, ambos estaban acostados en la cama, él sobre la joven acariciando todo el cuerpo de ella, adorándola.
—Quiero sentirte adentro mío, Edward —ordenó Isabella.
—Soy todo tuyo, mi niña. —Tomó de la mesita de noche un preservativo y, luego de colocárselo, la penetró de una sola estocada.
El grito placentero de Bella fue demasiado estimulante. Ver a esa pequeña jadeando y tremendamente excitada por él, elevaba su ego a niveles nunca alcanzados. Era el sueño erótico de cualquier hombre y él era el afortunado que lo hacía realidad.
Cuando ambos llegaron al orgasmo, quedaron agotados. El doctor cayó en un sueño profundo.
Bella dormitó un rato, pero cerca de media noche se despertó con ganas de volver a tener relaciones con su sexy doctor.
Lo primero que hizo fue ir a tomar agua a la cocina. Y luego de saciar su sed, decidió que despertaría a Edward aplicando los recientes conocimientos que sus amigos le habían enseñado. Se sintió terriblemente traviesa y esperó hacerlo bien y que Edward se excitara muchísimo.
Con mucho cuidado de no hacer ruido, se subió a la cama, levantó la sábana negra con la que estaba cubierto y bajó hasta la entrepierna del doctor. Su miembro estaba flácido y relajado, por lo cual empezó a acariciarlo suavemente. No fueron necesarias muchas caricias para que poco a poco la erección apareciera. Edward empezó a murmurar algunas cosas dormido y esa fue la señal para introducir el gran miembro de su hombre en la boca.
Siguiendo las indicaciones que le habían dado los chicos, pasó su lengua por el largo de su longitud y luego lo introdujo en su boca. El sabor que tenía le agradó y comenzó a succionar con avidez.
Edward gemía casa vez más fuerte y Bella sentía como con cada lamida, su miembro crecía y se tensionaba más. Finalmente, con un grito lleno de placer y lujuria, Edward llegó al orgasmo, llenando la boca de Isabella con su semen. Ella, presa del morbo del momento, se lo bebió todo y, con una sonrisa llena de satisfacción, lo miró.
—Dios, nena —dijo agitado—, ¿me quieres matar?
—Sí, Edward, te quiero matar de placer —respondió con una risita nerviosa—. ¿Te gustó?
—Sí, cariño, me encantó. Ven aquí, nena. —La sujetó entre sus brazos y la besó con pasión.
Luego de hacer una vez más el amor, se quedaron abrazados por un largo rato.
—Eres insaciable, Bella.
—Es que descubrí la magia de hacer el amor y por nada del mundo lo quiero dejar. ¡Eres maravilloso! —dijo mientras lo volvía a acariciar íntimamente.
—Tú vas a matarme.
—Espero que sea de placer —respondió ella.
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El domingo por la mañana Bella despertó temprano. Edward pasaría como a las diez por su casa a buscarla para luego ir a la barbacoa en casa de uno de sus amigos.
Ella estaba nerviosa. No sabía cómo eran los amigos de Edward, ni como tomarían su relación. Sin embrago, su curiosidad le daba valor para enfrentarlo.
—Buenos días, cariño, ¿cómo amaneciste? —preguntó Marie.
—Muy bien, Bubu, un poquito nerviosa nada más.
—Tranquila, Bells, ya verás que todo saldrá más que bien. —La castaña asintió—. ¿Quieres un submarino para desayunar?
—¡Sí! —Aplaudió efusivamente—. Lo quiero con mucho chocolate…
—Y un chorrito de crema —terminó la frase su abuela.
—Gracias, Bubu.
—De nada, cariño.
Ambas desayunaron juntas y luego entraron en el gran dilema de elegir el vestuario.
Tras revolver el guardarropas un par de veces, se decidieron por unos jeans algo gastados en la parte de adelante, unas converse de color crema y una blusa blanca con unos lindos bordados en color azul muy delicados. Su cabello quedó suelto con algunas ondas cayendo por su espalda y unas pequeñas trenzas en la parte de adelante.
—Estás hermosa, hija.
—Gracias, Bubu, ahora iré a maquillarme un poco.
Tras delinear suavemente sus ojos y colocarse brillo en los labios y unas gotas de su perfume favorito, tomó su pequeño bolso, cargó su billetera, sus llaves y salió ya que su abuela anunció que Edward ya había llegado.
Bajando los escalones de dos en dos, prácticamente se tiró a los brazos del hombre que la traía loca.
—Hola, Edward, ¿cómo estás hoy? —preguntó y le dio un suave pero apasionado beso.
—Hola, nena. Bien, cariño, ¿y tú?
—Bien… un poquito nerviosa.
—Tranquila, Bells, verás que les caerás fantástico a todos —dijo él mientras la bajaba y, tomados de la mano, iban a saludar a la abuela de Bella.
—Adiós, Bubu.
—Adiós, Bella, cuídense —saludó.
—Adiós, doña Marie.
—¡Por Dios, Edward, sólo llámame Marie, no soy tan anciana para que me trates de esa manera!
—Está bien, Marie, que pase un buen día.
Ambos fueron al auto del médico y, tras colocarse los cinturones, emprendieron el viaje de más de una hora hasta casa de Carlisle y Esme.
Edward estacionó su Volvo al lado de un precioso convertible rojo y ambos ingresaron por la puerta lateral a un gran patio trasero, donde un hombre de la misma edad que el médico estaba encendiendo el fuego.
—Hola, Carlisle —saludó—. Te presento a Bella, ella es la mujer de la que te hablé.
—Hola, Edward —respondió Carlisle asombrado de ver a su mejor amigo acompañado de una jovencita que podía tener la edad de sus hijos—. Hola, Bella, encantado de conocerte.
—El gusto es mío, Carlisle.
—Hola tío, Edward —gritó a lo lejos un joven enorme.
—Hola, Emmett, ¿cómo estás?
—Muy bien. ¿Esta linda chica es para Jasper?, a ver si así al fin conoce el placer.
El rostro del médico se descompuso.
—Hola, Emmett, no vine a conocer a ningún Jasper, vine con Edward —respondió la joven completamente sonrojada.
—Tú eres Bella Swan, ¿verdad?
—Así es —respondió la castaña.
—¡Tío, no puedo creer que te estés comiendo a una chica de nuestra edad! Ojalá yo llegue a esa edad como tú —exclamó con admiración.
—Qué no te escuche, Rose, porque serás hombre muerto —dijo Jasper tras darle un manotazo en la espalda a su amigo.
—Tienes razón, si me escucha me dejará un mes sin cuchi-cuchi y ahí agonizaré —dijo moviendo su cadera sugerentemente hacia adelante y atrás.
Bella estalló en carcajadas y Edward la acompañó. En cambio, Jasper y Carlisle lo miraron asqueados.
—Te recuerdo que estás hablando de mi hija, Emmett, te pediría que no hagas esos comentarios —lo reprendió muy seriamente.
—Disculpa, tío Carlisle, no lo volveré a hacer —respondió como un niño pequeño.
Bella siguió riendo a carcajadas.
—Perdón —se excusó—, no puedo dejar de reír. Emmett, ¿cuántos años tienes? ¿Cinco?
—Es un niño atrapado en el cuerpo de un gigante, no entiendo cómo mi hermana puede estar con él —acotó Jasper—. Un gusto volver a verte, Bella.
—El gusto es mío —saludó la castaña con un beso en la mejilla—. Nunca imaginé encontrarte aquí.
—Créeme que yo mucho menos.
—¿Se conocen? —preguntó Edward.
—Sí, tío, nos conocimos de unos campeonatos intercolegiales y coincidimos en un par de fiestas.
Esme y Carmen se acercaron al patio luego de escuchar el alboroto producido por los chicos.
—Hola, Edward —saludaron a coro las mujeres.
—Hola, Carmen, Esme. —Les dio un beso en la mejilla a cada una—. Les presento a Isabella, mi chica.
—Un gusto conocerte, Isabella —saludó Esme.
—El gusto es mío, señora.
—Cariño, no me llames así que me siento vieja. No eres la novia de mi hijo para que me tengas miedo. —Todos rieron.
—Edward, madura de una buena vez y presenta a la chica como tu novia —exigió Carmen.
—Bueno, ya que me lo piden tan amablemente. —Edward tomó a Bella de la cintura—. Les presento a Isabella Swan, mi novia —dijo mientras le daba un suave beso en la mejilla a su sonrojada novia.
Todos estaban felices de ver a su amigo de toda la vida al fin enamorado de alguien. Era asombroso, la conexión que tenían los dos, las miradas cómplices y llenas de amor que se dedicaban el uno al otro y los gestos cariñosos que tenían entre ellos.
Mientras los hombres seguían con el ritual de prender el fuego y colocaban algunas verduras a asar, Rosalie y Eleazar llegaron de comprar bebidas en el supermercado.
De nuevo se hicieron las presentaciones pertinentes y finalmente los hombres destaparon cervezas.
Emmett, Jasper y Rosalie fueron a jugar a la playstation. Y Bella se quedó con los adultos. Sin embargo, estaba aburrida, sin encajar muy bien en las conversaciones sobre temas de trabajo e inversiones que no le interesaban.
Rose se acercó a donde ella estaba.
—Isabella, con los chicos queremos jugar a un partido de FIFA, es soccer. ¿Quieres unirte a nosotros así somos dos contra dos?
—Sí, claro.
Ambas jovencitas se dirigieron hasta donde los chicos las esperaban y empezaron a jugar.
Los gritos de los chicos llamaron la atención de todos. Bella y Jasper les estaban pegando una paliza a Emmett y Rosalie. Finalmente el partido culminó siete a cuatro, dando ganadores a la castaña y el rubio. Emmett, como mal perdedor, buscaba que le den la revancha. Sin embargo, el otro equipo se negaba.
—Edward, ¿estás seguro de que es la indicada para ti? ¿No te parece mucha la diferencia de edad? —preguntó Eleazar mientras miraban a los chicos jugar tras el gran ventanal.
—Sé que es mucha la diferencia de edad, pero no tienes una idea de lo bien que me hace. Es tan dulce, tierna. Me tiene loco, amigo —confesó.
—Pero mírala, es una niña más jugando con nuestros hijos. Con los que siempre fueron tus sobrinos.
—Es la persona más versátil que he conocido. Puede jugar como una niña ahora, pero puede también mantenerse seria y hablar de muchos temas. Es muy madura para su edad.
—¿Y tú qué quieres para ella? ¿No crees que quizás no tengan los mismos intereses?
—Sé a lo que te refieres y lo hemos hablado. Por el momento no queremos ningún tipo de responsabilidad, no queremos más compromiso que el que tenemos ahora, pero ya veremos cómo se van dando las cosas.
—Espero que todo salga bien para ustedes —dijo Eleazar.
El almuerzo fue muy ameno entre las conversaciones de todos. Luego Bella ayudó a Esme y Carmen a levantar la mesa y lavar los platos. Si bien las mujeres trataron de negarse y le sugirieron seguir jugando con los chicos, ella expresó que quería ayudarlas. Necesitaba comportarse como novia de Edward, no como una hija.
