La mujer caminaba a zancadas, apartando con improperios a cualquiera que se le cruzara en su camino. Fue directa a la sala del trono. Tuvo que abrirse paso entre todos los cortesanos, pero al fin pudo llegar cerca de la tarima donde estaban los tronos.
Soltó un bufido de fastidio. Los reyes estaban solemnemente sentados en sus tronos, recibiendo a un embajador extranjero. Éste recitaba un tedioso y largo discurso sobre las intenciones de su rey, mientras los monarcas de Glenhaven aguantaban aquel tedio todo lo firmemente que podían. Tanto Aurora como Philip estaban presentes, ella junto a su padre y él mezclado con la multitud. Aurora suspiraba de tanto en tanto, cansada y aburrida, pero tratando de parecer lo más digna posible. Philip estaba cruzado de brazos.
Neriah respiró hondo. Lo que tenía que decir no era algo precisamente halagüeño, y la situación no mejoraba mucho si era Philip su única audiencia. Sin embargo, hizo de tripas corazón y se le acercó por detrás. Le tocó un hombro y casi le arrastró hacia la salida.
-Tenemos que hablar –se limitó a responder cuando él exigió una respuesta.
Le llevó hacia su estudio. Cerró la puerta a cal y canto.
-¿Se puede saber qué estamos haciendo aquí? –quiso saber Philip, disgustado.
Neriah frunció el ceño. Nunca se habían caído bien, ellos dos. Pero tenía que hablar con la familia, y Philip formaba parte de ella, lo quisiera o no.
-Me ha desaparecido un libro de mi biblioteca, un manual de hechizos.
Philip se encogió de hombros.
-¿Y para eso tanto alboroto? Deberías comunicárselo a la guardia, para que registren el castillo. Mientras sea un manual de hechizos básicos y no uno que pueda reducir el reino a cenizas, no hay por qué preocuparse demasiado –se mofó.
Neriah se aguantó las ganas de lanzarle a Philip un hechizo que le provocara una gran pústula en su bonita cara. Decidió hablarle a las claras.
-Creo que fue Rose.
Como era previsible, eso enfureció a Philip. Abrió inmediatamente la boca para quejarse, pero Neriah no pudo contenerse más y le hizo callar con un seco golpe en el escritorio.
-Rose tiene más poder del que yo haya visto. Es incluso más poderosa que yo, me atrevería a decir. Una persona con todo ese potencial no necesita aprenderse hechizos inútiles, sólo le basta con saber el lenguaje arcano…
-¡Por el amor de Dios, esto es demasiado! –Rugió Philip-. ¡Rose no es una bruja!
-¡Sí que lo es, llevo notando su poder desde que estaba en el vientre de tu esposa! ¡Tiene una inclinación natural hacia la magia, una inclinación peligrosa si se le va de las manos! –Neriah respiró hondo varias veces. Luego añadió, más calmada-. Llevo toda su vida tratando de alejarla de la magia, pero es una atracción peligrosa, muy peligrosa. Mira, quizás sean divagaciones mías, quizás Rose no tenga nada que ver con la desaparición, pero si tiene el libro puede ocurrir una desgracia.
Philip se sentó en el único asiento de toda la sala, con las piernas cruzadas. Se llevó una mano a la cabeza. Al cabo de un rato, habló.
-¿Qué sugieres, qué debemos hacer entonces?
-Por lo pronto, registrar su habitación. Pero antes hay que hablar con el resto.
Philip suspiró.
-¿Por qué no nos lo dijiste entonces, cuando Rose era un bebé? Nos habrías ahorrado esta escena.
Neriah se encogió de hombros.
-Entonces consideré que no era nada grave. En Hamlin Garde no hay magos ni hechiceros; Rose no habría podido hacer nada aunque quisiera. Aunque reconozco que tienes razón, fui una idiota…
Rose estaba plantada al otro lado de la puerta, con la oreja pegada a la madera. Al cabo de un rato, se apartó, completamente atónita. Vaciló unos instantes, pero acto seguido echó a correr hacia su habitación. Entró y cerró con llave. Abrió a toda prisa su arcón y rebuscó en el fondo falso. Nada.
Recordó que había dejado el libro bajo su colchón. Se precipitó hacia la cama y sacó el libro, al que apretó contra su pecho. Lo escondió entre los pliegues de su vestido y salió del cuarto, a paso normal, procurando respirar lo más relajadamente posible, aunque por dentro su corazón pugnaba por salírsele del pecho.
Debía esconder el libro. ¿Pero dónde? No lo sabía, y la incertidumbre la estaba matando. A cada paso que daba le costaba más y más mantener un ritmo tranquilo y relajado, y le costaba horrores vencer la tentación de apretar el libro contra su pecho.
Y entonces…
-Rose, ¿ocurre algo?
Ella se dio la vuelta al instante para descubrir con alivio una cara conocida. William la miraba con la preocupación escrita en el rostro, y sus ojos no se apartaban de su cara.
-S-Sí –respondió al instante-. Estoy bien.
De repente, tuvo una idea. Agarró a William de un brazo.
-Vamos a tus aposentos –le dijo.
Le daba igual lo que él pudiera pensar, en ese momento tenía la totalidad de la mente centrada en el libro. William la condujo a una alcoba pequeña, con muy poco mobiliario y apenas decorada. Rose se relajó cuando se supo a solas con él. Sacó el libro y se lo tendió.
-Necesito que escondas esto.
Antes de hacer nada, William escrutó el libro con desconfianza. Lo cogió con cuidado.
-Es algo muy importante para mí –continuó Rose-. Necesito que lo guardes, te lo pido por favor.
Entonces William hizo lo que Rose no esperaba; abrió el libro y lo ojeó con mucha seriedad. Lo cerró de golpe.
-Es un libro de hechizos…-murmuró. De repente, parecía enfadado-. ¿Eres una bruja, Rose?
Sostenía el libro de cualquier manera, y por un momento la chica creyó que la delataría, que toda su aventura se iría al traste por el maldito libro. Quizás debía mentir. Pero, si su relación ya estaba arruinada, ¿para qué mentir?
-C-Creo que sí, William. Me apasiona la magia. Pero tú no me denunciarás, ¿verdad que no?
Él la observaba completamente impasible. Ello hizo que a Rose se le encendieran las mejillas y que un par de lagrimas resbalaran por ellas. Bajó la cabeza.
-Dijiste que me querías…balbuceó.
Aquel era su último recurso; una frase que a Rose le sonó a excusa cobarde y barata. Pero funcionó. El rostro de William se suavizó hasta convertirse en una mueca compasiva. Metió el libro en su arcón. Después la abrazó.
-Es cierto, lo dije. Y lo sigo manteniendo.
Rose se derrumbó en sus brazos. Aún le resultaba demasiado chocante eso de que fuese una bruja, con muchísimo más poder que su propia tía, y la tensión pasada no había hecho otra cosa que terminar de destrozarle los nervios. Lloró en silencio durante un buen rato, mientras escuchaba las tranquilizadoras palabras de William…
-No voy a dejarte, Rose, me da igual lo que seas. Te juro por mi honor que no dejaré que nadie toque ese libro.
