Capítulo 8 —El pasado vuelve
Kimi miró incrédula a Yui antes de levantarse de un salto y correr hacia el baño, para comprobar con sus propios ojos lo que le decía. Ladeó la cabeza frente al espejo, para tener una perfecta visión de su cuello y deslizó sus dedos, aún sin poder creerse lo que estaba viendo. Su piel estaba tan pálida como de costumbre, tersa y suave, sin nada que demostrara que Ayato había cometido una carnicería con ella hacía apenas unas horas.
—No entiendo cómo se ha podido curar tan rápido —murmuró Yui desde la puerta, como si temiera entrar—. Heridas de ese calibre suelen tardar mucho en sanar... podríamos preguntar a Reiji y...
—No —sonó tajante, pero no le importó. Quería dejar bien claro ese aspecto—. No quiero que nadie más se entere de esto, se quedará entre tú y yo —buscó la mirada de la chica a través del espejo—. ¿Entendido?
Yui la miró con curiosidad durante unos instantes antes de asentir y entrar en el baño con timidez. Kimi se lamentó de haber sido tan brusca, pero no quería que los vampiros la vieran como un nuevo juguete que pudieran machacar hasta la extenuación a sabiendas de que en unas horas lo tendrían como nuevo.
—¿Siempre te has curado así de rápido? —preguntó sin poder apartar los ojos del cuello de la chica, como si esperara que la herida apareciera de nuevo de improvisto.
Kimi guardó silencio un largo rato, meditando con cuidado su respuesta y empezando a replantearse muchas cosas.
—No lo sé, creo que no —y era cierto que no lo tenía claro. Al no haberse relacionado prácticamente con otras personas no sabía cuánto era el tiempo promedio que tardaba una persona en sanar una herida. Tal vez desde siempre se había curado más rápido que el resto y no lo sabía. Pero de aquella vez estaba segura: nunca antes se había curado con esa eficiencia.
Comenzó a buscar en el cajón del tocador hasta que dio con algo frío y duro, medio oculto bajo todas las cosas que los sirvientes habían colocado ahí. Suspiró cuando sacó las tijeras del cajón y las puso frente a sus ojos, tratando de mentalizarse para lo que estaba a punto de hacer.
—¿Qué haces? —Yui dio un gritito asustada mientras daba un paso al frente para detenerla, pero ya era tarde.
Las tijeras habían perforado su cuello y comenzó a teñirse de escarlata, manchando su impoluta piel de alabastro.
Apretó los labios y siguió abriendo su piel, tratando de no cortar ninguna vena imprescindible y de no perder la suficiente sangre como para desmayarse de nuevo. Siguió con el trabajo con eficacia y con una entereza que realmente no sentía, teniendo bien vívido en su cabeza el recuerdo de ese fuego en su cuello cuando Ayato la mordió para poder soportar aquello que no era, ni de lejos, tan doloroso. Se aseguró de que fuera lo suficientemente grande como para que ninguno de los vampiros se diera cuenta de que no era la misma antes de dejar caer las tijeras con manos temblorosas. Se apoyó en el lavabo mientras trataba de acompasar su respiración; si estaba nerviosa perdería más sangre. Contempló como el líquido carmesí se deslizaba por su cuello, haciéndole cosquillas, y caía al lavabo hasta colarse por el desagüe. Sus labios compusieron una sonrisa irónica al darse cuenta de lo fácilmente que podía desperdiciarse aquel líquido tan vital para su supervivencia.
Los vampiros se volverían locos si se enteraban de que se estaba desperdiciando por las cañerías.
Dio un pequeño respingo cuando sintió las pequeñas manos de Yui apoyadas en su hombro con delicadeza, se le había olvidado que la chica estaba ahí. Los ojos rosados de la chica reflejaban cierto temor, pero parecía dispuesta a vendarle la herida. Se hizo a un lado y se sentó en el suelo, ladeando la cabeza para que Yui tuviera total acceso a su cuello.
Aunque le había costado convencer a Reiji, finalmente se había salido con la suya alegando que dado su evidente retraso académico, era importante que faltara lo menos posible a clase. Y no sólo eso, sino que una vez subida en la limusina había conseguido evadir su habitual puesto entre Shu y Yui para colocarse entre entre la rubia y la puerta. Se llevó una mano al cuello distraídamente mientras contemplaba el paisaje por la ventana. Sintió una leve punzada de dolor cuando presionó con suavidad, pero aquello la tranquilizaba, no por el dolor en sí, sino por ser consciente de que la herida seguía ahí.
Notaba la mirada de algunos hermanos clavada en ella, preguntándose por qué Ayato había podido perder los papeles de aquella forma, pero sabía que Reiji les había prohibido tajantemente beber de su sangre, al menos durante la luna llena (ya que al parecer, como ella, había relacionado ambos sucesos), así que estaba tranquila. Esperaba que optaran por dejarla en paz para no caer en la tentación.
Cuando llegaron al instituto se bajó de la limusina con más cuidado del habitual, tratando de parecer más lenta y torpe de lo que solía ser, ya que al fin y al cabo, se suponía que estaba anémica. Si de pronto actuaba de una forma demasiado vigorosa sospecharían: aunque le costara reconocerlo, no eran idiotas. Pero lo cierto era que le costaba parecer débil e indefensa, especialmente porque se encontraba mejor que nunca: más fuerte, más despierta, más alerta.
A duras penas pudo contener una sonrisilla sarcástica para que Raito no la viera; Ayato casi se bebía hasta la última gota de su sangre hacía apenas unas horas y lo poco que había podido dormir había sido un sueño intranquilo que no le había dejado descansar, pero estaba como revitalizada.
—Meinu-chan —dijo la cantarina voz de Raito muy cerca de su oído. Tal vez demasiado. Kimi evitó poner los ojos en blanco, no había pasado ni un minuto desde que habían dejado atrás al resto de hermanos para ir a su clase y ya estaba molestándola—, ¿qué te parece si nos saltamos la clase de hoy y nos vamos a un lugar más tranquilo? Seguro que estás cansada —esa última parte prácticamente la ronroneó en su oído, para seguidamente mordisquear el lóbulo de su oreja.
El comentario hubiera sido mucho más galante si no hubiera utilizado un tono tan libidinoso o si no hubiera tratado de deslizar una mano bajo su blusa. Dejó escapar un suspiro cansado mientras alejaba sus manos de ella.
—Déjame tranquila, Raito-kun —esperó no haber sonado demasiado enérgica, el plan de ser una pobre chica anémica seguía en pie, pero tampoco quería que el vampiro pensara que estaba demasiado débil como para dar guerra. Reprimió un suspiro de frustración, si fuera buena mentirosa no tendría aquellos problemas, le saldría solo—. Además, Reiji ha prohibido que bebáis de mi sangre en luna llena.
Raito se rio como si acabara de gastarle una broma particularmente divertida.
—Aunque tu sangre resulta tentadora, no es lo único excitante que hay en ti —le dedicó una mirada sugerente mientras la miraba de arriba a abajo, lujurioso.
Kimi se sonrojó hasta la raíz del pelo y optó por ignorarle y caminar más rápido para llegar a clase. Su conocimiento en aquella materia se podía resumir fácilmente en un par de aterradoras experiencias de su infancia que prefería olvidar y en el beso de Shu (si descontaba la cantidad de veces que Raito había intentado sobarla en contra de su voluntad, claro), se sentía muy incómoda cada vez que el vampiro hacía esos comentarios o sugerencias, que solía ser prácticamente a diario.
Se sentó en su pupitre y dejó su cartera en la mesa, como si alzara una barrera entre ellos dos. Una barrera bastante inútil, ya que Raito no tardó ni dos segundos en inclinarse sobre ella y meter descaradamente una mano bajo su falda. Mientras lo apartaba y trataba de evitar que el profesor la viera, recordó como Yui le había explicado que había llegado a la conclusión de que los vampiros no sólo eran más fuertes y agresivos en luna llena, sino que además parecían acentuarse los matices de su carácter. En teoría Reiji era más estricto y controlador, Subaru más arisco, Kanato más voluble (si eso era posible, claro), y así con todos los demás.
No había tenido la oportunidad de comprobarlo con el resto, pero desde luego, Raito estaba siendo más pervertido y descarado que de costumbre –lo cual ya era decir–. Llegó hasta tal punto que, terminada la segunda clase, decidió que no podría seguir soportándolo sin explotar y se escabulló sin que nadie la viera justo antes de que el profesor entrara y sonrió victoriosa al ver como obligaba a Raito a entrar en el aula.
Silbó alegremente aquella cancioncilla que se repetía una y otra vez en su cabeza, paseando por los pasillos de la escuela. Ya que tenía una hora solo para ella, pensaba invertir el tiempo en seguir explorando el colegio hasta conocer el último recoveco. Era una obsesión casi enfermiza que había ido desarrollando a lo largo de los años: controlar todos los rincones de los lugares en los que tendría que invertir su tiempo. Quería conocer todas las vías de escape, los callejones sin salida, los escondites, los buenos lugares para tender una trampa... conocer el terreno era un arte.
Paseó por los pasillos, escondiéndose cada vez que veía algún profesor y evitando los sitios donde sentía la presencia de algún vampiro. Por todo lo demás, se detenía cada vez que veía un aula vacía que le llamaba la atención y la examinaba minuciosamente en busca de objetos de interés. Una vez incluso se atrevió a dibujar un par de trazos en la pizarra con una sonrisa emocionada; había tenido ganas de escribir en una de esas desde que empezó a ir a clase. Finalmente, cuando ya empezaba a aburrirse y barajaba la posibilidad de entrar en la biblioteca a riesgo de que el encargado le llamara la atención, encontró un letrero que captó su curiosidad.
"Salón de música."
Estuvo contemplando el cartel durante unos segundos, pensativa. Aquellas tres simples palabras habían evocado a su memoria un recuerdo que creía olvidado hacía ya mucho tiempo.
Caminaba aburrida, ya ni siquiera se le ocurría de qué hablar con Shiro, lo cual era bastante raro. El hambre que arañaba su estómago podía tener algo que ver, supuso, además de que se encontraba débil y particularmente agresiva. Notó como el hocico húmedo del perro le acariciaba el muslo, preocupado, así que le rascó las orejas tratando de tranquilizarlo. Se habían adentrado en uno de los barrios ricos de la ciudad y estaba más inquieta que cuando tenía que ir a los peores suburbios; había escuchado terribles rumores de que a los mendigos los mataban a golpes si los pillaban merodeando por ahí. Pero tenía el hambre suficiente como para estar dispuesta a correr el riesgo. Con un poco de suerte encontraría algo decente para comer escarbando en los cubos de basura.
Avanzó por las calles contemplando las casas con envidia y una pizca de odio, ¿por qué había gente que podía permitirse tener un hogar como aquel y ella tenía que dejarse la piel para comer un día? Desde luego, no tendría remordimientos por intentar entrar en una de ellas y llevarse todo lo que sus delgados brazos le permitieran. Se detuvo frente a una de las casas al percatarse de que una de las ventanas de la planta baja estaba abierta, sin poder creerse su buena suerte.
Sonrió a Shiro.
—Tal vez hoy podamos comer hasta hartarnos —le dijo mientras le acariciaba bajo la barbilla—. Y seguro que algo más sabroso que pan duro —el perro gimoteó—. Tranquilo, no dejaré que me atrapen.
Se acercó caminando agazapada entre unos setos para no ser vista y se quedó sentada bajo la ventana para poner en orden sus ideas; tal vez el hambre le obligaba a hacer cosas desesperadas, pero no iba a entrar en una casa ajena sin un plan.
Estaba meditando si, en caso de emergencia, sería factible saltar desde el segundo piso hasta las ramas del viejo roble que había junto a la casona, cuando lo escuchó.
Era un sonido diáfano y etéreo, dulce. Seguía un compás suave, entrelazando una nota detrás de otra, entretejiendo con suavidad una melodía cautivadora. Era un sonido envolvente, que parecía abrazarla y acariciar sus sentidos, susurrándole al oído.
Se arriesgó a asomarse por la ventana y se encontró con una sala muy amplia y prácticamente vacía. En el centro, una mujer de unos veintitantos años tocaba un instrumento con expresión pacífica y serena, con una pequeña sonrisa curvando sus labios. El instrumento no era demasiado grande, lo suficiente como para poder encajarlo entre su barbilla y el hombro, mientras acariciaba las cuerdas con una especie de arco fino y estilizado. Tardó en encontrar el nombre de aquel instrumento en los recovecos de su mente hasta que dio con él: un violín.
No supo cuánto tiempo se quedó ahí, estática, olvidándose de su hambre y del miedo que tenía a ser descubierta. Simplemente se quedó quieta, tratando disfrutar hasta del último segundo de aquella maravillosa escena.
No recordaba mucho del aspecto de la casa, ni de la sala, ni tan siquiera del rostro de la mujer. Pero aún seguía teniendo grabado a fuego en su memoria la dulzura y cariño con que sus dedos acariciaban las cuerdas, como si sujetara un niño en lugar de un instrumento, dando lugar a aquella magia.
Entró sin saber muy bien qué esperaba encontrar, ¿a la misma mujer tocando un violín con la ternura de una madre abnegada?
Era una sala amplia, limpia y muy luminosa, con muchos instrumentos cuidadosamente dispersos por todo el lugar, con una gran pizarra al fondo y algunos bancos. Entró estudiándolo todo minuciosamente, sonriendo al creer que casi podía sentir la magia que impregnaba el ambiente. Porque para ella, la música era un sinónimo de magia. Algo tan maravilloso sólo podía definirse así.
Aún sonriente, se acercó al instrumento que, sin lugar a dudas, se llevaba toda la atención del lugar: un piano, si no se equivocaba. Acarició las teclas y pulsó una al azar, abriendo los ojos maravillada al escuchar el sonido claro y vibrante. La soltó tras unos segundos y decidió no volver a hacerlo, sería un sacrilegio que alguien con su inexistente dominio musical mancillara un instrumento tan bonito.
Estaba planteando la posibilidad de quedarse allí el resto de la hora cuando un escalofrío le recorrió la espalda repentinamente, haciendo que se pusiera alerta. Sabía qué significaba aquello; había un vampiro cerca. Más molesta que sorprendida descubrió a Shu dormitando en uno de los bancos. Lo contempló con el ceño fruncido, ¿por qué no se había dado cuenta antes de su presencia? ¿Tal vez acababa de llegar? Sacudió la cabeza, algo le decía que había estado ahí desde el principio. Seguramente había estado tan inmersa en sus propios recuerdos que no lo había tenido en cuenta.
Se maldijo por su incompetencia.
—Vaya, parece que eres una mujer mucho más pervertida de lo que creía, ¿has venido para observarme mientras duermo? —inquirió él abriendo perezosamente un ojo. Kimi dio un pequeño respingo, había tenido la esperanza de que estuviera profundamente dormido y que no se hubiera percatado de su presencia.
—Sólo estaba dando un paseo —se justificó frunciendo el ceño—. No creo que seas el único que puede estar aquí.
—En realidad, sí —volvió a cerrar los ojos—. Ahora vete, eres muy molesta.
Decidió marcharse sin decir nada más. Había estado evitando al rubio desde aquel percance, demasiado avergonzada e insegura como para quedarse a solas con él. Ni siquiera se atrevía a agradecerle lo que había hecho por ella protegiéndola de Ayato.
Estaba por llegar a la puerta cuando vio los auriculares del chico. No es que no los hubiera visto hasta el momento, claro, solo que hasta entonces no los había tenido en cuenta. Ahora, que tenía presente en su cabeza el recuerdo de la música, sentía curiosidad por saber qué escuchaba con tanto interés como para ignorar al mundo entero. Inconscientemente se acercó un paso, preguntándose como podría pedirle que le dejara uno.
—¿Se puede saber qué quieres? —Shu abrió los ojos, mirándola molesto. El enfado no pareció durarle mucho, ya que sus labios se curvaron en una sonrisa socarrona—. Como sigas mirándome de esa forma voy a pensar que quieres proponerme algo indecente, como aquella vez, mujer pervertida.
—¡No quería nada así contigo! Eso fue un malentendido... —se sonrojó violentamente al recordar aquello. No entendía qué hacía hablando con él, debería haber salido de la habitación desde el primer momento en el que se percató de su presencia. Sin embargo, dio otro paso hacia él, dubitativa—. Sólo me preguntaba... me preguntaba qué es lo que escuchas todo el día. Debe de ser muy bonito para que no te canses.
Conforme iba hablando se iba acercando, hasta llegar al banco donde el chico estaba tumbado. Se acuclilló junto a su cabeza, hasta quedar aproximadamente a la misma altura.
—Eres muy molesta, ¿no te he dicho ya que te largues? —Shu parecía repentinamente malhumorado, pero a Kimi no le importó. Con un movimiento rápido y preciso, digno de un carterista entrenado durante años, se hizo con un auricular y se lo puso.
Aquella fue la gota que colmó el vaso para Shu. Abrió los ojos molesto, dispuesto a enseñarle a la humana algo de respeto y a obedecer cuando él le decía que se fuera. Pero al ver a la chica no pudo hacerlo.
Kimi tenía los ojos fijos en un punto en el vacío, con la admiración brillando en ellos y los labios entreabiertos, en un gesto absolutamente embelesado. Por norma general, incluso cuando parecía tranquila, solía tener una expresión calculadora, cauta y con un tinte peligroso y feroz, como si esperara que alguien le atacara y estuviera dispuesta a sacarle los ojos; pero en aquel momento no había nada de eso. Solo inocencia y cristalina admiración.
Nunca antes había visto a nadie tan embelesado por la música, independientemente de la calidad de la pieza.
Con aquella expresión parecía una niña dulce, inocente, muy diferente a la joven combativa a la que estaban acostumbrados en la mansión. Incluso sus ojos, esos que por norma general solían resultar tan magnéticos a pesar de la sencillez de sus colores, tenían un brillo radicalmente diferente. Muy a su pesar, tuvo que reconocerse que resultaba adorable.
Kimi se sentó a su lado en el suelo, sin esperar invitación. Estaba lo suficientemente cerca como para que el auricular no estuviera tirante, por lo que Shu aprovechó para mirarla más detenidamente. La chica estaba tan abstraída que ni tan siquiera parecía percatarse del minucioso escrutinio del vampiro. Se limitaba a mover imperceptiblemente su mano, siguiendo el compás de la música con sorprendente acierto y a estremecerse cada vez que la pieza llegaba a alguna parte especialmente impactante.
Era como si la viera realmente por primera vez y lo que vio no le gustó. Era una chica guapa, preciosa, rompía el molde sin quererlo siquiera: era delicada, suave y bonita, como una rosa. Especialmente con aquella expresión completamente relajada.
Cerró los ojos, molesto consigo mismo e intentando olvidar el atisbo a una Kimi diferente que había podido vislumbrar. No podía pensar así, él nunca se había interesado por los humanos, no después de lo de Edgar; y Kimi había reafirmado aquella convicción tras mostrar lo vulnerable que había sido frente a Ayato, lo cerca que había estado de morir. Los humanos eran mucho más débiles que los vampiros, tanto física como mentalmente: eran tan frágiles como el cristal.
O como una rosa pensó, evocando la imagen de Kimi tras sus párpados cerrados.
Definitivamente no podría decirle que se fuera.
Kimi se encontraba de un humor excelente cuando tocó el timbre que marcaba el inicio del recreo. De hecho, lamentó tener que levantarse para irse porque le había prometido a Reiji que iría a verlo para demostrarle que se encontraba perfectamente. Siguió al rubio por los pasillos esquivando a otros alumnos que los miraban con curiosidad, tal vez sorprendidos por ver a Shu fuera de la sala de música, o por verlos a los dos juntos. Pero no le importaba, había conseguido convencerlo de que la llevara hasta donde tenía que verse con Reiji porque ella no sabía llegar, había podido disfrutar de un rato escuchando música y no había tenido que soportar el acoso de Raito durante una hora.
Aquella vez el mundo parecía sonreírle.
Llegaron a un pasillo más apartado, donde Reiji fruncía el ceño al ver como Ayato y Kanato tenían agarrada a Yui cada uno de un brazo y discutían sobre a quien pertenecía la chica. Otra vez. Subaru estaba apoyado en la pared y miraba la escena molesto. Por su expresión hastiada, no era difícil deducir que estaba deseando marcharse de allí. Y sólo faltaba...
—Te extrañé, Meinu-chan... —Raito la abrazó por la espalda y lamió su oreja— eres una niña muy traviesa, ¿debería castigarte por jugar al escondite?
Se zafó de él y le dedicó una sonrisa triunfal, antes de ponerse a la altura de Reiji, haciendo que el moreno apartara su atención de la discusión de sus hermanos pequeños.
—Estoy perfectamente —dio una vuelta sobre sí misma para demostrarlo—, de una pieza —pensó en echarle en cara la cantidad ingente de pegas que le había puesto para no dejarla ir, pero aquello tal vez sería tentar demasiado a la suerte.
Reiji frunció el ceño, claramente enfadado.
—Creía que habías venido para asistir a clases, no para saltártelas —esperó no haber palidecido mucho. Se preguntó cómo lo sabría, porque Raito acababa de llegar y no le había dado tiempo a decirle nada—. Y también va por ti, Subaru —eso explicaba qué hacía allí el albino. Esperó que le dijera también algo a Shu, pero o bien lo consideraba un caso perdido, o bien no se veía con la autoridad para echarle nada en cara al ser menor que él.
Algo le decía que era la primera.
—Oi, otaku de las vajillas —un Ayato muy molesto zarandeó a Reiji con el ceño fruncido—, no puedes ignorar a ore-sama.
La cara de exasperación del moreno fue tan exagerada que Kimi tuvo que ocultar una sonrisilla bajo su mano y compartió una mirada divertida con Yui. A veces, era entretenido ver pelearse a los hermanos.
—
Había vuelto a suspender el examen de historia, lo tenía claro. Suspiró, y sintió una punzada de culpabilidad en el pecho al pensar en cómo se lo diría a sus padres. No era como si le fuera a caer una bronca particularmente importante, además, sus buenas notas en otras asignaturas compensaban un poco sus desastres en historia, pero era aquella mirada triste de su madre y esa mueca indescifrable de su padre eran las que hacían que se sintiera tan mal. Finalmente, decidió subir a la azotea y sentarse a garabatear un rato para evadirse, tal vez entre trazos se le ocurriera una forma de hablarlo con sus padres.
Se alejó del resto de sus compañeros y se encaminó por un pasillo bastante más solitario que el que se dirigía al patio. Caminó lo más rápido que pudo sin llegar a correr, le gustaría poder acabar el dibujo del bosque que había junto al instituto iluminado por la luna llena antes de que terminara; sería frustrante tener que esperar un mes entero para hacerlo. Sin embargo, algo la sacó de sus cavilaciones: había más gente de la habitual en el pasillo, y no era gente corriente, eran nada más y nada menos que los Sakamaki.
Se detuvo en seco, pensando en tomar otro camino. Ya sabía que la mayoría del instituto consideraba a aquellos peculiares hermanos personas muy populares, pero a ella, personalmente, le daban bastante miedo. Si bien era cierto que la inmensa mayoría de la gente le daba miedo.
Especialmente Subaru, que era con quien compartía clase. Aún recordaba cómo había llegado el primer día, dispuesta a hacer amigos en el nuevo instituto, tal y como le había prometido a sus padres, pero demasiado acongojada como para hablar con nadie al ver como todos parecían tener su círculo de amigos bien cerrado. Entonces lo había visto a él, sentado solo y sin hablar con nadie y había creído que era un salvavidas, alguien con quien poder hablar "fácilmente" al no tener a nadie más a su alrededor. Se había acercado a él ilusionada, pero la forma tan fría y ruda con la que la había tratado había conseguido amedrentarla lo suficiente como para que hasta la fecha, no se atreviera a hablar con nadie más.
Pensó en darse media vuelta y marcharse de allí, buscar otro camino para llegar a la azotea, cuando la vio. Era una chica con el pelo largo y castaño, presumiblemente la que había estado acompañando a la familia Sakamaki desde hacía unos días. La observó con más atención: piel pálida, rasgos finos y hermosos y un brillo particularmente magnético en la mirada.
Un brillo que ella conocía muy bien.
Se quedó estática, sin poder creerse lo que sus ojos le estaban mostrando, creyendo que, tal vez, fuera una broma. Un sueño o una ilusión, que alguien saltaría de pronto gritando "sorpresa" y se reiría de ella.
Se pellizcó con fuerza el brazo para demostrarse que no era un sueño, que ella era demasiado real. Se acercó temblorosa, los hermanos Sakamaki seguían dándole miedo –incluso estaba Kanato con ellos además de Subaru, siendo el segundo de los trillizos quizás la persona que más le aterrorizaba en el mundo–, pero ella siempre le había hecho ser valiente.
Eso, al parecer, no había cambiado.
—Etto... —empezó con voz balbuceante y con los ojos clavados en la chica.
—¿Qué quieres mocosa? ¿No ves que estamos ocupados? —espetó el pelirrojo, Ayato, si no se equivocaba. Si no lo miraba directamente y lo ignoraba, no lograría amedrentarla, se dijo.
—¿Eres Kimi? ¿Hoshikawa Kimi? —los grandes ojos oscuros de la chica se clavaron en ella cargados de confusión antes de asentir—. Soy Yukie, Nakamura Yukie —hacía tiempo que no utilizaba ese apellido, así que se sintió un poco extraña al pronunciarlo—. ¿Me recuerdas? —se podía imaginar la respuesta, nunca habían tenido una relación demasiado cercana. Ésta prácticamente se basaba en la admiración que ella sentía por Kimi—. Yo también estuve en el orfanato de Rosemary.
Pudo leer la sorpresa en los ojos de Kimi antes de que éstos adquirieran un brillo indescifrable, para seguidamente salir corriendo de allí, dejando a todos sorprendidos.
