Un monento... ¿nueva actualización de "A su merced"? Imposible. Es imposible.
Pues no. Es posible. Casi un año después, aquí estoy con un nuevo capítulo. Tarde seis meses en subir el anterior capítulo, y ahora un año... en fin. Sé que no es muy normal, y yo misma sé la rabia que se siente cuando lees una historia y ves que el autor no ha actualizado desde hace siglos. Siempre he intentado evitarlo, pero he estado pasando por una época mala y no tenía ganas de hacer nada. Y lo expliqué al subir otros capítulos, y con este espero retomar del todo mi hábito y poder atualizar regularmente, como hacía al principio.
Siento mucho haber abandonado esta historia, aunque en verdad no lo hice porque y esta es la prueba. Pero no podía escribir. No sin poder olvidar todo a lo que intentaba pasar página.
Mis más sinceras disculpas, una vez más.
Ojalá les guste este capítulo a los que aún se atreven a leerlo y lo siguen después de tanto tiempo.
Tambien me gustaría avisar que se acerca el final, calculo que quedarán un par de capítulos más.
Con cariño, Alison.
Capítulo nueve.
Abrió los ojos. Enseguida volvió a cerrarlos, para frotarlos con delicadeza; el sol la había pillado desprevenida. Un ligero olor a café invadió su nariz y sonrió. Gestó que no tardó en borrar de su cara, cuando recordó que aquello mismo ocurrió el día que John el Rojo se presentó en su casa; justo antes de que todo comenzara.
Borró los pensamientos de su cabeza, respirando hondo para intentar tranquilizarse. Ya había pasado todo. John el Rojo estaba muerto, no tenía nada que temer. Se deshizo de la colcha que la cubría y tomó la camisa del hombre que reposaba sobre el respaldo de una de las sillas. Tras abrochar los botones, dobló un poco las mangas y se las arremangó. Una vez en el baño, se amarró el pelo en una coleta alta y, contenta con su aspecto, se dirigió hacia las escaleras para ir a la cocina.
Bajado el último escalón, ya con los pies en el suelo, observó la figura de Jane de espaldas, cocinando algo en los fogones. Supuso que serían tortitas por el olor, y, mientras se acercaba, afirmó su teoría al verle dar la vuelta a una, lanzándola por el aire.
Durante los meses que llevaban viviendo juntos, había descubierto ciertas cosas sobre el hombre que no se esperaba y una de ellas era esa, su facilidad para cocinar. Se acercó a él y le abrazó por la espalda.
-Buenos días –susurró.
Notó como Patrick se sobresaltaba.
-Perdona, no era mi intención asustarte.
El hombre se giró, no sin antes apartar la sartén del fuego, y tomó su barbilla con delicadeza.
-Buenos días –repitió él, antes de besarla.
Desde el día que dieron ese pequeño pero significante paso, las cosas habían ido a mejor. La mujer parecía rehuir cada vez menos a los hombres. La relación con su hermano volvía a dar sus frutos, incluso volvió a ponerse en contacto con Stan y Jimmy. Respecto al trabajo, había vuelto a las oficinas. Un par de días a la semana, tan solo papeleo, pero volvía a rehacer su vida poco a poco. Y a su vez, había recuperado la amistad con sus compañeros; no como antes, pero sí iba avanzando.
Entrelazó sus finos dedos con los rizos de él. Se sentía tan a gusto entre sus brazos… Adoraba cuando Jane la abrazaba mientras se besaban. Se sentía a salvo, en casa. Cuando se separaron, le sonrió.
"Jamás encontrarás a otro hombre mejor que él" susurró una voz en su cabeza.
El olor a quemado les hizo salir de su burbuja inquebrantable. Jane volvió al tema de las tortitas y ella se dedicó a colocar un par de tazas con leche en la mesa, los platos y los tenedores y cuchillos.
-Oye, ¿de quién era el mensaje? –preguntó, recordando como él frunció el ceño un par de minutos antes al leerlo.
-Rigsby. VanPelt ha vuelto de su curso en San Diego y van a quedar a tomar algo a la noche, por si queríamos ir.
Alzó las cejas, a la espera de la respuesta. Le había visto escribir en el móvil.
-Les he dicho que no. Prefiero quedarme contigo.
Se mantuvieron un par de minutos en silencio. Jane se había centrado tanto en cuidarla, que había dejado su vida social de lado. Apenas asistía a los casos en los que les solicitaban, y cuando lo hacía era por extrema emergencia. Ella lo sabía. Sabía que poco a poco estaba perdiendo el contacto con Rigsby, Cho y VanPelt. Siempre que le era posible, se quedaba a su lado, satisfaciendo todas sus necesidades.
Debía reconocer que eso la gustaba. Se preocupaba por ella, la cuidaba y protegía. Sabía que se seguía sintiendo culpable de lo ocurrido y eso le hacía ser todavía más sobreprotector con ella. Igual o incluso más de lo que era con su hija.
Eso sí que lo entendía, a la perfección. Durante más de 15 años había pensado que por su arrogancia, su mujer e hija habían muerto. Se torturaba día tras día, tratando de encontrar a John el Rojo y darlas justicia. Justicia que al final acabó haciendo ella. Y ahora que la había recuperado, entendía que no quisiera separarse de su lado. Pero Charlotte ya tenía veinte años, y empezaba a ser más independiente.
Le costó una eternidad convencer al hombre para que dejará ir a la joven de viaje con sus amigos. Charlotte quería conocer España, y llevaban organizando el viaje desde hacía más de un año. Jane se negó en rotundo, alegando que no pensaba dejarla ir ahora que habían vuelto a encontrarse. Pero al final acabó cediendo tras una conversación que mantuvo con su hija, y que ella no debería haber escuchado.
-Ahora soy un estorbo, papá.
-No vuelvas a decir eso, nunca lo serás.
-No me refiero a eso –susurró Charlotte con una sonrisa. –Sabes lo que toca ahora con Teresa. Estáis en el último escalón de su recuperación, y lo peor que puede pasar es que yo aparezca de repente cuando no debería. –levantó las cejas, dándole a entender que llevaba razón. –Pero si paso un tiempo fuera, no tendrás que preocuparte por mí.
-¿Cuánto tiempo? –preguntó cabizbajo, sopesando la idea. Puede que la joven llevara razón.
-Entre mes y medio y dos meses.
-¡Dos meses! –exclamó.
-Sí, dos meses. No es tanto tiempo, papá. Y así podréis tomároslo con calma.
Tras varios segundos en silencio, el hombre acabó cediendo.
-Está bien. Pero prométeme que me llamarás todos los días y que si os ocurre algo me avisarás enseguida. Prométemelo.
-Te lo prometo –sonrió, abrazándose a su padre.
Charlotte llevaba razón. Solo quedaba el último paso, ese al que tanto temía. Tragó saliva al recordarlo, y noto como su corazón se aceleraba. Cerró los ojos y respiró hondo, tratando se calmarse. Había tomado una decisión.
-¿Estás bien? –preguntó Jane, al ver como se ponía nerviosa.
-Sí, lo estoy –susurró, tomando una de sus manos por encima de la mesa. -¿Qué tal si llamas a Rigsby, y le dices que vamos los dos?
La reacción del hombre era la que se esperaba. Sorpresa y alegría, ambas. A pesar de haber empezado a trabajar de nuevo en las oficinas, evitaba cualquier contacto con los hombres. Un hola y adiós, nada más. Jane lo sabía y no la presionó. Tampoco lo hicieron Cho y Rigsby, entendiendo lo complicado de la situación. Pero ya era hora del cambio, y aquella era la mejor forma de hacerlo. En un entorno de confianza, informal y pudiéndose marchar cuando fuese necesario.
-¿Estás segura? –preguntó, aún perplejo.
-Segurísima. Ahora, coge el móvil, y haz la llamada –le sonrió, y se levantó de la mesa para recoger los trastos, en lo que él contactaba con Rigsby.
Abrió la puerta del coche con decisión, pero su valentía fue disminuyendo poco a poco según se acercaban. Jane se percató de ello, y la rodeó con uno de sus brazos.
-Eh, estate tranquila. Cuando necesites algo, tan solo dímelo.
Asintió con la cabeza y le abrazó. Cuando se separaron, él tomó su barbilla y posó sus labios sobre los de ella. Fue un beso lento, cariñoso, tierno. Fue un beso con el que la dio fuerzas.
Posó su mano sobre el pomo de la puerta y empujó hacia delante. El barullo del recinto invadió rápido sus oídos, provocando una mueca de desagrado en su cara. Pero enseguida la cambió, al ver a Rigsby, Cho y VanPelt, sonriéndoles desde una de las mesas.
Se quedó paralizada al ver a tantos hombres a su alrededor. Era cierto que en las oficinas del CBI también les había, pero ella pasaba el 90% de su estancia allí en el despacho, así que apenas tenía que cruzarse con uno o dos. Sin embargo, en el bar, ya no era igual.
Sintió un fuerte alivio cuando Jane la rodeó con uno de sus brazos. La sensación de sentirse protegida la ayudaba a tranquilizarse.
-Si te encuentras mal, dímelo y nos iremos a casa –susurró en su oído.
Asintió con la cabeza, simulando una sonrisa en su cara al darse cuenta de que ya habían llegado a la mesa. Los tres que había allí se levantaron para saludar a los recién llegados.
VanPelt decidió acercarse primero a la mujer. Ella lo agradeció, y se fundieron en un abrazo. Cho y Rigsby se decantaron por Jane, puesto que aún no sabía cómo tratar a su jefa.
-¿Es que a mí no me vais a dar un abrazo? –preguntó, sorprendiendo a todos. –Siento si he estado esquiva estas semanas en la oficina.
La cara que pusieron los dos hombres la sirvió como regañina. Suspiró, aliviada. La comprendían.
El primero en acercarse a ella fue Cho. La sonrió, como pocas veces lo hacía y ella le estrechó con sus brazos. Era con el que más tiempo llevaba y le tenía un cariño enorme.
Luego Rigsby, quien la dijo que se alegraba de verla feliz otra vez.
Una vez terminados los saludos, los cinco se sentaron alrededor de una mesa. Hablaron durante casi media hora sobre cosas triviales, casi sin importancia.
Tenía que reconocer que volvía a estar a gusto con sus compañeros. Echaba de menos las pequeñas reuniones que solían hacer tras cerrar un caso en el que invertían varios días. Se sorprendió a sí misma sintiéndose realmente cómoda. Entonces, supo que quizá estaba preparada para dar el paso final; quizá todo terminase pronto.
Abrió la puerta de su apartamento con los ojos cerrados. Miró el reloj de pared que había justo enfrente. Casi las dos de la madrugada. Colgó su chaqueta en el perchero, y tomó la de Jane para colgarla también. Le oyó suspirar mientras se acercaba a uno de los sofás y se tumbaba en él.
Le miró sin reparo alguno. Respiró hondo un par de veces y, la última, echó despacio el aire hacia fuera.
-¿Qué tal estás? –oyó preguntarla.
-Bien. Me ha gustado volver a verles fuera del trabajo y, no sé, supongo que les echaba de menos.
-Sí, yo también. Pronto volveremos a estar como siempre, ya lo verás –dijo, levantándose del sofá y acercándose a ella.
Sonrió ampliamente al ver como se aproximaba. Se dejó abrazar, sintiéndose protegida. Era increíble lo que ese hombre podría llegar a hacerla sentir. Podría haber tirado la toalla hace mucho tiempo, podría haber dado todo por perdido, podría haberla abandonado. Pero no, allí estaba, paciente, esperando a que ella estuviese preparada.
Quizá este sea el momento, susurró una voz en su cabeza.
Quizá, esa voz llevara razón. Quizá hubiese llegado el momento.
Quizá, quizá… Pero, ¿Y si no?
Decidió tirar por la borda todos los miedos. Se puso de puntillas, puesto que sus tacones habían quedado esparcidos por el salón, y le besó. Tomó sus mejillas con delicadeza, y pegó su cuerpo más al de él.
Patrick, por su parte, se quedó inmóvil. Ese beso le había pillado por sorpresa. Si, solían besarse antes de irse a dormir, pero no de esta manera. Solía ser él quien tomaba la iniciativa, quién la cogía de las caderas y depositaba un ligero beso sobre sus labios. Reaccionó cuando ella quiso entrelazar sus manos, y no opuso resistencia.
Se sentía preparada, o al menos quería estarlo. Por eso, agarró con firmeza una de sus manos, le sonrió y le guio hacia el dormitorio.
Él se dejaba hacer. No quería reaccionar de forma brusca, quería dejarla llevar el control a ella, ver hasta dónde estaba dispuesta a llegar. Así que cuando entrelazó su mano y le llevó poco a poco hasta la habitación, no tomó la iniciativa como tantas veces había soñado. Simplemente, se dejó hacer.
Aún con las manos entrelazadas, Teresa volvió a besarle. Quería que todo acabase ya, quería volver a ser ella. Quería poder disfrutar de una vida junto a Jane, volver a ser esa policía de tan buen prestigio. Quería poder quedar a tomar algo con sus amigos sin tener que estar Jane a su lado para darla seguridad. Quería muchas cosas, y sabía que ese último paso lograría cumplir todas. Pero tenía que darle y eso era lo que más la asustaba.
Notó como Jane la agarraba con delicadeza de las mejillas y la separaba de él. Se sintió ligeramente intimidada cuando sus ojos azules grisáceos se clavaron en ella, fijamente. Enseguida cayó en la cuenta. Es cierto que podía notar el deseo en sus ojos, pero lo que más podía percibir era que la estaba pidiendo permiso; permiso para continuar.
Se limitó a responder con un amplio beso, mientras aprovechaba para levantarle ligeramente el jersey que llevaba. Volvieron a separarse para que Teresa se deshiciera de la prenda de ropa de él, y de paso recuperar algo de aire.
Admiró su pecho desnudo mientras Patrick se las arreglaba para desabrochar la cremallera trasera de su vestido. Solía usarlos a menudo cuando salía, pero hacía tanto que no se ponía uno y que no iba de copas con sus compañeros que decidió que hoy sería el día indicado para volver a su costumbre. Sin embargo, eligió uno sencillo, que no remarcase mucho sus curvas porque no quería que los hombres se fijaran en ella; y eso era algo que también quería cambiar. Antes, cuando salía, se ponía vestidos que realzasen su figura, porque sabía que la tenía muy bonita; se sentía a gusto con su cuerpo. Cosa que ahora ya no pasaba.
Jane poco a poco la empujaba hacia atrás, hasta que tocó con la pantorrilla el borde de la cama. La recostó con cuidado sobre ella, y se colocó encima.
Teresa notó como su corazón se aceleraba. No sabía si era por los nervios, por el hecho de tener a Patrick encima suyo, o por el miedo que aún residía en ella. Lo único que tenía claro era que quería despojarse ya de todo el sufrimiento que llevaba encima. Y ella creía estar preparada para ello.
Pero estaba equivocada.
Su respiración comenzó a ser más fuerte cuando Patrick comenzó un camino de besos desde su boca hasta sus pechos. Trató de mantener la calma, de ser fuerte, pero había algo que se lo impedía. Agarró con firmeza su rostro y le volvió a besar, intentando así atrasar unos segundos todo para poder recuperar esa fuerza de voluntad que siempre la había caracterizado; pero por más que buscó y buscó en su interior, no logró dar con ella.
-Lo siento –susurró, un instante antes de apartar a Jane, levantarse de la cama y dirigirse al baño con lágrimas en los ojos.
Según cruzó la puerta, se aseguró de cerrarla con pestillo para que él no pudiese entrar. No quería comportarse así, sabría que su actitud haría que se sintiese culpable, pero no podía. Simplemente no podía.
Un escalofrío recorrió su cuerpo. Era invierno y a pesar de haber estado la calefacción puesta mientras estaban con Wayne, Grace y Kimbal en el bar, no hacía como para ir en ropa interior por la casa. Pero tampoco se atrevía a salir a por algo de ropa, así que se conformó con tomar el albornoz que usaba Jane después de ducharse. Se cubrió con él, apoyó la espalda en la puerta y se dejó caer poco a poco. Una vez en el suelo, se acurrucó en sus piernas y rompió a llorar.
Arreó un fuerte puñetazo al colchón cuando Teresa cerró la puerta del baño. Después se frotó la cara con sus manos y, esta vez, golpeó la pared. Tenía un punto masoquista. Nunca había reaccionado bien al dolor físico, pero era lo que más le servía para descargar su frustración. Un dolor sustituye a otro menor, y aunque el que sentía en su corazón era mucho más grande, los pinchazos que en esos momentos tenía en sus nudillos lo aligeraban un poco.
Pensó en acercarse al baño, en pedirla que abriese la puerta y le dejase entrar. Así iba hacer, pero cambió de opinión justo cuando iba a tocar la puerta con los nudillos –esos que tenía magullados, para así volver a sentir dolor-. Si ella se había encerrado, era por algo. Quería estar sola, y si trataba de forzarla a que le abriese la puerta sería mucho peor. Acababan de retroceder muchos pasos, y no quería tener que volver a empezar de cero.
Ahora, después de eso, tendría que volver a ganar su confianza; hacer que volviese a confiar en él.
Se secó las últimas lágrimas que resbalaban por sus mejillas. Al fin se había tranquilizado. Todavía tenía la respiración algo agitada, pero al menos había conseguido dejar de llorar. Aguzó el oído, tratando de averiguar si Patrick seguía en la habitación. En esos instantes no se atrevía a mirarle a la cara. Estaba avergonzada de sí misma.
No parecía que estuviese, pero quizá estaba dormido. No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba encerrada en el baño. No tenía reloj, ni el móvil, nada que pudiese indicarla la hora. Lo único que sabía era que aún no había amanecido dado que podía ver la oscuridad a través de la ventana del servicio.
Permaneció varios minutos en silencio, cerciorándose de que no estaba tras la puerta en la que estaba apoyada. Agarró el pomo y tiró de ella, encajando su cabeza en la pequeña rendija que había abierto. Efectivamente, Patrick no estaba. Pero sobre la cama había una pieza de ropa doblada, con una nota encima.
Miró a su alrededor mientras se dirigía hacia ello. Vio su vestido perfectamente colgado en una percha, que a su vez estaba enganchada en uno de los tiradores del armario. También divisó la ropa de Jane en una de las dos sillas de mimbre que tenía en la habitación.
Se acercó a la nota. "Perdóname"
Sonrió tristemente. Tal y como pensaba, se sentía culpable. Se puso el pijama que había doblado bajo la nota, y se decidió a hablar con él. Le debía una explicación, aunque fuese un lo siento. Había sido ella quien había decidido intentarlo, había sido ella quién había tomado la iniciativa, y sin embargo, era él quien estaba pidiendo perdón.
Se cruzó de brazos, tratando de abrazarse a sí misma. Bajó las escaleras, aun en esa posición. Entonces le vio. Se había quedado dormido en el sofá, con un libro sobre su pecho. Admiró su rostro; parecía haber envejecido varios años de golpe. Podía notar la preocupación en su cara. Pensó en despertarle o no. Al final se decidió y, con unos ligeros toques en su hombro, trató de que abriera los ojos.
Él pareció reaccionar enseguida. No tardó en sobresaltarse y mirarla fijamente a los ojos, tratando de, una vez más, pedirla perdón con la mirada.
Teresa se lanzó a abrazarle, volviendo a llorar.
-Lo siento mucho –susurró entre los sollozos.
Patrick se desperezó de inmediato y se recostó aún más en el sofá para poder abrazarla y que ella estuviese cómoda. La postura para él no era muy grata, puesto que su espalda no tardaría en quejarse, pero eso le daba igual. Lo único que quería era permanecer con Teresa, estrechándola entre sus brazos; haciéndola saber que estaba ahí para ella.
Hizo un pequeño aspaviento cuando sintió como alguien le golpeaba ligeramente en el hombro. Pareció que la persona que estaba detrás de aquello no se había percatado de que no quería despertar, puesto que los golpecitos seguían. Su sueño parecía tan real que deseó no abrir los ojos jamás. John el Rojo no había secuestrado a Teresa, todo se remontaba a un par de horas después de su primera vez juntos. Él se despertaba, con una amplia sonrisa en la cara. Y allí estaba ella, a su lado, acurrucada en sus brazos, devolviéndole la sonrisa. Todo era genial. Habían hablado, habían vuelto a hacer el amor, y ella se había quedado dormida de nuevo. Él, sin embargo, se quedó admirando su bello rostro, preguntándose cómo una mujer podía ser tan bella. Era simplemente perfecta. A excepción de los toques de mal humor que tenía a veces –y que a él llegaban a resultarle aún más atractiva- había sido incapaz de, en los más de diez años que llevaban trabajando juntos, sacarla algún defecto. No se había puesto a rebuscar en el baúl de los recuerdos, pero si pensaba en ella una noche y otra también. Y jamás había encontrado su punto malo.
Cuando abrió los ojos de verdad, la realidad volvió a golpearle con fuerza en la cara. Esa mujer que no tenía ningún defecto, se encontraba frente a él. Pero de su rostro había desaparecido cualquier rastro de felicidad como pasaba en su sueño. Tenía los ojos rojos he hinchados de haber estado llorando y estaba temblando de frío. Estaba sufriendo, y él lo sabía. Pero lo peor de todo era que no podía hacer nada por ayudarla.
Quiso abrazarla pero se resistió. Si, era cierto que estaba allí, junto a él. Era cierto que se había bajado al sofá a dormir con la intención de dejarla la cama libre a ella para que pudiese descansar. No estaba seguro de cómo reaccionaría, y lo último que quería era hacerla estar incómoda, o volver a hacerla pasar un mal rato. Solo quería que pudiera descansar una noche tranquila; mañana sería otro día. Y él estaba tan acostumbrado a dormir en sofás, que en verdad sólo tenía que encontrar la postura cómoda.
Se sorprendió cuando ella se lanzó a sus brazos y rompió a llorar de nuevo. Sintió como si estuviese viviendo un dejavú. Recordó el día que registraron el apartamento de Haffner y las encontraron. Cómo ella se escabulló de la habitación y se fue al salón, acurrucándose en una de las esquinas para llorar. Recordó como sintió desvanecerse su alegría de saber que su hija estaba viva, cuando está le contó lo ocurrido con Teresa y Ray. Cómo se le encogió el corazón al bajar las escaleras y encontrarse a Lisbon de aquella manera; y cómo se reafirmó en su creencia de la gran fuerza de voluntad que tenía la mujer cuando se lanzó a sus brazos a llorar. Exactamente igual que había hecho en ese mismo momento. Por eso, volvió a recordárselo. Volvió a reconocer la gran fuerza de voluntad que tenía.
-Quédate conmigo –la oyó susurrar.
Y así hizo. Siempre atento a sus deseos, tratando de complacerla lo mejor posible. Permaneciendo a su lado, siempre.
Ese azul le resultaba muy familiar. Trató de acercarse un poco más hacia el pájaro, tratando de sacar el parecido al color de sus plumas. Pero no había manera. Por más que daba vueltas a su cabeza, no lograba encontrar aquello que tenía el mismo color que las plumas de las alas del pájaro que había posado sobre la repisa de la ventana.
Dio un paso en falso, y el pájaro extendió sus extremidades echándose a volar. Teresa corrió hacia la ventana y clavó su vista en el animalillo que flotaba en el aire en dirección al sol. O eso creía era, puesto que la perspectiva la impedía ver que en verdad, el pájaro se dirigía hacia uno de los cables de televisión que colgaban de poste en poste para posarse allí y proseguir con su sueño; ese que ella le había interrumpido.
Sintió un mareo, y pronto su vista se volvió borrosa. Con la caída, se golpeó en la cabeza con el suelo, y sin embargo no sintió dolor. Lo último que pudo ver antes de perder la consciencia fue a Patrick Jane, dando una paliza al hombre con el que había estado viviendo durante meses, conocido como John el Rojo.
Despertó sobresaltada. Ya sabía a qué asemejaba el azul del pájaro. Era el mismísimo color del mal, de la tranquilidad. El mismo color de los ojos de Jane, que en esos instantes descansaba junto a ella, abrazados en la cama.
-¿Fue un sueño? –se formuló la pregunta a sí misma, mientras se deshacía del agarre del hombre, que la sujetaba con fuerza por su cintura.
Se levantó de la cama y se acercó a la misma repisa de su sueño. Miró a través de la ventana. El cielo era gris; se avecinaba tormenta. Igual que en su cabeza. Comenzó a dar vueltas a lo ocurrido la noche antes. Estaba preparada, creía estarlo. No entendía por qué su cuerpo había reaccionado así, como había sido tan imbécil de apartarle de un empujón y encerrarse en el baño.
-Eres idiota, Teresa. Eres idiota –volvió a repetirse en un susurró, para no despertar al hombre.
Tomó una decisión. Quizá no la correcta en esos momentos, pero si la acertada. Se visitó con ropa cómoda, se abrigó puesto que el invierno estaba a la vuelta de la esquina y se dirigió a la puerta para salir de su apartamento. Cerró despacio, evitando el portazo que solía dar por costumbre. Comenzaba a dirigirse al coche cuando se dio cuenta de lo cómoda que andaba, y regresó a su casa para cambiarse las zapatillas por unas botas.
Ya en el automóvil centró su atención en la carretera. Siempre había sido una persona tranquila conduciendo, y cuando alguien la tocaba las narices no tenía más que encender la sirena. Esa era su táctica para librarse de los conductores que se pegaban a ella, o que sobrepasaban el nivel de velocidad y trataban de adelantarla por una línea continua.
Un pájaro de alas azules cruzó por delante de la luna, haciéndola dar un sobresalto. Debido a ello, observó la cara de Ray Haffner frente a ella, sonriéndola con superioridad. Pegó un volantazo. Agradeció que fuera primera hora de la mañana y que el tráfico en su barrio no fuese muy concurrido. De no ser así, probablemente hubiese ocasionado un accidente.
Llegó a su destino antes de lo que esperaba. Quizá hubiese aumentado la velocidad después del encontronazo deseando llegar lo antes posible. En esos instantes no podía asegurar nada a ciencia cierta. Tenía el corazón alterado y sus manos temblaban.
Miró el reloj antes de llamar al timbre. Eran poco más de las cinco de la mañana. En conclusión, había dormido como mucho dos horas. Pensó que Ethan podría estar dormido así que dio marcha atrás y buscó con la mirada alguna cafetería que estuviese abierta a esas horas, no muy lejos del barrio donde su psicólogo vivía. No volvió a coger el coche. Prefirió ir andando y así tranquilizarse un poco. Aún tenía la adrenalina recorriendo su sangre.
Segundos después de cruzar la puerta de la cafetería oyó como su tripa rugía. Había salido de casa escopetada y no se había molestado en desayunar. Se sentó en una de las mesas que había más alejadas, la que estaba frente al gran ventanal desde el cual se podía ver la calle con claridad. Dejó su bolso en el asiento libre y abrió la carta. Pero volvió a cerrarla. Tenía claro lo que la apetecía.
-Buenos días.
-Buenos días –contestó a la camarera.
-¿Ya ha decidido lo que va a tomar?
-Sí. Quisiera un café con leche, con dos terrones de azúcar y una pizca de caramelo. –Espero hasta que la mujer dejó de escribir sobre la libreta –Y, ¿Qué tienen de bollería?
El trozo de pastel que la había traído estaba delicioso. Jamás pensó que una simple tarta de queso con mermelada de arándanos pudiera estar tan buena. Para cuando la trajeron el café, ya se había comido la mitad, y eso que nunca había sido de tartas. Como poli, prefería los donuts que solían comer durante los casos o al terminarles.
Y sin embargo, allí estaba, disfrutando de su nueva tarta favorita.
Pensó en Patrick al tomar con la cuchara el último pedazo de su desayuno. Levantó la mano para llamar la atención de la camarera.
-Perdone, ¿ponen estas tartas para llevar?
-Así es. Tanto las bebidas como los dulces que están escritos en esta carta –se dio la vuelta para cogerla de la barra –se pueden pedir para llevar.
Tomó la carta. Tenían un montón de cosas y todas parecían igual de ricas que su tarta de queso.
-Bien, pues… Querría un café igual que el que me ha puesto, y un té Lapsang Soushong para beber. Y dos pedazos más de tarta de queso y como media docena de las galletas que tienen expuestas, porque son las mismas que estás ¿verdad? –la preguntó señalando una imagen.
-Sí. De acuerdo, tenemos un café con leche con dos terrones de azúcar y una pizca de caramelo, un té Lapsang Soushong, dos pedazos de trata de queso y media docena de galleta.
-Eso es.
-De acuerdo, en cinco minutitos se lo saco todo.
-Muchas gracias.
Agarró con firmeza la bolsa que contenía todos los alimentos cuando salió de la cafetería. Se había levantado un fuerte viento y no quería que se lo llevase. Regresó al coche y guardó las cosas en el maletero. Tras asegurarse que había cerrado el vehículo, se dirigió hacia la casa de su psicólogo por segunda vez en esa mañana, solo que esta vez a las siete y media de la mañana.
Se sorprendió de haber estado casi tres horas en la cafetería. De haber tenido un libro se la habría hecho normal. En su época de estudiante, se pasa horas y horas en la biblioteca; primero estudiando y luego leyendo. Generalmente novela negra, o libros relacionados con la psicología. Aunque también admitía algo de ciencia ficción. Cuando entró en la academia de policía, dio gracias a su peculiar gusto de libros cuando era adolescente, puesto que la información que sacó durante su tiempo de lectura la sirvió mucho para sacar las pruebas teóricas, y también las practicas.
Tomó una bocanada de aire cuando dio el último paso, colocándose frente a la puerta del apartamento de Ethan. En vez de llamar al timbre, optó por golpear la puerta con sus nudillos. De no recibir respuesta, se pensaría en llamar al timbre o ir a dar un paseo hasta más tarde.
Para su suerte, no hizo falta el paseo. Pocos segundos después de que llamara, Ethan la abría, preguntando quien era.
-Adelante, Teresa.
Sonrió al hombre mientras pasaba hacia la sala de estar que hacía las veces de consulta.
-¿Qué hace aquí tan pronto?
-Necesito su ayuda. Mire, yo solo quiero acabar con esto. Anoche, pensé que estaba preparada para dar el último paso. Habíamos pasado toda la tarde y gran parte de la noche en un bar, tomando unas copas con unos amigos. No había reaccionado de forma reacia a ellos, ni con la gente del bar. Y cuando empezaba a preocuparme y ponerme tensa, Patrick me daba la mano y se me pasaba todo. Así que, pensé que estaba preparada.
Ethan tomó asiento, mientras que Lisbon daba paseos nerviosa por la habitación.
-Cuando llegamos a casa, se me ocurrió intentarlo. Nos besamos, y no tuve ningún problema. Pero cuando llegamos a la cama, cuando empezó a desnudarme, me bloqueé. No entiendo por qué. Le empujé, le aparté de encima de mí y me encerré en el baño. No sé por qué reaccioné así. Creía que estaba preparada. Y yo… Yo sólo quiero que me diga que es lo que me pasa para poder solucionarlo.
-A mi forma de ver las cosas, solo le queda un último obstáculo, Teresa; el más difícil de cruzar. Y no me refiero al sexo en sí, sino a su mente. Debe de aclarar sus ideas.
-Creo que estoy preparada. ¿Qué más debo hacer?
-Estar preparada. Durante su explicación a añadido el "creo" varias veces, y es lo que debe arreglar. No tiene que creer estar preparada, tiene que estarlo. Tiene que estar segura, cómoda, tranquila. Es necesario que esté preparada y que se lo repita varias veces en su cabeza hasta que la quede claro. Hasta que se fije en su memoria. –Ante la cara de perplejidad de la mujer, decidió explicarse mejor. –Como un viejo amigo dijo una vez, "Ver es creer, pero sentir es estar seguro". Usted se veía tranquila, cómoda. Se veía prepara. Pero no se sentía preparada. Lo que pude comprobar con sus sesiones es que Jane y usted están muy unidos. Utilice eso a su favor. Transmítale los miedos que la quedan, lo que la hace recordar la noche en que el hombre la violó. Estoy seguro de que él lo entenderá, y tratará de evitar cualquier gesto o movimiento que la haga volver a ese día. Siéntase completamente tranquila a su lado, siéntase preparada de verdad. Hasta que no logre eso, no conseguirá dar ese paso que tanto ansía.
