¡Hola! Ya estoy de vuelta. Disfruten este capítulo :D
Un pequeño RECORDATORIO: En el grupo del fic estoy publicando las imagenes de los atuendos aquí descritos tal y como lo estuve haciendo la temporada pasada.
Gracias por los reviews, favs y follows.
No olviden que tenemos un grupo en fb del fic, lo encontraran con el nombre de la primera temporada.
Cheers!
Soundtrack del Capitulo.
"Treasure" Bruno Mars www youtube com/ watch ?v= nPvuNsRccVw
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Capitulo beteado por Patto Moleres. Betas FFAD
www facebook com / groups / betasffaddiction /
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Algunos de los personajes no me pertenecen, provienen de la maravillosa imaginacion de la gran Stephenie Meyer; la historia es completamente mia.
Las avenidas, ciudades y barrios de Los Angeles mencionados en la historia son verdaderos.
.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-
Bella POV:
—Señor, señorita; estamos por aterrizar. Aseguren sus cinturones por favor y bienvenidos a Seattle.
Edward y yo sonreímos, nos abrochamos los cinturones y después nos tomamos de las manos. El avión dio un suave aterrizaje en la pista privada del aeropuerto SeaTac.
Cada año en mi cumple viajábamos a Seattle para la fiesta que me preparaba toda la familia y solíamos quedarnos cerca de una semana. Amaba venir y pasar unos días con todos ellos; y sobre todo porque podía visitar el nicho de mi madrina Elizabeth cada vez que quisiera y sin tener que atravesar todo el país en avión.
Nuestra Luna de Miel fue maravillosa. No solo pasamos unos días lindísimos caminando tomados de la mano por todos los jardines de la Hacienda o nadando y besándonos en la piscina, sino que también le mostré a mi marido todas las maravillas que Zapopan tenía para ofrecernos. Visitamos el Centro Histórico, la Basílica y fuimos a comer a los restaurantes de comida típica más deliciosos de todo el lugar. No quería irme pero era momento de regresar a la realidad por más pesar que pudiéramos sentir.
En el estacionamiento, nos esperaba el chofer de la familia quien nos ayudó a subir las maletas mientras entrabamos al auto. Durante el camino el bebé estuvo moviéndose dentro de mi vientre mientras le hablábamos sobre a donde nos dirigíamos y lo emocionados que estarían todos al saber que estaba más grandecito.
Tuvimos que comprar mucha ropa de maternidad porque comencé a crecer rápidamente, mi ropa común más grande dejó de quedarme y casi tuve que estar toda una mañana en camisón hasta que Edward llegó con una bolsa de mall llena de vestidos, jeans y blusas. Ese día llevaba una blusa azul de seda con mangas de tres cuartos con un listón azul oscuro debajo de mis... prominentes bubis y un pantalón blanco con mis infaltables tacones. El glamour ante todo, siempre.
En la mansión familiar ya todos nos esperaban. El chofer tocó el claxon y algunos miembros de la familia salieron a recibirnos. Edward bajó primero y después me ayudó a bajar.
—¡Oh, mi niña! —exclamó mi mamá al verme. Sonreí.
—Ya sé. Bodoque creció demasiado en Guadalajara.
—Estás preciosa —dijo abrazándome.
—Gracias —respondí sonriendo. Fui con mi papá a saludarlo mientras mi mamá y Edward se saludaban; Lady ladró en los brazos de Charlie.
—¡Hola, bonita! —la saludé cargándola. Dio otro ladridito y me lamió la barbilla—. También te extrañé bola de pelos.
—¿Y a tu padre no?
—¡Obvio que te extrañé! —Lo abracé.
—Ya es un poco difícil abrazar a mi hija por esa barriga.
—Pero es una barriguita muy bonita —dije con voz infantil.
Mi papá rió negando con la cabeza. Saludé a mis suegros y mis cuñadas quienes también quedaron encantados con la pelotita que lucía orgullosamente. Entramos a la casa encontrando a toda mi familia quienes me felicitaron por mi cumpleaños y después de todos los saludos, nos asaltaron a Edward y a mí con mil preguntas sobre el viaje y cómo fue que sentimos los primeros movimientos del bebé.
Cuando les dijimos que ya nos podía escuchar, todos se abalanzaron sobre mi vientre y le hablaron a Bodoque mientras mis abuelas nos daban consejos sobre la música que podríamos ponerle en las noches. En algún momento, Sue y mi mamá llegaron con mi álbum de bebé y otros dos álbumes de fotos donde había algunas de Jasper, Ilaria y mías de bebés.
—¿Has visto sus fotos de bebé, Edward? —le preguntó mi abuela Elise. Mi marido negó aferrándome a su costado.
—La verdad no.
—Te van a encantar. Era adorable —le dijo mi tía Sue pasándole mi álbum de bebé. Era un libro grueso, forrado de cartón blanco y lila, con las orillas en cinta de holograma plateada (porque extrañamente, mi mamá y mi papá sabían que yo sería admiradora de todo lo brillante). Mi nombre estaba escrito en letras cursivas forradas en papel holograma, con stickers de ositos, estrellas, muñecas y carriolas. Tenía dos argollas plateadas en las que estaban unos listoncitos de organza hechos moñito. Tan hermoso.
—¿Era, tía? Sigo siendo adorable.
—Ay, sobrina, sobrina.
—¿Qué le haces, tía? —dijo Ilaria—. Desde siempre ha sido así —y mostró una foto en donde estábamos ella y yo envueltas en cobijitas rosas y con gorritos del mismo color. Yo estaba llorando con mis bracitos hacia arriba, mientras ella me miraba confundida. Mi mamá y mi papá rieron—. ¿Me van a decir que no les recuerda a la reacción que tuvo en enero?
—Pero no me desmayé hace veinte años, hermanita.
—Poco te faltó.
Edward miraba las fotos de mi libro de bebé mientras nosotros discutiamos las que pasaba. Durante todas las fotos de mi mamá embarazada, estuvo diciendo que me parecía a ella en ese momento; que ambas teníamos la misma mirada brillante y tierna, y nos veíamos radiantes. Mi mamá respondía todo el tiempo que no se sintió radiante durante el embarazo, por que al ser doble había muchos riesgos de parto prematuro o que Ilaria o yo naciéramos mal.
—No voy a decir que fue un infierno por que mentiría, el embarazo es una de las experiencias más hermosas que puede tener una mujer; yo solo viví preocupada los nueve meses, no quería que ninguna de mis princesas tuviera algo malo. Quizá por eso, cierta niñita salió muy nerviosa —Me guiñó el ojo. Le sonreí.
—¿Y por qué yo soy tan tranquila? —preguntó Ilaria.
—Porque eso lo sacaste de mí —respondió mi papá guiñándole un ojo. En ese momento, sentí un ligero aleteo en el vientre, sonreí y tomé la mano de Edward posándola en mi ombligo.
—Se está moviendo —le dije en un murmullo. Mi marido sonrió y me dio un besito.
—Hola, Bodoque. ¿Disfrutando las historias que nos cuentan sobre mamá y la tía Ilaria?
—Es tan tierno ese nombre... —murmuró Kate.
—Y hablando de nombres, ¿ya han pensado en ellos? —nos preguntó Carlisle.
Edward y yo nos miramos.
—Sólo estamos seguros que si es niña, se llamará Elizabeth —respondió mi esposo. Mi mamá y Sue jadearon.
—¿Y si es niño?
—Yo estuve pensando en Franklin, o incluso Edward.
—¡Eso sería increíble!
—Cualquier nombre que le quieran poner, chicos, será hermoso; eso ténganlo por seguro.
—¿Y la universidad?
Bufé. Esa fue realmente nuestra primera discusión como esposos. Edward estaba empeñado en que por mi bien y el del bebé debía quedarme en casa y estudiar desde ahí, que el estrés que conlleva estar en un salón de clases, con un montón de muchachos ruidosos y profesores mal encarados iba a terminar conmigo dando a luz más pronto de lo esperado. Sabía que tenía razón, sólo sentía la necesidad de seguir unos días más en mi berrinche, al final lo aceptaría y me dejaría consentir como el tanto quiere hacerlo.
—Aún seguimos hablando de eso.
—Lo que decidan estará bien para nosotros, muchachos; si creen que deberías atrasarte un año más...
—¡Oh, no! ¡No, no, no!
—Estuvimos pensando en clases particulares.
Y de pronto, todos parecían tener una opinión al respecto, pero claro, estando de acuerdo con Edward. Al final terminé aceptando que era lo mejor para el bebé y llegamos a un trato: iba a ir a la universidad los primeros dos meses, después tomaría clases con un profesor privado. Mi fecha estaba programada a finales de este año o principios del siguiente por lo que regresaría hasta el próximo semestre... Fue un buen plan con el que todos estuvimos felices, ¡incluso Bodoque!
Una de las mucamas nos avisó que la comida estaba lista y pasamos al comedor principal. Fue en ese momento cuando me di cuenta, ni Jasper ni Alice ni Cynthia ni Tyler estaban en la casa; cuando le pregunté a mis padres sobre ellos, lo único que me dijeron fue que Alice estaba ayudando a Cynthia a prepararse para su primer día en la preparatoria y que Jasper se quedó con ellas. No necesitaba leer mentes para saber que me estaban mintiendo; las cosas con Alice habían empeorado y aunque yo quería intentar arreglarlas, ella no estaba dispuesta a hacerlo. Pensé que ahora que entraríamos a la universidad, iba a ser más fácil arreglarnos; nos veríamos todos los días, compartiríamos ensayos, prácticamente todo sería como en la escuela... Pero ver que eso estaba muy lejos de poder ser, me partía el corazón.
Revolví con mi tenedor los ravioles que tenía en el plato, había comido poco pues todo el asunto de mi hermano y mi cuñada lejos de aquí me deprimió. Azoté el tenedor sobre el plato, tomé la servilleta de lino de mi regazo, me limpié las comisuras de la boca y la dejé sobre la mesa.
—Permiso —murmuré levantándome de la mesa. Subí las escaleras y fui hacía la habitación que tenía para mí, azoté la puerta y puse el seguro. Quería estar sola.
.
.
.
No sabía cuánto tiempo llevaba aquí. Edward había subido varias veces, golpeado la puerta pidiéndome que lo dejara pasar, Ilaria hizo lo mismo; Esme y mi mamá fueron las únicas que calmaron a la familia asegurándoles que solo era uno de los muchos episodios de hormonas, aunque fuera mentira, porque embarazada o no, el que mi hermano no estuviera aquí me estaba afectando.
El teléfono privado de la habitación había sonado varias veces pero en ninguna de ellas contesté, hasta ese momento. Llevaba más de cinco minutos sonando y volviéndome loca.
—¿Qué? —respondí.
—Es lo mismo que yo te pregunto, Berrinches. Es tu cumpleaños, ¿qué diablos sucede contigo?
—Pregúntaselo a tu esposa adorada, Jasper, ¿qué diablos sucede con ella? Parece una maldita niña chiquita.
—Al igual que tú. Tienes veinte años, estás embarazada, recién casada; es tu cumpleaños, ¡disfrútalo! Olvida las groserías de Alice, no pienses en que no estoy ahí, tienes personas que te adoran...
—¡Pero tú no, Jasper! ¿Por qué no pones a Alice en su lugar y vienes? Por un día, un maldito día deja de ser un esposo abnegado, no te va a pedir el divorcio ni te va a prohibir ver a Tyler sólo por estar en el cumpleaños de tus hermanas. Si las cosas fueran al revés, ¿le prohibirías estar con Cynthia? ¿Por qué ella si puede separarte de nosotras? Olvídate de mí, ¿qué pasa con Ilaria? Es su primer cumpleaños con nosotros y tú no estás aquí.
Mi hermano se quedó en silencio unos segundos, durante los cuales estuve a punto de colgarle muchas veces. Esto ya estaba fuera de control. Respeté que ninguno de los dos estuviera en las despedidas que se hicieron en Londres, no me quejé cuando Alice no se quiso quedar a la cena de dos días antes de la boda y que se llevara a mi hermano justo cuando el ensayo terminó; era yo, no interesaba. Pero hoy ya no era sólo mi cumpleaños, también era el de Ilaria y que Jasper la dejara plantada no se lo iba a permitir.
—Perdóname, cariño, pero hay deberes que como esposo debo cumplir.
—¿Y cómo hermano, Jasper? —Lo escuché suspirar. No lo pude evitar y colgué el teléfono sin dejarlo responder. Me limpié las pocas lágrimas que había derramado y salí de la habitación. Edward estaba subiendo las escaleras en ese momento.
—¿Todo bien? —me preguntó.
Respiré hondo asintiendo.
—Mi hermano es un idiota, pero sí. Es mi cumpleaños, ¿no?
—¿Segura? Podemos dejar esto para después.
—¿Por qué? Ellos se lo pierden. No me voy a amargar mi cumpleaños nada más porque el imbécil de Jasper no sepa imponerse sobre Alice.
—Cielo, yo tampoco sé como imponerme sobre ti. Me tienes en la palma de tu mano.
—Sí, pero yo nunca te separaría de tu familia como Alice está haciendo con él —Suspiré—. Yo siempre apoyé a Alice, la ayudé a estar con mi hermano; si hubiera pensado que tendría estos ataques, la hubiera alejado de él. Yo jamás querré que mi hermano esté con una manipuladora.
Edward me abrazó y me besó la frente estrechándome entre sus brazos.
Bajamos tomados de la mano al comedor donde ya estaba listo el pastel de cumpleaños. Mi hermana estaba sentada en el centro y junto a ella había una silla vacía en la que yo me senté mientras todos nos cantaban el Feliz Cumpleaños. Ilaria y yo soplamos las veinte velas y partimos juntas el pastel mientras Sue y Esme tomaban fotos sin parar. Charlie y Renée nos abrazaron y nos dieron besos en las mejillas diciéndonos lo orgullosos que estaban de nosotras y que se sentían muy afortunados de poder decir que somos sus hijas.
.
.
.
Ya habían pasado unos días desde mi cumpleaños, esa era nuestra última noche en Seattle y yo quería hacer lo mismo de cada año: visitar a mi madrina. Como siempre, entré al panteón sola mientras dejaba a mi marido en la cafetería que estaba en frente, sólo me acompañó Bodoque y era toda la fuerza que necesitaba para no derrumbarme frente a la tumba de Elizabeth.
El celador me saludó con un asentimiento y miró sorprendido mi vientre, le sonreí y me dirigí directamente a la sala privada de los Swan donde estaban mi abuelo, mis bisabuelos y mi madrina. Llevé un ramo de flores para cada uno y los dejé en sus lápidas, los saludé y finalmente fui con Elizabeth. Esta vez no pude acuclillarme como lo hacía siempre, me senté en el cemento acariciando la cripta. Le conté todo lo que había pasado en este tiempo, como supimos del bebé y lo emocionados que estábamos por su llegada, le hablé sobre la boda, sobre cómo nos comprometimos Edward y yo, y sobre la hermosa Luna de Miel que tuvimos.
—Creo que es hora de que me vaya. Edward me debe estar esperando y... Aquí entre nos: se me antojaron unos muffins de vainilla y frambuesa —Reí entre dientes y suspiré—. Te extraño mucho, madrina. Desearía que estés aquí, que hayas estado en la boda, acompañándome como tanto me prometiste cuando era niña, ¿lo recuerdas? Te quiero —Besé dos de mis dedos y los apreté contra la tumba. Me quedé unos minutos más ahí hasta que el frío comenzó a calar en mis huesos, me levanté cerrando el abrigo blanco que llevaba sobre el vestido azul pastel. Me despedí una última vez de Elizabeth, mi abuelo y mis bisabuelos y me giré para irme.
—¿Isabella? —preguntó alguien detrás de mí. Me detuve y me giré con el ceño fruncido. Cerca de Elizabeth había un hombre moreno, de cabello corto negro azabache, vestía unos jeans deslavados y una camisa amarilla—. ¿Isabella Swan? ¡Vaya! Que sorpresa encontrarte por aquí, ¿me recuerdas? Soy Jared, el hijastro de tu madrina.
—¡Oh! Hola —respondí—. ¿Viniste a ver a Elizabeth?
—De hecho. ¿Por qué no me esperas un minuto y después te llevo a tu casa?
—No puedo, pero gracias. Mi esposo me está esperando en la cafetería que esta aquí en frente.
—¿Estás casada? —Por primera vez pareció ver los anillos de oro blanco de mi mano izquierda que descansaba protectoramente sobre mi vientre—. ¿Y embarazada?
—Sí —respondí con una enorme sonrisa mirando a mi Bodoque y acariciándolo—. Tengo cinco meses, y de casada uno —Mi celular sonó en el bolsillo del abrigo, lo saqué, miré el identificador y contesté—. Hola, amor.
—¿Ya vienes, mi reina? Acabo de ordenar los panquecitos que querías.
—Sip, ya terminé. ¿Me esperas en la entrada?
—Por supuesto, mi vida. ¿Cómo se portó bodoque?
—Como el perfecto bebecito que será. Voy para allá. Te amo —Le mandé unos besitos rápidos y colgué. Mire a Jared—. Lo siento, ya tengo que irme. Nos vemos.
Me giré y comencé a caminar a la salida del panteón. Edward venía de frente a mí, lancé unas risitas y apresuré el paso tanto como podía, él me alcanzó tomándome de un codo y me abrazó.
—¿Cómo te sientes?
—Bien —le dije. Se quitó el abrigo negro que traía y me lo puso sobre los hombros dejando su brazo ahí mientras caminábamos a la salida—. Te dije que me esperaras en la puerta.
—Mi amor, esto es tierra Y tu coordinación ya no es tan buena como antes y me preocupaba que te fueras a caer.
—Siempre tan protector, señor Cullen. Relájese o se va a arrugar antes de cumplir los treinta.
—Y lo voy a hacer con gusto por que será por protegerlos a ti y a nuestros hijos.
—Eres un hermoso —Le di un beso en la mejilla. Fuimos al estacionamiento donde dejamos el auto, él había pedido nuestra orden en la cafetería para llevar porque sabía que yo querría ir a casa después de salir del panteón. Y como hoy era nuestro ultimo día en Seattle pues eso le daba más puntos a la idea de ir a casa y acurrucarnos en la cama antes de volver al cálido clima de Los Ángeles.
De Jasper y Alice no supimos mucho después de la llamada que tuve con él, sólo que una de las razones por las que también se quedaron en Los Ángeles fue porque estaban preparando su mudanza...
Se iban de la mansión y lo peor es que no fue decisión de Jasper y Cynthia tampoco estaba de acuerdo; Alice tuvo la culpa otra vez. Usó toda la herencia que sus abuelos le dejaron a ella y a Cynthia para comprar una residencia en el barrio de Los Feliz y sin preguntarle a mi hermano, comenzó a trasladar todas sus cosas hacia allá. Lo peor es que, de nuevo, el duro hijo mayor de Charlie Swan no supo decir que no y guardó el secreto hasta que Karla nos llamó alertada para decírnoslo.
Mi papá viajó ayer para ser el ejemplar padre y suegro y ayudarlos con la mudanza. No había más que hacer. Alice tomó su decisión.
En la casa estaban mi mamá y mi tía Sue, quienes al vernos nos preguntaron sobre el paseo, cuando nosotros les preguntamos sobre el resto de la familia nos dijeron que Seth e Ilaria habían regresado a Los Ángeles también, mis abuelas estaban en sus respectivas casas al igual que el resto de mis tíos y mis primos. Los Cullen regresaron a Londres esta mañana, a excepción de Esme y Kate, quienes fueron a Los Ángeles para preparar la casa de Bel Air.
Me senté en el sillón reclinable con Edward a mi lado, comimos los pastelitos que mi marido compró en la cafetería mientras charlábamos con mi mamá y mi tía; ellas compartieron sus historias de embarazo con nosotros, contándonos por todo lo que pasaron y nos dieron consejos que podrían servirnos ahora que Bodoque estaba más grandecito y tomaba gran parte de mi energía.
—¿Estás segura que quieres ir a la Universidad? —me preguntó mi mamá mordiéndose el labio.
—No lo sigas intentando, Renée —le dijo Edward—. Ya hasta la soborné con compras semanales...
Y fue todo un caso negarme a eso. Edward me ofrecía llevarme de compras cada sábado con tal de que aceptara la opción de tomar clases privadas en la comodidad de nuestra casa mientras él trabajaba en el despacho; yo estaría tranquila, no tendría que manejar hasta la Universidad y de regreso, no caminaría de salón en salón y Bodoque sería un niño o niña feliz... Pero, ¡por Dios! Estoy embarazada, no inválida. Todos están sobreprotegiéndonos, en especial Edward.
—Mi amor, tú y yo sabemos que aun así tendremos que ir de shopping al menos dos veces por mes. La ropa dejará de quedarme muy pronto y necesitaré nueva.
—Toda su vida se ha dejado consentir, y ahora que debe dejarse consentir no quiere. Sólo mi sobrina —dijo Sue entre risas. Reí mientras Edward y mi mamá suspiraban.
—Me vas a volver loco —susurró mi marido en mi oído.
—Oh no, mi vida, tú ya estas loquito —respondí sonriendo. Mi mamá y Sue rieron a carcajadas. En ese momento, sentí un temblorcito en mi vientre; llevé mi mano hacia allá y lo acaricié—. ¿Qué pasa, mi amor? ¿La abuela y tía Sue te despertaron? ¿O fue papá con sus sobornos?
—Seguro fueron las risas —dijo Edward acariciando mi vientre.
—¡Oh no, cariño! Fuiste tú. Más te vale no acostumbrar a Bodoque a los sobornos desde ahora, porque si quiere un auto cada mes cuando crezca, tú se lo comprarás y le enseñarás a manejar.
—Pero no le des ideas a tu Bodoque, cielo —me regañó mi mamá.
Una de las mucamas llegó para avisarnos que ya estaba lista la cena y pasamos a la mesa. Mi primo Paul y su esposa llegaron junto a sus hijas, cargando dos enormes cajas de regalo.
—Prima, perdón por no venir el trece; Stephanie y Camille entraron a la escuela ese día y como sabes tuvimos toda la semana ocupada.
—No te preocupes, primo, entiendo. ¿Cómo les fue a mis dos bellas niñas en la escuela? —les pregunté.
—¡Bien! —respondió Stephanie.
—Cuéntales a tu tío Edward y a tu tía Bella lo que hicimos con las fotos que tomamos de su boda, cielo —le dijo Rebecca.
—¡Un álbum! —gritó rebotando en su silla— Se lo enseñé a todos mis amiguitos y también les conté sobre el bebé que está creciendo en tu pancita.
—De lo único que habló fue de eso —intervino Paul—, hasta nos hizo llevar los vestidos que uso.
—Eso suena a algo que hubiera hecho Tyler si pudiera hablar —bromeó Edward.
—Ese niño será un demonio cuando hable y camine. Jasper y Alice se van a volver locos —dijo Sue.
—Y ni que decir de este par —dijo Paul señalándonos a Edward y a mí—. Si controlar a Isabella era toda una hazaña, imagínense con su bebé.
—¡Oh sí! Nada en esta casa volverá a ser lo mismo con tanto bebé en camino o creciendo.
Y tenía razón. Hace veinte años había cerca de quince niños corriendo y gritando por toda la casa, poco a poco todos fuimos creciendo y el jardín se fue vaciando, ahora había una nueva generación con Stephanie y Camille como las mayores, Tyler y ahora mi Bodoque; y los que faltaban. Las fiestas familiares serían un completo pandemonio.
.
.
.
Edward subía las maletas al auto mientras mi mamá y yo nos despedíamos de la familia en el porche de la casa.
Todos intentaban convencernos de quedarnos más tiempo, pero yo tenía que prepararme para la universidad, mi mamá quería ayudar a Jasper y a Alice con la mudanza y Edward debía regresar a la empresa.
Mi marido se acercó a despedirse de mi familia cuando terminó de subir el equipaje, hicimos promesas de visitarnos más a menudo. Y Edward y yo nos encargaríamos de que así fuera; por ahora, la Cena de Año Nuevo ya no sería en casa de mis padres, si no en la nuestra; y tenía pensado hacer mi Baby Shower en el pent-house... Pero primero, tenía que saber el sexo de mi bebé y entrar a la Universidad.
Edward me tomó de la mano y me guió al coche. Me ayudó a subir a los asientos traseros mientras mi mamá iba al lugar del copiloto.
—¡Cuidado con la barriga! —gritó Sue cuando me puse el cinturón de seguridad.
—¡Cubierto! —respondí acomodando la correa baja en mi cadera. Edward rió y cerró mi puerta, se subió de lado del piloto y arrancó el coche. Nos despedimos con la mano mientras avanzábamos; Paul y Rebecca venían detrás de nosotros para traer el auto de vuelta.
El camino al aeropuerto fue rápido, y el viaje de Seattle a Los Ángeles también fue un simple parpadeo que no sentí porque me quedé dormida las horas que duro el vuelo y parte de nuestro trayecto a Bel Air. Estaba acurrucada en el regazo de mi marido mientras él acariciaba mi vientre con mucho amor. No pude evitar sonreír al ver esa preciosa estampa que se mostraba ante mí. Edward apoyaba su sien sobre mi frente mientras miraba embelesado mi pequeña barriguita, era un momento hermoso entre nuestro bebé y su papá que no me atreví a interrumpir; pero de alguna manera, Bodoque logró moverse sobresaltando a papi y haciendo que me mirara para asegurarse de que el brusco movimiento no me hubiera despertado. Sonrió encantando cuando me vio despierta.
—¿Dormiste bien, mi reina? —me preguntó.
—Considerando que lo último que supe fue que estábamos despegando de Seattle y ahora ya estamos llegando a Bel Air... Yo diría que sí —respondí. Edward rió y me dio un besito.
—Eso quiere decir que este pequeño se portó bien —agregó mi esposo acariciando mi pancita. Se inclinó y le dio un beso.
—Va a ser un perfecto niñito o una perfecta muñequita.
—Así como su mamá.
—¡Oh, no! ¿Recuerdas todas las historias que te contaron Sue y Renée sobre mí? Amor, era un dolor de cabeza. Nuestro bebé será idéntico a ti —Le di un beso en la mejilla. Llevé una de mis manos a su cabello y comencé a acariciarlo—. Tranquilo, bien portado y sobre todo no hará berrinches.
—Eso ya lo veremos. Así como te las hizo ver negras cuando planeábamos la boda, no me sorprendería que fuera una versión pequeña de ti.
Nos miramos por unos momentos hasta que ambos estallamos en risas, imaginándonos nuestros días a lado de Bodoque, haciendo berrinches y cumpliendo todos sus caprichos con tal de verlo o verla feliz... Y ahí entendí el por qué yo era de esta manera. Un padre hace lo que sea por sus hijos, por verlos felices y saludables; mis padres daban el mundo por Jasper, Ilaria y por mí, aunque en el camino los tres hayamos salido afectados: Jasper tenía la extraña necesidad de ver a todos contentos; Ilaria aún trabajaba con acoplarse a esta nueva vida; y yo... Bueno, sin duda yo fui la peor, la pequeña, la bebé, a la que todos llenaron de mimos, a la que no dejaban llorar y a la que trataron como una muñequita de cristal... Bueno, me encantaría que de verdad todo eso fuera en tiempo pasado...
Livaldo entró al estacionamiento de la mansión, se detuvo detrás de la fuente y corrió a abrirnos la puerta mientras otros dos hombres salían apresurados de la casa. Edward me ayudó a bajar del auto.
—¡Chicos! —gritó Esme bajando los dos escaloncitos de la entrada—. ¡Bienvenidos! —exclamó dándonos un abrazo.
—La casa está magnífica —dije.
—Bueno, todo es obra tuya, cielo —me dijo mi marido.
—Así es. Todas las habitaciones están justo como las querías, yo sólo me atreví a agregar algo más.
Edward miró a su madre con los ojos entrecerrados.
—¿Qué hiciste, mamá?
—¡Nada! Vayan adentro y admiren su nuevo nidito de amor. Mientras tanto, yo me encargo que estos chicos suban todo a donde debe ser.
—Mamá, estás consciente de que ese es nuestro deber, ¿verdad?
—Sí, pero ustedes vienen de un largo viaje y por como veo sus ojitos necesitan descansar.
—Esme, te adoro —le dije dándole un beso en la mejilla. Mi suegra rió y me dio unas palmaditas en la mejilla.
—Yo también te adoro, cielo. Ahora, adentro; no los quiero ver pululando por aquí, y mucho menos a ti, Bella.
Edward y yo reímos y entramos a nuestra nueva casa. Kate estaba en el recibidor acomodando un cuadro mientras Lady estaba recostada a su lado. Mi bola de pelos fue la primera en percatarse de nuestra presencia, se levantó de un salto y corrió hacia nosotros; Ilaria la había traído ayer para agilizar nuestro viaje de hoy. No es que mi bebé de cuatro patas estorbara, sólo mi hermana era demasiado sabelotodo para darse cuenta que yo me la iba a pasar en el quinto sueño y que Edward no me iba a querer dejar sola, así que no íbamos a poder cuidar de Lady...
Ilaria a veces parecía saber todo de nosotros como para conocernos desde enero...
Kate nos saludó y nos llevó en un recorrido por la casa. El equipo de decoración de mi padre había hecho un trabajo increíble plasmando mis ideas al pie de la letra, no hubo ningún rincón de la Mansión que no estuviera decorado inmaculadamente con muchos blancos, dorados, plateados, morados. Este enorme y hermoso palacio era absolutamente perfecto.
Edward, Kate, Ilaria —quien había bajado después de acomodar la habitación principal—, Esme, Lady y yo fuimos a la sala donde había un enorme marco plateado con una enredadera morada de metal recorriéndolo todo y un enorme arreglo de mirtos, rosas y alcatraces artificiales, y contenía una de las fotos más hermosas del día de la boda: Edward y yo estábamos sentados en una fuente, él me abrazaba por detrás apoyando sus manos en mi vientre, que se daba a notar desde el ángulo en el que fue tomada la foto, mientras las mías sostenían el ramo en mi regazo; nuestras cabezas estaban juntas mientras mirábamos sonrientes a la cámara.
Debajo, en la repisa de la chimenea, había unos cuantos portarretratos iguales al marco de la foto principal, en las instantáneas salíamos con nuestras familias y nuestra corte. En el centro se encontraba una que fue mi favorita desde el momento en el que fue tomada, en ella nos encontrábamos ambas familias, pero no estábamos en el jardín, si no en el interior del resort, otro saloncito que cubría la función de ser escenario de las sesiones de fotos; Edward y yo estábamos al pie de las escaleras, mientras nuestros padres y hermanos se encontraban en ambas escalinatas; Lady estaba entre nosotros con su vestidito blanco y morado y su cabecita ladeada a un costado. Era natural.
Mi marido trató de muchas formas que su madre, su hermana y mi gemela nos dejaran solos; pero ni las indirectas más directas lograron que ellas se fueran y tampoco evitaron que Esme tocara el tema del próximo aniversario de la empresa.
—Y hablando de aniversarios, ¿cómo estuvo el baile? —pregunté curiosa. El emporio hacia cada veintiuno de agosto un baile en honor al aniversario de la empresa de Londres; todas las sedes participaban, muy a su manera, como Los Ángeles que el baile perdía toda formalidad y se convertía en una celebración en toda regla. Edward y yo estábamos en Guadalajara ese día.
—¡Oh, pequeña! Fue un total éxito, claro que todos los extrañamos muchísimo, era su segundo baile juntos y nos hicieron mucha falta.
—Pero nos las arreglamos bien —intervino Kate—, tuvimos mucha ayuda de tu familia.
Miré a Ilaria sorprendida.
—A mi ni me veas, que todavía no me recupero de la corretiza que dimos ese día. Aun estábamos medio idos por la boda y si no hubiera sido por la insoportable vice presidenta, la empresa se quedaba sin baile. Ella sola planeó todo el evento, nosotros sólo tuvimos que llegar y hacer logística. ¡Hasta Kebi estuvo metida en ese embrollo!
—¡Kebi! —exclamé. Miré a Edward—. Recuérdame llevarle el regalo que compramos en Zapopan, por favor. Últimamente tengo mi cabeza hecha un lio —agregue tomando mi celular—. Esme, tenemos que comenzar a planear el aniversario ahora.
—¡Oh, no! —Intervino mi marido—. Usted, señorita, se va a quedar a descansar como quedamos. Ya veremos después todo eso del aniversario.
—Mi amor, sólo son unos ajustes y revisiones a la agenda, ¿no? —pregunté mirando a mi suegra. Ella asintió—. A parte, ya lo he hecho anteriormente. ¿Recuerdas que el año pasado estaba enferma mientras planeaba todo?
—Y ahora estás embarazada, princesa...
—Exacto. De acuerdo, necesito que me pongan al corriente de todo lo que está hecho hasta ahora.
Edward bufó pero me dio un beso en la mejilla.
El aniversario iba genial, y todo gracias a la ayuda que Kebi nos estaba dando. Esa mujer es un auténtico ángel, no sé, creo que más que un regalo, ella merece un altar.
.
.
.
Esa mañana, Edward me dejó en la puerta de la Universidad para mi primer día de clases. El campus era más grande de lo que imaginé, me quedé cerca de cinco minutos mirando sorprendida la fachada del colegio. Mi marido me presionó el muslo cubierto por unos leggings negros que me sirvieron de acompañamiento para un lindo blusón de lana gris, sin mangas y escote de chimenea y con un cinturón grueso color negro debajo de mis pechos y unas botas altas color gris.
Edward me sonrió.
—¿Nerviosa, amor? —me preguntó.
—Algo —respondí sonriendo. Me acomodé el cabello a un costado acercándome a mi marido, él adivinó lo que quería y se encontró conmigo a medio camino y nos dimos un besito rápido que me tranquilo quitándome los nervios—. Te amo —le dije.
—Te amo más —Me dio otro besito.
—Deséame suerte —canté girándome hacia la manija de la portezuela.
—Suerte, nena.
Me bajé del auto colgándome el pequeño bolso gris sobre el hombro y pegué mi carpeta morada a mi pecho sin tocar siquiera mi vientre. Caminé hacia la entrada de la Universidad sacando mi tira de materias de mi bolso para saber en qué salones tenía mis clases. Dentro del campus había mucha gente, me sentí abrumada por todos los que caminaban a mí alrededor. ¡Oh, Dios! Esto es demasiado.
