IX.
Haruka tenía ya esa edad en que su mero aspecto merecía el respeto de muchos, pues sabido es cuan valiosa resulta la historia que guarda la forma de cada pliegue que permanece en la piel; hablamos de esos años en que las extremidades se han vuelto frágiles y ganan la compasión de los más jóvenes; esa edad en que lo único que se hace es contar lo maravillosa que fue la vida mientras se dan sorbos pausados al té de media tarde y se escucha la música que para uno resulta la mejor, aunque para otros sea más bien algo anticuada.
Sus cabellos eran grises y sus ojos azules no brillaban con la ilusión con que lo hicieran en sus años mozos, la sabiduría del que mucho ha visto era ahora la suave cortina que cubría su pupila; su piel, cubierta de arrugas, tenía escondida en ellas matices y tatuajes invisibles a muchos, que para él significaban todo; su cuerpo, que a veces amenazaba con fallar definitivamente un día cualquiera, insistía torpemente en hacer cumplir su función, siendo apenas la sombra del gran arma que un día fue.
Hasta hace poco eso, sin embargo, era de poca importancia en su vida, se atrevía a decir que eran incluso detalles que apenas y tomaba en cuenta; hasta hace poco, los años y el cansancio no importaban porque bastaba ver sonrisas color esmeralda para sentirse vivo, quizás porque habían estado consigo desde el más vago de sus recuerdos o quizá simplemente porque Tachibana tenía aquel misterioso talento natural para desbordar alegría y hacerlo sentir completo… quién sabe.
Lo cierto es que Haruka aún no alcanzaba a comprender la partida de aquel que fue su amigo y amante durante toda la vida.
Pues el miedo, los nervios, el fracaso y la victoria...
Todo llevaba la esencia de Makoto.
Todo.
Por ello, cuando Haruka Nanase fue encontrado inmóvil en su vieja habitación, pareciendo sonreír mientras abrazaba una vieja foto tomada quizá hace dos o tres años, nadie se sorprendió.
Porque la historia de Makoto era también la historia de Haru, porque habían iniciado juntos aquella aventura que era la vida y lo justo era que juntos marcharan a abrirse paso en aquel destino incierto que era la muerte.
…
Así, mientras los que tanto los hubiesen querido en vida lloraban su partida, allá, en aquella playa que había sido testigo de su larga historia, la silueta de dos jóvenes paseando lado a lado parecía perderse a la par del sol de verano.
Y quizá uno de ellos se llamara Makoto.
Y si fuera así, el otro entonces seguramente tendría que llamarse Haruka.
Notas: ¿Permiso para llorar?, bueno, esto es metafórico y no, el fandom va muriendo, mis ganas de escribir también... en fin, si alguien sigue leyendo, gracias.
