Al principio John se había quedado quieto mucho rato, observándole. Por fin, había alzado una mano hacia su cuello y lo había acariciado, con suavidad, lentamente, y él había cerrado los ojos y como un gato se había dejado hacer, disfrutando de las nuevas sensaciones. Cuando llegó a su nuca, notó cómo se le erizaba el pelo con un escalofrío, pero no era desagradable sino todo lo contrario. Al poco, eran dos las manos que recorrían su piel, delineaban la curva de su cuello y la línea de su mandíbula y se enredaban en sus rizos. Luego, se habían aventurado hacia sus pómulos y habían bajado hacia sus labios, y el contacto de sus yemas le puso en alerta. Algo no iba como lo había planeado. Había previsto que fuera extraño e incómodo. Incluso se había mentalizado para la posibilidad de que realmente le resultara placentero. Pero jamás habría adivinado que lo fuera a ser de aquella forma. Tanto. De nuevo, igual que cuando le había dado el abrazo. Y, cuando aún no había tenido tiempo para terminar de acomodarse a la nueva sensación, sintió no los dedos sino los labios de John sobre los suyos. Tal y como había esperado. Solo que la corriente eléctrica que recorrió todo su cuerpo no era para nada lo que había anticipado.
Sabía de sobra lo que iba a pasar, había visto películas, había visto a gente por la calle haciéndolo, y sabía perfectamente lo que tenía que hacer (abrir la boca, mover los labios, enredar su lengua con la de John), pero no cómo. Pronto descubrió que era más difícil y más sencillo de lo que había imaginado. Más difícil porque una cosa era verlo y otra muy distinta tener que hacerlo él, pero más fácil porque la propia boca de John le estaba enseñando, sus movimientos le iban dictando lo que debía, o más bien, lo que quería hacer. Lo que quería era devolver al médico las deliciosas sensaciones que le estaba provocando. Estaba aprendiendo a acariciar los labios de John con los suyos y era algo absolutamente maravilloso e indescriptible. Cuando sus lenguas entraron también en juego, pensó que sus terminaciones nerviosas iban a colapsar.
Poder sentir a John de esta forma era abrumador. Había calibrado mal toda la jodida magnitud del asunto. Lo había subestimado. Sus sentidos recibían tanta información inédita para él que no tenía tiempo material para registrarla y su cerebro era incapaz de procesarla. Cuando se retiraba a su palacio mental podía establecer conexiones a una velocidad vertiginosa. Pues bien, era algo lento comparado con esto. Quién iba a pensar que en una extensión de piel tan limitada las sensaciones provocadas por el roce de otra boca podían ser tan diferentes de un punto a otro y según la forma que adoptara dicho roce. Estaba intentando clasificar las distintas opciones según John le rozara, chupara, mordiera, el labio inferior, superior, las comisuras, con la lengua, los labios, los dientes, pero parecía que las posibilidades se ampliaban de forma geométrica en lugar de aritmética. Y si solo fuera su boca, quizá pudiera manejarlo. Pero, al primer contacto con los labios del médico, el resto de su cuerpo también había incrementado su sensibilidad al extremo, como si toda su piel fuera tan fina y receptiva como la que queda tras caer la costra de una herida, y con cada nuevo movimiento que hacían, determinadas partes de su anatomía se volvían aún más receptivas si cabe. Era como acceder a un nuevo mundo de detalles en los que nunca había reparado, un microcosmos infinito de información nueva: el olor y el sabor de John, la textura de su lengua, el tacto de la suave piel de su rostro por debajo de la aspereza del asomo de barba… Ni siquiera se había dado cuenta de cuándo había empezado a tocar él a John. El ex soldado todavía no le había desnudado ni prácticamente tocado y ya estaba por completo en sus manos. Y, paradójicamente, al mismo tiempo que se sentía desbordado, aún quería más, aún no estaba satisfecho.
−John… −Ni siquiera sabía qué pedir, pero necesitaba que le hiciera algo y que lo hiciera ya.
Entonces John atendió su demanda y añadió una nueva variable. Sus manos, que hasta ahora habían permanecido en la mitad superior de su cuerpo, dibujando sus hombros, su espalda, su pecho, se deslizaron por sus costados hasta llegar a la cintura de sus pantalones. John se dedicó a repasar el borde de la prenda con sus dedos. Que estuviera tan cerca de la parte de su cuerpo que en ese momento más se había olvidado de que él era el único detective consultor del universo y estaba por encima de este tipo de esclavitudes biológicas, era verdaderamente excitante. Podía notar que a medida que las caricias de John se acercaban más y más a esa zona, su erección se endurecía más y su respiración se iba acelerando. Y se convirtió en un gemido cuando John le rozó, tan solo un leve roce, por encima de la ropa. Aunque ese simple roce no había sido del todo inesperado, sí había sido un estímulo tan intenso que su reacción involuntaria fue apartarle la mano. Maldijo su inexperiencia y alto grado de excitación: ¿No le había dicho a John que el sexo no le alarmaba? Y ahora se comportaba como un novato pudoroso cuando lo que más deseaba era que siguiera adelante de una maldita vez y le acariciara como era debido. Como era lógico, John había interpretado que no quería que fuera más lejos y detuvo el beso. Vio que iba a disculparse incluso, así que decidió que debía hacer algo si no quería que el asunto terminara justo cuando estaban llegando a la fase más interesante. Así que, antes de que el médico pudiera decir nada, le acarició justo ahí a su vez. Ante eso John jadeó por la sorpresa. Sonrió al oírle. Nunca le había oído emitir ese tipo de sonidos y la reacción que le había provocado era aumentar su propia excitación. Oh, si además de recibir placer cuando él mismo era estimulado, también lo iba a recibir cuando oyera a John hacer esos ruidos, se aseguraría de aprender todo cuanto hiciera falta y hacerlo todo mejor que bien. Aquello se ponía cada vez más interesante y le gustaba cada vez más. Continuó palpando con cuidado y John se mordió los labios para controlarse.
−Vamos a mi cuarto, estaremos más cómodos −le dijo antes de retomar el beso.
No sabía cómo habían logrado llegar hasta la habitación de John, ya que no se habían separado un ápice en el camino, pero de repente estaba en su cama y debajo de él. Los dedos de John lo habían desnudado poco a poco, torturándole con la lentitud con que retiraban cada prenda, y ahora trazaban incesantes caminos sobre su piel. El contacto con John ahora sin ropa era mejor aún si cabe. Sus manos estaban haciendo que fuera consciente de partes de su cuerpo en las que a duras penas había reparado hasta entonces. Esta vez era John el que experimentaba con él, y tenía que admitir que ser el sujeto de estudio estaba siendo muy gratificante. Ciertamente, no debería haber menospreciado el mecanismo que había desarrollado la naturaleza para garantizar la reproducción (aunque el ser humano lo utilizara también con fines recreativos). Estaba descubriendo que la respuesta sexual era una herramienta altamente sofisticada y eficiente, no burda y mecánica como había pensado. Cada caricia era mejor que la anterior. Cuando pensaba que no podía serlo, John se las arreglaba para que así fuera y ponía el listón un poco más alto. Ya no era capaz de comprender en qué momento pudo pensar que esto era aburrido. Aún mejor era saber que todas sus sensaciones eran recíprocas y que podía conseguir el mismo efecto en John si repetía sus patrones sobre él.
Así que intentaba repetir lo que le hacía, sobre todo cuando algo le gustaba especialmente, porque ahora que sabía de primera mano el placer que le iba a provocar a John determinada acción, le producía una embriagadora sensación de poder saber que era él el responsable de que lo experimentara. Pero cuando John decidió que tocar no era suficiente y que era preferible lamer, por más esfuerzos que hizo no fue capaz más que de permanecer tumbado y dejarse hacer. Luego se lo devolvería, pero esto era tan perfecto que quería disfrutarlo plenamente y John parecía encantado de que estuviera tan entregado. Claro, en qué ocasión iba a tenerle así, calladito (aunque no silencioso), sin protestar y dejándole llevar la voz cantante.
John recorrió todo su cuerpo, saboreándolo sin dejar un rincón. Cuando llegó a las inmediaciones de su miembro, contuvo el aliento, casi temblando de anticipación, pero esta vez no le hizo esperar mucho. Tomó su polla, se aseguró de que le estaba mirando (y por supuesto que lo estaba haciendo, y tuvo que tragar saliva cuando vio su mirada y sintió su aliento) y comenzó a deslizar su lengua, húmeda y caliente, por su glande. Se contuvo con dificultad para no dar un respingo. John continuó probando cada centímetro de su extensión y aquello se sentía tan bien que parecía mentira que fuera real.
Por supuesto, no era como si nunca se hubiera masturbado anteriormente o nunca se hubiera corrido. Lo había hecho, porque al fin y al cabo su cuerpo seguía teniendo necesidades, igual que comer y dormir, pero siempre lo había visto como una obligación fastidiosa. En cambio, con John todo adquiría una nueva dimensión. Y pronto descubrió que, si su participación mejoraba varios grados la etapa de excitación, aún lo hacía más en el caso de las fases de meseta y resolución. Cuando sintió la boca de John rodeándole por completo, ejerciendo una cálida fricción fluida a ritmo constante, notó que no tardaría mucho en terminar. No creía que fuera fisiológicamente posible no alcanzar el clímax con esa combinación de estímulos mecánicos, térmicos y reológicos, y la motivación que suponía ver a John haciendo eso por él. Porque John era consciente de lo que estaba haciendo y esto era parte de lo que sentía hacia él y ahora empezaba a entender que él también estaba dispuesto a dárselo. Acarició su cabello, gimiendo su nombre, hasta que terminó en su boca.
John le había regalado sin duda el mejor orgasmo de su vida hasta ahora, y él solo quería corresponderle. Había descubierto una actividad en la que ser generoso podía ser igual de satisfactorio que ser egoísta y no iba a desaprovecharla. No todo iba a ser tan fácil a la hora de ser una pareja, pero ver que esta faceta iba a funcionar era un buen punto de partida.
Por fin hemos llegado al final del fic :) Ante todo, siento haber sido tan lenta actualizando y siento que el lemon no sea muy allá, no se me dan bien, pero espero que al menos os haya resultado curioso. Me hacía gracia ver a Sherlock analizando incluso un momento como ese, pero si os parece que no pega me lo podéis decir, me gustaría saber vuestras opiniones.
Muchísimas gracias a todas por leerlo, por vuestros reviews, que me hacen muy feliz, y por seguirlo o ponerlo en favoritos, que también me hace mucha ilusión.
Todavía no lo pongo como completo porque al final voy a añadir un epílogo, así que hasta pronto!
