Disclaimer: El universo de Harry Potter pertenece a J. K. Rowling y a la Warner (Bros). La trama es mía, en cambio, no robes. No publiques en ningún sitio sin mi permiso expreso. No escribo con ánimo de lucro.

Notas: Esto está escrito para el amigo invisible que organizó adharaphoenix en lj. Pasaros, es realmente divertido. Este fue un pedido de Booh.

¿OCTOPUS'S GARDEN II?

-Es curioso, al final hemos acabado en un jardín -dice Minerva, mientras se arrebuja en su rebeca-. De lo más curioso -repite, mientras da un par de pasos, de pasitos tranquilos-, aunque juraría que no es la primera vez que me ocurre, eso de aparecer en uno sin previo aviso. Estoy realmente sorprendida, Pomona.

-Anda, no me seas gruñona. Sabes que en el fondo lo disfrutas -sonríe, medio gamberra.

-Sabes, sabes, que eso que acabas de decir no es cierto. Para nada.

-Ya, pero bien que has venido (y por tu propio pie), así que no te me quejes tanto.

Y es en momentos como estos en los que ella se encuentra con que no tiene ni idea de qué decir, porque Pomona tiene razón. No quiere estar allí, en realidad, pero la acompaña porque quiere, por que le apetece, a la vez. Es muy curioso, realmente curioso, que haya acabado compartiendo la vejez y las vacaciones -y la vida entera ya que estamos, días laborables y festivos- con una amante de las plantas, cuando a ella nunca le han gustado especialmente. Es más, no le gustan nada; demasiado verdes, demasiado húmedas y demasiado salvajes. Y la tierra, esa tierra que se mete en el hueco entre las uñas y la carne, y que hace que parezca, precisamente, que hayas estado escarbando en ella y luego no te hayas limpiado. Con la diferencia de que, por mucho que frotes, la tierra no se va. Es una lección que Minerva aprendió la primera vez que Pomona necesitó ayuda en el invernadero tres, y no se le ha olvidado nunca. Tampoco podría aunque quisiera, entre las mandrágoras y como le quedó la cama después, pues se pusieron en ella directamente, sin ducharse ni nada de lo cansadas que estaban, es un recuerdo memorable el que guarda de aquella tarde.

-Este sitio es impresionante -Pomona se ha alejado de ella y ahora tiene la nariz casi enterrada en una maceta de flores azules. Minerva, en cambio, prefiere apreciar la naturaleza desde un poco más lejos-. Ven aquí un momento, Minnie, míralo -parece que sus deseos no podrán ser cumplidos. Se acerca.

-¿Pomona, tendré que llamarte Pommie para que te olvides de este Minnie?

-No es necesario, querida -le respone, displicente-, y ahora ven. Esto es fantástico.

-Estupendo -responde ella lacónicamente, y se acerca con más pesar que ganas a la maceta.

-¿Has visto los pétalos, qué sedosos? ¿Y el tallo? Es el tallo más robusto que he visto en una flor desde hace muchos años -le explica, admirada.

-Impresionante -asiente ella-. Antes he visto una tetería por aquí al lado, creo que iré allí a esperar a que acabes con esto -le aprieta la mano suavemente, otra vez llena de tierra, y procura escabullirse lo más rápidamente posible antes de que Pomona monte toda una estrategia para detenerla.

-Pero-

En cuanto Minerva cierra la puerta con más rapidez que presteza, Pomona sonríe, menea la cabeza y vuelve a mirarse la planta.

-Sólo estamos tu y yo, ahora que Minerva nos ha traicionado -suspira-. Desertora.

Y vuelve a enterrar la nariz en las macetas y parterres, a acariciar pétalos y tallos, a medir el diámetro de una hoja con la varita. A dar rienda suelta a su fascinación.

Y Minerva, mientras tanto, no puede hacer nada más que alegrarse de estar en tierra civilizada y poder pedir un té negro con sólo un poco de limón sin que nadie la mire raro, con la ceja enarcada y una mueca en los labios. La última vez que Pomona la llevó a algún sitio fueron a España, y durante los días en que ella se encerraba en esos invernaderos. muggles y enormes, entre tomates y demás hortalizas, Minerva tuvo que descubrir que el té era sólo una afición suya, allí, y que los huevos con chorizo eran un desayuno de lo más consistente.

Cuando Pomona acaba con la flor azul, llega y la besa en los labios espontáneamente, sin avisar, con una sonrisa enorme y el sombrero torcido y lleno de tierra. Luego se sienta a su lado y pide, a voces bastante altas, un café bien cargado.

Cuando Minerva mira a su alrededor después del beso, es perfectamente consciente de que incluso allí, en su tierra, siempre van amirarla raro mientras vaya con Pomona -por lo menos mientras esta siga besándola en público y regañando amistosamente al camarero por olvidarse del azucar.

¿Y sinceramente? No le importa en lo más mínimo, decide mientras el hombre se sienta con ellas, aún algo impresionado por la llegada de la siempre respetable Profesora Sprout, como le gusta llamarse a ella misma.

Ya es lo suficientemente mayor como para empezar a preocuparse ahora por lo que piense la gente.