Equinoccio
Los personajes de Crepúsculo le pertenecen a Stephenie Meyer.
Capítulo VIII
Didyme
—Jake… —escuché la voz de Nessie en el segundo piso y yo negué con la cabeza. Mi mejor amigo aún se encontraba un poco molesto por haber logrado que mi hija llamara la atención de todos los chicos de la escuela.
—¿Cómo van? —le pregunté a Edward, quien estaba buscando unas cosas en la computadora de la sala.
—Jacob no está enojado, si es lo que preguntas —me respondió sin despegar la mirada de la pantalla.
—¿Y tú?
—Bella mía —susurró mientras daba media vuelta en la silla giratoria—, yo jamás me enfadaría contigo.
—¿Entonces por qué estás tan indiferente conmigo? —pregunté haciendo un puchero y cruzando los brazos, en el piso de arriba Jake acababa de caer en brazos de Nessie quien reía emocionada por haberle ganado.
Toda la mañana habíamos sido un centro de atención parecido al primer día, claro que lo único que buscaba era molestar a Jake arreglando un poco más a Nessie. Él se sentía aún incómodo y hasta preocupado porque ella conociera a alguien más y lo olvidara, porque el imprimado era él y ella era muy joven para decidir nada.
En realidad lo único que buscaba era que lograra vislumbrar que a pesar de estar rodeada de chicos y con muchas propuestas al único al que veía era a él.
—Lo siento —murmuró jalando mi cuerpo sobre él, caí con gracia sobre sus piernas—. No es contigo, aunque eres una pequeña diablita al unirte al juego. Es con todos esos chicos, ¿tienes alguna idea de las cosas que pensaban? Es peor que en cualquier otro lugar donde había estado. Y fue por partida doble.
—Juro jamás volver a hacer algo parecido —prometí acariciando su cabello entre mis dedos. No era que una promesa así fuera un para siempre y por siempre, pero tranquilizaba a mi esposo en ese momento.
—Aún así fue divertido ver a Jake casi explotando.
—¿Consideras que sigue enojado conmigo?
Edward sonrió mientras negaba con la cabeza y besó mi cuello. Sentí sus manos acariciar mi espalda. Entonces en menos de un segundo habíamos cambiado de posición y me encontraba debajo de él, sobre el sillón.
—No, no lo está —gruñó—. En realidad estaba sorprendido y admirando bastante o más que los otros hombres a nuestra hija.
—Entonces no tengo por qué preocuparme —susurré mientras besaba su cuello y aspiraba su aroma.
—No —murmuró antes de besarme, y como cada beso que obtenía de él me llevaba a otro mundo.
&.
Abrí los ojos y no vi nada, me sentía ciega… pero entonces comprendí dónde me encontraba. No recordaba haber entrado en mis sueños pero algo me decía que tenía que continuar.
Di dos pasos al frente antes de sentir cómo caía por un pozo que me recordó bastante a la sensación que tuve en Volterra, donde vivían los Vulturis. Alcancé a doblar las rodillas un poco y entonces caí por fin.
Mis sentidos se encontraban alerta, pero seguía sin distinguir nada. No olía, no veía, no sentía. Por un instante me pregunté si así era el estar muerto.
—Alice.
El sonido de esa voz atrajo mi atención, di media vuelta con rapidez buscando al causante pero el eco que provocó en aquel extraño lugar me indicaba que venía de todas partes.
Como si estuviera rodeada.
En un abrir y cerrar de ojos el lugar había cambiado, y resultaba muy familiar, demasiado. Era aquel lugar bajo la tierra a donde había ido cuando aún era humana. Pude ver con toda claridad las sillas donde se habían sentado la última vez, la decoración que me seguía pareciendo extraña y… en un segundo ellos estaban ahí.
Di un paso hacia atrás, acercándome a la pared más cercana. Mordí mi labio inferior por el temor de qué pasaría cuando notaran mi presencia, pero no sucedió. Era como si no pudieran verme. Yo era invisible a sus ojos.
Tomé aire nuevamente al notarlo pero no me tranquilicé, algo pasaba ahí. La mirada de Cayo era peor que cualquier otra que le hubiera visto y eso era decir bastante.
—¿Le vas a aceptar que haga lo que sea, Aro? —preguntó Cayo, quien tomó asiento en su silla, a la derecha de Aro.
—¿Y cómo vas a impedírselo, querido amigo?
—Sabes tan bien como yo que él no puede irse —murmuró con rabia—; sabe demasiado de nuestros secretos como para dejarlo ir así. Debiste hacerme caso la última vez, debiste aceptar su muerte.
—Cayo, mi amigo, Marco es imposible de asustar con la muerte —dijo con un leve suspiro—. Porque él ya sobrepasó eso antes.
—¿Didyme? —mencionó con incredulidad y asco—. ¿Aún?
—Aún y para siempre —suspiró—. Marco jamás la olvidará, Cayo.
Las puertas se abrieron con estruendo y yo fui devuelta a mi presente con la misma rapidez.
Aspiré aire y abrí los ojos sintiéndome débil, frágil. Temerosa.
Escuché la carcajada de Emmett en la habitación de al lado y me encontré en mi habitación, recostada en la cama. Por la puerta de la habitación entró Edward con una sonrisa que se congeló al verme.
—¿Bella? —cuestionó preocupado.
—Estoy bien —respondí al cabo de unos segundos. Estaba bien, no había sucedido nada, aunque ahora sí recordaba haber ido a mi habitación huyendo de Emmett y sus bromas.
—¿Qué sucedió? —Se acercó a mí y tomó mis manos entre las suyas.
—Soñé… con los Vulturis —dije con aprensión—. Pensé que era un recuerdo al principio pero fue otra cosa —callé unos segundos, aspirando lentamente para tranquilizarme y abrir mi mente—. No puedo explicarlo.
Vi cómo su mirada se desenfocaba y yo me encargué de mostrar claramente qué era lo que había visto.
—¿Didyme? —preguntó igual de confundido que yo.
—¿La conoces? —cuestioné de vuelta. Existían muchas cosas sobre los Vulturis que aún ignoraba.
—No, no… —murmuró tan bajo que si no fuera vampiro no lo habría escuchado. Sonreí levemente al recordar aquella vez en que Jake y yo platicamos de cuántas cosas me había perdido de Edward cuando aún era humana.
—En este momento es a mí a quien le gustaría leer mentes —dije sonriendo—; la tuya principalmente.
—Debemos ir con Carlisle.
Dirigió su hermosa mirada a mí y sonrió fugazmente, luego tomó mi mano y fui jalada por la ventana; al principio aún me daba un ataque de pánico que le divertía bastante cuando hacía algo parecido, con el temor a lastimarme aún demasiado reciente. Ahora ya no.
—Edward —gritó Alice desde la cocina, acercándose a nosotros—. Si le hablas tendrás el mismo resultado que ir corriendo a su encuentro. Está en casa con Esme, no en el hospital.
Edward detuvo nuestro avance y sacó el celular de un bolsillo de su pantalón, marcando el número grabado en la memoria. Alice ya nos había alcanzado cuando escuché el murmullo de la plática recién comenzada.
—¿No viste nada, Alice? —pregunté viendo su rostro, tenía un tierno mohín.
—No, sigo sin ver nada —dijo fastidiada—. No sé qué método están usando pero no logro verlo.
—Tengo la impresión —comencé— que lo que yo veo son cosas que ya pasaron, no cosas que suceden. Además no son decisiones precisamente.
—¿Qué viste? —preguntó.
—Carlisle dice que no conoce a Didyme —interrumpió Edward—, pero que existió una mujer importante para Marco.
—¿Será ella? —cuestioné ante la mirada de Alice, quien se veía molesta por no enterarse de nada—. En mi visión Aro y Cayo hablaban de una tal Didyme, alguien importante para Marco. Cayo no se veía feliz de la decisión que había tomado, sea cual fuera.
—¿Crees que Aro habrá hecho algo? —preguntó Alice de pronto.
—¿Cómo qué?
—Aro es capaz de todo, Alice —me interrumpió Edward—. Si Didyme era importante para Marco pero le impedía lograr lo que quería, podía desaparecerla del mapa.
Mordí mi labio inferior para guardar todos los improperios que querían salir de ellos, realmente no entendía cómo es que era más importante el poder que todo lo demás.
—Carlisle ha dicho que deberíamos de ir con Eleazar, que ya es hora de hacerlo. Él estuvo con los Vulturis algún tiempo antes de que él llegara a Volterra.
—Entonces tendremos que ir con los Denali —murmuré pensando en el examen que tendríamos al día siguiente de matemáticas.
—No, ellos vendrán —dijo Alice—. Si les avisamos estarán aquí, además Carlisle y Esme vendrán en camino también.
—Esperemos entonces…
&.
Gemí antes de que sus labios callaran todo sonido. Nos habíamos alejado de la casa lo suficiente pero no queríamos llamar la atención de ninguna forma.
Cuando Edward se encontraba sobrepasado por lo que sucedía era que solía arrastrarme con él y terminábamos haciendo el amor. Yo, por supuesto, no ponía ni una pequeña queja.
Mis manos viajaron por su espalda, acariciando sus varoniles hombros, no dejando algún pequeño espacio sin tocar. Las suyas acariciaban mi vientre, retirando la blusa del lugar donde debería de estar. Agradecía llevar aquel pantalón de mezclilla porque de haber usado alguno de las ropas que Alice me obligaba a vestir cuando estaba cerca no tenía idea de cómo iba a entrar a la casa nuevamente.
Protesté cuando sus labios se separaron de los míos pero en el instante en que comenzó a lamer mi cuello tomé sus cabellos con algo parecido a la adoración, deseaba mantenerlo ahí eternamente.
—Edward… —suspiré.
Su boca siguió bajando por mi torso ya desnudo mientras sus manos acariciaron mis piernas. No había notado el momento en que habíamos caído al suelo pero qué más daba. Tampoco sentí cuando retiró el resto de mi ropa, pero sí supe el momento exacto en que él quedó completamente desnudo a mi vista porque sostuve la respiración por un instante.
Aún ahora no podía creer que ese ser tan perfecto me pertenecía.
Seguimos besándonos y siendo uno esa noche, una que podría ser una de tantas y siempre era única y especial.
¡Siento mucho la tardanza!
¿Qué decir? La universidad, la falta de tiempo y hasta de inspiración. El no tener el tiempo y el stress me quitan las ganas de escribir, y no puedo mentirles en que también mi beta andaba algo indispuesta y tuve que perseguirla a la pobre un tiempo u_u
El siguiente capítulo espérenlo a final de mes, a partir de ahí prometo y juro ser más puntual en mis actualizaciones.
Dedicado a Janelle, porque es una excelente escritora y me volvió loca con el Carlisle&Edward xD!
¡Dejen un review! Es bueno para su salud y la mía :D
