Wow me alegra saber que os ha gustado el capítulo anterior tanto como a mí.

Qué pena me da esto...estamos a uno para el final...se ha pasado muy rápido...

Espero que no os acabe decepcionando la historia, sino todo lo contrario.

A ver qué os parece este...

Gracias por seguir y comentar.


Capítulo 9. Todo lo que alguna vez quise

No sabía por qué se esforzaba en creerla. No sabía en qué mundo vivía esa mujer. Debía de haberse vuelto loca por la conmoción. Emma no estaba estable. Estaba viva, sí, pero ardía en fiebre y deliraba. No paraba de mencionar su nombre, eso era cierto. Todo su nerviosismo se desvaneció cuando la vio y el malestar volvió a su cuerpo en forma de miedo. Miedo a perderla, miedo a tenerla de vuelta.

- Su estado es crítico...pero sobrevivirá.

Esa voz la sobresaltó. No la conocía. Se secó las lágrimas y se giró para ver quién le estaba hablando. Era un hombre joven, negro y alto. Vestía una amplia túnica color púrpura. Cruzó sus manos por delante de sus caderas y le sonrío.

- ¿Quién eres?

- Soy Merlín.

- Oh...- entreabrió un poco la boca y se levantó de inmediato.

- La herida fue grave y perdió mucha sangre...pero es fuerte. – dijo mirando a través de ella a Emma que se movía entre delirios.

- Yo no la veo muy bien. – Ella se giró nerviosa y el hombre se puso a su altura. Ambos observando a la princesa.

- Se recuperará. – Y lo dijo con tanta seguridad que ella quiso creerlo. – Y podrá ver crecer a su hijo.

Regina volteó atónita por lo que acababa de escuchar. ¿Acaso él conocía su secreto? ¿Cómo podía ser eso?

- No tienes por qué preocuparte, tu pequeño secreto está a salvo conmigo.

La reina tragó saliva y se volvió de nuevo hacia Emma.

- No hay error que no pueda repararse, Regina. – Continúo el mago y ella lo miró por el rabillo del ojo – Pero todo el daño ha de remediarse...y el precio a pagar es la verdad.

- No necesito que me des consejos acerca de mi vida. No estoy preocupada por mi pasado.

- Pero lo estás por tu futuro. – Regina volvió a mirarlo. Su mirada era oscura. Aunque sabía que tenía razón. Hubo un incómodo silencio y después el hombre continúo ignorando su ceño fruncido. – Hacer lo correcto puede traer sorpresas inesperadas a una vida de sombras.

- ¿Y qué es lo correcto según tú? – Preguntó con hastío.

Él se encogió de hombros y su mirada se oscureció.

- Uno nunca sabe. Voy a contarte algo, Regina. Hace mucho tiempo...mucho, mucho tiempo, cuando aún era joven y ambicioso – lo miró de arriba abajo. Por su aspecto no diría que tuviera más años que ella – cometí un error. Un error terrible que cambió irreversiblemente el futuro. Fui egoísta, no pensé en las consecuencias de mis actos...- suspiró- ...y por eso tú y yo estamos aquí, ahora.

La reina hizo una mueca con su cara y arrugó su frente asintiendo, dejando salir el aire y volviendo a mirar a Emma.

- No puedo prometerte que todo saldrá bien, pero te aseguro que todos tenemos exactamente lo que nos merecemos.

- No estoy segura de que eso sea así. – Por supuesto, lo decía por la mujer que se movía en el camastro que había delante de ellos.

- Como ya te he dicho, no hay error que no pueda repararse.

Ambos cruzaron la mirada por unos instantes y antes de retirarse, Merlín la tocó en uno de sus hombros. Ella lo agradeció en silencio. Se agachó junto a Emma y tomó una de sus manos. La acarició con el dorso de sus dedos. Ahora sabía lo que debía hacer.


- Deberías descansar.

Se giró confusa. Se había quedado dormida sin darse cuenta.

- Estoy bien. – Se recompuso en seguida. Se irguió y comenzó a colocar su ropa.

- Regina – la interrumpió el rey cogiéndola por los hombros – deberías descansar. – le dijo muy serio.

Ella se perdió en su mirada. Sus ojos eran iguales que los de Emma, o mejor dicho, los de Emma eran iguales a los suyos. Unos ojos que ya no podía ver. Sin pensarlo, solo dejándose llevar por la emoción que amenazaba con desbordarse en su interior se abrazó a él permitiendo salir lo que sentía. Sus lágrimas eran silenciosas pero húmedas. El rey estaba sorprendido. Aun así correspondió a su abrazo. Intentó reconfortarla.

- Debemos confiar.

- ¿Cómo podéis pensar así? – Le dijo apartándose de él. Lo justo para mirarlo buscando algo que le enseñara, que le mostrara el camino para poder ser igual de optimista que ellos. - ¿Cómo podéis decir eso? Es vuestra hija...

El rey sonrío amargamente.

- La creencia. – Le susurró. – Creemos en ello y mientras eso pase, la esperanza no se perderá.

La reina soltó un suspiro cargado de ironía. Eso debía haber sido lo que les había mantenido unidos cuando ella intentaba por todos los medios separarlos.

- Ojalá pudiera pensar como vosotros.

- Debes tener fe, Regina. – Volvió a cogerla con los ojos. No entendía por qué el rey se comportaba de esa forma con ella. Pero se lo agradecía. No tenía a nadie más.

- ¿Por qué te comportas así conmigo? Después de todo yo...

- Tú ya no eres más la reina malvada. – Frunció el ceño porque sus palabras realmente le sorprendieron.

- Pero...- por más que intentaba buscar una explicación no lograba entender el por qué.

- Sé lo que estás pensando. Pero Emma creía en ti y si ella lo hacía yo también puedo hacerlo, Regina.

- Blancanieves no opina lo mismo. – Bromeó, al cabo de unos instantes. El rey le sonrió, cómplice.

- Debemos tener fe en que lograremos hacerla cambiar de opinión.


Charming tenía razón. Necesitaba descansar. No sabía cuánto tiempo había estado allí, de rodillas, al lado de Emma, pero sí sabía que debía mantenerse fuerte para poder estar con ella. Y eso implicaba descansar lo suficiente como para no quedarse dormida sobre su cuerpo. Aun así, hubiera preferido que instalasen una cama al lado de la de la rubia. No le gustaba tener que descansar a tres tiendas de distancia.

Habían pasado dos días desde que Merlín se había marchado. Dos días en los que Emma no había dejado de delirar. Dos días en los que no había habido mejoría. Dos días en los que había podido reflexionar sobre algunas cosas y recapacitar sobre otras muchas. Había perdido la cuenta de las veces que había escuchado su nombre en la boca de Emma. En sus sueños. Era irónico, pensó, hubo un tiempo en el que habría pagado cualquier precio por quitarle la vida. Ahora pagaría lo mismo o más por hacer que no la perdiera.

- Regina...no quería despertarte. – Le dijo Blanca nada más entrar en la tienda que compartían.

Le quitó importancia a la intromisión con un gesto.

- ¿Alguna mejoría?

La reina más joven suspiró y se paró un momento, distraída de lo que sea que fuera a hacer.

- No, pero estoy segura de que la fiebre pasará pronto. – Le dijo con pesar y se volteó para marcharse.

- Blanca. – La detuvo. Se levantó cuando ella la miró y se acercó un poco. – Me gustaría que hablásemos.

Hubo un silencio momentáneo. Ninguna de las dos sabía muy bien como comenzar aquella conversación pero ambas sabían que era necesaria. Blancanieves asintió con la mirada y volvió a su lado.

- No tenemos por qué hablar ahora. – Le dijo mientras se sentaba a su lado.

- Sí debemos...yo...es importante. – La reina más joven volvió a asentir. – Sé que...

- Regina – la interrumpió sonoramente, pero en aquella ocasión casi lo agradeció – nuestra historia no ha sido fácil, pero si algo he aprendido es que las cosas no son simplemente buenas o malas...tampoco las personas...y...no lo digo porque sí, créeme, ver a mi hija así...al borde de la muerte...- giró la cabeza contrariada. Sus palabras parecían sinceras. - ...nosotros también le fallamos, y quiero creer que merecemos una segunda oportunidad...todos la merecemos...

Los ojos de Regina brillaban y esbozó una pequeña sonrisa amarga. Blancanieves le correspondió.

- ¿Sabes? Yo...nunca entendí por qué tu hija se comportaba así conmigo. Ella siempre...ha visto lo mejor de mí...nunca le importó que fuera la reina malvada...para ella solo era...qué sé yo, Regina...y lo era de una forma tan natural que me embriagaba. No solo está en ella...mucha parte de eso se debe a vosotros...a vuestra educación.

La reina más joven suspiró. Ella admiraba a Emma, por toda la capacidad que tenía. Puede que ella se obligase a solo ver las cosas buenas en la gente...pero Emma...ella lo veía realmente.

- Es extraño. – murmuró.

- ¿Qué es extraño?

- Tú y mi hija. – esbozó una sonrisa pensativa. – Ella hablaba de ti a menudo ¿sabes? Y yo estaba tan cegada que no me di cuenta...- a Regina se le hizo un nudo en la garganta y abrió bien los ojos. - ...de lo que había entre vosotras.

- ¿Qué quieres decir?

- No soy tonta Regina sé lo que veo en tus ojos. – le dijo con decisión. – Sé lo que vi en ellos cuando Charming nos dio la noticia de que la habían herido...te he visto todos estos días...- reflexionó – apenas te has separado de ella...es...es extraño...pero está bien. No puedo decirte que me alegre demasiado...tengo que serte sincera...pero lo respeto. – Una lágrima escapó de los ojos de Regina. Su mirada mostraba sorpresa, pero a la vez era tierna y se mostraba agradecida.

Demasiadas emociones en tan poco tiempo y demasiado poco tiempo para procesarlas. Así se sentía, en medio de una tormenta extraña. No era capaz de asimilar. Aquello no era a lo que estaba acostumbrada. Se sentía extraña. Aun así, se sentía bien. Sentía que era lo correcto. Sentía que era lo que debía hacer. Ahora simplemente era Regina y sin importar la forma en la que había llegado a aquella versión venida a menos de la reina malvada sabía que aquello era todo lo que había querido ser durante toda su vida. No la reina Regina, no la reina malvada...solo Regina.

- Es extraño también para mí. Créeme cuando te digo que es el mayor sinsentido del que he formado parte en toda mi vida. Y sé de lo que hablo, he pasado por muchos. – No tenía caso negar lo evidente. Ambas rieron. – Pero tengo miedo. – Se sinceró. Y su voz tomó un cariz serio.

- Emma te ama, Regina, estoy segura de eso. Incluso entre delirios, no ha parado de repetir tu nombre. – la reina sonrió, a su pesar.

- Lo sé. Y eso es lo que me asusta...yo...yo...- era difícil pero sentía que había llegado el momento. - ...le hice daño tiempo atrás. – Blancanieves frunció el ceño. – Y ella...ella parece haberlo olvidado pero...hay algo más, no sabe toda la verdad. La engañé y...ahora...- la angustia se apoderó de su pecho. Era horrible. Se sentía tremendamente mal. Incluso le faltaba el aire.

- ¿De qué hablas Regina? – La reina la miró a los ojos antes de continuar.

- Es Henry. Henry es hijo de Emma.

Blancanieves abrió bien los ojos en señal de sorpresa y su boca tuvo que trabajar para aspirar el aire más deprisa de lo que lo estaba haciendo.

¿Henry es hijo de Emma? - ¿Qué significaba aquello? La reina cerró los ojos y asintió. – Pero... ¿cómo puede ser eso posible? – No entendía.

Hace años acudí a Rumpelstlstinkin con un deseo en mente. Un hijo. Me sentía vacía y necesitaba conseguir algo que me llenase de alguna forma. Estaba desesperada y algo me dijo que un niño podría ayudarme a sobrevivir. Yo no podía tener hijos había tomado una poción tiempo atrás para hacerle ver a mi madre que sus deseos de perpetuarse en el trono jamás se cumplirían...pero Rumpelstlstinkin me dijo que existía alguien que podría romper eso, alguien que albergaba la magia más pura de todas, alguien fruto del amor verdadero... – Blanca se dio cuenta de quién hablaba enseguida.

Emma...- susurró. La reina asintió.

- Así es...yo...la busqué y...conocerla me...Emma era diferente, diferente a todo lo que había conocido...aun así la engañe...y cuando había conseguido lo que quería de ella desaparecí. – Blancanieves cerró los ojos en señal de dolor. Ahora lo entendía todo. - Jamás le dije que Henry era su hijo, le oculté su existencia y le oculté que era su hijo...ella...ella no querrá verme...- dijo entre lágrimas. Y la reina más joven la abrazó por inercia. Intentó reconfortarla. Intentó reconfortarse. – Yo...no he sabido...- sollozaba y eso le impedía hablar. Las lágrimas también caían por el rostro de Blanca.

- No hemos sabido hacer las cosas bien, Regina. Ninguna. Pero ahora tenemos otra oportunidad.

Y esas palabras volvieron a sorprenderla. Esperaba reproches, esperaba gritos...esperaba...qué sabía ella, algo más. Pero no lo hubo. No hubo nada de eso. Solo hubo un abrazo necesitado y un perdón implícito por todo lo que había pasado. Ninguna dijo nada más.

Tampoco hubo tiempo. En ese momento Lancelot las interrumpió. Lucía una sonrisa y estaba acelerado.

- Ha despertado.

Fue todo lo que dijo y todo lo que ellas consiguieron hacer fue mirarlo.


Regina esperaba fuera de la tienda. No había querido entrar. Estaba paralizada. La cortina se abrió y Blancanieves y Charming salieron del interior. Sus rostros estaban calmados, como si se hubieran quitado un gran peso de encima. Emma estaba despierta. Estaba viva, estable y despierta.

- Quiere verte. – Le dijo la reina más joven arropada por su marido. Estaba paralizada. – Regina. – se acercó a ella y cogió una de sus manos – todo va a estar bien. Por favor, quiere verte.

Ella asintió. Tragó saliva y comenzó a andar. Su corazón latía con fuerza. Apartó la cortina y sus ojos se encontraron.

Ella estaba allí. Despierta y con un intento de sonrisa que alivió su corazón nada más verla.

- Emma...- se arrodilló delante de ella aunque no la tocó. - ¿Cómo te sientes?

- Mejor...ahora que consigo ver esa sonrisa.

Regina se ruborizó. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba sonriendo.

Y era la sonrisa más hermosa que Emma había visto nunca. Le calentó el corazón. Por fin se la regalaba a ella. Solo la había visto sonreírle así a su hijo, aquel día, en la laguna. Henry...su hijo...Henry...Henry...Henry...su hijo...su hijo...Henry. De repente recordó. Frunció el ceño y la miró. No sabía si lo había soñado. Era demasiado como para ser real. Ella había deseado ser la madre de Henry, junto con Regina. Había deseado que ambas fueran madres de aquel niño. El niño de Regina.

- Eso no es cierto, no necesitas hacerte la fuerte delante de mí. – Usó un medio tono de burla.

La princesa sonrío un poquito e hizo una mueca de dolor.

- Puede que me duela todo el cuerpo...- Regina volvió a sonreír.

- Te irás recuperando.

Dijo con esperanza en la mirada mientras hacía un amago de coger su mano. Pero cuando se dio cuenta de lo que hacía se retiró. Emma también se dio cuenta de aquel pequeño gesto. Alargó una de sus manos, que aún le resultaban pesadas, hasta la de la reina. Había echado tanto de menos su contacto. Ambas se quedaron mirando sus manos unidas durante unos segundos.

- Regina...

- ¿Sí?

- He tenido un sueño muy extraño...- y el corazón de la reina se encogió. Se removió y apretó un poco su mano. Inconscientemente la animó a continuar. - ...tú...bueno Henry, tu hijo...soñé que era hijo mío...

La morena asintió en silencio. Cogió aire y la volvió a soltar pesadamente. Separó sus manos y la miró a los ojos.

- Eso no fue un sueño, Emma. – Su seriedad era máxima.

- ¿Cómo?

- Yo...te lo dije justo antes de que te desmallaras. Henry es tu hijo...Lo siento, Emma.

Ambas se sostuvieron la mirada durante instantes. No podía adivinar qué era lo que veía en los ojos de Emma. Necesitaba que dijera algo.

- Sal de aquí. – le dijo finalmente la princesa apartando la mirada de ella. Sus ojos se llenaron de nuevo de lágrimas encerradas.

- Emma yo...

- ¡No!- imperó - ¡Sal de aquí!

Regina salió al exterior y cogió aire. El frío golpeó su rostro y consiguió traer sus sentidos de vuelta a la realidad. No quería estar más allí. Con pesadez elevó sus manos y desapareció en una nube morada.


Tuvo que reconocer que ver a su hijo le había hecho sentir mucho más culpable de lo que ya se sentía. Pero tenerlo entre sus brazos y disfrutar su alegría siempre era como un bálsamo para ella. Conseguía aliviar su dolor por momentos. Aún estaban en el palacio de Blancanieves y de inmediato comenzó a disponer las cosas de Henry para marcharse al suyo propio pero una diligencia urgente de la reina más joven hizo que cambiara de idea a regañadientes. Nada más enterarse de su desaparición había mandado buscarla. Le pedía que se quedara en el palacio hasta que ellos volvieran con Emma. Con suerte en unos días estaría lista para soportar el camino. El parecer la princesa estaba muy alterada, pero su madre no perdía la esperanza de que las cosas pudieran solucionarse de alguna manera. Henry era su nieto, y no quería que creciera separado de ninguna de sus dos madres. De ninguna. Así que todo su afán era conseguir arreglar las cosas lo mejor posible.

En realidad, no le desagradaba en absoluto aquel palacio. La gente era agradable y aunque muchos la trataran con recelo, algunos habían comenzado a tratarla con cariño. Todos parecían haberse enamorado de su pequeño, ¿y quién no lo haría? El niño disfrutaba compartiendo con más personas de las que jamás hubiera pensado que podrían existir en su mundo y eso le gustaba. Le gustaba que Henry fuera tratado solo como Henry y no como el hijo de la reina malvada, a lo que tanto miedo había tenido siempre.

Una semana después llegaron diligencias desde Camelot. Emma se había recuperado sorprendentemente bien y ya estaba lista para soportar el viaje. Saber aquello la alegró, aunque también la alertó. Ciertamente había estado concienciándose de lo que pasaría. Para eso se había quedado allí por petición expresa de Blancanieves. Para intentar hablar con Emma. A pesar de esa certeza, no pudo evitar que su corazón se encogiera de nuevo. Lo que había proyectado en su mente como un momento lejano en el futuro, estaba por pasar en pocos días.

Tenía miedo, miedo a muchas cosas. Miedo a que Emma no quisiera saber nada de ella o de su hijo. Miedo a que se lo quitara, aunque tenía que reconocer que tenía la esperanza de que Blancanieves interviniera en ese asunto y, en parte, por eso estaba allí. Miedo a la reacción que pudiera tener Henry con ella. Miedo a todo. De repente, todo lo que había temido desde que su hijo había nacido estaba por hacerse realidad. Todo era tormentoso para ella en aquellos momentos.


Todos estaban revueltos. Todos corrían de un lado a otro como locos para ir a ver a la princesa. Se notaba que Emma tenía el cariño de la gente. ¿Cómo no iba a tenerlo? Se preguntó con ironía. Había llegado apenas hacía unas horas, antes del anochecer, y desde que la habían instalado en sus habitaciones no había dejado de entrar y salir gente.

Ella se había acercado a la puerta. Había pensado en entrar por sí misma, pero enseguida se le había ido esa absurda idea de la cabeza. No podía, Emma no quería verla.

Era bien entrada la media noche. El palacio parecía haber quedado en silencio después de la intensa tarde. Henry dormía tranquilo en la pequeña cama que le habían habilitado al lado de la suya. Pero ella no podía dormir. Contemplaba la calma de la noche mientras intentaba pensar en algo y en nada. La puerta de la habitación se abrió y eso hizo que por fin se centrase en algo. Entró de inmediato, había dejado a Henry bien dormido, no podía ser él.

Se paró en seco.

- Emma...pero... ¿qué haces aquí? – No sabía si estaba más asustada, preocupada o enfadada. Desde luego su voz sonó molesta.

Emma había cerrado la puerta tras de sí. Llevaba una manda alrededor de su cuerpo y su rostro estaba pálido. Su cuerpo estaba medio encorvado.

¡Por supuesto que sí! Pensó Regina. La herida aún no estaba seca y no podía andar haciendo aquel tipo de esfuerzos.

Hizo amago de moverse hacia ella cuando Emma se resintió un poco pero enseguida se detuvo. No podía acercarse a ella. Tenía que mantenerse firme.

- Será mejor que te sientes en la cama ¿qué demonios haces aquí? – Estaba molesta, sí. Sorprendida y molesta.

- Tenemos que hablar. – Le respondió Emma con firmeza. El problema era que su rostro delataba su esfuerzo.

- ¿Estás loca? No puedes andar por ahí en tu estado – la señaló – además, Henry está dormido. Así que vuelve a la cama de dónde no deberías de haber salido. – Le regañó.

La rubia frunció el ceño ofendida. Había salido de la cama para hablar con ella, y no pensaba volver a ella hasta que lo hiciera. Además, estaba harta de estar acostada todo el día.

- No voy a ir a ningún lado sin que hablemos. Si no puede ser aquí acompáñame hasta mi cuarto. – Regina arrugó la frente contrariada.

- No voy a hacer tal cosa. Tu habitación parece la fiesta del solsticio de invierno.

Aquello hubiera hecho reír a Emma. Se contuvo porque lo que tenían que tratar era un asunto muy serio. Y ella estaba muy enfadada. Se esforzaba en recordárselo porque cosas como aquellas le recordaban que ella siempre había cedido ante Regina. Cosas como aquella mirada que la escrutaba desafiante, aquella bata que cubría su cuerpo y se ceñía a él como una segunda piel, aquellos cabellos rebeldes y libres que caían por sus hombros, aquel rostro lavado y relajado que, sospechaba, ella era la única que podía ver así...Cuando la tenía delante todo era demasiado fácil para la morena y demasiado difícil para ella. Pero aquella vez no podía ser así.

- Ya no queda nadie. – Susurró implorante.

Regina soltó el aire pesadamente. Echó un último vistazo hasta la cama en donde estaba durmiendo su hijo y las envolvió a ambas en una nube de humo que las trasladó directamente a la habitación de la princesa.

- Bien, ahora podemos hablar. – Se volvió para encararla. Su rostro estaba sobrio y tenso. Aun así, estaba entera y preparada para escuchar lo que la rubia tuviera que decirle.

Emma se sentó en uno de los sillones que había junto a la ventana. No podría mantenerse mucho tiempo más de pie si seguía así. La reina se acercó un poco, aunque no se sentó frente a ella sino que permaneció de pie. Ella habría hecho lo mismo si pudiera.

- Quiero que me lo cuentes todo. Quiero que me lo cuentes todo desde el principio. Por qué te acercaste a mí, por qué me usaste, por qué tuviste un hijo mío y sobre todo, por qué me lo has ocultado todo este tiempo. – Sus palabras fueron escupidas con asco. Regina no podía reclamarle. Tenía todo el derecho.

Decidió, esta vez sí, tomar asiento frente a ella. Al principio le costó un poco pero después supo que debía enfrentarse a aquella verdad. Para bien o para mal, después de aquello conseguiría sacarse un gran peso de encima. Así que le relató su historia a Emma. Los años de vida en los que había permanecido congelada en el tiempo para fraguar una venganza que nunca llegó, el vacío y la soledad que había sentido durante mucho tiempo, el deseo de tener un hijo para mitigar su dolor, y cómo el Oscuro le había dicho quién podría romper la maldición de la que había sido presa durante tantos años.

- ¿Yo hice eso? – Emma no pudo evitar sentirse curiosa, a pesar de todo. Algo que hizo sonreír a la reina amargamente. ¿Cómo había sido capaz de tratarla tan mal? ¿Cómo no se había dado cuenta antes de sus errores?

- Ya te dije que tenías magia, Emma. – Frunció el ceño casi con cariño. Miró al suelo y decidió continuar su relato.

Le contó cómo la buscó y la encontró. Cómo la observó durante meses y cómo estudió su comportamiento para saber cuáles eran sus puntos débiles. Por mucho que doliera y por mucho que le avergonzara contárselo, aquella era justo la verdad, y no podía borrarla, solo le quedaba afrontarla.

Se saltó la parte en la que estuvieron juntas porque esa parte ya era conocida para Emma. Después le contó cómo se había enterado de que estaba embarazada y cómo el tiempo había comenzado de nuevo a correr para ella. Le contó cómo nació Henry y cómo él la cambió desde el momento en que lo vio y lo acunó en sus brazos por primera vez. En ese punto de la historia Emma agachó su cabeza. Seguía escuchándola pero era incapaz de mirarla. Le contó cómo habían sido sus vidas durante tres años hasta el día en que volvió a verla.

- ¿Por qué no me lo contaste entonces?

- Tenía miedo. – Su voz sonaba quebrada.

Emma abrió un poco los ojos, sorprendida por aquella confesión. No le había hablado de sentimientos en ningún momento, algo que no había pasado desapercibido para ella.

- No quería que nadie me separara de mi hijo. – se explicó.

-Yo no hubiera hecho tal cosa. – Espetó contrariada como si fuera lo más absurdo que hubiera oído en su vida. Regina la miró, y sintió que podía traspasarla cada vez que lo hacía de aquella forma tan intensa.

- Entonces... ¿no vas a separarnos? – preguntó como si aún no pudiera creérselo.

- Por supuesto que no. – Se puso seria – Pero quiero recuperar el tiempo perdido con él. Quiero estar presente en su vida y quiero que sepa quién soy.


¿Impresiones? Solo queda uno...