N/A: La música de fondo de este cap fue "The Shape of Water" (Alexandre Desplat) para la primera parte y "Nightcall" (Kavinsky) para la segunda.


- 9 -

—Oh, por el hálito del Hacedor, Surana... ronca.

Jowan cabeceó en un movimiento afirmativo. Era curioso que recién lo notara, pero desde luego, Amell sobornaba a sus compañeros en la labor de hacerse con una cama al otro lado del dormitorio cada vez que se reasignaban los lugares, lo cual lo posicionaba demasiado lejos de ellos como para permitirle escuchar nada de lo que sucedía debajo de su propia cama. A Theo le gustaba estar cerca de la hilera de ventanas altas y diminutas, donde un haz de sol podía despertarlo dándole de lleno en la cara. Él se decía un chico de gustos simples. Las teorías de Jowan marchaban por otro lado. Theodore nunca hablaba sobre la vida fuera de la torre de un modo que uno pudiera considerar serio, e incluso sería menos complicado forzarlo a hablar al respecto que lograr la más mínima mención de su familia. Si Theo había esclarecido algo sobre su pasado fuera de la fortaleza de Kinloch, había sido aquella traición orquestada por la familia Amell cuando no era más que un niño. A tal grado había llegado la vileza de esa gente, decía él, que incluso habían terminado fuera de su patria. Si era interrogado directamente, Theo argumentaría que hoy día estaba muy bien en el Círculo, había libros que tardaría una vida entera en leer, se comía decente y tenías un lugar relativamente seguro en el cual dormir, a veces te dejaban pasear fuera si te portabas bien. Allí era feliz, ese sitio era todo lo que conocía -y vaya que lo conocía, pues nadie había explorado tanto los secretos de la misteriosa torre como Theodore-, no sentía curiosidad por un mundo tan simple, cuando podía conocerlo a través de los libros y los mapas con mayor facilidad y ahorrarse los engorrosos inconvenientes de exponerse a las ideas erradas sobre la magia que imperaban allá afuera. No obstante, Jowan intuía que su predilección por las ventanas, los temporales al final del otoño, la lluvia, y la luz del sol era una manifestación de su inconfesable anhelo de libertad.

—Hazte un favor, no lo menciones cuando vuelva a estar despierta —le advirtió, sonriente.

—Ah, vamos, no seas gallina.

—Perfecto —refunfuñó—. Dile que ronca como un viejo gordo, va a dar brincos de contenta.

Theodore rio en voz baja, se quitó las manos de la cintura y fue a sentarse en la cama contigua, esperando a que la elfa abriera los ojos. Sacó un libro de uno de los bolsillos de su túnica y se enfrascó en lectura de un diminuto ejemplar sobre folclore alamarri, devorando palabras con la avidez que lo acuciaba cuando se trataba de atestar su mente hasta de los datos más triviales y poder presumir luego lo buena que era su memoria. Jowan se quedó pensativo a la vez que un poco desconcertado. La vista de Amell continuaba empeorando. La escasa distancia entre las páginas y sus ojos entornados delató aquello que el chico negaba con ahínco. Se planteó comunicárselo a Irving, quizá en su repertorio de hechizos y truquillos avanzados él tuviera una cura permanente o al menos una de esas (estorbosas) lentes que algunos de los magos más viejos usaban a veces. Vaya, cualquier cosa, las bromas sobre ser el lazarillo de Theodore ya no resultaban igual de graciosas mientras se percataba de sus gestos y el par de veces que se llevó los dedos a los ojos para frotarlos con la esperanza de aclarar su visión.

También estaba la posibilidad de pedírselo a Surana ahora que ella era maga. La elfa pelirroja poseía los recursos intelectuales para evitar que Jowan tuviera que leer por Theodore un día no muy lejano. Sus existencias eran lo suficientemente patéticas por separado como para dar juntos espectáculo semejante a los otros habitantes del Círculo. Lo cual no quería decir, de ninguna manera, que Jowan fuera a negarse si la situación llegaba hasta ese extremo. Después de todo, eran mejores amigos.

De cualquier manera, no le terminaba de agradar la idea de que estuviera leyendo en un sitio tan oscuro como los dormitorios. Por el contrario, Theodore hallaba sublime aquel lóbrego ambiente, entre la piedra gris que los constreñía y la luz oscilante que hacía bailar sombras en cualquier pared. A veces se preguntaba si el necio ése no encontraría el sonido metálico de las armaduras de los templarios el colofón de lo que él llamaba "la atmósfera propicia para la magia".

—La ha traído Cullen —recordó Jowan de repente, ganándose la atención de Amell en el acto.

El muchacho bajó su libro y parpadeó, asimilando la información. Luego, una sonrisa malévola explotó en todo su rostro.

—Eso sí la va a poner feliz —se burló.

Jowan asintió, mas la socarrona valoración de su amigo acerca de la incierta situación entre la elfa y el joven templario no consiguió anular sus súbitas preocupaciones.

—Tu vista...

—Está perfecta —replicó.

—No deberías forzarla leyendo con esta luz —sugirió, una aguda nota preocupada cerró su oración.

—Siempre has sido dramático, Jowan. Estaré bien —insistió en restarle importancia. Alzó un hombro e hizo ademán de volver al libro.

Amell tenía diecisiete años, una edad muy temprana como para comenzar a dar tumbos por allí, golpeándose la cabeza en los estantes, tropezando con los baúles, cayendo víctima de un desnivel en el piso o un escalón cuya altura no calculó bien. La idea, de tanto darle vueltas, iba a terminar mareándole la cabeza. Quizá Theo tenía razón y estaba siendo un poco dramático y adelantándose mucho en el futuro.

Procuró despejar su mente de los insidiosos pensamientos y al cabo de un rato, Neria se removió. Estaba lívida y había pasado gran parte de su sueño emitiendo tenues gimoteos. El cabello rojo y ensortijado se aplastaba sobre la almohada, y desde allí, Surana los contempló confundida hasta vencer la somnolencia lo justo para reconocerlos.

—Feliz Angustia, Surana —celebraron al unísono, según lo planeado.

Neria parpadeó, lo procesó y decidió que estaban siendo el acostumbrado par de tontos. No obstante, parecía haber cierto sosiego en la línea retorcida de sus labios, en la seguridad de verse entre amigos, en lo más similar que tenía a una familia. Empujó su cuerpecillo sobre la cama. No hizo aún el intento de incorporarse. Inspiró hondamente, su vista fija en sus manos. Jowan y Theo se preocuparon cuando Surana no dijo nada durante un par de minutos.

—Pan comido para ti, ¿eh? —Aventuró Amell. Para variar, no usaba una de sus típicas sonrisas ladeadas—. No he... no hemos dudado ni por un momento que volverías para darnos un par de sermones como recuerdo antes de irte con los magos estirados.

—Hablas como si de repente fuera a desaparecer de tu vida. —La voz de Neria sonaba rasposa y débil, pero les sonrío con afecto—. Si no me avergonzó ser vista junto a ustedes todos estos años, no me avergonzará venir a pegarles un par de librazos de cuando en cuando.

El silencio acaparó al trío. Neria continuó espabilando muy despacio, como emergida de una inquietante y vívida pesadilla.

—¿Cómo fue? —Jowan preguntó con cierta ansiedad.

—Sabes que tengo prohibido hablar de ello —le contestó seria.

—Vamos... —pidió Amell—. Anders no soltó nada tampoco, no puedes permitir que nos coja por sorpresa, no somos la mitad de buenos que ustedes. Vamos a terminar muertos, o peor, convertidos en tranquilos. —Amell remató su monólogo agitando exageradamente sus brazos.

—Si tú no fueras tan indisciplinado y Jowan tan distraído, tal vez lograrían arreglar sus problemas —los reprendió. Jowan resopló y Theodore se dejó caer sobre a cama con un gemido.

El muchacho se colocó los brazos detrás de la cabeza y se quedó con la vista fija en el colchón superior.

—¿Sabes, Neria? —La elfa murmuró un "¿Qué?" mientras enarcaba una ceja—. Roncas como un viejo gordo.

Las mejillas de Surana se encendieron en rojo, desterrando la palidez de su cara mientras salía de la cama como una exhalación para abalanzarse sobre Amell. Theo fue más rápido y rodó hasta el otro lado de la cama, se puso de pie de un salto, aunque no sin ganarse un fuerte golpe en la nuca con la litera. Interpuso el mueble entre ambos, y desde ese sitio canturreó triunfal.

—Es tu día feliz, elfa cascarrabias —remarcó entre risas—. No golpees a nadie el día que pasaste de aprendiz a maga, es de mala suerte, ¿no has oído?

El argumento no convenció a Neria, sin embargo, relajó los hombros y dejó que Amell se aproximara sin hacer amago de ahorcarlo de nuevo. Jowan se recargó en una litera, con los brazos cruzados y una sonrisa enorme que se rompía únicamente para permitirle reír.

—Intenta ser feliz por una vez. —Al estar cerca, Theodore sujetó la cabeza de Neria con ambas manos y tensó la piel de sus mejillas con firmeza. El resultado fue una mueca graciosa que intentaba ser una sonrisa—. No, no pongas cara de gato. Sonríe —le exigió al tiempo que aguantaba una carcajada. Al no obtener el deseado gesto élfico, Amell resopló divertido y la dejó ir—. El Primer Encantador quiere verte —informó al fin, usando la sonrisa más sincera que Jowan hubiera presenciado en Theodore en todo el tiempo de conocerlo. Le revolvió el cabello a la chica quien, pese a ser mayor, había quedado muy atrás en altura y lucía como una niña al lado de Amell. Le besó la frente al abrazarla por los hombros—. Intenta ser feliz por una vez, Surana.

Ella no pudo ver el desasosiego que parecía abrasar a Theodore por dentro pues se había escondido parcialmente entre las alborotadas hebras cobrizas. Fue un destello momentáneo que se fundió al separarse, pero que Jowan advirtió y compartió sin necesidad de hablarlo.

Estaban preocupados por ella y razones no faltaban.


Al cerrar la puerta, el alivio la abordó, y dando un resoplido consintió desahogar una pequeña parte de la frustración que había estado bullendo debajo de la marmórea faz de reina todo ese tiempo. Escapó de sus labios un gimoteo al pensar en la repetición de agrias experiencias que su posición le tenía reservada a primera hora mañana. Se frotó las sienes, procurando no adelantarse y causarse estrés anticipando sus actividades. El refugio de su cálida habitación invitaba al descanso y proponía algo tan necesario como unas horas de olvido. Allí dentro le estaba permitido flaquear un poco, derrumbar las gélidas murallas que resguardaban la esencia de lo que ella era en realidad. Nunca se permitiría la locura de dejar que una de esas víboras albergara siquiera la sospecha de que había algo más allá de esa voz fría y ademanes altivos. Por todo cuanto ellos sabían, Anora Mac Tir era dura e inamovible, poco o nada había más allá de eso. El paso del tiempo había conseguido que incluso a ella le costara distinguir donde terminaba la fachada y comenzaba la verdadera Anora. ¿Existía la joven de los osados ideales todavía? Justo ahora, su desesperado anhelo de soledad lo esclarecía del todo. Apretó los ojos, ansiando olvidarse del muro de caras largas y ceños fruncidos que, aquel día igual que incontables antes, había buscado contradecir y frenar sus avances. Relajó las manos y los hombros. Notó lo agarrotadas que estaban sus articulaciones y un dolor tenso sobre los omóplatos. Había días en los que su posición largamente peleada, el renombre y el peso de las ambiciones, eran más de lo que podía soportar. Nada era tan fácil como decir que había sido prometida a Cailan desde la niñez, pero la realidad se hundía en turbias lagunas de esfuerzo y sacrificio. Ella no iba a ser la esposa sumisa que oraba por el bien de su marido desde las sombras. La fuerza con la cual el Hacedor la había bendecido no se desperdiciaría.

Medio embotada todavía, escuchó el chirrido de la madera bajo la presión de un paso, a las claras, deslizado sobre la superficie de manera sonora con la intención de alertarla. El ruido desmoronó el castillo de pensamientos que había construido los últimos minutos. Anora casi lo agradeció.

—¿Siempre es así? Tu padre debe haber pegado el grito en el cielo cuando elegiste a una doncella orlesiana.

La voz de Kallian, con aquel punto grave y ronco que había desarrollado al crecer, arrastraba penosamente una nota de resentimiento. La siguió hasta su origen. Como de costumbre, la elfa había decidido colarse a su dormitorio amparada por la noche, burlando como una gata silenciosa el peligro de los curiosos y los conspiradores (Hacedor, esto era un tormento y se decía que Orlais era mil veces peor). Sus ojos brillaban intensamente en medio de la parcial oscuridad del balcón. Estaba recargada sobre el marco de la puerta con los brazos cruzados sobre el pecho. Despegó la espalda del muro y al moverse dentro de la habitación, el dibujo de su flaca silueta sobre la pared la persiguió. Los años pasaban, el tiempo trascurría lento, y a veces resultaba difícil, casi imposible, distinguir lo que se había transformado y diferenciarlo de aquello que seguía tan igual. Anora ya no sabía si era lo que no había cambiado o la mutación de cosas que en su momento parecieron imperturbables, lo que la hería más cada vez que se encontraba de repente con aquellos firmes elementos de su pasado.

Cada vez que Tabris la miraba con aquella atención distraída, desde ese rostro pecoso en el cual su corazón reconocía a la amiga de infancia -sin que esto coincidiera con las palabras o el móvil de las acciones-, la niña idealista escondida en su interior, aquella que había pensado que cambiar las cosas sería una tarea fácil, gritaba, lloraba y se retorcía herida.

Algunas cosas no cambiaban, para bien o para mal. Kallian seguía igual de flaca, aunque había logrado crecer mucho en altura. Nadaba en su ropa, como había sido desde aquella vez en su antigua habitación, el día que la había visto desde su ventana bajo la nieve y había decidido invitarla a jugar. Su mente viajó, enternecida y triste, a aquellos juegos de niñas, a las aventuras en la cocina y en los patios, a las expediciones al abrevadero y las torres más antiguas de palacio.

El distanciamiento y la apatía de la elfa habían ocurrido de un día para otro tras la muerte de su madre. Anora pasó noches en vela carcomida por el desasosiego, repasando las evidencias del final de aquella maravillosa amistad, guardando la esperanza de que todo regresara a la normalidad cuando Kallian estuviera mejor, cuando pudiera mirar hacia atrás sin esos llantos más de rabia que de dolor ante la sola visión del palacio que su madre un día había recorrido junto a ella. Pero Kallian nunca mejoró, nunca olvidó y no volvió a ser capaz de mirar hacia atrás sin sentir que traicionaba algo, de modo que el recuerdo del lazo con Anora Mac Tir debía resultar un estorbo a la ira que con tanto esmero cultivaba. Aún ahora suponía que para alguien con una herida de esa magnitud, sería más valiosa la fuerza de la cólera que la debilidad del sufrimiento constante. Al comprender que intentar rescatarla era imposible, se rindió ante lo que estaba tan claro como el cristal. El pasado se había agotado, los dulces sentimientos, en su enorme mayoría, estaban marchitos e irreconocibles. Un buen día, desconsolada pero exhausta, Anora optó por seguirle la corriente. Desde entonces otro tipo de vínculo las había unido, y de cuando en cuando se le ocurría que dejarlo morir, en lugar de distorsionarlo y forzarlo a existir bajo las nuevas circunstancias, habría dolido menos.

Ya era demasiado tarde para escapar de la trampa. Víctimas y victimarias, no se atrevían a imaginar un fin para aquello.

—¿Ser cómo? —Inquirió al descongelarse e ir a su tocador. La sorpresa cedió lentamente, la dama noble había supuesto que Kallian no atendería su llamado luego de tantos días.

—Pues... saber las cosas antes de que tú las pidas —comenzó la explicación—. Llegó, encendió el fuego, pidió que no te molestaran, en unos minutos va a llegar con una merienda que a su señora le gustará un montón y su frívola conversación la hará olvidarse por un momento de su terrible día.

La nota de resentimiento se volvió más intensa al final de su soliloquio. No la encaraba, estaba inspeccionando el exterior con sumo interés mientras retorcía los dedos como si estuviera nerviosa o demasiado enfadada.

—Es su trabajo —replicó. Sus manos comenzaron a retirar las horquillas de su peinado, dándole la espalda a la elfa—. Erlina es eficiente.

Por el espejo se percató del gesto afirmativo, si bien vago y displicente. Una sensación, en extremo inusual como para intentar catalogarla, le mordió las entrañas y apretó su garganta. Era indignación, desengaño, amargura, pero también un cariño como rescoldos que todavía arden, solo necesitaban una ráfaga de aire y sería como... antes. O mejor, tal vez.

La oleada de emociones alcanzó un punto agobiante, alguien menos firme que ella habría cedido a la presión justo en ese instante. Y es que Anora quería gritarle lo mismo que abrazarla, abofetearla... De pronto, su único deseo fue cogerla por el cuello y...

—Me sacaste del alegre calabozo por alguna razón.

Anora se mordió los labios para no resollar y dejar en evidencia lo que la atormentaba y cuánto la atormentaba. Inspiró y exhaló muy despacio. Sus circunstancias no estaban como para hacer de esta disputa de orgullo y enfermiza dependencia el centro de sus preocupaciones. El reino importaba más que sus sensiblerías con una elfa. Y de cualquier manera...

—Las señoras de la corte han comenzado los preparativos de la boda real. Mi boda.

Se ganó la entera atención de Kallian. No podía estar completamente segura, pero apostaba que la estaba mirando horrorizada. Anora se atrevió a sentirse comprendida por ella. A nadie más habría podido confesarle el pavor que le causaba un matrimonio en el cual el amor había pasado a segundo término. Cailan no la amaba, le profesaba gran admiración, le tenía cierto respeto, eran amigos, pero él no la amaba de esa forma y podía decir, sin titubear, que ella tampoco a él. La reina amaba Ferelden, la mujer...

—No te estás casando con un desconocido. Cailan ha estado en tu vida desde que eran un par de chiquillos —alegó sin emoción. Frunció el ceño, se había equivocado al pensar que ella la podía comprender, entonces—. Tu miedo es infundado, Anora.

—Pensé que podrías darme algunos consejos para evadir el matrimonio. —Anora rio, pero no había humor en su voz.

Kallian caminó hasta la cama y se tendió sobre ella en medio de una serie de movimientos tan extraños como cuidadosos. Anora enarcó una ceja, debió imaginar que la elfa estaría magullada luego de una noche en el calabozo, incluso si habían pasado días desde aquello.

—Mi excusa te costaría tu preciosa corona —replicó entretenida al cabo de unos segundos.

—¿Y esta es...?

—Un vientre incapaz de concebir.

El cabello de Anora se encontraba libre, cayendo en sedosas ondas doradas sobre su espalda y hombros, más oscuro y brillante bajo la tenue luz. Giró y puso un mechón detrás de su oreja, intrigada.

—No es una mentira —aseveró.

Kallian no respondió. En cambio, se incorporó para quedar sentada y Anora pudo ver esos ojos brillantes en medio de la penumbra fijos sobre ella. Hubo un lapso de desquiciante silencio.

—Vas a controlarlo. Y lograrás que te quiera —sentenció muy seria. Le llevó unos instantes atrapar el tema sobre el cual se concentraba ahora. Parpadeó rápidamente y al conseguirlo esa sensación discordante y abrumadora regresó—. Tu sirvienta llegará en cualquier momento.

Otro cambio de tema. Anora comprendió más rápido esta vez.

—Erlina no dirá nada.

Kallian alzó un hombro, desenfadada, se recostó y cerró los ojos mientras Anora se aproximaba al armario a un costado de la cama.

Al dormir, cuando ocurría que la joven elfa aparecía en sus sueños, Kallian siempre estaba quieta como ahora, de tal forma que la tranquilidad y felicidad de Anora era perfecta. Pero esto nunca duraba, no podía durar.


N/A: Una actualización que vale hongo, pero con la vida como va, no sé cuándo podré sentarme a plasmar ideas sobre este fic de nuevo y quería sacar la trama (?) de este capítulo antes de perder lo que quería decir con él. No me esforcé en editar demasiado -como otras veces- el tono y ritmo de la prosa porque eso me ha estado causando un bloqueo y este fic es demasiado joven como para quedar abandonado. Pido disculpas por los errores de dedo y similares que puedan haber plagado el cap. Estoy más ciega que Amell y soy demasiado distraída xp

No esperéis que la relación de Anora y Kallian sea clara (ni muy linda, ni muuuy mala), es como... un caos. En mi mente ese caos tenía un poco más de sentido (si es coherente decir eso, para empezar xD), era un añadido de drama y contradicciones muy sofisticado, pero las cosas siempre son mejores en mi mente. Me quedó más como algo de telenovela baratísima (ese es mi negocio en esta plataforma, de cualquier forma xD)

Agradezco el apoyo que le brindan a este pedazo de mi alma (que tengo un alma bien rara o algo). Estaré respondiendo comentarios este finde, si todo marcha como quiero y encuentro un huequito de tiempo en el que no ande a las carreras (ugh, me repatea tener que responder los reviews tan bonitos como los que me dejan a las prisas, so... debo encontrar el momento ideal).

Besines mil.