saben? les había contado muchas cosas, quería decirle muchas, pero como estoy con el notebook sin mouse, pues pasé a apretar mal y se me cerró la ventana con todas las historias que les quería decir. Y como es tarde y me enfurecí, sólo porq sé q no puedo hacerlos esperar más voy a subir, pero no diré más que lo escencial:
1)Gracias a todos quienes me dejaron un review así como a cada uno d los q lee.
2)Gracias a Akisa que me ha acompañado en las noches x el msn xD y a Stefi Delacour por la charla y aventarme a actualizar pronto.
3)Prox actualización esperanzas después del 16 de abril, tengo exámenes TT.
4)Chap raro, pero me agrada (oh si! aunq no lo crean)
5)Mi 'asesor' dice q le cambie el título al fic, porq es muy poco poético, yo le digo q fría espárragos
6) les quería contar la historia de cómo nación y por qué está aquí "delantales", (el por qué de delantales militares"), pero el PC me odia, no tengo mucho tiempo así q lo dejaremos para la prox actualización... Es q este fic tiene una triste historia xD.
7) un personaje q a pesar q lo debería odiar, le encuentro una sabiduría oculta a favor de nos xDDD
8)... a leer!!
Capítulo 9
EL PORQUÉ DE HOUSE Y CUDDY
31 de Mayo de 2008. Boston.
Lisa Cuddy despertó aquella mañana en un cuarto de hotel. Por entre el cortinaje se colaba un pequeño resplandor de sol con un brillo de amanecer gélido. Ya era primavera, pero eso no quitaba que aún le costara despertar al día. Y Cuddy tampoco tenía ganas de levantarse.
El despertador ya era silenciado de un golpe y las sábanas eran como un mar rebelde, ¡que ganas de seguir durmiendo en la conformidad de ese abrigo acolchado! Pero el deber llamaba y ser directora de hospital acarreaba el ser muy responsable, eso si se quería surgir y mantener de pie una institución que se valía principalmente de contribuciones.
Se estiró y partió a la ducha. Contaba con tan sólo una hora por habérselas dado de perezosa. La reunión era a las ocho y necesitaba de al menos media hora para llegar preciso, puntal.
Se puso un traje rojo oscuro con falda y blusa de cuello alto y sus altos tacones negros, esos que sólo ella sabe dominar. Se amarró el pelo con un elástico para controlar el esponjamiento que sufriría cuando se secara y echó a la rápida los papeles que necesitaba en un maletín, lo cerró y salió de la habitación tomando la tarjeta que cerraba la puerta.
Corrió por el pasillo hasta el ascensor y si no fura porque estaba en el piso nueve, habría bajado por las escaleras ante la lentitud del aparato. Al fin aparcó en su piso y entró junto con otras dos personas a rellenar el elevador.
Y al fin, luego de cinco minutos en la máquina, otros diez en la ducha y otros veinte entre vestirse y encontrar papeles, ya estaba presionando al taxista para que se apurara hasta su destino, que le pagaría de más, y él accedió. Cinco minutos para correr hasta el interior de la sala de conferencias del hospital de Boston, justo lo que necesitaba con un paso apurado; aliviada si pensaba en que creía que no tendría tiempo ni de dar excusas.
Se sentó en la mesa que le señalaron aguardando su turno para dar cuenta de las hazañas, derrotas y benefactores del hospital, todo recargado de ridícula diplomacia y sobreexagerada educación. Llegó su turno y tuvo una impecable presentación, pulcra y perfecta, demasiado ordinaria para no ser aplaudida, demasiado correcta para no ser bañada con el cinismo del "todo bien" de los empresarios y directores diplomáticos, temerosos de promulgar los vicios del sistema. Nada fuera de lo común que creara comentarios sobresaltados de gente insulsamente ofendida. Omitió hasta el nombre de "Gregory House" en su discurso para evitar preguntas caseosas o malas caras.
Acabada la primera tanda de presentaciones, se dedicó a conversar con sus compañeros de mesa, los directores de los hospitales de Nueva Hampshire, Pensilvania y Ohio, mientras aguardaban al otro tiempo. Los tres le llenaban de preguntas sobre su mejor médico: Gregory House, y ella creía que se había librado de ellas. Y ¡que mentira sería decir que sólo preguntaban por sus casos médicos!, todos estaban muy consternados y curiosos de cómo ella lograba sobrellevar la convivencia. Sin embargo a su desagrado al tema, Cuddy se limitaba a sonreír diciendo que las vidas que salvaba valían por los malos ratos. Y precisamente bajaba la mirada que ya no podía sostener de manera tan falsa, cuando una voz conocida, pero lejana ya de sus recuerdos, le habló por la espalda:
—Doctora Cuddy. ¿Cómo está?
Cuddy se volteó sobresaltada.
—¡S- señor Vogler! —se quedó mirando con la boca entreabierta la alta y gruesa figura.
—Tanto tiempo, ¿no cree?
—S- sí…
Cuddy se puso de pie de manera torpe, no quería ni verse tan pequeña ni parecer asustada y el estar sentada no le ayudaba.
—Por lo que escuché veo que el doctor House aún trabaja con usted. O es que ha cambiado o le sigue queriendo mucho. Entre leyendo su respuesta, pues creo que es la segunda.
Cuddy abrió la boca algo nerviosa y miró a sus acompañantes que prestaban demasiada atención a su conversación con Vogler. Miró a su actual interlocutor y le pidió:
—¿Podríamos seguir teniendo esta charla tan amena en otro lado?
No es que realmente quisiera hablar con Vogler, pero ¿qué podía hacer? Supuso que el sarcasmo que pintaba su tono de voz era suficiente para darse una excusa a sí misma. El hombre no tenía aspecto de querer dejarla en paz en un rato hasta fastidiarla lo suficiente con el temita ese y bueno, si quería hacerlo, que fuese lejos de directores cotillas.
Vogler observó a los otros médicos y al ver que Cuddy les pedía permiso y se alejaba, él hizo lo mismo.
—¿Tiene miedo que todo el mundo se entere que tiene a un médico trabajándole por consolarle?
—Siempre tan humorista usted, señor Vogler.
—No se ofenda. No es la primera ni la última, tampoco primero o último si prefiere que no discrimine por sexo. Por cierto, ¿no eran tres directoras médicas? Yo sólo he visto dos.
—Pues no estoy enterada. Tal vez no podía venir.
—O tal vez la destituyeron.
—¿Qué sabe usted? —preguntó en tono de "qué sabes que no sepa yo".
—Pues, verá… Hay una pequeña… ¿cómo decirlo? —salieron por la puerta trasera para dirigirse al hall. —Digamos que hay una especie de "limpieza de directiva"…
—¡Ah! ¿En serio? ¡No me diga! ¿Y quién está a cargo de remover a las mujeres? ¿Usted, señor Vogler? ¿Aún sigue creyendo que este puesto lo ganamos sólo por tretas femeninas? O ¿tiene miedo a que demos mala suerte a la embarcación? Pues déjeme decirle que el Princeton-Plainsboro ha funcionado muy bien conmigo a cargo.
—No me cabe duda que usted confía en su gestión, como tampoco de que estará errada su visión si de lo que hablamos es un albergue caritativo y no de un hospital.
—¡Pues eso! El hospital está para brindar cuidados para la salud y para salvar vidas, no para hacer negocios.
—No ha aprendido nada en estos últimos tres años.
—Usted es el empresario, yo soy la médica, no se meta en lo que no le atañe.
—Por lo mismo, usted a salvar a sus moribundos y yo me ocupo de que no se pierda dinero por enfermitos-caso-perdido.
—Mire, ¿por qué mejor no se compra una empresa de seguros, una funeraria o una compra y venta de autos fallados? ¡O mejor! ¿Por qué no se inventa un producto, qué sé yo, tal vez logre crear un alma altruista y la comercializa en lugar de estarnos amargando a los médicos que sólo queremos hacer nuestro trabajo y a los directores que queremos facilitar lo que conocemos, porque también somos médicos?
—Muy inspirada. ¿A ver? Quién podría ser mi primer cliente de esa "alma caritativa", ¿el doctor House?
—Dedíquese a su farmacéutica —y se volteó dispuesta a marcharse.
Pero Vogler la detuvo, sólo con su voz pausada.
—Doctora Cuddy. Estar enamorada…
—¡No estoy enamorada de… House! —comenzó gritando, pero bajó el tono al notar que el portero le quedó mirando, volteándose hacia Vogler. Además se sintió tonta al dar un nombre, tal vez él quería referirse a otra cosa, pero sólo era "tal vez".
—Pues nunca pude ver lo contrario, pero no es algo malo ni pecaminoso, sólo lo es cuando afecta al negocio o cuando se entregan facultades excesivas a un subordinado. Tal vez debería pasarse un tiempo por el ejército, no sé, para aprender un poco de disciplina.
—House es un buen médico, por eso le permito que haga lo que quiera siempre que me dé una buena explicación. ¿No habíamos hablado ya de esto en alguna otra ocasión?
—Sí, pero siempre llegamos a este mismo punto: yo diciéndole que todas sus debilidades se deben a que está enamorada de House, usted negándolo y yo no creyéndole.
Cuddy lo miró incómoda, pero para su alivio recordó una pregunta que hace rato quería formular:
—¿A qué hospital está representando usted?
—Al de Mercy de Nueva York.
—¿Ese no es el hospital en el que era directora la doctora Shaffer?
—Sí, era el hospital de la doctora Shaffer.
—¡Ah! O sea que es cierto que está usted a la cabeza de esa "limpieza" —hizo comillas con los dedos.
—¡Oh! Por favor. Me toma como si fuera un mafioso.
—En la práctica lo parece.
—Y ¿cómo está su mejor médico?
—Ya hemos terminado el tema de mi mejor médico.
—Usted sí, pero yo no. Supe que su equipo renunció.
—No todos. Y da igual, ya tiene uno nuevo.
—Y que usted estuvo dispuesta a dejarlo sin equipo, a que trabajara solo. ¡Ahí si que el dios House habría brillado!, ¿no? —acabó con sonsonete burlón y una risita.
—¡Por dónde se filtran esas informaciones falsas!
—Hay pacientes, hay amigos, hay médicos disconformes con su política…No sé. Hay tantas fuentes posibles…
—¿Ve que es un mafioso?
—¿Ve que no soy el único que cree que House es más que un simple "buen médico"?
—¡Pero, por favor! ¿¡Qué tiene que ver House!? Ya abandonamos ese tema.
—House no es un tema, es el germen de todos los temas. En su hospital, House corre con ventaja y eso no es agradable para otros, ni es bueno para la libre competencia.
—Ya. Sí. Estoy locamente enamorada de House. ¿Eso quería escuchar? Pues conténtese, porque hace rato que comenzaron las conferencias y quiero ir a oírlas.
Y esta vez sí se fue dejando a Edward Vogler solo en medio del hall, con una pequeña sonrisita divertida.
Cuddy dio las excusas pertinentes al encargado y entró yendo a ubicarse a su puesto. Vio que a los cinco minutos Vogler ya había tomado su posición de antaño. De vez en cuando le echaba miradas lacónicas que sólo le hacían notar que entre prestar atención a las presentaciones, también cruzaba un par de palabras con el tipo al lado suyo.
Luego vino una recepción con un cóctel donde los distintos directores comenzaron a acercarse a otros para compartir experiencias y dar "palmaditas en la espalda". Cuddy se acercó al director organizador, pero a su vez, Vogler también lo hizo. Comenzaron hablando cosas triviales de hospital, algunas tonterías y algunas anécdotas médicas o empresariales dependiendo de quien viniera. No estaba tan mal, aunque Cuddy aún no se relajaba del todo, tal influían una que otra talla machista a las que ella sólo sonreía falsamente cuando le parecían estúpidas o rebatía cuando le sonaban ofensivas. Pero la pseudo-calma acabó cuando el director del hospital de Boston debía irse a hablar con otros doctores y Cuddy y Vogler se quedaron solos en un tenso ambiente.
En el silencio, Cuddy se disponía a marcharse, pero un hombre canoso, muy bien conservado se acercó a ellos y Vogler habló:
—¡Doctora Cuddy! Permítame presentarle a mi amigo. Él es el doctor Nisbett, es el director de uno de los hospitales militares más importantes de los Estados Unidos.
Cuddy pegó un trago rápido a su copa de champaña y se volteó muy segura.
—Un gusto doctor Nisbett —y le tendió la mano.
El hombre la cogió y la estrechó con suavidad, mientras la miraba con una cordial sonrisa, tal vez un poco burlona…
—Igualmente, doctora Cuddy.
Un incómodo silencio.
—Y… —trató de interrumpirlo Cuddy que no quería estar callada con ellos, pues sentía que la miraban con rayos X cuando se quedaba en mutis, como tratando de analizar el porqué de sus posturas o como si quisieran leerle la mente. —¿Qué tiene de diferente el ser el director de un hospital militar al ser el de uno de civiles?
—Pues… No he estado en el otro lado como para hacer la comparación —y rió. De hecho tenía una sonrisa muy agradable y espontánea, tal vez demasiado para ser de las rectas filas del ejército médico. —Quizás el uniforme —volvió a reír —, delantales militares en lugar de delantales blancos —y de nuevo sonrió.
Cuddy también sonrió.
—¿En serio usan delantales militares? —pregunta más siguiéndole el juego que por real duda.
—No. Usamos el típico delantal blanco, pero nuestro espíritu está uniformado con el camuflaje siempre.
Cuddy no entendía muy bien porqué desde ese momento el doctor Nisbett comenzó a darle mala espina. Era como si con aquella frase pretendiera prevenirla de alguna cosa que en realidad no quería prevenir.
—Y ¿qué se siente ser una de las pocas directoras mujeres de hospital?
—Un desafío. Estamos constantemente siendo sometidas a juicios discriminatorios —y miró de reojo a Vogler.
Cuddy se concentró en las ondas que comenzó a formar en el juego de agitar su copa. Tan ida estaba en esto que no se dio cuenta de cierta mirada lacónica que se dirigieron ambos hombres.
—Bueno. También sé que es la única que ha logrado controlar al doctor House.
—Ella no lo controla —alegó Vogler, interrumpiendo.
—Tal vez no lo controlo como en el ejército, señor Vogler, pero le he dejado ser marcándole sus límites.
—Que siempre sobrepasa.
—Pues el hombre le dará razones de peso. Su estadística de vidas salvadas es bastante buena. No creo que la doctora Cuddy sea tan irresponsable, de hecho, si lo fuera, ya la habrían destituido —acotó Nisbett.
—¡Claro! Es que la doctora Cuddy tiene gran tacto para esas cosas, por lo que se ha visto a lo largo de su carrera, por algo ha durado.
El tono de mofa era indiscutible, pero la sonrisita fue la que la exasperó.
—¡Yo he hecho bien mi trabajo! Y si le molesta, pues viva con ello, porque yo no estoy aquí por haberme encamado con nadie, estoy aquí por mi trabajo, por mis facultades, por mis conocimientos y porque en un mundo tan machista, por mucho cuerpo y tretas a usar y desusar, no regalan los puestos superiores a mujeres como sí a los hombres. Así que si quiere seguir con su estupidez, pues lo invito a que le cuente de sus frustraciones a su reflejo, porque yo ya me cansé en estas pocas horas de usted mucho más que lo que hicieron los meses donde usted se adueñó de mi hospital, comprándonos con su sucio dinero. ¡Que suerte que estaba House! ¡Sí, House, para abrirme los ojos y darme cuenta a tiempo de que aún podía hablar, para lanzar la soga que sujetaría al Princeton de caer en el agujero negro que usted llevó con su codicia y su "genio empresarial" y así salvarlo de perder el alma que debe tener un hospital: salud y vida!
Los dos hombres se quedaron estupefactos tanto por lo rápido que había logrado articular esa idea, como en decirla, como en expresarla, como también en ese carácter aprehensivo, celoso, hasta de amor por lo suyo o por lo que hacía suyo. Y les dejó ahí, de impresionados a extrañados a inquietados. Posó la copa en la mesa con cierta violencia, se despidió del anfitrión y demandó su rumbo al hotel donde se hospedaba, para volver lo más pronto posible a su hospital a reencontrarse con aquel lugar tan suyo, al suplente de aquel bebé que no ha podido tener, pues todo su tiempo y cuidados los ha invertido en aquel… Y pensar que estuvo a punto de venderlo por cien millones de dólares.
1º de Septiembre de 2008. Nueva Jersey.
James Wilson veía los noticiarios rutinariamente, todos y cada uno de los días desde que estaba a la cabeza del PPTH… desde que House y Cuddy se habían marchado. La sección de noticias internacionales era la parte que lograba que la comida que justo ingería en esos momentos se le agriara de los nervios de obtener alguna mala nueva. El periódico era otro medio de prensa recurrente por el oncólogo, ya no tomaba tanto en cuenta la sección de ciencia, más bien la pasaba de largo derecho a la sección internacional. Pero para su alivio nunca halló buenas ni malas noticias, sólo no se encontraba con nada, lo que lograba hacerle respirar algo más calmado. Las malas noticias siempre viajan rápido. Pero no hay regla sin excepción que la confirme: el matutino de esa mañana del primer día de septiembre adjuntaba un listado de muertos confirmados con fecha del veinte de julio… Y los halló, por primera vez y última y lo peor era que no podía hacer nada más que llorar si es que quería hacer algo, pero su estupefacción era mayor y mezclada con incredulidad impedía que gota alguna fabricaran sus lagrimales.
Cuddy y House muertos. Era algo que realmente no podía comprender, que no podía creer o tal vez que no quería creer ni comprender. El hecho de pensar en no volver a verlos jamás le hacía temblar, mirar al vacío y aumentar el flujo sanguíneo al punto de agitarse, colorarse y querer dar una vuelta al patio tras su actual despacho… Recordar que era el que fue alguna vez de Cuddy le hizo angustiarse y pausar su marcha. Llegó hasta aquel patio, pero de la manera más parsimoniosa que sus pies sabían y se dedicó a mirar con vista perdida hacia cualquier punto que sus ojos quisieran dirigirse sin prestarle real atención a la información traducida posteriormente en su cerebro.
Hacía movimientos torpes e inconscientes con sus dedos sentado en una banca en posición derrotada. Se sobó los muslos, suspiró, miró al cielo.
Observó cómo estaba azul y despejado e inevitablemente los recuerdos le azotaron como ráfagas de viento helado, melancolía lloraba angustiada en su interior y trataba de absorber en la tierra de sus ojos la humedad que florecía de su subsuelo. Absorto en fotografías en sepia que reproducía la proyectora en su mente estaba, cuando alguien interrumpió su pena intempestivamente.
—¡Wilson! —una voz agarrotada de llanto —¿sabes si es verdad?
Pero Wilson aún estaba ido.
—¡Wilson, por favor, respóndeme! ¿Es verdad que House ha muerto?
Wilson se giró a ver a Cameron, quien sostenía un ejemplar del mismo periódico que él había leído hace un rato. La escudriñó, vio sus ojos hinchados y enrojecidos, el párpado inferior ennegrecido por la leve pintura, marcas de lágrimas en las mejillas sonrosadas de tantos esfuerzos de pena.
—Eso es lo que dice el diario al menos.
Wilson volvió a mirar al suelo.
Cameron se sintió desolada y necesitó presto de la puerta para no caer. Dos segundos miró a Wilson antes de deshacerse en llanto de nuevo con la frente afirmada en el borde de la que era su apoyo físico en estos momentos de desvanecimiento.
—Pero yo no creo que sea verdad.
Esas palabras hicieron que Cameron se calmara unos instantes.
—¿Por qué crees que no?
—No sé… ¿Intuición?
Cameron sonrió vacía:
—House no cree en esas cosas.
—¿Cree? ¿Tú igual piensas lo mismo que yo?
—¿Que está vivo? Es lo que quiero creer.
—Pero… es que parecías tan convencida de que estuviera muerto.
—Yo… sólo… me asusté.
—Debe ser difícil enviudar —Wilson no se dio cuenta cuando ya había soltado ese comentario sarcástico, pues lo había dicho sin ninguna emoción.
Cameron frunció la expresión.
—Yo estoy con Chase.
—De pronto lo olvidas —otro comentario dicho antes de ser procesado.
—No lo olvido. Que para ti signifique el hecho de que lloro por House, porque está muerto, que estaría enamorada de él, pues tienes un concepto muy pequeño de amor. Él era mi jefe y le tenía cariño…
—Un cariño bastante grande para ser para alguien tan desagradable —¿Qué acaso no podía controlar su lengua? James Wilson, ¿qué te pasa? Tu lengua es más suave…
Ahora sí que Cameron se molestó y ahora fue su turno de soltar algo inapropiado:
—¡Parece que tanto tiempo haciendo de Cuddy te ha transformado en ella! ¡Que pena que se haya muerto!: me caías bien, pero ahora como tendrás que hacer permanentemente de ella, creo que ya no.
Y se fue empujando la puerta para pasar.
Wilson no se dio cuenta cuando Cameron salió, sólo sabía que le había gritado algo, ¿qué? Mejor no saberlo, tiene que haber sido algo derivado de la angustia y del dolor y tanto él, como ella no eran seres racionales con dolor en el alma, no como House que sí estaba muy conciente de lo que quería decir con o sin dolor. Tanto él como ella tienen que haber dicho, lo que haya sido, en el aletargamiento de la pena, la consternación y, al menos él, la incredulidad.
No pasaron ni cinco minutos para cuando Cameron regresó tan dócil como siempre.
—Wilson…
—¿Qué pasa, Cameron? —preguntó afablemente, acercándosele.
Pero la respuesta audible quedó en labios de Cameron, pues la reproducción en vivo y a todo color estaba imponiéndose tras ella. Una alta, negra y gruesa figura hacía de fondo a la delgada, insípida y blanca de la doctora. Y ahora ese ser hablaba con la voz de Edward Vogler… Es que aún no asimilaba que fuese aquel que quiso despedirlo por ser amigo de House, prácticamente, aquel que tuvo a Cuddy con los nervios tomados por meses y que casi la despide también, aquel que jugó con el hospital completo hoy estaba de vuelta, ahí frente suyo ahora que Cameron se había quitado agazapándose en un rincón. Su mente aún hacía esfuerzos por urdir el punto en el que Vogler encajaba en esta historia, en el retorno al Princeton.
—Doctor Wilson. Tanto tiempo…
3 de Junio de 2008.
—¿Cómo te fue en tu congreso? —había preguntado Wilson cuando fue a pedirle autorización a Cuddy para usar el quirófano.
—¿En cuál de los dos? —le preguntó ella prestando más atención a la firma que debía estampar, mientras le hablaba y entregándole la carpeta posteriormente, en tanto, leía otro papel.
—En el de ayer… Pero si quieres igual me puedes contar cómo te fue en Boston —tomó asiento al tiempo que cogía la carpeta que sostenía la mano con el brazo en suspenso.
—Fue una experiencia desagradable. La de ayer era como endocrinóloga, estaban viendo que votáramos por un fármaco de la farmacia de un antiguo conocido de nosotros, para darle prioridad a la hora de recetar. Por supuesto que voté en contra.
—Eh… No sé a quién te refieres.
—Piensa un poco Wilson, quien nos quiso joder hace tres años. ¿Quién, muy amablemente, te dejó a las puertas del desempleo por un día?, ¿quién casi me destituye y todo por salvar el trasero del "mejor médico" de este hospital?
—¿Te refieres a la farmacéutica de Vogler?
—Sí. A su farmacéutica y a su persona.
—¿Se presentó en el congreso en Nueva York?
—Le quedaba cerca, pero se presentó en Boston.
—¿En Boston? Que se apareciera en Nueva York tiene sentido, estaban cuestionando su fármaco, pero ¿en Boston? ¿Qué hacía allí si era una reunión de directores?
—La razón por la cual Vogler podría haber estado en el congreso en Nueva York tiene que ver más con aspectos geográficos que empresariales, aunque no lo creas.
—¿A qué te refieres?
—Vogler es el director del hospital Mercy de Nueva York.
—¿Vogler? Y la doctora Shaffer… —hizo un sonido que acompaña muy bien al gesto de pasarse el dedo por la garganta a lo ancho.
—No sé que tan… —Cuddy sólo hizo el sonido, pues estaba emparejando unos papeles que ya tenía listos para hacerlos a un lado y continuar en lo suyo —, pero de que ya no está, no está, y de que la estadística de directoras mujeres bajó, bajó. Y de que Vogler es un nuevo colega en estos rings, pues… sí, quitando la palabra "colega", claro.
—¿Rings? ¿Bajó la estadística de directoras? ¿Qué pasó en Boston, Cuddy?
—Nada. Sólo es que Vogler aún no se quita de la cabeza… Una idea tonta que circundaba su mente en cuanto a mí. En realidad, dos ideas.
—No sé cuál podrá ser la segunda, pero la primera ¿no tendrá que ver con cierto doctorcillo al que él quería despedir y que tú no?
Cuddy le miró asesinamente y Wilson, asustado, prefirió retirarse con un mueca que bien podría dar risa, pero que demostraba su profundo sentimiento de "mejor me voy antes de seguir metiendo la pata".
—Vogler. ¿Qué haces aquí?
—Pues me enteré de que House murió. Por la prensa. Tenía ganas de darle el pésame a la doctora Cuddy, pero también la leí en la lista, así que quise dirigirme la hasta quien fuese el nuevo encargado o el reemplazante.
—Cameron, vete, por favor.
Cameron asintió, tapándose la boca para ocultar los gemidos que daría al volver a llorar con el comentario de Vogler, que le hizo recordar por qué andaba por esos lados. Y se fue a acunar por los brazos de Chase, quien se resignaba a pensar en lo mucho que Cameron aún tenía en cuenta a su ex jefe, ya fuese por amor o por obsesión, sólo ella sabe el mal que se hace o que no. Pero él la apoyó, y es que igual estaba triste, como Foreman, quien no lo creía, como Taub, Trece y Kutner que aún no asimilaban la información y tampoco parecían entenderla bien.
Vogler se hizo a un lado para darle paso a la chica.
—Yo no estoy muy seguro de que eso sea cierto.
—¿Ah, no? Pues aparece en la prensa.
—La prensa no es de los organismos más serios y objetivos.
—¿Ah? Bueno. Pero no me importa lo que usted piense. Veo que sigue trabajando en este hospital, su amiga se preocupa mucho de no hacer crecer la tasa de cesantía… Creo que debí haber dicho se "preocupaba" —Wilson lo miró como un toro furioso. —Por cierto, ¿qué hace hoy por hoy?
—Estoy a cargo del hospital Princeton-Plainsboro.
—¿Ah, sí? Pues tenemos que hablar, director.
31 de Mayo de 2008. Conferencia de directores de Hospital. Boston.
Nisbett y Vogler miraron a la mujer de traje rojo marcharse.
—Tiene un gran carácter esa mujer —comentó Nisbett llevándose una galleta a la boca.
Vogler hizo una mueca y miró a su interlocutor:
—Quiero que me hagas un favor.
—Cuesta encontrar mujeres así, ¿sabes si…?
—No. Y ahora tómame en cuenta.
—Pero ¿no qué?
—Necesito que me hagas un favor. Y olvídate de la doctora Cuddy, ya tiene a su hombre, animal o como quieras llamarlo. Necesito deshacerme de ella, al menos como directora del Hospital Técnico Princeton-Plainsboro.
—¿Qué? ¿Por qué? Yo me ofrezco a llevármela a una isla desierta, pero dame una razón.
—Eso no servirá. Apela a su ego, a su sentimiento de amor o como quiera llamarlo. Es blanda, es mujer, es débil, cederá si algo no le cuadra en un su "mundo perfecto", ¿qué le vamos a hacer?: es la ingenuidad personificada. Es todo lo que viste y piensas, o sea, es mujer, por lo tanto, si le hablas a su corazoncito cualquier acto racional se verá afectado de mala manera para ella.
—Yo no vi que fuera de esas.
—Las mujeres, por muy fuertes que parezcan, acaban cediendo a sus ideales femeninos, a los sentimientos y a todas esas cosas. Ella no es diferente. ¿Por qué crees que ese hospital tiene tantos benefactores? Pues, porque ella se ha preocupado de darle "lo mejor", y ¿por qué crees que necesita de tantos benefactores? Pues, porque le pone sentimiento, y donde hay sentimiento no hay negocio.
—No me hables de tu genio empresarial que me mareo. ¿Qué quieres que haga y por qué?
—Quiero que veas una manera de sacarla de la dirección del Princeton, como sea, ojalá lejos, ojalá que no vuelva.
—¿Por qué? —insistió consternado.
—Porque quiero hacer una cadena de hospitales a lo largo y ancho del país, pero necesito instituciones de prestigio; ya tengo tres, espero que el cuarto sea el Princeton Plainsboro.
Nisbett lo meditó un momento, cerró los ojos como para ayudarse a procesar la información y preguntó sin abrirlos:
—¿Cómo se llama el susodicho?
—Gregory House. Es su médico más rebelde, es la oveja negra, si se digna a dejar los juguetes de su despacho te será muy fácil reconocerlo y no lo digo por el bastón.
—Gregory House, hospital Princeton Plainsboro. ¿Esoestá en Nueva Jersey, cierto?
—Sí. ¿Qué tiene pensado? Le veo cara de tener una idea.
—Sí. Pero no puedo decirle. Sólo que cumpliré su deseo.
—Si puedes mandar a House a desaparecer, te lo agradecería.
—Tranquilo. Va primero en el plan.
—Quiero tener la titularidad de este hospital.
—¿Y usted cree que es así de sencillo? ¿Llegar y llevar?
—La directora que figura en los papeles está muerta. Debe haber un cambio de dirección y me quiero ofrecer.
—No crea que lo voy a dejar. Cuddy no estará aquí, pero yo sí.
—¿Y qué hará? No tiene ni la suficiente convicción ni los dominios para asegurar que con su sola presencia logre algo a beneficio del altruismo que caracteriza tan erradamente a esta institución.
—Usted es el único que ve la salud como un negocio.
—Usted es el único que está aquí para defender esa tesis y créame que la doctora Cuddy era mucho más imponente que usted.
—Puede que no sea imponente, pero el consejo no lo aceptará.
—Pero no es el consejo de este hospital es que escoge al nuevo director.
Wilson se tambaleó. Eso era cierto y no olía bien.
—Yo poseo información privilegiada, ¿lo sabía? Esta noticia llegó hace dos días a las instituciones y ya se hizo la votación. Vengo a destituirlo doctor Wilson. Salude al nuevo director de la cadena de hospitales Edward Vogler. Con instalaciones en Albania, Nueva York, Filadelfia y ahora Nueva Jersey, hasta ahora.
—¡Ha transformado hospitales en farmacéuticas con clínica! —gritó Wilson sin poder unir muy bien las palabras. Estaba anonadado, así como abatido y frustrado y muy deprimido por haber fallado.
—Le doy la tarde completa para que saque sus cosas y las de la doctora Cuddy si quiere, que vi varias cosas de ella. El resto lo botaré, como a todo lo que no me sirva para el funcionamiento de mi proyecto que prontamente instalaré aquí.
—Esto… es… ¡Esto es ridículo! —y lo miró más consternado y preocupado que enojado.
—¿El que usted siga insistiendo? Pues sí, lo es. Retírese doctor Wilson y vaya a tirar currículos por los sanatorios u otros hospitales de caridad.
—¡Usted compró este hospital! ¡Cuddy jamás lo hubiese aceptado!
—Pero ella está muerta.
—¡Ella no está muerta!
—¿Y qué sabe usted?
—Yo sé que los periodistas son sensacionalistas y que son seres humanos y pueden comprarse como a cualquier otro con algo de dinero.
—Y, usted, ¿cuál es su precio?
Wilson se erizó por completo tratando de olvidar la imagen del tiempo en que fue un traidor a una amistad de tantos años, de lo que alcanzó a retractarse. Dio un suspiró. Recordó a Cuddy y pensó en los cuidados y el tiempo que su amiga, esa mujer, le había puesto a este hospital que perdía ahora por su "presunta" muerte; y preguntó:
—Pueden haber otras razones para esa información… ¿Por cuánto compró a este hospital? —su voz sonó acongojada, derrotada, de despedida.
—Unos trescientos cincuenta millones de dólares repartidos entre todos los votantes.
—Y ¿valió la pena?
—Cuando usted se vaya de aquí lo sabré.
Wilson bajó la mirada y avanzó hasta atravesar la puerta del patio. Vogler le seguía en silencio y Wilson desde aquella puerta, la otra, esa por la cual House o él muchas veces se paseaban para hablar no sólo de medicina, sino de cosas personales, pelambres, tonterías… tantas risas, llantos, gritos y confesiones guardaban esas paredes y hoy se acababan, le echarían una capa de pintura que ocultarían todas esas vivencias y que haría que los recuerdos de la relación de confianza y cariño de un grupo de amigos bastante especial, se atenuara hasta extinguirse y se perdiera en alguna combinación negra y blanca empresarial, reemplazando a ese hogareño mostaza y muebles versátiles cambiando las maderas lustradas y los sillones acolchados de utilidad, comodidad y el toque femenino de su directora, de Cuddy, de su amiga.
—Vendré un poco más tarde con algunas personas a llevarme todo, para que se acomode.
—Tiene todo el día. Tranquilo.
Wilson salió con la expresión más desolada, triste y furiosa a la vez que jamás se le hubiese visto.
Base hospitalaria estadounidense.
Udelhoffen y Fisherman bajaban hasta las mazmorras a repartir los insípidos platos de comida que les daban a los prisioneros. Algunos raquíticos muchachos morenos, un par de viejos y en las últimas celdas un par de debilitados médicos. Un nefrólogo y una endocrinóloga demasiado hediondos y sucios como para creer que hubiesen ido a la universidad y que se hayan titulado. Difícil creer hasta que fuesen civilizados.
Cuddy se abrazaba a sus rodillas en un rincón de la celda. Estaba más flaca, se le marcaban un tanto más los huesos de las articulaciones y lo andrajos le colgaban algo pegajosos. Estaba inundándose en preocupaciones como se le había hecho hábito, no tenía nada más que hacer y el ambiente, la falta de ducha desde que estaba allí y la falta de nuevas emociones y vivencias, conviviendo sólo con las últimas que le afectaron, no le hacían más que ser una melancólica muñeca rota que mira el vacío, ya no llora y ya no ríe. Siempre dándole vuelta a las tristezas y agonías y las preocupaciones vacías ahora que nada podía hacer. Ningún sentimiento reflejado en sus ojos ni en su boca ni en su rostro en general, sólo sopor.
De pronto la puerta se abrió, un plato de comida se asomó y volvió a cerrarse.
House estaba tirado de espaldas sobre el suelo, tenía una mueca de dolor pintada en el rostro, un brazo pasaba por sobre su cabeza y que remataba en una mano muy herida con algunas astillas de madera clavadas sin intención, no por lo menos con la que sí fue dado ese golpe con un trozo de madera mal quebrado. ¡Y es que le dolía tanto la pierna! El dolor ya era inhumano, demasiado tiempo sin poder atenuarlo. "Tortura" era su compañía, pues aunque Cuddy estaba en la celda del lado, estaba ausente, no le hablaba, no le respondía la única pregunta que le hacía todos los días y que sólo le servía para enterarse si seguía viva, si es que en realidad vivía "¿cómo está tu celda?", no podía preguntarle "¿cómo estás?", sería ridículo no suponerlo, pero sabía que ella podría dar alguna respuesta si algún día quisiese volver a abrir la boca, a gritarle. Lo único que lo mantenía enterado, pero no confirmado, era que todos lo días se oía abrir y cerrar la puerta de celda contigua y era lo que le hacía insistir día a día en obtener una contestación.
La puerta se abrió para tirar un plato de comida y se cerró de golpe.
El eco de un candado cayendo con estrépito sobre una puerta metálica llenó el ambiente y Udelhoffen se dispuso a marcharse del lugar junto con Fisherman, quien se había puesto la bandeja, donde llevaban los platos, bajo el brazo.
1º de Junio. Algún lugar.
Cierto. Una habitación pequeña y estrecha en algún lugar del mundo. Oscura, sólo una lámpara de no más de quince volteos iluminaba la estancia donde tres hombres ordenaban sus planes.
—La próxima ida de médicos no serán de los nuestros. Se nos han pedido varios "favores" y no somos quiénes para negarlos. La idea es que los enviemos este viernes. Tengo tres listos —hablaba el que respondía al nombre de Nisbett.
—Y, ¿cuáles serían? —preguntó quien se llamaba Kevin Turner.
—Pues Donna Walt…
—No. Los favores.
—Pues eso. Llevarnos a estos tipos lejos de aquí. Bueno, Donna Walt, en realidad, ella es por nosotros, dio unas declaraciones indebidas en un reportaje sobre el ejército, mi superior se fastidió y dijo que como "nos debía un gran favor" la lleváramos. Es la esposa de Edwin Walt.
Los otros dos lo miraron como comprendiendo a lo que entonces se debía.
—El otro es Jordan Watson, un cardiólogo que habla sobre "las verdades del sistema médico" en varios de sus artículos, así que los médicos más radicales se hartaron y nos pidieron que le "quitáramos el bolígrafo".
—La otra que está lista, es Violet Goldshmith —interrumpió un tal Udelhoffen. —Tiene el mal de putas y el de ser una subordinada, además de ser muy temerosa… Entre quedarse sin empleo para siempre, con una reputación con la que los padres la desheredarían e ir a atender militares y todos con la boca cerrada, pues ha preferido la segunda.
—Bueno. También está Stewart Brown. Pero a él no le hacemos un "favor", sino que un favor. Quiere ir a ayudar a sus compatriotas —aclaró Nisbett.
—Y ¿quiénes faltan, entonces? —consultó Turner.
—Pues Lisa Cuddy, que un magnate me ha pedido sacarla para hacer una "cadena de hospitales". Parece que es la única directora médica que no se vendería por los millones que nos ha dado este hombre para "convencernos". Dice que podríamos usar a un tal Gregory House para ello, no sé porqué, yo conocí a la mujer y no me pareció tan débil como él la pinta. La cosa es que igual estaría feliz si él "desapareciera". Turner, vamos a necesitar que te encargues de convencerlos para que todo parezca legal.
—No te preocupes, yo me encargo.
—También nos pidieron el "favor" con Ralph Gordon. Se le ocurrió transplantar el hígado de la hija de su jefe, que acababa de fallecer por un atropello, a una joven vagabunda que era paciente suya. Eso, más cosas que le molestaron al jefe durante años, equivalente a pedirle un "favor" a su viejo amigo Nisbett. También hay que "convencerlo".
—Sí —aseguró Turner. —Ese es mi trabajo.
Los hombres se miraron y los otros dos quedaron observando a Udelhoffen que tenía cara de querer decir algo.
—¿Qué pasa, hombre? —azuzó Nisbett.
—Dijiste que uno de ellos no va porque quieran cobrarle un "favor", ¿cierto?
—Sí. El doctor Brown.
—No sé si conocen al doctor Fisherman.
—¿Ese no es el que da "atenciones especiales"? —preguntó Turner con un sonsonete burlón.
—O al menos eso insinúa la prensa, pues nunca lo han encarcelado. Bien. Pues, resulta que es amigo mío y me comentó si podría llevarlo a atender heridos de guerra, porque estaba asustado de que lo pillaran, pues se está seguro de que se le abrirá un nuevo sumario. Dice que si lo protegemos, él hace lo que sea por retribuirnos el favor.
—Pues tú te encargas, Udelhoffen —dijo a modo de consentimiento Nisbett.
Habían transcurrido un par de días desde que a House se le había ocurrido lastimarse la mano para mitigar el dolor, hoy fue el turno del antebrazo. Uno, dos, tres quejidos de dolor nuevo y reconfortante, pues no se concentraba en ese cuadriceps fantasma, sino en un lugar mucho más arriba. Ocultar los gritos en gemidos suaves, los ojos brillantes por el dolor, pero algo más por el hambre.
Ya horas más tarde, más calmado, luego de que le llevaran ese plato de comida que se le asemejaba a un manjar, tomó de nuevo las palabras de todos los días para articularlas una vez más sin ninguna verdadera esperanza de oír más que silencio.
—Cuddy, ¿cómo está tu celda?
Nada.
Habrán transcurrido unos cinco minutos, tal vez más, tal vez menos, no lo sabía, había perdido la cuenta ¡y cómo no iba a ser si había escuchado la voz de Cuddy! Era un hilillo, con letargo y balbuceo, algo que sonó como "gris" fue lo que le hizo perder la noción de largo tiempo que ya había perdido tratándose de corto tiempo y ella le había recordado ahora esta sensación psicológica de que el tiempo va deprisa.
—¡Cuddy…!
Pero se calló. No sabía de qué hablar. No tenía tema de conversación. No le iba a preguntar cómo estaba ni iba a decirle algún sarcasmo, más que por no molestarla, porque se le habían olvidado. Había perdido la práctica, había perdido el estilo y había perdido el carisma, todo porque ni él ni Cuddy estaban en condiciones de jugar, de pelear, de "odiarse" libremente como antes.
Y una música comenzó a sonar en su cabeza. No era la versión íntegra, sólo fragmentos que en algún momento escuchó.
"Ayer; todos mis problemas parecían tan lejos; ahora es como si ellos permanecieran aquí; oh, creo en el ayer…"
Todos y cada uno de sus problemas se habían convertido en fantasmas, en sombras que inundaban aquella pequeña celda, aprisionándolo, matándolo lentamente. Antes simplemente pasaba de ellos o los omitía con algún método fácil, o también podía pensar en lo perfecto que era él, en lo inquebrantable; ahora no. Ahora, hoy, sólo se daba cuenta de cuán cerrados tenía los ojos para no mirar que algún día añoraría el ayer.
"…De pronto; no soy ni la mitad del hombre que era; una sombra se cierne sobre mí…"
Sólo era un alma vencida, derrotada que sobrevivía por puro instinto, por puro orgullo. Era un alma que no aceptaba que la asesinara cualquiera, aunque de aquel que fue antes, que no quiere arrancarse de sí, pero que si es objetivo no queda mucho de ese hombre, tan sólo es ahora un nombre y lo es aún porque sigue respondiendo con un "¿qué?" cuando llaman a un tal "Gregory House" en las pesadillas que lo acompañan cuando cierra los ojos a la inconsciencia.
Ya debía ser otro día, pues oyó la voz de Cuddy cuando sintió más real el frío y también porque vio un plato de comida al lado de su puerta. Oír la voz de Cuddy habría sido un sueño de no ser por ese plato tan insípido que le hacía recordar dónde estaba. En sus sueños o pesadillas las comidas podían ser calificadas de tales.
—Quiero bañarme —fue la frase que oyó salir de la irreconocible voz de Cuddy.
Bueno, él sabía que era ella, pero su voz no la hubiese reconocido. Ahora se le oía demasiado ronca, demasiado afónica, demasiado agarrotada, bastante nasal, esto último porque ni fuerzas para decir "sí" le debían quedar.
—No puedo ni voy a dejarte —reconoció la voz de Fisherman.
—Por favor…
¿Qué? Eso no era un rebatimiento del estilo de Cuddy, no con ese tono tan de súplica. De pronto recordó que de ella tampoco debía de quedarle más que un nombre que diera cuenta de que existiría una tal Lisa Cuddy.
Escuchó cómo la puerta se cerraba de golpe y que ahora Fisherman intentaba ponerle candado.
Lo que House no podía ver era que Cuddy, en su debilitamiento y todo, se había puesto de pie para acercarse a la puerta, agarrarse torpemente de los barrotes y decir con la voz tenue que él sí escuchó:
—Limpia…, sucia… ¿afecta?
Tampoco podía ver cómo es que estaba echada sobre la puerta, con la cara pegada flojamente, lo más cerca de los barrotes que podía y que tenía los ojos cerrados, porque hacer un esfuerzo le conllevaba limitarse en otro.
—Si es por mí, yo ya me acostumbré a tu nuevo perfume —le respondió Fisherman.
House quería hablar, pero notó que la voz que tenía en ese momento se veía obstruida aún más que de costumbre, por un desconocido nudo en su garganta.
—Cállate —fue casi una súplica la que dijo ella.
—¿Sabes por qué no puedo? —escupió acercándose mucho, tanto como los barrotes se lo permitían. Cuddy alzó las cejas como asentimiento junto a un quejido y balanceándose aferrada a los fierros. —Porque tendría que llevarte arriba y allí están muertos, tanto tú como el cojito.
—¿Por qué no nos matan de verdad? —balbuceó Cuddy con una mueca como de querer llorar.
—¡Lo estamos haciendo! —rió, alejándose. —Lo que sucede es que no lo notas, porque aún respiras.
Y se oyó cerrar el candado y alejarse unos pasos y una lejana puerta sellarse para evitar que molécula alguna pudiera transferirse de un medio a otro. Había que esperar que llegara el momento adecuado para la necrosis.
En lenguaje coloquial, House quería matar a Fisherman, en lenguaje formal, House… quería matar a Fisherman… No había gran diferencia. Daba igual. Los sentires no tenían muchas formas de expresarse cuando eran directos y claros.
—House…
A House lo abatió un remezón de pies a cabeza. Cuddy, con su nueva voz, le hablaba, decía su nombre, aún lo reconocía como "House"… y ella tenía ganas de hablar, pero él no podía callar.
—Cuddy, Fisherman es un imbécil…
—House… Perdóname.
—¿¡Por qué!? —él no entendía nada.
—Por mentirte…
—¡Tú no sabes mentir!
—House… Es mi culpa que estemos aquí.
—Bueno, ya te reconozco ahora. Y no es tu culpa. Cuddy, el único que puede tener enemigos que le deseen tanto mal soy yo. A ti no podrían odiarte para desearte esto.
—No es necesario que te odien, ni que quieran hacerte mal para estar acá. La ambición a veces da para muchas cosas…
—¿Qué quieres decir?
—Udelhoffen conoce…
Cuddy se calló.
—¿Qué conoce? O ¿a quién?
A Cuddy le dio un ataque de ronca y raspada tos. Luego se oyó una arcada. House sabía que el ruido que musicalizó el ambiente después era el del vómito.
"…Ella no me lo dijo; yo dije algo que no debía; ahora anhelo el ayer…"
El ayer que le permita enmendar aquello que desde aquí se ve como un error…
—Cuddy… —no quiso darle vueltas al asunto del vómito, quiso hablar de él, no insistirle ni en eso ni con que no le quiso decir. Aún la oía toser y quejarse. —Cuddy. Yo vine porque… —a House los ojos se le inundaron de un líquido olvidado en años de inocencia, no quería, pero el ser sólo un nombre no le daba derecho a réplica —, porque… —House oyó como la mano de Cuddy dio un fuerte golpe en el metal y como su respiración se volvió rápida. —No… no podía dejar que te hicieran daño.
Y le resbaló uno de esos cristales que le llenaron las cuencas ópticas que se alzaban al cielo raso con angustia.
¡Qué irónicas y tontas sonaban esas palabras! Por primera vez podía decirle algo que sentía desgarrarle en serio los sentimientos, pero… ¡era ridículo! ¡Ya le habían hecho daño! ¡Y mucho! Realmente su intención era protegerla de estos bárbaros, pero la descuidó, la dejó a la deriva por orgullo, por la soberbia de ser siempre el Gregory House de ayer. Perdóname le había dicho Cuddy por una razón que no supo. Que ella le…
—Lo siento.
Ya no necesitaba de dolor físico para olvidar el de su muslo, este dolor era nuevo, no lo había experimentado y sí que dolía, tanto que podrían operarlo y no sentiría ni cosquillas con esta anestesia tan efectiva.
Cuddy gimoteó y aspiró por la nariz moquillenta.
—Bebí porque Vogler me dijo unas cosas que no quiero aceptar y me da rabia que tenga razón. Lo que yo te di antes como razón de haberlo hecho, fue sólo la gota colmó el vaso, me sentí vulnerable y quería olvidar —ese olvidar salió demasiado ronco de sus cuerdas vocales. —Te mentí.
—¿Qué? ¿Vas a seguir con los secretos? Y ¿qué tiene que ver Vogler?
Pero Cuddy no respondió.
"…Ahora necesito un lugar donde esconderme lejos; oh, creo en el ayer; Por qué ella tuvo que irse, no lo sé…"
Declararle tantas cosas a Cuddy en un momento y lugar tan desoladores, tan deprimentes; hacer suyos sentimientos que el House de ayer no habría aceptado…; ella le mintió y no se dio cuenta, podría estar haciéndolo ahora también… No, ¿para qué? Ella se alejaba así del buen sitio que contaba en su panteón, le había engañado y él no lo notó, había aprendido cosas que él no sabía que ella sabía y las había usado contra él… No la perdonaría… el House de ayer… El de hoy, no lo sabe…
"… Ayer; el amor era un juego tan fácil…"
Sí… Jugar a amar habría sido fácil… ayer.
DERECHOS RESERVADOS DE "THE BEATLES" DE CANCIÓN "YESTERDAY" EN VERSIÓN TRADUCIDA.
Prox chap "Las llaves de Barba Azul"... lean el cuento barba azul si quieren xD
