CAPITULO 9: PRIMERAS IMPRESIONES
[Despiértame] Despiértame en mi interior
[No me puedo despertar] Despiértame en mi interior
[Sálvame] Pronuncia mi nombre y sálvame de la oscuridad
[Despiértame] Obliga a mi sangre a circular
[No me puedo despertar] Antes de que me quede a medio hacer
[Sálvame] Sálvame de la nada en la que me he convertido
Bring me to life- Evanescence
Realmente me quedé en shock. Aquella no era la contestación que esperaba, aunque tampoco podría asegurar que era lo que pensaba que oiría.
Su respuesta me pareció borde, su tono extremadamente ácido y su cara mostraba una frialdad sobrecogedora. Mi pecho se encogió e instintivamente me lo abracé con fuerza. Aquella sensación me resultaba muy conocida, casi formaba parte de mí día a día, una rutina dolorosa y cruel pero de la que yo era la única culpable.
Los recuerdos asolaron mi mente, fugaces imágenes en las que permanecía como un ovillo tratando de no romperme. Era de suponer que mis ojos me traicionarían, las lágrimas no tardaron en aparecer, cayendo sin control y nublándome la vista. Me había olvidado por completo donde me encontraba y sobretodo con quien.
-¡Oh no! No me digas que eres una novia o algo por el estilo- exclamó Mario derrotado y sumamente frustrado- De veras lo siento, pero no recuerdo nada… no se quien demonios eres.
Sus palabras eran dagas afiladas, carentes de algún ápice de sensibilidad. Me alegré enormemente de que aquel tipo no tuviese a ninguna estúpida esperándole, con su actitud no se lo merecía. Yo me fui encendiendo segundo tras segundo, llegando a olvidar ese agujero que supuraba en mi interior.
No pude evitar responder con su mismo tono, tratarle con la misma mordacidad con la que él se dirigía a mí.
- Gracias a dios no- limpié mis mejillas con el dorso de la mano y sonreí todo lo falsamente que fui capaz- Realmente ni te conozco.
- ¿Entonces que haces aquí, mirándome tan detenidamente? ¿Tengo monos en la cara?- no pude evitar una carcajada, este chico llevaba demasiado tiempo durmiendo y sus expresiones tenían el matiz del niño que fue la última vez que habló.
- ¡Touché!- no podía ignorar que sus preguntas tenían sentido, al menos para él.
- ¿Tou.. que?- sonreí de nuevo y él se pasó la mano por la cara- No, déjalo, no me contestes. Mejor dime que haces aquí si no nos conocemos.
Iba a decirle todo con franqueza, pero lo miré directamente a los ojos y fui incapaz de ser brusca. Por primera vez desde que entré en la habitación minutos antes, le vi indefenso. Sus ojos mostraban confusión y frialdad, no era agradable mirarle directamente a ellos, pero no pude reprochárselo. ¿Cómo estaría yo si me encontrase en su posición?
Respiré hondo, tratando de controlar los frenéticos latidos de mi corazón.
- Es una larga historia, creo que basta con que sepas que llevo visitándote un par de días- tendría que haber preguntado cuanta información era recomendable.
- ¿Eso es todo cuanto me vas a decir? ¿Qué es una larga historia y me basta con esas simples palabras?- su voz era capaz de amargar un dulce.
- Si, bueno, lo siento pero… por el momento no te puedo decir más- me excusé.
Estaba tentada de llamar a Carlisle, que él le explicase todo al chico, todo cuanto pudiese saber, pero sobretodo que me librase a mí del peso que suponía estar allí. Aquel pensamiento me llevó de nuevo al inicio, yo no pintaba nada en aquel cuadro, había entrado para cerciorarme que estuviese bien, prometiéndome a mi misma que después saldría por la puerta para no volver. Eso era exactamente lo que tenía que hacer. No es que Mario estuviese lo que se puede decir bien, pero su vida no corría peligro y de ahí en adelante a mi no se me había perdido nada junto a él.
La idea era sencilla, algo fácil de hacer. Una simple despedida, girarme y marcharme. ¿No era tan complicado verdad? Entonces, ¿Por qué no me movía? ¿Por qué seguía allí plantada como una completa idiota?
Nuestra guerra de miradas llegó a su fin cuando él desvió la suya, bufó molesto y a mi me irritó un punto más. No llegaba a comprender porque se mostraba tan enfadado con mi presencia, no es que tampoco me propusiera intentarlo.
Ese era mi momento. Como una vez me dijo Edward, llevaría a cabo una ruptura limpia o el equivalente a ello en esa extraña relación.
Carraspeé levemente, traté de llamar su atención y lo logré. Volvió su mirada a mi, con los ojos entrecerrados.
- Creo que me voy, será mejor que descanses- dije en voz baja- me alegro que hayas despertado.
No esperé más de dos segundos por una respuesta, su gélida e insensible mirada me ponía los pelos de punta. Tomé mi chaqueta y me encaminé a la puerta. Esa era la última vez que pisaría aquella habitación, la última vez que le vería.
- ¿Volverás mañana?- casi grito de la impresión, giré sobre mi misma para observarle pero él volvía a mirar por la ventana. ¿Qué le podía decir? Ciertamente no era mi intención volver.
Un incómodo silencio danzó entre nosotros. Su rostro, o lo que la posición me permitía ver, se mostraba inexpresivo, pero sus constantes vitales estaban algo aceleradas. Un nudo tomó forma en mi garganta al darme cuenta que estaba nervioso ante mi respuesta.
Comprometerme a volver no era una opción, al igual que no lo era mentirle. Solo quedaba la alternativa de hablar claro, decirle que no volvería. Solo rezaba porque no se lo tomase muy mal, realmente no tenía motivos para ello… no me conocía de nada y no le importaría en absoluto.
- No lo creo- su cabeza giró abruptamente en mi dirección. Ahogué una exclamación al centrarme en sus ojos. La frialdad había desaparecido y un intenso dolor se reflejaba en ellos del mismo modo que una persona se veía reflejada en un estanque. No tuve tiempo a retractarme, de asegurarle que al día siguiente me tendría allí si eso hacía que esa expresión desapareciese de su rostro.
Si en algún momento creí que nadie podía mostrar signos más claros de bipolaridad como Edward, estaba realmente equivocada. Bastaron dos escasos segundos para que aquella desolación fuese reemplazada por otra máscara de fría indiferencia.
- Bien, tampoco es que quiera volver a verte… ahora por favor, vete- su voz había ido tomando fuerza con una velocidad increíble y sus palabras sonaron como una clara orden.
Mi terquedad estuvo apunto de salir a flote, de imponerme para llevarle la contraria, pero aquello habría sido una soberana estupidez. Mario me estaba dando justo lo que yo quería, la libertad. Él no quería que yo volviese y yo no tenía ganas de hacerlo. Era perfecto, él mismo me echaba de su vida así que los Cullen no tendrían con que jugar.
En mi fuero interno saltaba de alegría, aunque una parte de mí estuviese dolida ante su rechazo. Me encogí de hombros y salí de allí. Ya estaba, ya había acabado todo.
No me sorprendí al ver el rostro decaído de Carlisle y Alice, ni la confusión en los de los demás. Era de suponer que todos habían escuchado atentamente todo cuanto pasaba en aquella habitación. En momentos así, sus agudizados sentidos eran una gran bendición para mí, no necesitaría contarles nada de lo que había sucedido ni de las decisiones tomadas.
Alcé bien mi rostro hacia ellos, les miré fijamente a los ojos, retándoles y sintiéndome vencedora. El triunfo corría por mis venas y para Jasper no pasó desapercibido. Enarcó una ceja y sonrió con suficiencia. Toda esa euforia de sentirme ganadora se fue al traste, transformándose rápidamente en inseguridad. Casi me temblaron hasta las piernas, hasta que me di cuenta de quien era el culpable.
Sin pensarlo le mostré mis dientes al rubio vampiro e hice un intento de gruñido. Sus carcajadas no se hicieron de rogar, y por supuesto las de Emmett tampoco.
- Pasas demasiado tiempo con nosotros, hermanita- vociferó el gran oso.
- Dejadme en paz- mascullé visiblemente molesta mientras Jasper me guiñaba un ojo.
Eran en extremo irritantes, todos y cada uno de ellos. En ese mismo momento hice mi primera nota mental.
"Vengarme de los hermanos Cullen y Hale"
Con paso firme y decidido abandoné el hospital seguida de cerca por cinco vampiros sobreprotectores y manipuladores. Por un momento me permití sonreírme a mi misma, eran pintorescos los vieses por donde los vieses y solo querían verme feliz. Eran ante todo una familia muy atípica, pero una familia al fin y al cabo.
El resto de la semana pasó sin mayores cambios. Mi rutina era eso, simple rutina. Dormir cuantas más horas mejor, comer lo justo y necesario para que no me atosigasen con mi precaria salud de humana torpe, leer algún libro si las lágrimas me lo permitían y sobretodo pasarme el día contemplando su urna. Era enfermizo, lo se, pero era justo lo que necesitaba. Todo aquello suponía no llegar a olvidar nunca mis errores, ser consciente de los precios que se habían pagado por mi seguridad.
Aquello sería todo cuanto me quedaría, una urna y la realidad de ser su asesina. Con el paso de los días, su rostro se iba trasformando en un borrón en mi mente. La memoria humana tenía esa clase de inconvenientes y sabía perfectamente que mis recuerdos se irían distorsionando con el tiempo. Observar las fotografías no era por el momento algo que me pudiese permitir, al menos mientras mi estabilidad emocional estuviese en aquel precario estado. Era demasiado fácil pensar en terminar con todo, acabar con aquella farsa de seguir adelante con mi vida… pero había hecho una promesa, y al menos, eso sería algo que si tendría que cumplir.
Casi estoy segura de que era sábado, casi. Los días pasaban con rapidez, hundiendo dagas en mi corazón por cada uno que suponía uno más sin él, pero más allá de eso no tenía constancia de mucho de nada.
La casa estaba en completo silencio, vacía de toda actividad hasta donde mis sentidos me guiaban. Mi dormitorio iluminado por unos leves rayos de sol y completamente desordenado. La ropa se amontonaba en los rincones, los libros estaban tirados en el suelo abiertos por las páginas donde había desistido de seguir leyendo. Siempre aparecía alguna palabra, algún nombre o alguna escena que me impedía continuar. Lo que antaño había sido mi refugio ahora era mi cárcel. Las historias de amores prohibidos me perseguían, los personajes frustrados, heroínas con sus finales felices, historias de fantasía que quedaban fuera de una realidad posible en ciertos términos. Todo eran recordatorios, punzadas de dolor y amargura.
Permanecí tanto tiempo como pude tumbada en la cama, las sabanas estaban arrugadas y enrolladas en mis piernas, preparadas para crear una trampa en cuanto decidiese levantarme.
A Esme le fascinaban los grandes ventanales, y no fue extraño darme cuenta que en esta casa también tendríamos paredes formadas únicamente de cristal. El emplazamiento era realmente hermoso, rodeados de una vegetación abrumadora para el sitio donde vivíamos. Árboles frondosos envolvían el entorno, como una fortaleza de madera y hojas. Un castillo en medio de la nada… la nada era mi vida.
El canto de un pequeño pajarito llamó mi atención. Le oía demasiado bien por lo que supuse que estaría cerca. Busqué con la mirada entre las ramas del árbol que casi golpeaba mi ventanal, y por fin divisé la pequeña figurita de colores vivos. El animal batía las alas y meneaba la cabeza al son de su canción, era evidente que estaba llamando a una hembra y hacía alarde de todo su esplendor. Su melodía era cautivadora, un arrullo y una caricia para cualquier oído. Afortunada la hembra que se emparejase con aquel macho pensé con una genuina sonrisa; pero esta desapareció tal y como vino, convirtiendo mi fascinación por la canción en pura agonía. Yo había sido una afortunada hembra a la que le habían compuesto una composición propia, yo había sido una afortunada hembra que había encontrado a su macho, yo había sido todo aquello.
"había sido…" eran las palabras apropiadas, el pretérito pluscuamperfecto del verbo ser marcaba mi realidad.
Aparté la mirada en cuanto otro pajarillo, posiblemente la afortunada hembra, hizo acto de presencia, acompañando el canto del anterior con un afinamiento diferente. Aportaba su granito de arena al cortejo, de la misma manera que yo aporté la desgracia a la vida de él.
Las palabras cargadas de odio resonaban en mi mente, hirientes y estimulantes a partes iguales.
Quise apartar todo aquello de mi mente, en un momento egoísta quise dejar de sufrir aunque no lo mereciese. Me levanté de un salto o el equivalente, dada mi torpeza. Evidentemente mis pies se trabaron con las sabanas, era algo que ya había deducido anteriormente y había olvidado por completo. Mi equilibrio se hizo a un lado, haciendo alarde de su gran generosidad y posiblemente mirando con sorna el espectáculo que ofrecía al estrellarme contra el suelo.
Dos segundos tardó la puerta en abrirse de golpe, dos segundos en los que no fui capaz ni tan siquiera de reaccionar para incorporarme. Emmett me miraba desde el quicio de la puerta y mostraba una deslumbrante sonrisa.
- ¿Comprobando si sigue igual de duro que ayer, hermanita?
Me obligué a mi misma a no contestarle, sus reiterados intentos de sacarme una sonrisa lo que me sacaban era de quicio. Ya había perdido la cuenta de las veces que les había rogado que me dejasen con mi dolor tranquila, que no interfiriesen en esa nueva faceta de Bella Swan, pero ellos no se daban por vencidos. Por momentos pensaba que era injusta con ellos, ya les había arrebatado a un hijo o hermano y ahora también les privaba de sentirse útiles conmigo. Evidentemente mi estado de ánimo, o la ausencia total de el, y mi poca tendencia a colaborar no reportaba felicidad alguna. Definitivamente me había convertido, aparte de en la culpable de su muerte, en una completa egoísta.
Los fuertes y helados brazos de Emmett me levantaron en vilo del suelo, colocándome en posición vertical al suelo y mirando mis pies para asegurarse de que me mantenían donde debían.
- Gracias- mascullé sin mucho entusiasmo.
Caminé hacia la puerta, dispuesta a bajar a la cocina a por un vaso de agua. No comía mucho, pero al menos si bebía lo suficiente. Tenía la sensación de que en la casa solo estaba Emmett. No es que los Cullen fuesen muy ruidosos, todo lo contrario, pero a veces tenía la sensación de que podía percibir sus presencias.
- Bella- Emmett me llamó cuando estaba a punto de salir del cuarto- me preguntaba si no te importaría acompañarme a por Rose.
- ¿Ahora necesitas niñera?- contesté sin girarme.
En el mismo momento en el que las palabras salieron de mi boca me arrepentí de ellas. Muy bien, así se hace, compórtate un poquito peor para que se alegren más aun de tenerte con ellos; así tal vez no te odien tanto por asesinar a Edw…
Sacudí la cabeza tratando de alejar todo aquello, no me sentía cómoda pensando siquiera en su nombre.
- Niñera no, pero si compañía- contestó con el mismo tono alegre.
- Pues busca una mejor, la mía no es la más adecuada ni agradable- esta vez controlé mi tono, tratando de ser suave.
- Quiero tu compañía, quiero que me acompañes y de hecho lo vas a hacer- pasó por mi lado y vi como se encogía de hombros- y no me hagas llamar a Alice para que te obligue a vestirte, no dudaré en hacerlo.
- Llámala si quieres- farfullé
- Sabes que ese duende no dudará en arrancarte el pijama y someterte a una sesión completa de "barbie-Bella"- gritó desde la parte baja de la casa.
En ese preciso instante, mis ansias de la inmortalidad vampírica resurgieron, pero no por vivir eternamente sino por tener la capacidad de patearle el culo a ese grandullón. Estaba segura que llamaría a Alice si no accedía a acompañarle, y si había algo a lo que no estaba dispuesta era a una sesión de belleza.
- Te odio Emmett Cullen- grité desde las escaleras.
- Yo también te quiero pequeña- una risa atronadora acompañó a su declaración- Tienes diez minutos para vestirte o cogeré el móvil.
Pateé uno de los barrotes de la escalera, una mala idea cuando vas descalza. Definitivamente no tendría que haberme levantado de la cama, podría haber fingido estar dormida y así evitar un paseo que no deseaba. Solo quería un poco de tranquilidad, soledad absoluta y degustar mi propia amargura sin que nadie me molestase.
Volví sobre mis pasos y entre en mi dormitorio. Unos vaqueros y una sudadera gris desvaída serían un atuendo perfecto. Una cola alta y nada de maquillaje, mis ojeras bien pronunciadas y mis ojos sin brillo, mi boca torcida en la mueca perpetua eran los complementos ideales. Me puse las deportivas y ya estaba lista. Solo podía rezar para que ir a por Rosalie no se alargase mucho.
- ¿A dónde vamos?- no pude evitar preguntar, ya estábamos subidos en el enorme jeep y en camino.
- Al hospital- dijo con fingida indiferencia.
La rabia navegó por mis venas, izando velas y contra marea. Todos llevaban días tratando de convencerme de ir y siempre me negaba. Tenían una obsesión enfermiza por aquel chico, me atacaban con chantaje emocional para que volviese a verle y yo no lograba entenderlo. Todos y cada uno de ellos había pasado por mi cuarto a preguntarme si me apetecía hacerle una visita, y todos habían salido por la puerta con la misma respuesta, NO.
Pero ahí estaba yo, subida al jeep y atrapada sin salida posible. Costaba creer lo astuto que había sido Emmett en esta ocasión, había logrado engañarme y sacarme de la casa, meterme en el coche y luego soltar la bomba, pero estaba equivocado si pensaba que iba a ganar la batalla.
- Muy bien- dije lo más tranquila posible y mirando por la ventana- aprovecharé para tomarme algo en la cafetería, he oído que el café no es muy bueno pero los bollos rellenos de crema están deliciosos.
- Perfecto- exclamó lleno de júbilo y obviamente ignorando el trasfondo de mi afirmación.
El rostro de Mario me vino a la mente, aquella mirada mortificada cuando supo que no pensaba volver. Todo el asunto con el chico había sido muy raro, y era algo que aunque quisiese no me podía apartar de la mente. Yo también había pensado varias veces en ir al hospital, pero sabía que no era buena idea. Era mejor mantener a la gente lejos de mi y mi facilidad para provocar desgracias, ese chico ya había pasado por demasiado como para tener a alguien como yo cerca. Resultaba triste saber que no tenía a nadie en el mundo, y muchas veces me descubría preguntándome si él se sentiría tan solo como yo.
Llegamos al hospital y Emmett aparcó en la parte trasera. Había un techado perfecto para poder resguardarse de los rayos de sol y entrar sin llamar la atención sobre su piel cubierta de diamantes. Para mi fue perfecto, puesto que al entrar por aquella parte pasábamos justo delante de la cafetería.
- Emmett, yo me quedo aquí- dije inocentemente- ves a buscar a Rose, yo os espero.
Estaba lista para pelear con él sobre el tema, dispuesta a montar una escena si era necesario, pero una vez más me sorprendió.
- Vale, pero no te muevas de aquí… no se te ocurra escaparte porque te encontraré pequeña- movió las cejas con una mueca muy cómica y endureció la voz.
- Si, claro.
- No tardo Bella, espéranos dentro.
Dicho aquello desapareció por los pasillos y yo me quedé en la puerta. No tenía intención alguna de tomarme nada, mi estómago estaba cada vez más cerrado y no admitía casi ningún tipo de comida. Los sándwiches vegetales eran prácticamente mi alimento base a pesar de que Esme se desvivía buscando recetas que me abriesen el apetito.
La puerta de la cafetería se abrió, el olor a café y bollos inundó rápidamente el pasillo al tiempo que una pareja joven salía cogida de la mano. Los dos tenían sonrisas radiantes en la cara, expresiones de felicidad y amor que a mí me revolvían el estómago. Estaba claro que ningún familiar estaba enfermo, que no habían perdido a nadie recientemente o estaban a punto de hacerlo; no sufrían el tormento de la muerte, o al menos no lo reflejaban. No quería sentir envidia, pero era algo que no podía controlar. Lo mismo me pasaba en la casa, cuando veía a Rose y Emmett correr a su dormitorio o cuando Jasper acariciaba con cariño la mejilla de Alice.
A eso se había reducido mi vida, a estar rodeada de amor sin poder sentirlo en mi piel.
No sé cuánto tiempo pasó exactamente, pero empecé a impacientarme por la tardanza de Rose y Emmett, así que me encaminé hacia el pasillo por el que él había desaparecido. No presté atención al caminar, no me fijé hacia donde me dirigía, solo miraba alrededor buscándoles mientras mis pies me guiaban por los corredores del hospital. En algún momento tuve que tomar el ascensor, o tal vez subí por las escaleras. Francamente da igual, el resultado fue exactamente el mismo.
Giré en un par de pasillos, hasta llegar a la siguiente curva. Las voces eran lo suficientemente claras como para oírlas a una distancia prudencial, y casi hubiese preferido que hubiesen estado hablando a velocidad vampírica, de alguna forma que me fuese imposible entender lo que decían.
- En serio Carlisle, no sé si esto será buena idea- la voz de Rosalie mostraba su malestar por algo- a ella no le va a gustar nada y nosotros hicimos una promesa.
- Lo sé Rose, créeme que lo sé, pero también sé que esto es lo que ambos necesitan- Carlisle parecía cansado, como si hubiese repetido lo mismo una y otra vez- Pero Mario es justo lo que Bella necesita, no me preguntéis aun porque lo sé, pero él es la piedra angular de su vida, al igual que ella la de él.
