Esta es una adaptación con algunos de los personajes de Stephanie Meyer, la historia no es mi propiedad. Al finalizar les diré quién es la autora.

BELLA se trasladó el mismo día con Nessie danzando, cantando y tropezando con ella todo el camino. No había duda, pensó Bella con alivio, que se había convertido en una niña totalmente diferente.

Edward seguía estando tenso con ella cada vez que la niña no estaba delante. Por suerte se iba nada más desayunar y Bella podía llevar a su hija a la escuela y hacer el papel de madre con el que tanto había soñado.

Ese día Edward había llamado durante el día para pedirle que se reuniera con él a tomar una copa en la terraza por la tarde. Normalmente llegaba tarde y Bella era la que acostaba a Nessie, lo que era una deliciosa novedad para las dos.

Esperó con nerviosismo en su habitación desde donde podía ver la entrada. Un hombre entró con flores frescas y las dos doncellas salieron contentas. Por fin apareció Alec y después Edward.

Bella frunció el ceño. Parecían estar discutiendo con ardor y Alec hasta alzó las manos al aire antes de irse como una tromba. Edward parecía bastante disgustado.

Bella se estiró la falda de su vestido azul pálido que se ajustaba con sensualidad a sus caderas y se apresuró a salir a la terraza. Allí la estaba esperando él con una copa en la mano y el ceño fruncido.

—Te he visto con Alec. Habéis discutido, ¿verdad?

—Lo he enviado a Inglaterra de viaje y no le ha gustado —dijo con un tono que indicaba que no quería más cuestiones. Entonces dio un sorbo de vino—. Te he encontrado un trabajo a tiempo parcial.

Bella abrió mucho los ojos de la sorpresa.

—¡Eso es maravilloso, Edward! ¿Qué es? ¿Cuándo empiezo?

—Mañana por la mañana. Serás ayudante del propietario de Naviera Masen Jet —esbozó una leve sonrisa—. Necesita alguien a quien gritar.

Bella sonrió.

—¡Espero que tenga sentido del humor! Cuéntame algo de él.

Edward se encogió de hombros.

—Casado, un hijo. Empezó de cero y tiene cinco barcos y un servicio de mensajería trans-europeo.

—¡Uau! ¿Estás seguro de que puedo trabajar con alguien así? Mi italiano es bastante básico.

—La mayoría de la gente de Capri estudia inglés, francés y alemán. Tu horario será de nueve a doce, lo que te deja tiempo para llevar a Nessie a la escuela. Algunos días tendrás que trabajar desde las tres a las siete y media también.

—Estupendo —sería económicamente independiente—. Al fin podré ganar algo de dinero.

Él la miró con ojos extrañamente velados.

—Sí. Y sin tener que quitarte la ropa.

—¡Esperemos! —dijo en plan de broma.

Edward sólo frunció el ceño y ella suspiró comprendiendo que había metido la pata de nuevo.

—Esta noche ceno fuera, así que me despido.

A Bella le cambió la cara.

—Yo también me voy a la ciudad.

Ya había descubierto que la cocinera dormía al lado de la habitación de Nessie y le gustaba cuidarla y ¿por qué sentirse miserable en la casa cuando podría pasear y ver a otra gente divertirse?

—Sólo recuerda tu posición —le advirtió Edward—. Eres mi mujer y no cenarás sola con un hombre.

—¿Y tú? —dijo ella con dulzura aunque los ojos reflejaban su enfado—. ¿Es muy apropiado para ti, un hombre casado, cenar con una mujer que no sea tu esposa?

—Voy a cenar solo.

Aquello era ridículo, pensó ella más tarde sentada en un buen restaurante ahora que pensaba ganar dinero. Una pareja casada y cada uno cenando por su cuenta en una ciudad tan pequeña como para recorrerla en quince minutos a pie.

La gente empezaría a comentar, así que tendría que hacer un esfuerzo por interpretar su papel por mucho que le costara.

Esa tarde pensó mucho. Le parecía irónico que aparentemente tuviera todo lo que deseaba. Estaba viviendo en Capri, tenía trabajo, Nessie estaba feliz y Edward y ella estaban juntos.

El único problema era que su relación con Edward era una farsa y no sabía cuánto tiempo podría aguantar sin que le rompiera el corazón por segunda vez en su vida. El trauma del nacimiento de Nessie había desatado su depresión, pero ya había estado debilitada emocional y físicamente por el estado de su matrimonio.

Sintió un escalofrío. No quería volver a sentirse tan impotente y con instintos suicidas de nuevo. Si quería salir de aquello ilesa, tendría que poner barreras entre ella y Edward. Ya no habría más deseo.

Cerró los ojos con dolor al enfrentarse a la verdad: que ella y Edward no tendrían ninguna posibilidad. Él lo sabía pero ella se había negado a admitirlo.

Edward apareció tarde a desayunar, justo cuando ella y Nessie se iban. Bella ni siquiera lo miró y se sintió orgullosa de aquel logro tan pequeño.

—Lo siento —les dijo a las dos—. Me quedé dormido. Te llevaré a la oficina, Bella.

—Bien.

Cansada por la falta de sueño, le dirigió una mirada de soslayo. El tampoco parecía descansado. Afortunadamente Nessie habló suficiente por los tres y salió corriendo contenta hacia sus compañeras para alivio de Nessie.

Mientras la despedían, Edward le pasó las manos por los hombros a Bella y ella se puso rígida. Pero en cuanto dieron la vuelta a la esquina, se apartó de ella manteniendo una distancia cuidadosa.

—Estás muy silenciosa —dijo de repente Edward.

—Estaba pensando en mi trabajo. Estoy un poco nerviosa.

—Ladra más que muerde.

—Preferiría que no hiciera ninguna de las dos cosas —dijo ella con una leve sonrisa.

—Pienso... Espero que disfrutes la experiencia.

Edward saludó a un amigo y al entrar en la bulliciosa calle que daba a la plazoleta lo paraban constantemente para saludarlo.

—¿Hay alguien a quien no conozcas? —le preguntó Bella cuando por fin entraron en la plazoleta.

Él se detuvo y la asió con firmeza para mirarla a los ojos.

—Sólo a tí.

Bella quería pertenecer a aquel mundo. Formar parte de él. Capri era una isla pequeña e íntima y esencialmente italiana y supo que nunca la aceptarían si se llevaba mal con Edward.

Siempre sería allí una extraña.

—Llegaré tarde. Mi jefe me gritará.

—Creo que sí —dijo Edward con una sonrisa de diversión antes de conducirla al funicular para subir la empinada colina.

—No debe haber una forma más bonita de ir al trabajo —musitó ella al salir a la calle casi vertical.

—¿Te gusta Capri?

—Muchísimo.

Edward le apretó la mano y cuando lo miró con sorpresa, sonrió.

—Es un gran paso, cambiar tu país de residencia. Me preocuparía que no te gustara y que sólo te quedaras por el bien de Nessie.

El quieto mar brillaba como si hubiera sido pulido. Las enormes masas de buganvilla de color morado se derramaban por los antiguos muros sarracenos de color blanco y mucho más abajo, lo lujosos yates se balanceaban esperando a que sus dueños salieran de los elegantes complejos hoteleros para ir a navegar.

Bella lanzó un suspiro de felicidad. Ella tenía más de lo que mucha gente soñaría.

—Gracias por facilitarme las cosas. Intentaré no hacer olas.

—¡Yo ya me estoy ahogando!

—¡Ya lo veo!

Aquello era precioso. Si no podía ser la amante de Edward, serían amigos. Su actitud la encantaba y paseó del brazo con él muy animada mientras le iba mostrando los puntos de interés y los personajes de la villa.

—Esta es la oficina de tu jefe —señaló al frente—. Del siglo dieciocho. Bastante bonito.

Bella se acercó hacia el edificio, excitada y nerviosa al cruzar un arco cubierto por un rosal trepador. El edificio había sido restaurado con cuidado, con salas de techos muy altos y preciosos arcos y fuentes en el centro del patío. Unos enormes bananos se erguían de los profundos macizos llenos de geranios y los hombres y mujeres bien vestidos que entraban y salían saludaban a Edward con un apretón de manos.

—¡Es asombroso! ¡Todo un lujo! —susurró preocupada porque él la hubiera recomendado.

Se sentía terriblemente obligada a ser perfecta. ¿Por qué no se habría buscado algo ella misma? Así, si la despedían, él no se sentiría avergonzado por su culpa...

—Aquí estamos.

Edward abrió una puerta y la condujo a una oficina con una vista impresionante del puerto.

—¡Fabuloso! —gritó ella admirada—. El escritorio es antiguo ¿verdad? —Edward asintió claramente divertido por su delicia mientras ella recorría la espaciosa oficina deslizando las manos por la suave seda del sofá y el satinado acabado de un archivador de palo de rosa—. Óleos, seda, un lujoso mueble bar... ¡Ese hombre sabe vivir!

—¡Desde luego!

—¿Cuándo vendrá?

—Ya está aquí.

—Ah. ¿Debo esperarlo?

Él le dirigió una curiosa mirada.

—Ya hará notar su presencia.

Bella asintió con cautela y se acomodó en un sillón de damasco intentando aparentar calma. Edward se paseó por la oficina, ojeando unos papeles por aquí, leyendo una carta por allá.

—¡Edward, no puedes hacer eso! ¿Y si entra? —susurró horrorizada.

Él sonrió y apretó el contestador para escuchar el primero de los mensajes.

—Edward, ¡no puedo creer lo que estás haciendo! ¿Qué diablos...? —lo vio enarcar una ceja con aire de seguridad. Entonces se fijó en el cartel con el nombre en la mesa—. ¡Tramposo! ¡Ésta es tu oficina!

—Muy bien. Ahora abre el correo o empezaré a gritar.

Ella no hizo nada.

—¡Tú eres mi jefe!

Edward agarró un abrecartas.

—Correcto. ¿Qué pasa contigo? Empieza a abrir.

Casi sin enterarse, Bella empezó a rasgar los sobres.

—Yo, no tenía ni idea de que hubieras llegado...

—¿A ser tan rico? —la ayudó él mientras se quitaba la americana.

—A tener tanto éxito.

—¿Te acuerdas de que le mandaba dinero a mi madre todas las semanas?

Ella asintió y siguió apilando las cartas con orden.

Aquello había sido un problema. Apenas había tenido dinero para mantenerse a sí mismo y él había insistido en mandar dinero a su casa.

—Lo recuerdo.

—Ella lo ahorró todo, hasta el último penique. Cuando Nessie y yo nos fuimos de Inglaterra a Nápoles, me lo dio todo. Con eso y la venta del camión, compré unas acciones en un pequeño barco turístico de viajes costeros. Poco a poco fui creando mi propio negocio —vaciló—. Antes de que siga, creo que debes saber que he comprado la empresa de tu padre.

—¿Qué?

—Ha sido mi ambición desde que me despidió. Ése fue el motivo por el que tuve que viajar a Inglaterra con tan poca antelación. Él ya estaba maduro.

Bella frunció el ceño.

—¿Quieres decir que... tenía problemas?

—Había hecho operaciones muy arriesgadas. Alec hizo todas las negociaciones y yo sólo aparecí en el último momento, cuando ya era demasiado tarde para que se echara atrás.

—Ya veo —Bella no sabía lo que sentía. ¿Compasión por el orgullo de su padre?—. ¿Está... está él bien? ¡Pobre hombre! Estaba tan orgulloso de sus logros. Perder su empresa debe haber sido un golpe amargo.

—Lo fue. Llamé a tu madre poco después. Parece que estaba como un niño perdido. Y ella parecía estar disfrutando de su nuevo papel, vendiendo la mansión y comprando una nueva casa, diciéndole cómo y dónde iban a vivir.

—Debo llamar —dijo ella con un fiero deseo por sanar las viejas heridas.

—¡Muy loable por tu parte!

—Ellos querían lo mejor para mí.

—Y yo no lo era.

—¡No! Quiero decir... que sólo veían las cosas desde su punto de vista, no desde el mío.

—La gente siempre piensa en sí misma. Pocos son lo bastante generosos como, para sacrificar sus propias necesidades por las de los demás

Se refería a ella. Algún día se prometió a sí misma, le contaría lo que había ocurrido. Muy pronto.

—Mis padres... De acuerdo, mi padre, tenía razón en cierto aspecto. Deberíamos haber esperado, Edward. No deberíamos haberlos dejado que nos presionaran a casarnos cuando no teníamos dinero ni nos conocíamos lo suficiente.

Edward sonrió.

—Es irónico que él hubiera sido camionero y prohibiera a su hija casarse con uno.

—Pero su rechazo impulsó tu ambición —señaló Bella—. Estabas decidido a demostrarle que no habíamos cometido un error.

—Yo quería lo mejor para mi familia. Creo que he trabajado muy duro, ¿o no, Bella?

—¡Dios me ayude! Eres tan orgulloso como mi padre. Sentías que tenías mucho que demostrar. Y lo has hecho.

Edward había corrido riesgos que la habían asustado, como rehipotecar su casita cuando su padre lo había despedido para poder comprarse su propio camión.

—Pero ya me estoy relajando —estaba ahora cerca de la puerta examinando un calendario—. Ahora estoy frenando para poder pasar más tiempo con Nessie.

—Me alivia oír eso. Ella te necesita —lo miró con impotencia—. Sabes que no puedo trabajar aquí —dijo con desgana.

La oficina y su entorno eran maravillosos. Una lástima lo del jefe. Lo amaba demasiado como para pasar el día entero con él y mantener el secreto.

Edward se apoyó despacio contra la pared y se cruzó de brazos con gesto de intransigencia.

—O aquí o en ningún sitio.

—No lo estropees —dijo ella con tristeza—. Nos estábamos llevando tan bien...

—Pues continuemos.

—¡No! Edward, no podemos trabajar juntos de ninguna manera.

—¿Por qué?

Aquella pregunta tan suave la detuvo. No podía decir que no podría soportar la tensión sexual día tras día.

—¡No importa! ¡Dime tú por qué tengo que trabajar aquí!

Edward frunció el ceño y con decisión se acercó a ella, le quitó el abrecartas y la carta de la mano.

—Porque... no pienso permitir que otro hombre pase tantas horas al día contigo.

Con la boca seca, dio un respingo al ver el brillo de sus ojos oscuros.

—¿Por... por qué no?

—Eso no necesitas preguntarlo. Ya sabes la respuesta. Hazme un café, por favor.

Bella tiró los sobres vacíos a la papelera. Por supuesto que lo sabía. No confiaba en que ella estuviera con nadie más. Sombría, examinó la máquina de café y colocó dos tazas bajo los grifos. Edward creía que coquetearía con cualquier hombre disponible. Y aquel comentario acerca de su ropa lo indicaba.

—¿No tienes una secretaria para hacer esto?

—Normalmente lo hago yo mismo, pero ya que estás aquí...

—¿Tienes secretaria? —insistió ella pensando en rubias en minifalda con las rodillas cruzadas.

—Claro —sonrió y apretó el botón del interfono—. ¿Jessica? Sí, por favor.

Jessica. Definitivamente una rubia. Largas piernas y senos voluminosos.

—¡Hola, Edward!

Nada de lo que había pensado. Jessica era un hombre. Bella sonrió.

—¡Hola! —lo saludó contenta—. Yo soy Bella.

—Cullen —terminó Edward por ella. Bella lo miró un poco irritada. Ya estaba marcando el territorio de nuevo.

—Puede ser que trabaje aquí —dijo para poner a Edward en su lugar.

—¿Quiere que se lo enseñe todo?

—¡Por favor! —rogó ella con suavidad. Necesitaba tiempo a solas para poder pensar.

—No tardes mucho —advirtió Edward antes de sentarse a su mesa con gesto de preocupación—. Tengo trabajo para ti.

Bella sonrió. Quizá le fuera a dar un trabajo de verdad, no sólo hacer recados y preparar cafés.

El alegre Jessica le presentó a todo el mundo del edificio. A Bella le cayó muy bien y le sonsacó para descubrir que faltaba poco para que al jefe lo pusiera en un pedestal.

Hubo una decepción. Una de las acompañantes nocturnas de Edward resultó ser la directora de transportes de Edward y su nombre era Edwardia de Vecchi. Al charlar con Edwardia, envidiando su sonrisa espontánea y sus modales amables, Bella decidió que trabajaría con Edward.

—Tu directora de transportes —dijo sin rodeos al volver al despacho—, me ha dicho que la llevaste de vacaciones el año pasado.

Edward terminó de examinar una fila de cifras.

—¿Celosa?

Aquello estaba demasiado cerca de la verdad y tuvo que bajar la mirada.

—¡Ah!

Edward lanzó una carcajada.

—Edwardia de Vecchi es la hermana casada de Alec. A veces cenamos juntos.

—¿Y no le importa a su marido?

—Se murió. De cáncer. Alec y yo nos turnamos para entretenerla un poco y hacer que vuelva a salir de nuevo.

—¡Oh, lo siento!

—Te mueres de ganas por preguntarme algo más.

—¡De acuerdo, lo haré. La mujer con la que fuiste al Caribe...

—La otra hermana de Alec. Son cinco.

—Familia numerosa —observó ella con sequedad—. Y supongo que las sacarás a todas por turnos para que no se tengan envidia.

Edward se rió con suavidad.

—Algo así. Recuerda que Alec es mi mejor amigo. Creo que te conté que vivimos juntos en Nápoles, en el mismo edificio para ser más exactos. La mayoría del tiempo lo pasábamos en la calle peleando con una banda rival. Sus hermanas son mis hermanas. Yo soy como... un tío amistoso que les doy consejo, les seco las lágrimas, les ofrezco trabajo y hago de padrino en sus bodas. O... las consuelo en los funerales.

—Ah!

—¿Es eso todo lo que se te ocurre?

Ella asintió apenada. Edward era generoso y cariñoso con todo el mundo menos con ella.

—Si vas a trabajar aquí, ordena esos archivos. Si no, cierra la puerta con suavidad al salir.

Bella apretó los labios, agarró los archivos y los pasó de forma ruidosa. Edward no le prestó atención e inclinó la cabeza sobre su trabajo, pero ella vio una sonrisa en sus labios. Y pronto estuvo embebida en su trabajo decidida a demostrar que era fiable y que podía hacerlo bien.

La mañana pasó con rapidez, así como la siguiente y el resto de la semana. Había momentos tensos en los que ella y Edward se rozaban por accidente o cuando estaban encerrados en su oficina más de media hora. Era difícil no ser consciente de la sexualidad de un hombre como Edward. Y a él parecía ocurrirle lo mismo.

Bella, sin embargo, estaba tan feliz que no le costaba superar aquellos momentos. Y en honor a Edward, debía decir que se mantenía amistoso pero distante por lo que estaba muy agradecida.

Edward tenía todas las cualidades que Jessica había enumerado y el futuro parecía prometedor. Su entorno y el ambiente de trabajo no tenían nada que reprochar. Le caía bien todo el mundo y los conocidos de Edward ya la incluían en sus besos y saludos, haciéndola sentirse querida.

Sus padres la habían hablado con calidez cuando los había llamado para contarles algo de su vida pero sin hablar de Edward para no disgustarles.

Y en cuanto a Nessie... Había cambiado tanto que ella y Edward estaban maravillados. Para deleite de Bella, la niña la había aceptado por completo. A menudo se sentaban juntas dibujando a Edward, a María o a cualquiera que se quedara quieto el tiempo suficiente.

Un día volvía a casa soñadora después de haber comprado algo de ropa interior nueva cuando tropezó con Alec que acaba de volver de Inglaterra dos días antes y caminaron juntos.

—Tengo algo para tí —dijo cuando se pararon a las puertas de la villa de Edward—. Quiero decirte que siento no haberte recibido bien en la vida de Edward. Esto es un regalo para decirte cómo lo siento.

Bella tomó la pequeña caja de terciopelo con turbación.

—¡No tenías por qué hacer esto! Entiendo que estabas protegiendo a Edward de mí. Eres su amigo y debías... ¡Oh, Alec! —gritó entusiasmada—. ¡Es precioso! Pero no puedo...

—Por favor, acéptalo —dijo él con rapidez sacando el broche de una araña de plata para prendérselo en el vestido—. Póntelo para demostrar que me perdonas.

A Bella se le suavizó la cara con una sonrisa. Se estiró y le dio un beso en la mejilla, conmovida.

—Gracias. Lo llevaré. Hasta mañana.

Él le devolvió la sonrisa.

—Edward me ha invitado a cenar.

—¡Estupendo! —exclamó tomándole de la mano—. Vamos. Están bañándose.

Todo, casi todo era maravilloso. Ansiosa, condujo a Alec a la villa para que Edward viera que por fin la había aceptado.

Pero algo extraño había sucedido. En vez de darle la bienvenida, Nessie se quedó muy callada y se aferró a su padre. No tenía ningún ataque de histeria, pero aquellos leves temblores apenaron a Bella más que ninguna de sus descargas.

Paseando inquieta por la habitación mientras Alec intentaba charlar con cortesía, Bella rogó porque los maltratos no hubieran empezado de nuevo.

Alzó la cabeza cuando Edward apareció con cara de preocupación.

—¡Debes hablar con esas niñas de nuevo! No se les pude permitir que hagan daño a Nessie otra vez...

—Parecía —dijo Alec con voz calmada—, que te tenía miedo a ti.

Bella se detuvo.

—Sí. Quizá hayan estado diciendo cosas de mí. ¡Edward, por favor, haz algo! ¡No les permitiré que me arruinen la relación con mi hija!

—Ahora iré, no te preocupes. Acabaré con lo de esas niñas de una vez por todas. Había estado tan bien. Yo tampoco quiero que se estropee.

Pero estaba arruinado. Las dos niñas, la escuela y la misma Nessie negaron que la hubieran acosado. De hecho, eran ahora sus mejores amigas.

Esa noche, las pesadillas empezaron de nuevo. Bella escuchó los gritos de Nessie y se quedó en su habitación, pero todas las células de su cuerpo se morían por consolar a su hija. Y cuando se apaciguó, se echó sobre la almohada y lloró.

Durante los dos días siguientes, Nessie la evitó. Intentando aceptar el consejo de Edward de que tuviera paciencia, Bella hizo lo posible por no tomárselo de forma personal pero se sentía muy deprimida. Si después de todo, su hija no la quería, ¿qué diablos estaba haciendo en aquella isla? Pensando en abandonar Capri y a Nessie, posó los papeles que había estado revisando en la oficina y de repente empezó a llorar.

—¡Bella! —Edward la atrajo con suavidad a sus brazos—. No llores. Sé lo que debes sentir. Ten paciencia. Está confundida por algo.

—Pe... pero si no me quiere...

Enterró la cara en su hombro.

—Te querrá —aseguró Edward abrazándola con fuerza. Bella estiró los brazos y le rodeó el cuello en busca de consuelo. Apenada balbuceó:

—¡Era... tan, tan feliz, Edward! Y cada vez que soy feliz, aparece algo que me da un puñetazo en los dientes.

—¡Eh! —con una sonrisa, Edward retrocedió y le asió la barbilla con la mano—. Nadie va a darte un puñetazo en los dientes —se detuvo clavando la vista en sus labios temblorosos—. ¡Oh, Bella! ¡Eres irresistible!

Y muy despacio se lo demostró con un beso.

Ella no se separó. En ese momento, lo único que quería era todo el amor y cariño que pudiera darle. Su boca se abrió bajo los labios de él y enterró los dedos en su espeso pelo.

El beso se hizo más profundo hasta volverse increíblemente apasionado rompiendo su promesa, pero lo necesitaba. Lo deseaba, allí y ahora. Lentamente y completamente hechizada, observó cómo él empezaba a desabrocharle los botones de la camisa blanca.

—¡He deseado esto tanto tiempo! Pasar contigo todo el día ha sido una agonía... He soñado con esto todas las noches —jadeó Edward.

Ella lo empujó con debilidad por los hombros, pero fue un débil intento de resistencia. ¡Si él supiera las noche que ella había pasado contando ovejas en un esfuerzo inútil por olvidarlo!

Y entonces escuchó el sonido del fax y las charlas al otro lado de la puerta y volvió a la realidad. Aquello no era la soEdwardión. Sólo causaría más problemas.

—No —dijo con firmeza apartándose de él.

—Has tardado cinco botones en protestar —murmuró él explorando la curva de sus senos con un dedo.

—Si estás sugiriendo...

—Bella —dijo con ansiedad besándola en el cuello—. Seamos prácticos. Estamos viviendo juntos. Nos necesitamos. ¿Por qué no disfrutar el uno del otro?

—Porque... Porque...

Su morena cabeza descendió cortando sus quejas. Y cuando su boca jugueteó con uno de sus pezones hasta erizarlos en un duro botón, Bella reconoció que lo deseaba más que a su propia cordura.

Su cuerpo se pegó a él en una involuntaria rendición y Edward debió sentir que sus músculos se suavizaban porque bramó contra su cuello y alzó la cabeza para mirarla con intensidad a los ojos.

—Sabes que no puedo estar apartado de ti.

Con suavidad, la rozó las sienes con los labios. Ella se estremeció cuando la acarició el cuello y aspiró su aroma. Cuando permaneció tensa y silenciosa, Edward le tomó la mano y le besó la punta de los dedos con reverencia. Y entonces la rozó los labios de nuevo saboreando la suave calidez de su boca.

Lo amaba tanto. Cerró los ojos en un arrebato de placer por estar en sus brazos de nuevo. Lentamente, besándola y murmurando ternuras sin cesar la empujó hacia la mesa hasta que el borde la detuvo. Y entonces la tendió, su boca devorando su cuello y sus senos mientras ella gemía con abandono.

Ya no eran conscientes de nada salvo el uno del otro. A Bella se le desbocó el pulso y la suavidad de Edward se convirtió en una urgencia salvaje en busca de sus frenéticas manos y labios.

—¡Ejem!

Los dos se quedaron paralizados ante la tos masculina. Edward la miró con asombro y volvió a sus sentidos alzándola y ocultándola con su cuerpo.

—¡Alec! —exclamó—. ¡Menos mal que eras tú!

Bella se ocultó tras la ancha espalda de Edward deseando que no hubiera sido nadie. Roja de la humillación, se colocó la camisa sin conseguir abrocharse los botones de lo mucho que le temblaban los dedos.

—... o no hubiera venido. Pero creo que deberías verla —estaba diciendo con rapidez.

Bella no le estaba prestando demasiada atención. Los botones, pensó enfadada, daban más problemas de los que quitaban.

Edward escuchaba a Alec sin querer creer en sus oídos. ¡Bella no podía haber hecho daño a Nessie!

—¡No es verdad! —gritó pasando al italiano para que ella no pudiera entender.

—Edward, hemos estado juntos mucho tiempo. Sabes que puedes confiar en mí —dijo Alec—. He hablado con Nessie. Te garantizo que te confirmará lo que te estoy diciendo. Bella la ha asustado. Quizá sin querer, pero María te puede asegurar que ha estado cargando su cabeza de historias de fantasmas y brujas y ahora la niña tiene miedo de que los monstruos la estén esperando en cualquier esquina. Está absolutamente petrificada, Edward. Casi histérica. María ha llamado al doctor porque estaba aterrada de su estado mental.

Edward sintió una oleada de angustia. ¡Su pobre bebé!

—No. ¡Tiene que haber un error! —susurró él.

Aquella era la mujer con la que había estado a punto de hacer el amor en ese instante. No podía ser tan insensible y estúpida.

—Vete a casa —dijo Alec—. Lleva a Bella y verás su reacción.

Él asintió aturdido. Su amigo estaba equivocado. Alguien debía haberle contado aquellas historias, suponiendo que era verdad.

—Nos vamos a casa —dijo con voz ronca dándose la vuelta hacia Bella.

Ella se sonrojó todavía batallando contra los botones.

—No podemos, Edward. Se supone que estamos en el trabajo.

—Déjame —calmado ahora al pensar que su hija necesitaba su ayuda, Edward le abrochó los botones restantes—. Es una emergencia. Alec dice que a Nessie la han enviado a casa. ¿Qué estás haciendo?

—Buscar mi broche de araña. ¡Oh, Edward! Debemos darnos prisa. ¿Podemos tomar un taxi?

Edward dirigió una rápida mirada a Alec. Aquella no era la reacción de una mujer que hubiera arruinado las emociones de su hija.

—Claro. Vamos. ¿Alec? Quiero que tu también estés allí.

Poco más tarde entraron todos en la cocina para encontrar a Nessie en los brazos de María con las mejillas tiznadas de haber llorado y los ojos clavados en su madre con terror. Edward se quedó helado como un muerto.

—¡Cariño! —gritó Bella dando un paso adelante. Con un sollozo, Nessie salió volando al piso de arriba gritando algo acerca de una bruja.

—¡Vete con ella! —ordenó Edward a María con voz estrangulada.

Era verdad, entonces. Que Dios ayudara a Bella. Con la cara pálida como un muerto, se enfrentó a lo inevitable. Ella tendría que irse.

Gracias por sus reviews y alertas.

Disculpen la tardanza, ya casi se acaba un par de capítulos mas y c´finit

Espero les guste el capitulo a mi me encanta un review si gustan para dejarme saber su opinión y gracias a quien agrego a la historia en alerta. Bonito Martes.