¡YAHOI! Sí, ya, lo sé, lo sé: mucho tiempo sin pasarme por esta historia. Pero como hoy estoy medio pachucha, y llueve y hace un frío de los mil demonios, pues aprovecho que hoy no creo que salga para ponerme al día con esta y, tal vez, si me dejan, con alguna otra historia.

Ya veremos si me dan la cabeza y el cuerpo xD.

Disclaimer: InuYasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi.


Desilusión

Parte 1

[Pelea]


―¡No entiendo por qué has tenido que hacerle eso! ¡Solo estábamos charlando!

―¡Sí! ¡Hasta que su mano decidió deslizarse casualmente por tu cintura hacia tu precioso culo!―El halago no hizo que se sintiera mejor ni que se le disipara el enfado que traía.

Irritada, cerró con un sonoro portazo la puerta de la habitación que compartía con su ahora odioso y celoso marido. Claro que aquello no lo detuvo, sino que la abrió de golpe, azotándola de nuevo con fuerza para volver a cerrarla.

―¡¿Es que no te das cuenta?! ¡A ese estúpido profesor le gustas!―Kagome suspiró, llevándose las manos a las sienes y comenzando a frotarlas. Su anillo de compromiso y la alianza de platino brillaron cuando la tenue luz de la lámpara de noche que había en su mesilla impactó sobre ambas sortijas.

―Kōga-kun no es profesor, es estudiante de doctorado y tan solo de vez en cuando va a dar alguna clase… ―InuYasha enrojeció de ira.

Se pasó una mano por el pelo, mascullando un improperio.

―¡¿Lo llamas por el nombre?!

―¡Es mi amigo! ¡Lo conozco desde hace años y nunca, NUNCA, habría hecho nada sin mi consentimiento!

―¡Oh, así que ahora estás pensando en-

―¡Cómo se te ocurra terminar esa frase hago la maleta y me largo ahora mismo!―Un leve destello de pánico asomó a los ojos dorados del hombre, que enseguida consiguió disimularlo, adoptando una expresión dura.

―¿Es eso lo que quieres?―Kagome parpadeó, dándose la vuelta y evitando que las lágrimas quisieran derramarse de sus ojos.

―Por supuesto que no, pero me lo estás poniendo realmente difícil…

―¿Así que ahora es culpa mía?―Kagome se volvió, el enfado nuevamente brillando por todo su rostro.

―¡¿Cuánto hace que no vienes a cenar o a comer a casa?! ¡¿Cuánto hace que no salimos los dos solos, por ahí, como antes?! ¡¿Cuánto hace que no… ―Las palabras murieron en su boca en cuanto las pensó, un escalofrío bajándole por toda la espalda.

Las lágrimas amenazaron con desprenderse de sus ojos una vez más. Se abrazó a sí misma, luchando por controlar su miedo, su angustia, su ira, su inseguridad.

―Tengo trabajo, uno importante, responsabilidades, gente que depende de mí…

―¿Y yo? ¿Acaso yo no soy importante?

―No he dicho eso…

―No me contaste que habías tenido problemas en la empresa, ¡me tuve que enterar por Sango! ¡Tampoco me dijiste nada de todas las veces que interviniste con los problemas que tuvo Sōta en el instituto, no hasta que su tutora me llamó para felicitarme por el gran trabajo que había hecho con él! ¡Imagina mi sorpresa cuando me contó de todas sus peleas, sus salidas de tono… ―Sacudió la cabeza, sintiéndose impotente.

―¡Lo hice porque no quería disgustarte! ¡No estabas en condiciones de soportar más carga!

―¡Eso tendría que haberlo decidido yo, no tú! Oh, y luego está lo de la cena de gala aquella, ¿lo recuerdas? ¡Ni siquiera me invitaste!

―¡Tenías exámenes y me pediste expresamente que no te agobiase más! ¡Yo no podía faltar y-

―¡¿Pero tenías que ir con otra mujer?! ¡¿Sabes lo que tuve que pasar al día siguiente en la universidad?! ¡Una horda de papparazzis se me echó encima justo antes de presentarme al examen, ni siquiera sé cómo logré salir del paso en la prueba, sobre todo con las imágenes de las revistas que me enseñaron después mis amigas! ¡¿Sabes, acaso, lo mal que me sentí cuando te vi sonriendo y pasándotelo tan ricamente en compañía de Kikyō Nakamura?! ¡Pero lo peor fue todas las especulaciones sobre nosotros! "¿Se avecina divorcio en el paraíso?"; "¿La señora Taisho cambiada por una antigua amante?". ―InuYasha hizo una mueca.

―No fui con Kikyō, solo me encontré con ella allí y-

―¡Y decidisteis recordar los viejos tiempos!

―¡Ni de lejos!―Se acercó a su esposa en dos zancadas y la sujetó por los brazos, sacudiéndola―. ¡¿De verdad piensas que yo sería capaz de algo así?! ¡¿De engañarte de la forma más vil y cruel?!―Kagome ladeó el rostro.

InuYasha apretó los dientes y la soltó.

―Muy bien, ya veo lo que de verdad opinas sobre mí. Dormiré en la oficina. Buenas noches. ―Y sin decir más salió de la habitación, dejándola sola.

El terrible sonido de la puerta cerrándose la estremeció y, solo cuando se vio sola, se dejó caer sobre la cama, llorando, sin preocuparse de que el maquillaje se le corriera por todo el rostro.

¿Qué les había pasado? Llevaban varios meses de matrimonio, de romántico y perfecto matrimonio. Y, de pronto, todo se había torcido. Empezaron las llegadas tardías por parte de InuYasha, sus exámenes finales que les quitaron tiempo de estar juntos, los viajes de negocios, los cuales se habían incrementado y a los que ella no podía acompañarlo porque no quería dejar solo a Sōta… a pesar de que InuYasha le insistía hasta que finalmente se iba, con mala cara y sin haberse despedido de ella como antes, como cuando hacían el amor toda la noche anterior a sabiendas de que no se iban a ver en varios días.

Suspiró, incorporándose y restregándose la cara, intentando borrar todo rastro de las lágrimas. Al menos, se dijo mientras iba al baño a desmaquillarse y limpiarse el rostro, Sōta no había estado allí esa noche para oír su discusión.


―Joder, pero qué mala cara que me tienes. ―InuYasha gruñó, volviendo su rostro hacia Miroku, el cual retrocedió ante la vista de sus ojos dorados inyectados en sangre, la sombra de barba ensombreciendo sus mejillas y su barbilla y las profundas ojeras que adornaban sus pómulos―. Esto tiene que acabar, ¿cuánto hace que no vas a casa a dormir?―InuYasha no contestó, sino que regresó su mirada a la pantalla de su portátil, continuando con su trabajo.

―No es asunto tuyo―soltó, en un tono seco y cortante que dejaba claro que no quería hablar del tema.

Miroku suspiró, sentándose frente a una de las sillas que había frente a la mesa del despacho de su jefe y mejor amigo.

―InuYasha… no puedes seguir así.

―Déjame en paz.

―¿Por qué no hablas con Kagome?―La rabiosa mirada que el Taishi le lanzó bastó para que Miroku cerrase la boca. Aunque acentuó su ceño fruncido y cruzó los brazos sobre su pecho.

Tras varios minutos de silencio, Miroku decidió hablar, para intentar meter algo de sentido común en la cabeza dura de su amigo.

―Allá tú si quieres joderte la salud, pero, y óyeme bien, no pienso dejar que le rompas el corazón a Kagome, y mucho menos que te rompas el tuyo por gilipollas. Deja el orgullo a un lado y habla con ella, cuéntale cómo te sientes. Estoy seguro de que está esperando a que lo hagas. ―InuYasha siguió sin contestar.

Finalmente, Miroku se levantó, dando un largo suspiro.

―Sōta no vuelve del intercambio hasta dentro de una semana. Tienes seis días y doce horas para arreglar las cosas con tu mujer, a no ser, claro, que quieras el divorcio como especulan todos los periodistas para irte por ahí a divertirte con tu amante. ―InuYasha clavó la vista en Miroku, con todo el cuerpo tenso.

―Yo no-

―Lo sé, joder si lo sé. Pero los demás no, merluzo. A ver si empiezas a ver un poquito más allá en vez de encasillarte siempre en tu posición. Tus inseguridades acabarán con tu matrimonio, porque no paras de boicotearlo. Si no querías una esposa, no haberle pedido a Kagome que se casara contigo, haberla dejado libre para que intentase ser feliz con alguien más. ―InuYasha desvió la vista a sus manos, que rozaban el teclado de su portátil.

Crispó los dedos, con todos los músculos de su cuerpo tensos. ¡Claro que tenía inseguridades! Para empezar, era mayor que ella, acababa de cumplir los treinta mientras que Kagome apenas estaba entrando en sus veinte. Cada vez que la iba a buscar a la universidad o llegaba a casa y se la encontraba con alguna de sus amigas, no podía dejar de notar lo poco en común que tenían ambos.

Además, había un tema espinoso que todavía no había tratado con ella, porque estaba seguro de que Kagome no querría, por nada del mundo.

―Piensa bien lo que vas a hacer, InuYasha, porque de haber una demanda de divorcio, te aseguro que no seré quién la presente por ti, sino contra ti. ―Los ojos dorados de InuYasha se abrieron ante semejante declaración, pero cuando quiso contestarle, Miroku ya había abandonado el despacho, cerrando la puerta tras de sí con más fuerza de la necesaria.

―Maldito Miroku―masculló una vez a solas, echándose para atrás en su elegante y cómoda silla de cuero―. ¿Por qué siempre tiene que tener la jodida razón?―Se tapó los ojos con un brazo y apretó la mano en un puño―. Es irritante.


Kagome terminó de redactar el trabajo final para una de sus asignaturas favoritas y lo guardó inmediatamente en su nube, para posteriormente mandárselo al profesor vía e-mail.

Echó los brazos hacia atrás y se estiró, haciendo crujir todos los huesos de su cuerpo, incluso algunos que no sabía que ni tenía. Echó un vistazo al reloj que brillaba en la pantalla del ordenador. Las siete y media. Normalmente, InuYasha llegaba sobre las ocho u ocho y media.

Si es que llegaba.

La angustia le retorció el pecho y sacudió la cabeza, pasándose las manos por su melena azabache enredada, tratando de desenredar los largos y ensortijados mechones negros.

El teléfono móvil le sonó en ese momento y lo cogió, ahogando un bostezo con su mano libre. Miró el nombre en la pantalla, sorprendiéndose un poco al ver quién era el que llamaba. Le dio a la tecla de responder.

―Hola… Kōga-kun―dijo, en un tono vacilante.

―Hola, Kagome. ¿Estás… estás ocupada?

―No, acabo de terminar un trabajo así que… estoy libre. Dime. ―Un suspiro de alivio la hizo fruncir el ceño.

―Quería… quería ver si estabas bien, después de lo de la otra noche, en la fiesta de entrega de premios… ―Kagome suspiró.

―Estoy bien, Kōga-kun. Gracias por preocuparte. ―Sonrió, algo conmovida.

―¿Seguro? Tu… tu marido―Kagome creyó notar algo de resentimiento en la voz de su interlocutor―no parecía del todo en sus cabales. No… no te ha hecho nada, ¿verdad?―Kagome frunció el ceño, empezando a encontrarse molesta por tal insinuación.

―Por supuesto que no. InuYasha no es de esa clase de hombres.

―Kagome, puedes confiar en mí, lo sabes, ¿no?

―Kōga-kun, aprecio tu llamada y tu preocupación, de verdad, pero me parece que te estás metiendo dónde no te llaman. InuYasha jamás haría nada de lo que estás insinuando. Es el mejor hombre que he conocido nunca, y me ama. Con todo su corazón. ―Sus propias palabras la golpearon.

¡Claro! ¡InuYasha la amaba! ¡Por eso se había comportado de aquella forma! ¡Por miedo a perderla! ¿Cuántas veces no le dijo Sango que InuYasha tenía auténtico pánico a que lo dejase por alguien más joven? ¿Cuántas veces no le hizo saber lo mucho que la quería y lo muy agradecido que estaba porque hubiese aceptado convertirse en su mujer?

¿Y qué había hecho ella? Comportarse como una niña mimada a la primera oportunidad, reclamándole atención, a sabiendas de que era un hombre muy ocupado. ¿Por qué había dejado que sus estúpidas inseguridades y miedos se interpusieran cuando le pidió ir a aquella cena? El que aún no se acostumbrara a la vida de la que InuYasha formaba parte no significaba que no tuviese que hacer el esfuerzo, de la misma manera que él había hecho numerosos esfuerzos por ella, aunque fuesen tan mínimos y sutiles que muchas veces le pasaban desapercibidos.

Rio, meneando la cabeza. Se levantó, oyendo que Kōga le preguntaba si estaba bien.

―Divinamente―le contestó ella―. Kōga-kun, siento ser tan directa y no me gustaría perder tu amistad, porque de verdad te aprecio, como amigo. Pero si no dejas de hacerme proposiciones y de meterte en mi matrimonio cada dos por tres, voy a tener que cortar por lo sano. Lo entiendes, ¿verdad?

―Kagome…

―Adiós. ―Colgó y, sintiéndose mucho mejor, se encaminó hacia el cuarto de baño privado que había en su habitación, dispuesta a darse un largo y relajante baño de espuma.

Se lavó el cabello a conciencia, se restregó bien el cuerpo con el gel hidratante y la loción corporal. Se puso mascarilla y acondicionador en el pelo. Se peinó, se maquilló ligeramente y se vistió con lo más sencillo pero bonito que tenía en su extenso guardarropa.

Escogió un vestido de manga corta en color rojo, el color favorito de InuYasha. La parte de arriba era entallada y la falda caía hasta sus rodillas. Se quedó descalza y corrió a la cocina. Agarró el teléfono fijo y buscó el número del restaurante favorito de su marido, llamando para hacer un pedido, pidiendo que se lo tuvieran lo antes posible y remarcando una y otra vez que se trataba de una cena romántica para InuYasha Taisho y su esposa.

Mientras esperaba por la comida, puso la mesa, con un mantel, algunas velas y un jarrón pequeño con flores frescas. Abrió las puertas de la terraza y dejó que el ambiente nocturno impregnara todo el salón.

No había nada más romántico que una velada a la luz de la luna, y esperaba con toda su alma que aquella cena sirviera para que InuYasha y ella reconectaran en su matrimonio.

Timbraron y fue a abrir casi corriendo, le dio al repartidor una generosa propina que seguramente le vendría más que bien y se apresuró a colocar la comida en los platos.

Para cuando escuchó las llaves removerse en la cerradura, ya tenía todo perfectamente dispuesto. Se alisó la falda del vestido mientras se apresuraba a ponerse delante de la puerta, a una distancia prudencial para que esta no le diera cuando fuese abierta.

Cuando al fin lo hizo, Kagome compuso una radiante sonrisa, al ver entrar a su cansado esposo.

―¡Cariño!―Desconcertado, InuYasha vio como una entusiasmada Kagome se le echaba encima. Apenas acertó a soltar el maletín que llevaba con varios documentos para abrazarla contra él y que no cayera al suelo. Todo su mundo se puso del revés cuando ella lo besó. Con un gruñido le respondió el beso, sujetándola firmemente de la cintura y estrechando sus maravillosas y femeninas curvas contra él.

Cuando se separaron, se fijó en sus mejillas arreboladas y sus ojos marrón chocolate brillante.

―Kagome…

―¡Estarás hambriento! ¡La cena ya está lista! ¡Mira, ven!―Kagome lo arrastró hasta la mesa, dónde sus ojos dorados captaron el olor y la imagen de la exquisita comida casi al instante.

―E-esto es…

―Sé que es mucho gasto, tal vez, pero… quería hacer algo especial. ―InuYasha cerró los ojos, intentando no tambalearse del alivio que sentía.

Había salido de la oficina directo a casa, con el corazón en un puño, imaginándose los peores escenarios posibles, inventado diversas formas de que Kagome lo perdonase y no lo dejara. Y acababa de encontrarse conque su mujer, su dulce, amorosa y perfecta mujer, se había adelantado a sus planes de reconciliación.

Se dejó guiar a la mesa y sonrió cuando Kagome le dio un beso en la mejilla antes de sentarse ella en su sitio.

―¿Champán?

―¿Qué celebramos?―Kagome volvió a sonreír ampliamente mientras le servía el líquido dorado en la copa.

―Tú, yo, nosotros, nuestro matrimonio… ―Suspiró mientras dejaba de nuevo la botella en la cubitera―. Lo siento. Siento haber exagerado, estoy muy estresada últimamente y las cosas se me acumulan y no sé cómo… cómo lidiar con-

―No tienes que pedir disculpas. Soy yo el que debería. ―InuYasha se rascó la cabeza―. No se me dan bien estas cosas, Kagome, lo sabes. Hablar, percibir las emociones y los sentimientos… no soy bueno en ello y dudo mucho que lo sea alguna vez. ―Clavó sus ojos dorados en ella―. Pero te quiero, no, te amo, eres la única mujer en mi vida, y quiero que tengas eso bien presente. ―Le cogió la mano por encima de la mesa y acarició el par de anillos que adornaban el delgado y pálido dedo femenino.

―Lo sé―dijo Kagome, en un hilo de voz―. Yo también te amo, InuYasha, como no tienes idea, como nunca pensé en llegar a amar a nadie, pero… hay ciertas cosas… de las que me cuesta desprenderme. Sōta, por ejemplo, sé que solo querías ayudar pero… llevo tanto tiempo cuidándolo yo… ocupándome yo de sus desastres…

―Pero ahora no estás sola. Ya no más. Nunca más. ―Le apretó la mano y se la llevó a los labios, besándole los nudillos con una ternura que la hizo estremecer.

―Y tú tampoco―le dijo ella, tras varios minutos de silencio―. Puedes contarme conmigo. Sé que no sé nada de números ni de empresas, pero… puedo escuchar, se me da muy bien. ―InuYasha asintió.

―No quería agobiarte, pero realmente pasé unos días horribles con lo de la filtración de seguridad. ―Kagome asintió.

―Lo sé, no estabas en tu mejor momento―bromeó. Una leve sonrisa apareció en los labios de InuYasha―. Y… tenías razón con lo de Kōga-kun. Quiere… quiere algo más. Me temo que no dejará de insistir, no por el momento. ―InuYasha cerró los ojos, tratando de mantener sus celos a raya.

―Entre Kikyō y yo no hay nada, nada que no sea una buena y vieja amistad. ¿Qué en el pasado tuvimos una relación más… personal? Sí, claro, pero la dejé en cuanto me di cuenta de que estaba irremediablemente enamorado de ti. ―Los labios de Kagome temblaron.

―InuYasha…

―Siempre habrá periodistas, Kagome, y fotógrafos. Y no siempre tus guardaespaldas podrán ahuyentarlos o impedirles que saquen fotos o se te acerquen con preguntas indiscretas. ―Kagome bajó la cabeza, suspirando.

―Lo sé. Es solo que… han sido unas semanas tan malas… y Sōta se fue, al extranjero. Es la primera vez que viaja solo y-

―Kohaku está con él. Y Hitomi. No le dejarán sacar los pies del plato. ―Kagome asintió.

―Lo sé. Pero han sido…

―… muchas cosas…

―… en muy poco tiempo… ―Ambos se sonrieron.

―¿Todo arreglado, entonces? ¿Estamos bien?―Kagome volvió a sonreírle, con esa preciosa sonrisa que guardaba solo y exclusivamente para él.

―Estamos bien. Mejor que nunca. ―InuYasha se levantó de su silla y se inclinó por encima de la mesa para poder alcanzar la suave boca femenina.

Pronto la cena pasó a un segundo plano, necesitados como estaban ambos de contacto, de sentirse, de necesitarse.

Kagome rio contra la boca masculina cuando su marido la tomó en brazos y en dos zancadas atravesó el pasillo hacia la habitación que compartían.

―Dios, cuánto te amo. ―Kagome le tomó el rostro entre las manos mientras él se desvestía con manos ansiosas.

―No más que yo a ti. ―InuYasha paró un segundo para luego sonreír, con esa media sonrisa socarrona que la volvía loca.

Cuando él la cubrió con su cuerpo y empezó a desnudarla con caricias apremiantes pero suaves, Kagome cerró los ojos y se dejó hacer, consciente del amor que sentían el uno por el otro.

Habría momentos duros, sin duda, como aquel que acababan de dejar atrás.

Pero todos los problemas del mundo valían la pena si podía sentirlo junto a ella de esa forma todos los días, cada día.

Hasta que la muerte los separara.

Fin [Discusión]


Pues ale, no todo iba a ser color de rosa, creo que ya lo había avisado. En todas las relaciones siempre hay altibajos, épocas mejores y épocas peores, discuisiones y desacuerdos varios, que normalmente se dan por estupideces. Menos mal que estos dos ya lo han arreglado... (¿o no? xDDD).

¿Me dejáis un bonito review? Porque, ya sabéis:

Un review equivale a una sonrisa.

*A favor de la campaña con voz y voto. Porque dar a favoritos y no dejar review es como manosearme una teta y salir corriendo.

Lectores sí.

Acosadores no.

Gracias.

¡Nos leemos!

Ja ne.

bruxi.