La noche era oscura, fría y estaba acompañada por un conjunto de enormes nubes atiborradas de agua que amenazaban con dejar caer una tremenda tormenta en los alrededores del lugar. Uno que otro relámpago iluminaba fugazmente el cielo y, pese a que corría el riesgo de que un rayo lo alcanzara y recibiera algún daño, tenía toda la intensión de llegar a su destino a cualquier costa.
Había aplazado durante varios días lo que consideraba como un encuentro inevitable, no por cobardía, sino, por dedicar a su familia el tiempo que se merecían, sobre todo a Trunks, quien estaba logrando un incremento asombroso en su fuerza gracias a la dedicación del pequeño. No obstante, tenía la certeza de que tarde o temprano el momento de hablar frente a frente con Siena llegaría y había escogido justamente esa noche para hacerlo ya que Bulma acompañaría a Trunks a un festival de invierno escolar al que él se había negado rotundamente a asistir y así podría salir sin que ella lo notara, pues no bastarían más que un par de minutos para enfrentar a la rubia.
Había pensado mucho acerca de ese momento y tenía en claro que sería directo con ella, por lo que sabía a la perfección las palabras que usaría para no dejar margen a posibles chantajes o ruegos por parte de Siena, pues su deseo era cortar desde la raíz cualquier vínculo que siguiera uniéndolo a ella, como debió haber ocurrido desde la primera vez que habían follado, inclusive, se sentía seguro de lo que haría y no iba a permitirse ser tan blando con ella o no lo tomaría en serio.
Estaba decidido a continuar con su vida después de cometer demasiados errores y estaba consciente de que aún debía encarar a Bulma para informarla sobre toda la verdad, sin embargo, había una incertidumbre que nublaba el camino que debía seguir después de que su esposa se enterara de la atrocidad que él había cometido, pero no podía ocultarle una falta tan grave pues ni siquiera él podría perdonarse por ello. Fuera cual fuera la decisión de Bulma en torno a su relación, él la respetaría y no pondría ninguna objeción ya que era el menos indicado para protestar en su contra.
Debía admitir que toda esa situación había sido dura, no obstante, el hecho de no haber visto a Siena en un par de semanas había calmado la urgencia de correr hacia ella a la menor provocación como antes ocurría. Era ridículo e infame que un guerrero como él hubiera tenido la necesidad de doblegarse por un par de piernas que no habían sido más que una diversión para aplacar la repentina atracción que había surgido por ella y que nada bueno le había dejado, al contrario, tenía una culpa del tamaño del universo cargando sobre sus hombros.
Había sido muy estúpido al caer una y otra vez ante Siena, pero ese era el adjetivo de más bajo nivel con el que podía calificarse, pues tenía una larga lista de ellos que lo definían como un poco hombre y un descarado. En su mente, no paraba de despreciarse por ser tan débil, por haber engañado cínicamente a su esposa, pero ya no estaba dispuesto a seguirlo haciendo, ni a reprocharse por su terrible equivocación, pues debía sacar a relucir la entereza que siempre lo había caracterizado y la frialdad con la que resolvía sus problemas.
Además, el tiempo que había pasado al lado de Bulma y Trunks le había ayudado a reflexionar más de lo que esperaba; había pensado mucho acerca de la infidelidad que había cometido, de aquello que lo había impulsado a seguir con Siena y de las repercusiones en su matrimonio a consecuencia de todo ese asunto. Sin embargo, también se había atrevido a reconocer muchos de sus defectos y podía decir que no era perfecto, tampoco el mejor hombre, el mejor esposo o el mejor papá, era muy terco, amargado y gruñón, pero, a pesar de todo lo negativo, había sido muy feliz al lado de las únicas dos personas que le habían dado sentido a su vida y no había sabido apreciarlo; y recordar cómo había mentido a su esposa y la escoria de persona en la que se había convertido era un ciclo interminable que le causaba repulsión.
Aún no se cansaba de inculparse por haber formado una familia con Bulma a pesar de lo que las demás personas opinaban sobre él y de su estadía en la Tierra, había vivido a expensas de ella durante todos esos años y, encima, había faltado a su matrimonio como si nunca hubiese tenido un significado. Definitivamente, ya no podía dejar que la imagen de Siena siguiera controlando una parte de sus pensamientos; haría lo posible para sacarla de todo rincón de su mente y poder seguir adelante con su vida, pero estaba seguro de que esta no sería como antes.
Conocía a Bulma de pies a cabeza, desde la superficie hasta lo profundo y sabía que cuando destapara toda la verdad, habría una explosión de sentimientos inminente que los llevarían hasta el límite de la locura, pues lo que menos resaltaba de su esposa era el mantener la calma cuando había una situación crítica frente a ella y, aún cuando no hubiera argumentos válidos con los que pudiera defenderse, no tenía la necesidad de ocultar ningún detalle de lo que había pasado entre él y Siena.
Algunas gotas de lluvia comenzaron a caer en su rostro, avisando que la naturaleza había comenzado a hacer de las suyas, sin embargo, ya había entrado al valle rocoso y desolado que había recorrido un sinfín de ocasiones. Acelerando su vuelo hasta donde era capaz, Vegeta recorrió el par de kilómetros que bastaban para llegar hasta el lugar en donde un desconocido deseo le había surgido por otra mujer y, con un solo objetivo en la mente, aterrizó a tan sólo unos cuántos metros de la casa de Siena.
No era que la mujer pudiera detectar su ki o saber que él se encontraba allí a fuera, a menos que estuviese observando a través de alguna de las ventanas de la casa, pero antes de tocar a su puerta, quería ver por última vez la morada, buscando torturarse al tener enfrente la prueba que podía dar testimonio de cómo, hasta el hombre más honrado, podía dejar de serlo.
Vegeta tensó su mandíbula y apretó ambos puños a sus costados tratando de contener la avalancha de sensaciones que se colaban por cada poro de su piel y, con pies de plomo, comenzó a caminar decidido a luchar contra lo que día con día lo estaba atormentando y estaba consumiendo su vida. Cuando se posicionó frente a la puerta, levantó su mano y dio dos golpes en seco esperando que fueran los suficientes para que la diminuta energía que alcanzaba a permitir en el interior comenzara a moverse, sin embargo, no fue hasta unos cuantos minutos después, que la sintió alterarse y escuchó algunos ruidos detrás del pedazo de madera que los separaba.
Sentía el ki de Siena detrás de la puerta, sin embargo, por alguna razón, ella no tenía el valor para abrirla, pues, seguramente, sabía que se trataba de él. Tenía qué hablar esa misma noche con ella, pues no pretendía seguir posponiendo algo que, con urgencia, necesitaba dar por terminado. Entonces, observó la perilla de la puerta girarse lentamente y, con ello, esta comenzó a abrirse, dejando al descubierto la penumbra que reinaba por doquier.
Fugazmente, bajo la lluvia que comenzaba a arreciarse, Vegeta le echó un vistazo a los ojos azules que se encontraban frente a él y que reflejaban los estragos de su propia batalla; todo su cuerpo trataba de gritar por ayuda, pero parecía imposible lograrlo y, en cuanto lo tuvo cerca, tembló con su sola presencia.
—Vegeta… —pronunció Siena en un susurro casi inaudible y lo miró directamente a los ojos.
Vegeta frunció el entrecejo más de la cuenta y cruzó los brazos encima del pecho al ver a una chica tan diferente a la que había observado la última vez que estuvo en esa casa. Siena tenía la punta de la nariz enrojecida y los ojos inundados de lágrimas, sus labios lucían resecos y su respiración estaba entrecortada, mostrándola indefensa y desprevenida ante su inesperada llegada.
—Argh… —Vegeta gruñó por lo bajo, e inconscientemente, dio un paso hacia atrás.
—Viniste… —el murmullo enronquecido de Siena apenas pudo entenderse y sin más, intentó abrazar al hombre por el que tanto había suplicado y se abalanzó sobre él, sin embargo, Vegeta la sostuvo de los antebrazos para evitarlo sin tener que recurrir a su fuerza.
Siena quedó paralizada ante el rígido tacto de Vegeta y pudo imaginar su corazón quebrándose en miles de pedazos con sólo ver la furia que lanzaban los oscuros ojos del guerrero a causa de su acto de atrevimiento. No obstante, al encontrarla de aquella manera, todos los diálogos que había previsto durante el camino hasta su hogar se habían esfumado, dejándolo sin palabras, pues lo que menos esperó fue toparse con una Siena tan vulnerable y lastimada que cambiaba por completo sus expectativas.
—No —impidió Vegeta y, con brusquedad, la soltó haciéndola tambalear.
Por supuesto que esa no era la forma correcta de tratarla, sin embargo, no sabía qué hacer más que seguir mostrando una careta de desprecio para que terminara sintiendo lo mismo por él y, de una vez por todas, lograra sacarla de su vida para siempre.
—Te he extrañado con toda mi alma —balbuceó la chica con la voz a punto de quebrarse.
—No seas ridícula —las profundas palabras de Vegeta la hirieron y calaron hasta el fondo de su ser, provocando que el nudo que ya llevaba minutos en su garganta se tensara.
—¿Por qué me llamas de esa forma? —sin poder evitarlo, un par de lágrimas rodaron desde los ojos azules de Siena hasta tocar su mentón y, finalmente, caer al suelo.
—Porque te dije claramente que lo nuestro no era en serio —objetó escupiendo la frase con todo el veneno posible—. No puedo creer que después de tanto no lo hayas entendido.
—No puedo evitarlo —señaló con tristeza y, rápidamente, comenzó a hipar como cuan niña pequeña siendo regañada por sus padres.
—Tengo qué hablar contigo —informó ignorándola.
Siena permaneció inmóvil por unos segundos, entonces, asintió y se hizo a un lado del umbral de la puerta para permitirle a Vegeta el acceso a la casa. El hombre se encontraba empapado, tal como aquella fatídica noche en la que había cedido ante ella por primera vez y, volver a reproducir aquellas imágenes en su cabeza lo hacían sentir incómodo, sin embargo, el efecto de ver las condiciones en las que la rubia se encontraba, todo le había dado un giro a la situación a pesar de intentar ser indiferente a la pena que estaba sintiendo por ella.
Era evidente que tenía varios días sumida en una depresión de la que él era el culpable de alguna manera, pues la había abandonado repentinamente y sin más explicaciones luego de haber sostenido una aventura intensa y pasional con ella; pero si la chica no hubiese puesto sus sentimientos de por medio, probablemente hubiera evitado todas las lágrimas que ya había derramado por él.
—¿Puedo ofrecerte algo? —la voz de Siena reflejaba a una chica que no escondía su temor por soltarlo, cuando ya no había marcha atrás.
—No vengo a socializar, Siena —remató su oferta con un tono arisco, conservando su postura hermética.
Oírlo pronunciar su nombre de aquella manera le partía el alma, pues los recuerdos que tenía sobre el mismo la transportaban a los momentos íntimos que habían compartido y en los que la llamaba justo antes de alcanzar el clímax, completamente contrario a lo que estaba ocurriendo en ese preciso instante.
—Entiendo… —asintió sin darle la cara y mordió nerviosamente su labio inferior.
Se sentía acorralada con Vegeta allí y de tan mal humor, como nunca lo había visto antes; no obstante, también sentía cómo el corazón se le apretujaba con cada palabra que el hombre emitía de su boca, pues ninguna tenía la intención de hacerla sentir mejor.
—Supongo que imaginas lo que quiero decirte —pronunció el guerrero siendo un poco más gentil con su voz y metió ambas manos en los bolsillos de su pantalón.
Había pedido con todas sus fuerzas que ese momento jamás llegara, que cegara al hombre de toda verdad y le permitiera tenerlo siempre a su lado; había imaginado una parte de su vida feliz al lado de un hombre compartido, se había inventado fantasías nocturnas al lado de Vegeta en las que ambos disfrutaban el momento, pero jamás se había mentalizado para afrontar el día en que todo llegara a su fin y, tristemente, estaba cara a cara contra él.
—Sí —admitió y tragó duramente la saliva que se había acumulado en su boca.
—Menos mal que no te tomará por sorpresa —Vegeta alzó una ceja, continuando aún con el misterio de qué diría exactamente para dar por terminada su relación.
—No —la chica negó con un movimiento ligero de cabeza y dejó salir una gran cantidad de aire que había estado resguardando en sus pulmones durante los últimos segundos agregando más dramatismo a la situación.
Vegeta rodó los ojos ante las raquíticas respuestas de Siena, pensando que buscaban conmoverlo y causarle lástima, por lo que prefirió no hacer caso a los gestos que iban de la mano con cada una de ellas y echó sus hombros hacia atrás, tomando una postura más firme con la cual llamó la atención de la rubia, quien trataba de hacer su mayor esfuerzo para no llorar nuevamente.
—No podemos seguir con esto —Vegeta finalmente reveló sus deseos y cruzó los brazos encima del pecho.
¿Por qué hablaba en plural si únicamente él había tomado esa decisión? Ella aún estaba dispuesta a estar a su lado, esta vez, apegándose a cualquier condición que él impusiera; no importaba si la buscaba como una distracción de su familia y sus intenciones sólo eran follarla, ella quería continuar sintiendo su cuerpo como cada noche y dormir desnudos sobre las sábanas, aunque huyera en cuanto el sol se asomara por la ventana.
—¿Por qué no? —de antemano sabía la respuesta y exigía escucharla en voz de Vegeta.
—Lo sabes de sobra, ¿no? —Vegeta dedujo las conjeturas que Siena había estado haciendo en su mente y pronunció mayormente el entrecejo.
—Te juro que haré lo que me pidas —Siena dio un par de pasos al frente para comenzar a acortar la distancia entre ella y Vegeta, quien no se removió ni un poco de su sitio.
Con aquella afirmación, sabía que Siena estaba rogando por seguir con él sin necesidad de especificarlo, pero no estaba ahí para sucumbir nuevamente ante sus insinuaciones, sino, para poner un punto final a una historia que nunca debió escribirse.
—No necesito nada de ti —señaló Vegeta, observando cómo la chica estaba cada vez más cerca de él tratando de convencerlo.
De pronto, Siena se detuvo y ambos estuvieron a penas un par de centímetros separados. Los dos guardaron silencio y se observaron de la misma manera; había tantas cosas que podían hacer o decir en esos instantes y, sin embargo, sólo había una que debían dejar en claro, pero ella aún tenía la esperanza de lograr que Vegeta cambiara de opinión y recurriría a las mismas artimañas con las que lo había mantenido a su lado durante varios meses.
—¿Ya no me deseas? —susurró la chica poniéndose de puntas, casi en los labios de Vegeta chocando el aliento caliente contra su piel—, ¿he dejado de parecerte linda? —aunque nunca se lo hubiera dicho, sabía qué nunca le había sido indiferente en cuanto a la apariencia física y tenía la suficiente seguridad como para afirmar que era una chica bonita y al menos jugar esa carta a su favor—, ¿acaso me desprecias? —pronunció con la última pizca de dignidad que le quedaba, arriesgándolo todo.
Con todo el valor del mundo, Siena besó a Vegeta, haciendo su mayor esfuerzo para convencerlo de que no la dejara. Con sus suaves manos, comenzó a rozar las mejillas ásperas del guerrero, mientras presionaba ligeramente su anatomía a la rígida del hombre y, sin premura, deslizó sus brazos por detrás de la nuca de Vegeta tratando de hacer un poco más íntimo ese momento. Aunque, en un principio, el guerrero se había negado por completo a que sus labios respondieran el atrevimiento de la chica, éste terminó por abrir la boca, dando paso a la lengua de la rubia, tan ávida y desesperada a la vez.
Nuevamente, había una especie de fuerza que lo estaba hipnotizando y que lo hacia desear más a pesar de, por todos los medios, intentar zafarse de esa atracción. Los besos con Siena siempre habían sido calientes y húmedos y en esa ocasión no había sido para menos, pues la chica sabía como manejarlo e insistía en continuar sabiendo que, de cualquier forma, ella nunca sería la única mujer.
La cercanía de ambos cuerpos provocó que la temperatura comenzara a elevarse y, pese a haberse contenido y no mover alguna de sus extremidades ni un solo milímetro, terminó por rendirse a causa de las delicadas caricias que estaba recibiendo y, con firmeza, Vegeta tomó a Siena de la cintura y, en contra de su voluntad, echó por la borda todo lo que había reunido para llegar hasta ahí. Aquello bastó para que la rubia tomara ventaja de su efecto sobre él y llevó sus manos a los pantalones de Vegeta e introdujo una de ellas por la cintilla del elástico que los sostenía, rozando levemente su miembro con las yemas de sus dedos.
Quedaría como un imbécil si, después de las conclusiones elaboradas y del tiempo en el que se había percatado de cuánto apreciaba a su familia, engañaba nuevamente a su mujer. No iba a caer como un principiante, aunque su cuerpo hubiera reaccionado por el toque fogoso de Siena; no iba a repetir el mismo error y no iba a permitir que su orgullo se esfumara por completo.
—No lo hagas… —Vegeta apartó a Siena repentinamente, dejándola mareada y desconcertada. Ambos resollaban debido a que se encontraban agitados por la pasión que habían desbordado y sus ropas estaban desaliñadas.
—¿Por qué? —pronunció confundida y sus mejillas se sonrojaron al sentirse avergonzada de lo que había estado a punto de hacer y él impidió.
—Porque no quiero que vuelva a pasar algo entre nosotros —señaló con rabia, sintiéndose asqueado de lo que acababa de ocurrir.
Dar rienda suelta a lo que sus instintos le ordenaban había sido el detonante que lo había conducido por el camino equivocado. Dejarse llevar por mero impulso no había resultado como lo había esperado pues, hasta ese momento, aún había sido traicionado por una voz interior que lo incitaba a olvidar todo lo que había planeado para tomar a Siena y fornicarla como antes, sin embargo, su mente era más poderosa que cualquier otro sentido y había hecho caso a todos esos motivos por los que se encontraba ahí.
—Vegeta… —Siena intentó retomar lo que estaba haciendo y estiró una de sus manos hasta los pantalones del guerrero, pero éste se negó a seguir su juego.
—No te humilles más —replicó Vegeta con serenidad y retrocedió unos cuantos pasos de ella.
Siena sintió su nariz hormiguear y sus ojos escocerse, sus oídos estaban aturdidos y un hueco se instauró en su pecho, sintiéndose como una tonta e ilusa. Las palabras de Vegeta la habían lastimado y, de algún modo, hecho ver la realidad de las cosas. Siempre se había humillado, siempre había sido la chica ilusa que se había creído capaz de retenerlo por ser joven y atractiva y había mendigado el cariño de un hombre que, probablemente, jamás había sentido más que deseos de estar con ella para follarla.
Vegeta era un hombre fuerte, orgulloso, admirable y poderoso. Era digno de ser venerado por sus habilidades y respetado por su carácter, pero no era alguien a quien se pudiera querer con facilidad y, sin embargo, ella lo había hecho o, al menos, eso había creído hasta ese instante. Las noches eran inciertas y ella había encontrado a Vegeta como un regalo divino bajo una de ellas, viendo en él un refugio para su corazón que aún no aprendía cómo amar, un escape para sus días de monotonía; él había sido un extraño con el que había compartido cada sitio de su casa sin conocer qué era lo que buscaba, había mostrado a ella otro mundo que, sin saberlo, le estaba dejando varias lecciones para el futuro.
Sin saber el verdadero motivo, Siena dejó salir un único sollozo que llegó acompañado de un incontrolable llanto que le impedía ver con claridad al hombre frente a ella. Por primera vez, lo único que quería era que la dejara sola y no la viera derrotada de aquella manera, perdiendo toda clase de encanto en contra de ella misma, pues había sido su única enemiga al crearse una realidad muy diferente a la que de verdad existía a su alrededor.
Vegeta jamás le había mentido al decirle que su familia estaba primero que ella, jamás le había dado indicios de preferirla y mucho menos le había expresado su cariño como ella lo había hecho. Vegeta siempre se había mantenido al margen y nunca le había demostrado sus verdaderos sentimientos, todo había girado alrededor del sexo y ella había confundido esos deseos con amor.
El ruido de la puerta siendo azotada provocó que Siena levantara su mirada y, aún con la vista borrosa, pudo percatarse de que Vegeta había desaparecido de ahí. Después de eso, ya no había nada más qué hacer. Suponía que no lo vería más y debía tomar esa última escena de desgracia como su despedida, quedándose con el agrio recuerdo de lo que había ocurrido esa última noche de lluvia.
Vegeta salió disparado de regreso a su hogar y, pese a que la tormenta aún no cedía, lo único que deseaba era estar en su habitación, en compañía de Bulma, olvidándose de todo, aunque fuera por un minuto. No pedía más que permanecer a su lado una noche en la que no hubiera sombras que se interpusieran entre ellos, quería disfrutar de la vista que el cuerpo dormido de su esposa le regalaba y pocas veces había apreciado detenidamente; tan sólo buscaba ser un humano común y corriente por el tiempo que durara la noche y dejar su orgullo de lado.
Besar a Siena era un retroceso en el camino que ya había andado, pero tampoco significaba haber perdido el rumbo nuevamente. Su voluntad aún estaba firme, aún estaba consciente de lo que debía hacer y, pese a haber caído en una parte del juego de seducción de la chica, tenía en claro que sólo había una mujer a la que quería y a la que estaba dispuesto a decirle la verdad por el inmenso amor que sentía por ella y por su hijo.
En cuanto puso un pie en la Corporación, decidió ir a descansar, por lo que comenzó su paso al interior de la casa, sintiendo que la sangre le hervía poco a poco mientras volvía a percatarse de cómo había sido tan estúpido al enredarse con Siena y de hasta donde lo habían arrastrado sus terribles impulsos. No había motivos para cometer una infidelidad, así como tampoco había motivos para perdonarla y, ni siquiera el Príncipe de los Saiyajin había quedado exento de tan vil bajeza.
—¡Vegeta!
Había notado que su mujer y su hijo ya se encontraban en casa, pero ambas energías permanecían relajadas, puesto que no estaban en movimiento; la de Bulma podía localizarla en el recibidor de la Corporación, mientras que la de Trunks en su habitación. Pero con tantas imágenes y voces en su cabeza, se había desconectado unos cuántos minutos del mundo y no había notado la presencia de su esposa, quien se encontraba a sus espaldas y cuya voz lo asaltó a medio pasillo con dirección a su habitación.
—Bulma… —Vegeta detuvo su paso con calma y respondió con naturalidad, dando media vuelta para encararla.
Claro que el haber besado a Siena aún lo aquejaba, pero tener a Bulma frente a él, justo en ese instante, aligeraba cualquier problema; ver su franca sonrisa y sus relucientes ojos azules lo hacían sentir nuevamente en casa, esa que había perdido desde hace varios meses y, finalmente, creía volver a encontrar.
—¿Dónde estabas? —le cuestionó elevando aún más las comisuras de sus labios y se acercó cautelosamente hacia su esposo.
Físicamente, había estado con la rubia que le había dado cabida en su vida y en su cama, pero, mentalmente, se había imaginado a su lado, continuando con su vida como antes de la tragedia en lugar de recriminarse por ser un imbécil, deseando que nada hubiera pasado para no encontrarse en esa encrucijada.
—Salí a meditar —mintió sonriendo levemente, pero en cuestión de segundos dejó de hacerlo.
—¿A meditar? —preguntó dudosa y entrecerró ligeramente los ojos al escucharlo—, ¿pasa algo? —esta vez, su rostro se tornó preocupado y colocó una mano en su mentón tratando de averiguar qué estaba ofuscando al guerrero.
Vegeta guardó silencio y la observó sin ninguna expresión. Pronto sabría qué era lo que ocurría, se enteraría de la verdad, el nombre de Siena le sería recurrente, descubriría la clase de hombre con la que, tristemente, estaba casada y le faltaría toda una vida para lograr que lo perdonara después de haberle visto la cara con una chica mucho más joven que ella.
—Después te contaré —dijo con tranquilidad.
Bulma asintió y toda duda se dispersó rápidamente, por lo que tomó a Vegeta por uno de sus brazos para ir acompañada de él hasta la pieza que compartían, perdiéndose entre el largo pasillo de la Corporación.
¡Hola!
Como siempre, quiero agradecerles por el tiempo que han dedicado para leer mi historia y dejar sus reviews, ya saben que aprecio bastante que lo hagan y significa mucho para mi.
Espero que disfruten el capítulo, recuerden que son los últimos.
Y si leen esto y están de vacaciones espero que las sigan disfrutando y la pasen muy bien :)
