Capítulo 9
Arthur se mudó con su equipaje al día siguiente de haberlo acordado con Francis. Entre los dos prepararon la habitación y Arthur le ayudó a redactar unas normas de convivencia. Entre ellas, estaba la típica de colaborar con la limpieza de la casa, compartir los gatos de los servicios básicos y el condominio, pero añadió otras como avisarle cada mañana qué tal era su aspecto para el día. Francis le explicó que, como por razones obvias estaba fuera de su capacidad autoevaluarse, agradecía cuando alguien más se encargaba de aceptar o rechazar tanto su vestimenta como su cabello. Ya en el pasado tuvo desagradables experiencias con una camisa mal combinada o una prenda mal puesta, razón por la cual su mayor miedo del día era que los demás lo vieran ridículo. Ni siquiera Monique, quien era la que lo acompañaba a comprar la ropa usualmente, podía evitar esos incidentes por más que se esforzara en comprar ropa que no distanciara mucho entre sí.
Arthur aceptó aquella norma diciéndole a su vez que él de ropa y combinaciones no sabía nada. Otra norma era la de no preguntar cada vez que Francis trajera a alguien al apartamento; desde amantes nuevos o habituales, Arthur no podía quejarse en lo más mínimo, ni preguntarse de dónde provenían. Tampoco puso objeciones, considerando que no debía importarle la vida íntima de su anfitrión y que de por sí no pensaba traer a Peter y a Ann al apartamento. Además, ¿cuántos amantes podía traer Francis al mes?
La respuesta la tuvo pronto: la media semanal oscilaba entre los tres y los cuatro. Eran más los rostros nuevos que los habituales, pero Arthur se topó varias veces con un tal Luciano y, además, el hombre de cabello rubio y ojos negros de la vez anterior, quien se apellidaba Homais y era terriblemente asiduo. A Arthur no le agradaba, por su manera tan pomposa de hablar con respecto a cualquier tema, del que se reclamaba erudito al instante. Lo peor era que Francis estaba enloquecido por ese hombre; o lo que fuera que le hiciera en la intimidad de su habitación. ¿Y cómo quejarse, si en sí él no tenía ni voz ni voto?
Monique casi no llamaba a su hermano. La única conversación que les sorprendió tener, duró dos minutos como máximo. Francis no le comentó nada al respecto después.
Otro hombre que se aparecía constantemente en el apartamento era Antonio. Pero, por lo que Arthur podía apreciar, eran solo amigos.
Ahora, cada vez que hablaba con Caterina terminaban discutiendo. Por ello se limitaba a hablarle lo justo y necesario; aprovechaba para visitar a sus hijos los fines de semana, en especial los sábados, donde los sacaba a pasear e intentaba aparentar que aquello era perfectamente normal. Tanto Peter como Ann le llenaron de preguntas, que Arthur intentó responder lo mejor que pudo.
-¿Y ahora dónde vives, papi? –preguntó Ann, saboreando un helado de chocolate.
-Con un amigo, me ha dejado una habitación bastante cómoda.
-¿Quién es? –preguntó Peter.
-¿Es más bonita que nuestra casa? –preguntó Ann.
-No, no es más bonita –dijo Arthur.
-¿Entonces por qué te quedas en su casa? ¡Vente con nosotros! ¡Yo te doy mi cama! –insistió Ann.
-¿Prefieres quedarte con ese amigo que con mamá? –preguntó esta vez Peter.
Arthur no sabía qué decir, ¿cómo responderles? Ahora mismo prefería a Francis mil veces, pero en realidad prefería cualquier persona antes que a ella, pero el punto en cuestión estaba en cómo desviar la conversación a una donde se sintiera menos incómodo. Recordó que, hace mucho tiempo, él había sido ese niño ansioso de respuestas ante la separación de sus padres.
-Ahora mismo mamá y yo no podemos estar juntos, pero aquí, lo importante, es que los quiero muchísimo.
-¡Yo también te quiero, papi! –exclamó Ann. Peter hizo un gesto contrariado, aquella no era la respuesta que esperaba.
-Quiero más helado –pidió Peter-, con chispitas de colores.
En circunstancias normales Arthur se hubiera negado a darle otro, pero aquello le servía para desviar la conversación y lo aprovechó.
Arthur llegó un lunes, a las siete de la tarde, al apartamento de Francis. Se extrañó no encontrarlo allí, recorrió las habitaciones en su busca hasta percatarse de una pequeña nota dejada junto al teléfono inalámbrico. La tomó y la leyó, con palabras entrecortadas decía que esa noche llegaría tarde porque tenía reunión de trabajo. ¿Una reunión nocturna? Pensó en las excusas de Caterina. Se preguntó si su amigo estaría saliendo con alguien en este momento; en todo caso, ¿para qué ocultárselo? A él no le debía explicaciones.
La nota expedía un ligero olor a perfume frutal; hasta en eso el hombre resultaba ser sumamente detallista, o, en su opinión, derrochador. Su primera conclusión fue que Francis gastaba en tonterías, la segunda, que tal vez fuera útil unas notas aromáticas para alguien que no podía ver. Arrugó la nota y la botó en la papelera. Entonces, tenía el apartamento para él solo.
Primero llamó a sus hijos; Peter le comentó que se había ganado una estrella en su clase de francés, que estaba a punto de ser seleccionado para representar a su grado en las olimpiadas de francés que se efectuaban entre los colegios de la zona. Arthur le instó a que lo tuviera muy pendiente de todo cuanto aconteciera.
Finalizada la llamada, se sentó en el sofá y prendió el televisor. Se entretuvo con el canal de información, luego se la pasó cambiando de canal en canal sin encontrar nada que le llamara la atención, hasta decidir que la programación era una porquería. Entonces se fijó en las películas que el dueño de la casa mantenía apiladas; era una buena cantidad. Ahora que lo pensaba, nunca les había echado un vistazo. Se acercó hacia ellas y tomó entre sus manos una amplia selección, volviéndose hacia el sofá para ver las caratulas.
Lo que no le extrañó fue la amplia variedad de películas románticas, Francis se veía del tipo romanticón y extremadamente cursi. Por lo demás, le extrañaba que un invidente pudiera disfrutar de ellas sin el atractivo de la imagen, pero supuso que se habría adaptado a apreciarlas a su manera. Lo mismo se aplicaba con el segundo tipo de películas que se consiguió: eran de esas porno que veías cuando no tenías nada mejor con que suplir la necesidad de fantasía; lo interesante allí era que no aparecía ni una mujer en el repertorio.
Se preguntó qué tan diferentes serían del porno heterosexual. Con aquel estaba más que familiarizado, desde que Gilbert se hizo su amigo y le llevó a ver películas pornográficas de baja calidad, pero que lograban despertar en él deseos hasta entonces dormidos.
Decidió que probar con una cinta gay no tenía nada de malo, ya no era un chiquillo que podía dejarse influenciar por apetencias elementales. Él se había pasado demasiado tiempo sin tirar con alguien, masturbándose en el baño sin que ningún orgasmo se sintiera glorioso; era casi como una mecánica, dolorosa y escasamente placentera.
La película resultó ser de mala calidad, ni siquiera los actores eran especialmente atractivos, a cada rato enfocaban la polla enorme de quien parecía llevar el mando, un hombretón mayor y musculoso, sin ningún vello corporal en el cuerpo, que agarraba la cabeza del menor, al más flaco e igual de lampiño, y se la acercaba hacia la enorme polla erecta, cuya boca ajena no podía abarcar en su totalidad. ¿Cómo mierda se iba a meter ese monstruo en la cavidad que interesaba? Y por dios, gemían como perras. Los vecinos ya debían estar enterados de qué estaba viendo en el televisor.
Ante su sorpresa, el menor sí consiguió meterse la polla enorme contra todo pronóstico. Tampoco parecía dolerle demasiado, por lo que concluyó que se trataba de un masoquista. Todo parecía igual de irreal que las porno heterosexuales, solo que esta vez, pese a todos los defectos que le consiguió y lo mucho que la subestimó, acabó con una erección, gracias a la pantalla y a sus propias manos.
Esa noche Arthur probó que las cintas pornográficas de su anfitrión le servían para aplacar su frustración sexual. Sus instintos poco notaban que el disparo de su deseo la causaban hombres, cuerpos musculosos, sin curvas ni rastro de la delicadeza femenina permanente en cada mujer, sin importar su estado físico. Su cerebro, en cambio, le repetía con constancia aquella irregularidad, de la que debería ponerse alerta antes de que fuera demasiado tarde. ¿Era una señal de alarma, excitarse como lo hizo esa noche por algo de lo que él estaba completamente alejado?
A la mañana siguiente la idea no se le fue de la mente, apenas se despertó el pensamiento se había fijado como chicle en el cabello. Como de esas dudas existenciales que te carcomían la mente si acaso no las resolvías pronto. Y esta ¿cómo esclarecerla? ¿Probando acostarse con un hombre? ¿Qué clase de hombre estaría dispuesto a meterse en su cama y dejarlo experimentar?
Francis entró al cuarto de baño de visitas, que había quedado para uso de Arthur, justo cuando este terminaba de quitarse el bóxer, acompañado con el sonido del agua de la ducha al caer al suelo. La reacción natural fue taparse, aunque el hombre ciego no pudiera darse cuenta de nada.
-¿Por qué no tocas antes? –soltó de mal humor.
-Lo siento, pensé que ya te habías metido. ¿Interrumpo? No pareces estar usando el inodoro –dijo Francis, mientras se acercaba a la estantería y abría uno de los compartimientos-. Oh, dios, ¿te ibas a masturbar? Si ese es el caso no te cortes, yo ya salgo.
-¿Cómo me pides que haga eso contigo en el baño? ¿Estás enfermo? –La mañana era quizás el lapso del día en que el humor de Arthur más se ponía a prueba.
-Bien, no lo hagas, no me meto contigo en esas cosas, pero me estás gastando el agua–observó, mientras él tomaba una crema del montón de artículos que Arthur no se había tomado la tarea de revisar.
Arthur se metió a la ducha, Francis estuvo un tiempo más merodeando en el baño antes de salir.
En su estadía en la casa se había dado cuenta que aquel hombre se tomaba su tiempo para todo, con lo acababa siendo una persona lenta, no solo sus pasos lo eran, sino toda su manera de manejarse él y la casa. Le había parecido natural en un principio, en especial teniendo en cuenta su limitación visual, pero ahora le parecía que aquello iba más con la esencia de su personalidad. En todo caso, bufó, preguntándose qué habría pasado si acaso Francis pudiera ver. ¿Se habría avergonzado él también al encontrárselo desnudo? ¿Habría aprovechado para echarle una buena mirada o acaso lo habría ignorado, acostumbrado a tener en esa cama a todo hombre que se le apareciera por el camino? A lo mejor estaba siendo injusto con él. Todavía no tenía motivos para pensar que la selección de amantes de Francis era tanto superficial como constante, uno tras otro, sin criterio de selección. Lo que sí le parecía ahora era que ninguno estaba destinado a ir más allá de una sola noche.
Ya, ya, ya, ¡ya deja de pensar en Francis! Menos cuando lo que quería era despejar su mente. El agua caía, tibia, por su cuerpo, y al compás del agua se iban entremezclando sus recuerdos de la convivencia con Francis con las cintas que había visto anoche, acabando por hacer justo lo que no tenía planeado. Al terminar, se dijo que en ningún momento había usado a Francis como integrante de sus fantasías; había separado la realidad y la ficción.
Cuando se vistió y por fin salió a la sala, ya Francis le tenía preparado el desayuno. Él todavía usaba una bata de la que sospechaba no ocultaba ni pijama ni ropa interior, que vestía en la mañana mientras iba por toda la casa muy a sus anchas, preparaba el desayuno y entraba al baño de su invitado sin consideración alguna.
Comió el desayuno en silencio, mientras Francis iniciaba un parloteo del que al principio no le prestó atención, luego optó por hacerlo ya que hubo espacios de silencio en los que se le ocurrió que Francis podría estar esperando una respuesta. Le costó situarse por la aparición de armaduras pesadas, de plata, porque su primera asociación fueron Los Caballeros del Zodiaco, luego le pareció que en la serie nunca hubo un escudero. O sí, pero no lo recordaba.
-¿De qué estás hablando? –soltó, finalmente.
-De la exposición medieval que se está realizando en una galería de arte, cerca de mi trabajo. Te dije si querías ir pero no respondiste y supuse que todavía no me prestabas atención, por lo que seguí hablando –le respondió.
-¿Sabes que tardo en echarte cuenta?
-Me percaté la primera vez, me dije "así que le cuesta prestar atención por la mañana", pero no me lo tomo a mal.
-No lo hago apropósito –mintió.
-Me gusta pensar eso también. Y me gusta hablar, así nadie me oiga. Si tú no estuvieras aquí, se lo estaría contando a las paredes. No es que ahora seas muy diferente a ellas.
-Eso no es cierto, yo soy más considerado y digo que bueno, me lo voy a pensar. ¿Qué día propones?
-¿Este viernes? A las cuatro de la tarde. Puedo yo y…
-Y yo también –interrumpió Arthur. Acabó su plato, se levantó y tomó también el plato vacío de Francis, llevándolos al fregadero y comenzando a lavarlos-. Anoche no te sentí llegar.
-Estabas rendido, es normal.
-¿Entraste a mi habitación?
-No. Tu respiración se oye por el pasillo.
-Mi respiración no es tan pesada. Y no ronco.
-No es pesada para alguien como tú, pero para mí sí.
-¿Hoy qué harás? –preguntó, cambiando el tema. Ya se había acostumbrado a aquellas salidas de Francis.
-Darme un baño largo. Luego me quedaré trabajando. Hoy viene una doméstica, así que me conviene quedarme en casa y vigilarla, no vaya a desordenar demasiado. La última vez que pasó esto me fue muy mal: como no sabía dónde había colocado las cosas, acabé tropezándome por sitios donde normalmente caminaría sin obstáculos.
-Por eso eres tan ordenado.
-No solo es por eso, también me gusta el orden. Monique es igual a mí en ese aspecto, cuando viene a visitarme aprovechamos para limpiar juntos. Ella sabe cómo me gustan las cosas.
-¿Cuándo viene?
-No lo sé, tal vez en navidad.
Francis se levantó y se le acercó. Arthur miró lo que la abertura de la bata dejaba mostrar de sus piernas, antes de subirla en un repaso rápido hacia el pecho, que gracias a la manera descuidaba y poco firme con que se había atado el nudo en la cintura se dejaba exhibir también, tan solo un poco, pero lo suficiente para esa inspección casi inconsciente. Se le ocurrió lo fácil que sería desarmar aquel nudo tan flojo, luego alejó el pensamiento como si fuera una plaga. Ya a su lado, Francis le sonrió y le besó en la mejilla, colocando una mano en su hombro.
-Hoy no tengo nada que hacer esta noche, podemos cenar juntos. Yo me encargo de la cena, ¿bien?
-Bien, eso me ahorra la molestia de comprar algo –le dijo, con una sequedad calculada, para luego alejarse e irse a tomar su maletín.
El jueves por la noche quedó con Gilbert y Elizabeth. Para variar, iría al apartamento de Gilbert, que quedaba relativamente cerca del de Francis.
Llegó temprano. Quien lo recibió no fue su amigo, sino al hermano de este, un hombretón de veintinueve años recién llegado de Alemania, al que Arthur nunca había hablado más que con frases cortas. Sentía que el que tuvieran pocas cosas en común era el menor de sus problemas de compatibilidad, el principal radicaba en la barrera infranqueable que el silencio de ambos formaba, sin que ninguno diera su brazo a torcer para remediarlo. Ludwig se había graduado como ingeniero de sonido en Alemania y ahora regresaba a su país natal para ejercer su profesión en el sitio que consideraba su hogar. Por ahora se hospedaba con su hermano, mientras conseguía un empleo y encontraba un piso que cumpliera con sus necesidades. Todo aquello lo sabía por boca de Gilbert, le pareció inútil preguntarle algo tan directo para oír la historia de primera mano.
Se sentó en la sala y Ludwig se excusó con estar ocupado en la computadora, pero que si quería, podía servirse un trago. Las cervezas estaban en el refrigerador, en el sitio de siempre, y había refrigerios por si le apetecía picar.
-Gilbert ya debe estar por venir –le aseguró.
-Bien, vale, gracias –dijo, yendo por la bebida.
Al regresar a la sala ya Ludwig se había ido. Gilbert llegó una hora después, junto a Elizabeth. Esta saltó a sus brazos, mientras que Gilbert pasaba del saludo para ir a buscarse una lata de cerveza, acabando por traer dos. Elizabeth tomó la suya y, rápidamente, asumió el rol de la conversación.
Del trabajo de Elizabeth no había grandes novedades, pero de su caso especial sí.
-En definitiva Roderich no va a presentar cargos –dijo-. También inició terapias de rehabilitación, con lo cual es seguro que va a volver a caminar. Es cuestión de meses, el tratamiento es largo y necesita toda la paciencia del mundo, pero da esperanzas saber de antemano que la espera es para algo. ¡Pero aquello no es todo!
Gilbert se mantuvo como distante, de vez en cuando lanzaba una mirada irritada antes de echar un trago largo a su bebida. Arthur se percató de aquello, pero evitó interrumpir a su amiga para comentar esa reacción.
-Resulta que Roderich es un pianista bastante nuevo, pero talentoso y prometedor, según la crítica. Yo no sé si estar de acuerdo, porque de estas cosas no sé nada, pero las veces que lo he oído… es inexplicable. Sabe cómo llegar directamente hasta tu corazón, ¿entiendes, Arthur? Gilbert también lo ha oído, por antiguos eventos que ha cubierto donde él ha participado, y me da la razón, ¿cierto, Gil? Como mi cargo ha sido tan rebajado últimamente… en fin, que siempre hay algo bueno detrás de todo.
Elizabeth siguió hablando y, pronto, Arthur pudo integrarse a la conversación cuando esta desembocó en un tema más abierto, como lo eran las piezas que el mencionado pianista estaba preparando desde entonces. Por supuesto, la conversación acabó por desvanecer su profundidad a medida de que el consumo de alcohol aumentó de intensidad. Esta vez le tocaba a Arthur informar de sus noticias.
Él había creído que no tenía nada que informar, hasta que Elizabeth convirtió la sala del apartamento en un interrogatorio.
-¿Cómo que nada? ¿Y Caterina? ¿Del divorcio no nos dices nada?
-Ya lo sabes todo, el asunto está decidido… No vas a sacar nada más de mí, porque no lo hay. Pero puedes llamarla a ella a ver qué te dice.
-Nunca nos llevamos realmente bien, sería maleducado de mi parte.
-Pero no lo es conmigo.
-Por supuesto que no, cariño. Pero si dices que no hay nada, te tendré que creer y dejar el tema hasta allí. De todas formas mi interés por ti es otra. Me dijeron que había rollo entre Blanche y tú la última vez que ella estuvo en la ciudad, pero que no ocurrió nada.
-Te contaron bien, allí tampoco hay una historia de tu interés.
-Si vieras que no. Me intriga saber qué te pasa, Arthur. El anterior no había escatimado en acostarse con ella, así sea como asunto de una noche. No, no me veas con esa cara de perro ofendido, sabes que es cierto. Ni matrimonio ni una mierda, te conozco lo suficiente para aceptar que realmente no le eres fiel a ninguna mujer, y esto incluye a Caterina.
-No tuve interés, ¿contenta? Blanche no me interesa. No, más bien, en general…, estoy con pocas ganas de acostarme con alguien, te lo he contado. Prefiero pasar del tema –terminó aceptando, sin contar en lo absoluto qué métodos usaba para despertar cierto deseo en él, la confesión le habría costado un peor asedio por parte de su amiga-. Ahora me voy a concentrar en mi trabajo y en mis hijos. En nada más.
Elizabeth le dirigió una mirada de suspicacia, sin acabarle de creer. Arthur conocía la naturaleza de la duda descarada de sus ojos, como si estuviera analizándole de una forma inimaginable para sus sentidos. Tal vez se tratara de intuición femenina, porque con excepción de pocos, nunca fallaba.
-Me estás ocultando algo –sentenció- pero paso de sacártelo a martillazos. Supongo que cuando quieras, yo seré la primera en enterarme.
-¿Qué pasa si no? –la provocó, implícitamente aceptando su suposición.
-Me verás muy enfadada –dijo, encogiéndose de hombros. Dio la impresión de querer seguir con el tema, solo que Arthur aprovechó para desviarlo en cuanto se le presentó oportunidad.
Tras algunas copas después, cuando creía que el interrogatorio había quedado sepultado, Elizabeth volvió a la carga, reposando su cabeza en el hombro de Arthur, en una peculiar manera de atar a su presa.
-Entiendo que estés decepcionado de las mujeres en general, amigo, pero no te aconsejo desistir tan pronto con el amor. Mira, yo que tú, ya estaría experimentando, buscando cómo adaptar el amor a mí…
-¿Vas a seguir? –Arthur puso los ojos en blanco, sin apartarla. Le acarició la cabeza cediendo a un mero impulso-. Anda, calla, que no sigo consejos de gente ebria.
No pasaban de la medianoche cuando por fin Arthur se despidió de sus dos amigos. Tomó su abrigo y su bufanda, colocándoselos con torpeza. La bebida no le había sentado bien. Gilbert tuvo que llamar a su hermano menor y pedirle que llevara a Arthur a su casa, admitiendo en voz alta que desconfiaba de sus habilidades de conducción actuales. Ludwig aceptó sin ánimos.
Ludwig manejó el coche de Arthur, mientras este iba soltando improperios en el asiento del copiloto, a la vez que le insultaba a él por creerse mejor conductor que él. Además, tampoco perdía oportunidad de explicarle a Ludwig cómo manejar por las calles londinenses, revelándole trucos que de todas formas Ludwig no pensaba usar porque estaban fuera de toda ley.
Al llegar a su destino, Ludwig aparcó, abrió la puerta del copiloto y sacó a Arthur de allí. Este intentó liberarse de sus brazos, pero el otro fue más fuerte y le obligó a dirigirse sin vacilaciones hacia el apartamento en el que se hospedaba. Una vez en el piso de Arthur, Ludwig tocó el timbre y esperó a que le abrieran, sin entender por qué se estaba tomando tantas molestias por un hombre que le significaba una total indiferencia. Luego de menos de cinco minutos, un hombre más bajo que él le abrió la puerta.
Era, sin duda, atractivo.
-Arthur, apestas, ¡dios mío! –exclamó el hombre, con un marcado acento francés.
-Tú también apestas, rana asquerosa, no creas que no te he olido –Arthur consiguió soltarse de Ludwig, para darle a Francis un abrazo tosco, hecho más para olerle el cuello con expresión de asco-. Sí, ese perfume asqueroso me da nauseas.
-Ni te atrevas a vomitarme encima o aquí se acaba toda amistad –le advirtió, sin separarlo. Ludwig tenía ganas de hacerlo por él-. ¿Y quién te ha traído? ¿Quién eres? –El hombre se lo preguntaba sin mirarlo directamente a él, pero atento a la respuesta.
-Me llamo Ludwig, soy el hermano de un amigo de Arthur. Me ha pedido que lo traiga dado su estado –se presentó.
-¿Qué edad tienes? Te oyes bastante mayor. Tu inglés también es extraño, ¿estuviste por un periodo fuera?
-Estuve un tiempo estudiando en Alemania –le explicó, sorprendido ante la perspicacia del desconocido.
-¡Sí, alemán! A eso me sonaba, a inglés alemán.
-¿Eso a quién le importa? Déjalo ya –le instó Arthur, acabando con el abrazo solo para tomarle del brazo y tirar de él-. Es bastante poca cosa. Yo, en cambio…
-Tú estás hecho un desastre. Bueno, Ludwig, muchas gracias por traerlo. Te agradecería con un bocadillo, pero es tarde y seguro también estás cansado, al menos que a ti no te importe. ¿Pasas?
-Regalado de mierda –gruñó Arthur.
Ludwig no supo por qué se encontró aceptando, tal vez solo fuera para llevarle la contraria a aquel hombre borracho o porque, en realidad, no se fiaba de él. Ya le costaba fiarse de Arthur estando sobrio, conociendo la clase de persona que era. Entró al apartamento y se quedó en la sala, mientras Francis iba a acostar a Arthur en su habitación. Al volver con él, se estaba abrochando la camisa.
-Me disculparás, pero Arthur se pone pesado, ya ves –le dijo-. ¿Qué te apetece? Tengo dulces, pero si quieres algo más pesado lo puedo preparar.
-¿No es mucha molestia? Lo que tenga está bien. No tengo tanta hambre.
-Pero has aceptado mi invitación. Debes tener algo de hambre. Dime que sí o pensaré que es una excusa para ligar conmigo. –Ludwig se encontró enrojeciendo, incómodo-. Ah, lo siento, no te ha sentado bien. Suelo soltar este tipo de comentarios todo el tiempo. No te culpo si prefieres irte ahora y rechazarme.
Francis sacó un bocadillo de la nevera, era un pedazo de marquesa de chocolate blanco. Se lo llevó a Ludwig, sentándose a su lado.
-Ten, pero debes decirme si te ha gustado o no, Ludwig.
-Bien –dijo, parco de palabras, sin intentar ostentar de la misma naturalidad con la que se expresaba el otro.
-Pareces alguien serio o muy tímido. O ambos, no sé, pero me gusta tu voz. Es muy potente, supongo que serás muy dominante –siguió-. Quiero decir, dominante de personalidad, no me refiero a… -Ludwig volvió a sonrojarse, apenado-. No hacía falta la aclaración, me supongo. Lo siento, lo estoy volviendo a hacer. Soy un caso terrible, ¿pero al menos el dulce está rico? Podría compensar todo este rato que te hago pasar.
-Está bien –dijo, dándose cuenta de que el hombre solo quería ser alabado una y otra vez-. No se preocupe, no es un mal rato.
-Me alegra oír eso. ¡Ah, cierto! Soy Francis Bonnefoy, soy francés de nacimiento y ahora mismo estoy soltero.
-Bien, mucho gusto –soltó Ludwig, preguntándose qué tenía que ver el último dato.
Se acabó la marquesa y llevó él mismo el plato al fregadero por consideración al hombre ciego, aunque antes no hubiera demostrado el menor signo de necesitar ayuda en aquellas pequeñas cosas. Sin embargo, Francis le agradeció su atención. Se despidió, teniendo ganas de asegurarse que Arthur no pudiera obrar sus salvajadas ebrias, menos en aquel hombre parlanchín e invidente. Acabó por considerar sus temores ridículos, pensando que por más mala persona que fuera Arthur, nunca sería realmente cruel y violento con quienes no estaban a su nivel. En el camino se encontró pensando en ese hombre, en Francis, queriendo haberle preguntado más que el nombre.
Francis, en cambio, una vez se despidió de Ludwig se encaminó a la habitación de Arthur. Entró y se acercó a la cama, escuchando la respiración ya tranquila de su huésped. Se había dormido, era seguro. Alargó una de sus manos y le acarició el cabello. De verdad Arthur tendría que darse un buen baño apenas se despertara, por la mañana. Entonces recordó cómo ebrio había intentado quitarle la camisa y recostarlo en la cama, dándole besos torpes y llenos, muy llenos de saliva. La última vez también había ocurrido igual, ¿es que acaso era su actitud habitual cuando tenía algunas copas de más o ese comportamiento iba dirigido únicamente a él? Si tan solo pudiera estar seguro que de ese modo exhibía sus verdaderos deseos pero ¿acaso no estaba pidiendo una realidad apegada con lo que él mismo quería?
No, se dijo, obligándose a separar su mano de él. No podía hacerse ilusiones. A Arthur no le interesaban los hombres, aunque antes hubiera sospechado que ese era el caso, pero ¿qué hombre casado y con hijos pudiera vivir tanto en negación? Aquello no hubiera sido sano. El primer amor de su vida estaba fuera de sus posibilidades. Ya era hora de olvidarlo de una buena vez. Fue a su habitación, pensando en lo fácil que hubiera sido de haberse enamorado de Matthew de la misma forma en que Arthur, aquel niño brusco, caló en su corazón. Justo cuando pensaba que podría olvidarlo, había aparecido en Nueva York como recordándole que su existencia no era una mera fantasía. Y luego ahora, cuando se había establecido en Londres, ya no solo su recuerdo le perseguía, ahora era él, tan cerca de su vida y a la vez lejos, mandando al vacío cada posibilidad que Francis pudiera formarse con respecto a él. Cuando menos lo esperara, Arthur podría reconciliarse con su esposa o, en todo caso, de encontrarse a una amante que pudiera gustarle de verdad.
Se acostó en la cama e intentó dormir.
¡Hola! Creo que ya me he disculpado en otra historia, pero aquí lo repito: lo siento por el retraso, he estado ocupada con la universidad y eso me ha impedido continuar la historia. Intentaré que no pase, nuevamente, tanto tiempo entre actualización.
Muchísimas gracias por sus comentarios, ¡nos vemos! :)
