IX
Al ritmo de la música
Serena, Rei y Mina habían salido hace pocos instantes a ayudar a Amy a encontrar su computadora de bolsillo, mientras que Lita se había quedado atrás para cuidar de su mejor amiga.
—¿Quién pudo ser el desgraciado que te robó la computadora?
Amy no respondió. Cogió su cetro de transformación, cerró la puerta y se transformó en Sailor Mercury. A continuación, activó su visor y vio un mapa de Tokio, en el que un punto brillante se mantenía estático en el interior de un edificio a quince cuadras de distancia.
—Necesito mi computadora para identificar el edificio, pero al menos sé dónde está.
—¿Y cómo te la robaron?
—Recuerdo que fui al baño por un rato y, cuando volví, noté que el velador estaba abierto. Lo extraño que mi comunicador y mi cetro de transformación estaban en su lugar, menos la computadora de bolsillo.
Lita abrazó a Amy, al tanto que debía sentirse bastante mal por el robo, además que su computadora era su mejor herramienta para ayudar a combatir el mal como Sailor Senshi. También se percató que ese era el peor momento para confesar sus sentimientos, por lo que decidió esperar hasta que Amy volviera a la normalidad.
Amy se separó de Lita y tomó su comunicador.
—Chicas. Mi computadora está cinco cuadras al norte de su posición… esperen un momento… se está moviendo. Se dirige hacia acá, demasiado rápido para que alguien la traslade a pie. Quienquiera que la tenga, debe estar conduciendo un vehículo.
Cinco minutos después, el punto que era su computadora se detuvo frente al edificio en el que vivía Amy. Sin entender aquel extraño trayecto, Amy tragó saliva, esperando contra toda esperanza que, quienquiera que fuese la persona que estuviera en posesión de su computadora, tuviese la decencia de devolvérsela.
Alguien tocó a la puerta del departamento. Amy volvió a la normalidad y acudió a atender la puerta antes que su madre. Ella no podía saber sobre la computadora de bolsillo ni que ella era una Sailor Senshi.
—Usted debe ser Amy —dijo un hombre de terno y corbata, alto y peinado como si fuese el gerente de un banco—. Disculpe por molestarla a estas horas, pero encontré algo de su propiedad en el despacho de uno de nuestros trabajadores. Según él, un tipo vestido de negro había dejado este… dispositivo en mis dependencias. Consultamos las cámaras de seguridad y supimos que esto —el hombre mostró la computadora a Amy, quien la reconoció al instante— le pertenecía a usted.
Amy tomó el dispositivo con manos temblorosas y lo guardó en el bolsillo de su pijama, agradeciendo al hombre por su amabilidad.
—Todavía no podemos identificar al ladrón, pues su rostro estaba cubierto, pero ya entregué los detalles a la policía para que ellos continúen la investigación. Le pido disculpas en nombre de mi empresa por cualquier problema que le haya causado este incidente.
—Gracias por su gentileza —dijo Amy, inclinando la cabeza en señal de agradecimiento—. Es mi herramienta principal para hacer mis tareas.
—Aprecio su amabilidad. Ahora, no la molesto más. Me retiro. Debo hacer un sumario interno.
El hombre de terno y corbata se retiró al tiempo que su madre hizo acto de presencia.
—¿Encontraron lo que te robaron?
—Sí —dijo Amy, luciendo realmente aliviada—. Aunque todavía no se sabe quién fue el responsable del robo.
—Ojalá que encuentren al lunático —dijo la madre de Amy, quien sostenía un trozo de papel—. Por cierto, esto llegó hace unos minutos atrás. Es una carta para ti de parte de esa tal Michiru.
Tanto Amy como Lita sintieron cómo sus entrañas se retorcían. Amy se preguntó qué querría Michiru en aquella ocasión y Lita temió que fuese una invitación como la que había recibido Amy para que fuese a la playa. Sin embargo, ambas estaban de acuerdo en una cosa: el contenido de la carta no era para los ojos de la madre de Amy, por lo que ella y Lita entraron en el dormitorio.
—¿Qué dice la carta? —quiso saber Lita, sentándose sobre la cama mientras que Amy hacía lo mismo. Ella la abrió y la leyó en voz alta, sintiendo un nudo en su estómago.
Querida Amy.
Para empezar, quiero que sepas que lamento mucho haberme dejado llevar ese día en la playa, por mucho que me haya gustado tu beso. Sin embargo, eso no quita que la hayamos pasado bien en esa ocasión, lo que me lleva al motivo por el que te estoy escribiendo.
Dentro de dos días va a haber un evento de arte, que incluye un baile de corte clásico. Sería un gran placer que acudieras conmigo como mi pareja (a Haruka no le gusta ese tipo de eventos, aparte que debe entrenar para una carrera de motocross que tiene mañana). En caso que te preocupe que vuelva a pasar lo mismo que en la playa, descuida, que iremos solamente como amigas. Me di cuenta que no podría abandonar a Haruka por ti y, de nuevo, lamento haber alimentado falsas esperanzas en ti. Espero, por favor, que lo entiendas.
Esperando tu respuesta.
Michiru.
Cuando terminó de leer la carta, Amy se vio dividida entre el alivio y la decepción. Por una parte, era bueno que por lo menos sus aprensiones estuvieran justificadas, pero también era cierto lo que sentía por Michiru y le apenó ver que había escogido a Haruka por encima de ella. Aunque debió esperar tal resultado, no pudo evitar derramar unas pocas lágrimas a causa de ello. Michiru le había dicho en la playa que quería darle la oportunidad de estar a su lado, por lo que se sintió dolorosamente traicionada.
Lita, por otro lado, sintió cómo su corazón parecía saltar de alegría al darse cuenta que Michiru ya no estaba interesada en Amy. Juzgaba que era lo mejor que le pudo haber pasado, y también a su amiga, pues ya no tendría que jugársela por un amor prohibido. No obstante, trató de componer una expresión de tristeza para solidarizar con lo que estaba sintiendo Amy, que no era algo menor. Pese a que estaba contenta por el nuevo giro de los acontecimientos, le apenaba que Amy debiese sufrir por ello. Por eso, Lita decidió no forzar nada. Quería que todo fluyera de forma natural con su amiga, aunque tenía la ilusión que algo más ocurriera entre ellas.
—Esa Michiru es una maldita —dijo Lita, haciendo un gesto violento con sus manos—. ¿Cómo se atreve a jugar contigo de esa forma?
—No lo hizo con esa intención —dijo Amy con voz queda, limpiándose las lágrimas con la manga de su pijama—. De algún modo, esperaba que esto ocurriera tarde o temprano. Al final era cierto; no soy suficiente para ella.
—¡Por supuesto que sí! —exclamó Lita, para luego taparse la boca con las manos cuando cobró conciencia de la hora que era y que, probablemente, la madre de Amy estuviera durmiendo—. ¡Tú eres suficiente para cualquiera! Por favor, Amy, no te menosprecies. Por lo menos no andas jugando con los corazones de otras personas.
Amy giró su cabeza y Lita se sorprendió de lo dura de su mirada.
—Michiru no jugó conmigo —dijo con fuerza inusitada en cada palabra—. Es sólo que… que… que las cosas no siempre resultan como uno quiere. Si Michiru escogió a Haruka es porque consideró que con ella se siente más cómoda. Ocurre todo el tiempo, sólo que a mí me tocó la peor parte.
Lita se quedó mirando a Amy, sin decir palabra alguna. De hecho, estaba impresionada por la estoicidad con la que ella había hablado, algo que no habría sido posible si hubiese sido la Amy de antes de conocer a Michiru.
—¿Te sientes bien?
—No es la palabra que yo escogería —respondió Amy, sonando menos firme, pero por lo menos no transmitía inseguridad—, pero me recuperaré. Si esta es una prueba, entonces debo superarla.
—¿Eso significa que no irás con Michiru al baile?
Amy todavía no había decidido nada acerca del asunto, pero era probable que no acudiera. Si lo hacía, corría el riesgo de que su herida se abriera más, causando más dolor e incomprensión.
—No lo sé.
—Pues te aconsejo que no vayas, por tu propio bien —dijo Lita, tomando el hombro de Amy con una mano—. Dale tiempo para que tus heridas cierren y luego, si quieres, podrías retomar tu amistad con Michiru, ahora que sabes que ya no puedes ser algo más para ella.
Amy se quedó en silencio, percatándose que Lita había dado de lleno en sus propios pensamientos. No obstante, aquella no era una decisión fácil. Por fortuna, tenía tiempo para ponderar bien las cosas y escoger una buena respuesta.
El museo en el que tenía lugar el evento estaba lleno de gente. Había pintores, escultores, escritores, compositores, actores, dramaturgos y demás. El baile todavía no había comenzado, pues los preparativos no habían acabado aún y Michiru, quien estaba ataviada con un vestido de color turquesa y un escote bastante sobrio, contemplaba las obras de arte que estaban siendo mostradas en el evento. Le causaba gracia que varias de aquellas obras provinieran de su imaginación y de la habilidad de sus manos. Menos extraño era que varias personas la felicitaran por sus trabajos, muchas de ellas siendo eminencias de la pintura y la escultura. Incluso había sido invitada para que participara en un pequeño concierto que iba a tener lugar antes del inicio del baile.
No obstante, lo único que a Michiru le hacía falta era la presencia de una persona en específico.
Amy todavía no llega.
Michiru pensó que Amy la iba a acompañar durante la totalidad del evento. Al parecer, se había equivocado. Se preguntó si le había llegado la carta, o si la había leído en absoluto. No. Estoy segura que la leyó, pero eso no explica por qué no ha llegado. Luego, se percató que no había recibido una respuesta de parte de Amy, aceptando o rechazando la invitación. Había estado distraída con los preparativos del evento (ella había participado de manera activa en la organización) y ni siquiera se había preocupado de aquel detalle.
—Señorita Kaioh, la están esperando —dijo un ayudante y Michiru casi saltó de la sorpresa.
—Ah, claro… el concierto.
Michiru siguió al ayudante y se reunió con los otros miembros de la orquesta. Rechazó usar otro violín que no fuese el de ella y pasó los siguientes diez minutos afinando su instrumento, pensando en la inexplicable ausencia de Amy.
Cuando todo estuvo listo, Michiru ya no tuvo tiempo para pensar en otra cosa que no fuese el concierto. Concluyendo que Amy quizás estuviera atascada en el tráfico de esa hora, tomó su lugar en la orquesta y movió los dedos a modo de calentamiento. Se sabía la partitura de memoria, por lo que no la necesitaba frente a ella.
Es otra cosa lo que necesito en este momento.
Y el conductor hizo el primer movimiento.
Apenas Michiru tocó la primera nota, vio una chica de cabello azul marino entre la audiencia. Los nervios casi la traicionaron, lo que no habría sido muy bueno para el concierto. Tratando de hacer como si nada hubiera pasado, continuó tocando, comprobando que era, en efecto, Amy. Había asistido después de todo. La alegría casi le hizo errar otra nota, pero logró componerse y realizar su parte sin errores.
A partir de ese momento, ya no hubo más nervios por parte de Michiru. Sin embargo, notó que Amy no lucía contenta o emocionada por estar allí. Su expresión era la de alguien que estuviera esperando por otra persona para hablar con ella. Pero eso a Michiru no le importaba por el momento. Debía completar el concierto primero.
Treinta minutos después, el público aplaudía efusivamente. Todos los miembros de la orquesta hicieron una reverencia, incluyendo Michiru, quien tenía los ojos fijos en Amy, quien también aplaudía, una sonrisa bien puesta en su cara. Michiru saludó a los demás miembros de la orquesta y se encaminó en dirección a Amy.
—Nunca me respondiste si ibas a venir o no —dijo Michiru, tratando de enmascarar su sorpresa con un tono ligero y casual.
—Estuve tentada en no venir —dijo Amy, extrayendo algo de su cartera. Michiru notó que era la carta que ella le había enviado con la invitación—, pero pensé que era mejor enfrentar mis problemas que huir de ellos.
Michiru frunció el ceño.
—¿A qué te refieres?
—Deberías poner más atención a lo que escribes. —Amy le tendió la carta a Michiru, quien la tomó y la leyó concienzudamente. Arrugó la cara.
—Amy, no sé quién escribió esta carta, pero definitivamente no es mi letra. Tampoco son mis palabras.
Esta vez fue Amy quien frunció el ceño.
—Pero está a tu nombre.
—¿Quieres una prueba? Tengo una copia de mi carta en mi cartera. —Al ver que Amy la miraba con curiosidad, Michiru añadió—. Tengo la mala costumbre de hacer eso, ya sabes, en caso que se pierda o algún cartero estúpido la envíe al destinatario equivocado. Me ha pasado.
Amy, todavía sin sonar muy convencida, tomó el papel, observándolo detenidamente. En efecto, era una copia y, a juzgar por el estado del papel y el desgastado de la letra, había sido hecha el mismo día en el que la carta fue escrita. Luciendo menos escéptica que antes, leyó el contenido con la mirada, abriendo la boca a medida que se desplazaba por cada línea.
Querida Amy.
Para empezar, quiero que sepas que no lamento en absoluto haberme dejado llevar ese día en la playa, y que tu beso me gustó mucho. Me alegra mucho que la hayamos pasado bien en esa ocasión, lo que me lleva al motivo por el que te estoy escribiendo.
Dentro de dos días va a haber un evento de arte, que incluye un baile de corte clásico. Sería un gran placer que acudieras conmigo como mi pareja (a Haruka no le gusta ese tipo de eventos, aparte que debe entrenar para una carrera de motocross que tiene mañana). En caso que desees que vuelva a pasar lo mismo que en la playa, descuida, que tendremos muchas oportunidades para eso. Me di cuenta que eres más importante para mi de lo que jamás creí y lamento haberte dicho que alimenté falsas esperanzas en ti. Espero, por favor, que me perdones.
Esperando tu respuesta.
Michiru.
Cuando terminó de leer, Amy tenía una expresión de total incredulidad. El mensaje original no había cambiado mucho, solamente en las partes clave, las que hablaban de la clase de relación que tenía ella con Michiru. Había creído por esos dos días que Michiru había escogido a Haruka por encima de ella, solamente para descubrir que se había equivocado.
—N-No entiendo.
—No sé qué fue lo que ocurrió, pero te juro que la carta que acabas de leer es la original.
Amy miró a Michiru con una pequeña sonrisa.
—Te creo.
—Gracias. Y ahora, creo que los preparativos ya terminaron. ¿Te parece si vamos al salón?
Amy asintió por toda respuesta.
Ella y Michiru caminaron con un amplio corredor lleno de esculturas con formas raras. Michiru arrugó la cara al ver aquellas formas sin sentido que algunos críticos llamaban arte.
—Son horrendas —dijo Michiru, apartando la vista de las esculturas—. Uno no debería pensar tanto para saber de qué se trata.
—Estuve leyendo un poco sobre el arte —dijo Amy, mirando hacia adelante para evitar mirar las esculturas—. El arte es el intento del ser humano por reproducir la perfección del mundo natural. Y, resulta que hay números en el arte, ¿lo sabías?
—Por supuesto —repuso Michiru, saliendo del corredor y entrando en otro pasillo, más estrecho, pero lleno de pinturas que guardaban relación con la religión—. Hay ángulos, distancias, coordenadas de colores y demás. No me vas a sorprender cuando se trata de arte, Amy, así que no lo intentes.
—¿Y cuánto sabes de la Divina Proporción?
Michiru arqueó una ceja.
—¿Qué es eso?
Amy sonrió.
—Me sorprende que no lo sepas. La Divina Proporción es una de las primeras cosas que debes saber cuando entras en el mundo de las artes. Cuando tengas la oportunidad, mide la distancia entre tu coronilla y la punta de tus pies y luego divídela por la distancia que hay entre tu ombligo y la punta de tus pies. Te apuesto un almuerzo a que el resultado es 1,618.
Michiru le guiñó un ojo.
—Es una apuesta. Pero si ganas, quiero que me cuentes más sobre la Divina Proporción y qué relación tiene con el arte.
Esta vez fue Amy quien le guiñó un ojo a Michiru.
—Es una promesa.
Cuando ambas llegaron al salón, Amy notó que éste simplemente era una galería enorme, llena de cuadros y esculturas de mármol, las cuales eran más tradicionales que las que había visto en aquel corredor. Mesas circulares habían sido dispuestas en la periferia de un amplio espacio, el cual Amy asumió que era la pista de baile.
—Esa mesa está bien —dijo Michiru, señalando un lugar cerca de dos esculturas, justo al borde de la pista de baile—. Vamos, antes que otra persona nos quite el puesto.
Sin prisa, Amy y Michiru, cruzaron la pista de baile y tomaron asiento justo cuando otras tres personas se dirigían a esa misma mesa. Ambas compusieron sonrisas de burla a quienes querían reclamar ese lugar.
—¿Qué te gustaría beber?
—Pues, jamás he bebido alcohol, pero sé que hay que medirse con eso.
—Tienes razón. —Michiru tomó un pequeño menú, dándole una rápida ojeada antes de tomar una decisión—. Yo voy a querer salmón grillado con un poco de ensalada. ¿Y tú?
Amy también consultó el menú, pero le tomó más tiempo tomar una decisión. Dejó la carta sobre la mesa justo cuando el garzón, vestido todo de blanco, incluidos sus zapatos, les tomó la orden.
—Veo que le estás haciendo la cruz a las carnes —dijo Michiru cuando el garzón se hubo marchado.
—Un marisco también es carne —repuso Amy, recibiendo el vino blanco que otro garzón había llevado a la mesa—. Si quieres te convido.
—¿Y te gusta el salmón?
—Soy fanática de la comida marina.
Michiru sonrió otra vez.
—Otra cosa que tenemos en común.
Los platos llegaron y Amy agradeció tener por compañía a alguien que tuviera educación para comer. Recordaba todos aquellos momentos en los que había ido con Serena y sus demás amigas a comer a alguna cafetería, y había ocasiones en las que casi le había dado arcadas solamente viendo comer a Serena. Por fortuna, Michiru era harina de otro costal. Le agradaba tener una plática amena mientras se comía de forma civilizada, aparte de lanzar algunas risas al aire.
—¿Sabes? No puedo esperar a que me cuentes más sobre la Divina Proporción.
—Podrías tomar un libro y leer sobre el tema —dijo Amy, bebiendo el último sorbo de su vino blanco.
—Quiero que tú me expliques —dijo Michiru, imitando a Amy—. Me gusta mucho escucharte hablar de las cosas que sabes. Lo haces con un entusiasmo infeccioso.
Amy se puso colorada, aunque no supo si era por el alcohol o por el cumplido que Michiru le había dedicado.
—Nadie me ha halagado tanto como tú. No creo que merezca tantos cumplidos.
Michiru notó que Amy tenía sus manos sobre la mesa y aprovechó de tomarlas.
—¿Por qué te menosprecias tanto?
—Es que… bueno… nunca he tenido una opinión muy positiva de mí misma —dijo Amy, rehuyendo la mirada de Michiru—. Mis compañeras siempre dicen cosas malas de mí a mis espaldas. Creen que no me doy cuenta, pero las escucho. Eran opiniones tan generalizadas que, al final, creí que todas ellas eran ciertas.
—¿Y qué cosas decían?
—Decían que a mí no me gustaba socializar con las demás porque trato de ser mejor que el resto y que me ponía a mí misma en un pedestal, que me creo muy linda y soberbia, que siempre buscaba forma de humillar al resto con mis calificaciones.
Michiru tenía la boca ligeramente abierta. No tenía idea de las cosas que la persona frente a ella había tenido que soportar y sintió mucha pena por Amy. Había visto cosas similares en su colegio, donde personas muy talentosas a menudo terminaban sucumbiendo a la presión social y arruinando su rendimiento escolar porque no había ninguna recompensa inmediata por ello. Aquello hizo que su admiración por Amy fuese aún mayor. Sí, aquello era un problema para ella, pero lo estaba soportando, pese a los malos ratos y, posiblemente debió haber derramado incontables lágrimas a causa de lo mismo.
Michiru apretó las manos de Amy con gentileza, haciendo que ella alzara la mirada hacia sus ojos.
—Amy, no hay forma en que pueda ponerme en tu lugar por todo lo que te ha pasado —dijo Michiru con una voz suave, cálida—, pero debes entender que lo que más importa es lo que piensas tú. Dime, ¿qué crees? ¿Eres brillante? ¿Eres amable, bienintencionada, modesta, desinteresada?
Amy no respondió de inmediato. Notó que la música había comenzado a sonar, pero no se sentía con ganas de bailar aún.
—No lo sé.
—Sí, Amy, lo sabes —insistió Michiru con delicadeza—. ¿Eres todo lo que te dije que eres?
Algo dentro de Amy quería gritar que no lo era, pero, al mismo tiempo, había otra voz que pugnaba por clamar al aire un sí, que era todo eso que había dicho Michiru y que podía ser más de lo que era en ese momento. De todas maneras, había conseguido vencer varios de sus miedos gracias a la mujer frente a ella, y, de algún modo, sabía que ella iba a estar a su lado para derrotar otros más.
—Lo soy.
—¡Esa es mi chica! —exclamó Michiru y Amy sintió cómo un calor agradable iba regándose por su interior, relajándola y devolviéndole la alegría. El silencio se hizo un hueco entre las dos, y la misma sensación que había atenazado a Amy ya en dos ocasiones, en la plaza y en la playa, se hizo presente. La mirada de Michiru era como si ella le estuviera diciendo "te reto a vivir, a reír, a amar".
—Gracias por todo lo que has hecho por mí —dijo Amy con suavidad, tanto que sus palabras casi se perdieron en medio de las demás conversaciones—. No habría llegado ni la mitad de lejos si no fuese por ti.
Michiru no dijo nada. Dejó de tomar las manos de Amy, se puso de pie y le tendió una mano. Amy supo interpretar correctamente el gesto y tomó la mano de Michiru, poniéndose de pie y acompañándola a la pista de baile. Michiru tomó a Amy por la cintura, jalándola suave pero firmemente hacia su cuerpo y Amy tomó a Michiru por el cuello. Sin decir nada, ambas comenzaron a moverse, describiendo suaves círculos, nunca rompiendo el contacto visual. Amy notó que Michiru no hacía grandes esfuerzos para guiarla en medio de la pista de baile, pero no opuso resistencia. Estaba más ocupada contemplando a Michiru, su cara de ángel, sus ojos de zafiro, tan azules como el mar, su sonrisa invitadora. Ya no le costaba tanto trabajo entender por qué se sentía atraída por ella. No era tanto por lo que mostraba, sino por lo que transmitían sus facciones.
—Eres hermosa, Michiru.
Ella seguía sin decir nada. Hizo más amplia su sonrisa sin embargo.
—Hay veces en las que no sé si seré suficiente para ti —dijo Amy, recordando una antigua preocupación que había tenido hace dos días, cuando había sufrido aquel robo—. A veces creo que no deberías arriesgarte conmigo.
Michiru la acercó más a su cuerpo. Sus bocas estaban a escasos centímetros de distancia.
—¿Y qué crees que estoy haciendo aquí, contigo?
Amy no dijo nada. Fue todo lo que necesitó saber.
—No sé si te has dado cuenta —continuó Michiru, ahora envolviendo la cintura de Amy con sus brazos—, pero pude haber obligado a Haruka a venir aquí, pero no lo hice. Te escogí a ti porque, como te dije cuando estábamos en la playa, hay cosas en ti que me gustan mucho y otras que quiero descubrir, de preferencia esta noche.
—Es que…
Michiru se acercó al oído de Amy, lo que interrumpió lo que fuese que iba a decir.
—Me gustas más que Haruka en este momento.
Amy tragó saliva. Sus entrañas se disolvieron y sus defensas se derrumbaron. Una corriente eléctrica erizó los vellos de su piel e hizo temblar su cuerpo por completo. Sus brazos los sentía como si hubiese sostenido una carga pesada por mucho tiempo.
—No es ninguna broma —continuó Michiru en un mero susurro que estaba causando estragos en Amy—. Haruka es genial, pero, no sé, es que siempre es ella la que me hace sentir cosas y, aunque sea por una vez en mi vida, quiero ser yo la que haga sentir cosas a otra persona. Además, he tenido unas cuantas discusiones con ella y nuestra relación se ha estropeado. Descuida, no es tu culpa, porque es Haruka quien está empecinada en seguir coqueteando con Serena y, no sé, como que a veces me siento dejada de lado.
—Lamento que te sientas así.
—No importa, porque tú estás conmigo. —Michiru abandonó el oído de Amy para volver a mirarla a los ojos—. No sé si te has dado cuenta, pero cada vez que he tenido una discusión con Haruka, tú has conseguido que yo me sienta mejor. Has sido amable conmigo, contigo me siento cómoda y, como dije, hay cosas que me gustan mucho de ti que jamás encontraré en Haruka, como tu inocencia y pureza de corazón. Son cosas que siempre veo en ti cada vez que te miro a los ojos, estés alegre o triste. Por cierto, tienes unos ojos preciosos y una mirada encantadora y dulce que me hace querer besarte una y otra vez.
Amy mostró una amplia sonrisa. Escuchar esas cosas de parte de Michiru le había levantado bastante el ánimo, aunque todavía sentía temblores en todas partes de su cuerpo, como si siempre estuviera circulando electricidad por debajo de su piel. Además, hace rato que no sentía sus entrañas.
—Eres muy amable.
—No es amabilidad —dijo Michiru, abandonando la cintura de Amy y posando las manos en sus mejillas—. No es algo que te digo para que te sientas mejor.
—¿Entonces para qué es? —Amy no pudo evitar deslizar brevemente su lengua por sus labios.
Michiru hizo una pequeña pausa antes de responder.
—Te lo digo para enamorarte.
Amy suspiró y habló en un tono un poco más audible que un susurro.
—Lo estás consiguiendo.
—Lo sé.
Y Michiru salvó la distancia que había entre ella y Amy. Acariciando dulcemente sus mejillas, la besó con suavidad, con ternura y con un pequeño tinte de sensualidad. Amy se aferró con más fuerza a Michiru, respondiendo al beso con la misma sutileza, conteniendo la respiración y cerrando los ojos. Era agradable sentir la humedad de los labios de Michiru en los suyos y, poco a poco, fue olvidando dónde estaba y qué había estado haciendo antes de ese momento. Todo lo que importaba estaba delante de ella, todo su corazón y su fuerza vital estaban concentrados en hacer de esos preciosos segundos un recuerdo que durara toda la vida.
Amy no recordaba haber perdido la razón por alguien en lo que iba de su vida, pero Michiru lo estaba consiguiendo de manera rotunda. Era como si todos sus pensamientos, todas sus inseguridades, penas y sufrimientos hubieran decidido irse de vacaciones por un instante. Era tal la dulzura con la que Michiru la estaba besando que Amy no quería que ese momento se acabara, porque era tal la sensación que resultaba ser adictiva.
Al final, no fue la incomodidad la que puso fin al beso, sino la falta de aire. Amy y Michiru se separaron lentamente, sonriendo como si acabaran de encontrar la felicidad, recuperando la respiración y el sentido perdidos en aquellos segundos de alegre olvido.
—Mucho mejor que el anterior, ¿no crees?
—Bastante —dijo Amy, jadeando mientras tanto.
Michiru se sentía muy a gusto con Amy cerca de ella y, a juzgar por la sonrisa de Amy, ella se sentía del mismo modo. Ambas seguían bailando lentamente, describiendo círculos, cuidando de no colisionar con otras parejas. Michiru miraba a los ojos relucientes de Amy, su sonrisa y lo que ambas cosas le decían. Fue cuando un repentino deseo la tomó por asalto. Había encontrado la forma de hacer esa noche aún más especial.
—Te tengo una sorpresa —dijo Michiru, separándose más de Amy, tomándola de la mano—, pero necesito que vengas conmigo.
—¿Adónde?
Michiru le dedicó una sonrisa misteriosa.
—¿Y qué es?
—Es un reto. ¿Te atreves?
Por alguna razón, a Amy se le vino la risa floja.
—¡Ni siquiera sé de qué se trata!
—Eso lo hace divertido. ¿Vienes?
Amy percibió en Michiru la misma mirada que le había dedicado cuando la vio por primera vez. Fue allí cuando supo que ya no podría negarse.
—De acuerdo. Iré.
